Chapter I
Imagínense hallarse a finales del siglo XII e inicio del XIII. Aún Amsterdam no fue creada, le decían Amstel-Dam.
En un lejano pueblo de pescadores existían rincones hermosos y un río en especial que era frecuentado a menudo por tres jóvenes muy bellas. Se decía que estaban unidas más que por ese vínculo de sangre establecido, lo que no sabían es que estaban obligadas a guardar silencio y jamás rebelar sus orígenes como también cierta habilidad que poseían cada una. Else era la mayor, le seguía Agatha y por último Delia.
A veces salían de su refugio para comprar alimentos o para salir al bosque por plantas medicinales o adornos para la casa o el cabello. O sea flores...
No regresaban tarde porque les gustaba realizar en su mismo hogar esos mejunjes como también alguna poción. Especialmente Else convencía a sus hermanas menores para reunirse en círculo, enlazar sus manos es decir las unían para que a continuación estuvieran en contacto espiritual, y pasaban minutos ahí sin querer abandonar ese lugar de sombras. A veces parecían poseídas cuando alguna de las tres hablaba en voz baja o susurraba alguna palabra extraña.
El sol apareció sobre el horizonte y ambas hermanas mayores despertaron una detrás de otra, empezaron sus labores, dispuestas a todo, incluso tenían planeado lo que harían el resto del día. Sin embargo Delia lo que quería es irse a un lugar donde habitaban otros seres. Según Agatha los mortales estaban a kilómetros de ellas, pero se percibían más cerca de lo posible. Y más si ellas se atrevían a cruzarse con alguno. Else temía respirar su mismo aire, entrar en contacto con unos desconocidos sin saber cuáles eran sus intenciones. A la pequeña le fastidiaba oír sus sermones cada tarde, no estaba de acuerdo.
Se sabía que los aldeanos ponían sus puestos cerca del río y vendían de todo.
Ella deseaba ir, soñaba con ello. Por eso tenía decidido ir sin que lo supieran sus hermanas.
En la tarde decidió poner sus pies en marcha, paseo por el sendero cuyo suelo estaba empedrado por rocas de diferente tamaño. En algún instante sintió el reboleteo de algún pájaro, más allá pudo ver alguna ardilla recorriendo un árbol. Habían algunos abetos que podías contemplar si escogías la colina adecuada para poder atajar; eso hizo Delia. Llegaría pronto al ese lugar.
Atravesó medio bosque y cada vez faltaba menos. Hasta se podía oír algún murmullo o ruido de personas. No temía encontrarse algún animal incluso escuchó maullidos.
Delia se adentró hasta aquella zona donde había público. Presente en sus puestos o lejos de ellos. Divisó a una mujer linda y parecía simpática cuando la observo reírse de sí misma. Jamás había hecho amigas por ello se imaginó que ella podría encajar a la perfección en ese ideal.
También habían hombres, esos mortales que trabajaban en silencio o quejándose de la calor. Y lo hacían de sol a sol, trasladando la mercancía o ayudando a sus esposas e hijos. Podía ver desde su posición una yegua pispireta es decir era una hembra con un pelaje envidiable y hasta podía trotar con gracia si se la dejaba. Pero esa misma estaba anclada junto a un árbol.
Se acercó hasta Julieta, así oyó como la nombran. Era la posadera que vendía limonada y un jugo de color azulado.
Reconoció que era amable, mantuvieron una conversación inicial mediante un saludo de cortesía. Comprendía que se hacía todo más fácil si se mostraba solicita, pero sentía el apremio de que no podía estar todo el tiempo que ella deseaba y estaba segura que sus hermanas la extrañarían.
Al regresar a la travesía no se percató de que la luz del sol no llegaba como antes. Desapareció del camino tras avanzar por el sendero, hizo viento; Delia divisó como algo empujaba a las hojas hasta levantarlas del suelo y enviarlas lejos. A ella no le gustaba sentirse desprotegida y más sabiendo que la noche se imponía en breve, lo único que la tranquilizaba es la Aparición de las estrellas tanto como la luna, gracias a ellas se podía guiar por allí. Ojala hubiera hecho caso de Else cuando le dijo: «No desobedezcas cuando te digo que es peligroso ir tú sola a cualquier sitio».
Creyó que la acechaban hasta sintió un ruido, enseguida marchó pero tuvo un tropiezo sin darse cuenta. Ignoraba que al caer luego le iba a costar levantarse y aún menos sentir un dolor en una parte de su cuerpo. Vio la sangre o más bien alguna gota caer al suelo, no parecía de importancia pero seguía doliendo.
—Maldita sea, ¿Por qué las piedras suelen ser tan puntiagudas?
Allí seguía quejándose, luego se sentó en una piedra más grande que estaba situada cerca de un árbol. Ya había pasado antes por allí y jamás tuvo la tentación de curiosear pero aprecio que el árbol tenía un tamaño considerable sin embargo su aspecto tétrico lo delataba. Estaba segura que era el mismo algo viejo y que por años seguía ahí sin que un mortal decidirá talar para enseguida llevárselo consigo.
Delia intento levantarse y no espero que por allí alguien pasara, podía oir un silbido a los lejos. ¿Era noche, no? ¿Quién osaría adentrarse en el bosque?
