Chapter 1
Lo vi en un estacionamiento cuando estaba recogiendo alimentos. No es el lugar mĂĄs romĂĄntico para enamorarse a primera vista, pero supongo que no se pueden elegir estas cosas.
TenĂa grasa en la cara. Mis ojos se centraron en la mancha de aceite de motor, en el agresivo corte de sus pĂłmulos que sobresalĂa casi brutalmente bajo su piel bronceada, de modo que creaba un hueco en sus mejillas. Sus rasgos eran tan llamativos que resultaban casi demacrados, casi demasiado severos como para resultar poco atractivos, incluso mezquinos. En cambio, la suavidad de su boca llena y sorprendentemente rosada y el pelo de color miel que caĂa en un amasijo hasta sus anchos hombros y la forma en que su cabeza se inclinaba hacia atrĂĄs, con la garganta fibrosa expuesta y deliciosamente bronceada, para reĂrse del cielo como si realmente hubiera nacido para reĂrse y sĂłlo reĂrse... nada de eso era mezquino.
Me quedĂ© en el estacionamiento mirĂĄndolo a travĂ©s de las ondas de calor en el inusual calor de finales de verano. Mis bolsas de plĂĄstico del supermercado probablemente se habĂan fundido con el asfalto, el helado hacĂa tiempo que se habĂa convertido en sopa.
Llevaba ya un rato allĂ, observĂĄndolo.
Estaba al otro lado del estacionamiento, junto a una hilera de intimidantes y preciosas motos, hablando con otro motorista. Sus estrechas caderas se inclinaban de lado sobre el asiento de una de ellas, con un pie calzado en alto.
Llevaba unos jeans viejos, tambiĂ©n con grasa, y una camiseta blanca, en cierto modo limpia, que se ajustaba indecentemente bien a sus anchos hombros y su pequeña cintura. ParecĂa joven, tal vez incluso unos años mĂĄs joven que yo, pero sĂłlo lo supuse porque, aunque su estructura era grande, sus mĂșsculos pendĂan de Ă©l ligeramente, como si no le hubieran crecido los huesos.
Ociosamente, me pregunté si era demasiado joven.
No tan ociosamente, decidĂ que no me importaba.
Su atenciĂłn se centrĂł en el grupo de jĂłvenes universitarios que se acercĂł en un brillante descapotable, con sus polos de colores brillantes y sus caquis arrugados que los delataban, incluso si su pelo engominado y su estudiada fanfarronerĂa no los habĂan delatado ya. Se rieron al llegar a los dos motociclistas que habĂa estado observando y me di cuenta de que, en comparaciĂłn con los reciĂ©n llegados, no habĂa forma de que el rubio sexy que
habĂa estado deseando fuera joven. Se comportaba bien, incluso regiamente, como un rey. Un rey en su casa, en el estacionamiento de una tienda de comestibles, con su trono en el desgastado asiento de una enorme Harley.
ObservĂ© sin pestañear cĂłmo saludaba a la tripulaciĂłn, con una expresiĂłn neutra y un cuerpo relajado y despreocupado que intentaba ocultar la fuerza de su complexiĂłn y no lo conseguĂa.
HabĂa algo en su pose que era depredadora, un cazador que invita a su presa a acercarse. Un par de universitarios se removieron, repentinamente inquietos, pero su lĂder se adelantĂł tras una breve vacilaciĂłn y le tendiĂł la mano.
El rey rubio se quedĂł mirando la mano pero no la cogiĂł. En su lugar, dijo algo que hizo que el nerviosismo aumentara.
Me gustarĂa estar lo suficientemente cerca para escuchar lo que dijo. No sĂłlo las palabras, sino tambiĂ©n el tono de su voz. Me preguntĂ© si era profundo y suave, una efusiĂłn de miel, o el ripio de un hombre que hablaba desde su diafragma, desde el pozo sin fondo de confianza y testosterona que habĂa en su base.
Los chicos estaban ahora mĂĄs que nerviosos. El lĂder, un paso por delante de los demĂĄs, se encogiĂł visiblemente cuando su explicaciĂłn, acompañada de gestos con las manos cada vez mĂĄs agitados, parecĂa caer en saco roto.
Después de un largo minuto de parloteo, se detuvo y se encontró con el silencio.
El silencio pesaba tanto que lo sentĂ desde el otro lado del terreno donde merodeaba junto a mi auto.
