Flavor of betrayal |GoYuu|

Summary

¿Qué tan grande es el amor de Gojo Satoru por su estudiante? Lo suficiente para perdonarle su infidelidad con aquel extraño. Aun así, debe asegurarse de que Yuuji no vuelva hacerlo.

Genre
Thriller/Drama
Author
Gojo
Status
Complete
Chapters
2
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Carne [para traidores]

Satoru no esperaba nada de la noche aburrida y calurosa. La temporada de verano pronto culminaría y en los últimos días la ciudad ha sido azotada por temperaturas más altas de lo habitual. (Satoru no quiere escuchar «calentamiento global» como respuesta. Suficiente con el rechoncho e irritable hombre que despotricó una cátedra de por qué el calentamiento global acabaría con el mundo. Sus postres le supieron amargo por culpa de la voz chillona del engorroso y se fue de la cafetería).

Deslizó las sábanas para entrar en la cama y descansar. Horas atrás había planeado una noche de cine con su querido estudiante, pero Yuuji se encontraba cansado de la misión de hoy y declinó la propuesta. Entonces, Gojo le dijo que durmieran juntos y Yuuji volvió a negarse. El chico lo acusó de caer en la tentación y terminar follando. Bueno, no es como si Yuuji no tuviera razón, pero Gojo podría comportarse y sólo dormirían acurrucados. Sin embargo, la decisión del joven fue firme y Satoru no insistió.

Al principio, le pareció extraño que Yuuji lo rechazara. Entre las misiones y los viajes al extranjero, su tiempo juntos es limitado; por lo tanto, aprovechan las noches.

A pesar de la ligera incertidumbre, dejó morir el tema. Si su novio no quiere pasar la noche juntos, lo respetará. Después de todo, habrá más noches para compartir la cama.

Cuando iba a apagar la luz, el celular emitió un maullido. El tono elegido para los mensajes fue cosa de Yuuji. A Satoru le pareció tierno; Megumi y Nobara pensaron que su empalagoso amor los enfermaría.

Es pasada la medianoche, y Satoru sabe quiénes le enviarían un mensaje a esta hora. Los conoció en medio de sus misiones fuera de la ciudad. Sus personalidades no son completamente disímiles, es por eso que los tres congeniaron de inmediato. Son un grupo peculiar: una mujer fría y calculadora, un hombre egoísta y egocéntrico, y un hombre excéntrico y ególatra. Ellos no son exactamente material digno de amistad, pero se reconocen como una rarísima «familia encontrada». (Gojo a veces bromea que los tres son los protagonistas de una sitcom).

De los tres, Satoru es el más cuerdo. Sin embargo, no dudaría en quemar el mundo junto a sus amigos. Aunque espera que este no sea el momento porque no tiene la vestimenta perfecta para el apocalipsis.

Tecleó la pantalla y sus músculos se tensaron al leer los mensajes.

Satoru, esto no te va a gustar.

La tomé recién.

El tercer mensaje es una fotografía de dos hombres saliendo de un automóvil negro. El más alto es de complexión delgada, cabello corto y marrón, y lleva la pinta de ser asalariado; es decir, un hombre ordinario. No obstante, es la segunda persona que deja helado a Gojo. Él talla sus ojos y amplía la imagen para cerciorarse de que su visión no le esté fallando por primera vez.

Itadori Yuuji. Su Yuuji está con un hombre y no descansando como se supone que debería ser.

De inmediato, Gojo se teletransportó en el dormitorio del chico. Generalmente, Itadori lo recibiría con un pequeño grito, luego con un «¡mi corazón no puede seguir así, sensei!» y por último se besarían hasta que Itadori necesite recuperar el aire. Esta vez lo recibió un dormitorio vacío, comprobando que ese chico de la fotografía es Yuuji.

En ese instante, más mensajes le llegaron y —vacilante— abrió el chat. Su corazón se estrujó como una bola de papel al visualizar una nueva imagen. Mordió su mejilla con fuerza para no gritar —Megumi está del otro lado— y su sangre brotó de la herida. Su boca adquirió el desagradable sabor del cobre y níquel. Lo sensato es escupir la sangre, pero Satoru se la tragó.

La cabeza le empezó a palpitar y su mirada quedó fija en la puerta. Su corazón solloza y por sus venas recorre la ira. Más sangre brota dentro de su boca y de nuevo la traga.

El sabor ya no le parece tan asqueroso.

Amargamente, recuerda las amenazas de Megumi y Nobara —los únicos que saben de su relación— de golpear su viejo trasero si lastima a Yuuji.

Satoru ríe entre dientes. Sus estudiantes se preocuparon por la persona equivocada. Es consciente que no tiene una relación estrecha con ellos. De Nobara no esperó afecto, sin embargo, Megumi ha estado bajo su protección desde hace años y ni siquiera tenía su apoyo.

Regresó su atención en la imagen. Pese a que la foto se tomó a una distancia segura, Gojo ve con claridad el rostro del tipo. Comparado con Gojo, el hombre carece de atractivo; sin embargo, su novio lo acompañó a un jodido hotel del amor. Él sabe lo que Yuuji hará con ese hombre.

¿Qué sucedió? ¿En qué momento le falló a Yuuji? ¿Acaso lo dejó de amar?

La respiración de Satoru se vuelve lenta y su estómago duele. Presiona la palma de su mano sobre su boca, agarra su celular y, en un parpadeo, aparece en un lugar oscuro. A trompicones, logra cruzar un pasillo y entra en una habitación. Consigue ingresar en el cuarto de baño, situó el celular sobre la encimera del lavabo y levanta la tapa del inodoro. Sus rodillas chocan con el azulejo al mismo tiempo que expulsa los restos de su cena. Cada arcada le quema la garganta, su estómago se enrosca por vaciar la comida y unas lágrimas escapan de sus ojos cerúleo.

Baja la pequeña palanca del inodoro, se levanta, abre la llave y se enjuaga la boca con agua. Con ayuda de la iluminación de la pantalla, Satoru presiona el interruptor y el lugar se ilumina. De una estantería a su derecha, coge el cepillo y el dentífrico. Mientras se cepilla los dientes, el maullido resuena entre las paredes. Satoru frunce el ceño y termina de lavarse la boca antes de revisar el nuevo mensaje.

Su amiga exige que le dé su ubicación. Su amigo le dice que no haga locuras... sin él.

Bajo otras circunstancias, Gojo permanecería aislado. Mostrar debilidad no es propio del hechicero más fuerte, pero al carajo con el título. Ha entrado en un estado similar al shock emocional, y necesita a ese par de locos.

En el departamento.

Estaremos pronto ahí.

Satoru nunca ha admitido lo agradecido que está con esos lunáticos. Llegaron inesperadamente a su vida, como un terremoto. Excepto que no causaron daños, ni arrebataron vidas. Ninguno de los dos se considera buena persona, pero son confortables, a su modo.

En un inicio, Gojo no estaba tan seguro de relacionarse con ellos. Por suerte, su parte racional no es dominante, o de lo contrario hubiera perdido la oportunidad de tener una de las mejores amistades.

Ni Suguru, ni Shoko, ni Nanami han podido entenderlo sin juzgarlo. Incluso Yuuji desconoce de los demonios que encierra dentro de él.

