Relatos Oscuros

All Rights Reserved ©

Summary

Compilación de relatos cortos

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

El viñedo

La luz azul de la luna llena caía sobre la casona, el viñedo y su desvelo. El bochorno, áspero como el terreno agrietado, se restregaba contra su piel expuesta. Conciliar el sueño, un sueño en sí mismo.

Dejó atrás el eco de las oraciones, las ofrendas y las velas encendidas ante los santos. Antaño, de gratitud. En los últimos años, de esperanza. Las llamas titilaban un ruego continuo porque la cosecha se tornase lo suficientemente fructífera. La familia dependía de ello. Los calambres de su estómago se lo recordaban cada noche. A la mañana, la bacinilla turbia en la que sus madrugadores hermanos enjugaban los sudores. El fondo del pozo ya se intuía.

Como la abuela y su rosario y sus murmullos tristes. Plegarias atrapadas entre las arrugas de su piel manchada, en los labios agrietados. No llegaban más allá, el cielo no podía escucharlas.

Las vigas, los travesaños y los muebles de madera crujían quejicosos a la calurosa noche. En el exterior, las irritantes conversaciones de los grillos reverberaban contra los aparejos de labranza, bajo el arado, entre vacías tinajas. Hasta ellos encontraban más llevadera la madrugada en el techado encalado donde el tractor dormía.

Ni una brizna de aire la recibió. El sudor perlaba su frente, empapaba la espalda del camisón, agriaba el sabor de su boca.

Caminó entre las primeras hileras de arbustos, adentrándose despacio en el viñedo con el mayor sigilo que le permitían los terrones de tierra que pisaba, pues se deshacían a cada paso. Huecos chasquidos. Secos como su garganta. Los ojos le picaban, pero no se debía al polvo que sus pasos levantaban.

El terreno, herido tras las intensas heladas del pasado invierno, exhibía sus venas. El sol abrasador de la meseta robó la humedad y las hizo más profundas, más oscuras. Cicatrices en la tierra, en el cuerpo del agricultor y en su corazón.

La chica detuvo al fin el paso. Se acuclilló ante uno de los arbustos, pero quedó pronto de rodillas, pues los pies se hundieron en la tierra seca, desmenuzada por su ridículo peso. Las raíces de la vid asomaban, buscando algo de humedad en el ambiente, ya que no existía bajo tierra. Casi como si pretendieran salir corriendo. Observó el tronco leñoso y retorcido, seco, exprimido al máximo por el fruto. Las uvas, tan pequeñas como bolitas de anís, apelotonadas en los racimos más escasos que jamás hubiera visto, provocaron en ella un suspiro ahogado.

Si pudiera darles de beber el sudor que empapaba su harapienta camisola, con gusto la rasgaría, y desnuda bajo la siniestra luna, estrujaría hasta la última gota. Si pudiera alimentarlas con las lágrimas que caían por sus mejillas, estallaría en sollozos hasta quedar exhausta.

Seca.

Si su sangre pudiera devolver la lozanía que gozaron los campos de su familia tiempos atrás, con gusto hundiría su pequeña navaja en sus carnes tostadas.

Acercó ambas manos y acunó entre sus dedos un diminuto racimo de uvas. La piel tersa, turgente. La boca, salivando. Gotitas de placer concentrado en cada fruto.

Ardor en las yemas de los dedos.

El dolor la obligó a retirarse.

No supo cómo, pero las astillas de los sarmientos tajaron profundo el pulpejo de índice y corazón. Un quejido escapó de sus labios al apretar la piel rasgada. Enseguida la sangre brotó. Cayó sobre el racimo, arrancado sin intención cuando apartó las manos. Goteó también en la tierra. Sedienta, dio buena cuenta del vino tinto que sus dedos derramaban.

Tenía tanta sed como ella.

Primero saboreó la sangre. Un gesto intuitivo, primitivo. Le pareció dulce, espesa. Algunas uvas, separadas de sus hermanas desmayadas tras la caída, la tentaban. La chica se mordió el labio. ¿De verdad salió solo para dar un paseo? ¿No tuvo intención en ningún momento de probar al menos una?

Mentirosa.

Se descubrió llevándose a la boca una uva mientras se recriminaba el gesto. Por pequeño que fuera, mermaba la cosecha final, decidida para principios de semana. La recolección sería de un tamaño ridículo, motivo por el cual sentía culpabilidad al tomar el fruto. La carne y el jugo eran escasos, pero su sabor, un placer azucarado. Concentrado, adictivo.

Sus ojos recorrieron las sombras que eran los arbustos. La joven también era una sombra agachada frente a la vid.

Calma y quietud en el viñedo azul.

Los grillos ya no conversaban.

Decidió que un fruto más o menos no cambiaría nada. Desnudó aquel racimo viudo aderezado con su sangre.

