Prólogo
En las profundidades heladas del Tártaro, donde las sombras se retorcían en un baile eterno y la luz del sol nunca había osado tocar, la diosa se aventuró con determinación. Cada paso que daba en ese terreno inhóspito resonaba como un eco en la vastedad infinita del inframundo.
El viento gélido soplaba, llevando consigo sus suspiros mientras avanzaba hacia un rincón oscuro y olvidado. Allí, entre los abismos más profundos, se alzaba un trono de sombras, y sobre él se erguía el dios desconocido para muchos... pero no para ella, una figura envuelta en un manto oscuro de misterio, envuelto entre gruesas cadenas.
¿Quién osa interrumpir mi reino?
resonó la voz del dios, un eco ronco que parecía retumbar desde las edades olvidadas. Sus ojos, profundos como los abismos mismos, observaron a la chica con una curiosidad impasible.
Ella se inclinó ante él, reconociendo la fuerza inmensurable que emanaba de esta deidad que reinaba en las tinieblas del tiempo. 'Señor' comenzó, su voz firme a pesar de la desesperanza que latía en su corazón.
'Vengo en busca de tu sabiduría y poder. Una amenaza se cierne sobre los reinos de los dioses, una sombra antigua que amenaza con destruir todo lo que amo '.
El dios levantó una ceja, su mirada penetrante escrutando cada fibra del ser que tenía delante. '¿Y qué podría ofrecerle a un ser como yo, cuyo dominio abarca los hilos mismos del destino?'
ella guardo silencio.
Exacto, no tienes nada que ofrecerme, largo de aquí.
"En respuesta a la inquebrantable negativa del Dios, ella inhaló profundamente y se dispuso a hacer una oferta que no pudiera ser rechazada. Extendiendo sus manos hacia aquel dios, habló con una determinación que resonaba con la fuerza de la naturaleza misma.
'Cronos', comenzó, su voz resonando como un eco antiguo. Te, ofrezco una restauración de tu posición y poder. Te sacaré del exilio en el que has sido confinado, y en caso de que se desate una guerra entre los dioses, te prestaré mis dones y mi ejército para luchar a tu lado'.
El Dios arqueó una ceja, intrigado por la audaz propuesta de aquella Diosa. La idea de controlar el ciclo natural y la prosperidad de los mortales era tentadora, y su mente comenzó a contemplar las posibilidades.
Sin embargo, ella no había terminado. Continuó con una determinación inquebrantable, 'A cambio, te pido que impongas una maldición sobre mi hija, mi querida hija. Cada vez que se cruce con el, y se enamore de él, que su alma sea arrancada de su cuerpo y se reencarne en una nueva vida. Que esta maldición perpetúa su separación, asegurando que nunca puedan estar juntos en paz'.
El Dios consideró la oferta de la Diosa durante un momento, su mirada penetrante escudriñando cada detalle de su rostro. Finalmente, asintió con una mueca satisfecha. 'Tu oferta es intrigante, hija. Acepto este trato, y la maldición será impuesta según tus deseos. Pero recuerda, los hilos del tiempo son frágiles y pueden desenredarse en formas imprevistas. Asegúrate de que estés dispuesta a enfrentar las consecuencias'.
Y así, en las profundidades del Tártaro, un pacto oscuro fue sellado entre dos dioses poderosos, un acuerdo que tejería el destino de Perséfone y Hades en un ciclo de amor y separación que abarcaría siglos."