Sandcastle (GoYuu)

Summary

Satoru va a la playa para alejarse de la finca del clan Gojo. En su camino reflexiona acerca de su crianza, de lo que se espera de él y lo redundante que son los sentimientos. Y, de repente, se encuentra con un niño que increíblemente despierta nuevas emociones. Emociones desconcertantes que no debería sentir.

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16+

Parte Única

Las suelas de sus tenis marcaron la incandescente arena con pequeñas huellas. El resplandeciente e intenso sol presentándose venerable, quemando las pieles de cientos de personas y reluciendo el azul prístino de las olas. Impertérrito, se movilizó, respirando el corto tiempo de libertad sin sus niñeras y deberes.

Satoru no requería de estratagemas o peticiones para hacer lo que quisiera, una mirada gélida de esos ojos similares al cielo de verano es suficiente para sobresaltar de pavor a los sirvientes y algunos miembros del clan. A sus padres no les interesaba las actitudes mezquinas de su primogénito, estaban criando al próximo líder, un niño que fue honrado con las dos técnicas innatas del clan Gojo; las expectativas lanzadas a sus hombros son abrumadoras. Es razonable, considerando que su nacimiento significó un cambió en el equilibrio del mundo, demostrando lo fundamental de su existencia. Por ende, los caprichos y exigencias del niño quedaron en un plano irrelevante, mientras Satoru se hiciera más y más fuerte no importaba su animadversión hacia la gente que lo rodea.

Inexpresivo y antipático, es así cómo la servidumbre describe al siguiente jefe. Los cabecillas del clan únicamente vieron lo poderoso que será, destinado a ser el mejor de todos los tiempos, un hechicero cuyo nombre será temido y odiado por la sociedad de jujutsu.

Las muestras de afecto eran excluidas de la crianza del joven chico. Desde temprana edad Satoru debe entender que el sentimentalismo puede jugarle una mala broma, resaltando el hecho de que las maldiciones se generan a base de las vehementes emociones de los humanos. Y él lo comprendió a raja tabla, etiquetando las emociones de manera superflua.

De no ser por su apariencia, cualquiera diría que Gojo Satoru es solo un adulto con responsabilidades tremebundas que fueron arrojadas la primera vez que abrió los párpados; mostrando esos iris glaciales poseedores de un inmenso poder, y no un niño de ocho años.

¿Diversión, amistad y cariño? Satoru no perderá tiempo en esas cosas insignificantes. Es un hechicero poderoso, es el próximo jefe de su clan, él mantiene el equilibrio de su mundo, bendiciones y elogios seguirán llegando. No. Satoru no se envolverá ni rogará por la mundanidad.

Entonces, ¿por qué siente una irritación al observar a varios niños sonreír y disfrutar de la placentera playa? Es inútil apartar la mirada, sus orbes venetus captaran escenarios que incrementen su fastidio; niños jugando voleibol, creando castillos de arena, nadando entre las olas o manteniéndose al lado de sus padres. La sensación acrimonia invade su estómago, viajando por su tráquea y alojándose incómodamente en su paladar. Aprieta los puños de impotencia, reclamándole a su cuerpo por las absurdas emociones.

Vino aquí porque estaba hastiado de permanecer en la finca, pensó que caminar sobre la arenisca caliente, apreciando el paisaje del mar azul cesarían su aburrimiento. Ahora está arrepentido de su decisión, desde que llegó no ha dejado de sentir la maldita sensación de vacío y anhelo. Encolerizado consigo mismo, el pequeño albino comienza a avanzar, escapando del ambiente familiar y feliz. De un ambiente que él jamás experimentara.

Pese a su inflexible posición, él desea profundamente lo que se le fue negado.

Sí, Satoru ha sido marcado con un poder superlativo, pero ignora un factor primordial. Ni las Técnicas Malditas ni la dura educación borraran su humanidad, su capacidad de manifestar sentimientos. Es un niño y él querrá hacer cosas de niños, aunque obstinadamente se rehúsa en admitirlo.

