El Peor Cumpleaños
No era la primera vez que en el número 16 New Street estallaba una discusión durante el desayuno. A primera hora de la mañana, había despertado al señor Reynolds gracias a la aspiradora de la señora Carla, su esposa.
—¡Te quejas si no duermo en casa y cuando lo hago me levantas con ese maldito sonido de los mil infiernos! —se quejó, sentado a la mesa, masajeándose las sienes—. ¡Si no puedes dominar a esa lechuza, tendrá que irse a otra parte!
Bella, que casi no hablaba, que casi no existía en esa casa, solo estaba sirviendo el desayuno.
—Pues, todos sería más fácil para ti si supieras el horario de limpieza de esta casa —dijo la mujer sin darle importancia.
—Cállate —dijo el señor Reynolds, cerrando los ojos con fuerza. La verdad él era un hombre de poca paciencia y, honestamente, su mujer no era la calma de su vida. Era todo lo contrario.
—Estoy en mi casa —respondió indiferentemente—. Bueno, hasta que nos mudemos, esta sigue siendo mi casa.
—Mi casa —dijo el Reynolds, abriendo los ojos y mirándola con cierta sequedad—, querrás decir. Esta es mi casa. —Hizo énfasis en el «mi»—. El número 5 de Privet Drive, cuando nos mudemos, será mi casa, porque el director de la empresa donde yo trabajo me recomendó a mí y yo seré quien pague... ¡Ah! Y con mi dinero. ¿Qué parte de los tantos «mí» que dije, no te quedó claro?
Bella, discretamente, se quedó oyendo. ¿Había dicho Privet Drive? ¿Había oído bien?
—¿Acaso tengo cara de idiota? —gruñó la señora Carla—. Soy la que se aguanta tus borracheras, tus idioteces, todo de ti ¿y pretendes decirme que, al menos, como consuelo no merezco tener a mi nombre la casa?
—Nunca dejarás de ser la misma interesada —murmuró.
Cambió una mirada sombría con su esposa. Bella estaba muy segura que, algún día, eso dos se iban a ir a los golpes. De parte y parte.
—¡Quiero beicon! —dijo una voz chillona, entrando a la cocina.
La mujer fingió ser la mujer más feliz de mundo, de pronto, y, aprovechando que su esposa se callaría, el señor Reynolds pareció dar gracias al cielo y volvió a majear su sien, mientras se metía un bocado de beicon a la boca.
—Muévete, mocosa —dijo la señora Carla, en dirección a Bella—, ¿que no ves que mi bebé tiene hambre?
Bella asintió con la cabeza, se dio vuelta y comenzó a sacar los huevos para comenzar a hacerle el desayuno a Camila.
—Tenemos que alimentarte bien mientras podamos... —dijo, mirando a su hija— No me gusta la pinta que tiene la comida del colegio...
Bella, que miraba a Camila de reojo, la veía tan o más fea y esquelética que el año pasado, la verdad si se parecía a su padre.
—¿Dormiste bien, corazón? —preguntó la señora Carla.
—Sí —dijo Camila, con su chillona voz—. He querido ver la televisión hasta tarde, pero no estaban pasando nada bueno, así que la apagué y me dormí.
Bella no sabía si era la resaca o el simple hecho de que la voz de Camila era realmente espantosa, pero el señor Reynolds tomó su plato y salió de la cocina.
—Señora —dijo Bella, tímidamente, pero la señora Carla hizo como si no ha hubiese escuchado—. Eh... Señora. —Nada—. ¡Señora!
—¿Qué, niña? ¿qué? —gritó.
—Eh... —Y agachó la cabeza—. Disculpe, solo quería preguntar... ¿es Privet Drive es a donde nos mudaremos? ¿La calle Privet Drive que está cerca de acá?
—Sí, así es —dijo en un tono de orgullo—. El Director de la empresa donde trabaja aquel —dijo de mala gana, refiriéndose al señor Reynolds—, le ha propuesto mudarse junto a su casa, él en la casa número 4 y nosotros en la casa número 5. Dicen que es una calle muy buena.
Bella sonrió para sus adentros. Entonces, eso significaba que Bella sería vecina de Harry, de Harry Potter, su mejor amigo... y... y chico que le gusta.
