Chapter 1
—Ah, ah, ah... —La voz que se filtró de su boca sonaba bastante desesperada, incluso para sus propios oídos.
Era la señal de una necesidad abrumadora, combinada con el crujido de sus dedos, que no dejaban de resbalarse del lavabo al que intentaba sujetarse con todas sus fuerzas. No obstante, apenas un minuto o dos después, y sin la fuerza suficiente para seguir de pie, cayó a cuatro patas sobre el suelo, sin importarle en lo más mínimo estar al lado de un bote de basura repleto de toallas de papel.
Bueno, al ser un hotel de clase diamante, el hecho de que hasta los suelos de los baños estuvieran bien pulidos podía considerarse una especie de salvación. Aunque claro, jamás imaginó que algo así sucedería en una fiesta para celebrar el cumpleaños número setenta de su jefe.
«Alguien... Ayuda».
Incapaz de controlar su cuerpo tan caliente, abrazó sus rodillas con fuerza, pegó la barbilla contra su pecho y comenzó a llorar como un niño. Aunque quería cerrar la puerta con llave, incluso ponerse de pie era tan difícil que pareció rendirse sin intentarlo de nuevo; y eso, lógicamente, lo sumió en un estado de pánico del que no parecía poder escapar fácilmente.
¡Y es que todo era un puto desastre!
No llevaba inhibidores, su conductor lo esperaba en el coche y su familia no sabía que estaba allí.
Bueno, pero sus amigos...
Del bolsillo interior de su chaqueta, y con mano increíblemente torpe, sacó su teléfono, lo desbloqueó mediante reconocimiento facial y comenzó a buscar el chat de la empresa. Sin embargo, antes de poder pedir ayuda, el celular se le cayó al suelo. Cuando trató de levantar tela, sus pezones rozaron contra la tela de la camisa de forma tan descarada que empezó a ver estrellitas frente a él.
—Ah, carajo... ¡Umm! —Y comenzó a retorcerse ante aquella maldita sensación.
¡Dios!
No sabía de qué manera describirlo. Se sentía exactamente igual a si sus nervios hubieran quedado completamente expuestos sobre todas las capas de su piel.
«¿Qué debo hacer?... Ah. No puedo moverme».
Miró como un idiota su celular hasta que la pantalla se apagó.
A pesar de que nunca había tenido relaciones antes y de que se consideraba completamente heterosexual, la sensación de hambre por el cuerpo de otro hombre le estaba haciendo perder la cabeza hasta el punto de desear genuinamente morirse.
Después de todo, los omegas eran una existencia bastante lamentable.
¿No es verdad?
Y escapar del instinto era una tarea titánica.
«Lo odio, lo odio. Lo odio tanto».
Además del sexo masculino y femenino, los humanos tenían un segundo género dividido en tres castas: alfas, omegas y betas. Los betas eran los más comunes, representando más del noventa y cinco por ciento de la población total. Luego venían los alfas, que ocupaban el tres por ciento, conocidos por poseer una capacidad física excelente y una inteligencia superior a la media, siendo siempre la cuna de empresarios, políticos y artistas de fama mundial. Y por último, pero no menos importante, estaba la especie más rara, que representaba solo alrededor del uno por ciento de la población: los omegas. Ellos eran los encargados de la fertilidad y, una vez cada tres meses, entraban en celo para liberar feromonas sexuales capaces de atraer a los alfas.
Por cierto, las mujeres alfa y los hombres omega eran bastante «particulares» en cuanto a anatomía.
Para empezar, las hembras alfa contaban con funciones genitales consideradas masculinas. Por otro lado, los hombres omega poseían un útero y una cavidad vaginal que les permitían quedar embarazados y dar a luz. Muchos de ellos eran frágiles, menudos y de apariencia más bien andrógina.
«Soy un hombre. Aunque sea un omega, ¡soy un hombre! ¡No quiero tener el hijo de un alfa! Definitivamente no...»
Cada tres meses, al entrar en celo, se trataba cuidadosamente con inhibidores muy fuertes. Sin embargo, esta vez el período se le había adelantado más de diez días de lo previsto, razón por la cual el medicamento que tomaba regularmente se había quedado en la guantera del auto.
