De demonio a ángel en una sonrisa
La profesora Gutiérrez tamborileaba los dedos en el tablón de su mesa mientras repasaba la lista una segunda vez.
—¿Seguro que estás en mi clase, Brooks? No veo tu nombre en la lista —hizo una mueca y suspiró— esto es español de décimo grado ¿Por qué estás aquí? ¿No eres de último año?
—Sí, pero debe haber un segundo idioma hasta décimo grado aprobado para la universidad a la que quiero ir, y me matriculé en el último momento, pero me aceptaron la plaza. —Suspiró y volvió a señalar la lista.
La profesora empujó las gafas con un dedo por el tabique de su nariz y escrutó la lista otra vez. Jackson se impacientó y jugó con el anillo que llevaba en el anular derecho, dándole vueltas con el pulgar. Estaba frente a toda la clase y notaba las miradas de los alumnos puestas en él; odiaba ser el centro de atención.
—¡Aja! Es verdad, aquí estás —exclamó—. Tengo aquí la lista nueva, me la dieron esta mañana. Está bien —estiró la mano y la zarandeó para señalar las filas de pupitres— siéntate con Blake, es el único sin compañero.
Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta y empezó a andar sin mirar hacia ningún lado, le ponía de los nervios ser el centro de atención y sabía que en aquel momento todos lo miraban.
Respiró aliviado cuando llegó al pupitre doble con la silla vacía y, después de retirarla, dejó la mochila en el suelo de mala gana y se sentó.
—Bien, ya estamos todos —la profesora se levantó y fue directa a la pizarra con el rotulador.
Jackson se fijó en cómo empezaba a escribir y él sacó de la mochila el estuche y la libreta. Después se giró a mirar a su nuevo compañero; qué mínimo que presentarse.
Cuando se cruzó con sus ojos se dio cuenta de que aún no lo había mirado, pero en cuanto lo hizo se quedó de piedra. Tenía el rostro fino y la piel pálida, los ojos, del azul del cielo, contrastaban con la oscuridad de su pelo, que a mechones desordenados le cubría parte de la frente y la mejilla derecha. Aún así se podía apreciar lo guapo que era y más con aquel aura oscura, misteriosa y melancólica que le rodeaba. Él le miró y por un segundo creyó que podía verle el alma.
—Dylan Blake —le sonrió y el mundo tembló un poco—, parece que vamos a ser compañeros —dijo sin borrar la sonrisa.
Cuando fue capaz de pensar cayó en la cuenta de quién era. Era Dylan Blake. Ese del que había oído hablar más de una vez y que siempre estaba rodeado de rumores: que si era delincuente, un busca problemas, que si era huérfano y vivía con su abuelo, que tenía una relación extraña con los Sparks, que iba tatuado porque había estado en un reformatorio, y así un sin fin de lo que posiblemente fueran mentiras. Porque todo lo que había oído era propio de un demonio, de una mala influencia y el chico que tenía ahí, sonreía como si Dios mismo le hubiera curvado los labios para que pudiera iluminar los días más oscuros.
—Jackson Brooks. —Intentó sonreír pero le duró poco, después de aquello se sintió algo eclipsado.
Durante más de media clase no pronunció palabra alguna, solo miraba a su compañero de reojo, que estaba más que entretenido dibujando algo en su libreta. Parecía estar diseñando una caja con una luna en la tapa.
—¿No tomas apuntes? —le susurró muerto de curiosidad por lo que estaba haciendo.
Dylan le miró de nuevo y negó.
—El primer día no suele decir mucho, además, es un repaso del semestre pasado. —Se encogió de hombros y le enseñó lo que hacía—, estoy haciendo una caja en la clase de carpintería, se la regalaré a mi hermano, es para guardar algo especial.
La explicación le pilló tan desprevenido que no supo qué decir, sin embargo, asintió.
Los minutos que quedaban se hicieron eternos, la profesora Gutiérrez había hecho un repaso sobre lo que habían estudiado el semestre pasado, tal y como Blake había dicho. A él le quedaba algo lejano, pues una vez acabado el noveno grado, decidió dejar esa materia y hacer otras que le pudieran ser más productivas. Había maldecido cuando, al mirar los requisitos de su carrera en la Universidad del Sur de California, en Los Ángeles, pedían un segundo idioma en cuarto grado. Eso quería decir que debía prescindir de algo que le habría gustado más, pero solo era un semestre, así que había decidido hacer de tripas corazón y matricularse.
