Prólogo
Jimin estaba frente a la ventana, observando a su amigo alejarse de la casa.
Hoseok se volvió para mirar hacia arriba directamente a él, agitando su pequeña mano, sonriéndole ampliamente antes de meterse en el coche con su nueva familia. Cuando Jimin comenzó a agitar las manos de regreso, el coche ya estaba acelerando, hacia el camino de acceso, pasando velozmente los portones. Repentinamente sintió el deseo de echar a correr y alcanzar el vehículo. Necesitaba decirle adiós a Hoseok, una vez más, una última vez.
Porque todas las promesas que le hacían, nunca las cumplían, todos le prometían regresar a visitarlo y nunca lo hacían. Así que, como probablemente iba a ser su último adiós, necesitaba que Hoseok supiera que para él era como el hermano menor que nunca tuvo.
Jimin salió del dormitorio que había compartido con Hoseok, dando un patinazo a lo largo del corredor, bajó corriendo por las escaleras de madera, abriendo la puerta para continuar bajando hacia los portones de entrada. El coche ya no estaba a la vista, pero Jimin continuó corriendo y corriendo. Sus pulmones se sentían como si fuesen a explotar, y los músculos de sus piernas dolían como el demonio, pero continuó corriendo y corriendo, lo único que consiguió pararlo en seco, fueron los grandes portones. Sus palmas sudorosas agarraron las verjas de hierro mientras se dejaba caer al suelo.
Jimin sintió deslizar unas gotas húmedas por sus mejillas, percatándose de que lloraba. ¿Cómo no iba a llorar si sentía su corazón desgarrado?
Jimin no supo cuánto tiempo estuvo sentado sobre el duro suelo. Sus lágrimas se habían secado y su cuerpo estaba frío debido al viento borrascoso. Sintió una mano caliente en su hombro. Había notado la presencia de alguien junto a él durante un rato, miró hacía arriba y descubrió al padre Sejin en cuclillas junto a él, sus ojos llenos de simpatía y comprensión.
—Regresará, Jimin —dijo el padre Sejin calmadamente.
—No, ellos le acogieron, Padre —carraspeó Jimin, con voz un poco ronca—. Y, ¿los sacerdotes deben mentir?
—No te estoy mintiendo —dijo el Padre Sejin, sonriendo amablemente—. Siempre hay esperanzas de que regresen a visitarnos.
—Nunca regresan, Padre. No lo han hecho Seulgi, Lucas, ni Jongin y tampoco lo
hará Hoseok. Nadie regresa.
—Oh, Jimin —dijo tristemente el padre Sejin antes de envolverlo en sus brazos—. Un día, alguien vendrá a por ti.
—No diga gilipolleces, Padre —dijo Jimin.
—¿Que te dije acerca de usar palabrotas? —dijo el padre Sejin arqueando una de sus cejas.
—Que no las utilices a menos que sea realmente necesario y no hasta que tenga por lo menos doce años —repitió Jimin secamente. Esa era una de las cosas que le gustaba acerca del Padre Sejin, no era ultraconservador como algunos otros sacerdotes que había conocido.
—¿Y tienes doce, Jimin?
—Los tendré en un año —dijo Jimin tercamente.
—Entonces espera un año más. No te matará —Bromeó el padre Sejin.
—Todavía estaré aquí un año más, me criaré aquí —dijo Jimin a sabiendas.
—Oh, Jimin.
—No tiene que estar triste por mí. Sé que nadie me quiere. Siempre escogen a alguien más con quien ir a casa. No soy joven como Seulgi o lindo como Hoseok o…
—Eres especial, Jimin. Y un día alguien verá eso. Confía en mí —dijo firmemente el padre Sejin—. Un día tendrás una familia.
Jimin se encogió de hombros. Sabía que no dejaría el orfanato hasta que pudiera cuidar de sí mismo a los ojos de la ley. Había algo mal con él, que ocasionaba que no se fijaran en él. Tal vez fuera la tristeza que siempre había sentido, muy adentro.
Jimin comenzó a disimular desde ese mismo día. Su sonrisa pequeña y tímida se ampliaba, mostrándola más seguida. Hablaba más e hizo nuevos amigos. Fingió ser feliz, cuando no se sentía así por dentro.
Sólo el Padre Sejin sabía que disimulaba y se sentía triste cada vez que observaba a Jimin intentar tan duro ser alguien que no era.
Pero fingir que era feliz, aún no convertía a Jimin en un candidato de primera calidad para la adopción por una familia cariñosa. Cuando otra pareja de casados sin hijos hizo una visita al orfanato, escogieron a Suzy en lugar de a él, con sus rizos de oro y sonrisa brillante y alegre.
