YONAGUNI | Ran & Rindou Haitani x OC|

Summary

Durante el verano de sus 18 años, Zuri coincide con un joven atractivo que andaba haciendo turismo en su isla natal. Tras hablar un poco, deciden reencontrarse esa misma noche en una fiesta. Tal y como se dijeron, terminan pasando la noche juntos; pero a la mañana siguiente, el chico misterioso debe partir de vuelta a su ciudad, Tokyo. Zuri, convencida de que acaba de conocer al amor de su vida, decide dejar atrás su vida actual y mudarse a Tokyo, dispuesta a volver a ver a ese chico. Cuando pensaba que todo iba a ser un cuento de hadas, al instalarse en la capital se da cuenta de que las cosas no son para nada como se esperaba... - Ambientada en la época de Tenjiku. - Contendrá escenas +18. 🤍

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

| “Primer encuentro” |

Yonaguni, Okinawa, Japón.

ZURI.

Todo empezó una tarde calurosa de junio. El suave viento azotaba mi cabello mientras pedaleaba mi bicicleta con desgana de vuelta a casa tras pasar un estupendo día en la playa de Dannu con todos mis amigos.

Mi piel estaba bronceada, mi cara estaba roja y resaltaba las ligeras pecas de mi rostro solo visibles en verano. Mi cabello había adoptado ligeras ondas a causa del agua del mar y ahora estaba más claro gracias a los rayos de sol. No podía pedir nada más.

El verano era una cosa maravillosa, mi mayor preocupación en esos momentos era pasar por casa para arreglarme para la fiesta de esa noche. Fiesta que organizábamos mis amigos y yo todos los principios de verano, ya que, al vivir en una isla tan remota, no habían discotecas ni nada parecido, por lo que siempre nos tocaba a nosotros mismos planificar las celebraciones.

Eso tenía su parte buena y su parte mala, como todo. Por un lado, estaba deseosa de que abriesen en la isla algún garito para personas jóvenes, pero apenas alcanzábamos a ser unos doscientos adolescentes en toda la ínsula, por lo que nuestros deseos no eran una prioridad.

Por otro lado, me alegraba de que así fuese; cuando había viajado a otras grandes ciudades, me resultaba agobiante la cantidad de gente diferente que podías llegar a cruzarte en una discoteca, y eso que yo era muy social.

Visualicé en el horizonte la empinada cuesta que tenía que tomar para llegar hasta mi casa. Después de pasar el día buceando y haciendo surf, no me quedaban fuerzas para pedalear y atravesar esa pendiente con la bici.

Suspiré mientras que con mi pie frenaba la bicicleta. Me bajé de ella y caminé mientras la arrastraba sujetando el manillar. Hice fuerza para comenzar a dar pasos agigantados, intentando que subir aquella cuesta me tomase el menor tiempo posible.

Una vez conseguí llegar arriba del todo, di con un sendero lleno de árboles y con un camino empedrado que ya conocía de sobra. Mi respiración estaba acelerada, debido al esfuerzo repentino y la alta temperatura que hacía a pesar de que las horas fuertes de calor ya se habían dado por finalizadas.

Bebí un poco de agua que todavía guardaba, apoyé mi bici en el tronco de uno de los árboles y me quedé parada un rato mientras observaba las vistas desde allí arriba y respiraba ese aire tan puro.

Sonreí con algo de melancolía, me sentía muy afortunada de vivir donde vivía, pero...el futuro me aterraba. Había cumplido la mayoría de edad dos meses antes y ahora, antes de que acabase el verano, tenía que decidir que hacer con mi vida. ¿Estudiar? ¿Trabajar? ¿Dejar mi isla natal? ¿O quedarme anclada aquí?

Mis intensos pensamientos se vieron interrumpidos cuando comencé a escuchar unas pisadas lentas que provenían del otro extremo del camino. No pude evitar sentir curiosidad y rodé la mirada hacia la persona con la que estaba a punto de cruzarme, me sorprendí al ver llegar una cara completamente desconocida. Era un chico alto y con la mirada perdida en el horizonte.

