PrĂłlogo
Castillo
Helvita, fortaleza de los
Vampiros
de la Horda.
Invierno ruso en épocas pasadas.
—¿QuĂ© nueva humillaciĂłn nos traerá el dĂa de hoy?—Sana pregunto a su hijo, Yuta, cuando los guardias los escoltaban ante el vampiro conocido como Yixing— el rey de los Vampiros de la Horda. Y el padre de Yuta. Aunque sĂłlo tenĂa nueve, Yuta se dio cuenta que el tono de su madre sostenĂa un rasgo de imprudencia. —¿Y por quĂ© estas despierto?,—exigiĂł, como si Ă©l pudiera explicar las maneras abruptas de su padre.
La convocatoria habĂa llegado al mediodĂa, mucho más allá de su hora de acostarse.
—No sĂ©, Madre, —murmurĂł mientras se ajusta la ropa. HabĂa tenido sĂłlo unos segundos para vestirse.
—Estoy cansada de este trato. Un dĂa Ă©l me empuja demasiado lejos, y lo lamentara.
Yuta la habĂa oĂdo por casualidad quejarse con su tĂo Kun sobre las diatribas y coqueteos del rey, de su conducta cada vez más extrañable en voz baja le habĂa confesado.
—
Kun mi amor sobre tu hermano, no soy nada en este reino, excepto una amante maltratada, aunque yo era la heredera del trono de Dacia.
—Kun habĂa tratado de consolarla, pero ella dijo: —
sabĂa que sĂłlo estarĂa con Ă©l hasta que su corazĂłn dejará de latir. Ahora me pregunto si Ă©l tiene un corazĂłn en absoluto. Hoy sus ojos verdes claro estaban en llamas con una luz peligrosa
.
Estaba destinada a ser mejor que esto.
—Con cada uno de sus pasos, las pieles se extendĂan sobre sus hombros balanceándose hacia delante y hacia atrás. Los faldones de su vestido escarlata crujieron, un sonido agradable que siempre asociaba con ella. —
Y tĂş, tambiĂ©n mi prĂncipe.
Ella lo llamĂł "
prĂncipe
" pero Yuta no lo era. Al menos, no en este reino. No era más que el bastardo de Yixing, uno en una larga lista de ellos.
Siguieron a los dos guardias por las escaleras tortuosas a las habitaciones privadas del rey. Las paredes estaban cubiertas con oro y hĂşmedas, por el frĂo. Afuera una tormenta de nieve golpeaba el castillo.
Candelabros en la pared alumbraban el camino, reflejando llamas vacilantes sobre el metal, pero nada podrĂa aliviar la penumbra haciĂ©ndose eco en estos corredores.
Yuta temblĂł, deseando estar de vuelta en su cama caliente con su nuevo cachorro dormitando sobre sus piernas.
Una vez que llegaron al vestĂbulo, afuera de los aposentos de Yixing y los guardias empezaron a abrir las crujientes puertas de oro, Sana paso sus manos alisando sus elaboradas trenzas y alzĂł la barbilla.
No era la primera vez, que Yuta pensabaque parecĂa un ángel de antaño.
En el interior, revistiendo la pared del fondo, se alzaba una ventana altĂsima de cristal embutida con incrustaciones de sĂmbolos de las artes oscuras. Los vitrales mantenĂan afuera la luz del sol dĂ©bilmente visible a travĂ©s de la tormenta y hacia un temible telĂłn de fondo para la silla del rey.
No es que el imponente vampiro necesitara algo para parecer más temible. Su construcción era más como la de un demonio, sus hombros eran más amplios que una tabla, sus puños eran como yunques.
—Ah, Sana Daciano se digna a obedecer una citaciĂłn, —Yixing dijo desde la cabeza de la larga mesa del comedor. Cada noche, sus ojos parecĂan crecer más rojos, su brillo carmesĂ se destacaba contra su cabello de color negro que caĂa sobre su frente.
La docena de cortesanos sentados con Ă©l se quedaron viendo a Sana con disimulada malicia. Por su parte, ella retrocediĂł los labios hacia atrás para darles un destello de sus colmillos. Encontraba a estos cortesanos debajo de ella y no hacia ningĂşn secreto de ello. Sentado a la izquierda del rey estaba el tĂo Kun de Yuta, que parecĂa avergonzado.
Yuta siguiĂł la mirada de Sana al asiento a la derecha de Yixing el lugar depezar a honor reservado para ella. En el comedor los platos cubiertos con restos de comida estaban extendidos ante ella.
