Gatita y lobito II: el mayor miedo del lobito.
El cielo, aún en plena oscuridad, comenzaba su transmutación cotidiana. Las montañas, siendo temibles guardianes colosales, eran las primeras en anunciar la fuga de un punto solar. Claro aviso de la llegada del amanecer. Las nubes eran las que vivían las consecuencias de ese escape. Pintándose de un tono amarillo vainilla, casi dorado, abandonaban rápidamente el grisáceo nocturno. Luego, ese punto se dirigía hasta los lugares más recónditos. Notificando a quién se lo encontrara que el día había iniciado. El lobito fue uno de los primeros a quién esta notificación le llegó pronto.
Al despertar, decidió levantarse. A su lado, y aún en cama, la gatita seguía con sus ojitos cerrados. Su pelaje, brillaba quizá más que el dorado celestial, aunque estaba muy despeinado. “Es muy hermosa”, pensó el lobito, mientras la miraba fijamente. De su boquita salía un hilito fino, platinado. “Debe estar muy cansada”, continuo. “Hasta la babita se le cae”, siguió pensando, con una ligera sonrisa en su rostro. Sin hacer mucho ruido, el lobito decidió salir temprano de casa. Tomó sus cosas y partió en busca de comida.
A lo lejos vio un par de cabras. Las siguió hasta una vasta pradera y viendo la oportunidad las atacó. Sin embargo, ellas se dieron cuenta e inmediatamente huyeron dando grandes saltos.
El lobito, algo cansado, continuó su búsqueda. Más adelante, encontró un grupo muy grande de tortugas cerca de un estanque. Se acercó de la forma más sigilosa que pudo y le dio un mordisco a una de ellas. Pero al instante, sintió lo duro de su caparazón. Al notar esto, supo que ni él, ni su gatita podrían comerlas.
Sin lograr conseguir comida, su andar lo llevo a un pequeño desierto. En éste, la intensidad del sol era muy alta. Tanto, que incluso podía sentir que el aire le quemaba un poco los pulmones con cada respiración. Aun así, logró ver a lo lejos un par de alacranes. Estando cerca de ellos, los atacó, pero solo obtuvo terribles picaduras.
Angustiado por no lograr cazar algo, y sabiendo que debía llevar alimento para su gatita, finalmente decidió enfrentarse a un león. Este se encontraba en lo más profundo de una selva. Para el lobito, perder no era una opción. Él sabía que si eso ocurría, se haría realidad su más grande miedo: fallarle a su gatita. Era algo que no podía permitir.
Estando cerca del león, el lobito se detuvo frente a él. Ambos se miraron fijamente. La selva se había quedado en completo silencio. Los demás animales, se encontraban expectantes en los alrededores. La luz del sol, filtrándose por entre las hojas de los arboles alumbraba a los dos. El lobito sabía de la fiereza del león, pero el león sabía de las firmes convicciones del lobito. Así, el combate inicio.
El primer desgarro para el lobito fue en su brazo derecho, ese que además había sido fuertemente lastimado por los alacranes. El segundo desgarro para el león fue sobre el ojo derecho, provocándole la perdida de este casi al instante. El tercer desgarro para el lobito y el león logró lastimarlos gravemente. Sin embargo, no dejaban de luchar. El lobito por su gatita, el león por su honor, eran dos animales que daban todo por la victoria. Un zarpazo por un lado, un rasguño por el otro. Mordidas entre ambos, patadas continuas.
Llegando al límite, ambos, agotados, se retiraron muy mal heridos. Quienes habían salido victoriosos fueron los demás animales, que festejaron tan imponente batalla.
El lobito no tuvo de otra más que regresar a casa. Maltratado, agotado, triste por no lograr llevar alimento, se presentó ante la gatita. Ella lo miró fijamente por un instante, mientras asaba una cabra. “Te he fallado, gatita linda”, le dijo el lobito, con las orejitas hacía abajo. “Sí, porque te fuiste solito”, le contestó la gatita. “¿Acaso no habíamos dicho que juntos somos más fuertes, mi lobito?”, continuo. “Ahora, ven. Déjame curar tus heridas”, le dijo ella. El lobito se acercó a la gatita y le plantó un beso. “Gracias por estar siempre a mi lado. Sé que juntos llegaremos hasta donde queramos”, le dijo él.
Al estar junto a su gatita, el lobito sintió como su miedo se disipaba; como abandonaba su cuerpo. Ya no estaba solo enfrentando al mundo. Y no volvería a dejarla sola. Ella, se acercó a él muy despacio, con una mirada dulce. Lo abrazó fuertemente y el lobito se quejó de dolor por sus heridas. “Jamás te vuelvas a ir solito”, le dijo la gatita riendo de una forma muy traviesa.
Alberto Pascual