Lo que más me llamó la atención de él fue sin duda su peinado. Llevaba el pelo de dos colores y atado en dos trenzas. Me quedé algo perpleja; nunca había visto a un chico peinado de esa forma.

Debía de ser un turista que provenía de alguna gran ciudad, sin duda. Al fin y al cabo, ya empezaba la época de los turistas por aquí. El chico caminaba con total seguridad y tranquilidad, con las manos metidas en sus bolsillos. Aún desde la lejanía, podía ver sin problemas como exploraba el sendero con su mirada.

A medida que se fue acercando, nuestros ojos terminaron por encontrarse. Al principio pensé en apartar la mirada, pero por algún motivo, no lo conseguí. Me quedé eclipsada por sus bonitos e inusuales ojos de color violeta. ¿De dónde demonios había salido un chico tan guapo?

Nuestro choque de miradas terminó por hacer que el chico alto me dedicase una media sonrisa. Noté como mi corazón se aceleró un poco más al sentirme atrapada por completo en él.

—Buenas tardes —me atreví a pronunciar devolviéndole la sonrisa. No me consideraba una chica tímida, es más, era muy extrovertida y nunca perdía la ocasión de conocer a gente nueva. Además... me picaba la curiosidad por saber como había acabado un forastero por este sendero.

—Buenas tardes —me respondió de vuelta mientras asentía ligeramente con su cabeza. De pronto, se paró justo delante de mí. —¿Eres de por aquí? —me preguntó, haciendo una especie de señal con su dedo. Su voz era grave y algo ronca. Me gustó.

—Sí, así es.

—Quizás puedas ayudarme —comenzó a decir mientras se acercaba un poco más a mi. —Busco la playa de Dannu... todo iba bien hasta que he perdido la señal de mi teléfono y ya no tengo acceso al maps.

Se me escapó una risilla al verlo tan perdido.

—Así que te has perdido en una isla tan pequeña como esta —me atreví a decir, tratando de ver si era susceptible a alguna broma. —Menos mal que has dado con la persona adecuada —contesté con orgullo y una media sonrisa.

—Entonces me alegro de haber perdido la señal si era para dar contigo— respondió mientras me miraba fijamente a los ojos.

Vaya, vaya... ¿Los chicos de ciudad solían ir tan a saco a la hora de ligar? ¿o era mi mente montándose puras películas? Debía ser lo segundo, seguro.

La cuestión es que había conseguido ponerme algo más nerviosa.

—Solo tienes que bajar esta cuesta y seguir recto —señalé con mi dedo la cuesta que acababa de subir. —Acabarás viendo la playa. De hecho, vengo de ahí. Es la mejor playa que verás jamás —dije con sinceridad.

—Sí... había leído que es un lugar maravilloso.

—Lo es.

—Pues muchas gracias, señorita —me guiñó un ojo.

Me reí fuertemente.

—Por favor, no. Soy Zuri —me presenté mientras estrechaba mi mano.

En mi isla, solíamos darnos un beso en la mejilla a modo de saludo o cuando conocíamos a alguien nuevo, pero no me atreví a tanto.

—Soy Ran —me dijo de vuelta estrechando mi mano.

Así que Ran...

Bonito nombre. Nunca había conocido a ningún Ran.

—Encantado de ser el primero —me dijo con su ya característica media sonrisa que me estaba volviendo loca. —Yo tampoco había conocido nunca a ninguna Zuri.

—Es que no hay ninguna como yo. En ningún sentido —levanté mis cejas de forma burlona.

El chico de trenzas comenzó a reír, pero no en el mal sentido, si no como si realmente mis palabras le hubiesen hecho gracia o se hubiese sorprendido al escucharlas.

—Eres interesante, Zuri. Pensaba que en esta isla solo habían viejos, no esperaba encontrarme con nadie de mi edad.

—Ey, ey —le frené. —Mucho cuidado con lo que dices de mi isla —me tomé la libertad de darle unos pequeños toques con mi dedo índice en su pecho. —Este lugar está calificado como uno de los mejores para vivir, hay gente de todas las edades. Eso sí, apenas alcanzamos los 3000 habitantes.