Su cuerpo se maneja en automático; el estado de shock no ha desaparecido. Se desnuda. Abre el grifo de la bañera y busca unas bombas de baño super relajantes de una canasta del estante. Cuando el agua tibia está en el nivel correcto, cierra el grifo y lanza las bombas con aroma a manzana. Si bien Gojo prefiere las bombas de cereza o fresa, el color rosa es lo que menos quiere ver ahora. Al sumergirse en el agua sus músculos dejan de tensionarse; su cuello y cabeza se protegen gracias a un cojín de baño, cortesía de su amiga, y cierra los ojos.


Satoru no sabe cuánto tiempo se tardó en el baño. Las luces del departamento están encendidas, y seguía secándose el cabello cuando arribó a la cocina y observó a su amigo preparando chocolate caliente.

Cada uno tiene su habitación. Makima tiene repleto el armario de ropa, caso contrario a Hisoka, quien no tiene una muda de ropa y agarra la de Gojo. No es que él se queje; en secreto prefiere ver vestido de manera normal a Hisoka y no como el bufón de la corte medieval.

Gojo se sienta en un taburete de la isla de la cocina, termina de secar su cabello y espera paciente a que su amigo le preste atención. Minutos después, la estufa se apaga y los aterradores ojos ámbar se fijan en él.

—¿Qué? ¿Ves algo que te gusta? —suelta, con una sonrisa taimada.

—Sigo insistiendo que debes dejar tu cabello suelto. No prives al mundo de tu atractivo.

Hisoka se ríe y su uña —larga y filosa— toca la nariz de Satoru.

—Entonces, siéntete especial por apreciar lo que otros no pueden. —Se gira y busca unas tazas de la alacena—. A propósito, tu aroma me trae buenos recuerdos~.

—Prívame de las perversidades que le haces a ese niño. —Frunce el ceño.

—Que mal. —Vierte el chocolate en las tazas—. Y yo qué quería contarte que mi manzanita ya no se atraganta. —Suelta una desagradable risa.

—Hisoka eres un enfermo.

—Somos.

Ambos se miran y comienzan a reír.

Satoru temió que Hisoka comenzara a preguntarle por su estado o le diera detalles sobre la infidelidad de su novio. Pero Hisoka lee el ambiente a la perfección e ignora al elefante en la habitación. Aprecia que esté evitando la conversación, y en su lugar le cuenta lo que ocurrió en su reciente viaje a Isla Ballena para ver a su «manzanita». Satoru no será presionado a soltar sus emociones; Hisoka no mencionará la situación hasta que él empiece. Está respetando su espacio y dándole tiempo para asimilar la situación. A veces, Satoru se pregunta si así se sentirá tener un hermano.

Si fuera Nanami, no lo forzaría hablar, pero sacará sus conjeturas. En cambio, Suguru lo mirará con desaprobación y, finalmente, lo haría hablar a golpes.

En ese caso, es afortunado de tener a Hisoka.

La puerta del departamento se abre y Makima entra con su característico porte elegante y autoritario. Ella los saluda con un movimiento de cabeza para continuar su camino por el pasillo.

Makima regresa a mitad de una conversación. Gojo y Hisoka están sentados en los taburetes, moviendo sus pies cuan niños inquietos. Ella toma asiento al lado izquierdo de Hisoka y con una cuchara prueba la crema batida bañada con caramelo derretido de su bebida.

Una genuina escena hogareña.

Makima permanece callada, escuchando atenta cómo Hisoka casi es atacado por la tía de Gon, su pareja que es dieciséis años menor que él, cuando se enteró de la relación. La discusión fue acalorada, pero Gon le puso fin con la amenaza de irse junto a Hisoka para siempre. La tía —resignada— tuvo que aceptar la relación, con la condición de que no tendrían contacto sexual hasta la mayoría de edad de Gon.

—¿En serio? —Makima dice al fin—. ¿A ella no se le pasó por la cabeza que la virginidad de su sobrino ya fue robada?

—Aún tiene fe en la «inocencia» de su hijo —se burló—. Es igual a Killua; se niega a creer que Gon pueda cometer actos amorales. Es un niño, pero sabe lo que quiere y cómo obtenerlo. —Le da el último trago a su bebida—. Si supieran lo que él ha aprendido conmigo...

La sonrisa de Hisoka estremecería de miedo a cualquiera. Makima y Satoru son la excepción.

—Por cierto, ¿cómo lo tomó Killua? —preguntó Gojo.

—No lo sabe. —Muerde su labio inferior—. Mmm. Pero será satisfactorio cuando se entere~.

—Si logra desmembrarte, te meteremos en arroz —promete Gojo, con tono cantarín.

Makima se ríe para sus adentros.

—Si eso ocurre, Seguridad Pública tiene a alguien que lo reconstruirá.

—Y si no logras sobrevivir, yo te vengare. —Le da palmadas en la espalda a Hisoka.

—¿Aseguran mi derrota contra un mocoso adicto al chocolate? Vaya, que clase de amigos tengo.

—Los mejores —dice Satoru.

El tiempo transcurre serenamente. Gojo lava los trastes, Hisoka prepara palomitas de maíz y Makima elige una película. El reloj de la cocina marca la una y cuarenta de la madrugada, y Gojo mira con gesto sorprendido. A esta hora, Yuuji debe estar regresando a Jujutsu Tech, a menos que haya preferido pasar la noche con el extraño. Esto casi hace que la bilis le llegue a la garganta. Respira profundo, se seca las manos con una toalla de cocina y se dirige al salón.

Makima ya se puso cómoda en el sofá en forma de L, buscando en el catálogo de Netflix. Satoru se sienta a su lado y echa un vistazo a su pijama. Los pantaloncillos están bien, es la camiseta con la frase «Kiss my ass» lo que le divierte. Él le regaló esa camiseta como una broma, aun así, Makima la usa como símbolo de autoridad. Satoru sabe que una cosa así es impropia del Demonio del Control, por eso le hace mucha gracia.

Al parecer Makima ya hizo su elección cuando Hisoka se sienta al lado de Gojo y le ofrece a éste el tazón de palomitas.

Hisoka entrecierra los ojos ante el título de la película.

—¿Taxi Driver? La vimos la última vez que nos reunimos.

—Y te dormiste a los treinta minutos —comenta Gojo, y Hisoka se alza de hombros.

—Siempre es bueno recordar los clásicos.

Hisoka la mira con incordio.

—No quiero escuchar tu monólogo de cineasta, de nuevo.

—Sólo estoy dando una opinión —dice ella, impasible.

—No. Quieres imponer tu opinión.

—¿Y qué sugieres que veamos? —Encarna una ceja—. ¿Transformers?

—Al menos es entretenida a comparación de tu soporífera película.

Ella esboza una sonrisa.

—Hisoka, tienes un pésimo gusto cinematográfico. Es por eso que yo elijo la mayor parte del tiempo.

—¿Sabes, Makima? Creo que tu cabello necesita un nuevo look. Tal vez teñirlo en un charco de sangre.

—¿Realmente piensas que tus cartas y chicle puedan contra mí?

—¿Quieres comprobarlo —lame el labio inferior—, Makima-chan~?

—Oigan. —Ellos se fijan en Gojo—. ¿Seguros que no están relacionados congénitamente? Porque lo que estoy presenciando es una disputa de hermanos. Además, si quieren matarse, háganlo fuera del departamento. ¡No pasaré horas limpiando el piso y los muebles de su sangre y tripas!

