Capítulo 1
Para Megumi y Nobara el día había comenzado normal, unas cuantas clases con Gojo y entrenamiento con Maki, Inumaki y Panda. Después de ahí, fueron directo a las duchas, se cambiaron y a eso de las 11 de la mañana se dirigieron a almorzar, el comedor estaba vacío a como usualmente.
La academia de hechicería no tenía demasiados alumnos después de todo, ni tampoco muchos maestros por lo cual no les sorprendió ver a Satoru totalmente solo, tomando su almuerzo en una de las largas mesas.
Fue idea de Nobara el acercarse para comer con él, Megumi solo rodó los ojos y le siguió el juego.
—Hola Gojo-sensei, ¿Comiendo solo?
Él sonrió de lado, bajando su antifaz negro a su cuello para verlos a los ojos—. Sí, un solitario lobo como yo aleja a la gente.
—Eres un exagerado —le recriminó Megumi, tomando haciendo frente a él con su almuerzo sobre la mesa, Nobara le siguió, masticando su sándwich de atún—. Sabes que te esperamos media hora para la primera clase y no llegaste.
—¿En serio? —cuestionó fingiendo sorpresa, por eso odiaba mantenerse más tiempo del debido con Gojo, su jaqueca solo avanzaba.
—Oye —susurró Nobara, siendo la primera no notar lo extraño ahí. Los otros dos la miraron confundidos, ella señalo el bento entre las manos de Gojo con curiosidad y fue ahí que Megumi también lo notó—. ¿Ese bento no es comprado? ¿Tienes a alguien que lo haga por ti?
Megumi quedo sin habla, el bento en las manos de su sensei era muy lindo, una generosa cantidad de comida con salchichas en forma de pulpo que no le sorprendió, viniendo de Gojo y hasta un pastel con fresas. Todo eso con unas palabras escritas sobre el arroz con salsa de tomate.
Y fue porque Satoru ni siquiera había empezado a comer que notó lo que decía:
Para mí amado esposo. ¡Ten un buen día!
—Yuuji.
Los tres quedaron en total silencio por dos razones diferentes, Megumi y Nobara procesaron la información con detenimiento hasta que los golpeó.
—¡Estás casa-
Satoru fue rápido en taparle la boca a ambos, los ojos celestes fijos en ellos con advertencia y una expresión de nervios en su rostro. Nunca lo habían visto así, pero fueron rápidos en entender que su sensei no quería que nadie supiera que estaba casado.
—No digan nada. Yuuji no es hechicero.
Megumi fue el primero en reponerse—. Pero, ¿Desde cuándo? ¿Por qué no me dijiste? —cuestionó, Satoru los había cuidado a él y a su hermana desde niños, si se casaba pues asumió que le dirían a él.
—Desde hace 2 años nada más —susurró, subiendo el antifaz a sus ojos de nuevo, comenzando a comer con lentitud deshaciendo las dulces palabras de su esposo—. No te dije porque Yuuji no conoce nada del mundo de la hechicería y tiene que seguir así.
Nobara tragó grueso—. En serio todo el mundo se puede enamorar.
Satoru la miro entre ofendido y divertido, una salchicha en forma de pulpo en su boca.
—Es tan romántico que trates de proteger a tu esposo del mundo de la hechicería, Gojo-sensei tengo un nuevo respeto por ti —terminó ella de manera firme, ojos brillantes y fijos en Satoru.
Él sonrió—. Gracias Nobara.
—¿Tienes fotos de él? ¿Dónde lo conociste?
Las preguntas llovieron y por primera vez pudo hablar con alguien más que Shoko sobre su esposo, les mostró la foto de su casamiento con Yuuji y la manera en que estaba sonriendo tan dulce, les contó su historia de amor y las razones del porqué no le contaba a Yuuji sobre la hechicería.
—Yuuji tiene el talento de ver ciertas
Maldiciones de bajo nivel —afirmó, pasando la foto que estaba en su celular de Yuuji sonriendo con la playa atrás, se veía hermoso—. Yo finjo que no veo nada, pero él siempre se queda mirando fijamente a la maldición.
—¿Y le quieres contar de la academia entonces? —preguntó Nobara, sorbiendo de su té.
—No, Yuuji tiene un corazón demasiado puro. Si se mete en esto, me temó que alguien le hará daño —dijo con total seriedad, recordando la hermosa sonrisa de su esposo hoy al despedirlo de su casa.
Protegería a Yuuji, sin importar qué.
Fue en ese momento que su celular vibró y lo sacó, suspirando, la voz de Ijichi se hizo presente.
—¿Qué pasa?
—H-ola, voy a dejar unos papeles del director Yaga en tu casa, voy de camino, él dice que tienes qu-
—¡No vayas!
