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C D C [Taedo]

Summary

Él tiene dieciocho años. Heredero de un conocido y criminal MC. Y mi estudiante. No habĂ­a forma de que me involucrara. No habĂ­a forma de que pudiera seguir involucrado. Entonces, no habĂ­a forma de que pudiera salir vivo. AdaptaciĂłn

Status
3yrs ago
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Lo vi en un estacionamiento cuando estaba recogiendo alimentos. No es el  lugar mĂĄs romĂĄntico para enamorarse a primera vista, pero supongo que no se pueden elegir estas cosas.


TenĂ­a grasa en la cara. Mis ojos se centraron en la mancha de aceite de motor, en el agresivo corte de sus pĂłmulos que sobresalĂ­a casi brutalmente bajo su piel bronceada, de modo que creaba un hueco en sus mejillas. Sus rasgos eran tan llamativos que resultaban casi demacrados, casi demasiado severos  como para resultar poco atractivos, incluso mezquinos. En cambio, la suavidad de su boca llena y sorprendentemente rosada y el pelo de color miel que caĂ­a en un amasijo hasta sus anchos hombros y la forma en que su cabeza se inclinaba hacia atrĂĄs, con la garganta fibrosa expuesta y deliciosamente bronceada, para reĂ­rse del cielo como si realmente hubiera nacido para reĂ­rse y sĂłlo reĂ­rse... nada de eso era mezquino.


Me quedé en el estacionamiento miråndolo a través de las ondas de calor en el inusual calor de finales de verano. Mis bolsas de plåstico del supermercado probablemente se habían fundido con el asfalto, el helado hacía tiempo que se había convertido en sopa.


Llevaba ya un rato allĂ­, observĂĄndolo.


Estaba al otro lado del estacionamiento, junto a una hilera de intimidantes y preciosas motos, hablando con otro motorista. Sus estrechas caderas se inclinaban de lado sobre el asiento de una de ellas, con un pie calzado en alto.


Llevaba unos jeans viejos, tambiĂ©n con grasa, y una camiseta blanca, en cierto modo limpia, que se ajustaba indecentemente bien a sus anchos hombros y su pequeña cintura. ParecĂ­a joven, tal vez incluso unos años mĂĄs joven que yo, pero sĂłlo lo supuse porque, aunque su estructura era  grande, sus mĂșsculos pendĂ­an de Ă©l ligeramente, como si no le hubieran crecido los huesos.


Ociosamente, me pregunté si era demasiado joven.


No tan ociosamente, decidĂ­ que no me importaba.


Su atención se centró en el grupo de jóvenes universitarios que se acercó en un brillante descapotable, con sus polos de colores brillantes y sus caquis arrugados que los delataban, incluso si su pelo engominado y su estudiada fanfarronería no los habían delatado ya. Se rieron al llegar a los dos motociclistas que había estado observando y me di cuenta de que, en comparación con los recién llegados, no había forma de que el rubio sexy que

habĂ­a estado deseando fuera joven. Se comportaba bien, incluso regiamente,  como un rey. Un rey en su casa, en el estacionamiento de una tienda de comestibles, con su trono en el desgastado asiento de una enorme Harley.


ObservĂ© sin pestañear cĂłmo saludaba a la tripulaciĂłn, con una expresiĂłn  neutra y un cuerpo relajado y despreocupado que intentaba ocultar la fuerza de su complexiĂłn y no lo conseguĂ­a.


HabĂ­a algo en su pose que era depredadora, un cazador que invita a su presa  a acercarse. Un par de universitarios se removieron, repentinamente inquietos, pero su lĂ­der se adelantĂł tras una breve vacilaciĂłn y le tendiĂł la mano.


El rey rubio se quedĂł mirando la mano pero no la cogiĂł. En su lugar, dijo algo  que hizo que el nerviosismo aumentara.


Me gustaría estar lo suficientemente cerca para escuchar lo que dijo. No sólo las palabras, sino también el tono de su voz. Me pregunté si era profundo y suave, una efusión de miel, o el ripio de un hombre que hablaba desde su diafragma, desde el pozo sin fondo de confianza y testosterona que había en su base.


Los chicos estaban ahora mås que nerviosos. El líder, un paso por delante de los demås, se encogió visiblemente cuando su explicación, acompañada de gestos con las manos cada vez mås agitados, parecía caer en saco roto.