Makima suspira.

—Gojo, soy un demonio. Lo que dices no tiene coherencia.

—Y si Makima fuera mi hermana, ya la habría matado hace mucho.

—Como sea. —Le quita el control del televisor a Makima—. En vista de su comportamiento, yo elegiré la película.

No tarda mucho en seleccionar lo que verán.

—¿El exorcista? —Makima toma un puñado de palomitas—. No está mal.

—Siempre es buen momento para mirar a Linda Blair vomitarle a un cura. —Hisoka acomoda su cabeza sobre el hombro de Gojo.

Los tres se mantienen en un silencio, comiendo palomitas y prestando su atención a la historia. Bueno, Satoru lo intenta, pero su estómago se retuerce de dolor y su pecho se comprime. Con sus fuerzas se muestra tranquilo; sin embargo, dentro de él se está gestando un tumulto de emociones que no han salido a flote debido a su estado de shock. Él no es una persona que se deja arrasar por el sentimentalismo. Años en el mundo de la hechicería forjaron lo que es hoy en día: el hechicero más fuerte. Es por eso que continúa luchando para no dejar salir sus emociones. Esto no significa que la traición de Yuuji no le afecte. Él realmente está destrozado. Y no quiere imaginar lo que suceda si se descontrola.

Yuuji puede salir lastimado.

Japón puede ser destruido.

La exasperación de los Altos Mandos no es porque Gojo sea irrespetuoso ni por llevarles la contraria. Ellos saben la gran amenaza que es él para el mundo, y eso los aterra.

Solamente cuando la película entra en la etapa culminante, Satoru pierde la batalla.

Satoru no se percata de las lágrimas, de su respiración irregular y del débil sollozo. La película se detiene y la mano de Makima se entrelaza con la suya. Hisoka rodea y sujeta su cintura con firmeza, sin quitar la cabeza de su hombro. Los sollozos aumentan, sus hombros se agitan y más trágicas lágrimas, acumuladas en sus bellos iris, se deslizan por sus mejillas. Le cuesta un poco respirar por el llanto, pero se las arregla para inhalar y exhalar paulatinamente.

—Está bien —susurró Makima, con voz amena—. Déjalo salir. No es nada malo. Lo estás haciendo bien.

Cualquiera que sepa su naturaleza creerá que intenta controlarlo. Empero, no es el Demonio del Control quien quiere convertirlo en su peón, sino una amiga que le demuestra que no está solo.

—No es malo ser vulnerable. —Es impactante escuchar esas palabras de Hisoka—. Esto no te hace débil, te recuerda que eres humano. Vamos. Llora, grita, golpea. De hecho, me ofrezco de voluntario para los golpes. —Sonríe—. Aún quiero la revancha.

Hisoka y Makima son amenazas para el mundo —igual que él—. Pero en este momento son su mayor confort.

Tenía frío, mucho más que el día en que mató a Suguru. Ahora ese frío se reemplaza por una calidez.

El departamento es un refugio para ellos. Aquí nadie los juzgará por sus acciones pasadas ni futuras. Podrían mostrar sin problemas ese lado desconocido para los demás.

Gojo está contento de haberlos conocido.

De repente, comienza a recordar el tiempo que Yuuji permaneció muerto para el resto del mundo. Entre los entrenamientos y las pequeñas misiones, Satoru y Yuuji cayeron enamorados. Su primer beso fue en el sofá rojo, con La Máscara reproduciéndose en el televisor y luego Satoru se estaba riendo porque Tsukamoto golpeó el vientre de Yuuji hasta tirarlo al piso. Dormían en la misma cama: Yuuji aferrándose a su cintura y Satoru presionando su barbilla contra la cabeza. Yuuji es quien se levantaba primero para preparar el desayuno, y Satoru no dejaba de mosquearlo con el asunto de «ama de casa». Yuuji casi siempre cocinaba porque si ambos lo hacían terminaban haciendo un desastre por jugar o besarse. Su primera vez fue en la sala de entrenamiento, estaban en una posición comprometedora y al instante se despojaron de sus ropas, y cogieron como animales en celo. Cuando el Evento de Buena Voluntad terminó, les contaron a Nobara y Megumi sobre su relación. Nobara se puso fúrica y quiso martillar la cabeza de su profesor. Megumi estuvo «a esto» de invocar a Mahoraga. No obstante, el brillo de amor reflejado en los ojos de ambos hizo que los estudiantes se calmaran y prometieron guardar el secreto.

Los felices momentos se desvanecieron cuando las fotografías de Yuuji y ese hombre cruzaron por su mente.

La mirada de Gojo se oscureció. Las lágrimas se detienen y su respiración se normaliza.

La tristeza se va, pero la ira emerge.

—¿Cómo pudo hacerlo? ¿Es mentira su amor? ¿Acaso fui su maldito payaso? ¿Todo este tiempo ha jugado conmigo? —empieza a murmurar—. ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué lo hizo?! —gritó, separándose abrupto de sus amigos y levantándose—. ¡¿Retrasé su ejecución, le doy mi corazón y así es como me lo paga?! ¡Ese pequeño hijo de puta me jura en la cara que me ama y después se larga a un hotel del amor para follar con otro hombre! ¡Esa maldita zorra!

Satoru despotrica, elevando la voz. Utiliza todo el repertorio de malas palabras del alfabeto. Incluso un miembro de la yakuza quedaría sorprendido por sus expresiones. La iglesia ardería por las blasfemias. Y los tipos rudos de los bares huirían despavoridos.

Termina en un punto donde el vocabulario japonés no es suficiente, y él opta por maldecir en otros idiomas.

Makima e Hisoka se miran con un deje de preocupación. Sienten que la energía maldita de Gojo se está desbordando.

Hisoka se levanta y palmea la mejilla de Gojo.

—Basta, tu energía maldita inundó el departamento y si no paras, cometerás una locura de la cual te arrepentirás.

—Yo... no me di cuenta. —Traga saliva—. ¿Tan mal fue?

—Fue un espectáculo interesante, me heló la sangre. Y no todos logran eso.

—«El más fuerte», no es una arrogancia. Es un hecho.

Se sumergen en un silencio. Los tres saben que si Satoru estuviera solo probablemente hubiera destruido todo a su paso. Consumido por el odio, él confrontaría a Yuuji y el escenario final sería muerte segura.

—Él nunca mintió —anunció Hisoka, y Gojo ladea la cabeza con confusión—. Yuuji si te ama.

—¿Cómo estás tan seguro de eso? —pregunta Makima.

—Porque la razón de su infidelidad no es por falta de amor —aclara, cruzándose de brazos—. Ese chico no puede resistirse ante el placer.

Gojo queda anonadado y Makima hace un gesto pensativo.

—Encontré al chico en el pachinko. Estaba solo y luego apareció ese sujeto y comenzaron a hablar —continua sin inmutarse—. Pensé que era un conocido de su ciudad natal o una ventana. Sin embargo, el sujeto se acercaba más y más. Y Yuuji no hizo algo para detenerlo, es más, permitió que le tocara el muslo y la espalda baja. —Por el rabillo del ojo se percató del enojo de Satoru—. Abandonaron el lugar veinte minutos después y se subieron al automóvil. Los seguí, tome las fotos y te las envíe, Satoru —añade.

