COMO ASUSTAR A LUCAS
Era otoño en Portland, Oregón.
El olor a café y chocolate caliente se esparcía por la ciudad. Las hojas de arce se desprendían de las ramas debido a las fuertes corrientes de viento, propias de la estación, volaban y teñían las calles de muchos tonos de naranja. La gente iba y venía de un lado a otro, sin mirarse o cruzar palabra. Supongo, que la idea detenerse y saludar a alguien no cabía en sus pequeños cerebros aburridos.
Lucas miró a cada lado de la calle antes de cruzar. En estos tiempos, cualquier imbécil podía conducir un auto sin saber lo que implica esa responsabilidad. No lo sabrá él. La última vez que cruzó una calle sin fijarse casi lo atropellan. Dios. Si aquella desconocida no lo hubiese halado de su brazo, no quería ni imaginar lo que hubiese pasado. De seguro que se habría convertido en un número más en las estadísticas de accidentes de tránsito. Movió la cabeza para despejar su mente y olvidarse del asunto.
Se detuvo al pie del jardín, bueno, mas bien algo llamo su atención e hizo que todos sus sentidos se centraran en ello. Corina su mejor amiga sostenía un libro entre las manos mientras apoyaba su espalda contra el tronco del árbol de arce. Se acercó en absoluto silencio para sorprenderla.
Corina absorta en el libro que leía no escuchó los pasos de Lucas, quien se paró frente a ella. La miró por unos segundos como si fuera la criatura más hermosa que hubiera visto en su vida. Claro, que habían chicas incluso más hermosas que Corina, pero para Lucas era no había otra como ella.
—¿Has estado esperándome? —Carraspeó Lucas, Corina dio un respingo y se llevó una mano al pecho. Apretó el libro y levantó la mirada.
Sonrió.
—¿Que forma es esa de llegar?
—Quería darte una sorpresa. —La mirada de Lucas cambio a una de melancolía al ver los ojos hinchados de Corina—. ¿Como has estado?
—Me has hecho la misma pregunta ayer, antes de ayer, y la misma que haces cada vez que nos encontramos. ¿No te parece muy tonto de tu parte?
—¿Como estas? —insistió.
¿Qué cómo estaba? Pues, a decir verdad, Corina no lo sabía con certeza. Era como si ni quiera ella pudiese describir sus propios sentimientos. Le dolía el pecho, el cuerpo, el alma. Pero se trataba mas allá de un malestar general. La respiración le fallaba. Todo el tiempo quería dormir o encerrarse en algún lugar donde nadie la pudiera encontrar. Se preguntaba como es que aun no habían inventado la forma de abrir un libro y ser absorbido por este.
Corina invitó a Lucas a sentarse junto a ella.
—Bien —respondió ella, al fin, con la voz trémula y una sonrisa forzada que podrida engañar a cualquiera que no la conociera—. ¿Y tú?
Lucas se quedó callado y vacilo, su corazón se estrujó al no reconocer a Corina. Era como si desde hace mucho no fuera ella. Ladeó la cabeza. No podía ser Corina. La misma chica de sonrisa radiante y ojos hipnotizadores. La que vestía de azul floral en otoño. La que se subía a los tejados a leer. ¿Cómo es que podía ser Corina?
—Yo —Lucas extendió la caja de donas que había ocultado bajo su abrigo como si su gesto fuera a animarla—. Es para ti. Son de chocolate con fresa. Tus favoritas.
Corina recibió la caja con una sonrisa en los labios que más bien parecía una mueca y la dejó a un costado, sin mirarla. Los donas ya no resultaban tan apetitosas como solían serlo para ella. Lucas no le dijo nada mas que todo porque no sabia que decirle, una punzada le recorrió desde la punta de su dedo hasta su corazón. Se preguntó si las personas vuelven a ser las mismas después de una perdida tan grande. O simplemente, ya no vuelven. ¿Qué pasaría si la Corina que solía conocer ya no regresaba?
—¿Qué libro estás leyendo? —Preguntó Lucas movido por su curiosidad.
Corina le mostró el libro de tapa roja. It de Stephen King se leía en la portada.
Lucas trató de recordar si alguna vez había leído un libro de Stephen King. El nombre el autor le sonaba familiar. Se frotó los manos y acomodó el cuello de su abrigo. Después de unos minutos de ondear en su mente se dio por vencido. No, definitivamente, no lo recordaba.
—Si quieres te lo puedo prestar para que lo leas —sugirió Corina.
Lucas negó.
—Pues el título no suena muy tentador. ¿De qué trata? —Hizo un ademán con las manos—. ¿Es de terror?
Ella asintió.
—Pues la verdad es que apenas he leído un capitulo —confesó con timidez.
—No creo que lo lea.
—¿Por qué? —Le interrogó ella con una nota de burla en su voz un poco mas animada—. ¿Tienes miedo que sea como la última vez? Vamos. No seas un niño llorón. Estoy segura que este libro te gustara.
—Dijiste lo mismo la última vez.
Frunció el ceño.
—Eh, esta vez será diferente.
