Fragmentos del Ayer

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Summary

Un amor plasmado desde lo profundo del corazón, un amor tan implícito como el anhelo latente de sus ojos; es contado por el camino de la pérdida más dolorosa, pero, ¿Hasta dónde llegará el amor proclamado de Ulises hacía Abel?. Una incógnita que ha estado dando vueltas en la mente de Abel hacía un hombre que amo más alla de los altercados de la vida. Entonces ¿Cómo enfrentará la vida, sin su ancla?, ¿Cómo perdonará a alguien que se despidió de este mundo, sin prepararlo para sobrevivir en el?, pronto aquella interrogante es respondida por un diario, donde se hallan los fragmentos del Ayer, los recuerdos que Ulises ha dejado como sus ultimas palabras para él, aquellos recuerdos que se remontan a una conmovedora historia de amor.

Genre
Romance
Author
Gaby
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 Gritos del alma

“Si el viento pudiera arrasar con un sentimiento, ojalá me librará de poder sentir”


GH


Trashhhhhh Trashhhhh


Las cosas salían volando, las tazas rotas, vidrios rotos, todo parecía que había ocurrido un bombardeo, solo que realmente él terminó por explotar, no siempre es por ira cuando uno explota, no, a veces de impotencia y otras por miedo, ni siquiera podia sentirse liberado del dolor después del desastre, quedaba un desgaste físico y mental.





Los susurros de los retratos interceptaban todo deseo de huir, el sentimiento forzado de un ardiente toqueteo se empelaba en aferrarse a su piel curtida, mientras su corazón bombeaba el nombre grabado en seda >>Ulises<<, ese nombre que repudiaba y amaba con una intensidad destructiva, los dulces recuerdos conllevaban a un pasado, que en días prefería encerrarlo en el olvido.




También querí desgarrar cada sentimiento, arrancarse las caricias adictivas, hasta deshacerse del dolor que dejo aquel adios sin pronunciar, pero ya de noche su piel anhelaba ese cuerpo pegado junto al suyo, al igual que la calidez y esa voz seductora encendiendo la llama del placer, mientras inhalaba el aroma que desprendía su cabello, tan indomable y suave al tacto.



Se habían hecho tanto daño, pero al final habían  logrado estar juntos, recordaba las mañanas con él, todas las mañanas como de costumbre Ulises se levantaba primero, con el mismo principio de vida.


Decía que había muchas cosas que aprender por el mejor sabio, la experiencia, un mundo por descubrir, un destino que forjar, adoraba cuando su esposo sacudía su cabeza y se encimaba sobre hombro, manteniendo una sonrisa ladina, invitando a saborear la vida en pequeños trozos de alegría.


Maldecía a la vida por arrebatarle de una manera tan cruel a su pareja, repudiaba su optimismo y al mismo tiempo amaba eso, siempre le hablaba como si los problemas fueran minúsculos, como si todo fuera resuelto con tan solo una sonrisa, para Ulises no había paso para lamentarse, en cambio él, siempre fue una persona con los pies bien plantados sobre la tierra,  una persona que fue moldeado bajo la mirada escrupulosa de la sociedad, mientras era aventado a una cruda realidad.



Todo transcurría con la frialdad de una mañana turbia, las nubes grises no soltaban ni una gota de agua, al igual que él con sus lágrimas, muy en su interior  él se sentía perdido y destrozado, pero nada lo hacía soltar una lágrima, ninguna salía de sus ojos.


Ahora se encontraba en la sala de su casa, una casa sencilla, sin muebles ostentosos, porque aquel hombre que amo fue una persona noble, sin avaricia alguna,  las paredes pintadas de un amarillo cadmio, con unos cuadros de un paisaje lleno de colores, cortesía  de Ulises, aunque la sala fuese tan llena de colores, sentía un vacío absorbente, la soledad asfixiándolo era un sentimiento que lo acompañaba con fuerza todos los días, pronto los colores ya no tenían sentido, como si de un soplo se apagará la llama de su alma. 


Era hasta sofocante cada recuerdo impregnado en las paredes, sentía una opresión en la boca del estómago, los ánimos se desvanecían en la brisa helada, quería aferrarse a los recuerdos, perderse en ellos y nunca volver a la pesadilla, él simplemente quería volver a sentir a Ulises.


Todo le recordaba a él, cada rincón era un recordatorio andante de su amargura, la manta estaba posada sobre el sofá de su amado, la taza de lunares estaba situada sobre la mesita de su sala, podía oler el aliento de su esposo,  ver sus ojos curiosos mirándolo con picardía en un domingo por la mañana, un día innombrable, donde todo el día se descansaba en pijama.


