El Volar De Las Polillas
“¿Y a dónde irán los niños cuyas casas fueron arrasadas? Cuyos campos fueron quemados. Aquellos que obtuvieron la orfandad por producto de un azar provocado. A donde habrán de desembocar los ríos de toda la sangre regada en nuestra patria. Donde encontraran reposo y consuelo cuando los regazos donde dormían y los brazos que les abrazaban yacen mutilados en las calles. Ellos, irán directo a las manos de señores de la guerra, esclavistas o traficantes. Ellos crecerán y se volverán los tiranos que nos mataron y arrasaron años atrás. Sus mentes carecerán de amor y empatía, solo conocerán la violencia y el miedo. Obtendrán un deseo de venganza por su infancia arrebatada. Encontrarán en el sufrimiento de otros un gusto exquisito y sus mentes se pudrirán en la decadencia. Ellos son los tiranos que nos gobernaron ayer, que nos pisan hoy, y nos aniquilarán mañana.”
‒ L. Glutt, El Libro Gris
‒¿Puedes ver, las cicatrices que me rodean? – le cuestiona con una voz tan dulce, que Illushyn tuvo que voltear a verle a los ojos.
Distrajo su vista en aquel rio, y dejo de ver a los miles de muecas oscuras que se posaban en las sombras, atraído por la voz de su amor. El viento empujaba las nubes que amontonadas reverenciaban a la luna quebrada. Sobre las rocas, con sus pies temblando de frío frente al inminente arribo del invierno. Desnuda, sus pechos apenas manifestándose debido a la grave desnutrición de su cuerpo fue lo primero que llamó su atención juvenil. Pero, entonces avergonzado, prefirió ver aquello que le había comentado. Círculos, y también líneas irregulares algunas subiendo entre sus costillas. Algunas partes de su ingle y su cadera perdieron el blanco común de todo su cuerpo, mallugadas y cenizas. Su rostro no poseía marcas, bañado en una increíble calma y serenidad. Sus piernas yacían pobladas de pequeñas cortadas probablemente producidas por ella misma. Sus brazos se encontraban cubiertos por sangre molida, moteados en un patrón rosáceo oscuro. Era una mujer acostumbrada al dolor y sufrimiento, era su Maya. Y eso le llenaba de terrible rabia.
¿Cómo alguien podría dañar tal templo de belleza y juventud? ¿Cómo alguien osaba posar una mano sobre un arma y con ella empuñarla para dañarla? Illushyn bufó enojado seguramente a las aves de los ríos y los lagos para esparcir su mensaje de desagrado. Parecía que el dolor de cada una de ellas golpeaba los lugares más íntimos de su alma. Ella no sollozaba, había aprendido a soportar el odio de otros y vivir todos los días con ello.Illushyn pensaba que, en realidad, había olvidado cómo llorar.
Illushyn se acercó y se quitó su apestoso abrigo, mismo que ella rechazó.
‒Si esto sucede, quizás sea la última vez que sienta el frío. Quizás sea la última vez que me desvista frente a ti en la oscuridad. Me gusta hacerlo, pienso que soy un árbol, que no estoy. Que puedo ver la belleza del mundo y ser parte de ella para siempre. Y dar vida y ser parte de la vida, y convertirme en ella y fundirme con ella – musita con algo cercano a la felicidad. Intentó emitir una sincera risa, pero esta se había extinguido en su interior antes siquiera de emerger por su garganta.
‒Yo siento que deba ser así – menciona el joven abordado por el dolor compartido por su amada – no soy tan listo como para figurar otra salida.
Ella le sonríe con la mueca que llama sonrisa y le ofrece su mano si a esos despojos humanos se puede llamar mano. Sus dedos fríos y esqueléticos rozan con el vigor moreno del chico, aun naciendo, aún en el umbral de la vida.
No podía pensar que planeaban su muerte. Que lo que había sido una charla curiosa, una posibilidad remota en algún futuro distante había madurado con trepidante velocidad hasta estrellarse con ellos como una oscura realidad. La muerte era algo común, Illushyn había aprendido a no darle muchas vueltas y adoptar el suceso como algo común, así soportó el fallecimiento de sus semejantes en las frías calles de la ciudad. Pero esto era único. Pues el ser cenizo y herido que profetizaba su partida con tanta calma le había enseñado a vivir.
‒No debes temer, pequeño Illy. Nadie en realidad sabe que se debe hacer. Yo solo sé que este dolor no es único a mi: pertenece a todo nuestro pueblo. Yo se que no puedo hacer otra cosa. Es mi destino. Este poder no puede ser contenido mientras el mal exista, mientras yo tenga los ojos y la sangre del malvado. Quizás, no haya alternativa: pero creo que es tiempo de hacer las paces con eso. La muerte es una entidad que aparece cuando menos lo esperas: y este es mi turno de conocerla. El destino no puede combatirse: y si ha de ser mi destino ser el Caballero de Grozny, entonces eso seré.
