Naimón y el estigma

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Summary

El demonio Heregón maldijo el linaje de un humano, desde ese momento los demonios fueron cazados y los humanos vigilados en busca del estigma que sea capaz de liberarlo del Hado. Cuando la esposa del rey Elvard da a luz a una infante todos temerán por la marca que lleva en su brazo. La protección a la princesa será inigualable pero la presencia del demonio Náimon obsesionado con la humana complicará las cosas.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prefacio

—Leandro, ¿seguro que es el camino? —preguntó Coustou mientras sacudía la nieve sobre su hombro derecho—. Deberíais saber, mejor que nadie, la poca paciencia de vuestro señor.


Leandro volteó su vista con la intención de otorgarle una respuesta, pero su señor le quitó ese privilegio.


—Lo sabe, mi buen amigo. Os pediré que no lo distraigas, mi siervo fiel nunca osa en defraudarme, confío ciegamente en su buen juicio —aseguró Ser Louis Rouvroy, un honorable noble de Aragón.


Ante la vista de cualquier hombre, Ser Louis Rouvroy era la perfecta imagen de un caballero, su linaje noble lo hacía aún más intachable. Era tan solo un joven de veinte años, esbelto de ojos verdes y un rostro atractivo. Su armamento era implacable, vestía pantalones negros de lana, botas y guantes de cuero negro. Montado sobre su corcel blanco y portando una de las armas más espléndidas y filosas que ya lo había acompañado en varios enfrentamientos.


—No os contradeciré, mi señor —intervino Denain, otro honorable hombre que acompañaban a Ser Louis, que ya se acercaba a las cuatro décadas—. Pero lo que debería preocuparnos es su buena memoria. Además de por donde hemos de caminar.


—Sé bien que enemigos pueden estar cerca, Denain, pero no es para que estés tan temeroso —dijo Ser Louis Rouvroy después de echar una mirada a su vasallo que los dirigía.


—No es por eso, mi señor.


—Demasiado tarde, Denain, ya todos hemos notado tu cobardía —dijo Coustou sin intenciones de ocultar la sonrisa burlona—. Hasta el siervo de Ser Rouvroy se ha dado cuenta.


—¡Tonterías! Los hombres no provocan en mí ningún tipo de temor, yo mismo he acabado con cientos, no, miles de ellos sin titubear. No pueden asustarme, ya que conozco lo que enfrentó —su voz resonó en aquel bosque blanco por el que cruzaban.


Había demasiado silencio en aquel lugar, tanto como para causar temor. Aunque no todos se habían percatado del pequeño detalle, pues iban muy inmersos en la conversación contra Denain.


—Entonces, ¿qué te asusta? Honorable caballero —insistió Coustou con otra apenas visible sonrisa.


—Lo desconocido —respondió casi de inmediato. No había osado caer en la trampa del hombre, además de que sabía exactamente lo que le hacía estremecerse mediante espantosas pesadillas.


—¿Qué insinúas con semejante respuesta? —pregunto Ser Rouvroy un poco curioso.


—Mi señor, me he criado bajo las buenas instrucciones de la iglesia, las sagradas palabras del Dios todopoderoso forma parte de mi vida. La fe que tengo es sincera, pero hay cosas demasiado inusitadas en este mundo, cosas que realmente desconocemos. He escuchado sobre asuntos desconcertantes, asuntos sobre el valle de Arthies el cual no está muy lejos de aquí.


—No se ofenda, señor Denain, pero no hay que creer todo lo que dicen las personas —intervino Leandro con una voz apacible pero segura, quizás debido a la experiencia.


Casi de inmediato sintió la mirada enfurecida del caballero, así como la sonrisa burlona por parte de Coustou. Al momento de haber pronunciado aquellas palabras supo que el noble no estaría de acuerdo, quiso haber permanecido en silencio, pero no pudo haberse contenido.


—Mi buen siervo tiene razón, Denain, escoge bien a quienes debes creer sus palabras o terminarás siendo burlado.


Leandro sintió cierta sorpresa por las palabras de su señor Ser Rouvroy, en el tiempo en que su amo había hecho amistad con aquellos hombres, se había dado cuenta de lo poco amigables que eran los nobles. Por esa misma razón en ocasiones le era difícil contener sus comentarios, los cuales usualmente lo metían en problemas.


