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Summary

Un libro sobre el amor, los sueños, la ilusión. Sobre perder el rumbo y volver a encontrarlo. Sobre las personas que te acompañan en el proceso. Aquellas que valen la pena y aquellas que no lo valen tanto. Sobre el olvido y el reencuentro. Sobre todo lo que nos compromete como seres que sienten. Que a veces sienten mucho y que, en ocasiones, no sienten nada. Un libro sobre la vida. Sobre dos vidas en particular. La historia de Daniela no es la historia de Hugo. Y la historia de Hugo no es la historia de Daniela. Pero, ¿qué ocurre cuando sus caminos se cruzan? ¿Cuánto valor se necesita para entregarle tu corazón a alguien cuando has perdido la esperanza tanto tiempo atrás?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 | Mamma Mia! Dichoso encuentro

Dani

Mamma Mia! se proyecta en la sala de cine. No es la primera vez que la veo, tampoco la segunda, ni será la última. Pero, como siempre, Slipping Through My Fingers me hace derramar alguna que otra lágrima y me veo en la obligación de tapar mi llanto inminente zampando un montón de palomitas de maíz.

Cuando la película finaliza, pasadas ya las ocho de la noche, comprendo que es hora de regresar a casa. Para mi suerte, Sevilla es una ciudad bastante pintoresca para un paseo nocturno. El lugar en el que me estoy quedando no se ubica muy lejos del cine, lo que me da pie a visitarlo en mis tiempos libres.

Camino por las calles alumbradas hasta llegar al edificio con fachada de ladrillos y enredaderas que se funden en tonos verdes y anaranjados. Atravieso el portal y llamo al ascensor. La puerta se abre al mismo instante en el que me entra una llamada. Subo. Marco el quinto piso. Mi dedo pulgar baila indeciso entre el botón rojo y el verde durante unos momentos y, finalmente, la rechazo. Me observo en el espejo del ascensor y noto que un mohín de disgusto afea mi rostro. Es involuntario, pero no puedo evitar esa expresión cada vez que leo su nombre en la pantalla.

Hago uso de los pocos segundos que me quedan antes de llegar a mi piso para arreglar un poco mis pintas. Mi cabello oscuro está recogido en un moño desordenado, y puedo ver cómo lucha por soltarse. Tengo una cantidad abundante, lo que no lo hace,nunca, fácil de peinar. Mis pecas, ahora aún más pigmentadas por el sol, se aglomeran en el puente de mi nariz. Luego de tantas horas, la máscara de pestañas comienza a caerse, acentuando las bolsas debajo de mis ojos. Intento limpiarla cuando la puerta se abre nuevamente y la pantalla del ascensor ya marca el número cinco.

Sara me recibe con una sonrisa dulce como lo hace habitualmente. Está tomando un té en el sofá, mientras lee alguna novela de romance que tenemos en nuestra minúscula biblioteca atestada de libros. Bueno, romance y un poco de romance erótico también. Pero esas son de Sara. Yo soy un pan de Dios. Pura como la nieve. Mujer tradicional.

—¿Qué película? —pregunta sin más. Me conoce bien, y sabe que si vuelvo más tarde es porque me he detenido en el cine.

Mamma Mia! La primera —respondo mientras me estiro y dejo mi bolso en el perchero.

Mi respuesta tampoco le sorprende demasiado.

—¿No la viste como unas veinte veces?

—Comenzaron a proyectarla nuevamente hace poco y no pude evitarlo. —Me encojo de hombros—. ABBA me estaba haciendo ojitos.

Me sonríe, negando con la cabeza, y vuelve a su lectura. Le da un sorbo a su té.

—¿Té? —me ofrece.

—Paso. —Detesto el té, pero Sara intenta hacerme dejar un poco el café, aunque sus intentos no están dando resultados. La cafeína es mi combustible diario.

Me dirijo hacia nuestra cocina, que no es más que una extensión de la sala de estar. Luego, el apartamento se divide en nuestra habitación, el baño y, mi parte favorita, el pequeño balcón al que le instalamos una hamaca un tiempo atrás. El lugar no es exactamente grande, pero sí lo suficientemente espacioso como para dos chicas que pasan la mayor parte de su día fuera.

Prendo la cafetera y, como si estuviera escrito, comienzo a escuchar las quejas de Sara al mismo tiempo en que viene hacia mí. Deja su libro abierto sobre la encimera de la cocina.

—¿De verdad, Dani? ¿No te parece un poco tarde? —Me lanza una mirada de desaprobación.