Cruel, eso era lo único que pensaba Illushyn. El destino es duro, frío, muerto. A algunos les podía llegar a tocar ser libres para vagar por el mundo sin responsabilidad mientras a otros les tocaba decidir por la vida de miles. Que posición más dura es la de en la joya de la vida tener que matar a tus semejantes. Aunque el joven tonto no lo entendía del todo: ¿Qué era un padre a fin de cuentas? ¿Qué era una familia?
‒Mañana los ejércitos del oeste y norte se posarán sobre nuestro pueblo y marcharan cansados sobre las casas, sobre los bosques, entre las calles, y tomarán con facilidad lo que fuimos nosotros. No se si eso sea suficiente para acabar con mi padre y su reinado de terror. Mañana no sé si seguiré aquí contigo. Illushyn: mañana quizás todos moriremos.
‒No quiero que te arriesgues: escúchame, quédate aquí hasta que el alba caiga. Cuando no escuches sonido, cuando estés seguro de que no queda un alma en el pueblo y solo entonces sal: con cuidado y en silencio búscame. Yo te llamaré. También te buscaré, y seguro nos encontraremos.
‒Pero yo dije que sangraría por ti – menciona el joven, envalentonado ‒Yo dije que daría mi vida por ti. ¡Por qué no me dejas hacerlo! –aún consternado se queja. Ella lo entiende, entiende su ignorancia y, aun así, le mira con aquella mirada severa que a otros haría arrodillarse. El joven se siente sumamente atacado.
‒Yo ya puedo sangrar por los 2: puedo hacerlo sola. Quédate aquí. Nos encontraremos: siempre lo hacemos. Está destinado a suceder.
Maya se arrodilló en medio del riachuelo, en sus manos cae el arma de los dioses. La espada, el poder. El contador de cuentos, el dedo de dios. ¿O siempre estuvo ahí? ¿siempre estuvo en sus manos? Illushyn no podría decirlo. Ella la porta, y la acerca a su pecho desnudo.
Illushyn al mirarla, recordó la muerte. Los brazos sobre el pecho, el rostro que aceptaba el toque de la uña negra. Había visto esa forma de caer en los pisos, el modo en que otros colocaban a los famélicos fallecidos. Recordó a sus incontables conocidos ahora enterrados en la fosa, esperando que sus familiares los recuerden para no morir una vez más, pero de abandono. Y al sentirla decidida por ir a la guarida del lobo, sintió que era la ultima vez que la vería con tanta vida como para compartirla con él.
‒Escapemos, por favor, escapemos. Podemos, podemos huir juntos de aquí a cualquier lado del mundo: solo nos necesitamos a nosotros. Podemos comenzar de nuevo, podemos vivir nuestra propia vida. ¡No tenemos que seguir esto, podemos forjar nuestro propio destino!‒ emocionado, Illushyn esperaba su completa desaprobación. No obstante, ella posa su fría mano libre en su mejilla y comienza a limpiarla.
‒Y seriamos felices, ¿no? Y te casarías conmigo, y construirías un hogar. Y labraremos parcelas y comederos para animales, y ganado. Y construiremos muros, y tras esos muros construimos pueblos, y podríamos, podríamos ser felices los dos.
‒No sé dónde, no sé hacia dónde. Solo sé que donde estés tú yo quiero estar – menciona el joven emocionado. El rostro de Maya parecía comprometido con la idea: casi comprándola, casi abrazándola.
Pero el brillo de su arma le hizo escapar de su prematuro abrazo.
‒No puedo Illushyn: y no es que no quiera. Si me voy, si nos vamos y huimos de esto cada vez que vea estas cicatrices que me cubren entera, recordaré a cada una de las personas que no escaparon con nosotros. Todas esas mujeres y hombres que dejamos atrás, bajo el régimen de un tirano, bajo el régimen de mi padre. Si yo fuera más débil y cobarde huiría de aquí pensando solo en mi y en ti. Pero tengo el poder. Tengo el don de dios: puedo hacerlo, aunque yo no haya nacido como una guerrera, ni con el corazón combativo. Debo hacerlo porque si aquellos que pueden vencer a la oscuridad escapan despavoridos, ¿Quiénes se quedarán a combatirla?
El joven yacía derrotado con su mirada bajando hacia el agua que corría con suave intensidad, y entonces ella le rodeo con sus brazos, y le dio un único beso en la mejilla.