Lucas estalló en cargadas. Claro. Engañarlo era tan fácil, y no porque no supiera reconocer cuando Corina le decía una mentira, sino porque le gustaba la manera en sus mejillas se sonrojaban y como desviaba la mirada para no delatarse. Era como no hubiera perdido del todo a la antigua Corina.
—¿Cuál historia de amor? —Le preguntó y fingió que habia creído—. ¿La de un príncipe que se enamoró de una bruja y está se comió su corazón?
—Era una buena historia.
—¿Enserio?
Corina lo miró fijamente durante un largo tiempo como si pudiese convencerlo, luego se cansó y retomó su lectura. Lucas sacó un libro de su bolsillo y se puso a leerlo. El libro era pequeño, de tapa escarlata y con los bordes dorados, hecho a mano. La persona que lo hizo le tenía un especial aprecio a Lucas o eso es lo que parecía, pues de otra manera quien se fijaba con tanto esfuerzo en que las infecciones pasaran desapercibidos a primera vista. Hasta olía a jazmines.
Corina vio el libro por el rabillo del ojo. Era la primera
—¿Quién te ha regalado ese libro? —El tono de recelo con la que Corina hizo la pregunta le sorprendió a Lucas.
Abrió los ojos y negó.
Corina se arrepintió al instante de preguntar. ¿Por qué? ¿Por qué no quería pensar que tal vez otra chica pudiera estar interesada en Lucas? Era normal, pero. Arrugó la nariz. «No. Claro que eran no celos. Era preocupación». Intentó engañarse a sí misma. Era su mejor amiga. No quería que ninguna una chica le rompiera el corazón.
Lucas dejó de leer. La verdad es que no tenía la menor idea de cómo el libro había aparecido en su mochila y menos quien lo puso ahí. Un día como cualquier otro, después de clases de cocina lo encontró. Ni siquiera vino con una nota o una carta. Le resulto fácil suponer que fue uno de sus amigos y ni le dio importancia. Era como una de esas cosas a la que nunca la buscaba sentido.
—No lo sé —contestó Lucas sin pensar en ello—. Un día apareció en mi mochila. Esa es toda la historia y ya.
Corina se sonrojó y bajó la cabeza. «Estúpida» se regaño. «Ni le importa quien le regalo el libro». Cogió una dona y se la llevó a la boca. Su sabor le recordó a los pasteles que preparaba su padre para su madre; a manzana con un toque de canela y miel. Contuvo las lágrimas y forzó una sonrisa.
Dejó la dona a un costado.
Lucas no podía apartar la mirada de los ojos de Corina por mas que lo intentara. Eran verdes si los veía de lejos. Pero al acercase se tornaban azules con un tapiz de amarillo.
—¿No te parece muy hermoso? —Suspiró.
Ella se volvió hacia él.
—¿Qué cosa? —Corina se limpió la boca con el dorso de la mano.
«Tú».
Lucas ahogó la respuesta antes de que pudiera salir de sus labios. Y, en cambio, dijo:
—Que dos personas estén conectadas por el hilo rojo del destino —citó una de las frases escribas en el libro—. «De cualquier manera te encontrare. Si no es esta vida será en la que sigue».
Ella negó con la cabeza.
—Eso no existe. Los chinos lo inventaron, ya te lo he dicho —murmuró ella, y mordió otra dona—. ¿O fueron los japoneses? No estoy segura. Pero nada es verdad. Es tan tonto creer que es el destino es quien moldea nuestras vidas y nosotros.
Corina se negaba a creer en el destino. No lo gustaba la idea de que todo tenía un porqué. ¿Acaso existía un motivo para que la vida se llevara a las personas que amaba? ¿Hubo algo que pudo hacer para cambiar lo que paso… y no hizo? ¿Qué? ¿Qué no hizo? ¿Son de esas preguntas en las que no hay respuesta?
Apretó los puños.
Le fue difícil para Corina mirar la cara a Lucas y no decirle que se metiera sus palabras por el trasero. Ya no era una niña de cinco para que le contara cuentos de hadas para hacerla sentir mejor o darle falsas esperanzas. Tenía diecisiete años. La edad suficiente, o eso creía ella, para saber que la vida no era color de rosa.
—No lo sé. Pero, a veces, siento que todo está planificado—Guardó el libro en su bolsillo—. ¿Sabes? Lo quieras o no hay situaciones que ni la ciencia puede explicar. Como el hecho de que dos personas que han estado juntas más de media vida, después de haberse enamorado varias veces, hayan podido darse cuenta que lo que siempre quisieron ha estado en frente de ellos todo el tiempo.
Ella soltó un resoplido. Los seres humanos suelen ser tontos por naturaleza, aunque tuvieran al amor de su vida frente a sus ojos serían incapaces de reconocerlo. Cuanto algo para ellos es demasiado maravilloso dudan de que sea real y lo echan a perder.
—Yo no amaría a una persona que ha tenido que recorrer el mundo para saber que me ama —dijo ella y Lucas abrió los ojos—. Y menos si se ha enamorado de otras en su camino. Es como si hubiera sido su ultima opción.
Un cosquilleo en el estómago agitó las emociones de Lucas.