Ocasionalmente, los vampiros jóvenes se alimentaban de lo de la tierra, consumiéndolo, además de sangre. ¿Tal vez otro de los bastardos de Yixing llego a Helvita a vivir entre ellos?
El corazĂłn de Yuta saltĂł. PodrĂa establar amistad con Ă©l, podrĂa tener un compañero Como hijo bastardo del rey, no tenia ninguno; su madre lo era todo para Ă©l.
—¡Es tarde!, —dijo Sana. —Todos deberĂan estar en cama a esta hora odiosa.
Yixing parecĂa Silenciosamente advertir a Sana, pero ella no le prestĂł ninguna atenciĂłn, exigente dijo, —¿QuĂ© quieres, Yixing?
Después de beber profundamente de una jarra de hidromiel mezclada con sangre, Yixing se limpió con la manga sobre sus labios.
—Ver a mi altiva Mistress1 y a su débil bastardo. —El rey contempló a Yuta. —Ven.
—No lo hagas, hijo, —Sana dijo entre dientes en Dacian.
Yuta respondiĂł en el mismo, —IrĂ©, quiero, ahorrártelo.—Como siempre, Ă©l harĂa todo lo posible para protegerla, no importando lo dĂ©bil que sabĂa que era.
En su expresiĂłn, la ansiedad luchaba con el orgullo.
—DeberĂa saber que Yuta Daciano nunca se agacharĂa detrás de los faldones de su madre, incluso ante el rostro de un tirano con los ojos rojos.
Cuando Yuta se acercĂł a comparecer ante el rey, Yixing sacudiĂł la cabeza con disgusto.
—¿TodavĂa no puede trazarte, verdad?
El rostro de Yuta era impasible cuando respondiĂł: —TodavĂa no, mi rey.—No importaba lo mucho que intentara teletransportarse, nunca
tenia Ă©xito. Sana le habĂa dicho que el rastreo era un talento que llegaba tarde a los Daci, ellos habĂan limitado esa capacidad cerrando su reino.
Ella consideraba que la incapacidad de Yuta era otra señal de que Ă©l la tomarĂa despuĂ©s como ella, no como un simple Vampiro de la Horda.
Yixing tomó el brazo delgado de Yuta, apretándolo.
—Demasiado frágil, ya veo.
Yuta estaba desesperado por crecer más, con impaciencia comĂa alimentos de la tierra. Él anhelaba ser tan formidable como su padre guerrero, por ninguna otra razĂłn que la de proteger a su madre. No es que la princesa Sana necesitara de protecciĂłn.
—Por todos los dioses, me avergĂĽenzas, muchacho. DeberĂa haberte retorcido el cuello, ejecutarte al nacer.
Yuta escuchaba estas crĂticase manera rutinaria, se habĂa acostumbrado a ellas. Su madre, sin embargo, no. Con un alarido, Sana cogiĂł rápidamente una jarra de sangre, arrojándosela a Yixing. Esta rompiĂł un cristal negro detrás de Ă©l, desencadenando un rayo silencioso de luz. Los cortesanos sisearon, dispersándose por toda la cámara. El rayo dio a centĂmetros del codo inmĂłvil de Yixing antes de que un criado diurno se apresurara a rellenar el agujero con un paño arrugado.
—Mi hijo es perfecto. —Sana le enseñó los colmillos, sus iris verdes se volvieron negros por la emoción. —Con excepción
de que lleva tú estampa en la cara. Por suerte, heredó la mente aguda de mi linaje real. ¡Está lleno de astucia, una marca de los Daci!
Yixing también le mostró los afilados colmillos, sus ojos brillaban, incluso más rojos.
—¡Tientas a mi ira, mujer!
—Como tĂş tientas a la mĂa. —Sana nunca se echaba atrás ante Ă©l.
Siempre que Yixing golpeaba, ella le devolviĂł el golpe dos veces. Sana le habĂa dicho a Yuta que los Daci eran frĂamente lĂłgicos, gobernados por la razĂłn. Al parecer, Sana la Audaz era la excepciĂłn. Furiosa como la ventisca que rugĂa afuera, ella incitaba a Yixing para llamar su atenciĂłn, azotándolo con su lengua espinosa cada vez que Ă©l miraba hacia la noche. Ella habĂa admitido una vez ante Yuta que su padre soñaba con encontrar al vampiro que finalmente serĂa la pareja de Yixing, que harĂa latir su corazĂłn por toda la eternidad. Su realeza legĂtima que llevarĂa a sus verdaderos herederos.