Siempre se alabó al futuro hechicero más fuerte, nadie se preocupó verdaderamente por ser él. La soledad no iba a llenarse ni desaparecer con gente que meramente le presentara respeto por sus excepcionales habilidades. Empero, Satoru fingirá inconciencia, sabe que eso es un método eficaz. De ese modo no habrá vulnerabilidad.

Satoru todavía le faltaba aprender.

Apareció en una zona casi desierta, excepto por el niño de peculiar cabello rosado y castaño, vistiendo con una sudadera con capucha y pantaloncillos. Satoru criticaría la vestimenta inapropiada para un lugar como este, pero eso sería hipocresía porque él también lleva la misma etiqueta de vestimenta. Quizás sea dos años menor que él o solamente es bajito. De cualquier manera, él tarareaba alegremente, sus manitos se movían entusiastas en la creación de castillos de arena. Gojo rodó los ojos, pero antes de continuar con su camino, se fijó en un espíritu maldito. Rechistó con molestia, desplazándose hacia el pelirrosa. Como hechicero debe proteger al débil, algo que empieza a cuestionar, aun así, su aversión no impediría en presumir sus increíbles habilidades con su lado altanero exclamando con júbilo.

El otro chico finalmente se percató de su presencia, girando su rostro con sorpresa. Las expresiones faciales duras y aburridas del albino hicieron que una gota de sudor escurriera por su sien.

«¿Quién es él? Me está asustando».

Se miraron unos segundos, ámbar chocando contra zafiro. Aún vacilante con la presencia de Gojo, el de cabello rosáceo siguió en su tarea; haciendo lo posible por ignorar la fría presencia del chico. Sin saber que frente a él se halla un cabeza de mosca, una criatura con alas, de ojos saltones y de color marrón claro.

Con impasibilidad, Satoru vio a la maldición, visiblemente decepcionado de lo débil que es. Su punto a favor es su rapidez, aunque está catalogada por debajo de los Cuarto Grado. Por un instante planeó irse, el espíritu maldito no suponía un peligro abismal, sin embargo, el cabeza de mosca estiró su mano y tocó el brazo del pelirrosa. Como si giraran la rueda dentada de un mechero, una chispa se encendió en su interior hasta convertirse en una llama.

De un movimiento ágil, Satoru apuntó a la pequeña maldición con su dedo índice y seguidamente chasqueó los dedos, ocasionando un estallido invisible que terminó con el espíritu y levantó una nube de arenisca que derrumbó el castillo de arena.

El pequeño pelirrosa quedó desconcertado con el alzamiento de la arena. Devolvió su atención al joven de cabellera nevada y éste igualmente se fijó en él.

Su semblante timorato exasperó a Satoru.

—¿Qué? —soltó con brusquedad, viéndolo fríamente—. ¿Tienes algún problema conmigo, cara de papa? —«Delicadeza» es una palabra que no se encontraba en el diccionario del joven hechicero y lidiar con el llanto de un mocoso con cabeza de chicle aumentó su molestia.

Los ojos ámbar del desafortunado niño escocieron, pero para sorpresa de Gojo, el pelirrosa no le reclamó, simplemente empezó a reconstruir su castillo de arena mientras las lágrimas brotaron y cayeron sobre el montículo que empezó a acumular.

El silencioso llanto del niño removió el pecho de Satoru, un leve malestar que insólitamente crecía a medida que seguía observando el estremecimiento en sus hombros y escuchando el sonido de tenues sollozos. La mente de Satoru estaba sobrecargándose por hallar una explicación a la extraña sensación. ¿Por qué permanecía aquí? No debería importarle que el chico estuviera triste, lo salvó de esa fea maldición. ¡Asunto resuelto! Regresar a casa es su siguiente movimiento, involucrarse con el pelirrosa es estúpido y problemático.

No obstante, el estado alicaído no desaparece en el moreno y Gojo es atravesado por la comprensión. Lo que siente en estos momentos es culpabilidad de hacer llorar al niño, aun si su intención fue salvarlo del espíritu maldito. Tensó su mandíbula, luchando contra las emociones que un extraño niño despertó en él.

Gojou Satoru nunca mostró empatía por otro ser humano, pero helo aquí, sentándose a regañadientes sobre sus piernas para construirle castillos de arena a un completo desconocido.

