PRÓLOGO
La habían preparado para aquel momento toda su vida. Todos la esperaban en aquel gran salón. Su familia la esperaba con la corona que algún día sería de ella.
No puedo quedarme se repetía una y otra vez a sí misma al ver su reflejo en aquel espejo dorado que hacía juego con su vestido de presentación.
Sus manos recorrieron las telas doradas y el encaje blanco del vestido. No podía dejar de pensar que esa no era ella, asi era como luce su madre, no ella.
Volvió a verse fijamente al espejo. Se encontró con sus ojos en aquel reflejo. Su imagen no le decía nada, pero sus ojos lo explicaban todo.
La futura reinante no era feliz, deseaba escapar de aquel gran castillo al que los gobernantes de Etherlud suelen llamar hogar. Quería elegirse por una vez, pero no podía. Un reino la necesitaba, su familia tenía todas las responsabilidades sobre ella y su hermano necesitaba de ella, no podía dejarlo solo, no cuando ella sabe cuanto cuesta ser quien eres en este lugar.
—Señorita Eunice, debo escoltarla hasta las escaleras del castillo para su gran entrada —dijo el soldado junto a su puerta.
—Solo necesito un momento —murmuró siendo poco posible escucharla, pero aquel hombre lo había hecho.
Volvió a estar sola en aquella habitación. Podía escuchar la música, las personas llegando y riendo mientras bailan.
¿Cómo es posible que me sienta infeliz cuando mi reino no lo es? ¿Seríamos todos poco felices cuando yo esté a cargo?
No podía dejar de cuestionarse a sí misma. Le habían enseñado a cuestionarse todo lo que ella quisiera o creyera. Su familia y maestros no la consideran como alguien que se doblega de forma sencilla ni mucho menos una persona insegura de sus pasos, pero Eunice había aprendido a que una Reina no puede mostrarse tímida, insegura y débil, al menos no si quería que su pueblo la respetara. No tenía permitido expresar esa incertidumbre que no la dejaba dormir por las noches o la furia por no creer que sería suficiente para gobernar. Durante esos años de preparación la volvieron una roca por fuera y un pozo de sentimientos rotos por dentro.
—Eunice, estás hermosa —expresó dejando caer su cuerpo sobre la puerta al cerrarla.
—No me siento de esa forma —respondió perdida en su reflejo
—Bueno, te pareces aún más a tu madre en ese vestido. —aquello le dió un gusto amargo al tragar —Pero no eres ella.
—No estoy lista para nada de esto. Les estoy mostrando estabilidad y seguridad a un pueblo que no sabré gobernar. —él se acercó a ella al escuchar la preocupación y desespero en su voz —Jest, no puedo hacer esto.
Él no supo cómo hacerle saber lo que él pensaba sobre ella.
Jest la conocía desde que eran niños. Habían crecido juntos y había consolado a Eunice cada vez que ella no creía en sí misma después de sus tantas clases.
Para él, tenerla a ella como su Reina lo sería todo. Confiaba ciegamente en quien era y en quién sería como gobernante de Etherlud, pero ella no lo hacía y después de tantos años; aún no sabía como hacerle verse a sí misma con sus ojos, tal vez así vería lo que realmente vale.
—Te has preparado desde los siete años para este día, claro que puedes hacerlo, —hizo una pausa para tomarle la mano —pero no quieres.
Sus miradas se encontraron. Eunice había dejado de ver su reflejo para verlo. Sus ojos buscaban desesperados el consuelo y calma que siempre encontraban en los ojos de Jest.
La puerta de aquella habitación se abrió rápidamente, casi tan rápido como aquellos dos que se admiraban el uno al otro lo hicieron.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo riendo aquel muchacho de ojos casi grises al aparecer —Jest, llevo buscándote horas, te necesitamos.
Nadie dijo ni una palabra más, no era la primera vez que los veían juntos, pero no podían permitir que su relación se malinterpretara.
Jest trabajaba en el castillo. Había sido rescatado del bosque antes que las brujas pudieran hacerle algo de gravedad. Desde entonces, había sido aceptado en el reino para servir en todo lo que estuviera a su alcance.
No podía estar con la futura Reina. Sería mal visto por el pueblo que Jest se aprovechara del lugar y confianza que él Rey le había brindado para estar con la primogénita a la primera oportunidad.
—Te ves preciosa, hermanita. —dijo sonriente, mientras Jest se dirige hacía la puerta —Están esperando para que bajes. Apresúrate.
—Xan —le llamó antes de que desaparecieran.
—¿Si?
—¿Puedes ser tú quien me escolte? —preguntó algo insegura, pero con tono firme.
Su hermano asintió lentamente y le extendió su mano para que ella la tomara.
Alexander era dos años menor que Eunice. Siempre fue muy bien portado y era la luz a los ojos de su madre. El pueblo no lo recordaba demasiado cuando nombraban a la familia real, pero a él no le molestaba, a su corta edad comprendía que quien debía brillar y ser querida era su hermana; Su futura Reina.
Él no había dicho nada más al aceptar acompañarla, pero estaba emocionado de ser elegido para hacerlo. Quería ser el primero en verla antes de bajar y ser presentada oficialmente como la mujer que gobernaría Etherlud, pero sabía cuánto odiaba este tipo de tradiciones así que no iba a pedirlo.
Pudo notar lo tensa que estaba su hermana. El agarre a su brazo se apretaba más, cada paso parecía pesarle más que el anterior y podría jurar que vio una gota de sudor caer por su frente.
