Master |GoYuu|

Summary

Después de un tiempo, Satoru finalmente ha comprado un nuevo esclavo, Itadori Yuuji, un joven de cabello róseo que fue enviado a Little Dolls tras la muerte de sus padres.

Genre
Romance/Erotica
Author
Gojo
Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

Parte Única

Durante el trayecto, Yuuji estuvo abstraído observando por la ventana del Audi, sus orbes acaramelados no se concentraron en un punto específico, sólo se negó a mirar al conductor. Sus manos se pusieron gélidas al tacto y su corazón inició un galopeo agitado, justamente cuando el vehículo se adentró al aparcamiento subterráneo del enorme edificio. Controló el instinto colosal de huir en el momento que el hombre de tez nívea apagó el motor e inmediatamente salió para abrirle la puerta. Aun con los inquietos latidos y postura estoica, abandonó el vehículo y de seguida caminó al lado del adulto hasta un elevador.

Satoru saludó a sus amigos una vez que ingresaron a un ático bastante lujoso de tonos grises y blancos, luego tomó asiento en el sillón de cuero negro y el joven de un peculiar cabello rosado y castaño oscuro se sentó de rodillas en la alfombra, cerca de su pierna izquierda. El pelirrosa se sintió cohibido por las intensas miradas que los presentes le dedicaban e involuntariamente se estremeció y desvió el rostro, pegando su mejilla a la rodilla del adulto.

Un hombre de cabello oscuro recogido con flequillo soltó una risotada.

—Pobrecito, nos tiene tanto miedo que podría orinarse en los pantalones —comentó jocosamente el morocho.

—¿Hace cuanto que lo tienes, Gojo? —interroga una hermosa mujer de mechones azulinos claros, sentada en un sofá de cuero rojo. Al lado de la fémina se encontraba una chica azabache con una cicatriz horizontal en su rostro, vistiendo un brasier lila y un pantalón de cuero ajustado; estaba cabizbaja y apretando la mandíbula.

—Ayer —respondió el varón, observando al muchacho y acariciando con suavidad sus cabellos, ignorando el leve estremecimiento que causó el gesto—. Lo escogí porque era el más joven y por esos preciosos ojos de ciervo.

—Es toda una hermosura, Gojo —dijo un zagal de impresionantes ojos carmesí y rostro tatuado, inclinándose para ver mejor la anatomía del chico de Satoru—. ¿Me lo puedes prestar en algún momento?

—Por supuesto que no. Además, ya tienes a tu Esclavo, ¿o ya te aburriste de Megumi-chan? —El mencionado se sobresaltó un poco y, con miedo en sus ojos verdes, observó a su Maestro.

—Megumi es una preciosa muñeca, no puedo dejarlo ir. —Le obsequió una tersa caricia en la cara del joven de piel blanca—. Ha aprendido tanto que ni siquiera se atraganta con mi polla.

—¿En serio? —dijo un hombre de hebras rubias que dirige una inquisidora mirada a un chico de cabello corto oscuro, sentado de rodillas—. Yu todavía sigue ahogándose.

—Puedo darte unos tics, Nanami —sugiere con voz cantarina.

—Lo estoy tomando, Sukuna.

Otro de los adultos se ríe y empieza a jugar con las hebras blanquecinas de un joven. El pequeño de ojos morados tiembla un poco cuando los toques bajan hasta su cuello y cierra fuertemente sus párpados por la pronta intromisión a su entrepierna por parte de la mano del sujeto con flequillo a su lado derecho.

—Inumaki-kun también aprendió y no se atraganta. Se volvió un experto en mamadas —elogió un tipo de orbes azul opaco con ojeras—. ¿Verdad, Geto?

—Así es, Yuta. ¡Y es mejor cuando uno de nosotros lo está follando! —exclama vivaz el de melena oscura.

—¿Y como lo estás llevando con Utahime, Mei-san? —pregunta Nanami.

La mujer mencionada suspira exasperada.

—La muy niñata sigue siendo rebelde. —Contempla hastiada a su Esclava, quién se encoge hombros un poco timorata.

—¿La has castigado? —indaga Satoru, entrecerrando sus asombrosos orbes cian y sin detener su tarea de amasar la cabeza de su Esclavo. La placentera caricia envía un hormigueo por la columna de Yuuji y prontamente sus pómulos se colorean de un bonito rosáceo, avergonzado de disfrutar la atención del adulto.

—Mucho. Pero la mocosa continúa dándome dolores de cabeza. —Le da un trago a su whiskey—. He pensado seriamente en devolvérsela a Mahito.