Después de un largo minuto de parloteo, se detuvo y se encontró con el silencio.


El silencio pesaba tanto que lo sentĂ­ desde el otro lado del terreno donde merodeaba junto a mi auto.


El compinche del rey rubio, o mĂĄs bien el secuaz parecĂ­a una palabra mĂĄs adecuada para el amigo francamente colosal y de pelo oscuro que tenĂ­a a su lado, dio un paso adelante.


SĂłlo un paso.


Ni siquiera uno grande. Pero pude ver cĂłmo ese Ășnico movimiento golpeĂł al  equipo universitario como una onda expansiva nuclear. Retrocedieron como una unidad; incluso su lĂ­der dio un enorme paso atrĂĄs, su boca fluĂ­a con  apresuradas palabras de disculpa. Estaba claro que la habĂ­an cagado.


No sabĂ­a cĂłmo.


QuerĂ­a formar parte de ella.


Estar al lado del rey rubio y ser su rey ĂĄspero y despiadado.


Me estremecĂ­ al ver cĂłmo los hombres que tenĂ­a delante se acobardaban, con su leal amigo a sus espaldas. Lentamente, porque estaba claro que era un hombre que conocĂ­a el impacto de su fĂ­sico y cĂłmo blandir el afilado filo del poder como una daga literal, el rey rubio saliĂł de su posiciĂłn encorvada en la motocicleta y se puso en toda su altura.


Verlo desenvolverse asĂ­ hizo que se me secara la boca y que se me humedecieran otros lugares privados.


Tuvo un efecto diferente en los universitarios. Escucharon lo que tenĂ­a que decir como hombres a los que se les lee la Ășltima voluntad, aferrĂĄndose a

cualquier esperanza que pudiera darles, desesperados por la salvaciĂłn.


Él se la dio. No mucha, pero una pizca de algo a lo que aferrarse porque, como


un solo hombre, prĂĄcticamente hicieron una reverencia antes de volver caminando a su lujoso auto plateado estacionado en la calle.


El rey rubio y el secuaz permanecieron congelados en su posiciĂłn hasta que el auto se perdiĂł de vista antes de volver a ponerse en movimiento.


SimultĂĄneamente, se giraron, mirĂĄndose fijamente durante unos largos segundos antes de que empezara la risa.


Él se río y el sonido llegó perfectamente a mi oído. Era un ruido claro y brillante.


No era una carcajada, una carcajada o un jajaja murmurado. Cada vibraciĂłn brotaba de su garganta como una nota pura, redonda y fuerte y definida por una alegrĂ­a sin mĂĄcula.


Fue lo mejor que habĂ­a oĂ­do nunca.


Jadeé ligeramente cuando su alegría me atravesó y, como si lo hubiera oído, su cabeza se volvió hacia mí. Eståbamos demasiado lejos para mirarnos a los ojos, pero parecía que lo habíamos hecho. Su amigo le dijo algo, pero el rubio objeto de mi obsesión instantånea lo ignoró. Por primera vez desde que me fijé en él, su rostro se tornó sombrío y su mandíbula se tensó.


Puede que yo lo amara desde el momento en que lo vi, pero estaba claro que él no sentía lo mismo.


De hecho, si la forma en que se cortĂł bruscamente, lanzando una larga pierna sobre el asiento de una enorme moto cromada y acelerando el motor antes de que pudiera siquiera pensar en apartar la vista, puede que incluso me odiara a primera vista.


Paralizado, le vi salir del estacionamiento con su amigo. Me doliĂł. Lo cual era una locura porque ni siquiera conocĂ­a al hombre y, lo que es mĂĄs importante, me negaba a dejarme llevar por una cara bonita.


La Ășltima vez que habĂ­a ocurrido eso, alguien habĂ­a muerto.


Me recompuse, recogiendo los restos de comida que se desprendĂ­an de algunas bolsas derretidas y me dirigĂ­ a mi auto.


HacĂ­a un calor infernal en el

sedån compacto, los asientos de cuero casi me quemaron la piel del trasero cuando me senté. Volví a salir del auto y abrí manualmente todas las ventanas antes de iniciar el camino a casa.