Hubo un aparecido, al parecer un muchacho y quizás de su misma edad. Se le veía preocupado mientras sostenía con su mano una antorcha. Delia pudo sentir el calor cada vez más cuando ese joven reducía la distancia entre ambos. Eso hizo mantener su fe, pensó que el sería un héroe tan oportuno que vendría a rescatarla de entre las sombras. Comprobó que era apuesto incluso creyó estar soñando. Él en cambio se sorprendió al verla allí, tan sola y algo magullada. Al principio el no se dio cuenta, luego...
Se acercó sin prisa, asegurándose que la joven no iba a gritar a verle. El sabía que era un extraño y nunca se sabe. Para Delia el era una visión única e irrepetible cuando observo su aspecto, su color de pelo... esa camisa abotonada hasta el cuello, el parecía humilde y de buenos sentimientos.
Percibió su olor a menta, no sabía a ciencia cierta su real aroma ni su condición es decir si era un simple campesino o un noble. Cuando lo tuvo en frente siguió deleitándose sobretodo apreció su sonrisa. Incluso el tiempo pareció detenerse en ese preciso momento.
Fue breve el intercambio de miradas hasta fluyeron las gestos sin preaviso como algún monosílabo que no detallaba nada. Pero esas preguntas por adelantado no podían faltar; ¿Quién eres? ¿Que haces aquí? ¿Estas perdida?
Delia se sintió cohibida, pero supo responder a la segunda cuestión y la tercera con un no. Quiso dar sus primeros pasos pero le falló el equilibrio, él la sostuvo a tiempo. Delia confíaba, le supo grata su compañía mientras la acompañaba hasta su hogar. No le pareció un delincuente de los que mencionaba Else en sus relatos. Corroboró también que era chistoso, y eso la ganó. Le gustaba oírle a pesar que aquel instante de magia duraría poco. Luego escuchó alguna frase ridícula antes que llegara el momento de separarse.
—Gracias por todo buen hombre.
—No soy un adulto mejor dime Lucas.
—No, por favor. Jamás osaría dirigirme así a un extraño.
—Que te ha salvado la vida.
Sonríen ambos mientras el viento sopla, sus cabellos se mueven, y ese transcurso mínimo de tiempo pueden sentir la fuerza de atracción. Es decir ambos se reconocen más que nunca, y saben que no quieren ese adiós.
«Tuve suerte»
Se sintió afortunada por encontrarse con ese mortal, también suponía un problema si sus hermanas se enteraban de lo ocurrido. Pero no quería pensar más en ello y avanzó hasta dirigirse a aquella luz que tintineaba. Siempre ocurría.
—Mecachis, ¿Como iba a explicarse ahora?
—¿Puedes decirme a dónde fuiste? Pensé que te habían raptado o algo peor.
—Tranquila hermana, estoy de una pieza.
—Sigues sin responder a la simple pregunta.
—Quise dar un paseo, me perdí y luego...
Else se fijó en su rodilla sangrante.
Delia se sobrecogió al ver dónde dirigía su mirada.
—Esto, me caí.
—Siempre tan torpe, entra de una vez.
Delia obedeció, pasó por su lado cabizbaja, sintiendo remordimiento. Aunque se podía decir que la joven estaba a salvo.
Al día siguiente las jóvenes brujas se reunieron. Else notó a su hermana menor desganada quiso provocarle alguna risa contándole una anécdota de las suyas, pero Delia seguía sumida en sus pensamientos. Más tarde recibieron todas una nota. Else leyó: mis queridas niñas no sabéis cómo os extraño, me falta vuestra alegría aunque vuestro tío intenta suplir el vacío...ya sabéis que sufrió de alguna fiebre y que estuvo semanas convaleciente. Sin embargo mejoró mágicamente, para mí un alivio encontrarlo de buen ánimo y charlatán. A lo que voy quiero pasarme a visitaros por unos días, me gustaría saber de ustedes. Hasta pronto tía Adele.
Delia se puso contenta por la noticia, Agatha y Else no entendían su cambio.
En la tarde fueron participes de que hubiera orden y limpieza, la mayor organizo cada armario, era necesario desocupar alguno para la vestimenta de la tía; Agatha mediante unas palabras desencadenó un remolino, su fin era dejar las lámparas con brillo pero no lo consiguió. Como resultado termino rompiendo las del salón, Delia termino en su alcoba, no iba a limpiar porque se formó una discusión entre hermanas. Quería ponerse un vestido apropiado para recibir a su tía, escogió el verde azulado.
La mujer llegó puntual y como antes acostumbra a tocar por tres ocasiones en la puerta, aún recordaba la consigna.
Delia quiso ser la primera en darle la bienvenida. Del impulso dejo tirando el libro que recién cogió de la estantería que ocupaba en el centro de la sala. No hubo demasiados abrazos porque la tía llego cansada del viaje. Tampoco conversaron demasiado, además les esperaba una noche larga, en algún momento recordaron a Kasandra, ella que formó parte de las vidas de las cuatro mujeres que estaban sentadas frente a la chimenea recibiendo los graznidos del fuego de la chimenea.
La primera que madrugó fue la misma invitada, la tía quería aprovechar en preparar un suculento desayuno a sus sobrinas. Había desde mantequilla, un trozo de requesón y unos panecillos recién hechos al "horno" de leña. Las jóvenes no esperaban algo así, y se les abrió el apetito como nunca.
Quizás otra noche termine por refrescar, quizás pase un día diluviando sin parar pero aquel ambiente era idóneo. Reinaba la felicidad en esa familia. Sin embargo salió el sol, oportunidad para observar desde la ventana el primer resplandor, y no querían pasarlo encerradas.