Un juramento entre nosotros.

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Summary

Lyla creía que su pacífica vida en el campo no cambiaría jamás. Hasta que su madre decide enviarla a la Corte de la Reina Violette, para que refine sus modales y se convierta en una auténtica dama. El problema es que que Lyla nunca ha sido, ni será, una dama. Nadie en su entorno es capaz de entender porque prefiere empuñar una espada antes que acudir a bailes y fiestas reales. Nadie, excepto Ser Rylen Fell. Un Caballero de la Guardia Real que la ve por quién realmente es y no por lo que los demás desean que sea. Ella está obligada a casarse por el bien de su Casa y él está atado a los votos de fidelidad a la Corona. Pero ambos descubren que no existe nada más importante, que el juramento que se han hecho mutuamente. ADVERTENCIA: esta historia es totalmente explícita, leer con precaución.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1.

Cogí aire tratando de centrarme en la tarea que tenía entre las manos. Tejer y bordar me resultaba de lo más aburrido, pero por supuesto, esos eran los deberes de una dama, aunque no es que yo tuviese mucho interés en ser una.


Sabía que debía sentirme honrada. Formar parte de la Corte a mi edad y sin un tutelaje paterno no era lo común, a pesar de lo mucho que yo me había resistido a irme de casa. Echaba de menos mi hogar, a mis padres y en cierto modo también a mis hermanas, pero al estar a punto de cumplir los dieciocho años, madre había insistido en que ya era hora de que asumiese mi posición y me trasladase a la capital con mi tía, la Reina. Dado que ella y el Rey sólo habían tenido hijos varones, algo claramente positivo para la línea sucesoria, mi tía siempre había añorado tener una niña. Quería a mis hermanas, lo sabía, pero yo siempre había sido su favorita. Creo que se debía a que nos parecíamos bastante en el carácter. Por lo tanto, estaba más que encantada de acogerme y educarme en plena Corte.


Sabía lo tremendamente generoso que era ese acto puesto que yo no era su única sobrina, ni mi madre, su única hermana. Me había comunicado que dos de mis primas también asistirían a palacio antes de que diese comienzo el verano y aunque yo no me llevase especialmente bien con ellas, demasiado refinadas y estiradas para mi temperamento salvaje, supondrían una distracción para su majestad y por lo tanto más libertad para mí. Llevaba diez semanas allí y la rutina de paseos, lecciones de política, reuniones con Lores de altas Casas que consistían en discutir acerca de porque la temporada de bailes y torneos empezaba en este u aquél momento, ya habían comenzado a aburrirme a sobremanera. Sorprendentemente, una de mis tareas obligatorias favoritas era el bordado y no porque me gustase la actividad en sí, sino porque la realizábamos con la Institutriz en uno de los amplios balcones, según ella para que nos diese un poco el sol. Y mientras las demás jóvenes disfrutaban y se regodeaban en ello, totalmente perdidas en las telas, yo me distraía con las vistas. El balcón que utilizábamos daba al patio de entrenamiento de los caballeros y soldados. Al principio me fijaba en lo que hacían, cómo manejaban las espadas, las lanzas y el arco, recordando los tiempos cuando era más joven en los que mi padre me ensañaba a luchar con esas mismas armas a escondidas de mi madre. Y me enseñó bastante bien. Entonces, un día, apareció él.


Ser Rylen Fell.


Caballero de la Guardia Real de su Majestad. Se encargaba de entrenar a los más jóvenes y entre sus pupilos, se encontraban mi primo el Príncipe Jarden, a pesar de que él mismo no podía ser mucho mayor que yo. Calculaba que tendría unos veinticinco o veintiséis años. Creo que la primera vez que le vi escoltaba a mi tía a caballo, portando la armadura al completo incluyendo el yelmo y digo "creo", porque con ese casco tan engorroso costaba distinguir su rostro. Al día siguiente apareció en el patio de entrenamiento, parecía que venía de cumplir con su deber ya que traía toda la armadura puesta y se la quitó allí mismo, al menos la coraza del pecho, la larga capa roja y por supuesto, el yelmo. Y por los dioses, me distraje tanto cuando lo hizo, cuando le vi la cara, que me clavé la aguja de coser en el dedo y manché de sangre la imagen bordada que tenía casi terminada. La Institutriz me lo recriminó, recuerdo que me llamó inútil y me exigió volver a hacerla entera.


