Huir con Papá

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Summary

Un caos repentino azota Alemania por lo cual Josh tiene que huir con su esposa en un avanzado estado de embarazo. Dolor, miedo, angustia, pánico y violencia son algunos de los sentimientos que invadirán sus días mientras intentan llegar a su meta: pisar suelo Polaco para dejar atrás el caos. Pero... ¿Estará dispuesto Josh a dejar a quien mas ama atrás para salvar su vida? O dara su vida por lo que mas ama?, una historia de amor y lucha escrita a fuego digna de vivirla en cada página con los protagonistas.

Genre
Action/Romance
Author
Maria
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1 °•°•°El comienzo°•°•°

El comienzo.


“El caos ha invadido las calles de Berlín, se ha perdido el control de los establecimientos, los ciudadanos se están abasteciendo de todo lo que pueden en forma masiva y violenta, han invadido las farmacias, los supermercados y en las UCI han muerto miles de personas por falta de personal, el miedo se ha apoderado de los ciudadanos y todos han perdido el control. El gobierno les pide que no salgan de sus casas, cerrad las ventanas, no abran a nadie, nada es seguro, si tienen armas manténgala cerca. Puede que en cualquier momento no haya satélite, luz o agua. Ya no hay ley, el futuro es incierto para los que sobrevivan y…

Se fue la luz.

Ya no podía informarme de las noticias, que hasta el momento había sido mi único medio por el cual podía tener una pequeña idea de el desastre que azotaba al país.

El gobierno nos había informado que no había nada de qué preocuparse, que en menos de 24 hora todo estaría bajo control, pero no fue así, han pasado seis días desde que empezó todo el caos y ya no podía seguir quedándome aquí y esperar que todo cesara mágicamente.

Tampoco teníamos suficiente comida y conseguirla era cada vez mas difícil.

Alcé la vista hacia la mesa donde mi esposa empacaba varias bolsas con comida, también agua y, no pasé desapercibido el pequeño vestido rosa que acomodaba entre las cosas.

Mi esposa lucía despreocupada ante los ojos de cualquiera, ella confiaba en mí, se sentía segura, pero yo era consciente de que ya no era seguro aquí, de que ya no podía seguir diciéndole que todo estaría bien.

Mis ojos recorrieron toda su estructura, y se detuvieron justo ahí, en su vientre…

Su avanzado estado de embarazo me había orillado a quedarme en casa por miedo a exponerla a el caos exterior, pero las cosas no mejoran y ella no puede tener a nuestra hija aquí, no hay médicos, ni hospitales, todo está fuera de control.

Terminé levantándome del sillón, tomé una bolsa de tela y comencé a recoger varias cosas que ante mi criterio de supervivencia podrían ser útiles.

—¿Has guardado pilas, la linterna y un reloj? —le pregunté a mi esposa, mientras recogía las medallas condecoradas que recibí el mes pasado en el ejército.

—Sí —respondió asesorándose de que estuviera todo.

Seguí clasificando los objetos de valor sentimental para mi, agarré el retrato de nuestra boda, y una foto en donde Emmy sonreía en el centro de una pequeña tarima donde alzaba orgullosa su medalla de oro que con esfuerzo ganó en los 100 metros nacionales, su sueño siempre fue llegar a las olimpiadas, con la llegada de nuestra hija todo tuvo que retrasarse, para mi, es la mejor atleta del mundo.

Luego alcancé las medallas que estaban entre la vitrina de mi colección de honor, por mucho tiempo quise honrar a mi país y llevar una de esas medallas; era la prueba de mi esfuerzo y dedicación. Hoy, no sé si significa algo realmente, siento que mi país me ha dado la espalda, o mejor dicho el gobierno.

—¿Vas a llevarte las medallas? —musitó Emmy acariciándose el vientre mientras se estiraba en un gesto cansado.

Dudé evaluando si valía la pena llevar algo que no nos serviría para la supervivencia. El país estaba en guerra y llegar a fronteras Polacas haciendo notar que soy un militar quizás no era la mejor de las estrategias.

—No —respondí después de un rato de silencio—. Sólo llevaré nuestras fotos, y cargaremos con lo esencial que pueda servirnos.

Ella asintió, se calzó y tomó la pequeña mochila que ya tenía lista. Tomé la maleta mas pesada, el arma que aun cargaba y la mano de mi esposa antes de echarle la última mirada de despedida a nuestro hogar.

