Dígale
Steven Grant Rogers siempre fue un hombre con ángel, a pesar de las dificultades en su infancia debido a sus múltiples enfermedades y las carencias económicas que enfrentó con su madre, siempre se consideró afortunado, y eso por supuesto que eso se vio acrecentado cuando Natasha Elizabeth Stark entró en su vida.
Toni era lo mejor que pudo sucederle en la vida, ella lo vio cuando era invisible, fue capaz de mirarle hasta lo más profundo, más allá del escueto físico que todos aborrecían, lo amó intensamente, se quedó a su lado después de cada episodio de asma, le cuidó con sumo cariño y encontró la mínima lástima en sus hermosos ojos castaños, ella no creía que fuera patético, le hacía sentir un hombre completo, a su lado se sentía deseado, incluso fuerte y por ello hacía todo para amarla de la manera que la mujer merecía pero una pequeñita parte de sí mismo creía muy en el fondo que ella se merecía a alguien mejor, alguien atractivo y de su posición social, alguien saludable y digno… y fue por eso que tontamente y sin notarlo comenzó a alejarla.
No ha podido olvidar mi corazón
Aquellos ojos tristes
Soñadores que yo amé
La dejé por conquistar una ilusión
Y perdí su rastro
Y ahora sé que es ella
Todo lo que yo buscaba
Y ahora estoy aquí
Buscándola de nuevo y ya no está
Se fue
¡Que idiota fue! En su intento por ser merecedor de ella terminó confiando en quien no debía, su prima Sharon prometió que le ayudaría y lo único que logró fue romperle el corazón a su amada pues nunca notó que la rubia lo único que quería era separarlo de su genio. Aun podía ver claramente cuando cerraba los ojos, el semblante triste y los ojitos llorosos de su morena cuando los vio, pues Carter sabiendo que Toni los veía le robó un beso, y ella sólo huyó antes de que Steve pudiera explicarse, empeorando al no poder buscarla por sufrir un episodio debido a la ansiedad.
-¡Sr. Stark! ¡Howard! Necesito hablar con ella ¡por favor!...- gritaba Steve aporreando las puertas de la mansión, eran apenas las ocho en la mañana y llevaba unos quince minutos insistiendo
-Joven Rogers- susurró Edwin Jarvis abriendo la puerta, el hombre se veía pálido y cansado pero Steve no lo notó
-¡Jarvis!- el rubio suspiró aliviado pues el fiel mayordomo de Toni siempre les había apoyado- Ayúdame, necesito hablar con Toni por favor…
-… Oh, Steve…- susurró con voz temblorosa
-Sé que lo arruiné, merezco que me odie por ser un idiota pero necesito aclarar todo, tiene que saber que no la engañé- murmuró desesperado
-¿Steve?- Howard Stark llegó a la entrada casi corriendo y terminando de cubrirse con una fina bata negra
-Por favor, díganme donde está, necesito hablar con ella…
-Steve, no puedes seguir haciéndote esto- susurró el mayor con pena
-Por favor, amo a su hija, la amo demasiado, más que a mi propia vida…
-Voy por ella- murmuró Jarvis al oído de su amo antes de salir de la casa
-Hijo, ven toma asiento conmigo- dijo el mayor guiándole adentro y cerrando la puerta. Le llevó hasta la salita principal sin despegar su brazo de la espalda baja del rubio, como si temiera que se fuera a desmoronar y le ayudo a tomar asiento
-Déjenme verla- pidió Steve al hombre que se sentaba a su lado
-… ella no está aquí- le contestó con voz entrecortada
-¿Cómo? ¿A dónde fue? ¡No pudo irse así!- gritó asustado y las lágrimas corrieron por su rostro mientras estrujaba la cajita de terciopelo que sostenía entre sus manos
-Tienes que tranquilizarte- pidió el castaño mirando discretamente hacia la entrada
-Dígame donde está y yo la buscaré, le prometí que iría al mismo infierno por ella… Howard, por favor…- sollozó el ojiazul angustiado
-Lo siento…
Tal vez usted la ha visto
Dígale
Que yo siempre la adoré
Y que nunca la olvidé
Que mi vida es un desierto
Y muero yo de sed
Y dígale también
Que sólo junto a ella puedo respirar
No hay brillo en las estrellas
Ya ni el sol me calienta
Y estoy muy solo aquí
No sé a dónde fue
Por favor dígale usted
-¡Dígale usted entonces!- le interrumpió tomando una de sus manos- usted sabe dónde está, dígale que no puedo vivir sin ella, que es mi oxígeno y mi agua, que es mi todo, que no soy nada sin ella. Dígala que no dejo de pensar en ella, que estoy hecho un desastre, que no puedo dormir, que existir me duele, que me ha dejado dos semanas y siento que me estoy muriendo…
-Se lo diré…- murmuró Howard conteniendo el llanto, sin atreverse a romper al hombre frente a él. Antes de que pudiera hacer algo más la puerta principal se abrió, por ella ingresó Sarah Rogers con una sonrisa apenada y ojos tristes, a su lado Jarvis quien parecía haber llorado recientemente
-¿Mamá?- cuestionó el rubio sin entender porque la habían traído
-Cariño, vamos a casa- susurró la mujer acercándose a su hijo
El ojiazul no quería irse, necesitaba ver a su Toni pero ante la insistencia de su madre decidió seguirla, además por algún extraño motivo se sentía mareado y la cabeza le dolía horrores, así que depositando su confianza en el patriarca Stark se puso de pie lentamente
-¿Se lo dirá? ¿Por favor?- Steve miraba a su suegro desesperado
-Claro…
-Lo lamento Howard- susurró Sarah y una solitaria lágrima surcó su mejilla mientras guiaba a su hijo a la salida con aquella delicadeza que su entrenamiento como enfermera le había concedido
-No es nada… lo quiero como a un hijo- contestó Howard a la nada mientras los veía irse, y fue ahí cuando los Rogers ya no le verían ni escucharían que se permitió romperse.
El hombre cayó de rodillas sollozando mientras un Jarvis igual de afectado corría en su auxilio, lloró a lágrima viva sin poderse detener sabiendo que su esposa debía estar escuchando todo desde la escalera, pero no podía hacer nada para contenerse, nunca podía hacerlo, ni uno sólo de los días en los que Steve venía a buscar a Natasha en los últimos seis meses.
Fueron tantos los momentos que la amé
Que siento sus caricias
Y su olor está en mi piel
Cada noche la abrazaba junto a mí
La cubría de besos
Y entre mil caricias
La llevaba a la locura
Y ahora estoy aquí
Buscándola de nuevo y ya no está
Se fue
Tal vez usted la ha visto
Dígale
Que yo siempre la adoré
Y que nunca la olvidé
Que mi vida es un desierto
Y muero yo de sed
Dígale también
Que sólo junto a ella puedo respirar
No hay brillo en las estrellas
Ya ni el sol me calienta
Y estoy muy solo aquí
No sé que donde fue
Por favor dígale usted
Dígale
Steve en verdad era afortunado pues contra todo pronóstico sobrevivió a la bala que él mismo puso en su cerebro y no podría recordar jamás el motivo por el cual lo hizo. Los médicos les habían explicado que para Steve siempre sería la mañana del 17 de octubre, él jamás recordaría que Natasha había accedido a verlo en la cafetería en la que se conocieron, jamás recordaría el accidente que la morena sufrió cuando iba en camino, jamás lograría recordar sin importar que cada mañana se lo explicaran, que el amor de su vida murió y apenas tres días después él intentó sin éxito quitarse la vida con el viejo revolver se su padre.
FIN