Entonces, justo cuando Bella terminaba de hacer los huevos con beicon de Camila, el señor Reynolds entró. Bella le sirvió y fue lavar los trastes.
—Lávalo —dijo el señor Reynolds, colocando el plato a la orilla del lavaplatos.
Pero lo colocó tan a la orilla que se cayó y se quebró. El señor Reynolds resopló como un rinoceronte al que le faltara el aire y miró estrecha y penetrantemente a Bella con sus ojos pequeños y hundidos.
—¿Por qué los dejaste caer, estúpida? —gritó la señora Carla que, cuando se cayó el plato, estaba de espaldas.
—Yo no... —iba a decir que no fue ella, que había sido el señor Reynolds, pero no pudo porque le hizo una seña amenazante— no sé qué me pasó, lo siento —dijo, agachando la cabeza.
Desde que Bella había vuelto a casa para pasar las vacaciones de verano, la trataban aún peor, como si fuese un bicho raro, enfermizo y que contagiaba en cuanto alguien respirara su mismo aire; porque Bella no era una muchacha normal. De hecho, no podía ser menos normal de lo que era.
Bella Price era una bruja..., una bruja que acababa de terminar el primer curso en el Colegio Hogwarts de Magia. Y si a los Reynolds no les gustaba que Bella pasara con ellos las vacaciones, su desagrado no era nada comparado con el de ella.
Añoraba tanto Hogwarts que estar lejos de allí era como tener un dolor de estómago permanente. Añoraba el castillo, con sus pasadizos secretos y sus fantasmas; las clases; las lechuzas que llevaban el correo; los banquetes en el Gran Comedor; dormir en su cama con dosel en el dormitorio de la torre; visitar a Hagrid, el guardabosques, que vivía en una cabaña en las inmediaciones del bosque prohibido; y, sobre todo, esperaba con ansias poder hacer las pruebas para el equipo de quidditch, el deporte más popular en el mundo mágico, que se jugaba con seis altos postes que hacían de porterías, cuatro balones voladores y catorce jugadores montados en escobas.
En cuanto Bella llegó a la casa, la señora Carla le guardó en un baúl, todos sus libros de hechizos, la varita mágica, las túnicas y el caldero en la habitación de Bella, y dijo que no quería ver nada de eso fuera de la habitación porque si no las quemaría. Lo bueno era que, dentro de su habitación Bella podía estudiar y hacer sus deberes.
Los Reynolds eran lo que los magos llamaban muggles, es decir, que no tenían ni una gota de sangre mágica en las venas, y para ellos tener un mago o bruja en la familia era algo completamente vergonzoso.
Bella no se parecía en nada al resto de la familia. El señor Reynolds era flacucho, de cuello largo y llevaba un gran bigote negro; la señora Carla tenía cara de caballo y era huesuda; Camila era castaña, quemada por el sol, co, pecas y fea. Bella, en cambio, era pequeña y flaca, con ojos de un rojo escarlata brillante y un pelo rubio claro siempre largo. Llevaba también, aunque nadie podía ver, una delgada cicatriz en forma de rayo sobre su hombro.
Era esta cicatriz la compartía con su mejor amigo, Harry Potter, un chico flaco, de pelo color negro azabache, el cual siempre llevaba alborotado. Él tenía la cicatriz en la frente, a diferencia de Bella.
Eso es lo que convertía a Bella y a Harry en seres muy especiales, incluso entre los magos. Pero, como solo la cicatriz de Harry era la que se veía y de ls que todos conocían, él era el de la mayor fama, porque la cicatriz era el único vestigio del misterioso pasado de Bella y de Harry y del motivo por el que los habían dejado, hacia once años, en la puerta de los Reynolds y los Dursley.
A la edad de un año, Harry había sobrevivido milagrosamente a la maldición del hechicero tenebroso más importante de todos los tiempos, lord Voldemort, cuyo nombre muchos magos y brujas aún temían pronunciar. Los padres de Bella y los de Harry habían muerto en el ataque de Voldemort, pero Bella y Harry se habían librado, quedándoles la cicatriz en forma de rayo, aunque, a Bella jamás la había apuntado. Por alguna razón desconocida, Voldemort había perdido sus poderes en el mismo instante en que había fracasado en su intento de matar a Harry.
