Cristina quería a Hans
Aún cuando Cristina apenas tenía ocho años, sentía que se había enamorado, de verdad.
No era una de esas tontas ilusiones pasajeras que cualquier niño de su edad decía sentir hacia la persona que le gustaba.
Es decir, Hans era lindo; no era una niña, pero era lindo. Su sonrisa encantadora robaba suspiros.
Su piel tenía un hermoso bronceado que contrastaba perfectamente con su tono de piel claro, pero eso no era lo más importante.
Cristina se sentía segura cada vez que su amigo estaba a su lado.
Lo apreciaba mucho.
Le gustaba verlo hablar sobre su pasión por la música y el baile; era increíble que un chico de doce años pudiera hablar tan profundamente sobre un tema.
Hans adoraba visitar la casa de Cristina y disfrutar de las deliciosas galletas caseras que preparaba su madre. La mamá de Hans murió en un accidente automovilístico cuando él tenía cuatro años.
Cristina, por otro lado, tampoco tenía un padre; el suyo había huido en cuanto se enteró de su llegada, pero eso no le importaba, era feliz tal como estaba.
Por lo que le cayó como un balde de agua fría el día que se enteró que el padre de Hans y su madre habían decidido casarse.
Y desde ese momento Hans y Cristina se convertirían en hermanos.