Abrí la puerta, todo estaba desierto y desbordado, el césped parecía haber crecido el doble de lo que lo haría en seis días, del suelo brotaba agua limpia de alguna tubería rota cerca de la acera, y los contenedores de basura parecían haber sido atacados por enormes roedores. Los autos en su mayoría tenían los cristales rotos y algunos árboles habían sido quemados por algún pirómano.

Alcé la vista hasta la otra acera y desde donde estaba se observaba la silueta de la señora Becker, estaba un poco despeinada, su rostro se divisaba desmejorado, así como si llevase días sin dormir parada en la ventana, su silueta se divisaba a la perfección a pesar de que solo asomaba el rostro a través de unas finas cortinas.

—¿Qué le pasa? —jadeó mi mujer preocupada por ella.

—No lo sé —di por hecho que a cada uno le estaba afectando esta situación de modo distinto—. La señora Becker, nunca ha sido muy normal después de todo —añadí.

Procedí a salir de la casa con la mano de mi esposa bien sujeta, necesitaba abrir el parking por la parte de afuera, ese era el único “pero” que siempre le encontré a nuestra casa: que el parking solo se podía abrir desde fuera. Mientras yo abría las puertas de forma manual mi esposa parecía interesada en aquella anciana.

Logré abrir la compuerta y visualizar por completo mi garaje.

—Emmy, ven —musité entrando la maleta en el asiento de atrás del coche.

Me giré al no recibir respuesta de mi esposa, ella seguía parada mirando a la vecina con cierta pena.

—Emmy —repetí, mientras me acercaba a ella y terminé tomando su mochila al tiempo que medio la giraba quedando frente a mi. Ahora las cosas estaban calmadas, pero en cualquier momento podría pasar cualquier cosa, la gente mata y viola sin razón, a esta zona aun no han llegado los ataques aéreos pero los pocos ciudadanos se encargan de destruir la poca normalidad que nos queda.

—Ayudémosle —me pidió apenada mi esposa—. Está mayor y a veces cuida de su nieto, qué tal que esté con el niño.

Negué tomando su brazo para que vayamos al coche.

—No tenemos espacio para otro mas y menos para dos —negué rotundo—. Mientras mas seamos menos nos durará la comida y mi prioridad eres tu y que Alba nazca bien.

Mi esposa endureció el cuerpo en negación.

—Me gustaría que si algo nos pasara, alguien tenga compasión por nuestra hija y cuide de ella —expuso soltándose de mi sujeción—. No estaré tranquila sabiendo que pudo vivir y que por nuestra culpa, murió.

Resoplé antes de volver a mirar a la señora Becker, sabía lo terca que podía ser Emmy a veces y no teníamos tiempo para un debate, solo quería que nos fuéramos lo antes posible.

Dejé caer los hombros en resignación.

—Esta bien, solo la ayudaremos a ella y a su nieto si esta con ella, pero a nadie mas, no podemos seguir ayudando personas que nos encontremos por ahí, sé que suena muy egoísta, pero si no tenemos la mente fría no lograremos llegar muy lejos, en mi vida he tenido que dejar muchas personas importantes atrás para poder estar donde estoy, es duro lo sé, pero a veces hay que hacerlo, ¿entiendes?

Emmy asintió con una pizca de amargura en su cara, sé lo servicial que es, tiene un corazón enorme y tan bonitos sentimientos.

Acaricié su mejilla con delicadeza. Esa fue una de las cualidades por la que me enamoré de ella: por su enorme y dulce corazón.

—Sube al coche, y ponle seguro hasta que llegue —le indiqué—. Yo iré por la señora Becker y nos vamos.

Ella asintió dándome las gracias, besé rápido sus labios y esperé que subiera al coche antes de mirar a cada lado de la calle asegurándome de que no viniera nadie y cruzar trotando.

—Señora Becker —saludé cordial quedándome un poco lejos de la entrada, ella miró hacia mis pies y medí cuenta de que su cara de molestia se debía a que estaba pisando el césped.

Me aparté al área pavimentada y volví a mirarle.

—Las cosas se están poniendo feas por aquí —volví hablar—. Nosotros trataremos de llegar a la frontera con Polonia, ¿quiere venir?

No recibí respuesta, era ridículo ni siquiera sabía si me estaba escuchando, era media sorda según tenía entendido.

—¡Señora Becker! —hablé un poco mas alto.