Sana se alisó las trenzas, una vez más, luchando claramente con su temperamento rebelde.
—Te burlas de tu hijo a tu propio riesgo, Yixing.
—¿Hijo? Yo no lo reclamarĂa como tal. Este muchacho no se comparará con mi verdadero sucesor —Otro trago a su jarra. —De eso estoy seguro.
—Yo también. ¡Yuta será superior a cualquier otro hombre en todos los sentidos! ¡Es un Dacian!
Yuta vio este cambio con profunda inquietud, Recordando la advertencia que su tĂo kun le habĂa dado una vez a Sana: —Incluso Yixing puede ponerse celoso de tus conocimientos y fuerza. Debes someterte antes de que su amor por ti se convierta en odio.
Yuta sabĂa que la advertencia de su tĂo se habĂa hecho realidad. Yixing parecĂa cruel.
—Crees que tu especie es mucho mejor que la mĂa…
Una mujer ebria se tambaleaba en la sala de la cámara privada de Yixing. Una mujer mortal. La mandĂbula de Yuta se aflojĂł, e Sana presionĂł el dorso de la mano sobre su boca. La mujer estaba vestida como una reina, su vestimenta era tan rica como la de la propia Sana. ÂżEra ella la que habĂa cenado a la derecha del rey?
—¿Una humana?—El shock de Sana se convirtiĂł rápidamente en ira. —¡Te atreves a traer a uno de esos animales enfermos a mi casa! ÂżCerca de mi Ăşnico descendiente?—Ella caminĂł hacia delante para empujar a Yuta detrás de ella. Aunque los vampiros adultos eran inmortales, Yuta seguĂa siendo vulnerable a las enfermedades.
—La humana es Nayeon, mi nueva Mistress.
—¡Mistress!—, Sana exclamó. —Más bien una mascota. ¡Su especie vive en casuchas de tierra, duermen entre el ganado!
Yixing saludĂł a la mujer, y ella con coqueterĂa serpenteo hacia Ă©l.
—Ah, pero ella tiene un sabor a vino y miel.—Se volvió hacia su hermano. —¿Lo tiene ella, Kun?
Kun dirigiĂł una mirada culpable a Sana. Tirando de su mascota en su regazo, Yixing se burlĂł.
—DeberĂas probarla, Sana. —Él desnudĂł el brazo pálido de la mortal.
Los ojos de Sana se agrandaron. —¡Extraer sangre directamente de su piel! No hundirĂamis colmillos en un ser humano o en cualquier otro animal. ÂżDebere traerte a los cerdos para que los perfores?
Ellos apartaban la vista, mirándose los unos a los otros, sus expresiones decĂan algo, pero Yuta no pudo descifrar exactamente lo que decĂan.
Finalmente, Sana habló :—Yixing sabes que hay consecuencias, sobre todo para alguien como tu…
—Mi especie reverencia la Sed, —dijo Yixing, —veneran tomar sangre.
—Entonces, veneran la locura, porque eso es seguramente lo que seguirá.
Ignorando la advertencia de Sana, perforó la muñeca de la mujer, haciéndola gemir.
—¡Eres repugnante!—Sana bloqueado la vista de Yuta, pero Ă©l estaba fascinado por esta visiĂłn, viendo a escondidas alrededor de sus faldas. Una vez que habĂa terminado de alimentarse, Yixing libero el brazo de la mortal, y luego la besĂł de lleno en plena boca, provocando un grito de indignaciĂłn de Sana. —¿QuĂ© bebas de su piel es bastante asqueroso, pero aparearse con su cuerpo? ÂżNo tienes vergĂĽenza?
Él rompió el beso.
—Ninguna. —Se lamió los labios, y la mortal se rió, girando el cabello de Yixing alrededor de su dedo.
—¡Esto es despreciable. No me haré cargo, ya no!
—Y ¿qué vas a hacer al respecto?
—Dejaré este lugar salvaje para siempre, —declaró. —Ahora, mata a tu nueva mascota, o volveré a Dacia.
—Ten cuidado con los ultimátums, Sana. No te agradara el resultado. Especialmente desde que no puedes encontrar tú patria.
