Vamos A Jugar
El ulular del viento y los aullidos de los perros se mezclaban para dar paso a un coro funesto que servía para ambientar un entorno lúgubre. Allí, los árboles crujían y extendían las ramas cual si fueran monstruos gigantes al acecho de su presa. De pronto, de entre las sombras brotó una figura espantosa que le perseguía. Intentaba avanzar, pero no podía; pues aquel ente demoniaco lo tenía dominado. La risa macabra del engendro retumbaba en los oídos del hombre y sus garras, estaban a punto de alcanzarlo. Sentía que no había escapatoria y se vio acorralado; entonces, descendió con brusquedad en un abismo oscuro e insondable.
—¿Dios mío, otra vez? —refunfuñó Federico cuando cayó al vacío, despertándose en el suelo.
Estaba claro que había tenido una horrible pesadilla, la misma que a menudo iba repitiéndose en su vida. Estaba harto de aquella situación, pues cuando sucedía se despertaba cayendo de la cama; era la única manera de escapar del repugnante ser que lo perseguía en sus sueños.
—¡Comandante Lico! —Se escuchó que alguien tocaba la puerta de su vivienda.
—¡Vaya, es mi auxiliar!; es un poco temprano, qué querrá —se preguntó Federico mientras se incorporaba, recordando aún la criatura maligna que era protagonista de sus sueños.
Abrió la puerta de su casa y se dio cuenta que estaba por amanecer. Lico, era el comandante de la policía de aquella pequeña ciudad. Vivía sólo, acababa de llegar a ese lugar por cuestiones de trabajo. Hacía frío y aún titilaba una que otra estrella; pero sabía que algo no andaba bien. En esa población nada extraño pasaba, de vez en cuando algún borrachín alterando el orden y nomás. Ese día comprobaría que de repente las cosas cambian, la tranquilidad termina y todo se vuelve un infierno.
—¿Qué pasa Chuyito? —le preguntó a su ayudante.
—¡Malas noticias!, amaneció un tipo con la lengua de fuera, lo encontramos colgado en unas tapias viejas —dijo Jesús tocándose el cogote.
—¡Suicidio supongo! — comentó Federico sacando conclusiones apresuradas.
—Eso parece señor, pero tengo mis dudas; era un vagabundo según los informes —apostilló Chuyito.
El ayudante era un hombre bajito y delgado; tostado por el sol, dicharachero y amable. Lico le empezaba a tomar aprecio, lo creía buena persona y estaba seguro que en él podría confiar; le venía bien el tener un buen colaborador.
—Vamos pues a recoger el difuntito —dijo el comandante mientras se subía en la camioneta que llevaba su compañero.
Cuando llegaron a su destino, Federico se dio cuenta que el cadáver parecía de un viejo conocido y al acercarse lo confirmó. Efectivamente, el cuerpo que yacía muerto; en vida había sido un personaje muy peculiar. Era el vagabundo del lugar, el loco; alguien que tenía cruzados los cables; así lo decía la gente. A veces se le veía por las orillas de las carreteras, todo harapiento, caminando sin rumbo fijo. Dormía entre cartones y basureros de ropa; acostumbraba refugiarse en tapias viejas o casas abandonadas para pasar las noches y cubrirse del frío.
—Si supieras que historias tiene ese pobre desdichado Chuyito —farfulló Lico.
—Cuáles historias comandante, porque la gente murmura muchas cosas sobre ese amigo, y me parece qué usted no las conoce, pues apenas llegó, cuéntemelas a ver si son las mismas jefe.
—Al occiso lo conocí en mi juventud, fuimos compañeros de vagancia; así como me vez, un tiempo nos alocamos bastante; los dos hicimos cosas desagradables que todavía me apenan. Pero pasó algo que hizo encontrarme en el buen camino, aunque aún ese pasado me persigue.
—¿Qué pasado jefazo? —preguntó un poco intrigado el hombrecillo.
—Bueno desde mi juventud tengo una horrible pesadilla, casi todas las noches sueño con el diablo; y sabes qué… tiene relación de alguna manera con esa persona que ahora nos saca la lengua de un modo grotesco, en otro momento te contaré los detalles —dijo Federico mientras miraba a su viejo compañero de travesuras.
—Jefe, todo eso que usted refiere suena muy feo; pero las historias que se dicen del muertito son tenebrosas. Si quiere cuando salgamos de esto y estemos en la comandancia se las cuento, porque para mí, que este hombre se dio en la torre por algo de eso que la gente va comentando sobre él.
