Entre vidas

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Summary

Es una historia de romance prohibido, en concreto hay dos romances. Una mujer que es esclava desde que prácticamente nació se enamora de su amo, o más bien al revés... También un romance entre una noble y un guerrero interrumpido por un cónsul que terminará en una maldición, y puede que sea literalmente. Pero todos tienen algo en común y es su mayor deseo. La libertad.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Día a día

—¡Aurora!— Oigo como me llaman. Mierda, me he despertado tarde, me van a castigar.

Me pongo la túnica y las sandalias rápido, no me da tiempo a peinarme mi larga cabellera, por lo que mientras voy hacia mi amo me paso las manos por el pelo.

—Aquí estoy mi señor.— Hago una referencia.

Soy la esclava de la familia Ricci. Marcus Ricci es la cabeza de la familia, su mujer falleció a manos de la guerra hace ocho años. Es el líder de un gran grupo de soldados, es uno de los mejores en batalla.

—Llegas tarde, mis hijos y yo tenemos hambre y el desayuno no está en la mesa.— Dice en un tono bastante serio mientras se cruza de brazos.

—Padre, no importa, no es tan tarde, voy con Aurora y así me enseña a emplatar correctamente. — Marcus me mira serio pero asiente dándome permiso para irme. Hago otra reverencia y me doy la vuelta para dirigirme a la cocina.

La chica que me ha defendido es Helena Ricci, la segunda hija de Marcus. Helena a pesar de ser otra de mis amos, es mi amiga. Siempre me defiende y me libra de muchos castigos.

—Gracias Helena.— Le dedico una sonrisa.

—De nada Aurora, no voy a dejar que mi padre te castigue si puedo evitarlo.— Me corresponde a la sonrisa.

Mientras vamos hacia la cocina vemos a Ángelo Ricci (el hijo más pequeño) y a Verina Ricci (la tercera de la familia Ricci).

—Niños no correr, vamos a preparar el desayuno, ir a prepararlo todo para ir a la escuela.— Le dice Aurora a los chicos.

—Hermana tengo 16 años, no soy una niña.— Responde Verina cruzando los brazos.

—Y yo tengo 10.— Responde Ángelo imitando a su hermana.

—Ir ya a preparar las cosas, vamos. —Dice Helena posando sus manos en sus caderas.

Los chicos se van quejándose por tener que irse.

Llegamos a la cocina y saco el pan, lo coloco en la mesa y empiezo a cortarlo.

—Yo le unto el ajo.— Dice Helena poniéndose en mi lugar. Añado unos cuantos frutos secos en un plato y lo coloco en una bandeja de plata.

—Vamos.— Le digo a Helena mientras sujeto la bandeja. Nos dirigimos las dos al comedor y dejamos los platos. Me quedo de pie mientras todos comen.

Después de un largo rato todos terminan de desayunar, recojo todo y lo llevo a la cocina.

Empiezo a limpiar los platos cuando oigo que alguien entre.

—Aurora deberías de desayunar.— Dice Helena preparando otro pan con ajo.

—Helena te vas a meter en problemas por darme comida.— Digo terminando de lavar.

—Si se dan cuenta que falta comida diré que me dió hambre y me lo comí yo.— Dice con una sonrisa. —Toma.— Dice y me da el pan.

—Gracias Helena.— Acepto el pan y empiezo a comérmelo.

Después Helena y yo vamos a su habitación.

—¿Crees que me queda mejor una trenza o pelo suelto con la túnica azul?— Dice mientras se sienta.

—Creo que la trenza, ya que así se ven mejor tus ojos azules.— Helena es preciosa, la diosa Venus tiene que tener mucha envidia de ella. Helena es una chica joven de 18 años, con una cabellera larga de color negro, unos ojos grandez azules y una figura muy bonita.

—Perfecto.— Me pongo a hacerle una trenza, su pelo es muy suave.

Helena y yo vamos hacia Marus, Helena quiere pedir permiso para ir a pasear y poder llevarme.

—Dime querida.— Dice Marcus con planos encima de la mesa y Leonardo Ricci a su lado.

Leonardo Ricci es el hijo mayor de la familia Ricci, tiene tres años más que yo y que Helena. Es un soldado muy deseado, tanto por las mujeres como por los hombres mayores. Pero eso es porque seguro no conocen su forma de ser, para mí es sólo mi amo.

—Buenas padre, quería pedirte permiso para salir al mercado con Aurora.— Dice calmada.

—¿Necesitas algo del mercado?— Pregunta mirándole con seriedad.

—Algunas telas, Verina está a unos meses de terminar los estudios y le quería regalar un vestido.— Me fijo en Leonardo, él sigue mirando los papeles de manera seria. Tiene unas pestañas muy largas de color negro como su pelo.

