1. "Oliver, el nuevo vecino
Llevo una mano a mi frente en el inútil intento de proteger mi rostro de los rayos del sol. Con la otra, seco las gotas de sudor que corren por mi rostro y se pierden en el escote del vestido.
Sabía que hoy la temperatura iba a alcanzar los 38° grados y, por eso, elegí este vestido de tirantes. Sin embargo, eso no hizo que el calor disminuyera, sigo sudando como si hubiese corrido un maratón cuando solo he caminado unas cuadras desde la parada de autobús.
Saludo a la señora Cloti, quien, como todos los días desde que comenzó el verano, está acostada en una tumbona debajo de un árbol vigilando a los niños que juegan fútbol en la calle.
Es raro que no haya nadie más afuera de sus casas, ya que a esta hora los vecinos acostumbran a jugar cartas.
Subo la acera y procuro caminar por debajo de los árboles, tratando de que así el calor se haga menos. Es toda una suerte que en ésta parte de la ciudad se respete y cuiden de los árboles. Cada año, en temporadas decembrinas, plantamos unos cuantos en los alrededores del vecindario. Una discreta forma de frenar el cambio climático, y si no lo hacemos, al menos, contamos con que hayan árboles que nos cubran del sol y nos brinden brisa.
Unas manos me rodean las caderas y me halan hacia atrás, haciendo que impacte contra un torso duro. Como si mi corazón tuviera memoria, comienza a martillear dentro de mi pecho. Aunque estoy nerviosa, me doy media vuelta y lo empujo con suavidad. Lo mejor es actuar como si nada estuviese pasando. No hay que complicar la situación
—¿En qué puedo ayudarte, Rup?
Se acerca con intención de besarme, pero lo detengo poniendo una mano en su pecho.
—Alguien está de mal humor —canturrea con una risa corta, carente de gracia. Da tres pasos hacia adelante, hasta que su rostro queda a centímetros del mío. Trato de apartarme, pero me toma por los brazos ejerciendo la fuerza suficiente para hacerme daño y mantenerme quieta en mi lugar
—. Te ves tan sexy con ese vestido. No sabes cómo disfruto ver tus piernas desnudas e imaginar que rodean mis caderas mientras nuestros cuerpos se unen, una y otra vez.
Quiero vomitar, llorar o golpearlo, cualquier cosa que me haga sentir un poco mejor y elimine éste sentimiento de suciedad. Cuando elegí este vestido solo pensé en que era bonito y perfecto para este clima caluroso. Tenía semanas sin saber de Rupert, se me había olvidado casi por completo su existencia. En el fondo deseé que por fin la cocaína y el éxtasis lo hubiesen matado.
Lo odio, con toda mi alma. Es un sentimiento asfixiante que me hace querer herirlo, humillarlo, que se sienta como la basura que es, y que llore, que me suplique para que no le haga daño, que tema salir solo por miedo a encontrarse conmigo. Quiero que sufra todo lo que he sufrido este último año.
Sus manos pasan de mis brazos a mi cintura y la aprietan con tanta fuerza que hace que un pequeño quejido salga de mí. Lo confunde con un gemido de placer, porque ríe y se acerca hasta que nuestros cuerpos están pegados.
—Suéltame —ordeno, firme.
Ríe y me besa la comisura de la boca, ignorando por completo mi orden. No sé qué esperaba.
—No te hagas la mojigata, ambos sabemos que te gusta esto. Te gusta que te traten así.
—Ey —habla alguien detrás de él. Alzo la vista del suelo y veo como un chico le toca la espalda, con intención de que se aleje de mí. Rupert se sacude, sin prestarle atención—. Suéltala.
Se da media vuelta, aún manteniendo su agarre en mi cintura, ya hastiado por la presencia del chico.
—¿Quién eres y por qué te metes en lo que no te importa?
He escuchado tantas veces ese tono, que no dudo en que esté a punto de golpearlo
—Estás lastimando a la chica.
—A mi chica —contesta, con los dientes apretados.
Aprovechando que toda su atención está puesta en el pelinegro, me libero de su agarre. Estoy segura de que cuando me quite el vestido y vea mi cuerpo en el espejo, tendré marcas de dedos en la cintura y puede que hasta en los brazos.
Rupert se marcha hecho una completa furia, sabe que este chico es mucho más alto y fuerte que él, que no tendría oportunidad de salir victorioso. Pero antes de irse, murmura en mi oído que nos veremos pronto.
Respiro hondo y seco la solitaria lágrima que desciende por mi mejilla. Fuerzo una sonrisa y veo al chico que me observa preocupado. Sus ojos están fijos en mis brazos, donde las manos de Rupert quedaron marcadas, el lugar está comenzando a tornarse rojizo y no dudo en que mañana tenga un moretón.
—¿Estás bien?
Asiento mientras finjo una sonrisa.
—Sí, gracias.
Y, aunque respondo, se me queda viendo fijamente.
—¿Segura? —pregunta nuevamente. Esta vez observando mis ojos, como si buscara la mentira en mis palabras.
—Rupert es un idiota que no sabe aceptar un no por respuesta. Pero tranquilo, estaba a punto de darle una patada en las pelotas —bromeo tratando de aligerar la tensión que se respira.
Él no parece del todo convencido, así que se ofrece a acompañarme hasta mi casa. En otra ocasión no hubiese aceptado la ayuda de un completo desconocido, pero no es tan desconocido para mí.
—Eres Oliver, ¿verdad? —hablo al cabo de unos segundos, sin poder mantener la boca cerrada.
Hunde las cejas y me ve de reojo.
—¿Cómo lo sabes?
—Tu madre me habló sobre sus hijos. Oliver, Cameron y Dilan. También te ví salir hoy de la mañana de la casa de al lado. No me costó mucho llegar a esa conclusión —se detiene justo cuando llegamos al jardín delantero de mi casa—. Fue un placer conocerte, Oliver. Y de nuevo, gracias.
Subo los escalones de casa, pero antes, escucho la voz a mi espalda cuando me pregunta:
—¿Cómo te llamas?
—Estela, pero puedes decirme Ela.
—Adiós, Ela —se despide.
Hasta que no entra a su casa, no derramo las lágrimas que estaba conteniendo. Si no fuese por él... No, no quiero pensar en eso. No me quiero desmoronar, no ahora que estoy a punto de entrar a casa. No quiero preocupar a mi madre y hermana. Si me ven con los ojos llorosos, me harán una serie de preguntas hasta dar con la causa y no quiero. No quiero que se enteren.
Me veo en la cámara del teléfono buscando alguna señal de que estuve llorando, por suerte, ni el delineador ni el rimel se corrieron, solo tengo que limpiar un poco las orillas de mis ojos y es como si nada hubiese pasado. Yo puedo, no es tan difícil. Solo debo sonreír y saludar como acostumbro, buscar alguna excusa para irme a mi habitación y bañarme con agua tibia para relajarme un poco.