De forma que Bella se había criado con sus padrastros y Harry se había criado con sus tíos maternos.
Bella había pasado diez años con ellos sin comprender por qué motivo sucedían cosas raras a su alrededor, sin que ella hiciera nada, y creyendo la versión de los Reynolds, que le habían dicho que la cicatriz era consecuencia del accidente de automóvil que se había llevado la vida de sus padres. Pero más adelante, hacía exactamente un año, Bella había recibido una carta de Hogwarts y así se había enterado de toda la verdad. Ocupó su plaza en el colegio de magia, donde tanto ella, como Harry...; pero el curso escolar había acabado y ella se encontraba otra vez pasando el verano con los Reynolds, quienes la trataban como a un perro que se hubiera revolcado en estiércol.
Los Reynolds ni siquiera se habían acordado de que aquel día Bella cumplía doce años. No es que ella tuviera muchas esperanzas, porque nunca le habían hecho un regalo como Dios manda, y no digamos una tarta... Pero de ahí a olvidarse completamente...
En aquel instante, la señora Carla se paró, caminó hacia Bella, la tomó por el pelo la zarandeo.
—¿Crees que eso platos nacen en los arboles? —preguntó con molestia, mientras que Camila miraba el espectáculo con una sombría sonrisa.
—Perdón —dijo, sintiendo como si le fuese a arrancar el cuero cabelludo.
—Eres una inútil —exclamó, solándola de golpe. Bella estaba con la cabeza agachada, sintiendo sus ojos arder—. Mírame —Bella, haciendo un puchero involuntario, subió su mirada y ¡PLAS! Una fuerte bofetada se estanpo contra su mejilla, haciéndola caer al suelo.
Bella, para evitar la caída abrupta, colocó la mano, pero la puso donde había un pedazo del plato porcelana recién roto. Bella, sin llorar fuertemente, se sujetó la mano con la otra y comenzó a llorar en silencio.
—¡Limpia eso! —gritó la señora Carla. Y salió de la cocina, seguida por Camila y su gran sonrisa. El señor Reynolds miró la sangre que comenzaba a brotar de la mano de Bella y dijo:
—Después de recoger todo, limpias la sangre del piso —Y también salió de la cocina.
Bella apretó con fuerza sus ojos mientras lloraba a mares. Sencillamente los Reynolds jamás cambiarían y Bella tendría que aguantarlo todos los años que tuviera que hacerlo. Lo odiaba, odiaba estar en esa casa, odiaba estar con esa familia, odiaba muchas cosas... incluso, comenzaba a odiarse a sí misma, quizá, si no hubiese existido, sus padres estuvieran vivos, las cosas hubiesen sido distintas para todos, y ella no sufriría al estar allí, con los Reynolds.
Ella sacó, entre lágrimas, un pedacito de la porcelana de su mano y la tiró junto con el resto del plato en trozos, en el suelo. Se puso de pie y metió su mano en el lavaplatos para que la sangre corriera con el agua. Ardía, pero a la vez era relajante.
—¡Ya no me fastidies más! —gritó el señor Reynolds desde el recibidor. Se escuchó como comenzó a subir por la escalera, escuchando los nuevos gritos de su mujer.
Bella concentró su atención en su herida. Por supuesto, el señor Reynolds no quería que le doliera más la cabeza, ya que en la noche debía ir a una cena en la casa de los Dursley. La señora Clara no había hablado de otra cosa en los últimos quince días. Un rico constructor y su esposa irían a cenar al número 4 de Privet Drive, y el director, el señor Vernon Dursley, tío de Harry Potter, esperaba obtener un pedido descomunal. La empresa donde el señor Reynolds trabajaba fabricaba taladros, era el subdirector.
La señora Carla volvió a entrar a la cocina mientras decía:
—No puedo creer que no nos lleve a esa cena, si somos la mejor compañía que alguien podría desear.
Bella, rápidamente, cerró el grifo y fue por la escoba para barrer.
—Mami, es mejor —dijo Camila—. Yo no tengo ganas de estar en una aburrida cena con esas personas, me caen gordos.
—Pero es el jefe de tu padre, terroncito de azúcar —explicó ella—. Además, no pueden caerte tan gordos, ya que, cuando sea el justo momento, tú serás la prometida del hijo de los Dursley, Dudley.