—Impresionante —habló con sorpresa. —Por eso mismo decidí venir aquí a descansar, me habían hablado demasiado bien de esta isla, pero joder, tres aviones y tres barcos he tenido que tomar para poder llegar.

Sentí curiosidad, ¿de dónde sería? Hice una apuesta mental: Corea del sur.

—¿Pero de dónde vienes? —terminé preguntando, porque sí, era cierto que Yonaguni estaba en el medio de la nada, pero seis medios de transporte para llegar hasta aquí me pareció excesivo.

—De Tokyo.

Vaya, fallé. Era de mi propio país.

—Tiene sentido entonces... vienes de muy lejos —afirmé. —¿Es bonito Tokyo?

—¿Con esa pregunta me estás confirmando que nunca has estado en Tokyo? —preguntó el de trenzas perplejo, mientras elevaba una ceja.

—Así es... tendrás que invitarme a ir o algo —dije entre risas.

—Es increíble que nunca hayas estado en la capital de tu propio país.

Me crucé de brazos y rodé la mirada.

—Pero sí, es bonito. Muy diferente a esto. Excesivamente diferente —me dijo mientras, para mi sorpresa, me tomaba cariñosamente del mentón para que volviese a posar mis ojos castaños sobre sus orbes violetas.

—Ya me imagino —pronuncié con algo de dificultad debido a los nervios, pero aún así, le sostuve la mirada.

Si por mi fuese, siendo sincera, le hubiese besado ahí mismo. ¿Quién sabía si le volvería a ver?

—Ven cuando quieras, estás invitada. Sería un placer enseñarte mi ciudad por primera vez.

—Te tomo la palabra entonces, Ran —contesté sin dejar de mirarle a los ojos. Hacía tiempo que no notaba esa tensión con alguien y quién me diría que iba a conectar con una persona que acababa de conocer en medio de un sendero.

—Bueno...debo ir tirando —dijo de repente mientras soltaba la mano con la que me sujetaba el mentón y retrocedía unos pasos. Sentí algo de pena por dentro, me hubiese gustado seguir hablando con él.

—¿Te esperan? —cuestioné, tratando de averiguar si había venido a este lugar remoto solo o acompañado.

—Sí. Los capullos de mis amigos. Se adelantaron mientras dormía la siesta y ahora me toca ir hasta allá yo solo, que fastidio.

Así que había venido con sus amigos.

—Te prometo que si mi bici no se rompiese por el peso de ambos te llevaba en ella —bromee. Conseguí hacer que se riese otra vez.

—Encantada, entonces. Espero que si un día de estos me presento en Tokyo, me acojas.

—Por supuesto que sí. Yo te esperaré por allí.

Sonreí ligeramente ante esa ¿posible despedida?

Sabía de sobra que no lo volvería a ver en mi vida.

—Una última cosa, Zuri —me dijo de pronto sacándome de mis melancólicos pensamientos de loca enamorada a primera vista. —Es nuestra última noche aquí, y los capullos estos no paraban de insistir en salir a alguna fiesta...¿conoces algún lugar donde ir a tomar, que pongan música y esas cosas?

Se me iluminaron las bombillas.

—Por supuesto que sí —contesté con una sonrisa de oreja a oreja.

Le conté a Ran sobre la fiesta que organizábamos justo esa misma noche mis amigos y yo; la celebrábamos en un local reformado que pertenecía al padre de Sara, mi mejor amiga. Había bebida de todo tipo, y por supuesto, música actual. Le enseñé la ubicación y especifiqué la hora.

—¡Qué genial! —respondió el chico de Tokyo.

—no sabes como se alegraran estos cuando les diga.

—Entonces...¿te veo esta noche? —le pregunté mostrando un claro interés.

—Por supuesto. Allí estaremos —me guiñó un ojo. Joder, era impresionantemente atractivo sin hacer ningún tipo de esfuerzo por serlo.

—Genial, Ran. Disfruta de la playa —terminé por decirle mientras tomaba mi bicicleta de nuevo para seguir mi camino.

—Nos vemos, Zuri.