Sus voces llamaron la atención de los que ocupaban el patio y a pesar de la vergüenza no pude evitar mirar a Ser Rylen de nuevo. Era evidentemente sureño, de cabello largo, ondulado y muy oscuro, rasgos hermosos y piel morena por el sol. Tenía unos ojos tan penetrantes, que a pesar de la enorme distancia entre nosotros consiguieron que mi corazón latiese desbocado al mirarme directamente. Tras unos segundos que parecieron una eternidad, dio una orden con voz firme y grave y se puso en guardia frente a mi primo mayor. Desde aquél día, bordar se convirtió en mi actividad favorita de mi lista de tareas. Con el paso del tiempo, conseguí que mis miradas fueran mucho más disimuladas, era tremendamente hábil, sin duda no se había ganado su puesto por ser el hijo de alguien importante, más bien por su formidable destreza con las armas y en el combate cuerpo a cuerpo. Era un maestro paciente y firme con sus alumnos, pero a pesar de sus lecciones con las que mi primo mejoraba día a día, mi momento preferido era cuando terminaban de entrenar. Entonces, Ser Rylen alzaba la vista y me miraba durante un instante antes de marcharse.


Tenía claro que era un encaprichamiento de juventud, porque para ser sincera, no es que hubiese muchos hombres jóvenes y guapos en la Corte y una no estaba ciega. Un día particularmente nublado, la Institutriz me había castigado por no prestar la atención adecuada a mis tareas, puesto que Ser Rylen no se había presentado al entrenamiento de ese día y por algún motivo desconocido ese hecho me distraía incluso más que su propia presencia en el patio. Así que me había obligado a quedarme, deshacer el trabajo hecho y repetirlo, ella y el resto de damas se habían marchado para una merienda especial con algunos invitados de la Reina. Se rieron de mí al salir por la puerta, a pesar de que en el fondo agradecía esa soledad y el no tener que soportar otra interminable conversación sobre torneos, bailes y pedidas de mano provechosas, las burlas intencionadas se clavaron en mi estómago como aguijones.


Yo era la sobrina de la Reina y me comportaba como una verdadera dama digna de su título cuando correspondía, lo cual no era la mayor parte del tiempo, como las lecciones de la Institutriz. Descosí y volví a coser, dejando la imagen tal como ella quería, la puse sobre su mesa y tras observar el vacío patio de entrenamiento una última vez, se me ocurrió una idea que seguramente me costaría varias semanas de castigo si me pillaban. Me daba igual, tras meses de estrictos horarios y actividades que odiaba, necesitaba ese pequeño momento de libertad para mí misma. Empezaba a hacerse tarde y el castillo estaría en pleno auge de la celebración, por lo que nadie tendría que aparecer por allí ya. Bajé corriendo por las escaleras, feliz de no cruzarme con una sola alma y fui a parar al centro del patio. El vestido que llevaba aquél día era ligero y de un color borgoña muy oscuro, si me ensuciaba no se notaría demasiado, aunque entrenar con ese vestuario no era lo más cómodo, me hice con una de las espadas y me dirigí directamente a un muñeco de paja.


Llevaba demasiado tiempo sin hacer aquello, así que coger el ritmo me costó un poco, pero tras varios intentos y algunos tropiezos, conseguí asestar golpes rápidos y certeros a aquél oponente sin vida. Volver a sostener una espada entre las manos sentaba de maravilla, me daba seguridad y porque no decirlo, también cierta sensación de poder. Tras un rato empecé a moverme por el patio de entrenamiento, entre los distintos maniquís colocados estratégicamente para obligarte a atacar a distintas alturas. Mi vestido se iba haciendo más pesado conforme me movía, por el barro que se arremolinaba en los bajos y por la ligera lluvia que estaba cayendo. Estábamos casi en verano y el agua no estaba caliente pero tampoco helada, era soportable. Me aparté algunos mechones de pelo mojado de la cara y continué. Me convertí en un borrón rápido y fiero que no tenía piedad con sus adversarios, dando estocadas a diestro y siniestro, hasta que, sin previo aviso, la hoja de mi espada encontró un oponente igual de afilado.


