Ada
***Para este primer capítulo escuchad "Mean" de Taylor swift.
En esta vida existen tres grandes amores; está el primer amor, te hará sufrir. El segundo llega a tu vida para darte una lección. El tercero, es el amor puro y para siempre. Sin embargo, como dijo el destino...
De pronto alguien me sacó de mis pensamientos. Puse en pausa el podcast y me quité los cascos.
— ¿Estás lista hija?— gritó mi madre desde el piso de abajo mientras yo echaba la última hojeada a mi cuarto. Algo llamó mi atención desde la mesita de noche.
Mierda la pulsera...
Oliver, mi novio, me regaló esa pulsera por nuestro primer aniversario y desde entonces solo me la quito para dormir. ¿Quién iba a pensar que él y yo acabaríamos juntos?
Oliver era el popular de la universidad, tenía a todas las chicas locas detrás de él. Normal, era un guaperas de metro ochenta con el pelo negro y los ojos marrones y una sonrisa perfecta. Pero a mí, nunca me llamó la atención, salvo ese verano. Después del primer curso, nos fuimos juntos a competir en natación y, poco a poco surgió el amor. Lo que más me gustaba de él al principio era lo atento y cariñoso que era conmigo.
Ahora, después de 3 años y medio juntos, la cosa es distinta. Habíamos acabado la carrera hace unos meses y, desde entonces, nos habíamos distanciado un poco.
Por un momento me puse triste al recordar que no volvería a verlo en mucho tiempo.
Pero no dejé que los malos pensamientos invadieran mi mente, sacudí la cabeza, cogí la pulsera y salí de mi habitación con paso firme.
Al llegar abajo, mis padres me esperaban en la puerta del coche. Mi padre, Robert, es un hombre serio, reservado, pero que siempre tiene una buena palabra para mí.
— Qué guapa estás hija, y qué mayor — sonrió mientras me observaba salir de casa dejando atrás al que ha sido mi hogar toda la vida.
De mi padre, he sacado sus ojos color verde menta, su altura y sobre todo su carácter reservado. De mi madre, el pelo rubio dorado, su nariz respingona y su complexión delgada.
— Que triste me pone ver que te vas mi niña, ¿Qué voy a hacer yo ahora sin mi profesora de baile favorita?— rió mi madre entre sollozos.
— Tranquila mamá volveré pronto. Además Nueva York no está tan lejos, podréis venir a verme siempre que queráis — dije intentando tranquilizarla.
De mi madre aprendí la pasión por el baile. Cuando tenía ocho años, me enseñó a bailar salsa y bachata y a la edad de catorce ya estaba compitiendo como bailarina júnior por toda Canadá.
Subimos al coche y mi padre condujo hasta el aeropuerto de Quebec, situado a unos 50km de casa. Mi corazón siempre ha estado dividido entre esta maravillosa ciudad que me ha visto crecer y Barcelona que me vio nacer. Los primeros dos años de mi vida los pasé en España. Mi madre nació allí y fue también donde se conocieron mis padres.
Recuerdo poco de aquellos años, pero mi madre se encarga de contar una y otra vez en cada cena con amigos lo mona y rubia que era de bebé y los cachetes tan grandes que tenía y como se ponían rojos como un tomate cada vez que les daba el sol.
***
Nos adentramos en la autopista y las luces de las farolas destellaban en el coche como pequeñas luciérnagas bailando al son de la música de la radio. Me puse mis auriculares y me sumergí en mis pensamientos mientras miraba por la ventana. De pronto, un escalofrío recorrió toda mi columna vertebral hasta llegar a mi sien. Intenté alejar lo más lejos posible el recuerdo que entró en mi mente. Realmente, nunca se había ido, simplemente se escondía de vez en cuando.
Al llegar al aeropuerto, mis padres me acompañaron hasta la entrada y juntos buscamos mi vuelo en aquellas pantallas gigantes colgadas en cada esquina. Cuando lo encontramos, suspiré aliviada y asustada a la vez. Ya no había marcha atrás. Miré a mis padres con lágrimas en los ojos y nos sumergimos en un cálido abrazo a tres.
— Mamá ¿Crees que llegará a tiempo? —miré el reloj esperando a que Oliver entrase lo antes posible por la puerta.
— Seguro que sí hija, no te preocupes, se despedirá de ti— me dijo mi madre dándome un beso en la frente.