Mi casa era una dulce casa de tejas blancas en la tranquila zona residencial de Dunbar, en Vancouver, donde los precios de los inmuebles eran una locura y las amas de casa desesperadas eran algo real. Mi esposo se había criado en la lujosa arboleda unos dieciocho años antes de que yo naciera y creciera en la casa contigua a la suya. Todo el mundo se maravillaba con nuestra pequeña historia de amor, el vecino mayor enamorado de el tranquilo chico de al lado.


Una vez, yo habĂ­a hecho lo mismo.


Ahora, cuando subĂ­ por el camino asfaltado y vi el auto de Junmyeon estacionado en el garaje, sĂłlo sentĂ­ temor.


—Estoy en casa—, dije al abrir la puerta.


No quería decir las palabras, pero a Junmyeon le gustaba el ritual. Le gustaba mås cuando llegaba a casa y me encontraba ya en ella, con la cena en el fuego y una sonrisa en la cara, pero este año había vuelto a trabajar después de tres años de quedarme en casa

esperando a que llegaran los niños, cuando ninguno lo hizo nunca.


Me encantaba trabajar en la Academia Entrance Bay, una de las escuelas mås prestigiosas de la provincia, pero Junmyeon pensaba que no era necesario. Teníamos suficiente dinero, decía, y las cosas de la casa se descuidaban en mi ausencia, sobre todo si se añadía mi hora de viaje de ida y vuelta a la pequeña ciudad al norte de Vancouver que albergaba la escuela. No teníamos hijos ni animales domésticos, un ama de llaves con una forma mås que leve de trastorno obsesivo-compulsivo que venía a la casa una vez a la semana.No noté mucha diferencia, pero no dije nada.


Esto se debĂ­a a que Junmyeon no era un luchador en el sentido tradicional. No gritaba ni acusaba, ni magullaba con sus acciones o palabras. En cambio, desaparecĂ­a.


Su oficina se convirtiĂł en un agujero negro, un gran devorador no sĂłlo de mi esposo sino de nuestro potencial conflicto y nuestra posible resoluciĂłn. Todas las peleas que podĂ­amos tener se quedaban en los espacios entre sus libros de derecho encuadernados en cuero, bajo los bordes de la alfombra persa. A veces, cuando tardaba en volver a casa, me sentaba en su gran sillĂłn de cuero en el corazĂłn de su despacho y cerraba los ojos. SĂłlo entonces podĂ­a encontrar alivio en mi

imaginación, gritarle como había querido tantos días y tantas noches a lo largo de tantos años.


Nos habíamos casado cuando yo tenía dieciocho años y él treinta y seis.


Estaba perdidamente enamorado de su pelo, casi negro y ligeramente canoso, de su increíble virilidad al lado de los chicos que me rodeaban en el colegio. Estaba encaprichado de él, de cómo me veía a su lado en las fotos, tan joven y bonito bajo su distinguido brazo. Lo conocía de toda la vida, así que era seguro, pero también, pensé, no era seguro, mås viejo y mundano y, esperaba, mås sucio que yo. Había muchas cosas que un hombre mayor podía enseñar a un chico ingenuo. Solía tocarme por la noche imaginando las cosas que me haría, las formas en que podría hacerme sentir placer.


Lamentablemente, todavĂ­a lo hacĂ­a.


—Hermoso—dijo Junmyeom, sonriĂ©ndome calurosamente desde donde leĂ­a en un profundo sillĂłn en la zona de estar junto a la cocina.


Me ofreciĂł una mejilla para que la besara, cosa que hice con diligencia.


Cada vez que lo hacĂ­a, deseaba que me agarrara, me arrastrara sobre su regazo y me diera por el culo con la palma de la mano.


TenĂ­a estas fantasĂ­as sexuales agresivas a menudo. Deseaba que su dulce gesto de alisarme el pelo fuera sus dedos clavĂĄndose en las hebras para hacer que mi cabeza se moviera hacia adelante y hacia atrĂĄs sobre su erecciĂłn.


Cambiar nuestras duchas separadas antes de ir a la cama por una compartida, en la que me inclinaba doblemente con las manos alrededor de los tobillos mientras él se abalanzaba sobre mí y el agua nos golpeaba a los dos.


Al principio habĂ­a intentado, hace mucho tiempo, hacer realidad estas fantasĂ­as, pero Junmyeon no estaba interesado.