La campana sonó y dio fin a la tediosa clase de la señora Gutiérrez, de esa manera pudo recoger sus cosas y ponerle cierre a aquella primera clase aunque aún le quedaba un día muy largo por delante. Jackson odiaba los primeros días, ya que siempre debía revisar el horario más de una vez para ser capaz de encontrar sus clases.
Por el rabillo del ojo vio como Blake recogía sus cosas también y salía casi disparado hacia la puerta, donde un muchacho de su edad, pero que le sacaba una cabeza y que era visiblemente más voluminoso, lo esperaba. Blake se tiró a sus brazos con una sonrisa, que habría deslumbrado al sol, acto seguido apareció un crío de no más de doce años y lo cargó en brazos, aunque le costó, seguramente era de primer grado y el hermano pequeño del grandullón, no le costó adivinar que eran los Sparks. Aunque la expresión que Blake le dedicó al joven lo dejó de piedra, nunca había visto a alguien mostrar tanta ternura en una sonrisa.
Con un suspiro se levantó y se colgó la bandolera al hombro. Ya estaba a punto de iniciar la marcha cuando una chica morena y con los ojos castaños lo detuvo. Era guapa, tenía una graciosa nariz de ratoncillo y un lunar en la mejilla.
—Perdona, ¿Brooks, verdad? —asintió— ¿te importaría cambiarme el sitio? Me gustaría ser la compañera de Dylan, verás, estábamos juntos y bueno, me gustaría estar cerca de él, ya sabes, para limar asperezas.
Sorprendido la miró y se encogió de hombros.
—Y eso a mí me tiene que importar por qué…
—Estarías haciendo una buena acción. Va, deja que me siente con él en la siguiente clase —suplicó con un puchero estudiado, aunque era una batalla perdida; Jackson era gay.
—Lo siento, estaba solo, si tanto querías sentarte con él, ¿por qué no lo hiciste? ¿Será que él no quería? Díselo a Blake, si no tiene problemas, me cambiaré. Si no, quédate con tu compañera. —Señaló el pupitre que tenía delante.
—Eres un borde —se cargó la mochila a la espalda y salió hecha una furia de clase.
Jackson suspiró de mal humor y también salió del aula.
En el pasillo, junto a las taquillas, vio a su compañero de español hablando con unos compañeros y todos se reían de algo que había dicho o hecho, eso lo molestó un poco. Blake tenía todo lo necesario para ser un marginado: malas pintas, parecía ser un freak y alguien que apuntaba maneras para ser todo un antisocial, pero ahí estaba. Rodeado de gente, siendo amigo del que podría haber sido el capitán del equipo de fútbol americano y, parecía haber dos chicas en el corrillo que le ponían ojitos. En ese momento no entendió porque lo aceptaban tanto cuando había tantos rumores, y ninguno bueno, que circulaban a su alrededor. Él por el contrario, solo por su forma de vestir y la música que escuchaba, recibía el constante rechazo de sus compañeros de clase y siempre estaba solo, aunque eso era mejor que sus críticas o abucheos.
Unos celos absurdos le comieron por dentro, menudo semestre le esperaba a su lado, tal vez debería haber aceptado la oferta de la chica y cambiar de pupitre.
Al final, aquella mañana, Jackson se saltó las dos últimas clases. Como era pronto no encontró autobuses escolares para devolverlo a casa y la caminata que le esperaba era de veinte minutos, a pesar de ser un pueblo pequeño, pero no le importó, le gustaba caminar con los cascos puestos mientras la música de Bring me the Horizon sonaba.
El instituto estaba a las afueras en mitad de la nada, así podía disponer de un campo de fútbol más grande y de unas buenas instalaciones deportivas, muchos de sus alumnos conseguían becas gracias a ello. La placa que había en un lateral en la entrada rezaba que se había podido construir gracias a una generosa donación (monetaria y territorial) por parte de la familia Sparks. Suspiró y pensó que tal vez esa era la pieza que le faltaba para encajar con los demás: el dinero, y le molestó un poco más la actitud que tenían todos con Blake mientras que a él lo habían vapuleado desde que había entrado en el instituto.
Poco a poco mientras caminaban, el pueblo, tan idílico y de postal, dejó de ser bonito y cuidado. Estaba llegando a casa.