‒Cuando el viento deje de soplar hacia el este y la última de las manos de mi padre se cierre. Cuando las flores crezcan en los yermos campos de nuestra tierra y no quede niño solo en el terror absoluto, podremos irnos a donde queramos, y vivir juntos para siempre ‒ le susurró al oído como una firme promesa. Illushyn decidió fingir convencimiento, y Maya fingió esperanza, cerrando una discusión de nuevo con pequeñas mentiras blancas.
Pero las mentiras matan.
El viento comenzó a soplarcon furia, las nubes comenzaban a cubrir la luna quebrada, como ocultando sus ojos de la terrible masacre que estaba por comenzar. La luz blanca pereció como atravesada por un puñal y el bosque se sumió en las tinieblas radioactivas. En aquel ojo de la tormenta las luciérnagas emergieron de la negrura para volverla amigable, tímida. Los cientos de hombres armados con lo que encontraron útil caminaban temblorosos hacia aquella ciudad.Invitados con la promesa de una rápida victoria, y con el premio de tierras a su nombre las cuales ellos podrían defender (antes de descontaminar) los en otro momento granjeros, recolectores e indigentes del lejano este se movilizaron a formar parte de aquella expedición hacia donde su única certeza era una violenta batalla.
Habían aprendido por mitos acerca del sobrenatural bosque radioactivo, las tumbas nucleares, sobre abominaciones con piernas, monstruos que acechaban los bosques, perros esclavos en las minas y un terrible dictador lleno de un inigualable poder. Dentro de cada mente había una pregunta desde que marcharon de la otra punta del continente hasta este lugar atravesando a regañadientes las ruinas del centro de Estados Unidos ¿Por qué Grozny? ¿Qué hacía una palabra rusa dándole nombre a un poblado agrio en medio de las ruinas santas del Oeste Americano?
Pronto lo descubrirán,
Redención.
Era una palabra que yacía en la mente inmóvil del viejo Henz en su cabaña de invierno. Parecía como si los años le pesaran poco a poco, arrastrando sus ojeras hacia el suelo en una búsqueda desesperada de que ahí viera el infierno que había creado sobre sus gobernados. Redención era sencillo de decir, fácil de escuchar de sus allegados y enemigos. Terriblemente sencillo de pensar: pero él entendía que había una realidad única en la vida de los grandes: una vez que tomas un sendero en el retorcido camino de la vida, ya no puedes dar marcha atrás.
Era uno de pocos, de los señores de Las Américas. Él y sus hermanos sometieron a cientos de poblados dispersos en la conquista del este de los canadienses décadas atrás. Mancharon sus manos con tanta sangre que olvidaron el por qué habían decidido tomar las armas en primer lugar, cegados por un poder y riquezas que ninguno de ellos habían visto ni en sus más pervertidos u oscuros sueños.
Pero los hermanos en armas de ayer solo son los enemigos de mañana. Algo que Gerari, atolondrado por el calor de su megalomanía ignoraba plácidamente.
Los jóvenes de las zarzas lo entendían. Inescrupulosos con su plan, bendecidos por el don de la inteligencia, la suerte y el sigilo. Observando su pueblo en asedio del tirano orquestan sus planes con total alevosía. Descubren que otras manos a parte de las suyas han deseado terminar con el tirano y, sabiéndose fortalecidos, decidieron llevar a cabo el casi infalible plan. Un golpe de decapitación seguida de una ocupación, todo nacido desde lo más profundo, lo menos esperado, de su ser enfermo. A fin de cuentas, ¿Qué arma más destructiva puede haber para un asesino que su propia descendencia? ¿Cómo podrías ceder ante el ansia de represalia, si es tu sangre a la que apuntaba tu espada? Bajo las grandes victorias de la bondad de los dioses yacía siempre una batalla interminable entre el gran poderoso orgulloso padre y los hijos benevolentes. Chornos perdió contra Zeus en su batalla, y a todos nos agradaría aseverar que fue por su innata inteligencia. Piensan otros, que esta victoria se dio en parte, debido al trauma del padre al verse convertido en monstruo, y como su camino le indica que, para seguir, debe acabar con quienes son ahora sus vástagos.
Ojalá Gerari Henz fuese así, ojalá tuviese aún algún resto de humanidad en su ser. Ojalá los puños sangrientos con los que mató a su esposa un día de odio y decepción se hayan limpiado y cambiado por manos que amaran cuidar, como supieron hacerlo una vez. Ojalá su ansia homicida fuera más una mentira sobre la cual sacar provecho que una palpable realidad. Ojalá pudiese ver a los ojos de sus atacantes en medio de la batalla, y ver un semblante de humanidad en ellos: esa emoción adversa, ese sentimiento extraño, que él hace años su memoria perdió. Sepultado entre cadáveres, cada uno menos pesado que el anterior, pero más sangriento y animalezco.