«Soy un idiota. Soy un maldito idiota. Un... estúpido de lo peor».
¿Debería gritar y pedir ayuda al personal del hotel? No obstante, existía el peligro de atraer a alguno de los alfas que había visto caminando por el pasillo hacía un rato, por lo que, sin pensarlo demasiado, descartó la idea como una opción viable y la olvidó.
Pero como tampoco era capaz de tomar ninguna otra decisión con la cabeza tan nublada, se limitó a cerrar los ojos, recostarse en el suelo del baño y tratar de respirar con lentitud.
El período de celo en un omega servía para asegurar la descendencia, por lo que continuaba con normalidad hasta llegar a la andropausia. Además, por lo común, las feromonas liberadas en esas situaciones solo actuaban sobre el alfa con el que se había establecido un «vínculo» —el cual, para variar, se conseguía únicamente cuando un alfa mordía la nuca de un omega durante el acto sexual—.
Y la sola idea le parecía terrible.
Incluso si se trataba de una mujer alfa, terminaría tratando al omega como a una posesión o a un subordinado.
¡Él definitivamente no quería ser esclavo de nadie!
«De todos modos, estoy jodido. ¡Maldita sea! ¡Estoy absolutamente jodido!»
Aquel era un baño para hombres omega, pero no contaba con vigilancia especial ni nada por el estilo, por lo que no sería extraño que un alfa entrara en cualquier momento si sus feromonas de celo lograban filtrarse por la rendija de la puerta.
—Ah, ah... ¡Maldita sea! Maldita... —Rompió a llorar mientras abrazaba con fuerza su cuerpo en llamas. Luego, sus dedos se extendieron hasta su entrepierna y comenzó una frustrante estimulación a través de la tela, provocando que sus caderas temblaran en un intento desesperado por simular la penetración.
No obstante, en ese preciso instante, la puerta se abrió de golpe con violencia. Se escuchó una voz ronca:
—¿Qué demonios pasa con este puto olor?
Entró un hombre de unos treinta años vestido con un traje sumamente elegante. Por supuesto, su complexión le gritaba a cualquiera que era un alfa.
El intruso resopló de forma deliberada, su cara se enrojeció y se cubrió la nariz con la manga de su camisa, como si sintiera un hedor insoportable. Sin embargo, la mera presencia de aquel sujeto caminando hacia él tan deprisa hizo que su piel hormigueara con intensidad. Se sentía exactamente igual a si se estuviera derritiendo desde el centro de su columna vertebral.
—Oye... —dijo el hombre, acercándose.
—¡No! —exclamó, aunque sus pantalones ya estaban completamente cubiertos por grandes manchas de pre-semen.
—Oh, Dios mío. Mira nada más cómo estás. La parte delantera y trasera de tu traje están empapadas. Eso significa que eres toda una zorrita, ¿no es verdad?
¿Acaso el hombre era un invitado de la fiesta? Su rostro no era del todo desagradable, pero tenía una expresión que rayaba en lo grotesco.
—Era un pantalón muy bonito, pero está tan mojado que ya no te va a servir. Déjame ver qué podemos hacer con esto, ¿de acuerdo?
—No, no... ¡Ah! Mantente alejado de mí.
—Vamos, cállate de una vez. —Mientras le acariciaba la parte interna del muslo, el joven omega sollozó con tanta fuerza que parecía que lo estaban matando.
Normalmente, jamás le habría prestado atención a un hombre —pues no mentía al decir que no le atraían los varones—, pero ahora estaba tan excitado que sentía los pezones rígidos como piedras.
—Aaaah...
—Así me gusta. Cálmate un poco, ¿de acuerdo? Carajo, ¡actúas como si no fueras tú el que quiere esto para empezar! Solo relájate y deja de hacer tanto drama.
Sabía que estaba mojado en la parte delantera porque el desconocido llevó su mano justo a ese lugar.
—Voy a estar dentro de ti.
El omega sintió como si le hubiesen arrojado una cubeta de agua fría directo en la cara.