—Entonces, Yuuji me engañó porque... no puede negarse a una maldita polla —dice, apretando los puños.

—Dicho así suena terrible, pero sí. —Soba la espalda de Gojo, tratando de disminuir el enojo—. Es un adolescente, sus hormonas están fuera de control, descubrió la sexualidad con un hombre experimentado y ahora se encuentra atrapado en el placer.

—En ese caso, esta no es la primera vez que lo hace, ¿no? —dice Makima—. Después de todo, Itadori-kun fácilmente se fue con un desconocido.

Gojo palidece.

—Entonces... Yuuji ya lo hizo varias veces...

—No podemos aseverarlo, Satoru —interrumpe Hisoka—. Aunque no debes descartar la posibilidad.

Durante unos segundos el silencio reinó.

—Gojo, ¿qué harás?

—¿A qué te refieres, Makima?

—Itadori-kun te ha engañado, y tal vez en varias ocasiones. —Cruza una pierna sobre la otra—. Ante esto: ¿qué harás ahora?

—La opción sensata es confrontarlo y terminar con él. —Agachó la cabeza.

Jamás pasó por una ruptura. Sus relaciones —si se les puede llamar así— fueron estrictamente carnales. No tuvo que preocuparse por la etapa de separación porque su corazón no se ató a nadie. Entre Yuuji y él no puede haber un rompimiento limpio; el engaño no sólo lo quebrantó, también perdió su confianza en él. El tiempo no lo sanará porque ellos seguirán viéndose en Jujutsu Tech y en las misiones.

Satoru se enamoró profundamente, y ese amor no lo abandonará.

«El amor es la maldición más retorcida», pensó mordaz.

—Por supuesto, es la mejor decisión —concuerda Hisoka—, pero no vas a hacerlo.

—¿Qué?

—¿Amas a Yuuji?

—¡Claro que lo hago! ¡Lo amo, lo amo! ¡Es la persona más importante de mi vida!

—Y es por eso que no lo dejarás. —Gojo abre la boca para refutar, pero Hisoka usa su Bumgee Gum y sella sus labios—. Escúchame, Satoru. Conozco los de tu tipo y sé exactamente lo que ocurrirá. Luego de confrontarlo, Yuuji se sentirá miserable y culpable, llorará mucho, se arrodillará y te pedirá perdón. Te suplicará una segunda oportunidad y tú caerás ante su sufrimiento. Suprimirás tu dolor y perderás la dignidad. Lo abrazarás, lo perdonarás y se jurarán amor eterno.

Libera a Gojo de su chicle y éste lo mira taciturno.

—Tienes razón —susurra—. A pesar de todo, lo amo y no quiero terminar con él. —Tensa la mandíbula—. Aun así, la rabia me quema el pecho y mis manos están ansiosas por destrozar mi alrededor.

—Y no tienes la certeza de que Yuuji será completamente devoto. Pecar es una emoción exquisita para el hombre. Yuuji puede tropezar con la misma piedra.

—¿Y qué sugieres que haga? —expresa con molestia.

—Puedes darle una lección y así él nunca te traicionará.

Satoru niega con la cabeza la idea de su amiga.

—No voy a lastimar a Yuuji.

—Lo malinterpretaste. Makima no dijo que le hicieras daño, sino que le dieras una lección —aclaró Hisoka—. Es común que los padres regañen a sus hijos por portarse mal. Los profesores castigan a los alumnos si incumplen las reglas. Un juez te condenará por violar las leyes.

Gojo entiende lo que quiere decir. Sin embargo, no sabe de qué manera puede castigar a Yuuji sin herirlo. Desde que se conocieron, Itadori Yuuji se mostró como un adolescente que prefiere proteger a los demás que a sí mismo, es respetuoso, amable hasta la médula y dispuesto a sacrificarse. No existieron motivos para castigarlo porque se suponía que era un buen chico, la pareja ideal para Gojo.

O así pensó.

Maldita necesidad del ser humano de no revelar sus verdaderos colores.

Suspirando, Gojo cierra los ojos y pone a trabajar sus neuronas. Si pudo escapar de las llamas del infierno a manos de Fushiguro Toji, también puede encontrar una excelente solución.

Sus ojos se abren de par en par y una sonrisa sádica se dibuja en su rostro.

—Lo tengo. Pero voy a necesitar de su ayuda.

El rostro frío y calculador de Makima reaparece, al igual que la siniestra sonrisa de Hisoka.

El ambiente se tornó mefistofélico.

—Cuenta con ello.

El hechicero, el cazador y el demonio liberaran a la bestia.


Gojo examinó el lugar cuando cruzó la puerta. Habitación pequeña, paredes y piso de azulejos, sin ventanas y techo de losa pavimentada de hormigón. Mesa de metal en el centro y al lado estaba un carrito de cirugía con varios instrumentos. Un fregadero, tachos de basura y un gabinete a la derecha. Mesas pequeñas de acero con botellas y cajas, un aparato similar a un ordenador y un escritorio a la izquierda. Al fondo ve una puerta de salida de emergencia y la entrada a otra habitación, pero no había puerta, sino una cortina azul. Gojo miró un termómetro en la pared que indicaba 2 °C. El olor almizclado de formol y desinfectante le dieron comezón en la nariz.

De todos los sitios, su amigo eligió una morgue.

El ruido de los tacones de Hisoka hace eco mientras deposita el cuerpo de un hombre sobre la mesa de metal. La ropa del tipo es desgarrada por una de las cartas de Hisoka. La tela es desechada en el piso junto a los zapatos. Seguidamente, las muñecas y los tobillos son pegados a los extremos de la mesa con el chicle rosa.

—¡Ta-da~! —canturreó, haciendo manos de jazz como si fuera el presentador de un show—. La presa está en la plancha y es todo tuyo~.

La vestimenta de bufón de Hisoka daba aires de estar en medio de una función de circo y no en una morgue.

—¿Cómo convenciste a los de la clínica de usar este sitio?

—Oh, yo no lo hice. —Colocó una mano en su pecho—. Illumi me debía un favor y arregló todo. Además, es una clínica clandestina del mercado negro. —Levanta la mano y la sacude de un lado a otro—. Lo que sucede aquí, se queda aquí.

—Organicé todo con el MPD —dijo Makima, caminando hacia el individuo. Le echó un vistazo rápido y arrugó la nariz. Dirigió su mirada ámbar a Gojo—. El caso será clasificado por un accidente automovilístico. No tiene familiares vivos, así que no tendremos problemas con la identificación o el reclamo de las cenizas.

Satoru simplemente asintió. Sus Seis Ojos no dejaron de contemplar hitamente al sujeto que se acostó con Yuuji hace unas horas.

Makima se mete las manos a los bolsillos de su chaqueta larga. Se encuentran en una temperatura sobre cero, aunque esto no es un inconveniente para ella. Lo mismo para Satoru; su Infinito y la ropa oscura lo protegen. Hisoka se muestra indiferente, pero ella notó el sutil estremecimiento de frío. Esta acción la hizo ladear una sonrisa. Por mucho que Hisoka sea un escalofriante hombre con ansias de asesinato, sigue siendo humano. El enamoramiento por ese niño es prueba de que no ha perdido su humanidad.