Su mirada se fijo en un calendario clavado en la puerta, en unas hojas enumeradas en color azul se encontraba escrito los planes de Andrés, con un plumón negro, había escrito con una letra curvada y pequeña >>aniversario<<, sintió un nudo en la garganta tan dolorosa, que se le complico pasar saliva.


Una  vez se pregunto como dos almas tan distintas podían ser un rompecabezas, donde fácilmente se complemetaban, la respuesta era sencilla >>amor<<, con amarse fue suficiente para poder estar juntos y sobrellevar todas las adversidades, sintió un pequeño cuerpo restregarse sobre su pierna, ladeó la mirada, en un intento para ser indiferente, cosa que le fue imposible, bajo su rostro resignado para ver a Goyo; un gato color gris de una mirada genuina, solo que esta vez maullaba de una forma lastimera, como si el gato sufriera la ausencia de su amigo.


Recordaba la primera vez que apareció este gato en sus vidas, habían llegado de su tercer aniversario de boda, la palabra desastroso quedaba corto a lo que fue su aniversario, ambos estaban bromeando y Andres tenía un brillo en sus ojos, uno que resplandecía hasta ser contagiosa, el sonido de su risa resonaba en las calles, todos volteaban a ver a su Andres, éste no se daba cuenta, ya que se encontraba inmerso en una burbuja de alegría, Andres era una persona despreocupada, no se angustiaba por los detalles, si algo salía mal, simplemente sonreía y decía "los accidentes no existen, son sólo señales para cambiar de camino", un claro ejemplo era: un perro orinando sobre su pantalón, regalando su helado favorito a un niño, hasta que lo corrieran de un restaurante por su comportamiento tan inquieto y peculiar, él no se enojaba, sólo decía >>que se le puede hacer<<, era todo lo que decía,  para Andres era agobiante pensar en los fracasos, angustiarte demasiado, porque eso sólo provocaba que te perdieras de la alegría de tu alrededor,  entonces regresaban a su hogar, caminando sobre la banqueta, mientras Andres contaba con lujo y detalles sobre su animada aventura, hablando como un niño, su niño.


Iban esa noche lleno de pastel y comida, estaba un poco estresado por oler a espagueti y chocolate, aun así no reprocho a su amado, sabía que este le haría un puchero, mientras un gesto de perro regañado, decidió dejarlo pasar, en todos modos su enojo no le duro mucho, su amado tenía el don de animarlo.


—Abel esta noche fue divertida, jajaja oh vamos sabes que te contienes por reír, mueres por carcajearte conmigo.— Las palabras fueron dichas con una suavidad que rozaba lo tierno.


—Andrés sabes que hiciste mal, caray ¿Qué te hizo el mesero para que le lanzarás la comida en su cara?.—dijo con un tono sarcástico, sabía que el mesero los miraba con asco, su amado al no soportar aquellas miradas actuaba de manera infantil, llegando a no contener su descontento.


Al final terminaron riendo ambos, sosteniéndose las manos, los dosmiraron los faroles que  iluminaban las esquinas de las calles tan limpias y antiguas, de repente  se escucharon unos maullidos, la curiosidad de Andres pudo más, junto a suy ganas de ayudar,  por lo que se encamino hacia la fuente de esos chillidos, en una caja de zapatos se encontraba envuelto un minino, del tamaño de su palma, Andres volteo a verlo y de inmediato hizo aquellos ojos de minino buscando su aprobación.


—No, absolutamente no, apenas y podemos cuidarnos, como para tener un gato, sabes que odio los pelos, además ¿Cómo rayos lo cuidaríamos?.—En ese momento apenas tenían dinero para solventarse, pero olvidaba que Andres no aceptaba un no como respuesta.


—Si podremos, solo tengo que vender mis cuadros, además en la galería de Gamaliel ya están preguntando por mis obras, oh vamos, casi lo que te pido no es caro, simplemente quiero ayudar.—empieza a restregar su cabeza en su hombro.


Es así como Goyo llego a sus vidas, un pequeño que era como él, solitario, frío e indiferente, como si el gato le leyera la mente se alejo para subirse al sillón viejo de Andres, se acurrucaba y restregaba su nariz, como si buscará perderse en el aroma de Andres.


Había un cambio incluso en el ambiente, como si el mundo resintiera la ausencia de aquel hombre, una persona tan bondadosa, pero al mismo tiempo fiero, sobre todo cuando defendía sus ideales, un claro ejemplo es cuando  criticaban su vida amorosa, no necesitaba llegar a los golpes, a veces eran palabras simples y certeras como una bala, sólo llegaba a los extremos de lanzar comida o hacer gestos (arrugaba la nariz), cuando ya llegaba al límite de  la exasperación.