—Hazlo —dijo Nanami, fijando su inexpresiva mirada hacia la chica rebelde—. Quizás y termine en las garras de Kenjaku.

Aquello hizo que a Utahime se le fueran los colores de la cara. Yu se paralizó de terror e Inumaki contuvo el aliento. Yuuji, por otro lado, apretó la pierna de su Maestro, recordando las cosas horribles que le habían contado acerca del hombre con cicatriz. Los Esclavos de Little Dolls temían por el espeluznante Kenjaku, sabiendo los terribles castigos que les aplicaba a sus Esclavos. Recordó también que Junpei —el Esclavo de Mahito— le platicó de la vez que acompañó a su Maestro a una de las fiestas privadas del magnate del crimen, a mitad de la fiesta el Esclavo de Kenjaku le mordió su polla por error y como castigó les ordenó a sus guaruras que violaran al chico sin piedad. Según Junpei, fue la peor cosa que haya visto en su vida.

—Entonces, Esclava —canturreó Mei Mei, atrayendo la atención de todos—. ¿Vas a comenzar a portarte bien o te devuelvo a Mahito para que te mande derechita con Kenjaku? —Sonríe perversa.

—Voy a portarme bien. —Traga saliva.

—Espero que cumplas con tu palabra. —La mujer se levanta y se retira el panti por debajo de su falda corta, ganándose unos silbidos por parte Geto y Sukuna—. Demuéstrame que puedes ser una buen chica. —Retoma su lugar en el sillón.

Utahime se posiciona de rodillas frente a ella, enterrando su cara en su intimidad y procediendo a lamer con suavidad los labios menores de su vagina.

—Mierda, ya me puse duro —anunció el rubio—. Yu, se buen chico y atiende a tu Maestro.

El joven azabache agarra fuerza de voluntad mientras baja la bragueta y adentra su mano para sacar el duro miembro del adulto. El chico da unas lamidas de gato, a continuación, chupa el glande y enseguida lo introduce en su garganta.

Geto le da una pícara mirada a su compañero de trío, quien le guiña un ojo y se apresura en despojarle la sudadera verde a Inumaki. El chico se pone rojo, pero simplemente deja que sus Maestros le quiten las prendas y lo instalen poco después a cuatro patas en el sofá. Yuta libera su pene y escupe en su mano para lubricar su empalme, luego se coloca detrás de Inumaki y encaja su erección dentro del agujero de su Esclavo. Ante la reciente intromisión, el joven grita y Geto aprovecha para meter su polla en la garganta del pequeño y frágil Esclavo.

Sukuna le ordena a su Esclavo que se desvista, lo que el muchacho hace de inmediato sin titubeo. Con una sonrisita engreída, Sukuna saca a la luz su potente erección y sin que reciba instrucciones, Megumi se sienta a horcajadas en él, agarrando el falo y dirigiéndolo a su entrada; toma un respiro y se desliza hacia abajo de una estocada. Chilla de dolor, pero empieza a subir y bajar sus caderas, penetrándose con la polla de su Maestro.

Yuuji contempla horrorizado como esas personas están fornicando sin pudor alguno. ¿Está será su vida de ahora en adelante? ¿Por qué mierda Tetsu mejor lo dejaba en la calle y no en esa puta agencia que vende personas? Su vida dio un giro de 180 grados con la muerte de sus padres, y el zagal que en el pasado quería y estimaba por ser su padrino, se convirtió en su peor enemigo; robando la empresa de la Familia Itadori y mandándolo a una vida como esclavo sexual.

Para sorpresa de Itadori, su Maestro se pone de pie.

—Bueno, caballeros y dama, yo me retiró.

—¿Por qué? La cosa está ardiendo, Gojo —habló Mei Mei y seguidamente clama un gemido.

—Debo entrenar a Yuuji-kun. Cómo les dije, recién ayer lo compré.

—Suerte, Gojo y esperemos que éste no termine como Yuki —Sukuna gruñe y sujeta con más fuerza las caderas de Megumi, sintiendo como su polla se hunde hasta el fondo con cada estocada.

—Pórtate bien, pequeño —le dice Geto a Yuuji—. No querrás el destino de la pequeña Yuki —añadió con una sonrisa nihilista.

Satoru termina de despedirse de todos y se marcha del departamento de Sukuna, con su Esclavo siguiéndolo tímidamente a su lado.


Al llegar al ático de Satoru, el de mechones de cerezo se mantuvo estático cerca de la entrada. El albino le hace un ademán para que se acerque a la isla de la cocina y el chico se encamina sin chistar.

Gojo lo ve inexpresivamente.