Lo sabĂ­a, de verdad, pero estaba mĂĄs que excitado por el rubio del estacionamiento, por la forma en que habĂ­a comandado a esos hombres sin siquiera mover un dedo. Era demasiado fĂĄcil imaginar la forma en que podrĂ­a ordenarme a mĂ­ si tuviera la oportunidad.


Era a él a quien tenía que culpar de mis actos.


Dejé mi bolsa de mensajero junto a la silla de Junmyeon y me arrodillé entre sus piernas.


—Dongyoung...—, me advirtió en voz baja.


Ni siquiera pudo regañarme como es


debido.


Lo ignoré.


Mis manos se deslizaron por sus piernas rĂ­gidas hasta que encontraron su cinturĂłn y se afanaron en desabrocharlo. Su verga estaba blanda en su nido

de pelo, pero la saqué a la luz como si fuera una revelación. Era sedosa en mi boca y fåcil de tragar.


La mano de Junmyeon golpeĂł la parte superior de mi cabeza pero no me agarrĂł, ni siquiera me apartĂł.


—Dongyoung, de verdad...— volvió a protestar.


No le gustaba el sexo oral. Le gustaba el sexo anal: el misionero, yo encima o a veces, si lo obligaba, de perrito.


Lo chupé con fuerza hasta que la biología båsica se impuso y creció en mi boca. Bajé mi cabeza por su eje, llevåndolo a mi garganta y amando la forma en que me hizo querer atragantarme.


—Maldita sea— dijo Junmyeon, no porque se sintiera bien, aunque sí, o porque le gustara, sino porque no quería que le gustara.


No me importaba. Apreté los ojos con fuerza mientras me clavaba en su base e imaginé la forma en que el rey rubio podría haberme sujetado la cabeza


hasta que gimiera y me atragantara a su alrededor. CĂłmo podrĂ­a haberme

alabado por llevarle tan adentro y complacerle tan bien.


En lugar de eso, me dijo: —Voy a venirme y no quiero hacerlo en tu boca.


—¿Por favor?— JadeĂ© contra su polla, mi lengua saliĂł para lamer su corona.


Fue su turno de cerrar los ojos.


Sus piernas se agitaron cuando tuvo un orgasmo, su semen aterrizó en mi boca abierta y sobre mis mejillas. Lo cogió con dureza, lo dejó seco e inservible después como una servilleta usada en la silla.


Me recosté sobre mis ancas y me limpié la boca con la lengua y luego con el dorso de la mano. Mi pene palpitaba pero sabía que él no lo tocaría así que no intenté obligarlo. El sexo era para las horas de oscuridad y yo ya estaba

violando su cĂłdigo tĂĄcito de conducta sexual.


Sabía cuål sería su reacción pero, como era un gloton del castigo, esperé pacientemente de rodillas a que se recuperara. Que abriera los ojos y me atravesara con su decepcionada y confusa condena.


Se adelantĂł para tocarme suavemente la mejilla mientras me preguntaba: —¿Por quĂ© te

degradas asĂ­, Dongyoung? No lo

necesito.


CerrĂ© los ojos contra el pinchazo caliente de las lĂĄgrimas que amenazaban con dilucidar mi vergĂŒenza y me inclinĂ© hacia su mano para que pensara que lo sentĂ­a. En cierto modo, lo hacĂ­a, porque sabĂ­a que Ă©l no necesitaba eso para amarme. Junmyeon me amaba de una manera hermosa, como se puede amar una rosa perfectamente formada, una baratija sentimental. Pero no me amaba de la manera que yo necesitaba, de la manera que habĂ­a deseado en secreto desde que tenĂ­a edad suficiente para sentir un latido en mi pene, de la manera en que un animal amaba a otro.


—HarĂ© la cena—, dije en voz baja, desplegĂĄndome de mis rodillas y yendo a la cocina.


—Eso suena bien—, aceptó Junmyeon, perdonándome fácilmente mi explotación.


Se subiĂł eficientemente los pantalones y volviĂł al libro que estaba leyendo mientras yo destapaba el Pastel de Pastor que ya habĂ­a preparado por la

mañana.


Nuestra noche continuó de forma normal: una feliz y trivial conversación sobre nuestros días con puré de papas y verduras, una hora mås o menos de lectura lado a lado frente al fuego porque no teníamos televisor y luego nuestras duchas nocturnas por

separado antes de irnos a la cama.