El compinche del rey rubio, o mĂĄs bien el secuaz parecĂa una palabra mĂĄs adecuada para el amigo francamente colosal y de pelo oscuro que tenĂa a su lado, dio un paso adelante.
SĂłlo un paso.
Ni siquiera uno grande. Pero pude ver cĂłmo ese Ășnico movimiento golpeĂł al equipo universitario como una onda expansiva nuclear. Retrocedieron como una unidad; incluso su lĂder dio un enorme paso atrĂĄs, su boca fluĂa con apresuradas palabras de disculpa. Estaba claro que la habĂan cagado.
No sabĂa cĂłmo.
QuerĂa formar parte de ella.
Estar al lado del rey rubio y ser su rey ĂĄspero y despiadado.
Me estremecĂ al ver cĂłmo los hombres que tenĂa delante se acobardaban, con su leal amigo a sus espaldas. Lentamente, porque estaba claro que era un hombre que conocĂa el impacto de su fĂsico y cĂłmo blandir el afilado filo del poder como una daga literal, el rey rubio saliĂł de su posiciĂłn encorvada en la motocicleta y se puso en toda su altura.
Verlo desenvolverse asĂ hizo que se me secara la boca y que se me humedecieran otros lugares privados.
Tuvo un efecto diferente en los universitarios. Escucharon lo que tenĂa que decir como hombres a los que se les lee la Ășltima voluntad, aferrĂĄndose a
cualquier esperanza que pudiera darles, desesperados por la salvaciĂłn.
Ăl se la dio. No mucha, pero una pizca de algo a lo que aferrarse porque, como
un solo hombre, prĂĄcticamente hicieron una reverencia antes de volver caminando a su lujoso auto plateado estacionado en la calle.
El rey rubio y el secuaz permanecieron congelados en su posiciĂłn hasta que el auto se perdiĂł de vista antes de volver a ponerse en movimiento.
SimultĂĄneamente, se giraron, mirĂĄndose fijamente durante unos largos segundos antes de que empezara la risa.
Ăl se rĂo y el sonido llegĂł perfectamente a mi oĂdo. Era un ruido claro y brillante.
No era una carcajada, una carcajada o un jajaja murmurado. Cada vibraciĂłn brotaba de su garganta como una nota pura, redonda y fuerte y definida por una alegrĂa sin mĂĄcula.
Fue lo mejor que habĂa oĂdo nunca.
JadeĂ© ligeramente cuando su alegrĂa me atravesĂł y, como si lo hubiera oĂdo, su cabeza se volviĂł hacia mĂ. EstĂĄbamos demasiado lejos para mirarnos a los ojos, pero parecĂa que lo habĂamos hecho. Su amigo le dijo algo, pero el rubio objeto de mi obsesiĂłn instantĂĄnea lo ignorĂł. Por primera vez desde que me fijĂ© en Ă©l, su rostro se tornĂł sombrĂo y su mandĂbula se tensĂł.
Puede que yo lo amara desde el momento en que lo vi, pero estaba claro que Ă©l no sentĂa lo mismo.
De hecho, si la forma en que se cortĂł bruscamente, lanzando una larga pierna sobre el asiento de una enorme moto cromada y acelerando el motor antes de que pudiera siquiera pensar en apartar la vista, puede que incluso me odiara a primera vista.
Paralizado, le vi salir del estacionamiento con su amigo. Me doliĂł. Lo cual era una locura porque ni siquiera conocĂa al hombre y, lo que es mĂĄs importante, me negaba a dejarme llevar por una cara bonita.
La Ășltima vez que habĂa ocurrido eso, alguien habĂa muerto.
Me recompuse, recogiendo los restos de comida que se desprendĂan de algunas bolsas derretidas y me dirigĂ a mi auto.
HacĂa un calor infernal en el
sedån compacto, los asientos de cuero casi me quemaron la piel del trasero cuando me senté. Volvà a salir del auto y abrà manualmente todas las ventanas antes de iniciar el camino a casa.
Mi casa era una dulce casa de tejas blancas en la tranquila zona residencial de Dunbar, en Vancouver, donde los precios de los inmuebles eran una locura y las amas de casa desesperadas eran algo real. Mi esposo se habĂa criado en la lujosa arboleda unos dieciocho años antes de que yo naciera y creciera en la casa contigua a la suya. Todo el mundo se maravillaba con nuestra pequeña historia de amor, el vecino mayor enamorado de el tranquilo chico de al lado.