—A caray Chuyito, de repente te pones misterioso y sabes qué, te voy a tomar la palabra.
Pasaba ya del mediodía cuando los dos encargados de la ley entraron a la comandancia, habían hecho todas las diligencias necesarias para recoger al vagabundo y empezar las investigaciones. Lico creía que alguna de las historias que la gente contaba en esa ciudad tenían que ver con el ahorcado. Su compañero iba a ayudarle en eso, estaba seguro que algo muy importante iban a desvelarle.
—Amigo, ya estamos cómodos; empieza con tu relato.
—Muy bien comandante, lo que voy a narrarle suena tan irreal; usted saque sus propias conclusiones; la historia comienza así:
Los gallos en aquella minúscula ciudad anunciaron el nuevo día, una mañana tranquila y sin novedades. Así lo creía el carcelero en turno, un sujeto rechoncho y bonachón que se desperezó alzando los brazos al cielo mientras daba gracias al eterno. En eso estaba, cuando un grito aterrador le arrebató la paz. El alarido provenía desde el área de los reclusos, un chillido ensordecedor que de inmediato plagó el ambiente de miedo.
El policía no estaba acostumbrado a esos sucesos y el peligro siempre le daba pavor; pero tenía que dominarse e iría a ver qué pasaba. Con cautela, dio algunos pasos y aguzó el oído, entonces pudo escuchar otro lamento que le puso los pelos de punta. «¿Qué diablos sucede?» masculló. Ni modo de pedir ayuda, se encontraba solo, el presupuesto no alcanzaba para más veladores. Tendría que enfrentarse a lo que fuera; a “ese algo” que ya le había hecho mojar los pantalones.
De nuevo, volvió a oír que alguien pedía auxilio de forma desesperada; entonces pudo darse cuenta que aquellos gritos llegaban desde la celda del fondo, ahí dónde un día antes habían ingresado a un chico larguirucho y delgado, un muchacho desgarbado de emociones perturbadas, que lloraba sin consuelo murmurando una y otra vez: «fue un accidente yo no quería hacerlo». Pero, los chillidos no los hacía el alienado, eran de su compañero, quien se mostraba muy aterrado, a punto de perder la cordura.
Filiberto, era un hombre muy creyente que siempre se encomendaba al Creador, más en los casos peliagudos como el que se avecinaba. Realmente no tenía experiencia policiaca pues sólo fungía como auxiliar, en pocas palabras un oportunista, que había conseguido el trabajo por influencias de su tío Elpidio, un político venido a menos que aún “rasguñaba” donde podía. A veces su lisonjería lo ponía en aprietos, esa mañana se maldijo por ofrecerse de velador; ni modo, a ver si así aprendía a dejar de ser lambiscón.
Ante sus ojos, estaba un muchacho que se abrazaba a los barrotes comportándose como un enajenado. Sus espeluznantes gritos hacían pensar lo peor, gemía como animal, sus chillidos eran realmente desesperantes.
—¿Qué te pasa hombre? —balbuceó el policía.
—¡Eh! —masculló el prisionero que seguía mostrándose angustiado.
—¿Por qué tanto alboroto? —inquirió el oficial, ya con una voz más clara.
—Oiga sáqueme de este lugar, pero ¡muévase! que aquí hay un muertito —exigió el reo.
—¿Qué?... ¿Un muerto?, no me vengas con idioteces muchacho —bramó Filiberto, mientras limpiaba sus ojos legañosos, aún sin creer tal disparate.
Sin embargo, pronto conocería la trágica realidad. Ante él, se dibujaba una horrorosa escena, tan macabra que le hizo trastabillar. Sintió náuseas y por un momento pensó que los tamales de la cena anterior saldrían disparados, debía recomponerse. Al fin logró sobreponerse, mientras un latigazo de sudor helado le recorría la espalda. No podía creerlo, en el suelo despatarrado se veía recargado a la pared el muchacho flaco que habían encerrado el día anterior, estaba macilento, ojeroso y con la mirada perdida; el pobre desgraciado tenía la lengua de fuera.
—Estás en serios problemas chavalo —espetó el polizonte señalando al convicto con su dedo acusador.
—No me salga con tonterías “señor detective” —rezongó el muchacho haciendo notar el sarcasmo—. Debería sacarme de aquí pero ya, porque yo también estoy en peligro.
—¿Pero de qué o de quién? —preguntó Filiberto sin entender nada.
—Usted abra la puerta de esta maldita jaula y luego le explico —demandó el presidiario.