—Simplemente se tú mismo, Jimin —le había dicho el padre Sejin, palmeándole el hombro, y se marchó dando media vuelta sin oír la respuesta de Jimin.
—¿Qué ocurre si ser uno mismo no es bastante bueno? —pronunció Chris con un medio susurro sin ser escuchado.
°°°
Yoongi caminó hacia el ataúd abierto para dar sus últimos respetos. Llevaba puesto su mejor traje, el único que su madre pudo comprarle, a ella le encanta vérselo puesto decía que le resaltaba el color de sus bellos ojos.
Mientras miraba la cara serena que le saludaba desde dentro del Ataúd, se preguntó si su madre todavía lo podría ver ahora, con sus ojos cerrados. Sintió un sollozo intentando escapar de su pecho y aspiró profundamente antes de que saliera. Su padre le había dicho que los verdaderos hombres no lloraban.
—Tu madre está muerta, Yoongi—le había dicho su padre, sin ninguna emoción en su voz.
—¿Qué… que? —había lloriqueado Yoongi, en medio de la confusión y la desaprobación.
—¿No me escuchaste? Ella está muerta. Duró más tiempo de lo que espere, de cualquier manera. Era demasiado débil para este mundo. Al menos me dio a ti antes de que muriese.
Yoongi se había quedado paralizado mientras las noticias de la muerte de su madre le abrumaban. Miró a su padre, quien se veía más molesto por cualquier otra cosa que por la muerte de su esposa. Y de pronto, quiso darle un gran puñetazo a la cara con expresión burlesca y desdeñosa de su padre.
Pero no lo hizo. Era muy listo por no hacerlo. En lugar de eso apretó sus puños y preguntó—: ¿Cómo?
—Se cortó las venas de sus muñecas —contestó brutalmente su padre, sin importándole que se lo decía a su joven hijo—. Era débil, que quieres que diga. Tienes que ser más fuerte que eso para sobrevivir en este mundo.
Yoongi no sabía exactamente por qué se casaron sus padres, si lo hicieron por amor o no, o si el amor se había acabado cuando Yoongi vino al mundo. Su madre lo había querido de todo corazón, había intentado protegerlo de la vida cruel que su padre dirigía. Su padre odiaba eso, la había odiado. Y Yoongi siempre había estado entre ellos.
Las dos personas a las que debía amar más que nada en el mundo. Bueno, al menos la mitad de eso se cumplió. La otra mitad dejó de cumplirse cuando vio a su padre dándole golpes a su madre, dejándola amoratada y melancólica por haberlo desobedecido. Yoongi más tarde supo que no era la primera vez que había ocurrido.
Todo el abuso, físico, oral, y mental, que su padre le había lanzado a su madre, finalmente había alcanzado su límite, dando como resultado su muerte.
Yoongi estaba fuertemente enojado con su padre en ese momento, pero lo que verdaderamente le oprimió, fue la desesperación por ver que la última persona que le amó había muerto. Al percatarse de ello, Yoongi comenzó a llorar. Su padre le gritó antes de caminar a grandes pasos hacia él, dándole una dura cachetada, sacudiéndolo como una muñeca de trapo.
—¡Los verdaderos hombres no lloran, eres mi hijo, Yoongi! ¡Recuerda eso! Ningún Min alguna vez lloró. Y mejor no empieces con esa mierda. Me comprendes, ¿hijo? ¡Deja de joder con el llanto! ¿O es por que eres débil,chico? ¿Eres débil, como lo era la perra de tu madre? —La saliva de su padre aterrizó en su cara mientras le gritaba.
Las lágrimas de Yoongi se detuvieron en ese mismo momento. Miró de frente a su padre y asintió con la cabeza. Un día su padre pagaría por todas las cosas que le había hecho a su madre. Un día el hombre pagaría por causar su muerte. Yoongi se calló, mordiéndose la lengua para contener las rudas palabras que querían liberarse de su boca. En lugar de eso se limpio sus lágrimas y dijo—: ¿Puedo irme ahora, padre?
Yoongi de diez años de edad nunca lloró otra vez. No lloró cuando miró al cuerpo de su madre descansar sobre unas sábanas blancas cremosas de raso en un ataúd. No lloró cuando observo como bajaban el ataúd de su madre a seis pies bajo tierra. No lloró. Ni ese día, ni cualquier otro después de eso.
A fin de cuentas, un verdadero hombre nunca lloraba.