Agapicidio
Para cuando te das cuenta del progreso y proceso de tu vida, incapaz de mantener una percepción debidamente apreciada, suele calificarse por insatisfactoria. Al parecer la suficiencia solo está en la superficialidad de las vivencias.
Entonces pasaremos a conocer a Alkimia.
Alkimia pasó su vida de conejita saltando de monte en monte hasta que se cuestionó si aquello era lo que siempre querría hacer por el resto de su vida. Pensó que su vida no era buena, importante, ni feliz. Así que antes de saltar de un monte a otro, se detuvo, miró hacia atrás y se percató de otro conejito.
Este, muy por el contrario, no le interesaba saltar más. Vio que el monte era bueno y decidió quedarse a vivir. Poco a poco, más conejitos que pasaban por ese montón de pasto, decidieron lo mismo. Así hasta que armaron una colonia de conejitos satisfechos con su progreso y no volvieron a saltar hacia otro lado nunca más.
Alkimia se acercó a él, curiosa, dubitativa, pero intrigada por su respuesta.
—¿Por qué no saltas más?
El viento despeinó al conejito y ella supo que estaba dormido.
Se sentó al lado suyo. Lo miraba por todos los ángulos posibles. Él no tenía reparo en continuar su siesta.
Usualmente los conejitos se la pasan de monte en monte porque hay peligros que acechan tras ellos, por ser seres vulnerables no pueden permitirse descansar más de lo debido. Mas este conejito parecía distinto.
—¿Acaso no le tienes miedo a la bestia? —susurró, estupefacta, sin tener de nuevo una respuesta.
Se levantó ya, un poco más enojada por su indiferencia. Con su pata cogió fuerzas y golpeó el monte lo suficiente como para sobresaltar al conejito.
Este despertó y se puso alerta.
Ella sabe que el miedo a la bestia vive dentro de él, pero no es suficiente para seguir motivarlo a seguir saltando.
—¿Quién eres y por qué interrumpes mi paz? —Pregunta el conejo, muy sacado de sus casillas.
—Quiero saber por qué estás tan dormido.
—¿Para qué quieres saber eso? Sigue saltando como siempre y no me acabes con mi paz.
Ella se molestó entonces. Él lo notó. Y se retractó.
La visita es nueva. No debe tratarlos mal. La última vez casi no sobrevivió a un conejo adulto. Pero ni él, ni dos, ni tres como él podrán derrotarlo.
—Conejita... ¿Cuál es tu nombre?
Ella, con la nariz todavía levantada, responde su nombre.
—Muy bien, Alkimia... Qué nombre más raro. Yo soy Jonathan. Este es mi imperio. Fui el primer conejo en forjar su ciudad y estos son mis súbditos.
Ella se aparta para ver detrás suyo. Hay muchos más conejos, sí, unos trece o quince a lo mucho. Todos duermen la siesta por doquier. Pero no hay madrugueras, comida almacenada o suministro de agua. ¿Cómo sobreviven estos conejos sin alimento, ni vivienda?
Cuando está por cuestionarle. Él la toma de la oreja y juntos saltan hasta un pequeño lago.
El lago de agua cristalina con peces nadando sobre la orilla y una cascada lo suficientemente grande como para que todos los conejitos se bañen a la vez y ninguno sufra un accidente.
Los ojos se le iluminan, nunca había visto agua tan trasparente, ni peces tan coloridos, pero sobre todo nunca se había bañado en una cascada.
Él le coge de la oreja y la sumerge. Ella prueba la vida. Probó esa vida. Se quedó en ese monte. No quiso saber más de cualquier otro y olvidó los que había conocido. Solo decidió acompañarlo, quedarse y vivir a su lado.
Con el tiempo solo acrecentó su amor y se volvió ciega. La bestia ya no le importaba, ni los riesgos que correría. Solo se fue dejando llevar por lo nuevo, por él, por su deseo.
Cuando se dio cuenta. El lago estaba contaminado. Pocos eran los conejitos que quedaban vivos. La bestia arrasó con todo. No dejó vida. Y empezó la diáspora.