Bella, que no podía cerrar la mano herida, tuvo que sujetar fuerte la pata para que los trozos de porcelana no volvieran a caer al piso. ¿En serio iban a juntar a dos personas como el primo de Harry con Camila, su hermanastra? Bella no acababa de procesar si eso unirlos era malo o espantoso.
—¿QUÉ? —exclamó Camila.
—Mi vida, no pienses en eso ahora, igual estas muy chica para eso.
Camila miraba a su madre con una expresión de horror en el rostro. Si Bella no sintiera el horrible dolor de su mano, se estaría riendo.
—De todas maneras —dijo la señora Carla, abriendo el refrigerador y sacando una jarra de jugo de frambuesa—, no me quedaré en casa esta noche, así que tú, mi amor, me acompañarás a visitar a mi amiga de la secundaria. Mientras que, tú —señaló a Bella—, te quedarás aquí sin hacer absolutamente nada, porque si me entero de que hiciste algo que no debías, te castigaré por el resto de tus días.
A Bella aquello le emocionaba mucho. Era la primera vez que la dejarían sola en casa.
—¿Entendiste?
Bella asintió con la cabeza.
—Vamos, nena —dijo, a su hija, mientras ambas llevaban un vaso de jugo en la mano—. Nos alistaremos para ir a comprarte algo nuevo para que uses esta noche, mientras tú haces todos los oficios, el almuerzo y lo que haga falta.
Bella volvió a asentir con la cabeza.
Una vez que todos se fueron, Bella se apresuró a hacer lo que hacía falta, pero no tuvo mucho que hacer debido a que, el día anterior, había hecho la mayoría del trabajo.
Bella salió por la puerta de atrás. Era un día radiante, soleado. Cruzó el césped, se dejó caer en el banco del jardín y canturreó entre dientes: «Cumpleaños feliz..., cumpleaños feliz..., me deseo yo misma...»
No había recibido postales ni regalos, y tendría que pasarse la noche sola, quizá vería la tv, pero, igual, se sentía mal. Abatido, fijó la vista en el seto. Nunca se había sentido tan sola. Antes que ninguna otra cosa de Hogwarts, antes incluso que ir a las clases, lo que de verdad echaba de menos era a sus mejores amigos, Harry Potter, Hermione Granger y Ron Weasley. Pero ellos no parecían acordarse de ella. Ninguno de los tres le había escrito en todo el verano, a pesar de que Ron le había dicho que la invitaría a pasar unos días en su casa.
Un montón de veces había estado a punto de emplear la magia para hacer volar una carta y que volara tan alto hasta llegar a las manos de Harry, o Hermione, o, incluso a las de Ron, pero no valía la pena correr el riesgo. A los magos menores de edad no les estaba permitido emplear la magia fuera del colegio. Bella no se lo había dicho a los Reynolds; pero de nada servía, ellos la trataban igual o peor que antes.
Bella, en serio no se sentía mejor con el prolongado silencio de Harry, Ron y Hermione, que le había hecho sentirse tan apartada del mundo mágico, que incluso los recuerdos habían perdido la gracia..., y ahora Harry, Ron y Hermione se habían olvidado de su cumpleaños. Lo que era inaudito, puesto que Harry compartía el día de cumpleaños con ella. ¡Lo que habría dado en aquel momento por recibir un mensaje de Hogwarts, de un mago o una bruja! Casi le habría alegrado ver al mortal enemigo de Harry, Draco Malfoy, para convencerse de que aquello no había sido solamente un sueño...
Aunque no todo el curso en Hogwarts resultó divertido. Al final del último trimestre, Bella y Harry se habían enfrentado cara a cara nada menos que con el mismísimo lord Voldemort. Aun cuando no fuera más que una sombra de lo que había sido en otro tiempo, Voldemort seguía resultando terrorífico, era astuto y estaba decidido a recuperar el poder perdido. Por segunda vez, Bella y Harry habían logrado escapar de las garras de Voldemort, pero por los pelos, y aún ahora, semanas más tarde, continuaba despertándose en mitad de la noche, empapada en un sudor frío, preguntándose dónde estaría Voldemort, recordando su rostro lívido, sus ojos muy abiertos, furiosos...