Vio su celular, un cachivache de los más viejos, pero le seguía funcionando, no se acomodaba con la tecnología, sentía que se desconectaba al contemplar a Andres, mientras tanto Andres intentó hacerlo cambiar de opinión, mostrándole los beneficios de la tecnología, cabe resaltar que su esposo no se la pasaba pegado al maldito aparato, simplemente le encantaba tomar fotos de todo, para después imprimirlas y pegarlas en su estudio, ahora no podía ni ver la puerta de aquel lugar sagrado de su amado, era un dolor insoportable, pero tampoco quería deshacerse de el, era irónico, porque lo que más le causaba dolor, sería aún más horrible si no estuviera.


Los días habían dejado de importarle, ya ni siquiera sabía que día era. últimamente seguía una rutina, donde su cuerpo se movía para sobrevivir, aunque su alma ya estuviese muerta, hay días en que se encerraba en aquella habitación, sin siquiera mover un sólo objeto, porque todo seguía como aquel fatídico día.


Seguía en piyama, un pants negro flojos y una camiseta sin mangas gris, aprestaba a alcohol, no se había bañado en mucho tiempo, tal vez porque se la había pasado metido en la cerveza, desahogando su pérdida.


La maravillosa señora María se encargaba de darle alimento, él se iba a trabajar hasta ya no más poder, luego el dinero lo dividía entre los gastos de su hogar, darle alimento al gato y lo demás lo gastaba en cigarrillos y alcohol, salió de su hogar, necesitaba comprar jabón, para darse un baño de agua fría, era otoño, las hojas se acumulaban en el patio delantero, no le importó, jamás lo hizo, lo único que si le gustaba era manejar su moto, cocinar, porque su amado podría tener muchos talentos, pero la cocina jamás, la mayoría de las personas asumían que Andres cocinaba, sin imaginar que aquel ser demoníaco es quien le hacia a la comida.


Recuerda la primera vez que su amado le hizo un estofado, fue a parar directo al hospital por intoxicación, desde ese momento se propuso a encargarse de la comida, él siempre le decía a su Andres; “es más probable que muera por tu comida, que de fumar”, era una broma común entre ambos, otros de los defectos que más amaba de Andres, era que no era bueno administrando el dinero, gastaba en cosas innecesarias, también regalaba muchas de esas cosas.


Iba perdido en sus pensamientos,  que ni cuenta se había dado que ya estaba afuera del local, era un pueblo, donde todos se conocían, Andres amaba socializar con todos, muchos amaban a aquel hombrecillo vivaz, de una sonrisa contagiosa, torpe y precoz.


—Hola Abel, Helena te manda unas galletas. —(Un señor gordinflón le entrega un frasco de galletas).—lamento mucho lo que pasó, no hay palabras que puedan compensar tu sufrimiento, tampoco puedo decirte que dejara de doler, seré franco contigo, el tiempo no lo detendrá, simplemente lo asimilarás y aprenderás a vivir con el dolor, es cuestión de la persona.


—Muchas  gracias Javier—(dice siendo educado y distante, simplemente vuelve a cuando no estaba Andres, poniendo una barrera hacia los demás).


Se dirige a los estantes de cuidado personal, recoge desodorante, crema para afeitar, un rasurador y shampoo, paga en la caja, el viento soplaba fríamente contra los ventanales, una neblina se avecinaba, mientras observaba a los solitarios cuervos graznar. Simplemente camino para la caja, agarró lo último que le quedaba y salió, ni siquiera recogió el cambió, simplemente salió.


Las aceras cubiertas de hojas anaranjadas, niños andando en bicicleta, solo uno se acerco a él, con la mirada cabizbaja, su pelo castaño ondulado y ojos color miel, aquel niño fue uno de los favoritos de Andres, enseñaba en una escuela de artes, ayudando a niños con problemas a sentirse a salvo y tener un lugar en el cual desahogarse de sus traumas.


—El lo amaba señor Abel, cualquiera que lo viera, podía observar en su mirada como resplandecía cuando usted lo abrazaba. —(el pequeño tenía un gorro color rojo, su nombre tejido en negro).—ojalá yo hubiese tenido una familia con ustedes, es una lástima que él se haya ido, ya nada es igual.


—El te amaba Victor, eras su pollito, siempre quiso que estuvieras con nosotros, pero ya vez que todo se arruinó, dejame acomodarte bien esa chamarra, recuerda que debes abrigarte bien.


El niño era de los niños que representaban bien la timidez, muchos sabian que en el orfanato se vivian muchas carencias, pero en ese no, ya que todos en el pueblo contribuían a que no les faltará nada a los niños.




—Regresa al hogar, no queremos que se preocupen las nanas, mañana ire a llevarte unas cosas que Ulises quería que tuvieras.—Responde el mayor con una sonrisa triste.



Aquel chiquillo lo abrazo, tal vez comprendiendo que ya no tenían en sus vidas la fuente de felicidad, entendiendo que Ulises habría querido que salieran adelante.