Capitulo uno
Además de su alborotado cabello y sus ojos almendrados que compartían el mismo color, solía cargar con bastidores y lienzos, no recuerdo una sola prenda que no estuviera manchada con pintura. Ya no la veía tan seguido como a los demás, era introvertida y los recuerdos con ella ahora solo se resumían en casuales encuentros por el pasillo de la entrada y en las escaleras donde solía adquirir una velocidad inhumana antes de llegar a su departamento, un niveles mas arriba que el mío, su puerta estaba ilustrada con girasoles y golondrinas, no me había interesado en absoluto mezclar los negocios con el placer, mi cuota estaba congelada con estos individuos y la chica solo parecía interesarle su arte. O al menos eso parecía hasta que me dejó entrar a su vida.
Era condenadamente hermosa, su sonrisa era tan inocente que cualquier pensamiento relacionado mas alla de la amistad, era sacrilegio.¿Familia? su mamá se había divorciado despues de descubrir una infidelidad, que la orilló a la mas profunda depresión, aun recuerdo cuando los perros del Inframundo vinieron por su alma. Poco despues llegó una chica y compartieron el alquiler, bastó solo un par de meses para que la joven regresara a su hogar para atender a sus padres y el rancho al que le dedicó sus mejores años en la infancia.
Evelyn podría llegar a saber todo sobre las personas, su manera tan carismática me enfermaba, lo consideraba manipulación y la gente vomitaba por impulso las palabras cuando ella les generaba la suficiente confianza.
No puedo determinar mis sentimientos por ella o por alguien, nunca tuve amistades ni mucho menos me enamoré no había resucitado para ello, después de que los nativos de Teotihuacán acabaran con mi miserable vida, serviría a los señores del Mictlan.
Evelyn era un escape, a pesar de sus posibles engaños y falsas sonrisas, me confortaba solo verla. La vista de mi departamento hacia la calle me daba un panorama agradable cuando aparecía en la esquina de la avenida principal, sus caderas se movían en armonía con sus piernas largas, su cintura era estrecha pero con unas curvas que volvería loco a cualquiera. No prestaba atención a su andar, había memorizado la cantidad de pasos que debía dar antes de toparse con la deformación del suelo a causa de las raíces de ficus que se extendian a lo largo de la banqueta de concreto.
Hoy era un día lluvioso, el primero después de su muerte, este se repetiría una y otra vez, hasta su propia redención. Eran ya las cinco y media de la tarde, por alguna razón se había retrasado media hora esa ocasión.
Voltee en ambas direcciones para divisarla y la bruma espesa de la tormenta no me permitía ver más allá del puesto de jugos laminado que estaba a cien metros de la entrada del edificio, giré levemente hacia los ventanales de mi departamento y observé el reloj y las manecillas señalaron las cinco cuarenta y tres, prendí el cigarro que llevaba en la boca antes de salir al balcón e inhalé profundo.
El sonido emergente de un motor llamó mi atención, Evelyn cruzaba del otro lado de la calle cuando torcí mi cintura en su dirección. Un auto sedán blanco le dió paso antes de maniobrar para salir de la privada. El taxi desbordó el agua acumulada de la calle hacia la acera, era inútil apresurar el paso, la chica ya estaba completamente empapada, su figura se acercaba lentamente y se hizo mas clara su apariencia antes de entrar al vestíbulo, un vestido claro se amoldaba a su cuerpo, no tenía nada que la cubriera y llevaba colgado de un hombro su única bolsa formal. Me incliné solo un poco para calcular el tiempo antes de "encontrarla casualmente" en el camino. Tardó mas de lo habitual abrir la puerta. Tenía empuñada la llave en una mano y la manija en la otra. Pasó un instante antes de que la reja se delizara por dentro y la novia del vecino saliera mientras Evelyn aprovechó para entrar a tropezones.