—Ah, no hagas eso. Por favor. No me hagas daño. Yo no quiero...
—Ven... Déjame llevarte a mi habitación. Te va a encantar, te lo prometo.
—No. No quiero eso...
—Voy a correrme dentro de ti, y sí, eso es exactamente lo que quieres. ¡Ni siquiera un inhibidor va a funcionar a estas alturas! ¿Me entiendes? Arriba. ¿O quieres ir por ahí en ese estado? ¿Eh? Hombre, a muchos los han violado por menos que esto, y te aseguro que no van a ser tan amables como yo, así que hazme caso.
El omega temblaba de miedo ante la idea de quedar embarazado por alguien como él, aunque una parte patética de su cerebro se excitaba con el simple hecho de imaginar cargando a un hijo. Era un desastre: su mente y su cuerpo reaccionaban de manera opuesta y ya no parecía haber nada que pudiera hacer. En pocas palabras, pensó con absoluta honestidad que todo se había ido a la mierda.
—Cálmate, cariño. Luego te va a gustar. Hey, ¡cierra la boca! Arriba —ordenó el alfa con una sonrisa sádica, obligando al omega a ponerse de pie mientras lo tomaba del cabello.
Agarrándose del lavabo con lo último que le quedaba de fuerza, el alfa aprovechó para llevar ambas manos a su trasero, acariciándolo de una forma obscena desde la parte superior del pantalón hasta la profunda grieta entre sus nalgas.
—¿Quieres que te cojan en el baño? ¿Es eso? Vaya que los omegas son muy lascivos, ¿no?
—¡No quiero! —gritó el omega, pero el rostro aterrorizado que se reflejaba en el espejo le dio tanto miedo que no se atrevió a hacer nada más.
—Espera, lo haremos como te gusta.
Fue justo en el momento en que el omega gritaba, aterrorizado por el sonido metálico de un cinturón al desabrocharse, cuando la puerta se abrió de par en par y las luces se encendieron por completo. Parpadeó con fuerza para despejar las lágrimas y vio a un hombre alto que también desprendía el aura de un alfa dominante tan imponente como el de su agresor.
Pero sabiendo que no había límite para los casos en los que un omega terminaba siendo agredido por múltiples alfas durante su celo, cerró los ojos, preparándose para el peor escenario posible.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó una voz fría.
—¿No puedes verlo? Estoy ocupado, lárgate —respondió molesto el primer alfa.
—¿Él aceptó hacer eso contigo? Oye, ¿eres su pareja? ¿Lo conoces? —interrogó el segundo alfa.
El llanto del omega se detuvo en seco. A través de su visión borrosa, pudo notar que el recién llegado parecía rondar los veintiocho o treinta años. Joven y apuesto, con cabello negro brillante, ojos claros, un puente nasal afilado y labios bien proporcionados. Poseía un rostro de facciones definidas, cabeza pequeña, extremidades largas, una piel de tono impecable y un traje hecho a la medida.
¿Era modelo o actor?
Había escuchado que muchas celebridades habían sido invitadas a la gala, así que cabía la posibilidad.
«Esta persona también es alfa, ¿verdad? ¿Podré... pedir ayuda?»
Al ver que el primer sujeto no respondía, el hombre se encogió de hombros.
—Oye, no quiero problemas. Si es sexo consensuado, no me voy a interponer.
—Por supuesto que lo es.
—¡No...! ¡No es! No... ¡Ummm! —La cara del omega fue aplastada contra el lavabo. Sin embargo, si perdía aquella oportunidad... si dejaba que se fuera, realmente iba a morir—. ¡No, por favor! ¡Ayúdame! Ayúdame. Quiere violarme, ah, quiere violarme.
El hombre que estaba en la entrada soltó por fin el pomo de la puerta.
—Le escuché decir «ayúdame» hace un momento. Eso no se parece en nada a un acuerdo mutuo.
El primer alfa chasqueó la lengua.
—¡Bien, carajo! ¿Qué mierda quieres? ¿Qué pasa contigo? ¿Es que acaso se te antoja que lo compartamos? No me importaría hacerlo. ¡Adelante!
