I
Solemos estar tan ocupados en nosotros, en aquellas cosas que se han convertido en lo suficientemente especial o importante como para tener nuestra atención centrada en ellas, en situaciones que en ocasiones realmente no tengan un verdadero valor, que consideremos que son importantes solo porque así la sociedad lo dictamino. Que, aunque juremos y argumentemos que es una percepción que no está influenciada por los demás. Encerrados en nuestra pequeña burbuja. Preocupados por nuestros únicos malestares.
¿Cuántas veces hemos desviado la mirada de alguien que en silencio pide nuestra ayuda? ¿en cuántas ocasiones hemos respondido sin un solo segundo dudar “no tengo tiempo” “no tengo dinero” “no puedo ayudarte”?
Es normal, somos imperfectos, buscamos soluciones fáciles, no deseamos complicaciones. A las cosas que de nuestro entendimiento escapan con frecuencia las dejamos en el olvido o que sean lo demás quienes se hagan cargo de ello. No hacer nada se convierte en la respuesta por excelencia de muchos. Por su puesto que no existe una entidad que pueda ir por ahí resolviendo los problemas de los demás, nadie ha creado la fórmula infalible para resolver cada conflicto, cada dolor, cada molestia, cada injustica.
Las entidades a las que llaman dioses no bajaran del cielo para resolver conflictos mundanos, así que mirar hacia el cielo esperando que la solución bajé junto con un coro de voces angelicales y arpas no es una opción. Podrá ser un intento por hacernos avanzar de nuevo, pero nunca la respuesta.
Me preguntó si no estaría bien mirar un poco más allá de los nuestros y de nosotros; abrir un poco esa barrera, esa fortaleza que construimos día a día. Aceptar la realidad de los desconocidos, de aquellos que pasan a nuestro lado de manera apresurada, del joven que se detuvo a mirar el árbol en primavera, de las lágrimas silenciosas de la señora sentada a nuestro lado en el autobús o la mirada suplicante de ese compañero que sonríe sin mucha emoción.
Aceptar que la situación de los demás puede ser tal vez mejor, puede que sea peor, nunca lo sabremos, pero de lo que si seremos consientes es que hay una vida detrás de cada uno de los desconocidos con los que nos topamos. Una historia a cada paso apresurado de las personas que buscan refugio de la lluvia.
Si tan solo por unos segundos, dejáramos esa fortaleza que a lo largo de la vida construimos dejando solo entrar un grupo selecto de individuos, que observemos lo que a nuestro alrededor sucede puede que logremos ayudar a tomar la mano extendida en silenciosos lamentos. De vez en cuando ayudar no esta tan mal.
No es algo que nos afecte, que nos lastime.
¿Qué es lo que pasaría si lo hiciéramos? ¿Solucionaríamos algo? ¿Cambiaría algo?
Solo encontraríamos las respuestas a aquello si tomáramos acción. Si la pasividad no fuera la respuesta por excelencia.