—¿Quieres que escapemos de aquí? —bromeó en un intento de aliviar la tensión. Ella no rio,pero aun asi respondio:
—Eso me gustaría.
Habían llegado hasta las escaleras del gran salón. Ambos tragaron saliva y dejaron escapar un suspiro cansado.
Jest, quien había estado detrás de ellos todo ese tiempo, tomó la delantera y anunció al presentador que Eunice se encontraba ahí lista para bajar. Todos se apresuraron a tomar sus lugares para que comenzara aquello que llevaban años preparando.
—Hoy, en esta maravillosa noche de Agosto y a solo dos días de haber cumplido los dieciséis años, deseamos presentarles oficialmente a su futura gobernante. —aquel hombre, ya mayor, hizo una pequeña pausa hasta ver a la joven asomarse para que todos lograran verla —Con ustedes, nuestra futura Reina de Etherlud; Eunice.
Los invitados al castillo aplaudieron, algunos con elegancia y otros no tanto, pero todos lo hacían con admiración.
El pueblo no era muy exigente, nunca lo había sido. Se conformaban con que alguien tomara las responsabilidades del reino ni siquiera se preocupaban por conocer las intenciones de los reyes o reinas, es por eso que asistian emocionados a este tipo de tradiciones.
Eunice sabía de lo poco que los pueblerinos se preocupaban y sabía que sea lo que sea que hiciera durante su reinado a ellos les daría igual, pero para ella, la corona si tenía un peso, si tenía consecuencias y sobre todo responsabilidad o al menos por eso la preparaban de una forma tan cruel y firme ¿No es así?
Los hermanos caminaron hasta sus padres por un pasillo hecho por los invitados.
Su madre sonreía inmensamente hasta el punto donde le dolían las mejillas y junto a ella su padre los veía fijamente con semblante serio y sus manos entrelazadas.
Al llegar hasta ellos hicieron una ligera reverencia que fue correspondida.
—Se dará inicio a esta hermosa tradición con el baile de gobernantes. Invitamos a todos a disfrutar de este momento. —anunció aquel hombre que la había presentado antes.
El Rey Leonard se acercó a su hija y le extendió su mano para llevarla al centro del salón. Ella aceptó aquel gesto. Una vez estuvieron en posición la música comenzó a sonar.
Aquel baile no era nada especial para ninguno. Lo habían bailado más veces de las que se puedan contar y más de las que les gustaría admitir. Ninguno de los dos era la representación de felicidad en ese momento, pero tampoco eran conocidos por verse felices. Las personas afirmaban que Eunice y su padre eran muy parecidos.
Llenos de tradiciones, pero poco partícipes.
Bondadosos, pero justos.
Llenos de furia que no dejan ver
—Hiciste esperar a todos. —comenzó.
—No iban a irse a ningún lado hasta que lo hiciera, no veo el problema por tardar unos minutos más en bajar. —respondió con una sonrisa irónica, pero él se limitó a verla poco contento con su respuesta
—Alexander te escoltó
—¿Cual es el problema?
—Tú sabes cual es.
Claro que ella sabía cuál era el problema. Lo había estudiado junto a más leyes y pactos del Reino.
“Los hermanos de los futuros reinantes deberán ser tratados con poca importancia. Están educados para seguir a sus hermanos en sus reinados, pero no serán más que eso.
No deben ser partícipes de las tradiciones donde el Rey o Reina son centro de atención. Pueden estar presentes, más bien no podrán participar en ninguna actividad.”
—¿Sabes? Sino te la pasaras recalcando todo lo que hago mal seríamos más cercanos —contraatacó sin subir su tono de voz.
—Serás la Reina, Eunice. Compórtate como tal.
Los invitados seguian apreciando el baile, padre e hija se movían por todo el espacio libre.
Xan y Jest observaban juntos aquella situación, pero al igual que los demás, no eran capaces de percatarse del disgusto de los bailarines. Eunice trago con fuerza rogando porque se terminara todo eso. Odiaba estar en la misma habitación que su padre y aun más tener que compartir una pieza de baile con él, pero no podía rechazarlo porque pese a que su padre nunca la creía capaz de comprender sus deberes como gobernante, ella nunca haría nada que lo dejara mal ante su propio reino.
—Tengo dieciséis, ¿No crees que tengo derecho a no actuar como Reina aun?
—No, yo tenía tu edad cuando me presentaron como futuro Rey. Nosotros no tenemos derecho a no actuar como Reyes. —apartó su mirada de la de ella para darle una sonrisa fingida a los invitados y luego volvió su atención a su hija —Asumí que lo sabías.
—Si te empeñaras en ser un buen padre tanto como lo haces para ser Rey… —
—Madura, deja de reclamar algo que nunca tuviste ni tendrás. Adopta y acostumbrate a quien debes ser. —la interrumpió en seco.
Entonces la música llegó a su fin, su padre le dió la última vuelta y el pueblo aplaudía.
Se alejaron el uno del otro. Ninguno parecía tolerarse demasiado, pero las palabras de su padre siempre lograban tener un efecto negativo en ella.
El verlo desaparecer entre las personas le movió el suelo, se sentía de alguna manera abandonada cuando solo quería respuestas a sus preguntas o un simple abrazo de su padre para otorgarle paz entre tanto ruido en su cabeza. Quería ser un orgullo para él tanto como quería serlo para su reino, pero no parecía importar cuánto hiciera ni cuánto se esforzara; nunca era suficiente.
—Necesito irme de aquí —dijo en un susurro inaudible incluso para ella misma.