Ella por otro lado, no sigue la misma corriente que ellos. Gojo e Hisoka si quieren de verdad a sus chicos. Makima utiliza la falta de amor maternal y el deseo carnal de un adolescente que vivió en la miseria durante muchos años. Denji es su mascota. La puerta que lo conducirá hacia su adorado Demonio Motosierra. Engañar al chico con falsas promesas de amor e insignificantes muestras de «lujuria» fue demasiado fácil. Ni un ápice de empatía el chico ha despertado en ella. De hecho, ni siquiera sabe cuál es su olor y peor su rostro. El corazón del Demonio Motosierra es todo lo que le importa. Pero primero tiene que destrozar la voluntad de vivir de Denji, y pronto sucederá.

—Me retiro. Un pajarito me contó que Denji-kun ha estado viendo a una chica. —Ella sonríe sin emoción—. Iré a encargarme de eso.

Gojo e Hisoka la miraron de soslayo. Los dos saben de los planes de Makima, sin embargo, ninguno intervendrá. Ese es un acuerdo que decidieron: no meterse en los objetivos del otro. El propósito real de Makima es benévolo, pero el método es terrible. Incontables vidas se perderán y, aun así, ellos no la detendrán. Gojo tiene una obligación con la sociedad de jujutsu y a Hisoka no le interesa ser el héroe del pueblo.

—Gracias —dice Satoru.

Ella pone su mano en su hombro antes de salir de la morgue.

—Casi siento lástima por Denji. Es un chico simpático.

—¿Lo conociste? —Hisoka asiente—. ¿Cuándo?

—Antes de ir con Gon. Lo encontré en un parque persiguiendo a una chica, creo que se llama Power. Al principio no pensé que fuera él hasta que la chica gritó su nombre y Denji la regañó porque «Makima-san» los castigaría por no hacer bien el patrullaje.

—¿Y hablaste con él?

—No. Sólo le vi de lejos.

Hisoka pone una mano en su cadera.

—El hombre se despertará pronto. Estaré en el pasillo si necesitas ayuda. —Da unos pasos y se detiene—. Por cierto, la parrilla será enviada a la escuela a las tres de la tarde. Y lostuppergrandes estarán aquí en la mañana.

—Bien.

Se escuchó el suave chasquido de la puerta al cerrarse.

Satoru tomó una cinta adhesiva del escritorio y selló la boca del hombre. Cruzándose de brazos, esperó —impaciente— a que la presa despertará.


Se despertó con el corazón rimbombante. Las luces irritaron un poco sus ojos y pestañeó hasta que su visión se adaptó. Sintió una cosa extraña en su boca e intentó mover su mano para averiguar qué era. El pánico se reflejó en sus iris miel cuando sus extremidades no le respondieron. Sus ojos se deslizaron de un lado a otro, escaneando el sitio. Le pareció una habitación de hospital. Su cerebro le proporcionó la vaga idea de que tuvo un accidente después de salir del hotel y ahora está siendo tratado en el hospital. No obstante, su boca amordazada y su cuerpo inmóvil le indican que corre peligro.

El sujeto, cuyo nombre es Kitano Ryuhei, no se imagina el horror que experimentará.

—Veo que has despertado. —La voz barítona de un hombre se escuchó en el fondo—. El trasero se me empezaba a dormir en este escritorio. —Quienquiera que sea, se está acercando—. Si no despertabas, tendría que recurrir a un método para que lo hicieras.

Su mirada giró a su izquierda, contemplando a la persona que soltó esas gélidas palabras. El hombre es bastante atractivo: cabello blanco, pómulos suaves, labios brillantes («¿eso es brillo labial?»), estatura alta y ojos azules. No recuerda haberlo conocido en el trabajo ni tampoco se trata de sus múltiples citas de una noche. ¿Quién es este hombre y por qué lo mira con tanto desprecio?

—Viéndote de cerca, eres más simple de lo que pensé. —Frunce el ceño—. No posees un cuerpo musculoso, tu rostro es ordinario y las entradas oscuras revelan que el marrón no es tu color natural. —Coge su barbilla y su respiración se agita con lo siguiente que dice—: ¿Por qué mierda te escogió?

La mandíbula le duele por lo fuerte del agarre. Cuando despertó no se dio cuenta que estaba desnudo y postrado encima de una mesa de metal. Recuerda la escena de una película donde una chica es aprisionada con correas y le arrojan muchas cucarachas. Su posición es similar a la de dicha escena, y el miedo se apodera de sus sistemas.

Sacude su cuerpo para escapar del sujeto que claramente tiene una rabia contra él.

—Es inútil que te esfuerces. No podrás liberarte a menos que el usuario de esta habilidad lo quiera. —Suelta una risita—. Bumgee Gum posee las propiedades tanto de la goma como del caucho~. A Hisoka le encanta dar esa explicación, es como su mantra. —Su expresión se endurece, y la mano viaja de la barbilla hasta su cuello; el corazón de Ryuhei se le acelera ante el pensamiento de ser asfixiado—. Pero no te traje aquí para charlar sobre las excentricidades de mi amigo.

El hombre se separa y Ryuhei exhala con calma.

—¿Conoces a Itadori Yuuji? —Ryuhei niega con la cabeza—. No me mientas, maldito bastardo. —De la mesa que se halla cerca, agarra un bisturí y presiona la punta contra el cuello del cautivo—. Claro que lo conoces; te acostaste con él hace horas. —Ryuhei lo observa con estupefacción, comprendiendo de qué va la situación—. A juzgar por tu expresión de ciervo en los faros, lo has entendido.

La pequeña cuchilla patina con suavidad desde su garganta hasta su esternón.

—¿Sabes quién soy? —Él niega—. Soy Gojo Satoru, el novio de Yuuji. ¿Él te contó que tiene pareja? —Ryuhei niega otra vez, zarandeándose con fuerza porque la punta del bisturí se introdujo un centímetro en su clavícula—. Ya veo. Tuvo el descaro de mentir sobre su supuesta soltería.

Ryuhei quiere que le quiten la cinta. Necesita convencer a ese maniático que él no tiene la culpa de que su pareja lo haya engañado. Él se acercó al chico por mera curiosidad, tanteó un poco el terreno y recibió luz verde para continuar. No preguntó si estaba en una relación, eso no le importaba. Él deseaba al chico y el sentimiento fue compartido. Creyó que sería como siempre: hotel, follar y largarse.

Estaba arrepentido de haberse cogido a ese chico. Ahora se encuentra prisionero de su jodido novio, y sabe que la única manera de salir de aquí es en una bolsa negra.

—Mi Yuuji ha sido un chico malo. Se escapa por la noche, conoce a un extraño y folla con él. —La decepción se une con tristeza en la voz de Gojo—. No lo entiendo. Todo era perfecto entre nosotros. Admito que a veces tengo que dejarlo solo por el trabajo, pero me he esforzado tanto para que esta relación funcione —reveló entrecortado, con las lágrimas cayendo como riachuelos—. ¡Me juró que me ama! ¡Que yo sería el único dueño de su corazón y cuerpo! ¡Y se acostó contigo! —Se irguió, y Ryuhei observó atónito la hoja del bisturí clavándose en su antebrazo—. ¡¿Por qué, por qué, por qué, por qué, por qué?!

El escalpelo se hundía bravío por todo el antebrazo. Gritó contra la cinta adhesiva; la sangre caliente manchó las manos de su agresor y se escurrió por la mesa. Cada apuñalada es un dolor abrasador. Gojo aplicó destreza y fuerza para que la cuchilla perforará las capas de la piel y el hueso. Los vasos sanguíneos se rompieron, mientras que las fibras musculares fueron visibles. El estado de la carne se asemejó a la pulpa de tomate con cada perforación.