Sana le habĂa explicado a Yuta por quĂ© el reino de Dacia habĂa permanecido en secreto durante tanto tiempo. Los misteriosos Daci viajaban en una niebla de camuflaje. Si abandonaban esa niebla, los Dacian nunca podrĂa trazarse a casa por su cuenta, y los recuerdos de su ubicaciĂłn se desvanecĂan.
Con la primera vista de Yixing, Sana habĂa perdido su corazĂłn, siguiĂ©ndolo de regreso a Helvita, dejando tras de sĂ su propia niebla, su familia, su futuro trono.
—La encontraré, —ella afirmó ahora. —Asà me cueste la vida, entregaré a Yuta al Reino de Sangre y Niebla, una tierra donde reinan los inmortales civilizados.
—¿Civilizados?, —Yixing se rió, y los cortesanos siguieron su ejemplo. —¡Esos demonios son más brutales que yo!
—¡Macho ignorante! ¡No tienes ni idea de lo que hablas! No puede comprender nuestras formas, lo sé porque traté de enseñártelas.
—¿Enséñamelas?—Él dio un puñetazo sobre la sustanciosa mesa. —¡Tu arrogancia será tu ruina, Sana! ¡Siempre crees que eres mejor que yo!
—¡Debido a que—yo—lo—soy!
En ese momento, los cortesanos se quedaron en silencio. Con los dientes apretados, Yixing ordenĂł: —Retira tus palabras descuidadas, o al atardecer te lanzare a ti y a tu bastardo afuera en el frĂo.
Yuta tragĂł, pensando en el fuego en su habitaciĂłn, sus rompecabezas queridos encima de su escritorio, sus juguetes esparcidos por la alfombra de piel caliente en el suelo. La vida en Helvita podrĂa ser miserable, pero era la Ăşnica vida que habĂa conocido.
—Discúlpate, madre, —silenciosamente se lo pidió a ella. En cambio, ella enderezó los hombros.
—Elige, Yixing. La fétida humana o yo.
—PĂdeme perdĂłn y trata de hacer las paces con mi nueva Mistress.
—¿Pedir?—Sana se burló. —Nunca. ¡Soy una princesa Daci!
—¡Y yo soy el rey!
—Deja a Sana, hermano, —murmuró Kun. —Esto se pone tedioso.
—Ella tiene que aprender su lugar.
—Para Sana.
—¡Suplica el perdón de Nayeon!
Cuando la mortal le lanzo a sana una mueca victoriosa, Yuta sabĂa que Ă©l y su madre estaban condenados.
Un Mes Más Tarde
…
—Alimenta ese odio, Hijo. Que arda como una forja.
—SĂ, Madre, —Yuta rallado, sus respiraciones se empañaban mientras caminaban a travĂ©s de acumulaciones de nieve hasta sus rodillas.
—¡Es lo Ăşnico que nos mantendrá calientes!—Los ojos de Sana brillaban con resentimiento como lo habĂan hecho desde que Yixing les ordenĂł salir de Helvita.
Esa noche, Yuta habĂa escuchado el más ligero tropiezo en la respiraciĂłn Sana, habĂa visto un destello de sorpresa. Ella sabĂa que se habĂa equivocado. Pero habĂa sido demasiado orgullosa para remediarlo, e inclinarse ante una humana. Ni siquiera por mĂ.
Toda la corte se reuniĂł en la entrada del castillo para ver a Yuta y a la arrogante Sana ser expulsados con sĂłlo la ropa sobre sus espaldas. Para morir en el frĂo. Ellos habrĂan perecido hace mucho tiempo si Kun no hubiera deslizado las monedas a Yuta.
El cachorro de Yuta lo habĂa seguido, con los ojos muy abiertos y tropezando con sus propias patas, presa del pánico trato de llevarlo con Ă©l. Mientras que Yuta se quedo viendo incredulidad, Yixing agarro al perro por la nuca, rompiĂ©ndole la espalda. Con el sonido de las risas de los vampiros de la corte, el rey habĂa arrojĂł a la criatura muerta a los pies de Yuta.
—
SĂłlo una de nuestras mascotas muere, este dĂa.
Los ojos de Yuta se habĂan anegado, pero Sana le siseĂł: —
Nada de lágrimas
,
Yuta
!
Utiliza tu odio en contra de él. ¡Nunca olvides la traición de esta noche!
Para Yixing, ella gritó: —
Te darás cuenta cuando sea demasiado tarde
...