Me monté en la bici y comencé a pedalear con entusiasmo. No podía dejar de sonreír como una tonta: necesitaba contarle todo a Sara.

Un par de minutos más tarde llegué a mi casa. Aparqué mi bicicleta en mi jardín y entré.

—Ya estoy en casa —hablé alto mientras me quitaba los zapatos.

—Hola, Zu —me saludó mi padre desde su despacho. —¿Qué tal la playa?

—¡Genial! —contesté con alegría mientras caminaba hasta pasar por su lado.

—Un momento... —comenzó a decir mientras me observaba bajando un poco sus lentes. —¡Te has quemado la cara!—me indicó mi padre mientras me tomaba del brazo para verme bien. Yo resoplé.

—Ay, papá. No seas exagerado.

Mi padre era el típico hombre apocalíptico y terriblemente hipocondríaco.

—Debes tener mucho cuidado con el sol, Zu, si no cuidas tu piel podrías llegar a desarrollar algún cán...

—¡Makoto! Deja a la niña —le interrumpió de pronto mi madre mientras salía de una de las habitaciones. —Hola, cielo. Me alegro de que lo hayas pasado bien —me saludó con un beso en la mejilla.

—Hola, mamá —la saludé de vuelta dedicándole una cálida sonrisa. —¡Voy rápido a la habitación! Tengo que arreglarme para la fiesta.

Mi padre carraspeó buscando de nuevo mi atención. —Ni se te ocurra beber. Ni fumar —me indicó enseñándome su dedo índice.

—Papá —resoplé de nuevo. —Eres literalmente el dueño de una fábrica de sake. ¿Cómo te atreves a decirme que nada de beber?

-¡Precisamente por eso! ¡Sé de sobre la cantidad de efectos nocivos que puede tener el alcohol! —reprochó.

A veces me sacaba de mis casillas.

Mi madre trató de relajarlo colocando sus manos sobre sus hombros. —Deja que la niña disfrute, Makoto.

—Además, desde hace dos meses soy mayor de edad —añadí. Mi padre volvió su vista al ordenador mientras suspiraba profundamente. Mi madre y yo intercambiamos miradas mientras negábamos con la cabeza.

Subí corriendo a la planta de arriba de la casa, ahí es donde tenía mi habitación, mi baño personal y una sala que solía utilizar para estudiar y ver la TV.

Una vez comprobé que la puerta de mi habitación estaba bien cerrada, marqué el número de mi mejor amiga.

—¡Sara! —grité.

—¡¡Zuri!! —dijo de vuelta con emoción. —¿Qué tal? ¿Ya sabes que te pondrás?

—Pf —suspiré. —No lo sé. Lo único que tengo claro es que necesito ir bien bonita.

—Tú siempre consigues ir bonita —me halagó mi amiga. —Aún así, ¿se debe por algo en especial? Pensaba que tu eras de las típicas que prefieren ir cómodas a arreglarse en exceso.

Dejé el móvil tirado en mi cama y puse el modo altavoz para poder hacer otras cosas mientras hablaba con Sara. Había mucho que contar.

—Hay un motivo —empecé a decir en un tono misterioso.

—¿Hm? ¿Cuál? —cuestionó con curiosidad. —No será... ¿¡por Kane!?

Me alarmé.

—¡No, no! Eso está más que superado. No es eso.

—¿Entonces?

—He conocido a alguien. Justo cuando volvía a casa desde Dannu, me crucé con un chico; era jodidamente atractivo, ojos violetas, muy alto, ¡joder! Era increíble, Sara, no te lo puedes ni imaginar.

—Joder, Zu. Me quedo alucinando. ¿Desde cuándo hay chicos guapos en la isla? Desde que tu hermano se fue a estudiar fuera, pensaba que no lograríamos ver a nadie más que alegrase nuestras vistas.

—¡Sara! ¡Supera a mi hermano de una vez! —le indiqué. Mi amiga llevaba perdidamente enamorada de mi hermano mayor Jay desde hacía ya muchos años.

—Da igual, da igual, volvamos al tema. ¿Ese chico viene a la fiesta esta noche?