El brutal ataque cesó y los ojos cerúleos de Gojo centellaron de vesania.

—¡¿Qué mierda vio en ti?! —Lanzó un golpe a su nariz. El tabique se desvió y de las fosas emergió el flujo sanguíneo. Ryuhei chilló por la ruptura y cerró sus párpados—. ¡Mírame, maldito hijo de puta! —Enterró el escalpelo en el esternón, logrando que su víctima abra los ojos—. ¡Soy atractivo, inteligente, buen amante, hago todo excelente y estoy podrido en dinero! ¡Soy perfecto! ¡Nací siendo perfecto!

Gojo estaba fuera de sí. Su mente se hundió en una nebulosa y permitió que el dolor y la furia tomaran posesión de su cuerpo.

Kitano Ryuhei no entendía lo que le pasaba a Gojo Satoru. El hombre demostraba estar profundamente herido por la traición y al mismo tiempo parecía convencer así mismo que era alguien perfecto. Kitano no es un psicólogo, pero es evidente que Gojo ha perdido la razón. Quizá entró en una crisis de identidad o algo así. Esto aumentó el miedo en él. Estar a merced de un hombre que perdió sus cabales no terminaría bien.

De repente, Kitano sintió un escalofrió —y no sólo por el frío infernal—. La visión de Satoru se enfocó en una zona de su caja torácica. El airado hombre gruñó, deslizó el bisturí por debajo de la clavícula y dibujó un cuadrado. Kitano se estremeció y aulló con martirio cuando el patrón fue jalado. Satoru examinó con asco la piel segada y se la enseñó a Kitano. Éste no comprendió al principio y segundos después abrió los ojos de par en par. Casi pasa desapercibido por su tenue color carmesí y la piel bronceada. Ambos saben que eso no es un enrojecimiento, es un chupetón.

Tiró el trozo de carne. Se dio media vuelta para dejar el escalpelo en el carrito y coger una botella de vidrio marrón de tapa negra. La tapa se desenroscó y el líquido espeso que contiene cae sobre la dermis de la herida reciente. La piel empieza a corroerse mientras Ryuhei se sacude violento por el nuevo dolor.

—Eso es la saliva de un demonio. Makima me dijo que causa un daño severo, similar al ácido clorhídrico. —Cerró la tapa en la botella y la devolvió en el carrito—. Echarte la botella entera en la cara o el torso y dejar que mueras por las severas quemaduras suena tentador. Pero planee otra cosa y quiero ver el terror en tus inmundos ojos.

Satoru olió la sustancia ácida. Sus fosas nasales sufrieron de un cosquilleo por el olor a azufre, pero nada más. Makima le aseguró que la saliva únicamente afecta con el contacto directo, por ende, respirar el líquido no es problema. Entornando los ojos, oteó que la carne se transformó gelatinosa y pútrida, con pus en el centro. Vertió medio mililitro y la piel del sujeto lució como quemadura de tercer grado.

Ryuhei agonizaba de dolor. El antebrazo mutilado, el esternón perforado, la nariz rota y la quemadura en su pecho es demasiado para él. Se alegró de que Gojo no lo bañara en ácido. Lástima que la suerte le duró poco. En medio de la incertidumbre se preguntó: «¿Qué puede ser más doloroso que eso?».

La respuesta la obtuvo al atisbar a Gojo sujetar un cuchillo y avanzó hasta su pelvis. La respiración de Ryuhei se entrecortó. Movió la cabeza de lado a lado y soltó un grito ahogado.

Satoru se rió malicioso. El sujeto entendió su siguiente movimiento.

—Esto se pudo evitar si tan sólo la hubieras mantenido en tus pantalones. —Sostuvo el pene flácido con una mano y con la otra presionó el filo del cuchillo en la base—. La tentación de follarte a un adolescente tan lindo y dispuesto fue mayor, y mordiste la fruta prohibida. —El filo se deslizó lentamente de la base hasta el glande—. Pero no sabías que esa fruta fue tomada por alguien más. Grave error.

Kitano tembló y empezó a llorar, observando con impotencia cómo el cuchillo regresó a la base de su pene. Los clamores iniciaron a penas el filo atravesó el tejido conjuntivo. Un corte rápido habría sido menos doloroso, pero Satoru alargó el sufrimiento cortando despacio. La sangre brotó un montón, cubrió una parte de los muslos y descendió hasta la mesa para crear un charco. El miembro se desprendió y Ryuhei se zarandeó cuando sus testículos se arrancaron de cuajo por la mano de Gojo.

Más de ese emplasto rojizo manaba del miembro amputado. Vagamente, Gojo se preguntó si la mesa se llenaría al tope de sangre.

—Yuuji es mío. Mío para amar, mío para besar, mío para tocar y mío para follar. ¿Lo entiendes? —Ryuhei asintió, con la mirada turbia y el cuerpo saturado de dolor.

El cuchillo fue dejado de lado y Satoru se acercó a su cara para retirarle la cinta.

—¡Grandísimo hijo de puta! ¡Eres un jodido lo...!

Las palabras de Ryuhei cesaron cuando su boca se vio forzada a abrirse. Intentó morder los dedos de Gojo, sin embargo, Infinito no se lo permitió. Gojo introdujo el glande y luego el resto de su polla al fondo de la garganta. El sabor a hierro le asqueó.

—¡Pregunta trivia por el gran Gojo Satoru, edición especial! ¿De qué manera morirás? A: pérdida de sangre. B: atragantamiento de polla. —Soltó una risotada—. C: ... —Cogió unas tijeras del carrito y sonrió cruelmente—. ¡extracción del cerebro!

«¡¿Qué demonios dijo el cabrón?!», pensó Ryuhei, con pavor.

Gojo sujetó el cabello, impidiendo que moviera la cabeza. Incrustó vigorosamente las tijeras en la sien y ulteriormente comenzó a desollar la frente. La sangre surgió a borbotones, escurriéndose por el rostro como la cera de las velas. Casi no se distinguía los sonidos de tortura de las arcadas, producidas por el choque de su glande y úvula. El vómito subió a su boca, pero su polla atascada le obstaculizó expulsarlo. No tuvo más remedio que tragarse el vómito.

Complacido con el tajo, Satoru abandonó las tijeras y procedió a sustraer el cuero cabelludo. Visualizó el cerebro cubierto por emplasto y lanzó el pedazo de piel y cabello al piso.

Sus dedos estaban a centímetros de tomar el cerebro hasta que se detuvo.

Sus ojos brillaron y una sonrisa se extendió por sus labios.

—¡Hisoka! —exclamó.

Su amigo apareció de inmediato, y silbó ante la escena sangrienta. Le recordó a los slasher de los ochenta.

—Veo que te has divertido mucho, Satoru~. —Se fijó en lo que el moribundo hombre tenía en la boca y se le escapó una carcajada—. Ah~. Ni a mi se me hubiera ocurrido. —Carraspeó—. En fin, ¿qué necesitas?

—Consigue un taladro.

Las cejas de Hisoka se elevaron.

—¿Qué vas hacer?

—El imbécil folló a Yuuji. Y yo haré que el taladro lo follé.