—Sí, tienes que dar muchas explicaciones, como por ejemplo el por qué te despachaste a ese pobre chico, ya te hundiste más chamaco —expresó el policía con seriedad.
—Esos sí que no, a mí no me van cargar el muertito; y en caridad de Dios ya sáqueme de este maldito lugar —dijo aquel muchacho con enfado.
El policía, tomando sus precauciones esposó al prisionero y lo sujetó a los barrotes, luego se aproximó para ver de cerca la escena. No era un experto en esos menesteres, pero pudo confirmar que aquel desdichado ya era un fiambre. Se preguntó: «¿Qué se hace en estos casos?», no supo responder. Se fijó que el cadáver tenía la lengua de fuera, los ojos vidriosos y unas marcas en el cuello. También se dio cuenta que la cara del occiso tenía mueca de dolor o miedo. Lo único que se le ocurrió es que el culpable de ese chistecito podría ser el loco gritón, compañero del difunto.
—Estás en dificultades camarada, aquí te vas a pudrir —Dijo Filiberto mirando con desprecio al otro hombre.
—No alucine oficial, yo ni siquiera lo toqué; si usted hubiera presenciado lo que yo vi, habría ensuciado hasta los calzones —masculló el muchacho.
—Bueno, te voy a dar una oportunidad de que te salves, cuéntame qué diablos pasó y ya veremos. Mira que apenas son las 6 de la mañana y tenemos tiempo para aclarar este asunto. A las 8 llegan los “picudos” y presiento que serán muy rudos contigo.
—Muy bien jefe, lléveme a un lugar menos tétrico para platicarle que pasó, ah, pero antes recoja ese zapato que está junto al muertito, es una de las pruebas de lo que voy a contarle.
El policía no supo que decir, pero fue por el encargo; no se había dado cuenta que cerca del cadáver se hallaba algo. Estaba seguro que no pertenecía a los internos, más bien era como de niño o quizás… de una niña. Cada vez se enredaban más las cosas; y él, un simple lambiscón ahora debía hacerla de detective. Era un zapato de color blanco de alguien como de nueve años, mientras lo recogía sintió escalofríos, imaginó que el cadáver se levantaba y con sus manos mortecinas lo aprisionaba del cuello hasta sacarle los ojos de las órbitas. Pávido estaba cuando volvió a la realidad, y aunque aún le temblaban las piernas se dirigió a la salida de la celda, apenas empezaba lo bueno.
—A ver mi estimado, aquí estaremos mejor para que me cuentes la historia de terror que según tu viviste en esa suite en la que te hospedamos, no te podrás quejar, tiene aire acondicionado natural y hasta puedes disfrutar de la luna y las estrellas —dijo el encargado de la ley un poco repuesto, mientras sujetaba con las mismas esposas al reo.
—Pa’ qué hace tanto arguende compa, los dos estamos que nos morimos de miedo, iba a decir palabrotas, pero hay que respetar al representante de la ley—refunfuñó el muchacho—, no me le voy a escapar, usted tranquilo señor oficial.
—Prefiero ir a la segura chamaco, para empezar la historia quiero que me dejes en claro tus generales y por qué caíste aquí; venga pues, porque ya empieza a amanecer y hay que atender al pobre cristiano que se fue con San Pedro —apresuró aquel hombre regordete mostrándose algo inquieto.
—Ta bueno oficial, ahí le voy —asintió aquel hombre tratando de ordenar sus ideas.
Hace como un año, me encontraba allá en mi pueblo natal; cómo podrá darse cuenta soy sureño y ahora, ando por estos barrios; pero no crea que soy tan aborigen. Tengo antepasados españoles, mi madre tiene raíces nativas, pero mi señor padre era de sangre barbuda.
Mi jefe, en aquellos lugares tenía buena posición y usted sabe que la prosperidad también acarrea tentaciones. Mi viejo siempre fue muy enamorado, así es que ya se imaginará. Para no hacérsela tan larga, se fijó en una mujer equivocada y por ello se lo echaron. Hace tiempo que mi mamá dejó a mi papá por ese mismo detalle y se vino a vivir al norte con mi querida hermana.
Mi nombre es Sergio Barreño Flores, me decían “El Checo” ahora para todos soy “El Chueco” por renguear un poco; además, con el tiempo también empecé a hacerle honor a mi apodo. Después de que torcieron a mi padre, decidí cambiar de aires y vine a visitar a la familia; tenía la intención de superar la pérdida del viejo y apaciguar los deseos de venganza.