—Tal eran muy jóvenes y deseaban conocer el mundo. ¿Cómo puedes estar seguro que un día te despertaras y la persona que este a tu lado ya no sea lo que...?
—¿Ahora las personas son un consuelo? —Lo interrumpió—. ¿Eso es lo que intentas decir? ¿Qué hay que conformarse con lo primero que llega a tu vida, aun no siendo lo que deseas?
—Yo no he dicho eso.
—No hace falta.
Corina apartó su mirada un segundo antes de que Lucas se diera cuenta que estaba a punto de llorar. No quería preocuparlo. Ya tenía suficiente con sus problemas como para que tuviese que ocuparse de los ella también.
—Somos muy jóvenes para saber lo que es amar, supongo —la nota de tristeza en su voz no pasó desapercibida para Corina—. Yo solo. Soy un tonto.
Lucas se quedó callado, pensativo. Una parte de sí mismo le suplicaba que levantara la mirada, que fuera valiente, y le confesara lo que sentía, porque quizás no volvería a tener otra oportunidad. Echó la cabeza para atrás y negó. ¿Qué diría? ¿Qué la quería? Un nudo se puso en su garganta y le impidió hablar. ¿Por qué arriesgarte? Ni siquiera estaba seguro de sus sentimientos.
—Lo siento, solo que no comparto tu forma de ver el mundo —dijo Corina, en voz baja—. Te van a lastimar si crees que el mundo es tan amable como tú.
Él sonrió.
—Por eso te quiero.
—¿Por anti-romántica?
—No. —Le tomó las manos—. Porque dices las cosas a tu manera. Sin importar lo que piensen o digan los demás. Me gusta que eso no haya cambiado en ti.
Corina movió las cejas sin comprender por completo. ¿Su comentario había sido un alago, un insulto? Supongo, que eso no importaba mientras él la aceptara tal y como era.
Se pusieron a conversar sobre sus libros favoritos hasta que el sol se ocultó. De haber sido por Lucas no se hubiese marchado, pero si no volvía a casa antes de las ocho, su madre lo castigaría y, aunque los castigos de su madre no eran severos, no le gustaba hacerla enojar. Se despidió de Corina, se subió en su bicicleta y se fue.
Corina se recostó sobre la hojarasca a terminar de leer su libro. Se sumergió en las páginas como lo hacen los que quieren olvidar su dolor, su soledad y su tristeza. Por unas horas dejó de ser ella y se volvió uno más de los personajes de la historia. El tiempo se desvaneció y con ello todo a su alrededor.
—Ya deberías haberte ido a la cama —la voz de su hermano resonó en su cabeza. Dio un respingo y estiró la cabeza para verlo.
—Steve —murmuró.
Steve se cruzó se brazos y le sonrió de lado. Tenía la corbata desarreglada, el cabello hecho un enredo y una capa de sudor bajaba por su frente. Era dos cabezas más alto que Corina y, a diferencia de ella, él no heredó el color de ojos de su madre sino el de su padre. Los suyos eran azules.
—Lo siento, no te vi llegar —le dijo Corina y escondió el libro entre su espalda para que Steve no lo viera. Alzó los ojos al cielo. Las estrellas brillaban y recién era consiente de que era de noche.
“¿Qué hora era?”
—No te preocupes. Entre por la puerta de la cocina. Usted señoría debía estar en la cama. —Miró su reloj y a ella, intercaladamente—. Son casi las diez en punto. ¿Qué estabas haciendo a estas horas?
Corina se encogió de hombros.
—Nada. Solo pensaba en ellos. ¿Nos miran desde arriba?
Steve se sentó junto a Corina. Hablarle no debería ser difícil. Solo era diez años mayor que ella. Sin contar que estaba en la etapa más difícil de su vida: la adolescencia. Sus cambios de humor lo abrumaban, Corina lo notó por la mirada que ponía cada vez que intentaba hablar con él.
Steve aclaró su garganta.
—¿Sabes? —empezó a decir—. Yo también los echo de menos.
—¿Por qué se fueron? ¿Por qué no se quedaron conmigo? —Las preguntas floraron en aire.
Corina se quedó en silencio a la espera de un consejo, uno que no llegaría. Steve se cruzó de brazos y centro su mirada en sus zapatos como si le fueran a darle la respuesta que necesitaba. ¿Qué le podía decir? ¿Qué la vida era así? Pero qué más da. El tiempo no se puede retroceder ni mucho menos cambiar.
—No lo sé —respondió, frustrado, al cabo de un rato—. Mejor hablamos de eso otro día.
Corina movió la cabeza como si confiará en su palabra.
—¿Cuándo?
—No lo sé. Pero hoy no. Estoy cansado. —La poca paciencia que tenía para responder se le agotó—. No sabes que es soportar un trabajo que no te gusta y un jefe que lo único que hace es recordarte que tu vida es...
—Voy a dormir —lo interrumpió.
Steve asintió como si diera cuenta de su error y relajo la expresión de amargura en su rostro. Corina se levantó, sin despedirse, y se fue a su habitación. Ya en su cama, y sin que nadie la viera, se puso a llorar. Quería su antigua vida de vuelta.