El hombre emitió apenas un quejido. La hemorragia lo estaba debilitando, y vio que el techo daba vueltas. Ryuhei se resignó, sólo deseaba que la muerte se lo llevara rápido.

—Dame unos minutos y te lo traeré. —Le dio una oteada al torturado hombre y giró hacia la puerta.

Echó una mirada por encima del hombro y presenció como Satoru metió sus dedos en los ojos del tipo.

Hisoka salió y esbozó una sonrisa.

Él estaba en lo cierto.

Ambos son unos enfermos.


La agonía de Kitano Ryuhei terminó con la perforación de su ano y siendo separado a la mitad por una motosierra. (De no ser por la segunda parte de la lección, Gojo habría desmembrado el cuerpo entero y a posteriori calcinarlo). Cuando finalmente la muerte se apiadó de Ryuhei y lo liberó de su tortura, él derramó una lágrima de felicidad.

Saliendo de la morgue, Satoru se tambaleó. Desde la perspectiva de Hisoka, él estaba experimentando embriaguez que ocasionó el martirio de su víctima. Agarró del brazo a Satoru y lo llevó a las duchas de la clínica. (La ropa debía quemarse. Satoru no salvó su vestimenta de las manchas de sangre con Infinito). Después de asearse y vestirse con una muda de ropa que Hisoka le consiguió, se quedaron en una habitación. El hedor del desinfectante le desagrada; por eso aborrece los hospitales. Empero, se marchará cuando su amigo lo haga.

Satoru se acostó en una camilla y bostezó.

—¿Cuándo estará empaquetada la carne? —preguntó Gojo.

—Dijeron que te la enviaran a las cinco de la tarde.

—¿Por qué a esa hora?

—Tienen trabajo importante que atender y se demorarán con tu solicitud —respondió, mientras se acomoda en un sillón lawson.

Satoru murmura un «okay» y bosteza otra vez. Tantas emociones en unas horas y se encuentra exhausto.

Hisoka estira el brazo y acaricia la cabeza de su amigo. Es surrealista que esa mano pueda realizar un gesto afectuoso, sabiendo que ha terminado con la vida de cientos por placer.

—Duerme. Te despertaré antes del amanecer.

—¿Y cuánto falta para eso? —susurra.

—Una hora.

—Suficiente para mí.

Dicho eso, cierra los párpados y cae en un sueño profundo.


Satoru no usa la teletransportación y recorre el tramo hasta su dormitorio. En el camino aprecia algunas hojas cayendo y alzó la vista al cielo. A juzgar por el azul fulgurante y los rayos de la mañana, este día será igual de caluroso que ayer. Satoru suspira afligido al no sentir la energía de Yuuji en la escuela. Son las siete en punto y los pasillos están vacíos, así que ningún entrometido lo interrogará. Es fin de semana, sus estudiantes todavía descansan y el resto de personal iniciará sus labores en media hora.

Al entrar a su dormitorio, se lanza a la cama y se queda dormido al instante, con la espinita de la traición aún incrustada en su pecho.

Se despierta alrededor del mediodía, y chasquea la lengua con molestia al percatarse de que Yuuji sigue sin aparecer. Lo llama varias veces y no le contesta. Quiere ir a buscarlo, pero eso arruinaría el plan. No obtuvo su pase VIP al infierno por nada.

El estómago le rugió en protesta por saltarse el desayuno. A regañadientes, se encaminó a la cocina. Pudo comer en santa paz porque sus estudiantes se fueron a la ciudad. Tiene entendido que se dividirían en grupos: Nobara y Maki, al centro comercial; Toge y Panda, a la farmacia y luego a los arcades; y Megumi, a la librería. Yuuji no los acompañaría porque se supone que pasarían el rato juntos entrenando o viendo una película.

«¡Ja!, si supieran las cositas ingenuas».

Con suerte, el director Yaga no lo buscaría para una misión de último momento. Shoko pasa la mayor parte de su tiempo revisando informes o sale con Utahime cuando ésta viene de visita. A Nanami le desagrada compartir espacio con él, imposible que se le acerque. E Ijichi siempre lo contacta a través del celular.

Decide encerrarse toda la tarde. Y absteniéndose de traer a Itadori a rastras, Satoru ve una serie en su laptop. La historia es interesante, pero debe pausar el episodio cinco para ir por la parrilla. Los del envío claramente no forman parte del personal de la clínica clandestina, relaja los hombros y los guía al sitio donde se desarrollará la apetitosa lección. Posteriormente, recibe una bolsa de carbón y los trabajadores se van después de firmar el recibo.

Pasaron las horas y el rostro de Gojo se tornó iracundo. La pantalla de su celular muestra que son más de las seis de la tarde, la carne ya está ahí; sin embargo, Yuuji seguía sin regresar. Enfurecido por el pensamiento de que su pareja lo esté engañando con otro hombre —de nuevo—, llama a Hisoka. Le informa la situación y él dice que averiguará el paradero de Yuuji. Veinte minutos después, Hisoka le comunica que su pareja todavía permanece en el hotel; pero nadie más está en la habitación. Gojo estaba confundido e Hisoka le explicó que Yuuji debía estar en una crisis de culpabilidad, y que no se armaba de valor para verlo a la cara. Antes de colgar, le aseguró que Yuuji iría.

Gojo alargó un suspiro, apaciguando su ira. Buscó a Ijichi y juntos organizaron los preparativos para la barbacoa. Una larga mesa y sillas se colocaron a pocos metros de la parrilla e Ijichi retornó a las instalaciones para traer los platos, cubiertos y vasos.

El manto nocturno cubrió el cielo y finalmente la energía maldita de Yuuji apareció en los dominios de la escuela. Satoru le ordenó a Ijichi que le avisará a los demás que la cena estaba casi lista y se quedó asando la carne del cabrón mientras espera a su infiel novio.

—Hola, Gojo-sensei... —saluda, y una gota de sudor cae por su sien.

La voz de Itadori grita nerviosismo. Satoru se muerde la mejilla para no burlarse de su patética fachada de «no hice nada malo».

Satoru sonríe hostil.

—Yuuji ya es todo un chico grande, ¿no es así? —Le da la vuelta a la carne—. Sale a altas horas de la noche sin permiso y no avisa que volverá para la cena...

—Lo siento...

—¿Sabes lo preocupado que estaba? —Se gira para observarlo de frente.

—No... es que iba a llamarlo, pero se murió la batería de mi celular y...

«Qué excusa más tonta y anticuada elegiste».

—Tranquilo, no estoy enojado contigo. —Sonríe afable. Con la ayuda de un tenedor, corta un pedacito de la carne y lo acerca a la boca de Yuuji—. Ah~.

—¿Lo dice en serio? —preguntó, y posteriormente come la carne y la mastica con un poco de dificultad.

—Claro, nunca podría enojarme con Yuuji.

Itadori se hallaba casi estupefacto. Es consciente que lo que hizo anoche estuvo mal; acostarse con ese hombre pudo traerle gravísimos problemas con su profesor. Principalmente porque no quiere separarse de Gojo, y mucho menos que lo odie. Itadori lo ama en demasía, pero no se resistió al placer.

«¿Aún no descubrió que dormí con alguien más? ¿Por qué la carne está tan dura?».