—Sí. Me he tomado la libertad de invitarlo, a él y a sus amigos.

—¿¡Sus amigos!? ¿Eran lindos?

Reí. —A ellos no los vi. Solo tuve el gusto de conocer a Ran, pero, esta noche veremos al resto.

—Esto es surrealista.

—Lo sé, joder, pero me siento muy atraída por él. Ha sido una conexión instantánea.

—¿Por su parte también?

—No lo sé. Eso es lo que quiero comprobar esta noche —contesté con un tono coqueto.

—Ay, Zu. No tienes remedio, eres una enamoradiza —suspiró mi amiga entre risas desde la otra línea. No iba a negarlo, tenía toda la razón. —Ahora tu misión es buscarte el mejor de los outfits y conquistar a ese tal Ran.

—En cuanto lo tenga claro, te pasaré una foto.

—Lo mismo digo.

Tras varios “te quieros” y “que bien lo pasaremos esta noche”, terminamos colgando la llamada. Me di una buena ducha para eliminar cualquier rastro de sal o arena de mi cuerpo, me hidraté como si no hubiera un mañana cada parte de mi ser y me coloqué ropa interior bonita.

Nunca se sabía que podía llegar a ocurrir.

Opté por ponerme un vestido ajustado algo transparente, nunca lo había usado porque era demasiado marcado pero pensé que no habría mejor ocasión que esta para ponérmelo.

Sequé mi cabello para dejarlo completamente liso y me maquillé un poco.

Una vez lista, me observé en el espejo.

Me veía perfecta.

Me tomé una foto rápida para mandársela a Sara. Su respuesta fue un “Wow😱🔥“, por lo que supuse que había acertado con mi elección. Bajé las escaleras de casa a toda prisa con intenciones de irme ya a ese lugar, estaba ansiosa.

Quería verle.

—¡Me voyyy! —grité tratando de salir lo antes posible de allí, pero, como siempre, mi padre el fastidioso entró en acción.

—¿Pero qué? —me observó de arriba a abajo mientras realizaba su característico gesto de bajar sus lentes. —¿No irás a salir así?

Asentí con la cabeza, vacilando.

—Esto debe de ser una broma.

Me mordí la lengua tratando de calmarme antes de hablar. —Papá, no es ninguna broma. Hace calor, voy a bailar, no pretendas que vaya tapada.

—No puedes ir así vestida por la vida, Zuri. Parece mentira que te haya criado yo.

—No seas machista —repliqué.

—Cámbiate ahora mismo —me contestó con seriedad.

—Ya llego tarde, no me voy a cambiar —me crucé de brazos.

Mi padre y yo solíamos chocar bastante porque él era un hombre excesivamente protector conmigo, yo era su “niñita pequeña” y única hija mujer a la que quería proteger por encima de todo.

Por fortuna, llegó mi madre a poner paz.

—Makoto, tiene 18 años. Si no se pone esa ropa ahora, ¿cuándo será? Deja que disfrute.

Mi padre se limitó a negar con la cabeza y retirarse de nuevo a su despacho.

—Que pesado —susurré, claramente molesta.

—Ya le haré entrar en razón, cielo. Tú solo pásalo bien que de tu padre me encargo yo —me dijo guiñando un ojo. Le sonreí.

—Gracias, mamá. Te iré avisando cuando llegue y vuelva.

—Perfecto. No vayas en bici si bebes mucho.

—¡Descuida! —tras dejar tranquila a mi madre, salí de mi hogar en dirección al local de Sara. Quedaba cerca por lo que fui andando.

Esta isla era muy segura. Incluso los turistas que la visitaban eran personas muy tranquilas -casi siempre- y no generaban ninguna clase de problemas, por eso solía ir andando o en bici a todos lugares sin importar la hora que sea o lo oscuro que esté el cielo.

Pero aún así, siempre, siempre mi padre tenía que darme la tabarra diaria con cualquier asunto.

Lo bueno de todo esto, es que, a pesar de los fastidios que me provocaba mi padre, la noche no hacía más que empezar y apuntaba a ser una de las mejores de mi vida.

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