Ahora ella ausente murmurĂł, —En el momento en que lleguemos a Dacia, tendrĂ© tu alma tan amarga como el frĂo que trata de matarnos.
—¿Cuánto tiempo más nos llevara?—TenĂa los pies entumecidos, el vientre vacĂo.
—No sé. Sólo puedo seguir mi anhelo a ese hogar en Dacia.
Como ella le habĂa dicho a Yuta, su padre, el Rey Suho, gobernaba aquel reino, una tierra de abundancia y paz. Está encerrado en piedra, escondida en el corazĂłn de la
montaña. En el interior de una elevada caverna mil veces más grande que Helvita habĂa un castillo negro majestuoso, rodeado por fuentes deslumbrantes de sangre. Los sĂşbditos del rey llenaban sus baldes cada mañana.
Yuta apenas podĂa imaginar un lugar asĂ.
—Después de todas nuestras andanzas, creo que estamos cerca, Hijo.
Esa primera noche, cuando habĂan caminado por el bosque que rodeaba la sanguinaria y aterradora Helvita, ella temĂa que Yuta no a travesara la noche helada. Una y otra vez, tratĂł de teletransportarlos a Dacia, sĂłlo para ser devueltos al mismo lugar.
Él habĂa sobrevivido; ella se habĂa agotado.
Ahora estaba demasiado dĂ©bil para trazarse, por lo que avanzaban laboriosamente hacia otra aldea, uno que podrĂa proporcionarles un granero para protegerse de la letal luz solar del dĂa que se aproximaba.
Desafortunadamente, cada aldea estaba llena de inmundos mortales.
Ellos siempre veĂan la belleza de Sana y el corte extranjero de su ropa con asombro. entonces sospechaban. Yuta recibĂa su parte de atenciĂłn por sus penetrantes ojos dorados y su cabello rojizo escarlata siempre que se derramaba por debajo de su gorro. A su vez, Sana ridiculizaba sus sucios cuerpos, montados por piojos y su lenguaje simplista. Su desprecio por los mortales seguĂa creciendo, abasteciendo de combustible el suyo.
Cada noche, antes del amanecer, dejaba oculto a Yuta mientras cazaba. A veces, volvĂa con las mejillas rojas de sangre, y no habĂa triunfo en sus ojos. Un tajo en la muñecapodĂa llenar una taza para Ă©l tambiĂ©n. Otras veces, ella estaba pálida y taciturna, maldiciendo la traiciĂłn de Yixing, lamentando su situaciĂłn. Otra salida del sol, cuando se estaba quedando dormido, la habĂa oĂdo murmurar: —Ahora dormimos con el ganado, y debo beber de la carne...
Sana redujo la marcha, sacudiendo la cabeza alrededor.
—¿Nos están siguiendo, Madre?—Los humanos de la Ăşltima aldea habĂan sido más hostiles que cualquier otros, arrastrándose detrás de ellos, incluso en el desierto.
—No lo creo. La nieve cubre nuestra pista rápidamente. —Caminaba trabajosamente, diciendo, —Es hora de tus lecciones.
Durante el viaje de cada noche, lo instruĂa en todo para sobrevivir entre los humanos,
—Beber del mismo sĂłlo te matará de hambre, y nunca hasta la muerte. La etiqueta Dacian: los estallidos de emociĂłn se considera la máxima groserĂa, por lo que, naturalmente, ofenderĂas mi linaje.
Y siempre le extraĂa promesas para el futuro, Âżcomo si ella pensara que pronto iba a morir?
—¿QuĂ© debes hacer cuando seas mayor, mi prĂncipe?
—Vengar la traición en contra de nosotros. Destruir a Yixing y tomar su trono.
—¿Cuándo?
—Antes de que él encuentra a su pareja.
—¿Por qué?
Yuta diligentemente respondiĂł: —Una vez que encuentre a su pareja predestinado por la sangre, Ă©l se hará más poderoso, incluso más difĂcil de matar. Y Ă©l engendrará un
heredero legĂtimo con su pareja. Los Vampiros de la Horda no seguirán al bastardo de Yixing, mientras viva su verdadero sucesor.
—Debes estar completamente seguro de que la Horda te jurará lealtad. Si tu esfuerzo por reclamar la corona fracasa, te aniquilaran. Espera hasta que seas el más poderoso.
—¿Tendré que llevar los ojos rojos para luchar contra él?
Ella se detuvo, inclinando la cabeza.
—¿Qué sabes de tal asunto?