El pueblo al que llegué es muy tranquilo y sentía que iba a morir de aburrimiento. Por ello, empecé a buscar en otros lugares con quien divertirme. Así conocí a personas que me ayudaron a salir de la monotonía; pero también eso fue mi perdición; pues empezamos a embriagarnos, embrutecernos y hacer cosas chuecas. La lana de mi jefe no se sabe que va a pasar con ella porque quedó intestado y esto sirvió para encaminarme por el vicio y la mala vida.
Recuerdo que primero, empezamos a robar gallinas y marranos para hacerlos carnitas. En otros lugares nos adueñábamos de lo ajeno para cambiarlo por cerveza; pero después debido a las adicciones, tuvimos la necesidad de obtener más dinero. Una noche, que me animé a forzar una puerta para sacar un televisor de una casa que creí sola falló el plan; entró la dueña y se llevó el gran susto de su vida. Al verme, le dio el patatús e inmediatamente cayó tiesa. Desafortunadamente no pude zafarme de esa y ahora soy un distinguido huésped de este gran hostal —dijo El Chueco con una sonrisa que reflejaba tristeza.
—Interesante tu historia, muchacho; pero ahora nos interesa saber qué sucedió esta madrugada, te ruego vayas al grano —dijo el policía con amabilidad.
—Pa’ allá voy; calma y nos amanecemos… Continúo:
Hará unos tres meses que ingresé a este lugar y a la fecha no sé qué pasará conmigo. Sinceramente, no quisiera estar más aquí por lo que le sucedió a ese pobre diablo. Se llamaba Celso, es lo único que me quiso decir. Lo conocí apenas ayer que llegó y la verdad, se veía muy mal. Cargaba una gran culpa, como si hubiese hecho algo muy grave que lo trastornaba demasiado. Esta noche creo que descubrí qué le hizo perder los cabales. Eso que lo hacía llorar como un chiquillo; y en serio, es algo que me aterrorizó mucho. A continuación, voy a contarle qué demonios pasó y aunque le parezca increíble todo fue verídico.
—Sí, ya recuerdo, era Celso e ingresó según tengo entendido por asesinato.
—Así es, supongo que a quien mató fue a su hermanita; eso está claro.
—Afirmativo; pero ¿Cómo lo sabes?, acabas de decir que sólo te dijo su nombre.
—En sus manos tiene la prueba, era de su hermana, ella lo mató —dijo Sergio señalando el zapato.
—¿Qué?... ¡Estás loco!, no te entiendo… Su hermana está muerta, creo que esta tarde la sepultan.
—Pues hace como tres horas ella estuvo aquí, supongo que era la hermanita del difunto —externó el reo pareciendo un tanto gracioso—. Déjeme sigo relatándole qué sucedió hace rato. ¿Va?
—¡Ah caray!, ya se me puso la piel de gallina, sale pues… esto ya me está asustando —dijo Filiberto palideciendo visiblemente.
Según mis cálculos, serían como las tres y media de la mañana; porque la luna aún iluminaba la noche. Supongo que los dos dormitábamos; cuando de pronto, aullaron los perros y eso nos despertó. Entraba por la ventana un chiflón muy frío y se oían como si lloraran los árboles; la gente dice que esa es la mala hora y la muerte anda muy cerca. Cuando abrí los ojos quedé pasmado, sin decir nada, pues lo que miré me pareció tan espantoso e irreal.
En ese momento, chilló un gato y no pude evitar estremecerme; sentí que el horror se apoderaba de mí y quise gritar, pero no logré hacerlo. Estaba atónito, con los vellos erizados y lleno de miedo. No podía moverme ni decir nada, entonces miré que Celso había despertado y también lo vi horrorizado como yo. Era un espectáculo infernal, pues ante nosotros se mostraba algo que no es de este mundo: una figura espectral que se suspendía y vestía ropas blancas. Era una niña que se reía aparentando ternura, entonces comprendí que aquella criatura era un fantasma.
«—Hermanita no… no lo hagas, yo no quería matarte con el rifle, pensé que estaba descargado… estaba jugando —alcancé a escuchar que decía mi compañero llorando».
«—Hermanito, ahora vamos a jugar —dijo la presencia espectral con una voz diabólica».
