El Pasajero
Las 7 de la tarde, el peor momento para subirse al metro, en donde todo el mundo sale del trabajo para ir a sus hogares. Al llegar a la Estación Franklin, se sube junto a toda esa multitud. Su trabajo ya comenzó. Se instala al frente de una de las puertas, en medio de las vidas que lo rodeaba, inhalando lo más profundo posible, comienza el espectáculo.
—Muy buenas tardes, damas y caballeros, mi intención no es molestar, solo quiero alegrar su inicio de semana. Sé que los lunes son unos de los más aburridos, pero para eso estoy aquí, para tocar un par de clásicos. —Dijo el joven Músico mientras encendía el amplificador de su guitarra.
Comenzó tocando Música Ligera de Soda Stereo, una de las primeras canciones que aprendió en sus inicios como Músico. EL joven siempre ha tenido la costumbre de observar a su aburrido público, que, por cierto, siempre lo ignora o mira con cara de desprecio, pero a él no le importaba la verdad. En esta ocasión el metro no está tan lleno como de costumbre, en su vagón la mayoría de la gente estaba sentada en los asientos. Los que más resaltaban era un señor con traje elegante, una maleta negra de cuero y unos audífonos que usaba para hablar por teléfono a manos libres. También había una mujer de unos 50 años con, sin ofender a la señora, unos kilos de más, que no dejaba de sostener su cartera con ambos brazos, pensando que algún indecente podría tener la fantástica idea de robarle todas sus pertenencias. Al costado se encontraba una pareja de jóvenes con sus uniformes escolares besándose apasionadamente, al punto en que pareciese que el joven estaba abusando de la boca de la pobre mocosa indefensa, aunque tan indefensa no era. Frente a ellos, una joven madre con su pequeña hija observando su teléfono. A su lado, un señor de tercera edad muy concentrado en comerse un paquete de manís salados. Etc. Etc.
El ambiente era igual al de todos los días, cada uno en sus asuntos sin prestarle atención al joven artista, quien había terminado de cantar la primera canción del viaje. No recibió ningún aplauso, eso lo desilusionó, pero no es la primera vez que pasa, ni será la última, nada podía ser peor, o eso creía él.
Llegaron al segundo destino del metro, la Estación Bio-Bio, nadie se bajó, así como tampoco ocurrió en la tercera estación, pero subió una persona, alguien que llamó la atención de todos los presentes, que claramente no era normal.
El nuevo pasajero llevaba puesto un gigantesco abrigo negro de invierno que le llegaba casi hasta los tobillos, le quedaba tan grande que no se podía apreciar nada del cuerpo de aquel señor. Tenía puesta una bufanda color azul oscuro, bastante elegante, que le cubría su cara hasta la nariz. Su cabello no parecía real, para ser sincero, parecía una peluca muy mal cuidada, aparte de ser color amarillo pato. Para rematar, llevaba unas gafas de sol que le cubrían el resto de su rostro. Su presencia en el metro generó un ambiente peor que el anterior.
El hombre de traje se quitó los audífonos y los guardó en su bolsillo de manera muy lenta, la pareja de adolescentes se separó por el temor que sentían en aquel instante, la señora gorda dejó de preocuparse por su cartera y se enfocó más en no mojar sus calzones por el pánico que experimentaba.
Al Músico le faltaban 4 estaciones para poder llegar a su destino, lo que demoraría aproximadamente 10 minutos de tardanza, es decir, le tomaría tres o cuatro canciones más por tocar, no le quedaba de otra, debía cumplir con su deber para recibir su dinero y marcharse.
—La Siguiente canción es un clásico de la cultura chilena, espero que todos la disfruten. —dijo con voz temerosa, pero firme.
Comenzó a tocarParamarde Los Prisioneros, un tema bastante sencillo pero pegadizo para el público en general. Mientras cantaba sin problemas, el hombre comenzó a moverse sin parar, como si estuviese disfrutando de la música, estaba bailando en el mismo lugar, meneando la cadera sin mover sus pies, incluso cantaba el coro de la canción junto con el Artista. En ese momento todos se percataron de la voz del extraño, era ronca y áspera, como si de cáncer de garganta se tratase. Al terminar la canción el hombre sacó sus manos de sus bolsillos para poder aplaudir, tenía puestos unos mitones bastantes grandes y sospechosos. Aplaudía gritando bravo, pidiendo otra canción, lo que alegró bastante al Músico. Generalmente no le importaba que le dieran o no alguna colaboración al terminar una canción, pero siempre agradecía el aplauso de su público, cosa que realmente extrañaba en sus presentaciones, aunque fuera de un extraño que diera la sensación de que algo no andaba bien.
El Músico comenzó a tocarEn Un Largo Tourde Sol Y Lluvia, que el hombre también disfrutó y bailó, mientras que el resto de los pasajeros solo pensaba en una cosa: llegar rápido a la última estación, ya que todos se bajaban ahí.