Gerari siempre dejaba abierta la ventana de su estudio, incluso en noches tormentosas como esas. Quizás esperaba que tantos pecados guardados en pergaminos y papeleras fueran expiadas bajo una lluvia purificadora. El papel mojado le hacía olvidar que cada puntada significaba el fin de una vida, decidida por la fría tinta de su pluma desgastada. Puso con cuidado Entraba en medio de la noche. Como un intruso de los que no entran a robar. Se desliza entre la ventana entreabierta del estudio y con incipiente odio contempla las listas de la muerte aun en el escritorio de pino, junto al tintero de la muerte. Sigiloso su caminar por el pasillo a oscuras, la luz al final del túnel apuntaba a las escaleras de madera. No se ve en el espejo del pasillo, con cuidado desciendo hacia la cocina en la búsqueda del enemigo en su siesta nocturna en el sillón, como todos los días dormía donde mismo. Nada perturbó esa siesta, ni siquiera cuando mató a su esposa a golpes tras descubrir a su amante. Pero al avanzar con furia decidida solo encontró el sillón café acre en el que él dormía.Quizás fue mala suerte, o producto del destino que ese día Gerari Henz, el hombre de los hábitos y el orden,atormentado por la espalda decidiese no dormir hasta un poco más tarde, concentrado como en otras noches en sus viejas memorias de batalla esperando aquello le hiciera dejar de pensar en su vejez.En la mesa café frente a su sillón encontró solo una taza de té recién servida, manzanilla, de esa que su madre amaba.
Henz no era un hombre de presagios o supersticiones, pero algo hubo en esos 5 minutos que le hizo sentir mal. Los pelos del cuerpo erizandose como en otras épocas, anunciado la batalla por venir, al menos, en sus recuerdos despertados por el olor de la manzanilla. Se sintió extraño por que su cuerpo le avisara, en la paz de su hogar, sobre una inminente batalla. El viejo entró despreocupado a su recinto, y en menos de un segundo entendió lo que estaba pasando: la sensación había sido una advertencia que no supo escuchar. Al caminar por el umbral lo vio y al verlo, al sumirse en sus memorias recordó aquel brillo que cubría el cuerpo del hombre de sus pesadillas, Aquella esquelética y atrofiada figura sumida en ocultas memorias; aquel rostro que se habría perdido años atrás en los ríos cada vez más erosionados que sus recuerdos. Aquel terror en sus ojos sanguinolentos buscándolo, esperándolo, deseando terminar con él: aquel causante de que el hombre más fuerte de Grozny temiera como niño asustado por las noches lluviosas, cuando caminaba por los bosques oscuros. Cuando estaba solo consigo mismo. Y con él, escondido en los bosques.
Pero había algo extraño. El se rehusaba a creer la verdad frente a sus ojos. Como si eso la hiciera desaparecer. Sus plumazos no servirían de nada frente a la verdad, sus esbirros no podían matar lo que es inmortal. Y aun así, frente a la estruendosa realidad frente a su cara, él se rehusaba a admitirla.
‒No, no eres tú – murmuró el hombre aturdido por la visión. Las galletas duras de su mano izquierda cayeron, sonaron en el suelo viejo de madera y rodaron hasta los pies sucios del intruso. El temblor anunciante de sus manos regresó, la vejez se lo estaba comiendo vivo.
‒Soy tu final – Exclamó con una voz apagada y sincera. Un rayo impactó tras de sí, bañando con plata y petróleo la sala de estar. Era el Caballero De Grozny que salía de sus más amargas pesadillas, en el ocaso de su vida; ahora que él ya no podía luchar. El corazón se le detenía de golpe, el miedo regresaba a sus húmedos pantalones. Era él, era su anunciada muerte. Era el terror que no podía controlar.
Décadas atrás. Años tras los cuales su cuerpo perdió el vigor del guerrero carmesí que alguna vez supo ser. Cuando sus brazos aún podían sostener fusiles, y cuchillas. Cuando el tiempo le daba su mejor cara, había alguien que supo ser su amigo. Un rostro que olvidó. Un compañero del alma, alguien que no podía morir. Alguien que le dijo que jamás se iría de él, que le perseguiría para siempre por sus crímenes. Porque él era el único que los conocía, y además, era el único que podía hacerlo.
Hoy volvía para cumplir su promesa, deslizando el filo por la cabeza.
