PRÓLOGO
Pov Jimin.
Está nevando.
El suelo está frío en mi espalda, rozándome los omóplatos, mientras miro por encima del hombro del hombre la oscura extensión que hay sobre mí.
Todo parece borroso.
No distingo los copos de nieve, pero los siento caer sobre mi rostro.
Frágiles.
Delicados.
Me recuerdan a las notas de una de las piezas de Erik Satie, así que tarareo la melodía mientras un dolor punzante sigue desgarrándome las entrañas.
¿Debería doler tanto?
Sé que al principio debería doler, pero nunca imaginé que seguiría doliendo.
El hombre gruñe y el peso desaparece de repente.
Deslizo la mano por mi vientre y por encima de la tela de mi traje roto para presionar la palma en mi trasero.
Humedad.
Mucha.
Demasiada.
Levanto mi mano frente a mi rostro, mirando fijamente mis dedos cubiertos de sangre mientras la melodía sigue sonando en el fondo de mi mente.
—Bueno, has terminado siendo todo un encanto, cariño —dice la voz masculina—. Al principio le eché el ojo a tu hermana. Puede que tengáis el mismo aspecto, pero hay algo en ella que rezuma clase. Los clientes tienden a preferir a los más refinados, pero tú servirás.
El pánico, como nunca antes había sentido, estalla en mi pecho, sacándome del estupor en el que había caído.
Ruedo hacia un lado hasta tumbarme boca abajo en el suelo.
La energía fluye por mis venas, poniéndome en pie.
Y entonces, corro.
El dolor mi trasero es insoportable.
Con cada paso que doy, siento una fuerte punzada.
Me tiembla todo el cuerpo, pero no sé si es por el frío, el dolor o la conmoción.
Tal vez sea el horror de lo que hizo y dijo.
Echo un rápido vistazo por encima del hombro y un gemido sale de mis labios cuando veo que mi violador me sigue y se aproxima a mí.
Hay farolas a cierta distancia delante de mí, así que cambio de rumbo para correr en esa dirección.
La tenue y lenta melodía que suena en mi cabeza se transforma en una marcha combatiente, como si me instara a ir más deprisa.
El suelo es irregular, lo que dificulta la carrera.
No dejo de tropezar con las raíces de los árboles cercanos y los pequeños arbustos difíciles de ver en la oscuridad.
Mi visión es borrosa, he perdido las gafas, pero me concentro en la luz que puedo ver a través de las ramas como si fuera mi único salvavidas y sigo corriendo.
Las sensaciones de desgarro y ardor en mi trasero son casi demasiado fuertes para ignorarlas, pero aprieto los dientes e intento mantener el ritmo.
El aire sale de mis pulmones en breves ráfagas mientras los copos de nieve caen sobre la piel expuesta.
Solo faltan unas decenas de metros para llegar a la calle.
Puedo oír el ruido de los vehículos.
Solo necesito llegar a la calle y alguien se detendrá y me ayudará.
Ya casi estoy llegando cuando mi pie descalzo se engancha en algo y tropiezo, cayendo con la cara golpeando el frío y duro suelo.
¡No!
Me levanto con la intención de seguir corriendo hacia la luz salvadora cuando un brazo me rodea por detrás.
—¡Te tengo! —El hijo de puta se ríe.
Grito, pero su otra mano me tapa la boca, ahogando el sonido.
—Parece que van a tener que reeducarte, cariño —me dice junto en mi oído—. Puede que vuelva a visitarte cuando estés más dócil. El jefe me deja follarme gratis mis hallazgos una vez al mes.
—Por favor —gimoteo en su palma mientras pataleo con las piernas.
—Perfecto. —Suelta otra risa perversa—. Ves, ya estás aprendiendo.
Intento golpearlo con el codo y casi escapo de su agarre cuando siento el pinchazo de una aguja en un lado del cuello.
El hombre me hace callar.
—Tranquilo. Solo unos segundos y todo irá mejor.
Mi visión se nubla hasta que solo queda oscuridad.
La música se detiene.