La fuerza con la que otra espada había frenado la mía y el potente sonido de los aceros chocando entre sí, me devolvió de golpe al presente. Observé la hoja del arma que interfería en lo alto con la mía. El metal brillaba y hacía relucir las gotas de lluvia en el filo, unos hermosos grabados en lengua antigua la recorrían ordenadamente y el mango desaparecía bajo una mano enguantada que pertenecía a...


Mierda.


La penetrante mirada de Ser Rylen Fell atravesó la mía. Creo que dejé de respirar por un momento. Tras la sorpresa inicial, fui consciente de más cosas, de muchas mas cosas. Su cabello estaba igual de húmedo que el mío, se le rizaba por la nuca y caía a ambos lados de su cara, derramando algunas gotas que desaparecían por debajo del cuello de la armadura. Su postura era relajada a pesar de la potencia con la que había detenido mi golpe y su capa estaba tan empapada como mi propio vestido seguramente. La curiosidad con la que me miraba directamente era sincera y no me pasó desapercibida la ligera y provocadora sonrisa que adornaba sus labios. Unos labios perfectos, debo añadir. Y por último pero no menos importante, fui consciente de la mínima distancia que existía entre ambos, puesto que él apenas se encontraba a medio metro de distancia.


Me quedé muda y seguramente con una expresión de perturbada importante. Por instinto mi cuerpo tomó el control de forma automática y bajando el brazo rápidamente dibujé medio arco contra su espada que nos hizo retroceder a los dos. La sostuve en alto, en posición defensiva, él hizo una floritura con la suya antes de envainar e inclinar la cabeza ante mí, de un forma elegante y cortés. Pero sus ojos al observarme denotaban una clara diversión.


-Poseéis una gran destreza con la espada, Mi Señora.


Lo decía completamente enserio, no era una mofa, ni una burla, estaba siendo sincero. Bajé el arma tranquilamente sin llegar a apoyarla sobre el barro para evitar mancharla, porque seguramente alguien tendría que limpiarla después. Carraspeé, antes de conseguir hablar.


-Gracias, Ser Rylen. Es un gran cumplido viniendo de un Caballero de la Guardia Real de su Majestad.- Le devolví el educado gesto que él me había dedicado a mí instantes antes, preguntándome si no le extrañaría que conociese su nombre. Y entonces caí en la cuenta de algo.- ¿Habéis estado observándome Ser Rylen?


Si mi pregunta le pilló por sorpresa, lo disimuló estupendamente, aunque tuvo la decencia de evitar mi mirada por unos segundos.


-Así es, Mi Señora. La Reina me ha enviado a buscaros, os esperan en el salón para recibir a unos invitados de su Majestad en la cena.


Contuve un suspiro que habría sido de todo menos educado frente a él y en su lugar forcé una sonrisa perfectamente ensayada.


-Por supuesto, Ser Rylen. No deberíamos hacer esperar a su Majestad.


No podía creerme que estuviera hablando con él. Después de semanas observándole en la distancia y creando todo tipo de fantasías estúpidas e irreales en mi cabeza, él estaba frente a mí, después de haberme visto dando estocadas salvajes con una espada a unos sacos de paja; un comportamiento del todo inadecuado para una dama. Seguramente mi rostro tendría el mismo color que el de un tomate maduro. Él estiró la mano y al principio fruncí el ceño, confusa, luego señaló la espada con un gesto sutil y yo se la entregué con demasiada torpeza. La dejó junto a las demás y yo le seguí, me costó un poco caminar, era como si mi sentido del equilibrio se hubiese ido a pasear al estar en su presencia.