Lo primero que detectó Henz al entrar en combate, fue la rabia. La ira de alguien que no conocía la lucha. Era la misma emoción que todos sentimos al combatir por primera vez. La misma ira primigenia que recorrió sus venas cuando su padre lo obligaba a luchar contra su hermano menor. El terrible recuerdo de su primera sangre, odio extraído desde lo más profundo de su humanidad.
Estocadas y cortes que no llegaban a él, que no le daban pese a su estado envejecido pero que si le dieran le producirían tremendo dolor más que una muerte segura. No apuntaba a su cabeza ni a su corazón. En sus intentos iracundos por provocarle una terribe herida el intruso rasgaba las paredes empapeladas, el piso sucio, la noche oscura.Uno de esos ataques le destrozó su muñeca izquierda en un mal movimiento suyo y el brillo de su sangre comenzó a mezclarse con el verde resplandor de su rival. Entonces, y sólo entonces pudo salir del trance del terror que le produjo verlo: y recordó que él era un guerrero también, viejo, pero no menos sabio. Invocó supoder. Y este le llenó el cuerpo de la misma ira que la de su adversario.
Y de una tajada decisiva, que demostró su experiencia y maestría, dividió el cuerpo del atacante al encontrar una abertura producto de su inexperiencia. Un quejido ahogado, un cuerpo que se dividía en dos fragmentos más pequeños que cayeron inertes en el suelo de madera.
Pero eso no era suficiente. Nunca lo había sido.
Casi al instante, casi al momento de haber tocado el suelo aquel invasor se puso de pie de nuevo. La sangre no salía, su cuerpo se unió pese a ser violentamente dividido. Los brazos se reacomodaron, el intestino volvió a su lugar. Y la ira volvió a su mirada, y el ataque, prosiguió una vez más.
El cargó otro ataque, más fuerte, y su espada sagrada chocó con la del asesino: impactando con furia, iluminando la oscuridad. Y la guerra, y la batalla, le hizo recordar aquel temor que tuvo de niño, cuando deseaba que a cada soldado le tocara una daga. El miedo recorrió sus entrañas cuando la furia se apagó, y con ello se activó su deseo de sobrevivir. Y entonces recordó sus miles de planes absurdos, y entonces recordó que era demasiado viejo para ganar como cuando era joven. Y entonces, sintió como su brazo no movió su mango rápido producto de sus dañadas articulaciones, y logró vislumbrar como aquella espada verde le rebanaba la pierna en dos pedazos.
Y aquella cabaña de invierno se llenó de un grito tan profundo, que aún hoy en día tras haber terminado la batalla y solo quedar cenizas y ruinas, los animales temen acercarse al lugar.
El hombre sucumbió ante el golpe, cerró los ojos con cansancio esperando el final. Sintió un pie en su pecho que presionó fuertemente contra su pecho. Escuchó el característico crujir de las costillas; solo que esta vez eran las suyas. Su espada cayó a su lado, lejos de su mano. Y aquel atacante descubrió su rostro, y entonces el pobre corazón roto del antiguo dictador terminó de fragmentarse, de volverse marchito polvo como le habían advertido alguna vez. Su furia se disipó para ser reemplazada por confusión.
Vio los ojos negros de una mujer que había perdido años atrás por sus propias manos. Vio el odio manchado de lágrimas, cubriendo el rostro que alguna vez supo amar. Sintió la misma calidez del alma, esta vez retorcida, las mismas facciones de alguien que una vez le dijo que merecía el amor del mundo. No, no era su Alma, ella había perecido en una noche de ira, enterrada en el bosque para que él no profanase más su humanidad. Era el rostro de su hija, su única hija. Su mayor desastre y derrota contra la vida.
Su debilidad.
‒No, no puede ser real: tú, ¿Por qué tú? – cuestionó el hombre, intentando poner su mano contra ella, intentando tomar su delgada pierna y romperla con sus viejos dedos. ‒ ¡porque tú, contéstame!
‒ ¿Por qué? ¿por qué debo ser yo? – cuestiona Maya a sus amigos, a sus camaradas ocultos en las sombras, entre las aves de corral y palomas esperando un mensaje.
‒Porque por más que él sea un monstruo horrendo y sin corazón él te quiere. Como todos los padres quieren a sus hijos – respondió Shieda, con tono confiado.
– como todo padre quiere que sus hijos vivan: será más difícil matarte a ti que matarnos a nosotros. Si nosotros vamos descargaría su furia contra nosotros de forma inmediata. Si tú vas, y lo enfrentas, dudara. Y tú usarás esa duda, para matarlo.
Shieda, el decrépito hombre de las zarzas tomó una de aquellas blancas palomas en sus manos. Atando otro mensaje a sus pies. Rezando oculto, porque el mensaje lo recibiera su destinatario.
