Prólogo.
Planeta Marte. Hace 24 años. Año 1998.
[ EIGHT ]
Eco. Y tras el eco de mi voz enfurecida, más eco. Noto mis ojos verdes destellar, ardiendo como la maldita temperatura de este planeta. Mi odio a los humanos de la Tierra se incrementa y, conforme yo mismo avivo tal justificada repugnancia, mayor es el ansia de crear una mano derecha que me ayude a destrozarlos, a extinguirlos merecidamente. Soy el dueño del Cosmos, o el mismísimo Cosmos. Cada rincón del universo es mío; desde la primera hasta la última supernova.
Hace años, en un punto indeterminado que nadie conocía, me mantuvieron retenido en un campamento militar junto a once personas poderosas. Todos, militares bien uniformados, crearon monstruos basándose en torturas con tal de obtener nuestro poder. Y yo, fui la guinda del pastel para muchos de ellos, quienes no conformes con convertirme en lo que soy, ultrajaron mi cuerpo y mataron al que fue algo así como mi apoyo; el que se abrió paso en mi acorazado órgano motor. ¿Que qué busco ahora? Venganza; una venganza lenta, que duela y haga llorar. Hacerlo rápido sería una estupidez y considero que, para lograrlo, necesito una creación entre humanos terrestres y marcianos.
Me hallo en una base científica en el centro de Marte con la tecnología suficiente. Mi aspecto físico es digno de salir huyendo, pues porto en el rostro unos ocelos felinos, cicatrices y una mancha en la mejilla derecha en forma de media luna. Tatuajes adornan el resto de mi cuerpo y visto un uniforme negro con cadenas que también decoran a la perfección mi mal carácter.
Sentado en mi despacho, recuerdo a dos ex compañeros que cometieron, como yo, el error de enamorarse mientras estuvimos cautivos. Aunque siquiera recuerdo sus nombres, nunca me importaron y la eternidad es muy larga. Sólo mi memoria alcanza a recordar que uno podía clonarse y el otro, devolver cualquier vivencia mental perdida.
Sumergido en pensamientos que ya ni significado tienen, una de las enfermeras a mi disposición, irrumpe sin llamar a la puerta. A punto de golpearla sin compasión por su osadía, me dice que otro de los bebés recién nacidos no sirve, que no es válido ni acorde a lo que necesito. Mi ira crece por instantes y me consumo en mi propia amargura, levantándome de malas formas. Mis manos usan cada papel de proyectil en contra de la joven y, colérico, le grito a todo pulmón.
⸻¡Maldita seas, Kyaraa! ¡Llevamos meses intentándolo y aún así, esas zorras no son fértiles! Putos humanos y su absurda incapacidad hasta para parir.
La estúpida, temblorosa, se defiende de los libros que han llegado hasta ella y agacha testa, sin saber si decirme lo siguiente o no. La obligo con una mirada filosa, peligrosa. Sabe lo que le espera si se niega a ocultarme cualquier tipo de información. Valiosa o no.
⸻Un niño nacerá en breves instantes. Quizás sirva ⸻responde, sudorosa⸻.
⸻Mátalo ⸻le ordeno, impulsivo⸻. Seguramente salga igual de inservible que los demás.
Cuatro son los meses desde que inicié este experimento. Cada humana es obligada a dar a luz después de follarse a uno de los nuestros. Mi fe se puso en la mezcla de sangre, en los híbridos, hace mucho tiempo. No existen criaturas más poderosas que esas más allá de mí. Frustrado, le exijo que lo mate en cuanto nazca, creyendo que volvería a suceder la misma historia que con los otros. Quizá falte una chispa en esas mujeres. Sin más dilación, me dispongo a investigar y freno la concepción de más mocosos.
***
Kyaraa; la enfermera treintañera, de finas y curvilíneas caderas, regresó a una específica sala de aquella base. Ataviada de blanco, cerró la puerta tras de sí y se colocó frente a la ojerosa y desdichada fémina que jipiaba constantemente debido a las contracciones del vientre. Sus hábiles eran suaves y delgadas, ciertamente esqueléticas y bellas, igual que su semblante ovalado, pálido y escultural pese a su pésimo aspecto dadas las circunstancias.
⸻Es la hora ⸻dijo Kyaraa, acariciándole el abultado abdomen con tanta calma, que incluso las patadas del menor, a punto de nacer, se relajaron⸻.
⸻¿Qué será de...?
⸻Tranquila. Sólo empuja, ¿de acuerdo?
Había visto lo que les hacían a los otros niños: meterlos en una urna de cristal cuyo único líquido azulado deshacía al completo la carne y los huesos de aquellos que se consideraban no aptos en tal macabro proyecto.
Empujó con garra, impregnando las sábanas níveas de un rojo escarlata con tintes negruzcos, ya que la sangre de los nacientes en Marte era tan negra como las sombras proyectadas bajo la mano del sol. Dolía. Dolía el desgarro de sus paredes vaginales conforme el neonato se aferraba a las susodichas, negándose a salir al exterior. Los fortísimos ululatos de la madre agrietaban las paredes, sabiendo que no iba a soportarlo más.
Cabeza sangrante se manifestó entre sus piernas de un momento a otro, después, menguada fisonomía se escurrió entre tanto líquido, siendo acogido en los brazos de Kyaraa, quien le provocó el llanto con un par de palmadas en la espalda.
Los ojos de la progenitora del bebé murieron igual que ella, observando a su preciosa y especial creación, ahorrándose el sufrimiento de tener que verlo morir degollado y deshecho en un ácido corrosivo y letal.
Kyaraa, con una navaja en diestra, se dirigió a la urna y simplemente cortó veloz, evitándole un daño incalculable. El llanto cesó y el cuerpo sobrante fue arrojado al líquido azul. Sin embargo, el milagro surgió enseguida, ya que no sólo la herida de ese niño se regeneró dejándole como marca, tres líneas pequeñas y horizontales en el cuello, sino que su piel y sus huesos no desaparecieron con el poder de esa potente acuosidad química.
⸻Imposible... ⸻murmuró Kyaraa, tomando posesión de una toalla⸻.
Envolvió en esta al recién nacido y volvió a llorar. Jamás vio un poder como ese. Era justo lo que Eight llevaba tiempo esperando y no le daría la satisfacción de entregárselo tan rápido. Y menos, a un ser tan perturbado capaz de corromperlo con tal descabelladas ideologías sobre venganza y sadismo. Lo vistió con telas blancas y le dio una cantidad aceptable de leche con la que apaciguar sus lágrimas. Necesitaba enviarlo lejos, donde Eight no lo encontrase. La Tierra era el lugar idóneo; el refugio perfecto donde pudieran darle otro tipo de vida más aceptable.
Al anochecer, Kyaraa salió al exterior y se fue en busca de unas colinas rocosas, arrastrando con una cuerda, una cápsula metálica programada donde el niño viajaría a gran velocidad hasta su nueva familia. Un cálido ósculo maternal depositó en su frente a modo de despedida, quién sabía si para siempre o no. Con sumo cuidado, acomodó su delicado cuerpecillo entre mantas y presionó un botón que cerró la cápsula. Una vez preparada, esta se elevó en la gravedad extraterrestre y simplemente desapareció en el cielo estrellado con un luminoso destello. El destino de aquel crío quedaría escrito. La leyenda de Naím no había hecho más que dar comienzo.