Al fin volvió a mirarme. Adentro se escuchaba ruido así que supuse que no estaba sola.

—¿Su nieto esta con usted? —me interesé.

Ella se movió de la ventana, y estuve a punto de irme, pero el sonido de la puerta abriéndose me hizo detener los pasos que ya había comenzado a dar.

Miré hacia dentro de la casa. Un hombre de unos treinta años estaba con su hijo y un equipaje; al parecer no éramos los únicos que planeamos partir.

—Yo no iré —musitó la señora Becker—. Está es mi casa, mis recuerdos, mi vida, aquí crecí y aquí quiero morir —se resignó—. Lleva a mi hijo y a mi nieto en mi lugar.

Eché una ojeada hacia el coche donde estaba mi esposa, comenzaba a desesperarme y mi vecina desprendía demasiada calma.

—Sí, que vengan debemos de irnos, ya.

Su hijo se asomó acercándose a nosotros. Él parecía haber escuchado todo, parecía nervioso y desesperado. Se despidió de su madre y siguió mis pasos hasta el garaje.

Subimos al coche mi esposa en el asiento del copiloto y nuestros vecinos atrás.

Me incorporé a la vía en un silencio descomunal.

Los primeros diez minutos fueron callados, logramos salir a una zona mas poblada, el desorden de las calles me obligaba a conducir despacio; visualizaba las farmacias destrozadas, los edificios violentados y los coches mal estacionados, algunos cuerpos en el suelo, en una esquina varios grupitos de hombres vestidos de negros armados, otros empuñando armas blancas.

—¿Dónde esta mamá? —habló el niño haciéndome mirar por el retrovisor.

—En otra ciudad —le respondió su padre.

—¿Podemos ir a buscarla?

Volví a mirar por el retrovisor chocando con la mirada de su padre.

—No creo que podamos. Los vecinos nos están acercando a las afueras y no tenemos coche, y está difícil conseguir gasolina.

Miré a mi esposa de reojo.

—No podemos desviarnos —advertí—. Conduciré tanto como sea posible y solo nos detendremos para descansar en algún lugar que sea seguro, descansaremos lo justo y continuaremos, si tenemos suerte a este ritmo, en menos de un día estaremos en suelo Polaco.

Me vi obligado a disminuir la velocidad cuando se nos atravesó un grupo armado quienes bloqueaban el paso con contenedores encendidos en llama.

—Amor, no te detengas —me pidió Emmy con un tono que albergaba preocupación.

—Tranquila —musité suave. Aunque mi comentario pareció exclusivo para mi esposa, realmente fue para todo el grupo.

Era evidente que todos estábamos tenso. Quise girar a la derecha para evitar al grupo de hombres que nos aguardaba al frente, pero apenas intenté girar un poco vi el muro que imposibilitaba el paso, ellos habían cerrado la calle con sacos de tierra y cemento. El muro que habían levantado era de casi metro y medio. ¡Maldita sea!, me vi obligado a seguir recto. Y no era hacía donde queríamos ir, esto hará que nos lleve mas horas en llegar a nuestro destino.

Uno de ellos y el cual parecía ser el líder me indicaba desde la distancia que me detuviera.

Llegué a su altura llevando el coche despacio y en cuanto el tipo se fue acercando aceleré a fondo atravesando el centro de los dos contenedores que ardían en llama.

Todo fue muy rápido.

El golpe que recibió la ventanilla trasera.

Disparos.

Comencé a perder el control del auto, el chirrido de los neumáticos, el grito del niño, seguido por el de mi esposa, la exclamación exaltada del vecino, los cristales rotos filtrándose hacia dentro.

Un golpe seco y brusco con el bordillo de la entrada de una vivienda detuvo el desplazamiento del coche, zarandeándonos brutalmente.

Pareció en cámara lenta, pero realmente todo fue muy rápido.

Intenté encender el coche, ignorando el mareo abrumador que me envolvió, sentí un liquido bajar por mi ceja, posiblemente estaba sangrando. Alcé la vista para ver si estaba herido por el retrovisor y visualicé como los tipos que dejamos atrás corrían en nuestra dirección. Con desespero empecé a girar la llave, buscando poner el coche en marcha, pero solo se escuchaba el sonido agonizante del motor vibrando despacio, sin llegar a encender. Desesperándonos.

«Vamos, vamos».