Pero, en aquella ocasión era lo que menos le preocupaba. Podía percibir la extrañeza en el ambiente, los alrededores estaban conformados por largos árboles abrazados con una ligera capa de blanca nieve, era complicado intentar buscar algo más que no fuera nieve y troncos congelados, sin embargo, sabía exactamente hacia dónde se dirigía.


No podría olvidar aquel camino después de lo que había visto. Era como ser poseedor de un sentido extra que lo atraía hacia aquel lugar que tanto lo había perturbado.

La oscuridad descendía lentamente sobre ellos, el tiempo que llevaban caminando no era nada comparado a lo que habían cabalgado anteriormente con la mesnada del rey Carlos V.


Leandro aún recordaba el momento en que el rey había llamado a su señor Ser Rouvroy para pedirle que acabara con los invasores que estaban causando estragos en sus tierras. Su amo había jurado destruir a cualquier malhechor que usurpara la tranquilidad del rey, además de que había sido motivado por los rumores de las grandes recompensas que daba a quienes le servían.


«Sí tan solo Ser Rouvroy no hubiera sido tan codicioso, no tendría que estar caminando por estos bosques espeluznantes una vez más», pensaba Leandro mientras sentía el frío infiltrarse por sus botas.


—Apuesto a que los enemigos de vuestro rey superan la cobardía de Pedro —mencionó Coustou.


—No hagas suposiciones antes de tiempo, hemos de conocer su fuerza para poder destruirlos —le contradijo Denain.


Leandro notaba la ansiedad en Coustou, parecía estar ansioso por derramar sangre y eso le causo gracia.


—¿Sucede algo, Leandro? —Ser Rouvroy lo observaba.


—Nos acercamos, mi señor, os sugiero dejar los caballos.


—En caso de que nos descubran, huiríamos más rápido con los caballos —repuso Denain.


Rouvroy se detuvo un instante, mirando las expresiones de su siervo. El viento cada vez soplaba con mayor frecuencia helando la piel.


—Calla y haz lo que ha dicho. No seas cobarde pensando que hemos de ser descubiertos y huiremos como ratones —las palabras con autoridad de Ser Rouvroy lo hicieron guardar silencio.


Los nobles juntaron a sus caballos cerca de algunas ramas bajas y desmontaron.


—Cuenta lo que has visto, Leandro. Solo para darnos una idea de lo que hemos de enfrentar —dijo Coustou.

El hombre tenía dificultades para permanecer en silencio, Leandro aseguraba que le temía al vacío, pues nunca dejaba de hacer comentarios innecesarios y hasta un punto, desesperantes.


—Lo verá usted mismo. Le pido paciencia —murmuró continuando con la marcha.


La oscuridad caía. Nadie volvió a pronunciar alguna palabra por un largo tiempo, solamente se escuchaban las respiraciones agitadas y friolentas, así como algunas protestas de Coustou cuando su capa se enredaba en las congeladas ramas. Solamente en dos ocasiones se escuchó a los búhos, así como presenciaron la cacería de una lechuza hacia un pequeño roedor.

Leandro observó el árbol con una marca en el tronco, como de una espada. El corazón le dio un vuelco, por un instante olvido como respirar.


Ser Rouvroy miró sobre los árboles sintiendo un tremendo escalofrío recorrer por todo su cuerpo. La luz que brindaba la luna iluminaba una espeluznante construcción al final de lo que parecía una colina.


—¿Qué es ese lugar? —preguntó Rouvroy.


Los otros hombres voltearon para ver lo que el caballero miraba, Leandro notó como Denain palidecía, su temor era mucho más notable en esa ocasión. Pero permaneció en silencio.


—Parece una iglesia —señaló Coustou.


—Lo es. Es la iglesia Sant Joan de Arthies —las palabras de Denain eran temblorosas—. Es de lo que les hablaba, este valle tiene cosas muy anormales.


—No empieces con esas tonterías, Denain. Todo lo que los aldeanos dicen es para asustar a los críos mal portados.


Ser Rouvroy pasó junto a su siervo y continúo caminando. Todos lo siguieron, el hombre parecía muy valiente.