Lo sopeso durante unos segundos. Es verdad que luego conciliar el sueño se vuelve una tarea más difícil, pero el aroma a café que se esparce en el aire es demasiado tentador.

Me encojo de hombros y le dedico una mirada inocente. Resignada, suspira y apoya los codos sobre la encimera de la cocina, a mi lado. Su rostro reposa sobre la palma de su mano. Sus rizos cobrizos están tan definidos que, un tiempo atrás y por mucho que me avergüence admitirlo, había llegado a sentir envidia de ellos. Sara es una chica muy buena, no merece la envidia de nadie. Y mi cabello tampoco está mal; largo y voluminoso. Son muy diferentes, pero ambos tienen su gracia.

Sara fue la primera persona a la que conocí cuando, hace ya tres años, dejé Colombia y me mudé a España. Apenas había llegado a Sevilla cuando la compañera de piso con la que compartía el alquiler, es decir, ella, me comentó que trabajaba en una cafetería de la zona junto a sus padres, y que necesitaban a alguien más que los ayude a atender las mesas solo por algunas horas. Yo buscaba un trabajo para subsistir en un país desconocido y ella me había ofrecido la oportunidad perfecta. Ha sido muy servicial conmigo desde un principio, además de una gran amiga, y encontrar a una persona así cuando una está tan perdida se siente como una bendición.

Nos quedamos viendo un rato la televisión en lo que yo termino el café. Son alrededor de las diez de la noche y mi tripa ya está haciendo ruido. Repaso nuestro repertorio de comida —que consta de unos espaguetis a la carbonara para recalentar o alguna ensalada que podemos hacer con las verduras que nos quedan en la heladera— cuando Sara parece leerme la mente.

—¿Recaliento los espaguetis y vamos a dormir? —propone en un bostezo.

Mis papilas gustativas me regresan el sabor de aquella pasta y se me hace agua la boca.

—Por favor.

Disfruto cada bocado de ese plato hasta que acabamos todo y llega la hora de irse a la cama. Lavamos la poca vajilla que utilizamos y lo dejamos todo organizado para evitar renegar con el desorden al día siguiente.

Entro al baño en cuanto veo a Sara salir y encaminarse directo a la habitación. Cierro la puerta y me quedo sola con mi silencio y las gotas constantes que caen del grifo del lavabo. Escruto mi reflejo mientras me remuevo el maquillaje. Los ojos grandes y oscuros y las pestañas tupidas son herencia de mi madre. A mí no me gustan. No quiero parecerme a ella ni en lo más mínimo, y a veces me duele reconocer lo mucho que lo hago.

Sí, son bonitos y vistosos, pero cada vez que me miro a un espejo me recuerdan a la mujer que prefirió olvidar que alguna vez me cargó entre sus brazos.

Cualquier pensamiento negativo se esfuma en cuanto veo la foto de mi hermano menor aparecer en la pantalla de mi teléfono, solicitando una videollamada. Atravieso el umbral del baño en cuanto termino allí y me apresuro a aceptar la llamada entrante. Su rostro abarca toda la pantalla.

—Sabes que estás tan cerca que puedo ver tus mocos, ¿verdad? —me burlo sin malicia.

Él finge ofensa y se aleja un poco de la cámara. No puede reprimir durante mucho tiempo la sonrisa. Yo le devuelvo el gesto.

—Qué mala. Le diré a papá… ¡Pa, ven, rápido! —grita tan fuerte que el sonido de su voz se satura a través del parlante.

Oigo pasos apresurados acercarse desde el otro lado.

—Santiago, por el amor de Dios, nuestra casa no es tan grande como para que tengas que gritar tanto, ¿sabes? —La voz de mi padre es tan cálida que hasta sus regaños suenan como un cumplido. Su rostro se ilumina al verme a mí—. ¡Dani, hija! ¡Qué grata sorpresa! ¿Qué haces despierta? ¿No es como de madrugada allí? —indaga con los ojos entornados.

Mi padre nunca ha aprendido del todo la diferencia horaria entre España y Colombia, y su pregunta es siempre la misma.

—No, pa. Aún no son ni las doce —le aclaro con ternura.

Asiente en señal de aprobación y parece relajarse al saber que no me acuesto de madrugada, aunque él no sabe que a veces se me hace imposible pegar un ojo. Y dudo que toda la culpa recaiga en la cafeína.