—Cuando un vampiro mata a su presa mientras bebe, se vuelve más poderoso, pero la sangre mancha sus ojos.
—SĂ, porque Ă©l bebe de lo más hondo, hasta el fondo del alma. Esto trae fuerza pero tambiĂ©n sed de sangre. Yixing se ha convertido en uno de los CaĂdos. —Ella añadiĂł vagamente, —Y será aun más tortuoso. Para Ă©l, en particular.
—¿Por qué?
Ella le dio a Yuta una mirada de valoración, como si decidiera algo sobre él.
—No pienses en esas cosas, —finalmente dijo, haciendo su tono ligero. —Nunca mates cuando bebas, y nunca tendrá que preocuparte por ello.
—Entonces, ¿cómo voy a... —se sonrojó de vergüenza. —¿Cómo seré lo suficientemente fuerte como para matar a Yixing?
Sana lo alcanzĂł, presionando sus manos en contra de sus mejillas congeladas, levantando su cara.
—OlvĂdate de todo lo que has escuchado de tu padre. Cuando seas mayor, los guerreros inmortales temblaran de miedo, mientras que los demás se desmayaran a tu paso.
—¿En verdad, Madre?
—Estas perfectamente formado y crecerás hasta ser un Dacian magnĂfico, un vampiro para ser temido. Especialmente una vez que sangres. —MirĂł detenidamente hacia el cielo nublado, la nieve salpicaba su cara. —¿Y tu pareja?—Sana encontrĂł su mirada una vez
más. —Será incomparable. Una verdadera realeza ante la que incluso yo me posarĂa.
Él entorno los ojos como si estuviera bromeando, pero su porte era serio. Yuta esperaba encontrarle rápidamente. SabĂa que cuando se desarrollara por completo, poco a poco su corazĂłn detendrĂa su ritmo, sus pulmones dejarĂan su respiraciĂłn. Cuando se convirtiera en un caminante muerto Vampiro, no sentirĂa ninguna necesidad por nadie.
Su tĂo una vez habĂa tiraron bajo su barbilla y le habĂa dicho: —SĂłlo cuando olvides lo que te pierdes en la cuna de unos suaves muslos, encontrarás a tu pareja, y te devolverá la vida.
Yuta no se preocupaba por el lecho, pero la idea de su corazón deteniéndose le horrorizaba.
—¿Cuánto tiempo pasara hasta que le encuentre?
Ella mirĂł lejos, diciendo en un tono extraño, —no lo sĂ©. PodrĂa llevarte siglos. Pero lo que sĂ sĂ© es que serás un buen y fiel rey para tu pareja. —Entonces ella le preguntĂł:—¿Y quĂ© vas a hacer cuando poseas el trono de la Horda?
—Aliarme con tu padre, uniendo a los Daci y a la Horda bajo un blasón familiar.
Ella asintiĂł con la cabeza.
—Suho es el único en quien puedes confiar. No en mis hermanos, o hermanas, con sus intrigas y complots. Únicamente en mi padre. Y, por supuesto, puedes confiar en tu pareja.
¿Pero todos los demás?
—Debo usarlos y desecharlos, no preocuparme por ninguno, ya que ellos no importan nada.
AcurrucĂł su dedo Ăndice debajo de su barbilla. —SĂ, mi inteligente hijo.
Pasaron los siguientes kilĂłmetros de esta forma, con ella enseñándole las intrincadas costumbres de los Daci mientras trataban de ignorar el frĂo.
Un cielo encapotado amenazaba con más nieve; las garras del alba atravesarĂan la oscuridad en cuestiĂłn de horas.
Yuta se estremeció, sus dientes y colmillos de bebé castañeaban.
—Silencio, —susurró Sana. —Los humanos nos siguen. —Ella olfateo el aire. —¡Dioses, su olor me agravia!
—¿Qué quieren?
Ella murmuró, —Darnos caza.
—¿D—donde podemos ocultarnos?—Estaban en un amplio valle con altas mesetas al este y al oeste. Los mortales avanzaban por el norte. Las montañas se alzaban lejos al Sur.
Ella mirĂł a su alrededor con desesperaciĂłn.
—Tenemos que llegar a las montañas. Creo que es donde encontraremos el paso que conduce a Dacia. —Le dio un empujón. —¡Ahora corre!
Lo hizo, tan rápido como pudo, pero la nieve estaba demasiado alta sobre la tierra, cegado por los copos que llovĂan con demasiada rapidez. —Nunca lo lograrĂ©, ¡Madre!