El viento soplaba, si no fuera por sus abrigos les fuera imposible caminar con tanta firmeza. Los ojos del siervo estaban inquietos viendo de un lado al otro a medida que se acercaban a la estructura. Sus latidos eran más y más precipitados y sentía bajo los guates sus manos sudorosas. No era el único temeroso, aunque solo Denain parecía estarlo. El pobre hombre estaba demasiado pálido, tan tembloroso que era el último en llevar el paso.


—Mi señor, no creo que sea buena idea continuar —la voz casi le temblaba como todo su cuerpo.


—Serás un cobarde. No le pidas a Ser Rouvroy algo tan tonto como retroceder.


—Guardad silencio —les ordenó casi molesto—. Hemos de impedir que sepan de nuestra presencia. Así que callaos de una vez por todas.


Las palabras cesaron, y sus pasos continuaron. Cada vez la cautela era más grande. Todos, inconscientemente retenían una mano sobre la funda de sus afiladas espadas. Nadie sabía que esperar, o al menos la mayoría.


En aquel momento el cielo parecía haber quedado retenido, las grisáceas nubes quedaron estancadas en su trayectoria por intentar ocultar la luz que brindaba la hermosa luna. No había estrellas, o al menos ninguna podía distinguirse.


Cuando sus pies llegaron al final de la colina, el silencio fue abrumador.

Ser Rouvroy estaba impactado, la valentía que reflejaba se había esfumado por completo. La tensión en sus músculos lo hacían temblar, su corazón estaba acelerado como nunca lo había estado. Una sensación en lo más profundo de su interior comenzaba a expandirse. Coustou, estaba todavía peor.


Ninguno de los presentes esperaba enfrentarse a algo así en su vida, no existía explicación alguna que pudiera brindarles un poco de consuelo.


—Lo sabía, en este lugar ocurren cosas espantosas —murmuró Denain con un hilo en su garganta.


—Pero, ¿qué ha pasado? —preguntó Ser Rouvroy.


El aire arrastraba consigo un asqueroso olor a putrefacción mezclado con sangre. Sí algo podía describir aquel panorama, era nefasto. La blanca nieve había sido usurpada por cenizas que se removían como danzas con el viento. Había sangre, demasiado para la cantidad de cadáveres que yacían congelados.


Algunos cuervos destrozaban el hielo formado en los rostros de los cuerpos y devoraban con deleite los oculares para después caer petrificados y formar parte de tal horripilante paisaje.


Leandro se preguntaba porque las aves seguían arriesgándose a comer lo que había matado a los demás. Así como dudaba que su señor recordara el como respirar, o moverse. Hizo un enorme esfuerzo por acercarse y tomando un extremo de su implacable capa negra trato de hacerlo reaccionar.


—Mi señor, —no hubo ninguna respuesta—. Debemos avisar al resto lo que ha pasado —sugirió tiempo después.


Lo vio parpadear y se alejó. Esperaba que se repusiera, no esperaba que fuera tan pronto, pero en el momento en que se volteo hacia los demás parecía el mismo hombre que todos ya conocían y admiraban. Aunque su vasallo sabía bien que era tan solo una fachada para no caer.


—Pero ¿qué ha pasado con exactitud? —inquirió antes de sacar su espada—. Debieron ser esos hombres, en cuyo caso me encargaré de vengar a esta gente.


Coustou vio algo brillante muy cerca de él, quitó un poco de nieve con el costado de su bota. Casi soltó un asustadizo grito al notar que se trataba de una mano, una mano con el símbolo de los invasores.


—Mi señor, creo que estos hombres son los enemigos del rey —dijo sin despegar su vista del hallazgo tan perturbador.


Ser Rouvroy se acercó y echó un vistazo, ver el símbolo de los polacos era lo que menos esperaba encontrar en aquella extremidad.


—¿Qué significa esto? —murmuró confundido.


«¿Acaso el rey le confió el deber a alguien más? Pero ¿qué necesidad había de arrancarle el corazón a todos esos hombres y quemar los cuerpos de los demás?», se preguntaba el noble tratando de encontrar alguna respuesta.


El viento comenzó a cambiar, la oscuridad se intensificó de manera inexplicable. Pero nadie se percató de aquel cambio, sino hasta que era demasiado notable. Los cuervos que aún yacían con hambre se alejaron de aquel extremo del bosque y huyeron hacia el norte.