Logré encender el motor, y cuando piso a fondo, vuelve a apagarse.

¡Maldición!

—Vienen —jadea Emmy.

—Ya casi —la calmo. Vamos, vamos—. ¡¡Agáchense!!

Grité cuando algunos disparos desde la distancia comenzaron a dar en el capó. Conseguí arrancar el coche en última instancia. Pisé a fondo para desencajarlo de la esquina en la que nos habíamos metido. Y salió tal y como esperaba.

¡Si, si!

El chirrido de las ruedas fue estremecedor, conseguí poner el coche recto. Pisé tan hondo como pude y logramos alejarnos bastante; desde el espejo de la ventanilla izquierda pude visualizar como dejábamos a los tipos atrás. Estuve tan afanado en que el coche no se nos fuera a parar que no noté el pequeño desnivel que tenía.

—Nos han dado en la cubierta —les informé a todos—, no lograremos llegar muy lejos con las ruedas así que tendremos que hacer una parada.

Mi esposa solo asentía con la mano en el vientre procesando el susto que nos acabábamos de llevar. Miré por el retrovisor y entonces vi lo que me temía: sangre.

El hijo de la señora Becker tenía un trozo importante de cristal atravesado en el lateral de su cuello, su cuerpo estaba debilitado, jadeaba despacio mientras trataba de sujetar haciendo presión para detener la hemorragia.

Volví a mirar al frente ante la escena, apreté el volante sintiendo impotencia.

—Tenemos que buscar una farmacia y ayudarle —balbuceó Emmy ahogando un jadeo de preocupación mientras se llevaba la mano a la boca.

Ella también lo había visto justo cuando yo lo hice.

El niño ignoraba el estado de su padre, solo lo abrazaba y mantenía los ojos cerrados.

Emmy comenzó a llorar en silencio.

—Todo estará bien —hablé a la nada con la vista ida al frente.

—Va a morir —susurró ella intentando que el niño no oyera.

Los sollozos de mi esposa me hacían sentir frustrado, ella era mi prioridad aquí, pero no podía ignorar al hombre agonizando que llevaba dentro de mi coche.

Conduje apurado tratando de no desesperarme ante la situación, no podíamos perder el control nosotros también, necesitábamos mantenernos cuerdos.

Conduje casi veinte minutos antes de poder ver una farmacia que pareciera mas o menos surtida, tenia una zona de estacionamiento delante donde habían varios coches mal estacionados, algunos sin ventanas y otros con las puertas abiertas, pero mientras pudiera servirnos para llegar a donde queríamos nos valdría.

—Iré yo —dijo Emmy.

—No —la interrumpí sujetando su mano—. Quédate con ellos dentro del coche, entraré yo. Por nada salgan, ¿de acuerdo?

Ella asintió.

Solo espero que no haya nadie dentro, tomar lo que necesitemos e irnos.

Han roto los cristales del escaparate de la farmacia, están todos en el suelo y la puerta principal esta rota, tiene visible signos de violencia, desde fuera se puede ver el saqueo de las estanterías: cajas en el suelo y líquidos desparramados.

Eché una última ojeada al coche donde estaba mi esposa antes de entrar.

No quería ningún drama, así que me asesoré de que no haya nadie dentro, en estos momentos no se podía confiar en nadie, solo busco tomar: gazas, alcohol, algún analgésico y un kit de sutura para la herida.

Solo eso y volver al coche, es lo único que quiero.

Recogí una bolsa de suero fisiológico que estaba cerca de la entrada. Eso nos servirá para lavar la herida. Tomé tanto cuanto pude, pero no encontré lo mas importante: el kit de sutura.

Me paseé rápido por las estanterías en busca de algo mas que pueda ayudarme.

—Perfecto… —tomé una caja con tiras de sutura. No es lo que buscaba pero ayudará.

Moví con los pies parte de las cajas y restos de medicamentos que llenaban la superficie del suelo: hay líquidos, cristales, también cajas rotas y magulladas.

Mi vista recorrió el lugar yendo a parar en la caja registradora: estaba abierta y con claros signos de saqueo. Apreté los ojos con fuerza cuando me di cuenta del cuerpo que yacía detrás del mostrador, solo se veían los pies de esa persona, uno de sus pies estaba descalzo y el otro llevaba unas sandalias, haciéndome saber que era el cuerpo de una mujer. No era capaz de ir a ver si estaba con vida, no quería grabar en mi mente la imagen de un cuerpo destrozado, yo no haría nada para “salvarla” ya tenía suficiente con el hombre que cargaba en mi coche, sé que podía parecer muy frío y cruel, pero aún así me giré y salí de allí.