‒Porque te odio mucho, padre.
¿Lagrimas? ¿Por qué rodaban lágrimas por sus mejillas? Eran tan frías, que casi parecían hielo. Las sentía, pero no las entendía. Rodaban por su rostro consumido por el odio. Si, el terror de arrebatar una vida. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que ellos lo hicieron. Padre e hija se unen en un sollozo. ¿Hace cuanto fue la última vez que tuvieron que matar algo?
El viejo Henz se había ganado lo de viejo. Bañado en la gloria de antiguas y brutales batallas nadie dudaba de su valía, nadie las olvidaba pese al pasar del tiempo: pero el tiempo no lo olvidó. Envejeció como es natural, y la edad le dio esa característica paz que rodea a los más ancianos.Cada día más carcomido por la edad, por el sueño, esas largas siestas vespertinas que anunciaban la pacífica llegada de la muerte. Ahora tenía miles de manos dispuestas por toda la ciudad, capaces de cumplir su voluntad y sus arrebatos más oscuros de brutalidad. Ahora él decidía que vivía y quién moría desde un escritorio modesto, con una pluma de gallo, con una tinta negra como sus más íntimos pensamientos. Tenía tanto tiempo sin ejecutar a alguien directamente, con sus propias manos, que había olvidado la sensación y la adrenalina. Había olvidado siquiera si aún era capaz de matar.
La espada de su enemigo mortal estaba frente a su cuello, una vez más. Se habría de cumplir la profecía de su muerte. El, en el cenit de su existencia, internándose en los bosques, ejecutando su guerra de guerrillas hasta perderse por el veneno y la locura: su veneno. El Caballero de Grozny volvía, renovado, buscando finalizar el último acto de aquella obra de las cuales ellos, monstruo y caballero eran el protagonista y antagonista principales.
Algo se escapó de aquel hombre magullado, recorrió la comisura de sus labios, y casi como un susurro, se mezcló junto al sonido de la lluvia que azotaba el techo de aquella habitación.
‒No, no por favor – se le ocurrió al viejo, derrotado. Un murmuro de debilidad, de derrota, de aquel hombre que es incapaz de entrar al bosque por aquellos ojos muertos que lo acosaban siempre.
Terror, ese era su manto: ese era su estandarte. Risa, la risa rompía su imagen, su cuerpo, su yo. Ahora su hija se reía: aquella bastarda que él supo mal cuidar se cagaba de risa en ese el momento más bajo de su vida. Separó la espada de su yugo con algo de vergüenza, incapaz de contener sus carcajadas amargas. Eso era él, Gerari Henz, el grandioso dictador del este, el ejecutor de los grandes lagos, el señor del terror, el monstruo de las montañas se había convertido en una patética broma de sí mismo.
‒Lo siento, yo, es que jamás te había escuchado suplicar – le mencionó su hija llena de una vida que él jamás podría alcanzar.
‒Asesinaste a tantos, torturaste a miles, y todos ellos pidieron piedad, y tú se las negaste ¿Y de verdad tú me la pides a mí? Eres una mentira.
El hombre murmuró, con rabia, intentando que más palabras salieran de su boca, y la chica arrogante, bajó su cuello para poder escuchar.
Entonces sus miles de planes contra el caballero pudieron ser finalmente ejecutados.
‒Debí, debí haberte asesinado cuando estuviste en el vientre de tu madre, cuando supe que serías otra maldita mujer, pero esto – apuntó al crucifijo de su cuello – me impidió hacerlo.
Lo apretó como imprimiéndole miles de maldiciones, recordando el día que decidió aliarse con la Iglesia Nuclear. Sangre escurría de su mano sana y aquel collar se volvió un fino polvo eléctrico por la fuerza de su mano. Lo sopló frente a ella en un arrebato de asco y venganza, ambos fueron bañados por el metal chirriante. La atacante no le tomó importancia a aquella desesperada muestra de coraje.
Craso error.
La agresora acercó más la espada al cuello del enemigo de todo Grozny. Ya no había espacio para más palabras. Estaba satisfecha consigo misma, su espíritu estaba quebrado y su cuerpo destrozado. Era tiempo de morir.
‒Entonces es voluntad de dios que esto suceda. ¿No lo crees?
‒Eso mismo, ¡DIGO!
Y en un último grito por su vida, por lo que fue, por lo que alguna vez pudo ser Henz, tomando su arma en una suicida carga, atraviesa con ferocidad a su hija y esta misma, procede a degollarlo. Una herida que no fue letal: simplemente un brazo cercenado. La cabeza de Henz rodó por el umbral de la puerta y manchó el suelo de madera del lugar. En un acto más de coraje, lanzó una mirada enfurecida al cielo de ladrillos y mortero, luego cerró los ojos para enfrentar la fría eternidad del infierno.