Leandro divisó un movimiento que lo alteró. Una oscura sombra se deslizaba entre los árboles del bosque. Unas manos oscuras como el carbón rasgaban, con lo que parecían garras de un animal, los árboles que se marchitaban como una flor ante el tacto emanando vapor gris.


El joven vasallo no lograba encontrar su propia voz, solo pudo volver a respirar cuando perdió de vista aquella sombra.


—Ser Rouvroy —lo llamó con la poca fuerza que le quedaba en sus pulmones.


El noble volteo hacia su siervo quien le señaló aquel extremo del bosque. Seguramente también experimentó el temor en su interior tanto como su vasallo. Cuando todos hubieron divisado la oscura sombra de nuevo, las espadas eran sostenidas con mayor firmeza. De alguna manera sentían como eso se acercaba lentamente. Las nubes dejaron que algunos rayos de luz de la luna iluminasen el momento perfecto en que aquel ser comenzó a mostrarse por completo.


La figura no era tan grande, de hecho era similar a la de un muchacho. Sin tan solo aquellos rasgos no lo cubriesen como un abrigo.


—Be-Beelzebud —tartamudeó Denain mientras su espada temblaba al compás de sus manos.


Una perturbadora sonrisa se formó en los labios oscuros de aquel ser. El acto heló la sangre de los presentes que permanecían inmóviles.


Con la luz que brindaba la luna podía ver cada detalle. Una piel similar al carbón con algunas texturas como si hubiesen sido esculpidas con fuego provocando cicatrices. De su cabeza brotaban por los extremos cuernos que formaban eles retorcidas. Todo en aquella criatura era negro, oscuro a excepción de sus ojos. Esas esferas azules eran demasiado similares a las de un animal salvaje. Si hubiesen sido rojos causarían el mismo temor, no habría mayor diferencia.


Con cada paso que daba, Leandro percibía como los nobles perdían el aliento. Gotas de sangre espesa caían de los dedos de aquel ser formando pequeños círculos rojizos en la nieve. Estaba más que evidenciado quien había sido el responsable de aquella catástrofe.


—Deteneos, no te acerques más —dijo Ser Rouvroy con voz chillante pese al tono desafiante.


Sus palabras fueron ignoradas, la criatura se deslizó lentamente hacia delante en pasos silenciosos que generaban vapor. No había ninguna prenda sobre aquel cuerpo, solo un aura espeluznante.


Cuando creyeron que continuaría, se detuvo. Su mirada perforaba las almas asustadizas de aquellos hombres, era como ser atravesado por miles de flechas o apuñalado docenas de veces en medio de sus pulmones. Hacía frío, demasiado.


—Seulement trois —murmuró.


Su voz era atractiva, cautivante, pero en aquellos momentos llegaba a ser pavorosa, les hacía pensar en la muerte. Leandro se paralizó cuando lo vio directamente, la garganta la sintió seca y casi no pudo respirar.


—¿Qué eres? —se atrevió a preguntar Coustou.


Aunque la voz y las manos le temblaban, Leandro pensó que era lo más valiente que había hecho. Sintió cierto alivio cuando la mirada azul se posó en el noble. Pero todo esa situación le indicaba que difícilmente saldrían de esa.


—Je voudrais savoir —apenas lo escucharon murmurar, no comprendían lo que decía por lo que evitaron continuar preguntándole.


—¿Qué no está claro? —tartamudeó Denain—. Es de lo que todos hablan sobre este valle, sobre este lugar. Seguramente fue el causante de este desastre, es un demonio—la rabia lo consumía con cada palabra mientras el miedo se expandía en su interior—. El demonio Beelzebud, ¿qué no lo ven?, todos moriremos. Es lo que hace, matar y nadie sabe por qué. ¡Está en su naturaleza! Mi Dios, ¿Por qué has creado algo así?


Quisieron hacer que Denain se callara, pero el hombre estaba fuera de sí. Lanzó su espada entre la nieve y se arrodilló sosteniendo con ambas manos la cruz de su collar mientras rezaba vanas plegarias.


El viento apenas fue consciente del momento en que el demonio Beelzebud llegó al noble y lo tomó por la garganta. Sus labios se abrieron una vez más, Denain pudo ver algunos colmillos blancos. Lo perforó con la mirada y murmuró:


—Humain ignorant.


Leandro entendió lo que decía, así como fue testigo del oscurizo color que se extendía por la garganta del noble.