Esta era mi oportunidad. Atravesé el balcón y el departamento en grandes zancadas. Tomé mis llaves y salí déjando entre cerrada la puerta. Unas zapatillas resonaban abajo, aventé la colilla al macetero de la esquina que conectaba mi piso con las escaleras superiores. Cuando la ví, un escalofrío me recorrió la base de la espalda, hasta la coronilla dejándome parcialmente inmóvil, mis ojos se enfocaron en el fondo que dejaban las escaleras inclinadas, mientras que recargaba mi peso sobre mi hombro en el marco de la puerta. Saqué otro cigarro, lo sostuve entre mis labios en tanto buscaba en las bolsas de mi chamarra un encendedor.
-Morirás...- la seductora voz de Evelyn sacudió mis sentidos, apareció como un espectro plantadonse en frente de mi, habia agachado la cabeza involuntariamente y ahora miraba sus zapatillas azules rodeadas por un espejo de agua salpicado por las gotas que se escurrían de su vestido. No fuí capaz de evitar barrerla lentamente desde abajo. Sus tonificadas pantorrillas contorneaban una fina línea hasta sus muslos, la tela traslúcida se pegaba a su piel. Seguí con su cadera hasta llegar a su pecho, el encaje de su sostén decoraba la hermosa forma de sus senos, el corte cuadrado solo hizo mas tortuosa mi agonía cuando me encontré con la base de su delicado cuello, el rastro que dejaban las gotas se escurrieron entre las delgadas clavículas. Recordé como respirar cuando su mirada tan exquisita se encontró con la mía.
-¿Perdón?- había recobrado mi voz, la palabra con la que se dirigió a mi llegó como un balde de agua fría a mi memoria.
-Dije que morirás, el cigarro no es considerado un buen aliado para la vida...- llevó a una de sus manos al bolso y usó la quedaba libre para escarbar entre sus cosas.
-Permiteme acompañarte en tu lento trayecto al más allá.- previo a darme cuenta , me había quitado el cigarro y lo llevó entre sus dedos hasta sus labios, una postal divinamente seductora se instaló en mi vista, dejando a la imaginación fluir hasta lo más bajo de mis instintos, aspiró el tabaco y volteó a un lado para evitar rozarme con su aliento calcinado.
-Diego- purificó mi nombre en su entonación y de repente, mis pies volvían a la tierra.- necesito hablar contigo.- su mirada era el claro reflejo de la angustia y debía ignorarlo. Tenía que hacerlo.
-Dime querida, sabes que estoy a tu disposición, las veces que quieras.- le guiñe un ojo en complicidad con el recuerdo de este día.
-Lo se...- su sonrisa se extendió antes de volver a inhalar una última vez y entregarme el cigarro, su mano estaba helada cuando rozó la mía.- podrías... Dejarme pasar por un momento, estoy entumida y temo encontrarme a San Pedro en el camino, el piso esta resbaloso.-
Noté los espasmos de sus hombros y el leve castañeo de sus dientes, me quité la chamarra y la cubrí para minimizar su tembloreo.
-Lo lamento, soy un idiota.- la cubrí con la pesada tela, su cabello quedó adentro del cuello de la prenda y la rodeé tomandola del hombro, su cuerpo estaba en descontrol cuando la arrimé a mi pecho, tomó unos segundos para percatarme de que la mezclilla empezaba a absorber la humedad de su vestido.- entra am... Perdón Ev.-
-Gracias y discúlpame, había querido evitar molestarte, pero verte afuera de tu puerta, como solías hacerlo...me dió el descaro de pedirte asilo por unos minutos.- la pena o la pronta hipotermia, tensaban sus apretados pasos. Algo en mí, en esta ocasión, me hizo arrastrar un brazo hasta sus piernas en lo que el otro rodeaba su cintura, me aferré a ella tanto que mis dedos se hundieron en su delicada carne.
-¡Cuidado!- exclamó en un suspiro.- nos harás caer a los dos... tengo motivos para seguir robandote el oxígeno, amigo.- su cabeza se giró y su mandíbula se acunó en el hueco de mi clavícula.
Su perfume ya se estaba acitronando, la flor de cempasúchil absorbía su escencia terrenal y en su pelo solo se distinguía muy ligeramente su escencia a canela y romero.
-Prometo que no morirás "asi", Ev.- le mentí en muchas ocasiones, pero esta era una excepción.