Yo
Yo no era nada más que un hombre encasillado en la triste rutina del vivir. Una qué no he aprendido a apreciar adecuadamente como estaba prescrito, o como debería estarlo. Un hombre que no sabe nada más que esconderse en la inevitable sombra febril debajo del resplandeciente arbol derrochante de gracia vida. Un alma soplada por el viento, con cuidado de no cortar, no más pegar.
Solo Dios sabrá lo que es el sentir de vivir muerto, caminar bajo los gusanos podridos del insomnio. Comer de las larvas muertas de la infelicidad y beber de los huevos inmundos del suicidio.
Como pasar las yemas de tus dedos sobre el suave y resbaladizo mueble colocado sin cariño al lado de tu cama se convierte casi en una bendición. Como sentir las sábanas pulcras -al parecer-- seducir tu piel por las mañanas es halagante.
Oh Dios! Dime qué he hecho yo? Oh mi adorado Dios, tan lleno de gracia y piedad que eres tú, dime. ¿Por qué existe tanta maldad en tu tierra?
Oh Dios, responde a mis inútiles plegarias y cuidalas del mundo. Con tu cariño natural de padre, acuname y meceme entre tus barbas de inocencia. Con tu cariño de madre arropame y alimentame de sueños esponjosos. Con tu amor de hermano, protejeme y advierteme de las sucias travesuras qué entre tus dedos blancos descansan.
Oh Dios! ¿Dónde estás que no te veo?