Una vez, yo habĂa hecho lo mismo.
Ahora, cuando subĂ por el camino asfaltado y vi el auto de Junmyeon estacionado en el garaje, sĂłlo sentĂ temor.
âEstoy en casaâ, dije al abrir la puerta.
No querĂa decir las palabras, pero a Junmyeon le gustaba el ritual. Le gustaba mĂĄs cuando llegaba a casa y me encontraba ya en ella, con la cena en el fuego y una sonrisa en la cara, pero este año habĂa vuelto a trabajar despuĂ©s de tres años de quedarme en casa
esperando a que llegaran los niños, cuando ninguno lo hizo nunca.
Me encantaba trabajar en la Academia Entrance Bay, una de las escuelas mĂĄs prestigiosas de la provincia, pero Junmyeon pensaba que no era necesario. TenĂamos suficiente dinero, decĂa, y las cosas de la casa se descuidaban en mi ausencia, sobre todo si se añadĂa mi hora de viaje de ida y vuelta a la pequeña ciudad al norte de Vancouver que albergaba la escuela. No tenĂamos hijos ni animales domĂ©sticos, un ama de llaves con una forma mĂĄs que leve de trastorno obsesivo-compulsivo que venĂa a la casa una vez a la semana.No notĂ© mucha diferencia, pero no dije nada.
Esto se debĂa a que Junmyeon no era un luchador en el sentido tradicional. No gritaba ni acusaba, ni magullaba con sus acciones o palabras. En cambio, desaparecĂa.
Su oficina se convirtiĂł en un agujero negro, un gran devorador no sĂłlo de mi esposo sino de nuestro potencial conflicto y nuestra posible resoluciĂłn. Todas las peleas que podĂamos tener se quedaban en los espacios entre sus libros de derecho encuadernados en cuero, bajo los bordes de la alfombra persa. A veces, cuando tardaba en volver a casa, me sentaba en su gran sillĂłn de cuero en el corazĂłn de su despacho y cerraba los ojos. SĂłlo entonces podĂa encontrar alivio en mi
imaginaciĂłn, gritarle como habĂa querido tantos dĂas y tantas noches a lo largo de tantos años.
Nos habĂamos casado cuando yo tenĂa dieciocho años y Ă©l treinta y seis.
Estaba perdidamente enamorado de su pelo, casi negro y ligeramente canoso, de su increĂble virilidad al lado de los chicos que me rodeaban en el colegio. Estaba encaprichado de Ă©l, de cĂłmo me veĂa a su lado en las fotos, tan joven y bonito bajo su distinguido brazo. Lo conocĂa de toda la vida, asĂ que era seguro, pero tambiĂ©n, pensĂ©, no era seguro, mĂĄs viejo y mundano y, esperaba, mĂĄs sucio que yo. HabĂa muchas cosas que un hombre mayor podĂa enseñar a un chico ingenuo. SolĂa tocarme por la noche imaginando las cosas que me harĂa, las formas en que podrĂa hacerme sentir placer.
Lamentablemente, todavĂa lo hacĂa.
âHermosoâdijo Junmyeom, sonriĂ©ndome calurosamente desde donde leĂa en un profundo sillĂłn en la zona de estar junto a la cocina.
Me ofreciĂł una mejilla para que la besara, cosa que hice con diligencia.
Cada vez que lo hacĂa, deseaba que me agarrara, me arrastrara sobre su regazo y me diera por el culo con la palma de la mano.
TenĂa estas fantasĂas sexuales agresivas a menudo. Deseaba que su dulce gesto de alisarme el pelo fuera sus dedos clavĂĄndose en las hebras para hacer que mi cabeza se moviera hacia adelante y hacia atrĂĄs sobre su erecciĂłn.
Cambiar nuestras duchas separadas antes de ir a la cama por una compartida, en la que me inclinaba doblemente con las manos alrededor de los tobillos mientras él se abalanzaba sobre mà y el agua nos golpeaba a los dos.
Al principio habĂa intentado, hace mucho tiempo, hacer realidad estas fantasĂas, pero Junmyeon no estaba interesado.
Lo sabĂa, de verdad, pero estaba mĂĄs que excitado por el rubio del estacionamiento, por la forma en que habĂa comandado a esos hombres sin siquiera mover un dedo. Era demasiado fĂĄcil imaginar la forma en que podrĂa ordenarme a mĂ si tuviera la oportunidad.