Buscamos un sitio para sentarnos ya que aún faltaban dos horas para mi vuelo. Mis padres fueron a comprar café y algo de comer mientras yo me sentaba en un banco cerca de la cafetería y abría mi móvil cuando empezó a sonar. Pegué un salto del asiento del susto.
— ¡Holaa cariño!... ¿Qué?...¿Por qué?...¿Cómo que no podrás venir?—
no podía comprender lo que me estaba diciendo. Casi sin quererlo, mis ojos se llenaron de lágrimas.
Oliver me decía que no iba a llegar a tiempo a despedirse de mí porque se había quedado dormido...
— Te lo recompensaré cariño, te lo prometo
— dijo Oliver y añadió — Iré a verte lo antes posible y pasaremos unos días geniales en Nueva York, te lo prometo—.
“Te lo prometo”, 3 palabras que ahora mismo significaban muy poco para mí.
— Está bien, no te preocupes — susurré intentando ahogar mi llanto con la mano para no hacer un drama en medio del aeropuerto, y colgué. Me sequé las lágrimas con la manga del jersey y esperé a que llegasen mis padres distrayendome con un juego en el móvil.
Tardé unos segundos en levantar la vista y al hacerlo, observé una acumulación de personas entusiasmadas y grabando con sus móviles a algo o alguien que yo no llevaba a ver.
Me levanté con curiosidad intentando avistar entre toda aquella muchedumbre qué es lo que estaba pasando y por fin lo vi; era un chico muy alto, más de metro noventa, con una espalda ancha y, a pesar de llevar una sudadera holgada, se podían entrever los músculos de sus brazos y hombros. Tenía el pelo rubio, estaba de espaldas a mí por lo que no pude verle bien la cara, pero una chispa de electricidad recorrió mi cuerpo desde el estómago hasta mi entrepierna al verlo irse por donde había venido.
Pero qué diablos te pasa Ada pensé mientras el calor subía hasta mis mejillas.
En cuestión de segundos llegaron mis padres y me interrumpieron de mi misión por averiguar quién era ese chico. Durante esos minutos había olvidado por completo que mi novio, bueno, Oliver me había dado plantón en unos de los días más importantes de mi vida. Me mudaba a otro país, otra ciudad a miles de kilómetros a estudiar durante un año entero y eso le importó una mierda, ale ya lo he dicho.
***
Al cabo de dos horas aterricé en Nueva York, en la ciudad que iba a ser mi casa ese año. Durante el trayecto no podía parar de pensar en quién era ese chico tan alto, tan rubio y tan...fuerte. Tenía que ser alguien famoso por el revuelo que causó solo entrar. Intenté despejar mi mente y centrarme en lo realmente importante, encontrar un taxi que me llevara hasta mi nueva casa.
Meses antes, había estado buscando un apartamento que estuviera cerca de mi universidad, que no fuese muy caro, pero que a la vez que tuviese todas las facilidades que necesitaba. Encontré un piso de tres habitaciones a compartir con otras dos chicas; Fiona y Vivian. Las dos estudiaban filosofía y venían desde Alemania para hacer un programa de estudio. Estuvimos en contacto durante más de dos meses por lo que, ya no se nos haría tan raro vivir juntas.
Al llegar al piso me recibió Fiona. Era una chica delgada un poco más bajita que yo, con el pelo castaño y largo y unos ojos color miel que iluminaban su cara. Su expresión de ilusión hizo que me alegrase de estar allí. Me enseñó el piso; nada más entrar teníamos un pequeño salón con cocina americana totalmente equipada. La estancia tenía lo justo y necesario para vivir; una televisión, una estantería que pronto llenaría con mis libros, un sofá de dos plazas y un pequeño sillón a su lado. Las habitaciones y el baño estaban cruzando el salón, mi habitación era la única que tenía baño propio, lo cual agradecí. Además, y por suerte, tenía un pequeño balcón desde el cual se veían todas las luces de la ciudad. Era perfecto.
Metí mi maleta en mi cuarto y me puse a examinarlo mientras escribía un mensaje a mi madre.
Chat con mamá
Yo:
Ya he llegado mamá, esto es precioso y las chicas muy majas
Mamá:
Me alegro cariño, te quiero. Pásalo bien.