Se había terminado. Fue fácil. La asesina se posó en la pared de su casa, mientras esperaba que su brazo se regenerara. El cadáver de su padre se desvanecía en polvo: producto de su contrato violento con el verdadero poder, y ella no entendía como un ente tan cruel podía llegar a ser así de débil. Parece que el miedo había sido exagerado, el rey estaba muerto. Miles de Groznianos habían sido vengados. Pronto los ejércitos del señor del oeste marcharían sobre su ciudad tras este golpe de decapitación (literalmente). Pronto retomaránsu secuestrada patria. Pronto, si, su brazo regresaría a su cuerpo. Miró al horizonte en espera de encontrar bajo las nubes negras la libertad que su padre había negado a su pueblo. Recordó a su hermano, el hijo del monstruo, y pensó si él secundaría sus actos, o si por el contrario vendría a tratar de matarle por acabar con su abusador. Unos pasos, un par de gritos enfurecidos. Debía marcharse rápido antes de que los aterrorizados guardias confundidos por la inacción de su amo ante la invasión llegaran al lugar.
Pero algo curioso pasaba, seguía sangrando sin parar ¿Había sido el dolor de matar a su padre? ¿habría sido la sensación de terminar el causante de miles de tragedias? El aire se volvía eléctrico: se sentía débil, demasiado débil. Cansada como antes de obtener su flare. Su brazo no se regenera, no regresaba a su cuerpo. Parecía negarse a ser parte de sí. A lo mejor era un espejo de cómose sentía, pues tras matar a su padre, había renegado de una parte de sí misma.
Los invasores penetraron la ciudad en cuanto reconocieron la muerte del señor del este. No hubo ningún signo de resistencia pues los centinelas dormían cansados en sus puestos. No había ejércitos dispuestos a enfrentarlos, ni guerrilleros apostados en los bosques como ellos temían ser recibidos. La poca resistencia escapó o fue ejecutada en el acto. Desorganizados, los esbirros poco profesionales del carnicero apenas si encontraban algo de luz en medio de aquel desastre. Una noche tranquila se había convertido en la pesadilla de todo hombre, el dictador había muerto, el señor del oeste lanzó su armada para cobrar un viejo ajuste de cuentas, no había comunicación ni entrenamiento ante un evento como el que se presentaba, y eso llenó de una extraña paz a los combatientes inexpertos. Parecía demasiado bueno para ser verdad y, en medio de la noche, el nerviosismo fue roto por un murmullo de alegría, secundado por un canto de marcha campal.
El señor del oeste estaba al tanto, la misión parecía presta a ser un éxito abismal. Podría vengar a su padre, pues de Henz el alguna vez fue aliado y Henz lo traicionó brutalmente décadas atrás. Esa vieja cuenta pendiente debía ser cobrada: y los trabajadores de las sombras, los conspiradores de Grozny, lo sabían. Esos 200 seres llenos de rabia y ansias de gloria deberían haber sido suficientes para poder diezmar la ciudad de un señor ausente. La alianza no permitía esas rencillas entre los defensores de la misma: pero bajo el abrigo de la noche y los cuchillos, ni siquiera dios sabría quién había irrumpido en Grozny.
Pero alguien había heredado el poder por el cual Grozny se había hecho respetar. El rey había muerto, y su primogénito había alcanzado el odio juvenil que su padre le dió como herencia. Y solo él, en un ataque de pasmosa saña era suficiente para sofocar toda una revolución. No sería la primera ni la última vez que Grozny se envolvería en llamas por el poder descomunal de su señor.
Sin entenderlo, aquellos hombres armados caían lentamente en la trampa de un traidor. Del traidor de los traidores, sin valor, sin alma. Iban hacia la boca del lobo, hacia las manos de Filh Henz y su fúrica recién descubierta facilidad para matar. Su heredado poder. El poder del sol.
Ellos no entendieron que estaban perdidos hasta que vieron aquel brillo, cuando se vieron rodeados por casas de cemento y calles de piedra, y los panaderos reconocieron con extrañeza la similitud de aquella ciudad con la de un horno de adoquín. Pronto la oscuridad se haría añicos por la luz tan característica de su padre, ahora irradiando como el sol en su cuerpo. Solo entonces, pudieron comprender que habían fallado su misión: y al mismo tiempo, firmado con fuego su sentencia de muerte.
Los gritos resonaron por todo el bosque del terror. Y el bosque olvidó sus gritos.