Era a Ă©l a quien tenĂa que culpar de mis actos.
Dejé mi bolsa de mensajero junto a la silla de Junmyeon y me arrodillé entre sus piernas.
âDongyoung...â, me advirtiĂł en voz baja.
Ni siquiera pudo regañarme como es
debido.
Lo ignoré.
Mis manos se deslizaron por sus piernas rĂgidas hasta que encontraron su cinturĂłn y se afanaron en desabrocharlo. Su verga estaba blanda en su nido
de pelo, pero la saqué a la luz como si fuera una revelación. Era sedosa en mi boca y fåcil de tragar.
La mano de Junmyeon golpeĂł la parte superior de mi cabeza pero no me agarrĂł, ni siquiera me apartĂł.
âDongyoung, de verdad...â volviĂł a protestar.
No le gustaba el sexo oral. Le gustaba el sexo anal: el misionero, yo encima o a veces, si lo obligaba, de perrito.
Lo chupĂ© con fuerza hasta que la biologĂa bĂĄsica se impuso y creciĂł en mi boca. BajĂ© mi cabeza por su eje, llevĂĄndolo a mi garganta y amando la forma en que me hizo querer atragantarme.
âMaldita seaâ dijo Junmyeon, no porque se sintiera bien, aunque sĂ, o porque le gustara, sino porque no querĂa que le gustara.
No me importaba. ApretĂ© los ojos con fuerza mientras me clavaba en su base e imaginĂ© la forma en que el rey rubio podrĂa haberme sujetado la cabeza
hasta que gimiera y me atragantara a su alrededor. CĂłmo podrĂa haberme
alabado por llevarle tan adentro y complacerle tan bien.
En lugar de eso, me dijo: âVoy a venirme y no quiero hacerlo en tu boca.
âÂżPor favor?â JadeĂ© contra su polla, mi lengua saliĂł para lamer su corona.
Fue su turno de cerrar los ojos.
Sus piernas se agitaron cuando tuvo un orgasmo, su semen aterrizó en mi boca abierta y sobre mis mejillas. Lo cogió con dureza, lo dejó seco e inservible después como una servilleta usada en la silla.
Me recostĂ© sobre mis ancas y me limpiĂ© la boca con la lengua y luego con el dorso de la mano. Mi pene palpitaba pero sabĂa que Ă©l no lo tocarĂa asĂ que no intentĂ© obligarlo. El sexo era para las horas de oscuridad y yo ya estaba
violando su cĂłdigo tĂĄcito de conducta sexual.
SabĂa cuĂĄl serĂa su reacciĂłn pero, como era un gloton del castigo, esperĂ© pacientemente de rodillas a que se recuperara. Que abriera los ojos y me atravesara con su decepcionada y confusa condena.
Se adelantĂł para tocarme suavemente la mejilla mientras me preguntaba: âÂżPor quĂ© te
degradas asĂ, Dongyoung? No lo
necesito.
CerrĂ© los ojos contra el pinchazo caliente de las lĂĄgrimas que amenazaban con dilucidar mi vergĂŒenza y me inclinĂ© hacia su mano para que pensara que lo sentĂa. En cierto modo, lo hacĂa, porque sabĂa que Ă©l no necesitaba eso para amarme. Junmyeon me amaba de una manera hermosa, como se puede amar una rosa perfectamente formada, una baratija sentimental. Pero no me amaba de la manera que yo necesitaba, de la manera que habĂa deseado en secreto desde que tenĂa edad suficiente para sentir un latido en mi pene, de la manera en que un animal amaba a otro.
âHarĂ© la cenaâ, dije en voz baja, desplegĂĄndome de mis rodillas y yendo a la cocina.
âEso suena bienâ, aceptĂł Junmyeon, perdonĂĄndome fĂĄcilmente mi explotaciĂłn.
Se subiĂł eficientemente los pantalones y volviĂł al libro que estaba leyendo mientras yo destapaba el Pastel de Pastor que ya habĂa preparado por la
mañana.
Nuestra noche continuĂł de forma normal: una feliz y trivial conversaciĂłn sobre nuestros dĂas con purĂ© de papas y verduras, una hora mĂĄs o menos de lectura lado a lado frente al fuego porque no tenĂamos televisor y luego nuestras duchas nocturnas por
separado antes de irnos a la cama.