Pasaron la cuarta estación donde nadie subió ni bajó, al igual que en la quinta y en la sexta estación, ninguna presencia de un nuevo pasajero, lo cual llamaba demasiado la atención de los presentes, porque ya eran las 19:00 horas, ¿dónde está todo el mundo?
La tensión no se iba, han sido los 10 minutos más eternos e incómodos que cualquiera hubiese experimentado. Terminó la penúltima canción y tan solo quedaba una estación para llegar, el Músico iba a cerrar su espectáculo conTodos Juntosde Los Jaivas, su canción favorita. El extraño estaba viviendo su mejor momento, se veía muy alegre, como si fuese la primera vez que escuchaba música.
—¡¿Podrías, por favor, callarte por un segundo?! ¡ya no puedo soportar esta tensión! ¡Oiga, usted, el del abrigo gigante, no se quien mierda es usted, pero...! —Dijo el hombre de traje elegante, quién no pudo terminar la frase cuando el extraño se quitó la bufanda.
Su cuello se deformó y estiró hasta alcanzar la cabeza de su víctima. Solo se escuchaban los gritos ahogados del hombre, que cesaron con los sonidos de un cráneo quebrándose al instante. La Criatura intentaba arrancarle la cabeza de un mordisco, pero no podía, se tuvo que esforzar un poco más. Tiraba y tiraba, mordió con más fuerza su aperitivo, hasta que la sangre empapó a todos los pasajeros. No hubo quien se salvase de recibir aquellas gotas de sangre, hasta el Músico vio su rostro ahora pálido, teñido de rojo.
Lo logró. Le arrancó la mitad de la cabeza, solo quedó su mandíbula tirando de un músculo facial, junto con la lengua arrojando sangre.
El cuello del extraño medía unos 2 metros de largo. Luego de su merienda, comenzó a retroceder hacia su cuerpo, pero no sin antes detenerse hasta quedar frente al Músico. Rotó su cabeza hasta el punto en que sus ojos quedaron boqui abajo. ¿Ojos?, esa cosa no tenía ojos.
Al rotar su cabeza, se le cayeron sus gafas y peluca. El Músico pudo contemplar con más detalles su grotesco aspecto. Su piel era una especie de tela delgada hecha por telarañas, que cubría una musculatura blanca y deforme. Su nariz eran tres orificios degenerados, al igual que uno de sus ojos solo contaba con un globo blanco en su lado izquierdo cubierto de la tela delgada. Su boca se observaba pequeña, lo cual era raro ya que con ella misma se devoró casi la cabeza entera del hombre, con esos dientes afilados y putrefactos.
—No... te... detengas... —dijo la criatura con su voz rasposa y tétrica.
El Músico, sin poder contestar, con sus manos temblorosas, siguió tocando un par de notas más, rogando para que llegase a su última estación. Mientras tocaba, en ese momento se percató de algo bastante destacable.
Nadie.
En ningún momento.
Hizo una señal de ruido.
En ningún momento, ni cuando el hombre interrumpió su última canción, ni cuando el extraño pasajero se comió su cabeza. Todos se quedaron en silencio, mirando el suelo, fingiendo que nada de los que había pasado fuese cierto, tratando de convencerse de que todo lo anterior había sido obra de su imaginación.
De pronto, el metro se detuvo a mitad de camino, estacionando frente a un callejón abandonado. Solo una puerta se abrió. El extraño volvió a su forma anterior, para luego sacar unas monedas gigantes de sus bolsillos y arrojárselas al estuche de guitarra.
—Muchas gracias por el show, no lo olvidaré. —dijo cordialmente.
Al bajarse del metro, como acto seguido, se quitó el abrigo, mostrando su verdadera naturaleza.
Sus piernas eran más grandes de lo que aparentaban, eran dos patas de araña gigantes y peludas. La criatura no tenía hombros, más bien era una especie de doble joroba a partir de las cuales salían aquellos largos brazos esqueléticos que llegaban hasta el suelo, con unas garras extensas y escalofriantes. Daban la sensación de que con un simple golpe te podría extraer el corazón sin esfuerzos.
La criatura dejó su abrigo tirado y se marchó hacia el callejón.
La puerta se cerró y el metro siguió su curso. Llegaron a la estación y todos se bajaron lo más rápido posible. Uno de los pasajeros no aguantó las ganas de vomitar, otros se fueron corriendo lo más rápido posible. Solo quedó el joven Músico en el pasillo, tratando de reflexionar lo ya sucedido. Luego de unos largos 5 minutos de reflexión, se limpió la cara, quitó la sangre de su guitarra, fue hacia el cambio de andén y se subió al siguiente metro, para repetir el mismo trayecto, esperando que esta vez, el público esté de mejor ánimo.