Capitulo 1
Mi familia me había condenado a subirme a aquel barco sin rumbo conocido.
Me habían condenado a buscar mi propia suerte en algún lugar del mundo que desconocía.
Las personas presentes en el barco no eran más que borrachos, madres desesperadas con niños o moribundos. Nadie iba a ayudarme.
Pronto se vio a lo lejos un pequeño puerto, el barco estaba llegando a su destino.
Quería bajar de aquel asqueroso lugar en cuanto pudiera. El suelo resbalaba a causa del moho provocado por el agua y la humedad, las tablas chirriaban bajo los pies dando la sensación de que en algún momento se caerían. Todo era un desastre.
“Bienvenidos a Londres”
Se leía a pocos metros en un cartel suspendido en el aire por dos postes enormes.
— No... Londres no...
Maldije el momento en el que no fui capaz de huir cuando tuve la ocasión. Seguramente ahora seguiría en América.
El barco atracó y todos fueron bajando lentamente. Incluida yo.
Ahora era el momento de buscar un lugar donde poder, al menos, pasar una noche.
Cerca de una de las calles, encontré una pequeña pastelería.
— Tal vez debería preguntar si hay algún lugar donde pasar la noche.
Me dije a mi misma y continúe avanzando.
— ¿Hola? — Entré a la tienda con algo de inseguridad — ¿Hay alguien? Necesito ayuda...
— Buenas tardes cariño, soy la señora Lovett.
Una mujer despeinada y con las prendas algo desordenadas salió de detrás del mostrador.
— ¿En qué puedo ayudarte? ¿Tienes hambre?
— No, estoy bien, muchas gracias... — Miré a aquella mujer — Necesito un lugar donde poder pasar la noche. Acabo de llegar y no tengo donde cobijarme.
— Uhm... Puedes quedarte un rato si así lo deseas, pero no creo que pueda ofrecerte una cama, querida.
Unos pasos se escucharon desde las escaleras.
— ¿Quién es? ¿Quién ha venido? ¿Un cliente?
— Oh por dios, tú solo piensas en lo tuyo.
— Querida — Me miró para luego fijar su mirada en el hombre que había bajado — Este es el señor Todd.
— Un placer, pequeña.
El hombre me miró con una sonrisa.
Tenía unos aires descuidados, pero no demasiado.
El pelo hacia atrás y algo despeinado, mi atención se la llevaba aquel mechón blanco que tenía a un lado.
— ¿Qué le pasa?
El hombre se sirvió lo que parecía ser Whisky en un vaso de cristal.
— Acaba de llegar del barco, no tiene donde quedarse.
— ¿Del barco? — Me miró — ¿Por qué viajabas en aquel asqueroso barco?
— ¿Lo conoces? — Pregunté.
— Como no conocerlo, yo vine también en ese mugriento trozo de madera roñosa.
— Es un asco...
— Ven, siéntate y cuéntale a tu amigo Sweeney porque estás aquí.
— ¿Mi amigo? — Me senté en frente de él — Si no me conoces.
— ¡Por fin alguien que piensa!
La señora Lovett rió, entonces se quitó el delantal y desapareció tras una puerta.
— No le hagas ni caso.
— ¿Vives aquí? ¿Ella es tu mujer?
— No. — El hombre me miró con tristeza — Mi mujer está muerta. Esos malditos la mataron.
Sweeney se levantó y comenzó a cantar una canción que describía su historia y la de su esposa e hija.
— ¿Benjamin Barker?
— No querida, el señor Barker ha muerto... Yo soy Todd, Sweeney Todd, y cobraré mi venganza.
— Así que te arrebataron toda tu vida, y te condenaron a naufragar...
— Así es, pero he vuelto.
— Has vuelto a Fleet Street.
— ¿Y tú?
— Mi familia... Me ha condenado a subirme en aquel barco sin conocer el destino. Vengo desde América.
— América... ¿Por qué tus padres hicieron eso?
— Yo... — lo miré triste y enfadada a la vez — ¡Me obligaban a casarme con alguien a quien no amaba!