«En serio, ¿qué carajos estoy haciendo?».

El de tez bronceada calmó sus sollozos, sorprendido por la repentina acción del albino. Esbozó una tierna sonrisa, contemplando maravillado y con los pómulos ruborizados las bonitas creaciones. Su antiguo castillo era una burla en comparación de los asombrosos palacios que se asentaron frente a él.

Pasaron los minutos, Satoru terminó de compactar la última torre de arena y el niño de ojos marrones aplaudió felizmente.

—¡Muchas gracias! —Satoru tuvo que entrecerrar los ojos por la intensidad del brillo en la sonrisa del niño.

Valee, el niño no es feo... quizás un poquito lindo. Pero eso es todo lo que él admitirá. Obviamente de los dos, él es el más hermoso y punto.

—Sí, como sea. —El acto de cortesía terminó. Se levantó, sacudiendo la arena de sus pantalones cortos y de su sudadera blanca.

Metió sus manos en los bolsillos de sus pantalones, emprendiendo su partida. Sin embargo, la voz del niño resuena tras de él luego de dar unos cuantos pasos.

—¡Espera! ¡No me has dicho tu nombre!

El de piel nívea suspira.

—Satoru.

—¡Yuuji! —exclama alegre, señalándose con sus pulgares.

Gojo le echa un vistazo más al chico y enseguida se encamina fuera de la playa. Alejándose de la única persona que consiguió calentar su corazón.


El albino sonríe cálidamente al recordar lo acontecido en esta misma playa hace años. Culmina con el castillo de arena, asintiendo satisfecho y orgulloso por el resultado. Realmente es bueno en todo, aunque algunos piensen que es una exageración y egocentrismo de su parte. En fin, con el pasar de los años le restó mayor importancia a las habladurías y juicios contra su personalidad.

De niño presumido y antipático a adolescente arrogante y confiado.

Sí, un gran cambio.

Sus amigos, Shoko y Suguru, pudieron adaptarse al desastre que es. Mientras tanto, sus kouhais no lo soportan, señalándolo de irritable e idiota. Pero entre ese grupo en particular, existe una tierna y estrambótica excepción.

—¡Gojo-senpai! —El grito proviene de un adolescente de extravagante cabello rosado y dos marcas de media luna debajo de sus ojos. El chico viene corriendo en su dirección a una velocidad sobrehumana, sin inmutarse por los fervorosos rayos solares.

—Ya era hora de que aparecieras. ¿Por qué dejaste que tu senpai esperara tanto? —Se cruzó de brazos. Fingió estar molesto, pero al joven pelirrosa no lo podía engañar.

—¡Recién terminaba con la misión cuando me llamaste, senpai! ¡Kugisaki me golpeó y me retuvo para no huir de escribir el reporte! Además, Sukuna apropósito me distrajo en la pelea y salí herido. —Hizo un puchero a la vez que sobaba sobre su sincipucio, mirándolo con ojos de cachorro apaleado.

Ah. Itadori Yuuji, la única persona por la que Satoru suspiraba y evocaba miles de sentimientos. Entendió las canciones de amor cuando reconoció su amor hacia el carismático adolescente.

—¡Sugoiii! —chilló con emoción, contemplando la réplica de arena del Kremlin—. ¡Gojo-senpai sigues haciendo los mejores castillos de arena! —Se sentó al lado del más alto, todavía fascinado por las habilidades de su senpai.

—Je. ¿Lo has olvidado, Yuuji-kun? Soy el mejor en todo —dijo engreídamente, y Yuuji soltó una risita que se transformó en una endulzante melodía para sus sistemas auditivos.

Joder. Satoru está completamente azotado por él.

—Es verdad. —Colocó su cabeza sobre el hombro del albino, cerrando sus párpados—. Gojo-senpai es el mejor.

Las mejillas de Satoru se colorearon de un dulce carmesí.

—Cara de papa, no te acerques tanto que hace calor.

Esas fueron sus palabras, pero tanto Yuuji como él quieren estar lo más cerca posible del otro.