—Está bien, tienes permiso.— Hacemos una reverencia y nos vamos a la calle.

—¿Qué colores le pueden sentar bien?— Dice Helena en un susurro mientras nos dirigimos al mercado. Verina es una chica rubia con ojos marrones.

—Tal vez deberíamos buscar un verde claro o con tonos azules.— Sugiero mientras seguimos andando con calma.

Llegamos al mercado y vemos un puesto de verduras y frutas.

—Mira Aurora, esas manzanas tienen pinta de estar deliciosas, voy a comprar un par.— Dice Helena mientras se dirige al vendedor. En el trayecto un chico se choca con ella. —¡Ay! Ten más cuidado.— Dice Helena al caerse al suelo. Voy directamente a ayudarla con mucha prisa, pero el muchacho se me adelanta y le tiende la mano. Helena no acepta su mano y se levanta sola.

—Lo siento, iba hacia el puesto de joyas y no me había dado cuenta. — Se disculpa el chico. Helena sólo se sacude la túnica. —Me llamo Lucius Rinaldi, me gustaría saber su nombre.— Le tiende una mano a Helena.

—Helena Ricci, no puedo decir que es un placer conocerlo por las circunstancias en las que han sido.— Dice Helena dirigiéndose al vendedor para comprar las manzanas.

—Espere señorita, le regalo las manzanas por este pequeño importuno.— Dice él ofreciéndole las monedas al vendedor.

—No necesito de compansión, tengo dinero.— Helena agarra las manzanas y se va. Voy detrás de ella.

—Vamos a elegir las telas para la túnica para mi hermana— Dice Helena, se le nota un tono serio, está enfadada.

Llegamos a donde venden las telas y empezamos a buscar. Veo una tela rosada, es una tela preciosa. Mi mente divaga y empiezo a imaginar cómo me quedaría, pero es una bobada, no puedo pensar en eso, soy simplemente una esclava.

—¿Te gusta?— Dice Helena detrás mía.

—Es bonita, pero no es lo que estamos buscando.— Dejo la tela en su sitio y sigo buscando.

Encuentro una tela ligera, es del tono que estábamos buscando, me giro y se la enseño a Helena, ella me sonríe como una aprobación y la compra.

Después de toda la mañana en el mercado ha llegado la hora de cocinar. Llevo la carne de cerdo al comedor.

A diferencia de esta mañana, Leonardo ha aparecido para comer. Es un chico odioso, siempre serio, no es para nada amable y si me equivoco no duda en castigarme.

—La carne está muy seca.— Se queja Leonardo.

—Lo siento. ¿Quiere que le traigagarumpara la carne?— Le pregunto.

—No hace falta, tu mal olor me quita el hambre.— Dice serio mientras se levanta.

—Leonardo siéntate y come.— Le reprocha Helena seria.

—Me voy a entrenar, ya que tanto te gusta defender a la esclava.— Dice y me mira con asco.

Dioses, es un chico horrendo. ¿Cómo he acabado aquí? Estoy muy molesta pero no puedo hacer ni decir nada.

—Para mi está rico.— Dice Ángelo en un susurro. Marcus le mira mal y Ángelo baja la cabeza.

Después de esta horrorosa comida, recojo la mesa y me pongo a fregar.

—Que hermano más idiota tengo, encima no te han dejado nada de cerdo. Te he guardado un trozo de muslo, sería genial si te lo comieras.— Me ofrece un trozo de carne, pero niego con la cabeza. —Vamos Aurora, deberías de comer aunque sea esto.— Me vuelve a ofrecer el trozo.

—Gracias Helena, pero no tengo hambre.— Digo y termino de lavar los platos. —Mi deber es trabajar para vosotros, ahora si me disculpas debo de ir a lavar la ropa.—

—No, tú no te vas hasta que comas.— Se pone delante para que no salga. —Come Aurora.— Me vuelve a ofrecer el trozo. Esta vez lo agarro y me lo como.

Una vez termino salgo afuera de la casa para lavar la ropa de la familia Ricci.

Estoy lavando la ropa cuando veo a una niña con una jarra de agua. La niña se tropieza y me cae todo el agua encima.

—Lo siento.— Dice la niña asustada.

—No pasa nada.— Le respondo con cariño. De la nada siento una tela taparme. —¿Señor?— Leonardo me acaba de tapar con un manto. La niña al ver a Leonardo sale corriendo con la jarra.

—Ve a cambiarte, puede seguir con la tarea luego.— Evita mi mirada. ¿Lo estoy notando nervioso?