Su tren de pensamiento frenó. No puede mostrar ni un ápice de culpa, debe actuar con naturalidad. A no ser que quiera levantar sospechas a Gojo.

—¿Qué estás cocinando?

—Ah, estoy cocinando la carne del hombre que durmió con Yuuji ayer. —Puso otra carne en la parrilla.

Los colores desaparecieron del rostro de Yuuji. Miró a su pareja con angustia.

—¿Q-qué has dicho? —Su voz tembló, llevando su mano a su boca.

El estómago de pronto se agitó como una lavadora.

—¿Creíste que nunca me enteraría que te acostaste con un extraño? —Dejó el último filete asado y se dio la vuelta—. ¿Acaso lo ibas a ocultar para siempre?

—¡Gojo-sensei, dime que es mentira! ¡Dime que no cocinaste carne humana!

—¡¿Pensabas seguir engañándome con ese hijo de puta?!

—¡Por favor, Gojo-sensei! Respóndeme: ¡¿mataste a un hombre y lo cocinaste?!

—¡Sí! ¡Lo hice y lo volvería hacer! —Itadori queda boquiabierto y retrocede unos pasos—. No me mires como si fuera un monstruo, Yuuji. Porque todo esto es culpa tuya.

Él sacude su cabeza.

—No, yo no...

—¡Cállate! ¡Si no hubieras sido una maldita zorra, ese imbécil no estaría muerto!

—Gojo-sensei... escúchame. Puedo explicarlo...

—¡¿Qué me vas a explicar?! ¡¿Qué follaste con ese tipo porque fuiste débil al placer?! ¡¿Es eso?!

Yuuji empezó a sollozar. Jamás imaginó ser espectador de esa abominable faceta de Gojo. Su profesor es luz y alegría. Ese hombre que tiene enfrente no es su amado profesor.

A Itadori Yuuji se le escapa un importantísimo detalle: él provocó a la bestia.

—¡Responde, maldita sea!

—¡Sí, es cierto! ¡Eso sucedió y estoy muy arrepentido! —expresa con voz quebrantada—. ¡Pero no debiste matarlo, Gojo-sensei! ¡Ese hombre no tenía que morir!

—Pese a todo, sigues jugando a ser el defensor de los inocentes. Salvo ese imbécil porque tener sexo con un menor de edad no te permite usar la etiqueta de «inocente». Y no estoy siendo hipócrita, simplemente te recalco un hecho. —Sujeta su rostro y lo mira decepcionado—. Nadie me había lastimado tanto como tú, Itadori. —Su estudiante soltó un gemido ahogado. Se refirió a él por su apellido, y eso le dolió—. Te coloqué en un pedestal. Desde que te vi, supe que eras especial. Posees una belleza pura y radiante. Siempre tienes el corazón en la manga, aunque a veces eres ingenuo, y eso es un eufemismo. En otras palabras: una creación perfecta. Y eras mío. —Hace una mueca—. Aunque, por lo visto, mi amor no significó nada, ¿cierto?

La cara de Itadori se derrumba de tristeza. Aquí tiene a un hombre que lo ama inconmensurablemente y le rompió el corazón por una aventura efímera.

A continuación, Gojo presencia el declive de Yuuji. Es tal como Hisoka le dijo: llorando, arrodillado y pidiéndole perdón. La espinita de la traición permanece clavada, pero el rostro cubierto de lágrimas y el sufrimiento en su dulce voz le desgarran el pecho.

—¡Haré lo que sea, pero perdóname, Gojo-sensei! ¡Lo siento mucho!

Satoru suspira y levanta al chico. Observa su rostro hinchado por el llanto y seca las lágrimas con sus pulgares. Le da un beso en la frente y lo abraza con fuerza.

—Está bien, Yuuji. —El joven tiembla y él le acaricia el cabello—. Te perdono y te daré una oportunidad. Olvidaremos esto y seremos felices, ¿okay? Pero con dos condiciones.

Itadori se separa de él.

—¿Cuáles condiciones? —preguntó, sorbiéndose la nariz.

—La primera: tú eres mío y no estarás con nadie, ¿de acuerdo? —Yuuji asiente—. La segunda: vamos a cenar. —Sonríe de oreja a oreja.

—¿Qué? —Jadea con horror—. ¡Esto es carne humana, Gojo-sensei! ¡No podemos hacerlo!

—Yuuji, no perdí mi tiempo asando esta carne para que no comamos. —Hace un puchero.

—¡Pero se trata de una persona que mataste! —clamó, con el rostro pálido.

—Corrección: matamos. Fui el ejecutor y tú me impulsaste a hacerlo. —Entrecierra los ojos—. Este es un pequeño castigo por tu infidelidad. Ahora fingirás que todo está bien, te sentarás y comerás esta carne. ¿Entendido, Yuuji-kun?

Itadori se muerde el labio y asiente resignado.

—¡Bien! Y justo a tiempo porque ahí vienen los demás.

—¿A ellos también los involucrarás? —dice con preocupación.

—Es parte de tu lección. —Se alza de hombros—. Además, es mucha carne para los dos. Y no hay que ser egoístas, debemos compartir~.

Le guiña un ojo y de seguida saluda jovial a los invitados.

A lo largo de la cena, Itadori se esforzó al máximo por lucir sereno y bienhumorado. El filete se acompañó de ensalada de lechuga y tomate. La carne está un poco dura, pero su jugosidad y su sabor compensaron ese detallito. Y es que admite —dificultosamente— que es la mejor carne que ha probado. Gojo hizo un magnífico trabajo.

¿Estás hablando de sus cualidades culinarias o el asesinato de ese tipo?

La risa ruin de Sukuna resuena en su cabeza e Itadori aprieta el tenedor. Escucha a Maki y Kugisaki parlotear sobre ir a Marion Crêpes el próximo fin de semana. Gojo molesta a Nanami y éste lo ignora. Yaga se dedica a comer. Shoko e Ijichi conversan, y el hombre se ruboriza cuando ella sonríe. Inumaki y Panda se sirven otro filete.

Cada uno de los presentes estaba en su burbuja y no le prestaron atención. Y eso estaba bien.

Hasta que su perspicaz amigo le habló en voz baja.

—Itadori, ¿te sucede algo?

El chico maldijo en su interior simultáneamente que desdibujaba su típica sonrisa. Procuró no mirarlo a hito; Fushiguro notaría su nerviosismo.

—No, en absoluto. ¿Por qué preguntas?

—... No, olvídalo. —Sacude su cabeza—. No me hagas caso.

Yuuji tiene los nervios a flor piel. Fushiguro captó algo en su lenguaje corporal, y si no hace un movimiento rápido, tendrá al chico maquinando un caso. Fushiguro no es Sherlock Holmes ni Detective Conan, pero tal vez sea el único que descubra el secreto de su profesor.

—¡Muchas gracias por la cena, Gojo-sensei! —agradece entusiasmado—. No tenía que molestarse.

—¡Soy un gran profesor y quise darle un presente a mis queridos estudiantes!

—Pues si lo haces a menudo, quizás considere meterte en mi lista de favoritos —comenta Nobara.

—Nobara-chan, que cruel.

Itadori echa un vistazo a Fushiguro y respira aliviado de que éste ya no tiene una expresión estoica.

Los ojos azules se conectan con los suyos y un escalofrío le recorre la columna. Satoru ladea una sonrisa y Yuuji bebe lo poco que le queda de gaseosa.