AgarrĂł su brazo e intento trazarse con Ă©l. Sus formas se desvanecieron brevemente, pero no desaparecieron. Apretando los dientes, lo intento una vez más, en vano. Liberándolo, ella lo girĂł en su lugar, buscando una vĂa de escape. Entonces se calmo, escuchando. Sus ojos se ampliaron.
—¡Padre!, —ella gritĂł, el sonido resonĂł a lo largo del valle. —¡Estoy aquĂ! Tu Sana está aquĂ.
Nadie le respondiĂł.
—¡Padre!
Los mortales a la distancia daban gritos mientras se acercaban.
—¿Papá? —ella se balanceaba sobre sus pies, su expresión... perdida. —Sé que te sentà y a los demás.
Yuta entonces lo supo. Inmortales de gran poder habĂan estado aquĂ. ÂżPor quĂ© no rescataron a su princesa?
Lagrima carmesĂ se deslizaron por su hermoso rostro cuando ella cayĂł sobre sus rodillas.
—Estábamos tan cerca. —La orgullosa Sana comenzó a cavar en la nieve, usando sus garras para apuñalar las capas permanentes de hielo.Incluso cuando se arrancó las garras y sus dedos comenzaron a sangrar, siguió cavando.
—¿QuĂ© tan bajo te he llevado, Yuta. Cuando me recuerdes, no te acuerdes de esto. Con cada puñado de hielo, un agujero crecĂa. —TĂş eres el hijo de un rey, el nieto de un rey. ¡No lo olvides nunca! —Cuando la piel de sus dedos comenzĂł a desprenderse, tratĂł de ayudarla, pero ella le dio una palmada en las manos, parecĂa a punto de enloquecer.
Finalmente, lo metiĂł en el pequeño hoyo que habĂa hecho.
—Ven. OcĂşltate aquĂ.
—Tengo que hacerlo más profundo, Madre. No hay suficiente espacio.
Ella susurró, —hay suficiente espacio. Me aseguraré de que estés a salvo.
Sus ojos se abrieron. ÂżTenĂa la intenciĂłn de luchar contra ellos?
—Trázate de aquĂ sola, — le dijo, aunque sabĂa que probablemente estaba demasiado dĂ©bil incluso para eso.
—¡Nunca! Ahora, ¿cuáles son sus votos para m�
—Madre, yo…
Ella chasqueĂł sus colmillos, sus iris se volvieron negros.
—¡Tus votos!
—Tomar la vida de Yixing. Apoderarme de su trono.
—¿En quién vas a confiar?
—En nadie más que en tu padre y mi pareja.
Más lágrimas cayeron.
—No, solo en tu pareja, Yuta. Suho y los Daci nos abandonaron el dĂa de hoy.
—¿Por qué?
—Llevamos a esos mortales muy cerca. —Ella dio un sollozo. —Él eligiĂł el secreto valioso de su reino sobre nuestras vidas. Debo pagar por mi insolencia, por mi falta de astucia. Ellos hacen un ejemplo de mĂ.
El pánico estalló dentro de Yuta.
—¿Cómo te encontrare? ¿Qué hago?
—Una vez que los humanos se vayan, mi familia vendrá por ti. Si no, harás todo lo necesario para sobrevivir. Recuerda todo los que te he enseñado. —Empujo su manga por encima de su brazo. —Bebe, Yuta. Te hará lo suficiente fuerte para soportar los prĂłximos dĂas.
Negó con la cabeza en confusión. —No puedes perder sangre.
—¡Obedéceme! —Ella se mordió en la muñeca. —Inclina tu cabeza hacia atrás y parta tus labios.
De mala gana, lo hizo, y ella levantĂł el brazo sobre su rostro vuelto hacia arriba, por encima de su boca. Su sangre era rica, rápidamente alejo el frĂo. Ella lo hizo beber hasta que la corriente habĂa decaĂdo a un goteo, hasta que el hielo se formo sobre la herida.
—Ahora escucha. Los llevare lejos de ti, los distraerĂ©. Ellos me tomaran a mĂ…
—¡Nooo! —Él gritó.
—¡Yuta, escucha! Cuando me capturen, la necesidad de protegerme se elevará dentro de ti. Debes ignorarla y permanecer aquĂ. No hagas caso de tu instinto y confĂa en tu frĂa razĂłn. Como no pude hacerlo con Yixing. Como falle en hacerlo mil veces. ¡JĂşrame esto!