—¿Sucede algo mi señor?— Le pregunto curiosa, nunca antes había hecho un gesto hacia mi que no fuera un insulto o querer castigarme.

—Tu túnica tiene una tela muy fina.— Dice en un susurro. Caigo en cuenta que al caerse el agua encima de la túnica, se ha transparentado todo. Automáticamente de darme cuenta me pongo roja.

—Gracias señor.— Digo y me voy corriendo dentro de la casa para cambiarme la ropa. Ay Dioses, qué vergüenza.

Me cambio de túnica y tiendo la que estaba mojada. Le voy a lavar el mantón a Leonardo.

Termino con mis quehaceres y ya es de noche. Venga Aurora solo te queda hacer la cena, lavar los platos y ya puedes ir a dormir. Necesito dormir.

Termino de cocinar y llegó el momento de la cena.

Me quedo de pie esperando a que todos coman. Desde lo que pasó esta tarde Leonardo no me mira, aunque antes lo hiciese con desprecio, pero ahora mismo ni eso y me sorprende que esté callado y no se haya quejado.

—¿Hermano qué sucede?— Pregunta Helena con curiosidad a Leonardo.

—Se te ve nervioso y tienes rubor en las mejillas.— Dice Ángelo.

—¿No me digas que es por alguna mujer?— Pregunta Helena.

—Callar, no dejáis ni cenar.— Dice Leonardo serio.

¿Y si está así por lo de túnica? Dioses ayudarme, me estoy muriendo de vergüenza.

—Así que es por una mujer.— Dice levantando una ceja. —¿Y cómo es?— Pregunta con una sonrisa.

—Dioses, callate. —Dice y se levanta.— He terminado de cenar.— Se va.

Helena se ríe. Su padre en cambio se pone serio y da un golpe en la mesa.

—A cenar.— Dice enfadado.

Después de un largo rato terminan de cenar y recojo todo. Helena me espera en la cocina como siempre.

—¿Qué crees que le ha sucedido? Estoy segura de que es por alguna mujer, mi intuición no falla.— Dice convencida.

—Helena, no lo sé.— Digo intentando ocultar mi cara roja por la vergüenza.

—Tenemos que descubrir quien puede ser la loca que se haya fijado en mi hermano.—

Estuvimos hablando mientras lavaba los platos. Ahora por fin estoy en mi camita, que agusto estoy así.

Desde mi habitación oigo a gente en la calle, hacen muchísimo ruido. Me levanto y me dirijo a las letrinas, espero que no haya nadie.

Cuando termino de hacer mis necesidades salgo para volver a entrar a la casa. Alguien me agarra del brazo.

—Que esclava tan guapa.— Me da la vuelta y me pega contra la pared, se me escapa un chillido. Me aprieta más fuerte. —No se te ocurra chillar, de nada te sirve, sólo eres una esclava, no le importas a nadie.— Le miro a los ojos, es un hombre joven, tiene detrás a varios chicos más.

—¡Ayuda!— Chillo con la esperanza de que alguien me oiga. En respuesta lo que recibo es un golpe fuerte en la cara. No puedo evitar chillar del dolor.

—He dicho que te calles.— Me dice el chico agarrándome del cuello. —Ahora es cuando nos lo vamos a pasar bien, sé buena.— Me muerde el labio.

Me pongo a chillar y él me tira al suelo.

—Te ha dicho que te portes bien.— Se me acerca otro y me agarra del pelo. Empiezo a llorar.

—Por favor no, por favor.— Empiezan a romperme la túnica. —¡No!— Intento taparme con las manos pero los otros chicos me las quitan.

Uno de los chicos se pone encima, simplemente cierro los ojos intenta un forcejeo que no hace efecto. Cierro los ojos más fuerte a esperar que hagan lo que quieran y terminar ya.

Siento como unas gotas calientes caen en mi barriga, oigo chillidos. Cuando abro los ojos veo que el chico que estaba encima está siendo atravesado por Leonardo. Me quedo sorprendida.

—Si volvéis a tocarla no solo mataré a uno.— Todos huyen y Leonardo tira el cuerpo hacia un lado. —Ven— Me ayuda a levantarme y me pone un manto encima.

—Gracias mi señor.— Digo todavía con lágrimas en los ojos.

—No es nada, costaste mucho dinero.— Dice mirando hacia otro lado. Ese comentario duele, no hace falta que me recuerde que soy como una propiedad más para su familia.

—Claro, esto ha sido como evitar que te robaran cualquier otro objeto.— Me sujeto bien el manto y me pongo de camino a la casa.

No se que esperaba, tal vez un ápice de humanidad, pero solo soy un objeto más.