Jackson vivía en un barrio bajo al noroeste del pueblo, era una zona alejada de no más de ocho calles la cual muchos evitaban, tampoco había muchas razones para cruzarla a menos que alguien viviera allí. Era un lugar deprimente, un barrio venido a menos que se había deteriorado y tan solo habían quedado familias desestructuradas y sin recursos que trabajaban, en su mayoría, fuera de Folks Lake, pero que vivían ahí debido a lo baratas que eran las propiedades. Además, el índice de delincuencia, que en general era bastante bajo, estaba concentrado en esa zona, aunque cada vez había menos porque la gente se marchaba en cuanto podía y había muchos hogares vacíos y ocupados; Jackson esperaba poder escapar algún día y no mirar atrás.
Abrió la puerta de casa cuando subió las escaleras del porche y dejó la chaqueta en la percha de la entrada, todo estaba en silencio y supuso que su madre aún dormía.
Suspiró al entrar en el salón, estaba hecho un desastre. Había ropa en el sofá y en la mesita del centro encontró una bandeja plateada con restos de polvo y una tarjeta de crédito. Hizo una mueca y decidió ignorarlo, en unos días su madre volvería a irse y podría respirar tranquilo, pero hasta entonces la debía aguantar.
Entró en la cocina y se encontró con un panorama semejante: los platos, a pesar de que él había fregado el día anterior, se amontonaban en el fregadero y en la mesa había botellines de cerveza y un cenicero lleno hasta arriba. Puso los ojos en blanco antes de encenderse un cigarro, su madre era capaz de enfurecerlo incluso sin estar presente.
Abrió la nevera y rodó los ojos, solo había un par de latas de cerveza y un plato de pasta de hacía unos días. Volvió a mirar la encimera y el fregadero y entendió que, si quería comer algo, primero debería poner un poco de orden. Sin pensarlo dos veces, vació el cenicero para poder dejar su cigarro y empezó a retirar los restos de comida para tirarlos al triturador.
Una vez el lavavajillas estuvo lleno, limpió la encimera y los fogones y después, pasó la bayeta por la mesa. Así al menos podía poner una olla al fuego y cocer algo de arroz; agradeció encontrar un bote de salsa en uno de los armarios, por lo menos tendría algo más que añadir al plato.
Ya estaba comiendo cuando un hombre, alto y robusto, entró en la cocina vistiendo tan solo unos bóxeres y una camiseta de tirantes. Era Brandon. Se preguntó por enésima vez por qué seguía ahí y cuánto más le iba a durar esa tontería a su madre, habían sido demasiados años de idas y venidas.
—Vaya, chico, estás aquí. —Tenía la voz pastosa.
—Sí, aún vivo aquí.
—Eso veo, ¿cuándo tienes pensado marcharte? —Jackson se encogió de hombros.
—Cuando lo hagas tú. —Se levantó y dejó el plato vacío en el fregadero— esta es mi casa.
Brandon se acercó a él y de un bofetón le giró la cara. La piel de la mejilla se le enrojeció y la sintió arder. Acto seguido, y como un reflejo, se llevó una mano a la zona golpeada y miró a Brandon.
—Mocoso insolente, tu padre no te enseñó la educación adecuada. —Jackson ni tan siquiera sabía quién era su padre y él lo sabía.
Brandon había levantado la mano de nuevo pero la voz de su madre lo detuvo.
—Mis chicos, dejad de pelear, acabo de despertarme y quiero algo de paz. ¿Hay café?
Su madre, vistiendo una bata celeste translúcida, que dejaba ver el camisón a juego, y con los puños en tela teddy rosa, entró en la cocina y pasó un brazo por la cintura de Brandon, este se soltó y le dio un empujón. A Jackson le habría importado si no fuera porque también recibía palizas del susodicho por culpa de su madre. Se lo tenía merecido.
—Tu hijo es un maleducado, voy a tener que enseñarle un día de estos algo de educación. Es tan irrespetuoso como tú. Menos mal que me tienes a mí. —Las tripas se le revolvieron.
—Solo es un adolescente, déjalo. Ya crecerá —la voz de su madre también fue pastosa y pesada. Aún estaba colocada.
—Pasad de mí —rodó los ojos y salió de la cocina para subir a su habitación.
En cuanto cruzó el umbral, cerró la puerta con el cerrojo y se tiró en la cama. Aquel era su lugar seguro lejos de todo y de todos. Ahí nada podía hacerle daño y mucho menos cuando se ponía los cascos y la música lo aislaba de todo.