Patético.


Cuando llegamos a los primeros arcos de la plaza, Ser Rylen ralentizó el paso para así poder caminar ligeramente tras de mí, haciendo de escolta. Notaba los nervios a flor de piel, lo cual era absurdo, pero no podía evitarlo. Al igual que el silencio que nos rodeaba en los largos y vacíos pasillos, supongo que él estaría acostumbrado pero yo no y no sabía mantener la boca cerrada.


-¿Puedo preguntaros algo, Ser Rylen?


La voz me tembló un poco al final pero logré controlarla.


-Por supuesto, Mi Señora.


Su forma de decir Mi Señora era exquisita, grave y profunda.


-¿Creéis que puedo mejorar? Con la espada, digo.


Le miré durante unos segundos contando con que él mantuviese la vista al frente, pero sus ojos castaños se cruzaron con los míos antes de que pudiera apartar la mirada, tal y cómo pasaba cuando le observaba desde el balcón.


-Creo que quien quiera que os enseñara hizo un gran trabajo. Vuestra postura es perfecta y vuestros movimientos son seguros y fluidos, aunque tal vez os vendría bien practicar con alguien que os devuelva los golpes.- Esa no era para nada la respuesta que esperaba, más bien contaba con recibir un reproche por haber cogido una espada.- Vuestro primo, el Príncipe Jarden, es un buen espadachín, si quisierais practicar con él puedo solicitarle a la Reina que...


-¡No!


La palabra salió como una súplica de mi garganta y ambos detuvimos nuestro caminar con ella. Me giré bruscamente para mirarle, la sorpresa y la confusión ensombrecían su hermoso rostro.


-Si me he excedido en algo, os ruego que me disculpéis por ello Mi Señora. No era mi intención...


-No. No, Ser Rylen. Disculpadme vos a mí, no he debido responderos así, no ha sido propio de una dama. Es tan sólo que...-Tragué saliva, mi autocontrol realmente se iba a la mierda cuando me miraba con esos profundos ojos.- Mi tía, la Reina, no lo aprobaría.- Mentira. Quien no lo aprobaría más bien sería mi madre y no podía arriesgarme a que se enterase.- No puede saber que he estado hoy en el patio dando estocadas con un arma afilada. Os pido por favor que me guardéis el secreto.


Tras unos largos segundos algo tensos la confusión dio paso a la comprensión y el apuesto Caballero por que el que yo suspiraba, asintió.


-Mis labios están sellados, Mi Señora.


-Os lo agradezco, Ser Rylen.


Me distraje durante un segundo con algunas gotas que resbalaron por un mechón de su pelo hasta caerle por el mentón, percatándome de que los dos estábamos empapados. No podíamos presentarnos así ante la Corte. Mi vestido casi chorreaba y el barro empezaba a endurecerse en la parte baja de la falda.


-Maldita sea.


Me guardé una expresión mas indecorosa para mí misma, cerrando los ojos con fuerza.


-¿Qué sucede, Mi Señora?


Escuchar su voz, sólo su voz, sin ver nada, hizo que un calor ardiente se arremolinase en mi vientre. Ser Rylen me observaba con atención y sus bonitos ojos parecían preocupados.


-No puedo presentarme así a cenar en la Corte.- Señalé mi ropa y él me observó de arriba abajo rápidamente, provocándome escalofríos.- Necesito cambiarme de vestido antes de bajar.


-Os escoltaré hasta vuestros aposentos y aguardaré hasta que estéis lista, Mi Señora.


Parecía no tener otra alternativa, así que simplemente asentí y eché a andar rápidamente por el pasillo que conducía al ala donde estaba mi habitación. Me siguió sin el mayor esfuerzo. Por suerte no nos cruzamos con una sola alma, al llegar a las altas puertas entré en la estancia como un tornado, pero antes de soltarlas me giré bruscamente, sin saber bien que decir, puesto que nunca me habían escoltado a mi dormitorio me quedé allí plantada como una imbécil. Ser Rylen se apiadó de mí y con una ligera sonrisa contestó a mi pregunta no formulada.