— Y escapaste, lo que provocó aquella condena para ti.
— Prefiero esto a estar con aquel monstruo que se hacía llamar "hombre".
— Estoy seguro de que yo puedo ser mucho más hombre que ese animal.
Y tenía razón.
Había demostrado en pocos minutos lo que aquel ser horrible y estirado en dos meses.
— ¿Cómo te llamas? — Él preguntó llenándose el vaso de nuevo — Creo que no me lo has dicho.
— Lucy.
El hombre escupió la bebida.
— ¿Lucy?
Yo asentí algo confundida, entonces caí en la cuenta: Su mujer, a la que le arrebataron de su lado, se llamaba así.
— Oh por Dios, Sweeney, lo siento...
— No... — Él me miró de arriba a abajo, dando vueltas a mi alrededor — Dime... ¿Por qué viniste aquí justamente? ¿A una tienda tan sucia y poco llamativa...? Nadie entra a no ser que esté loco.
— Algo me dijo que aquí podría encontrar lo que buscaba... Pero al parecer mi instinto me falló.
— Mi querida Lucy...
— ¿Crees realmente que ella... Me impulsó a entrar aquí? ¿Crees en eso?
El hombre se acercó a una ventana y miró por ella.
— ¿Por qué entonces una chica tan decente como tú se le ocurrirá entrar aquí?
— No... No lo sé.
— Ahí está la clave.
Yo seguía creyendo que estaban locos. Todas esas cosas de los espíritus y las reencarnaciones... Que tontería.
¿Pero y si era cierto?
— Me han dicho que necesitas lugar dónde quedarte a dormir.
— Oh si, pero... La señora Lovett ya me ha dicho que no disponéis de camas o de una habitación. Así que pasaré un rato aquí y después seguiré buscando.
— Puede que la señora Lovett te haya dicho eso... Pero yo no.
— ¿De verdad?
— Ven, sube conmigo.
Él se levantó de la silla y se puso delante de mi, guiándome hasta llegar al piso de arriba.
Era una simple, pero hermosa habitación de matrimonio, y al fondo, una silla frente a la ventana y un baúl.
Me fijé en cada detalle, pero no pude apartar la mirada de lo que parecía una pequeña cuna cubierta con una manta.
Debía ser se su pequeña hija, Johanna.
Si yo creía que tenía un drama en mi vida, el suyo era mucho peor.
— ¿Y esa silla? — Pregunté con curiosidad.
— Trabajo. Soy barbero... Y esa es la silla donde mis clientes se sientan.
— Pensé que dejarías el puesto cuando volviste aquí.
— Oh, no... No. Esto es lo único que puede ayudarme a cobrar mi venganza.
— ¿Cómo?
Sweeney me miró.
Su mirada parecía decirme "oh, que alma tan inocente"...
Y tenía razón.
— ¿Ves esta preciosidad?
Él señor Todd abrió una caja y sacó una de sus navajas para afeitar.
— Mi arma... — Hizo un gesto pasando la cuchilla por su cuello.
Yo lo comprendí.
— Oh rayos, ¿De verdad? ¿y que haces con... Los cuerpos?
— Tartas.
— ¡¿Tartas?!
— La señora Lovett se encarga de ello. Nadie sabe lo que se está comiendo y nosotros no dejamos ninguna prueba.
Yo suspiré con algo de asco.
No podía imaginarme aquello.
— ¿Y la cama? Sólo hay una...
— Para ti.
— Oh no, Sweeney no puedo hacer eso... ¿Qué hay de ti entonces?
Él me miró sorprendido, tal vez era porque me preocupaba por él.
— Dormiré en cualquier sitio.
— No. No. Tú duerme en tu cama, yo buscaré un lugar donde quedarme a dormir... Y puedo volver a verte mañana.
— ¿Verme?
— Claro.
— ¿Por qué tienes intenciones de ello?
— Porque... Me siento bien contigo.
— ¿Te sientes bien estando con un monstruo? — Dijo sarcástico — Eres rara.