Las nalgas del omega volvieron a ser manoseadas sin el menor respeto. Mientras la piel se le erizaba por el asco y el terror, jadeó con una voz cargada de miseria, negando con la cabeza y pidiendo auxilio de nuevo, aunque el pánico ya le impedía articular frases coherentes.
El segundo alfa se aproximó con paso firme y lo tomó del hombro.
—No puedo dejar que hagas esto.
—¿Quieres cogértelo o no?
—No.
—Ah, ya veo. Entonces, ¿puedes quitarte del camino?
—Las relaciones sexuales no consentidas se consideran agresión, incluso si se trata de un omega en celo. ¿Sabes cuántos años de prisión dan actualmente por algo así? Y resulta que... mi abuelo es fiscal. Uno muy influyente, por cierto. Y está allá afuera, justo en la fiesta.
Cuando sacó su teléfono y comenzó a simular que grababa, el primer alfa palideció tanto que al omega casi le dan ganas de vomitarle encima.
—Oye, ¿qué estás...? ¡Ni siquiera tomó sus medicamentos y se le ocurrió esparcir su asqueroso olor en un baño al que cualquiera puede entrar! ¡Yo soy la víctima!
—Bueno, ¡qué lástima porque ya lo envié! Y mira nada más, ¡parece que ya lo leyó! La tecnología es impresionante, ¿no crees? Quédate quieto aquí mientras vienen por nosotros.
—¡Joder, qué fastidio! Quédate tú con él si tanto te gusta, ¿de acuerdo? No necesito este circo ahora. ¡Loco de mierda!
Al ver al alfa salir huyendo del baño a toda velocidad, el otro hombre se acercó al omega para asegurarse de que estuviera bien. De verdad había utilizado la excusa de llamar a su abuelo.
—Ay, amigo... Bueno, es cierto que tomar los medicamentos es indispensable. Son una molestia, sí, pero las estadísticas muestran que menos del veinte por ciento de los alfas usan inhibidores con regularidad. No es tu culpa, ¿sí? Pero deberías cuidarte más. Te topaste con un lunático.
—Lo lamento... Ah, ah... Yo no...
—Aquí estoy. Tranquilo. Tranquilo, te voy a ayudar.
El omega se quedó desconcertado cuando aquel desconocido le sostuvo la barbilla.
—¡Ah! Hmmm... —Sintió que sus labios eran sellados por los ajenos, una sensación resbaladiza en la punta de la lengua y, acto seguido, un sabor amargo que lo hizo volver bruscamente a la realidad.
¡Le acababa de dar una pastilla! ¡Y se la había tragado por reflejo!
—Ah, ¿pero qué...?
¡Había consumido una droga desconocida sin querer!
Cuando estuvo a punto de romper a llorar de nuevo, el hombre le dedicó una sonrisa bastante suave y le tranquilizó:
—Está bien, no es un medicamento peligroso. Lo que te acabo de dar es solo para regular el celo.
El omega parpadeó, aún temblando de pies a cabeza. El desconocido le entregó los restos del empaque en las manos antes de cubrirlo con su propia chaqueta.
—No pasa nada. Confía en mí. Este es un supresor de acción rápida de Kim’s Pharmaceutical; hace efecto de inmediato. Mi familia es dueña de la empresa y yo, personalmente, garantizo su eficacia. Tomo uno al día y no necesito nada más
.
—¿Eh...?
—Soy un omega, al igual que tú. Mis ciclos también son muy irregulares.
El chico se quedó en completo silencio.
—¡Juro que lo soy! —dijo el hombre, dándose un fuerte golpe en el pecho con la palma de la mano.
El joven omega no parecía procesar la información.
—Tú... no puedes ser un omega porque...
Tenía una masa muscular imponente, un pecho ancho y unos hombros sumamente marcados. ¡Era alto y lucía jodidamente imponente! Pero entonces, el hombre se levantó ligeramente la camisa y le mostró el abdomen.
—Mira. Esta es la cicatriz de una cesárea, ¿la ves? Mi segundo bebé nació así porque era tan grande y pesado como su estúpido padre.
—Pero... ¿qué demonios...?