II
Para Yuuji la mañana había estado tranquila, Satoru y él ya tenían dos años de casados y unos cuantos más de haber sido novios y para Yuuji fue como haber encontrado a su alma gemela. Satoru Gojo lo complementaba, era aquella persona que nunca había tenido ningún tipo de expectativa por encontrar, pero llegó a él.
Estuvo solo por demasiado tiempo después de la muerte de su abuelo y Gojo era igual. No tenía a nadie más.
Conectaron de una manera asombrosa, diciéndose cosas que nunca en la vida le habían dicho a nadie más.
Complementándose de una manera sorprendente, para Yuuji, Satoru era el amor de su vida.
Amaba estar a su lado, compartir su vida con él y esperaba que en algún momento incluso pudieran compartir una familia.
Suspiró hondo, cortando unos cuantos vegetales para el estofado que estaba haciendo mientras tatareaba una canción, a Gojo le encantaba como cocinaba y siempre trataba de tenerle preparado la cena o incluso algún postre para cuando llegará de trabajar.
Estaba estudiando en la universidad desde casa, por lo que la mayoría del tiempo lo pasaba ahí, él se encargaba de llevar la misma cuando Satoru no estaba. A pesar de que el hombre le había dicho que él contrataría a alguien para limpiar la casa, lavar la ropa o hacer otras cosas Yuuji había negado.
Era su hogar, cuando vivía con su abuelo limpiar la casa y hacerla cómoda para la única familia que tenía siempre le daba tranquilidad y lo distraía de cuando tenía alguna preocupación.
Así que Satoru aceptó con la condición de que cuando él llegará le permitiera hacer cosas también, ambos tenían un buen ritual y la verdad eran como cualquier otra pareja que pudieses ver en un parque. Obviamente con un hombre de metro 90 que te asesinaba con la mirada si veías a su lindo esposo por más de 1 minuto, ambos llevaban una vida tranquila con sus propias metas.
En el caso de Yuuji estaba estudiando veterinaria, quería trabajar lo más pronto posible ayudando a los animales. Siempre había sido cariñoso con ellos y sobretodo, ayudar siempre fue su sueño desde pequeño. Satoru le dijo que él no tenía más sueños que vivir con él hasta viejitos y tener muchos hijos.
—¡Sa-toru-san! —exclamó sorprendido, esa vez en donde ambos estaban recostados en el sofá. La película olvidada y Satoru con su rostro escondido en su cuello y las manos aferradas a sus caderas—. ¿De verdad quieres tener hijos conmigo?
Él alzó una ceja tal y como si no fuese obvio, antes de sonreír de lado, depositando un beso en sus labios—. Quiero todo contigo Yuuji.
—Satoru-san… yo también —susurró, tomando el rostro de su pareja entre las manos. Esos ojos cielo lo adoraban de una manera tan etérea, de una manera que el reciprocaba totalmente. Sonrió con dulzura—, yo también quiero tener muchos hijos contigo.
El susodicho se puso totalmente rojo antes de esconder la cara en su pecho, Yuuji jadeo cuando las manos en su cadera lo abrazaron con más fuerza.
—Te amo —lo escuchó susurrar, eso detuvo e inició su corazón, todo al mismo tiempo. Los ojos celestes lo miraron de nuevo—. Yuuji-kun, te amo.
—Y yo a ti, Satoru-san.
Salió de sus pensamientos cuando la puerta sonó en el departamento, frunció el ceño confuso porque no estaba esperando a nadie en ese momento, se limpió las manos en su delantal vainilla y caminó a paso lento a la puerta. Abrió de manera lenta y lo que no espero fue ver a un hombre temblando de pies a cabeza con su esposo tapándole la boca y tomando lo que parecían papeles de su mano.
Satoru también llevaba un extraño uniforme y antifaz negros que nunca había visto.
—¿Satoru-san? —dijo confuso.
El susodicho rio nervioso, soltando al tembloroso hombre delgado que tembló más cuando Satoru posó la mano sobre su hombro—. Yuuji bebé, vine a almorzar a casa con un compañero del trabajo pero pasó algunas cosas y él se tiene que ir.
El hombre delgado parecía totalmente sorprendido, no quitaba la mirada de él y Yuuji estaba empezando a preguntarse si era que tenía algo en la cara o no se había lavado bien las manos. Satoru lo notó y el agarre en el hombro de Ijichi se intensificó.
—¿Verdad que ya te vas Ijichi-san?
Él pareció al fin salir de su shock y asintió casi como uno de esos muñecos con cabezas móviles.
—¡S-í, yo tengo que irme!
Itadori frunció el entrecejo con más intensidad, algo extraño pasaba, no era muy pérsicas pero incluso él podía notarlo. Sonrió tratando de quitar la tensión al ambiente.
—Oh, pero si no pasa nada entonces podría quedarse a comer con nosotros Ijichi-san. Nunca conozco a los compañeros de mí esposo.