— Tal vez por eso me guste estar contigo.
Me acerqué a las escaleras para bajar y abandonar el local. Era muy tarde y tenía sueño.
— No te vayas... Duerme aquí hoy.
— Estaré bien.
— Es muy tarde para ti, eres joven y este lugar está lleno de cerdos llenos de porquería.
— Tengo 20 años.
— Quédate.
Yo suspiré cediendo finalmente.
— ¿Y tu?
— Dormiré en el sofá de abajo.
— ¿En ese sofá tan cutre?
Ambos reímos.
— Supongo que no tengo más remedio.
— Duerme cobmigo.
— ¿Estas loca? Estas diciéndole a Sweeney Todd qué duerma contigo... ¿No temes por tu vida?
— No.
El hombre se sentó en la cama.
— No lo hago porque sé que no me vas a hacer daño.
— ¿Cómo puedes estar tan segura?
Me puse a su lado y lo abracé.
— Porque en el fondo sabes que soy como ella... Y que ella está aquí, viviendo otra vida, en la que ya te ha encontrado.
— ¿Acaso me buscabas?
— No, pero algo me dijo nada más verte que eras tú quien debía estar a mi lado.
La señora Lovett subió a la habitación con una bandeja entre las manos.
— Os he preparado algo de té.
Sweeney cogió una taza, yo dudé en hacerlo.
— Cariño, no has comido ni bebido nada en todo el día... Al menos acepta esto.
Finalmente cogí la taza y sonreí, dándole las gracias.
— Sweeney, querido, tienes a alguien que pregunta por ti abajo. Creo que deberías ir.
— ¿Un cliente?
— ¿Por qué no lo compruebas por ti mismo?
Él se levantó y bajó las escaleras, perdiéndolo de vista, quedándome sola con ella.
— ¿Ya has encontrado un lugar donde ir?
— Sweeney... Me ha dicho que duerma aquí. B-Bueno, me lo ha pedido.
— ¿Te lo ha pedido?
Yo asentí.
— Creo que él necesita algo de cariño...
— Y tienes toda la razón.
— Yo no soy la indicada para eso.
— Yo lo conozco mejor que tú, querida... Y déjame decirte que, si le haces daño, o algún día por sus mejillas corren lágrimas, yo misma te cortaré la garganta y le daré el pastel con tu dulce carne.
Comenzaba a sentir miedo. Más del que tenía.
Sweeney regresó entonces.
— Solo era Anthony. Quería preguntar por mí, y por la chica que ha visto entrar en la tienda...
— N-No estoy disponible, si es eso lo que busca.
— Lo sé, y ahora él también.
— Tengo que ir a comprar al mercado, ¿Alguien viene conmigo?
Yo negué rápidamente, no quería salir a la calle después de eso.
Simplemente quería tumbarme y llorar.
— Yo tampoco. Me quedaré aquí y prepararé la habitación para nuestra invitada.
— Más bien TU invitada, señor Todd.
Él la miró frunciendo las cejas y ella se fue de la habitación.
— Limpiaré un poco todo esto, no te preocupes...
Yo me tumbé en la cama, enterrando mi cara en la almohada y llorando.
— Oh diablos, ¿Qué te ocurre?
Yo lo miré para volver a enterrar mi cara en la almohada.
— No me preocupes así, dime qué te ocurre.
Me incorpore en la cama y me senté junto a él, secando mis lagrimas y aclarando mi garganta.
Después le conté lo que me había ocurrido.
— ¿De verdad?
Yo asentí.
— No... No se lo tengas en cuenta. Al fin y al cabo soy lo único que tiene.
Él suspiró.
— Pero... Me da miedo. ¿Si ocurre algún día y ella hace eso?
— Eso no va a pasar, querida. — él miró hacia las escaleras — Ahora vengo, espérame aquí.
Lo siguiente que pude escuchar fueron gritos y golpes, el cansancio me pudo, y me quedé dormida poco después de que él desapareciese por las escaleras