—¿Quieres que me oculte? ¿Que no te defienda contra esas criaturas?
Lagrimas de desconcierto brotaron.
—SĂ, esto es precisamente lo que quiero. Hijo, tu mente es la más brillante que he conocido. UtilĂzala. No repitas mis errores —se apodero de su barbilla. —Hay un Ăşltimo voto que debes a darme. Un voto al Lore de que no dejaras este sitio hasta que los mortales se vayan.
—¿Al Lore? ¡Era un voto irrompible! —Él querĂa poner una barandilla, negarse a esto.
ÂżCĂłmo podrĂa no defenderla?
Ella levantĂł su barbilla.
—Yuta, te... suplico esto.
ÂżUna princesa Daci suplicando a uno como yo? Sus labios se abrieron en estado del shock. Las palabras brotaron de ellos.
—Yo lo juro por el Lore.
—Muy bien. —Ella presionĂł un beso frĂo en su frente. —Quiero que nunca, nunca seas puesto en este punto tan deplorable de nuevo. —Sobre sus protestas frenĂ©ticas, comenzĂł a enterrarlo en la nieve. —ConviĂ©rtete en el rey que naciste para ser.
—¡Madre, por favor! ¿C—Cómo puedes hacer esto?
—Porque eres mi hijo. Mi corazón. Haré lo que sea necesario para protegerte. —Sus miradas fijas se reunieron. —Yuta, cualquier cosa digna en mà comenzó contigo.
Se negaba a creer que serĂa la Ăşltima vez que la verĂa, rechazo decirle a su madre cuánto la amaba…
Ella susurró, —lo sé, —entonces lo arropo en la nieve.
Calentado por su sangre, yacĂa acurrucado, temblando de miedo por ella. Sus ojos se movĂan, sin ver nada.
ÂżHabĂa arrastrado sus pies, corriendo hacia atrás de nuevo en direcciĂłn de los mortales?
Con el tiempo, oyĂł su lucha a la distancia, sentĂa las vibraciones de varias pisadas. De lo que debĂan de ser docenas de humanos rodeándola.
Apretó los puños, luchando contra el frenético anhelo de salvarla.
Sin embargo, Yuta estaba impotente obligado por su promesa y minado por su debilidad.
Sus gritos ahogados de frustraciĂłn se convirtieron en lágrimas ardientes cuando oyĂł el sonido de cadenas, los gritos apagados de ella. Los sonidos guturales de los hombres. HabĂa sido criado en Helvita bajo el reinado malvado de Yixing, Yuta sabĂa lo esos mortales le estaban haciendo.
Mientras luchaba para no vomitar la preciosa sangre con la que lo habĂa dotado, decidiĂł que se convertirĂa en un CaĂdo, consumiendo la fuerza de otras
criaturas. PodrĂa crecer loco por la sed de sangre; nunca volverĂa a estar desvalido otra vez.
En lo que debieron ser horas más adelante, los gritos de ella se callaron. Una vez más,
sus ojos se movieron. CreyĂł ver un hilo de humo, entonces el olor a carne quemada. Al amanecer. Sus gritos se renovaron. Mientras se quemaba, le gritĂł en Dacian, —¡No lo olvides nunca, mi prĂncipe! ¡VĂ©ngame!—Otras palabras siguieron, pero no pudo distinguirlas. Luego sonidos ininteligibles... gritos desesperados.
Con el sonido de sus gritos, lloró, repitiendo sus votos una y otra vez, añadiendo uno nuevo.
—Quemar al r—rey... Daci vivo...
“
Mi cordura fallará mucho antes de que se haga mi voluntad. Por suerte, la única cosa más interesante que tiene un loco es un ser implacable.”
Yuta Nakamoto Daciano,
El enemigo de los antiguo.
“¿
Yo, una magnolia de acero?
¡Acero, mi culo!
[Riendo, luego, bruscamente, serio.]
Prueba con el titanio”
Kim Dongyoung "Doyoung"
Experto en chicos, en invertir la psicologĂa y en evadir la ley.
“
La diferencia entre tĂş y yo es que mis
acciones no tienen consecuencias para mĂ.
Eso es lo que me convierte en un dios.”
Ten el segador del alma,
Deidad de sangre,
Sagrado protector de los vampiros, Dios de la muerte divina.