—Bueno, pero descansa bien, Daniela. Necesitas descansar si quieres rendir bien, ¿entiendes? De todas formas, confío en ti. Siempre has sido una niña muy responsable. Estoy muy orgulloso de ti, mi niña. Lo sabes, ¿verdad? Que estoy muy orgulloso de ti. —Sus ojos se cristalizan y una lágrima amenaza con caer en cualquier momento. Mi padre puede ponerse muy emocional cuando quiere.

Una nostalgia muy fuerte se agolpa en mi pecho de repente, y ahora soy yo la que se contiene para no lagrimear.

—Lo sé. Pero siempre es bueno escucharlo de nuevo. —Decido que es momento de darle otro rumbo a la conversación si no quiero comenzar a moquear—. ¿Dónde está la tía?

—Lo último que sé es que estaba en su patio, cuidando de sus plantas, como siempre. En cualquier momento esa mujer se convertirá en un limonero… Vamos, Santi, ve a decirle a la tía que está Dani en llamada —le ordena.

Mi hermano resopla con fastidio.

—¿Por qué tengo que ir yo? Es tu hermana.

—Y es tu tía. Anda, ve, que cada vez que yo la interrumpo cuando está plantando algo me grita.

—Bueno, bueno. Ya voy —acepta, derrotado, y desaparece de mi visión.

Mi tía aparece apenas unos segundos después. Tiene el cabello recogido, que es un poco más corto que el mío, en un moño para que no interfiera mientras trabaja en su patio. Sus manos están llenas de tierra y sostiene un pequeño cactus.

—¡Mi Dani! Qué bueno verte. Siento las pintas, estaba tan emocionada que no me detuve a limpiarme. —Apoya el cactus sobre la mesa en cuanto se percata que lo sostiene en la mano.

Le resto importancia. Me da igual si está desarreglada y llena de tierra. Esos son los momentos en los que ella se ve más feliz, y a mí siempre me ha gustado verla así. La gente con pasiones siempre tiene un brillo diferente. Más fuerte y más repleto de colores.

—No te preocupes, tía. Algún día me gustaría ver el progreso de tu patio. Ese cactus que tenías ahí se veía muy bonito.

Ella no disimula la sonrisa orgullosa que le provoca mi comentario. Su sonrisa es amplia y resplandeciente, al igual que la de mi padre, mi hermano y la mía. Es algo que los demás nos halagan con frecuencia, y eso me agrada. ¿Qué mejor que una buena sonrisa?

Un buen corazón, probablemente, pero a la gente eso le importa cada vez menos.

—Por supuesto. Eres bienvenida a mi jungla siempre que quieras.

—No es chiste, Dani. Eso de verdad parece cada vez más una jungla. Temo que algún día nos consuma o algo —interrumpe mi hermano con horror.

Todos nos reímos al unísono.

Conversamos por un rato hasta que un bostezo me advierte que ya es hora de irse a la cama. Los saludo y les prometo que intentaré llamarlos más a menudo. Cuelgo y me zambullo en la oscuridad de la habitación. Sara masculla entre sueños. Intento hacer el menor ruido posible en lo que me pongo el pijama —una camiseta holgada con una estampa de The Smiths y un pantalón corto de algodón que tengo desde los quince años con el que se me ve la mitad del culo— y, una vez hecho eso, me hundo en la comodidad de mi colchón y abrazo la almohada hasta quedarme dormida.


La alarma suena muy temprano por la mañana. Cierro los ojos con fuerza y reúno la energía necesaria para levantarme de la cama e ir por un café que me terminará de resucitar. O no. No lo sé, no siempre funciona.

Oigo la cadena del baño y veo a Sara salir. Camina hacia mí arrastrando los pies. No se nos dan muy bien las mañanas. Me saluda con un gesto vago y ninguna de las dos encuentra la voluntad de emitir palabra hasta un poco después.

—¿Irás al taller? —le pregunto, como si no fuera algo obvio, luego de darle un sorbo a mi café.

—Créeme, no se me ocurre otro motivo para estar despierta ahora mismo. —Se ha preparado un té como de costumbre y ahora se encuentra lavando la taza.

Sara dirige un taller de arte para niños y adolescentes. Hace lo que más le gusta y en lo que mejor se desempeña mientras gana dinero. Cuando nos conocimos, me contó que esa es su verdadera pasión desde muy pequeña, y que la idea de compartir todo lo que ha aprendido con el paso de los años con gente que entiende el arte como lo hace ella le hacía mucha ilusión, por lo que había decidido crear su propio taller. Es esa la razón por la cual buscaban a alguien más que ayude en la cafetería de sus padres; muchas veces Sara se encuentra dando clases.

Me apresuro a fregar mi taza para poder prepararme.