Los gritos alcanzaron sin mucha prisa al joven del bosque. Lo tomaron, lo encontraron: no lo dejaron rehuir. Temía aterrorizado al ver el espectáculo de luz y fuego que se posaba sobre la ciudad. Como los gritos se apagaban lentamente en la lluvia. Aquella ciudad extraña que jamás entendió sucumbía y se resquebrajaba sobre sí misma y sus conflictos: conflictos que le eran ajenos e impropios.
El joven esperaba a que el silencio reinase en el pueblo para poder buscarla. Atento a una guerra de la que él no entendía ni formaba parte. Esperaba a que los ejércitos marcharan con banderas de cualquier color sobre la ciudad, esperaba poder salir ahí y verla, perfecta en algún uniforme, en cualquier ropa, de cualquier modo. Deseaba que la guerra terminase solo para poder huir de aquel maldito escenario de muerte, de Grozny.
Pero esos gritos que se escuchaban no eran de guerra: eran alaridos de sufrimiento. Esas luces no eran de las armas de los libertadores: era el fuego divino de un ente que no conocía la piedad. Lo había visto antes derribando árboles a diestra y siniestra, alcoholizado y enfurecido, enojado con la naturaleza y el bosque: escupiendo un nombre, el nombre del hombre que una vez lo derrotó.
El bosque cruje por el viento. Las nubes oscuras se aproximan por el norte viajando hacia el sur escapando de la locura de la ciudad. La lluvia se detiene a ratos, luego cae con intensidad monzónica para cesar por momentos. Algo entra por el bosque, Illushyn se sobre salta. Solo alguien sabía de su santuario: Maya. Y ella estaba ahí, asomándose por entre los arbustos. Él estaba sumamente confundido.
Su presencia significaba que su padre había muerto, que las cosas habían salido bien. Ahora, podrían irse, lejos de ahí a vivir en otro lado donde pudieran ser libres. Y tener muchos hijos, y cuidar su hogar. Y vivir, y morir, empapados de amor eterno. Illushyn corre mojándose con el arroyo bajo el amoroso llamado de su amor. Pero al acercarse entiende que aquel mundo hipotético de flores y besos donde ellos escapaban lejos de este putrefacto pueblo había dejado de existir horas atrás.
Pálida, más pálida de lo que nunca había visto. Ensangrentada, su cuerpo no se regeneraba; su sangre no volvía a sus venas, su flare no brillaba y ella no respondía, parecía estar muriendo. Moria frente a sus ojos. Algo había salido horriblemente mal.
Su brazo colgaba de un hilo, su espada venía arrastrándose por su mano derecha, cansada, sin emitir luz. Sus ojos apuntaban más hacia al cielo que hacia él. Se desploma en el arroyo intentando regresar con su amor, su razón de existir.
Illushyn jamás había corrido una distancia tan corta, tan rápido, con tanta fuerza, como aquella terrible noche.
En sus brazos cálidos, ella suspiraba y resoplaba esforzándose por continuar. Su brazo estaba destrozado, una herida difícil de tratar, parecía haber perdido demasiada sangre ya. No había forma de curar una herida así de letal así de tarde, su cuerpo débil y trastornado no resistiría el trauma. Había visto morir a otros de esa misma forma: y ambos poseían la idea, de que de su romance este era el final.
Las lágrimas lo abordaron, y ella, con su mano sana, evitó verle llorar.
‒Recuerdas, ¿recuerdas cuando te encontré? ‒ mencionó en una sincera risa proveniente del fondo de su alma.
‒Me había herido las palmas, si, si recuerdo, fue no lejos de aquí.
‒Entonces descubrimos este lugar, ¿te acuerdas? – le pregunto de nuevo, mirándolo con cálida ternura. El brillo se marchaba de ellos.
‒Si, lo recuerdo
Miró el bosque, el riachuelo que corría. Un pensamiento recorrió su mente por última vez. Ese lugar habría sido muy bueno para hacer una casa.
‒Ese día descubrí, que esta arma no estaba hecha para lastimar; fue hecha para curar, para amar a otro. Por favor, cúmpleme eso Illy, se bueno.
Y sus ojos se cerraron mientras la bruma del arroyo pasaba por su cuerpo inerte. Y la mano que tomaba su mejilla se precipitó hacia el agua. Y el latido de su fuerte corazón comenzó lentamente a detenerse. Y poco a poco aquel calor que emanaba su cuerpo desapareció. Y Maya Henz, la chica de las murallas de Grozny, el amor dentro de los arbustos: el ser más amable de aquel mundo se perdió en el bosque, se fue entre la corriente del río, entre los croares de las ranas, entre el amargo llanto de Illushyn, y el volar de las polillas.