-Haré guardia en la puerta, estaré aquí cuando salgáis.


-No tardaré mucho.


Sin darle opción a responder solté la manija de acero y permití que se cerrase, no tenía tiempo que perder. Quitarse un vestido mojado, sola y teniendo que desatar un corsé fue un auténtico reto, pero transcurridos unos minutos de verdadera tortura lo conseguí y lo estiré sobre el respalde de una silla todo lo posible para que se secase. Me pasé una toalla de algodón por el cuerpo rápidamente y eliminé la humedad de mi cabello para que no chorrease, recogiéndolo en una trenza que convertí en un moño bajo. Escogí un alfiler adornado con una bonitas hojas de plata tratando de darle un toque algo más elegante. Iba a juego con el vestido de gasa azul que había escogido, estaba decorado con motivos florares, dejando los hombros al descubierto, las amplias mangas casi llegaban por debajo de mis manos. Seguramente era demasiado veraniego para esa época, pero los cordones del corsé estaban listos para ajustarlos con un simple lazo y dado que no podía contar con alguien que me ayudase a ponerme algo más complicado, era lo más presentable que tenía.


Tiré la toalla a una cesta donde depositaba toda la ropa de cama y antes de salir caí en la cuenta de algo. Ser Rylen también estaba empapado, al menos su cabello y su capa, no podía hacer nada por ésta última, pero si por lo otro. Cogí otra toalla limpia y me dirigí a la puerta. Estaba justo donde le había dejado, con una mano rodeaba la empuñadura de la espada y con la otra se apartaba algunos mechones mojados de la cara. Se giró rápidamente hacia mí y la forma en la que sus ojos reconocieron rápidamente mi cuerpo, sirvió para que me ardiesen las mejillas. La apartó enseguida para centrarse en mi rostro.


-¿Estáis lista, Mi Señora?


-Todavía no, Ser Rylen.- Le tendí la toalla antes de que la voz me titubease más.- Para vuestro cabello, Mi Señor. Por favor, me disgustaría que enfermaseis por mi culpa.


No era mentira, pero creo que en el fondo él se daba cuenta de que presentarse así frente a su Majestad tampoco era la mejor de las imágenes. Tras unos instantes bastante largos en los que sostuve el trozo de algodón entre nosotros, finalmente lo cogió, procurando que nuestros dedos no se tocasen y lo estiró.


-Gracias, Mi Señora.


Hice un esfuerzo enorme por no seguir todos y cada uno de sus movimientos mientras se pasaba la tela entre las oscuras ondas rápidamente. Me quedé allí plantada mirando mis pies, seguramente con las mejillas sonrosadas. ¿Pero qué diantres me pasaba? Yo no me comportaba así con nadie, no era tímida, ni cohibida pero él...Suspiré, algo revoloteó en mi estómago.


-¿Mi Señora?


Mis ojos se alzaron automáticamente ante su voz, me tendía la toalla perfectamente doblada, su cabello tenía mejor aspecto y al menos así se reducían las posibilidades de que cogiese un resfriado. Agarré la prenda y caminé de forma mecánica hasta mi habitación para depositarla en el cesto de mimbre. Ser Rylen aguardaba con rectitud.


-Bajemos al salón, Ser Rylen.


Asintió formalmente y esperó a que yo emprendiese la marcha. 











Hola a todos, soy una completa novata en esta app, sobretodo porque acabo de descub

r

irla, así que es un placer estar aquí.

Esta historia contará con veintrés capítulos en su totalidad y dentro de poco subiré una tabla de personajes para que podáis ponerles cara si lo deseáis

, (si es que eso se puede hacer aquí, que como he dicho, aún no tengo ni idea.)


La obra está terminada y la iré actualizando paulatinamente cada semana.


Para mí esto es una especie de experimento así que por favor, si podéis, no os cortéis en decirme que os ha gustado y que no para así poder mejorar la historia.


Muchas gracias por leer y por compartir vuestro tiempo conmigo.