—Hoy iré al cine después del trabajo, otra vez. Darán Mamma Mia! Here We Go Again. Llegaré un poco más tarde a casa —le informo mientras termino de aplicarme la máscara de pestañas.

—¡Pero vaya novedad! —ironiza ella—. Está bien, disfruta la peli. Nos vemos por la noche.

Sara, a diferencia de mí, ya está vestida y lista para irse. Me despide con un gesto con la cabeza acompañado de una sonrisa, y atraviesa el umbral de la puerta de entrada. Cuando esta se cierra, apresuro mi camino hasta el armario.

Escojo algo fresco y suelto como para contar con la comodidad necesaria durante todo el día. A trompicones, me pongo una falda larga que compré alguna vez en una feria, junto con una musculosa marrón y, por supuesto, mis infaltables Vans negras. Una vez vestida, salgo disparada hacia la salida.

La universidad no me queda tan cerca, por lo que me veo obligada a hacer un viaje en metro cada maldito día. Odio el metro. Odio a la gente sudorosa del metro a la que le parece muy oportuno no bañarse cuando están prácticamentepegadosa otros seres humanos. No quiero sonar como una pesada, pero estoy casi segura que el transporte público corrompe a cualquiera.

Estudio Comunicación Audiovisual, lo que, supongo, es bastante predecible de mi parte. Y, no es por alardear, pero tengo muy buen rendimiento. En algunas ocasiones, incluso me han dado la oportunidad de colaborar en algún proyecto bastante serio. Me he ido abriendo camino de a poco en todo ese mundillo, y es gratificante saber que lo que hago tiene un valor. Me encanta —casi— todo acerca de la carrera, exceptuando a esas personas que no mueven ni el dedo meñique en todo el año y tienen el descaro de criticar el trabajo de los demás.

El campus me recibe, como siempre, colmado de estudiantes que van y vienen de un lado a otro. Muchos cargan equipos de luces y cámaras, y caminan a paso de tortuga para no tropezar y hacerlos trizas.

Me gusta estar aquí, entre gente que le encuentra el mismo encanto que yo al cine, a las películas y a la creatividad. Me siento comprendida, como si en realidad no estuviera a kilómetros de mi casa. Como si hubiera traído una pequeña parte de ella conmigo.

Llego a la primera clase a tiempo, justo antes de que el profesor comience a hablar. Me acomodo en un asiento y, sin concentrarme mucho en la prolijidad de mi caligrafía, comienzo a tomar apuntes en un cuaderno.

Salgo de la universidad a la hora de la comida, al mediodía. Me tomo otro metro que me deja a poca distancia del apartamento. Recibo un mensaje de Sara por la mitad de mi trayecto, preguntándome si hoy podría cubrirla en el trabajo ya que, lo más probable, es que se atrase en el taller. Normalmente no trabajo en ese horario, sino que solo algunas horas por la tarde, pero a veces Sara no puede llegar a tiempo y debo tomar su turno.

La pequeña campanilla emite su típico sonido en cuanto empujo la puerta de la cafetería. El lugar no es muy grande, por lo que puedo reconocer a algunos clientes habituales. Ellos me dirigen una mirada rápida. La madre de Sara se encuentra detrás del mostrador, mientras que el padre es el encargado de manejar la cocina.

—¡Dani! Ahí estás. Gusto en verte. Sara me dijo que cubrirás su turno por hoy, ¿verdad? —pregunta ella con una sonrisa afectuosa, a lo que termina de guardar algunos billetes en la caja registradora—. Hacerse cargo de los clientes al mismo tiempo que la caja no es para nada fácil. Lo acabo de confirmar.

—Buen día, Helena —la saludo con educación. La familia de Sara siempre ha sido muy buena conmigo—. Sí, no te preocupes.

Tomo el mandil verde salvia con el logo de la cafetería en el lado derecho —una ilustración en marrón de un café humeante— y me lo coloco sobre el cuello. Luego lo ato en mi espalda.

—Bueno, gracias por eso, de verdad. —Las líneas en su rostro se curvan en una expresión de sincero agradecimiento—. ¡Pablo, está Dani!

El padre de Sara se asoma unos segundos después por la alargada ventana detrás del mostrador que deja entrever la cocina. Trae con él un plato con uncroissanty, lo que supongo, que es una malteada de frutilla. Apoya la comida en la tabla que se dispone debajo de la ventana y dirige su mirada hacia mí.

—¡Hola, Dani! ¿Cómo va?