Entonces miré que la chiquilla, digo el fantasma o lo que fuera; se acercó al angustiado muchacho y lo aprisionó del cuello con sus manos. Después, cual si fueran tenazas lo aferró sin soltarlo. Recuerdo que pude ver, que aquel ente no tocaba el suelo y levantaba al desdichado de Celso tomándolo del pescuezo como si fuera un muñeco. En verdad, quedé boquiabierto al darme cuenta de la fuerza de aquel ser. En esos ojos malignos, se reflejaban los deseos de venganza y antes de partir al otro mundo, creo que vino a cumplirla.
Cuando Celso soltó su último aliento dejó de sufrir, así pagaba su deuda. Quizás comprendió que era ya muy tarde para salvarse del destino, su estupidez había creado aquel abominable ser que regresaba a vengarse. Luego que todo terminó, miré que la niña descendía con su presa y acomodaba el cuerpo inerte en el lugar que usted lo encontró. Después, lo besó con ternura en la frente y murmuró: «Ahora sí ya me voy hermanito; pero tú también vendrás conmigo». Antes de irse, se acercó a mí y soltó una sonrisa macabra, más bien una carcajada monstruosa que taladró mi cabeza, su aliento fétido y repugnante casi me hizo vomitar, pero nada sucedió; quería gritar y no pude. Cuando se esfumó, brotaron mis alaridos reprimidos y estuve a punto de desvanecerme.
—Aún siento que anda por ahí, que nos está vigilando; ojalá que no se le ocurra regresar por mí. Oficial, tengo mucho miedo y no sé si voy a superar todo esto; la verdad ya no podría estar en este lugar, si me quedo aquí un día más terminaré loco, estoy seguro que va a volver para destriparme. En sus ojos le vi mucha maldad, el odio que guarda ese horripilante ser es inagotable. Como podrá darse cuenta el relato es real, puede corroborarlo con la prueba que tiene en sus manos — dijo “El Chueco” un tanto paranoico, había concluido su relato y se le notaba muy nervioso.
— Sabes Sergio, todo coincide; ese chico que ya pasó a mejor vida se llamaba Celso, era un chavo de unos 17 años. Hasta donde tengo entendido, mató a su hermana de diez años por accidente.
—¡Todo coincide sargento! —afirmó el sureño.
—Según testimonios de sus padres y de él mismo, el muchacho pensó que el rifle 22 estaba descargado, por eso le apuntó a la niña diciéndole «vamos a jugar a que te mato»; entonces fue cuando sucedió la desgracia. —dijo el policía creando un poco de suspenso.
—¿Qué pasó o qué? —preguntó el reo.
—Pues ahí tienes que, el idiota del chamaco, sí el muertito; jaló el gatillo y el arma escupió fuego mortal, así terminó con su hermana. Ahora, ese suceso que viviste nos deja en claro que el fantasma es de esa chiquilla y regresó a jugar con él para estar a mano; es decir vino a cobrárselas con su vida.
—Así es Don Filiberto, es algo tan desagradable que no quisiera volver a presenciarlo, ¿Qué haremos? —preguntó Sergio.
—Pues por lo pronto que lleguen los jefes, y contarles todo lo que viste; a ver si no te encierran en un manicomio, pues todo esto resulta difícil de creer.
Filiberto, dio por terminada la charla y fue a buscar una sábana para cubrir el cadáver. Había dejado a Sergio muy triste y aterrado. Aquel muchacho se veía pálido y con la mirada perdida, sentía que alguien aún los vigilaba, presentía que aquella aparición todavía rondaba por allí y no estaba equivocado.
—Si Chuyito, no quise interrumpirte antes; pero sí, ese compañero de vicios en mi juventud era Sergio; ¿qué pequeño es el mundo no?, continúa por favor.
—Cuentan que cuando los demás llegaron hallaron muerto al policía, unos aseguran que lo ahorcaron con un pedazo de sábana; otros creen que lo hizo la niña fantasma usando sus propias manos. Y a Sergio… nunca lo encontraron. Pasó el tiempo y después apareció ese vagabundo por estos rumbos, la gente empezó a decir que era el mismo personaje que había estado en la celda donde murió el chavo que mató a su hermana de un disparo de 22. Lo demás usted ya lo sabe.
—Qué historia tan tétrica Chuyito, pero sabes… yo sí creo en esas cosas.
—Ahora dicen, que en las cárceles de la región se aparece esa niña fantasma, que busca internos que se han portado mal y les dice «Vamos a Jugar». Yo espero que nomás sean reos, porque si no es así; vamos a tener que enfrentarnos al mismísimo demonio.
—No… yo ya no quiero volver a mirar el diablo, mejor portémonos bien amigo —terminó diciendo el comandante Federico Jaramillo.
FIN