—¿Sabes por qué te llevé con mis amigos? —El muchacho parpadea y niega con la cabeza—. Tienes voz, Yuuji. Responde como tal.

—No lo sé —musita.

—Te llevé para que vieras lo que son capaces mis amigos de hacerles a sus Esclavos. —Entrecierra los orbes—. Para tu tranquilidad, no soy igual a ellos. No me gusta el exhibicionismo y tampoco me apetece compartirte con otros. Soy un hombre posesivo con mis cosas.

Itadori hizo una mueca al ser catalogado como una «cosa».

—Sin embargo, si te portas mal, recibirás un castigo. —El de tez ligeramente morena entra en pánico y el zagal de iris como el mismísimo cielo suaviza sus rasgos—. No pienso torturarte, no soy un monstruo como Kenjaku.

—¿Qué hay de esa chica Yuki? —pregunta con valentía.

—Fue mi primera Esclava hace dos años. Al principio se portó educadamente, pero un día rompió uno de mis trofeos y la castigué con duras nalgadas con el cinturón. —El de ojos marrones torce el gesto al imaginarse el dolor de los azotes—. Esa misma noche tuve que asistir a una fiesta de beneficencia y ella escapó. No llegó lejos y, por casualidades del destino, Mahito la encontró y me llamó para regresármela, pero me negué. Una semana después, Suguru me contó que Kenjaku se la llevó. —El muchacho se estremeció—. Quién sabe los horrores que esté viviendo ahora y todo por no portarse bien.

Itadori agacha la cabeza, comprendiendo a lo que iba el varón.

—Tú eliges, Yuuji. Ser un buen chico o como te dijo Sukuna, correr con la suerte de Yuki.

—Yo me portaré bien, Maestro. —Le mira fijamente con sus ojos chocolate bañados en miel—. Se lo prometo.

El de cabellos como la nieve, alcanza una cajita de terciopelo negro que se hallaba en la encimera y se la tiende al joven. El moreno la acepta y revela su contenido: un collar de cuero oscuro con una gema azul con forma acorazonada en el centro. Al chico se le retuercen las tripas, entendiendo que no hay manera de librarse, ahora le pertenecía a Gojo Satoru y si no cumplía con las reglas, le irá muy mal.

—¿Te gusta? —indaga el albino.

—Es muy bonito. —Lo decía en serio y le molestaba un poco—. Muchas gracias, Maestro.

—Permíteme. —El adulto avanza hasta colocarse detrás del chico, tomando el collar y acomodándolo en el cuello—. Te di las reglas ayer y realmente espero que no me decepciones, Yuuji-kun.

—No lo haré, Maestro.

—Ven conmigo.

El joven lo sigue y atisbase como el hombre alto se sienta en el sofá. Itadori se prepara mentalmente para lo que sea que el zagal le ordene. Muerde su labio menor al ver que el hombre mayor se abre la cremallera y luego saca una gruesa, larga y bonita polla cubierta de líquido preseminal. Las mejillas del chico se encienden ante los pensamientos desvergonzados del miembro del albino mientras el enardecimiento empieza a brotar por cada zona de su inmaculado cuerpo.

—Desnúdate —indicó el adulto.

Itadori con rapidez se despoja de su ropa. Satoru admira la desnudez del chico y ladea una sonrisa, no se equivocó en comprar al pequeño, su cuerpo es una belleza deslumbrante y ese redondo trasero lo llevará a la gloria como ningún otro lo ha logrado.

—Móntame, Yuuji —ordenó con voz barítona, admirando con lascivia al pelirrosa—. Sé un buen chico para mí.

Yuuji se desplaza para subirse al regazo de Gojo, descansando sus piernas al lado de los muslos del contrario. Inclina su espalda, sujetando la cara de su dominante y le planta un suave beso a sus labios, sintiendo un cosquilleo radicarse por su vientre bajo y a medida que el beso se tornaba apasionado se intensificaba, pero esa sensación le gustaba. Entre tanto, el de hebras nevadas estira su brazo derecho para apretarle un glúteo al joven, patinando la palma de su mano hasta la apertura del chico y con cuidado le retira el tapón anal para enseguida tirarlo al piso.

El moreno gime en medio del beso por el vacío incómodo. Aleja su rostro de Satoru, enderezándose y masajeando cálidamente la gruesa erección, causando que se endurezca más y enseguida guía la cabeza a su pequeño agujero. Es su primera vez por atrás y el adulto lo sabe, por lo que se introduce despacio la cálida longitud.