El padre de mi amiga es igual de dulce. Tengo la teoría de que su familia es absolutamente perfecta.

—Bien, bien. —Suspiro—. Hora de empezar, ¿no?

Tomo una bandeja en la que apoyo el croissant y la malteada, junto con el papelito que indica la mesa a la que pertenece.

—Ten cuidado, creo que me sobrepasé con la cantidad de malteada y podría rebalsar —me advierte Pablo.

El líquido amenaza con derramarse en cualquier momento, pero ya me he acostumbrado a la presión.

—No se preocupe. Pan comido.

Sigo entregando cafés hasta que se acercan las siete de la tarde. La función en el cine comienza en unos pocos minutos. Para mí buena suerte, la jornada termina justo en ese momento. Los últimos clientes salen por la puerta y esa es mi señal para irme yo también. Cuelgo nuevamente mi mandil y despido a los padres de Sara, que se encuentran recogiendo todo para cerrar la cafetería.

No tengo que caminar demasiado para llegar al cine, lo cual me viene de maravilla, porque tampoco soy muy alta y mis pasos no son muy largos. Ni rápidos.

Entro en la sala con la película ya iniciada. Me perdí los primeros minutos, pero sé casi que de memoria cada fragmento, por lo que no es que me afecte demasiado. Lo que sí lamento es que no alcancé a tiempo para comprar algunas palomitas, pero me reconforta al instante la comodidad de la butaca que escogí: justo en el medio, ni tan arriba ni tan abajo. El sitio perfecto.

La película está a punto de llegar a su fin con la escena de My Love, My Life, otra de esas en las que debo hacer un esfuerzo extra para que mis ojos no se cristalicen y no terminar llorando a moco tendido en medio de la sala.

Aunque, por lo que puedo oír una vez que la película finaliza, alguienque está llorando a moco tendido en medio en la sala.

Y no soy yo. No esta vez.

Intento localizar el origen del sollozo, interrumpido por breves respiraciones —probablemente esa persona también está tratando de recomponerse, aunque, evidentemente, no con mucho éxito—. No somos demasiados en la función, por lo que debería ser fácil detectar de dónde proviene. Alzo la vista por detrás mío. Unas butacas más arriba, un hombre fornido levanta a una pequeña en brazos. No alcanzo a ver quién, o quiénes, están en los sitios detrás de él, ya que se interpone en mi visión.

En cuanto se aparta para irse, lo veo.

A él.

Tratando de secar sus lágrimas y acallar su llanto, un chico se dispone detrás de todo, en el fondo, en lo más alto. No hay nadie más a sus costados; supongo que vino solo, al igual que yo. Se ve muy abstraído en su mundo… Al menos hasta que su mirada choca con la mía y sus ojos se abren como si lo hubiera descubierto haciendo algo in fraganti. Rápidamente, voltea su rostro hacia la derecha y casi puedo percibir sus músculos tensarse. Supongo que lo interrumpí en un momento un poco… íntimo. A nadie le gusta que otra persona lo vea llorar, y menos en una situación como esta.

No puedo vislumbrar demasiado cómo se ve a causa de la luz tenue de la sala. Su cabello es indudablemente rubio, o de algún tono claro. Se lo acomoda frenéticamente, como si nunca fuera suficiente. Parece despeinarse más que peinarse. Tal vez solo es el efecto de sus rizos desordenados. No lo sé, pero le queda sorprendentemente bien. Rehúye mi mirada, pero yo no puedo quitarle los ojos de encima. No porque sea extremadamente guapo —aunque un poco sí, para qué mentir—, sino porque me resulta curiosamente simpático. Puedo jurar que su tono de piel no es en realidad tan rosado como parece, y que solo se está sonrojando. ¿Por… mí?

Se hunde en su asiento, incómodo, hasta que finalmente se pone de pie con la intención de encaminarse hacia la salida. Me sorprendo en cuanto se levanta. Sentado, nunca podría haber adivinado lo alto que es. Es decir, como muy alto.

Intento, lo más rápido que puedo, encontrar un pañuelo entre el desorden de mi bolso. Nos separa una distancia considerable, por lo que, cuando yo alcanzo la salida, él ya no está.

Una mueca cargada de cierta decepción transforma mi semblante. No sé quién sea. No tengo ni la menor idea. Pero esa breve interacción-nointeracción-momentoincómodomásparaélqueparamí me despertó una curiosidad incontenible. Y que, además, no tiene ningún tipo de sentido.

Aún sostengo el pañuelo en mi mano. Supongo que no tendré la oportunidad de dárselo.

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