La llegada. Prólogo.
Anahel. Así me puso el Altísimo cuando me creó, hará tanto tiempo que ya ni sé cuántos milenios han pasado.
En un principio, fui uno de los Ángeles que se dedicaban a guardar a los recién nacidos, fueran de la especie que fueran, y de los que recogían las tiernas almas si sufrirán la muerte antes de su primer año de vida.
Era un trabajo entretenido, ya que aquellos inocentes eran capaces de vernos y, a veces, de entendernos. Pero por mucho que quisiéramos, no hay gran charla entre un ente con miles de años y un neonato con solo tres deseos en su corazón: seguridad, calor y alimento. Todo lo demás, era superfluo para ellos.
Y luego llegó la guerra, la escisión de las especies, la confrontación de los hermanos. Y la muerte violenta.
Se nos acabó la tranquilidad, y yo fui capturado en esa guerra de mil años, que sangró el Cielo, quebró la Tierra y dio a luz al Infierno.
Durante quinientos años permanecí en Asmodea, como invitado de honor en su más putrefacta mazmorra, donde aprendí a servir y a hacer que me sirvieran. Como un ángel atrapado en el Infierno antes de que fueran condenados los demonios, conservé parte de mi Gracia, pero perdí la voluntad de guardar a mis custodios, perdido en la depravación y la locura que Asmodeo y sus secuaces me obligaron, al principio, a participar y en la que participé alegremente al final, cuando creí que todo estaba perdido.
Como los demonios, fui encarcelado en su prisión y viví huyendo de mis antiguos hermanos, ya que fui el único ángel entre millones de demonios…
Mi mundo era huir en la noche eterna de aquel vacío, tratando de cruzar la vorágine y alcanzar el mundo material, antes de que un demonio me esclavizara y robara lo poco que me quedaba de mi antiguo ser.
Y el esfuerzo fue recompensado al final, aunque no sé si me volvió más loco o me hizo más fuerte.
Crucé la vorágine, casi perdiendo mis alas en el proceso, y caí en un nido de Dragón. Precisamente sobre el único huevo que la Dragona había rechazado. El único huevo que no tenía esperanzas de sobrevivir.
El huevo, aparte de ser grande por ser de tal colosal criatura, no tenía nada de particular aparentemente. La madre lo había desplazado porque en su interior se oían dos corazones, uno débil y lento, el otro fuerte y sano.
Pero los dragones son algo peculiares. Si les nace una cría bicéfala, no hay problema, si les nacen crías con dos colas o cuatro alas, no hay problemas. Pero si hay gemelos en un huevo, sean del tipo que sean, prefieren dejarlo a los depredadores, pocos, a decir verdad, comérselos o dejar que vivan o mueran por su propio destino.
Así que allí estaba yo, atraído por dos dragones moribundos en un huevo. Los dos dragones eran de la variedad dorada, pero eran siameses y estaban unidos por el vientre, a pesar de que uno era claramente una hembra y el otro un macho. Ambos me atraían, por lo que el llamado del velo y el Infierno estaban atenuados. Y estaba en paz, ya que no sabía a quién unirme y si debía tratar de salvar al otro Dragón. Estaba indeciso, hasta que sentí a un demonio con nosotros y él me quitó la elección de las manos, poseyendo al macho y tratando de matar a la hembra para salir del huevo y escapar.
Fue entonces cuando me di cuenta de algo. Yo no podía permitir que aquella pequeña muriera solo por ser más débil. Yo era un ángel custodio de los nonatos y los neonatos. Y aunque el cielo me hubiese abandonado, yo no iba a abandonar a aquella pequeña.