No tenĂamos sexo.
Ya no lo hacĂamos casi nunca porque los mĂ©dicos habĂan dicho que las probabilidades de que Junmyeon tuviera hijos eran escasas y mi esposo era de la opiniĂłn de que el sexo tenĂa un propĂłsito, no era una recreaciĂłn.
AsĂ que me acostĂ© junto a Ă©l en nuestra hermosa casa hasta que se hizo de noche. SĂłlo entonces me puse tranquilamente boca arriba, metĂ una de mis manos adentro de mi pijama y frote mi pene. Me vine en menos de dos minutos apretando la punta entre los dedos, pensando en el joven y sexy rey rubio y en cĂłmo me gobernarĂa si yo fuera su rey. Fue lo mĂĄs fuerte que me habĂa venido en años, tal vez en toda mi vida, y justo despuĂ©s llegaron las lĂĄgrimas. LlorĂ© silencioso y largamente en mi almohada hasta que Ă©sta se empapĂł de humedad salada y yo me empapĂ© profundamente de vergĂŒenza.
Estaba en mis doscientos seis huesos, tan enredado en mis molĂ©culas que era una hebra esencial de mi ADN. HabĂa vivido con ella desde que era un adolescente pĂșber y estaba muy cansado de ella.
Estaba cansado del aburrimiento.
La monotonĂa de mi amado esposo y de nuestra vida en comĂșn, la rueda de hĂĄmster de nuestra vida social con
gente adinerada y superficial de los suburbios y el hecho irrefutable de que no me
sentĂa atraĂdo por mi esposo.
Permanecà en la oscuridad durante lo que me pareció una eternidad, diseccionando mis pensamientos como un académico en una conferencia.
Poco a poco, sin una evoluciĂłn discernible, me puse furioso.
Era un hombre de veintisĂ©is años que actuaba como un amo de casa de mediana edad deprimido. TenĂa dĂ©cadas por delante para vivir todavĂa, para vivir una vida en la que la emociĂłn, la espontaneidad y el cambio pudieran ser una constante. ÂżPor quĂ© estaba
tumbado en la oscuridad como una vĂctima? ÂżPorque me avergonzaba de que mi vida perfecta y mi esposo no me hicieran feliz?
Patético.
Entonces, me preguntĂ© si realmente lo era. Junmyeon amaba porque era hermoso y obediente, porque me habĂa entrenado para ser asĂ desde que era un niño impresionable. No amaba la parte de mĂ que arañaba y gemĂa para liberarse de las restricciones sociales a las que me habĂa atado tan maravillosamente durante años. Era la parte de mĂ que querĂa mentir, robar y
engañar; pecar un poco cada dĂa y atiborrarme de una dieta constante de emociones. Esa parte harĂa que el apellido Kim se avergonzara y lo mĂĄs importante para Junmyeon era su riqueza y su reputaciĂłn.
Era su riqueza lo que me hacĂa dudar. Yo no tenĂa dinero propio, a no ser que contara los pocos miles de dĂłlares que mi abuelo habĂa puesto en un pequeño fideicomiso para mĂ. No sabĂa si serĂa suficiente para empezar una nueva vida.
Ni siquiera sabĂa si era lo suficientemente inteligente o fuerte para emprenderla por mi cuenta, no despuĂ©s de toda una vida de obediencia a mi padre, y luego a mi esposo.
No lo sabĂa, pero mientras yacĂa allĂ acunado en la oscura noche, decidĂ que no me importaba la certeza. Que, de
hecho, era parte de la emociĂłn.
Me di la vuelta para mirar a Junmyeon, que yacĂa a mi lado, con el rostro relajado y apacible por el sueño. Reverentemente, recorrĂ sus gruesas cejas, el borde
ligeramente dentado de la lĂnea del cabello hasta la oreja alada que me gustaba besar. ApartĂ© las mantas de su cuerpo con cuidado para poder recorrer con la mirada la totalidad de mi esposo por Ășltima vez.
La finalidad se instalĂł en mĂ como algo brillante, algo ligero que hizo que la pesadez de mis huesos se esfumara y se convirtiera en nada.
âJunmyeonâsusurrĂ©, presionando un pulgar en la comisura de sus labios.âDesperta. Tengo que decirte algo.