Volví tan pronto al coche que sentí que solo había dado dos pasos, aunque sé que no fue así.

—No tenemos hilo de sutura pero las tiras podrían ser de mucha ayuda —expliqué mostrándole todo lo que había traído a Emmy.

Ella empezó a hurgar desesperada entre las cosas que le entregué.

—Voy hacer un cambio de asiento con el niño —instó mas segura que nunca—. Mientras le curo, tu sigue conduciendo, no podemos estar aquí mas tiempo.

Se bajó tan rápido como dijo aquello y se aseguró de que el niño se sentara a mi lado.

No me agradaba la idea de que mí mujer fuera en la parte de atrás y mucho menos conducir en su estado de embarazo sin cinturón puesto, aunque conducía lento en cualquier momento podría tener que acelerar bruscamente para evitar a los saqueadores que destrozaban la ciudad.

Le miré por el retrovisor; manejaba la situación de la mejor manera, era una enfermera extraordinaria, gracias a su pasión por el atletismo muchas veces llegó a tener accidentes donde ella o alguna de sus compañera de gimnasia se fracturaba o tenía una caída lesionándose en algún tendón. Eso llevó a Emmy a estudiar por su cuenta el cuerpo humano y la verdad se le da muy bien.

—¿Qué tal cariño? —pregunté al tiempo que volvía a mirar por el retrovisor.

Ella estaba terminando de vendar la herida.

—No tiene buen aspecto —susurró sin mirarme—. Que se tome varios analgésicos, pero no estoy segura de que no se le vaya a infectar, a perdido mucha sangre y…, no esta muy consiente.

Hubo silencio en el coche, o eso pensé yo, hasta que me di cuenta que el nieto de la señora Becker estaba llorando a mocos tendido. Lucía desesperado y nervioso.

—No quiero que mi padre muera —lamentó llorando.

—Quiero a mi mamá —sollozó entre quejidos.

No tenía la mas mínima idea de cómo tratar con un niño de 7 o 8 años, el cual llora por sus padres, a los que apenas conozco.

—No quiero estar aquí —volvió hablar él, entrando en una crisis desesperada—. ¿Dónde esta mi abuela!

—Oye, escucha, sé que es duro —dije sin dejar de mirar la carretera—. Pero no podemos volver atrás con la señora Becker, mucho menos podemos ir a buscar a tu madre y no sé que pasará con tu padre si mu…

—Yo le explico —me interrumpió Emmy.

Ella se inclinó por la apertura de los asientos delanteros y acarició la cabeza del niño.

—Cariño, tu padre se pondrá bien —habló ella con tanta seguridad y ternura que incluso yo le quise creer.

El niño dudó ante sus palabras pero luego balbuceo un “lo prometes”. Al que Emmy le dijo que “sí”.

Miré por el retrovisor: el hijo de la señora Becker estaba inconsciente, sino es que ya estaba muerto y Emmy esta haciéndole historias a su hijo de las aventuras que hará con su padre cuando se recupere. Ella ayudó al niño a cruzar a la parte trasera por el centro del coche y se abrazó a él.

Miré al frente intentando desconectar del momento. Las cosas no estaban saliendo como las planee, hemos perdido mucho tiempo yendo en este coche y después de un largo rato conduciendo ha empezado a oscurecer.

—Tenemos que buscar un lugar para dormir —musité mirando hacia atrás.

Genial…, Emmy y el nieto de la señora Becker en algún momento se habían quedado dormidos. La zona estaba tranquila pero íbamos demasiado lento, no llegaríamos en días a este paso, tendré que buscar la manera de robar un coche.

La oscuridad cayó sobre nosotros y se hizo mas duro conducir entre los escombros de la calle, no todo estaba lleno de basuras pero era difícil distinguir las zonas por donde si podíamos pasar, las farolas no iluminaban las calles, la electricidad no era una opción para prácticamente nadie, estaban todos a oscuras a excepción de una casa, una en la que sí había luz, estaba llenas de letreros de: no te acerques, no pises mi césped, no queremos visita, si no quieres morir no vengas. Todos en carteles gigantes y letras claramente legibles.

Detuve el coche cerca de la propiedad.