No tenĂ­amos sexo.


Ya no lo hacíamos casi nunca porque los médicos habían dicho que las probabilidades de que Junmyeon tuviera hijos eran escasas y mi esposo era de la opinión de que el sexo tenía un propósito, no era una recreación.


AsĂ­ que me acostĂ© junto a Ă©l en nuestra hermosa casa hasta que se hizo de noche. SĂłlo entonces me puse tranquilamente boca arriba, metĂ­ una de mis manos adentro de mi pijama y frote mi pene. Me vine en menos de dos minutos apretando la punta entre los dedos, pensando en el joven y sexy rey rubio y en cĂłmo me gobernarĂ­a si yo fuera su rey. Fue lo mĂĄs fuerte que me habĂ­a venido en años, tal vez en toda mi vida, y justo despuĂ©s llegaron las lĂĄgrimas. LlorĂ© silencioso y largamente en mi almohada hasta que Ă©sta se empapĂł de humedad salada y yo me empapĂ© profundamente de vergĂŒenza.


Estaba en mis doscientos seis huesos, tan enredado en mis molĂ©culas que era una hebra esencial de mi ADN. HabĂ­a vivido con ella desde que era un adolescente pĂșber y estaba muy cansado de ella.


Estaba cansado del aburrimiento.


La monotonĂ­a de mi amado esposo y de nuestra vida en comĂșn, la rueda de hĂĄmster de nuestra vida social con


gente adinerada y superficial de los suburbios y el hecho irrefutable de que no me

sentĂ­a atraĂ­do por mi esposo.


Permanecí en la oscuridad durante lo que me pareció una eternidad, diseccionando mis pensamientos como un académico en una conferencia.


Poco a poco, sin una evoluciĂłn discernible, me puse furioso.


Era un hombre de veintiséis años que actuaba como un amo de casa de mediana edad deprimido. Tenía décadas por delante para vivir todavía, para vivir una vida en la que la emoción, la espontaneidad y el cambio pudieran ser una constante. ¿Por qué estaba


tumbado en la oscuridad como una vĂ­ctima? ÂżPorque me avergonzaba de que mi vida perfecta y mi esposo no me hicieran feliz?


Patético.


Entonces, me pregunté si realmente lo era. Junmyeon amaba porque era hermoso y obediente, porque me había entrenado para ser así desde que era un niño impresionable. No amaba la parte de mí que arañaba y gemía para liberarse de las restricciones sociales a las que me había atado tan maravillosamente durante años. Era la parte de mí que quería mentir, robar y

engañar; pecar un poco cada dĂ­a y atiborrarme de una dieta constante de emociones. Esa parte harĂ­a que el  apellido Kim se avergonzara y lo mĂĄs importante para Junmyeon era su riqueza y su reputaciĂłn.


Era su riqueza lo que me hacía dudar. Yo no tenía dinero propio, a no ser que contara los pocos miles de dólares que mi abuelo había puesto en un pequeño fideicomiso para mí. No sabía si sería suficiente para empezar una nueva vida.


Ni siquiera sabía si era lo suficientemente inteligente o fuerte para emprenderla por mi cuenta, no después de toda una vida de obediencia a mi padre, y luego a mi esposo.


No lo sabĂ­a, pero mientras yacĂ­a allĂ­ acunado en la oscura noche, decidĂ­ que no me importaba la certeza. Que, de

hecho, era parte de la emociĂłn.


Me di la vuelta para mirar a Junmyeon, que yacía a mi lado, con el rostro relajado y apacible por el sueño. Reverentemente, recorrí sus gruesas cejas, el borde

ligeramente dentado de la lĂ­nea del cabello hasta la oreja alada que me gustaba besar. ApartĂ© las mantas de su cuerpo con cuidado para poder recorrer con la mirada la totalidad de mi esposo por Ășltima vez.


La finalidad se instalĂł en mĂ­ como algo brillante, algo ligero que hizo que la pesadez de mis huesos se esfumara y se convirtiera en nada.


—Junmyeon—susurrĂ©, presionando un pulgar en la comisura de sus labios.—Desperta. Tengo que decirte algo.

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Good Writing

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Great Character

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Strong Dialog

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