Una vez que está adentro por completo, Yuuji gimoteó lastimeramente por la quemadura. Las manos de Gojo le soban de manera casi cariñosa la espalda, otorgándole tiempo al chico para que se acostumbre a su virilidad.

«Joder, es grande».

El de ojos whiskey se aferra a los hombros de Satoru, empezando a subir y bajar las caderas mientras suelta tiernos suspiros. Cuando la quemadura desaparece, el muchacho aumenta el balanceo, empotrándose toda la polla de su amante. Incitado por la avalancha de placer que sacude cada parte de su cuerpo, sus gemidos empiezan a escapar cesantemente. Satoru sonrió ufano por ser testigo de como su Esclavo por fin se perdía en el abismo de la pasión. Sujeta con vehemencia las nalgas regordetas del chico, amansándolas con morbosidad e, intrépidamente, aprisiona uno de los pezones rosáceo con su boca y succiona enfervorizado.

—¡Aaah! ¡Maestro, se siente tan bien! —gime con fuerza, saltando intensamente sobre el miembro y enterrando sus uñas en los hombros del zagal—. ¿Estoy siendo un buen chico, Maestro? —preguntó con una expresión lujuriosa y a la vez cándido.

—Sí, Yuuji. Estás siendo un buen chico. —Le sonríe con cariño, agarrando con vehemencia las caderas del chico—. Si logras que tu Maestro se corra en poco tiempo, obtendrás un premio.

—¿U-un premio? —balbucea anonadado y detiene el vaivén.

—Podrás comer pizza y un bote de helado, pero sólo si haces que me corra rápido. —Atrae la cabeza del moreno y lo besa enardecidamente, creando un compás con su lengua—. Un dato, aguanto en venirme.

El de piel bronceada le da una traviesa sonrisa, con sus lindos ojos miel centellando de libídine. Lo que Satoru no sabía era que Yuuji se tomaba los retos bastante en serio, así que con el jodido orgullo que poseía, conseguiría que el adulto tuviera la mejor venida de su vida. (Sí, se había resignado a su destino. Así que dará lo mejor para sobrellevar esto).

Siendo osado, tensó los músculos de su agujero, aprensando ceñidamente la gruesa polla del albino y retomando el vaivén, acelerando las estocadas. Satoru abrió los ojos sorprendido por el inesperado apretón en su virilidad. Él mordió su mejilla internamente para no dejar escapar un gemido; sin embargo, el impredecible Yuuji se lo puso difícil cuando consiguió que su bálano chocara una y otra vez contra la próstata.

—¡Joder, joder, joder! —blasfemó en voz alta, cerrando los párpados y jadeando por la inconmensurable complacencia que el pasaje húmedo de Yuuji le brindaba a su longitud—. Yuuji-kun, tienes el culo muy apretado. Bebé, lo estás haciendo espléndidamente, tomando toda mi polla con tu agujero estrecho. ¡Maldición! —clamó grave al momento que Itadori se las arregló para darle un leve apretón a sus testículos—. ¡Mierda! Creo que me voy a correr.

En demasía era el placer que los iris acaramelados del joven se cristalizaron por las lágrimas.

—¡Sí, Maestro! ¡Córrase dentro de mí! —¿Dónde había quedado el miedo y desagrado por ser un esclavo sexual? El muchacho no lo sabía y en estos momentos tampoco le importaba. Se deleitó con el sonido de sus glúteos golpeteando los muslos del hombre mayor y su cabeza se nubló del desmedido placer.

—¿Eso es lo que deseas? ¿Quieres que llené tu agujero necesitado con mi semen? —Exhala pesadamente, sabiendo que su orgasmo estaba cerca.

—¡Por favor, Maestro! ¡Lléneme con su cálido semen! ¡Lo deseo, lo deseo, lo deseo! —Tan perdido se hallaba en el espacio del éxtasis que no controlaba sus descaradas y sicalípticas divagaciones.

La palpitante polla de Gojo entró y salió del agujero estrecho unas veces más antes de que él jadeara fuertemente, expulsando un chorro de semen caliente en el interior del joven. Yuuji eyaculó enseguida, ensuciando su propio abdomen y la camisa blanca de Gojo.

Yuuji se secó las lágrimas de sus mejillas, producto de la satisfacción que le brindó su Maestro.

—Estaré esperando mi premio, Maestro. —Todavía con la respiración agitada, el menor de edad expresó socarrón y le ofreció una sonrisa de victoria a Satoru.

—Cuenta con ello mi precioso bebé. —Satoru le acaricia tiernamente las mejillas.

Inesperadamente, a Yuuji ya no le parecía tan malo ser el Esclavo de Gojo Satoru.