Prólogo
La bendición de los dioses fue plasmada en el pequeño retoño a nacer, recubierto por los pétalos de una flor desconocida y, levitando en el receptáculo de la misma, se encargaba de absorber los nutrientes magnánimos de sus progenitores y se preparaba para iluminar al alto mundo con su presencia.
Bajo la luz de la luna llena de un Noviembre siete, en el palacio de la abundancia, yacía la diosa de la belleza envuelta en los brazos de quien era su cónyuge, el dios de la inteligencia y sabiduría, ambos cansados y drenados totalmente por la floración de la anémona que envolvía la pureza de su nuevo primogénito, chillante y llorando apareció el recién nacido ante sus ojos. Alegres por la buena nueva, su madre apresó al cuerpecito tibio entre sus brazos y dejó un casto beso en la pequeña frente, ascendiendo sus ojos a su gran amor, afirmando con certeza que el sufrimiento y el cansancio había válido totalmente la pena al ver la sanidad que el bebé gozaba.
Lixiu fue su nombre, hijo de Amadarany y Dexao, que creció en un hogar vacío pero lleno de subordinados, sus padres se mantenían ocupados todo el tiempo pero por medio del vínculo le atiborraban de amor, serenidad y regocijo. En sus hombros pesaba la responsabilidad de los títulos de sus padres, continuar el trabajo y llenar el alto mundo de bellos y sabios dioses para mantener la estabilidad entre los mortales, aunque su futuro se decidiría al cumplir dieciocho años y se aproxime su oficial titulación.
Pobre de aquel mortal o semidios que se enamore del egocentrismo encarnado, o peor quien lo odie con toda fuerza, pues del odio al amor hay una hebra sumamente fina y un solo paso.