La palabra esposo resonó en la cabeza de Ijichi una y otra vez, casi como si todo eso fuese una broma. Era una cosa que Satoru Gojo llegase cuando tocabas la puerta de su casa casi como si una maldición estuviese detrás, pero era otra saber que el miedo venía de que un hermoso chico de cabellos rosados y delantal vainilla al que llamaba esposo se diera cuenta que era un hechicero.
Trago grueso, la mirada cielo estaba pegada a él por debajo de ese antifaz. La podía notar.
—N-o, yo no puedo Gojo-san —decidió utilizar el apellido de su superior, después de todo era su esposo—. Tengo que irme con urgencia pero le agradezco mucho por la invitación.
Los ojos miel del chico se entristecieron y Satoru casi manda todo al carajo, respiró hondo, bajando su antifaz a su cuello para acercarse a Yuuji y pasar la mano por su cadera. Olía tan dulce como siempre, a hogar.
—Podemos invitarlo para que venga otro día.
Ijichi tembló y Yuuji sonrió de nuevo, parecía entusiasmado.
—No solo él, tengo algunos…otros aprendices en el trabajo que te quieren conocer.
—¡Me encantaría!
Supo desde ese instante que las cosas se irían por un espiral de desastre.
—
Una semana después Satoru tenía a todos sus alumnos —osease Megumi y Nobara— plus Ijichi, sentados en la mesa de su casa. Los dos primeros estaban tranquilos y vestían ropas normales Ijichi estaba nervioso.
Él les había dejado en claro que los invitaba solo porque no quería ver a su esposo triste, mantenía demasiados secretos de Yuuji y no quería que se hiciera de ideas raras. Para Satoru no había nada más valioso que la sonrisa de su esposo. Así que tenían que fingir trabajar con él en ese banco y de paso podrían conocerlo.
Suspiró hondo cuando Yuuji llego a la mesa con un bol de ensalada y curry, llevaba una hermosa sonrisa en su rostro y el delantal que decía “Soy el mejor guerrero” solo llenaba el corazón de Satoru.
—Traeré el refresco, por favor sírvanse la cantidad que deseen, hice mucho —dijo amablemente, parecía como si flores florecieran a su alrededor y Satoru se estaba enamorando más.
Fue hasta que Yuuji se perdió en la cocina que los tres lo miraron con incredulidad, Nobara fue la primera en hablar.
—¿Lo embrujaste?
—¿Qué? —preguntó casi ofendido.
Megumi asintió, sirviéndose comida al igual que Ijichi.
—Es imposible que un ángel como ese sea tu esposo por gusto.
—Les aseguró que lo es —rio, llevando una cucharada de comida a la boca—, Yuuji-kun tiene buen gusto.
Nobara hizo una mueca—. No, aún creo que usaste brujería.
—¿Sabes que las brujas fueron nuestras compañeras y siempre tuvieron el estigma de enamorar hombres con brujería injustamente? Es lo que estas haciendo ahora mismo.
—¿Qué pasa? —preguntó Yuuji al fin, llegando con el refresco y una sonrisa en su rostro. Satoru hizo un mohín, pestañando varias veces a su esposo con cara de perrito golpeado.
—Yuuji-kun, dicen que utilicé brujería contigo para enamorarte.
Él rio alto—. Oh no, Satoru-san es un hombre maravilloso.
Ijichi casi se atora con la comida, Satoru estaba a punto de tirarlos a todos por la ventana del decimoquinto piso del edificio donde vivían.
—¿Maravilloso?
—Sí, lo conocí cuando trabajaba en una cafetería. Él siempre llegaba y me hacía sonreír —susurró, una sonrisa dulce en su rostro junto a las mejillas rosadas.
Todos estaban en silencio, totalmente en shock viendo a Yuuji tal y como si estuviera loco. El de cabellos rosados rascó su cabeza avergonzado.
—Satoru-san puede molestar bastante pero tiene un gran corazón —sonrió, juntando sus manos—. Además de que se sonrojo mucho cuando me pidió matrimonio, siempre me trae flores y usualmente no me molesta tanto como a otras personas.
Esta vez fue Satoru el que casi se atora con la comida, Megumi y Nobara sonrieron de lado, esas sonrisas maléficas que Gojo conocía porque las hacían cada vez que querían sacarlo de quisio.
—En serio, ¿Cómo fue?
—Pues no fue demasiado extravagante, a ambos nos gusta la privacidad así que fue aquí, estábamos viendo una película y el tomó mi mano y cuando me di cuenta ya tenía un anillo puesto —dijo, mostrándoles el hermoso anillo de diamante que tenía en su dedo anular, Nobara soltaba brillitos—, él estaba muy nervioso, me miró a los ojos y me dijo “Yuuji, cásate conmigo.” —finalizó, bajando la mirada a su anillo con amor.
—¡Ah pero ni siquiera preguntó!
—¡Abusivo!
Sí, no debió de haberlos dejado conocer a Yuuji nunca.