Chat con Oliver
Yo:
Hola, capullo, por si te interesa saberlo, he llegado sana y salva, ¿podríamos hacer una videollamada y te enseño el piso? Te quiero
Le di a enviar mientras mi móvil comenzó a sonar.
......
— Hola, justo te estaba escribiendo, ya he llegado— al otro lado de la videollamada estaba Oliver, estaba en su habitación sin camiseta tan guapo como siempre. Eso me hizo recordar todas aquellas noches que pasamos en esa cama mientras sus padres no estaban. Me sonrojé y tuve que volver a prestarle atención mientras le enseñaba todo el piso.
Cuando llegamos al baño, abrí la puerta y me encontré a alguien dentro de la ducha.
— Uy perdón, perdón — dije cerrando rápidamente la puerta y volviendo a mi habitación.
— ¿Quién era ese Ada? — gritó Oliver con el ceño fruncido.
— Pues la verdad es que no lo sé — espeté.
— ¿Qué no lo sabes? Ada dime que no te has ido a vivir a una casa donde hay un tío y menos aún que me has mentido al respecto— chilló.
Oliver siempre había sido muy celoso conmigo, lo camuflaba diciendo que era por mi bien y que todos los chicos con los que tenía una amistad querían meterse en mis bragas. Pero a la vez se encargaba de recordarme siempre que me ponía un escote o una falda corta que “eso me quedaba muy obsceno, que parecía una cualquiera, además de que no tenía ni culo para llevar eso y de que mis pechos estaban caídos y eran muy grandes”. Y yo me lo llegué a creer, claro que me lo creí, cómo no me lo iba a creer si me lo decía el chico de mis sueños.
Después de estar casi media hora discutiendo, terminé por colgarle con un “que te den” y salí del cuarto para averiguar quién era ese chico que estaba en la ducha de mí piso. Entre al salón y me encontré con Fiona y él besándose apasionadamente en el sofá. Tosí forzadamente y ellos se separaron mientras Fiona se levantaba.
— Ada, este es Lucas, mi novio, Lucas esta es Ada mi nueva compañera de piso— dijo Fiona con una sonrisa de oreja a oreja.
— Encantada Lucas, pero Fiona deberías haberme avisado, he pillado a Lucas en el baño y me ha causado una buena bronca con mi novio— intenté contener mi enfado sin mucho éxito.
— En serio tu novio se ha enfadado por ver a un chico duchándose, que pasa, ¿nunca ha visto uno? — dijo Lucas riéndose condescendientemente. Fiona le pegó un codazo y salió del salón dando saltitos dirección hacia la cocina.
Lucas se sentó de un brinco en el sofá y me ofreció una cerveza. Estuvimos hablando durante un buen rato y conociéndonos entre los tres. Lucas tiene 28 años, a los 20 se fue a estudiar psicología y marketing a Barcelona. Luego volvió a Nueva York para especializarse en el lenguaje no verbal. Le encantaban los gatos y pasar el tiempo solo para meditar, pero lo que realmente le fascinaba era analizar a las personas y observar cada uno de sus gestos para saber lo que pensaban en casa momento. De eso me di cuenta enseguida.
Fiona y él llevaban saliendo 4 meses y, aunque aún no han establecido los límites de su relación a ella se le ve muy enamorada.
Para la hora de cenar, pedimos pizzas y cuando empezamos a comer, llegó mi segunda compañera de piso.
Vivian es una chica alta y de complexión fuerte. Le encanta el boxeo y el karate por lo que, la mayor parte de su tiempo se lo pasa en el gimnasio. También aprendí que domina seis idiomas entre ellos el español. Mi español era fluido y me alegró saber que compartíamos ese vínculo.
Esa noche, me lo había pasado tan bien que casi ni me acordé de Oliver.
— Chicos, me ha encantado la charla, pero debo descansar ya que mañana es mi primer día de clase y he tenido un día muy largo— dije entre bostezos mientras me levantaba del sofá para irme a mi nueva habitación.
— Buenas noches— dijeron al unísono Lucas, Fiona y Vivian.
Antes de irme a dormir, me lavé los dientes, me puse mis cremas y extendí las sábanas de mi cama que era bastante ancha. Me acosté dando un salto enorme con los brazos abiertos en cruz y mirando hacia el techo, cerré los ojos intentando no pensar mucho.
La visión de ese chico alto y rubio del aeropuerto era lo último que imaginé antes de rendirme en los brazos de Morfeo.