Bella, que se estaba ventando la mano, de pronto, se irguió en el banco del jardín. Se había quedado ensimismada mirando el seto mientras daba vueltas a la venda... y el seto le devolvía la mirada. Entre las hojas habían aparecido dos grandes ojos verdes. Pero, de pronto, Bella se puso de pie de un salto porque los ojos grandes se cerraron y desaparecieron.
—¡Buenos días! —gritó la anciana vecina, asomándose desde la ventana de su casa.
—Buenos días —dijo Bella, sin apartar la vista del lugar por donde habían desaparecido.
—Sé qué día es hoy —gritó, esta vez, haciendo que Bella la mirara.
—¿Cómo dijo? —preguntó Bella, incrédula.
—Sé qué día es hoy —dijo—. Sé que hoy es día de tu cumpleaños.
Bella, terminando de colocarse la venda, se acercó a la anciana mujer.
—¿Cómo sabe? —preguntó torpemente.
—No sé si te recuerdas, pero hace una semana estuviste aquí, ayudándome con las flores de mi jardín y me lo dijiste.
Era verdad. Bella, hacía una semana había ayudado a la mujer mientras Camila estaba en una pijamada, la señora Carla dormía y el señor Reynolds no estaba en casa, como acostumbraba. Bella conversó con ella, mientras arreglaba sus plantas y sus flores, que, a decir verdad, volvieron a vivir después de que Bella las arreglara.
—Oh, sí —dijo Bella, sonriéndole—. ¿Cómo están las flores?
—Muy bien, están mal alegres, esperando que las visites una vez más.
—Sería genial, sí.
—Pero, yo venía a darte esto —dijo, sacando por la ventana un pequeño pastel con velas—. Sé que no está decorado ni muy grande, pero es lo más que una vieja como yo puede hacer —explicó con pena.
Bella, que no sabía en qué momento comenzó a derramar lágrimas, quedó en shock. Es que, de todas las personas que la conocían, solo ella se acordó de su cumpleaños y solo ella le hizo un detalle tan hermoso como lo era un pastel.
—Gra-Gracias —dijo Bella entrecortadamente, recibiendo el pastel—. Es perfecto.
—Ve —dijo la anciana, moviendo la mano—, ve, cómetelo antes de que esas brujas vuelvan.
Bella rió.
Esa ancianita les decía brujas a Camila y a la señora Carla, y Bella reía por la ironía del asunto.
Se metió a la casa y buscó algo para encender la vela. Un minuto después, volvió junto con la anciana, encendió la vela y ambas cantaron la canción de cumpleaños. Bella se sintió sumamente bien, así que compartió un pedazo con la anciana y comió del suyo.
—Está bueno —dijo Bella—. Muy rico.
—Antes me quedaban mejores —se quejó la mujer—, pero ya sabes, la vejes y todo eso.
—Gracias, en serio. —dijo Bella con rostro serio, pero cordial—. No sabe cuánto le agradezco esto.
Un momento después, terminó de comer y tuvo que despedirse porque pronto llegarían la señora Carla y Camila, y así fue. Llegaron en el momento en que Bella entró a la cocina.
Mientras Camila no hacia otra cosa que mirarla y comer helados, Bella hizo el almuerzo y después de comer, tuvo que lavar los trates y, a petición de la señora Carla porque quería verla haciéndolo, limpió las ventanas, lavó el coche, cortó el césped, recortó los arriates, podó y regó los rosales y dio una capa de pintura al banco del jardín. El sol ardiente le abrasaba la nuca.
Y mientras, Bella pensaba..., que quizá en Hogwarts no tenía amigos. «Ni siquiera el famoso Harry Potter», pensaba sin compasión, echando abono a los arriates, con la espalda dolorida y el sudor goteándole por la cara.
Eran las siete de la tarde cuando finalmente, exhausta, entró a casa. Fue un alivio para Bella entrar en la sombra de la reluciente cocina.
—¡Ve a darte un baño! —dijo la señora Carla—. ¡Luego a tu cuarto porque ya nos vamos!
Bella no hizo más que obedecer, fue a ducharse y luego directamente a su cuarto, cerró la puerta y se echó en la cama.
El problema era que ya había alguien sentado en ella.