Ladrona de sus propios terrenos, se dejó poseer por el hipnotizante sabor. El estómago gemía complacido. La lengua se restregaba contra el paladar, embriagada. En los oídos, zumbidos de insectos atraídos por el pegajoso elixir de sus dedos. Camuflados tras el batir de las membranosas alas, risas. Diminutas y afiladas. Las distinguió al tirar del último fruto que saborearía.

Con la uva todavía entre los labios miró en todas direcciones, la culpa dibujaba ojos acusadores y provocaba en ella un miedo azul. Pillada, no en un hurto, sino en una profanación. Las manos comenzaron a temblarle y los dientes a castañetearle. Escuchó cómo la piel de la uva se rompía. Una ampolla vegetal reventada en el interior de su boca.

Ploc.

Por el rabillo del ojo vio caer un fruto de la cepa.

Ploc, ploc.

Clavó la mirada en ella.

Ploc, ploc, ploc.

Los frutos caían como gotas de lluvia. Eran negras ante sus ojos, y rojas bajo la luz de la luna. La chica palideció.

En el viñedo no había ni una sola cepa de uva tinta.

Rodaron hasta toparse con sus rodillas. El contacto hizo que se tragara el grito, arrastrando lo que quedaba del fruto; pulpa, piel y pepitas. Ya no le supo a manjar bendecido. Más bien, asqueroso pus. Los racimos se desmenuzaron y todas las uvas cayeron al mismo tiempo.

Un golpe de granizo endemoniado.

La joven se levantó asustada. Dio un paso atrás cuando comenzaron a rodar. Cada una bailaba a un ritmo distinto, chocando entre ellas, en un vals desacompasado. Aparentemente desorientadas, buscaban salir de las sombras y exponerse bajo la luz lunar. No podía controlar los gemidos de angustia y frotaba y frotaba frenética sus ojos, presionando los globos oculares sin importar si quedaba ciega. Pero aunque su visión se parapetara tras un velo blanquecino, podía escucharlas. Las risitas provenían de ellas, estaba segura. Rodaron y rodaron burlonas a su alrededor añadiendo ansiedad al remolino de emociones en aquella pesadilla.

Aunque el bochorno era una losa sobre el campo, ella tenía la piel de gallina. Perdió el aliento cuando, bien a la vista, se convirtieron en diminutas gotas sangrantes.

Se detuvieron y reventaron liberando su jugo, uniéndose en un manto pegajoso con docenas de ojos centelleantes.

Hilarantes.

Penetraron sus oídos, alfiletearon la psique, estrujaron el corazón. Las entrañas, encogidas por el terror nocturno, escocían.

¿Se habría echado a perder la cosecha y era su fruto un mal para el alma? ¿Era ese temor el que hacía que la alucinación pareciera tan real? ¿Las cepas también se movían o eran sus piernas que ya no la sostenían?

El grito surgió sin contención de su rasposa garganta cuando las raíces se desenterraron del todo, se sacudieron y las vides comenzaron a dar pasos cual arácnidos monstruosos.

El viñedo cobró vida.

Cada planta arrastró sus patas. Crearon nuevos surcos, todos en dirección a la muchacha. El sonido que provocaban al raspar el suelo le oprimía el pecho, volvía su respiración un angustioso suspiro.

Ras, ras.

Pausa.

Ras, ras.

Pausa.

Avanzaban lentas con aquel compás de reloj cascado; a punto de morir, pero tozudo en su labor de devorar segundos. Para la chica, una tenebrosa cuenta atrás hacia algo desconocido. «Huye», imperativo y veloz fue el pensamiento, aunque no lo suficiente. Sintió el frío agudo del filo y luego el escozor del fuego. Un espinoso sarmiento le asestó una puñalada en los tobillos. El tajo, profundo, replicó la trayectoria curvilínea con la salpicadura. De nuevo, los terrones bebieron su sangre con celeridad.

Se percibió cayendo muy despacio encima de uno de esos bichos infernales. Vio las pupilas rojas en el entramado retorcido del tronco, los afilados dientes de sus hojas.

El hambre.

Unas manos agarraron el cuello del camisón evitando que se desplomara sobre los filosos fragmentos de la araña vegetal. Percibió el calor del cuerpo y el olor de su padre y dio gracias a Dios. Sus ojos se humedecieron de alivio. En las siluetas de sus hermanos, borrones armados con azadones y rastrillos, brillaban ojos exaltados y sonrisas expuestas a la luz de la luna.

Con el contacto familiar creyó que despertaría de una sonámbula pesadilla. Ese momento en el que el cuerpo de piedra recupera movilidad, en el que el bombeo del corazón reprimido se libera y el sudor perla la piel y enfría el bochornoso peligro. Sin embargo, lo que sintió nada tenía de sueño. El golpe seco en la nuca la tumbó. Perdió la conciencia un momento y cuando regresó a ella, lo hizo acompañada de un dolor abrasivo.

Estaba siendo arrastrada sin pudor al centro del viñedo.

Las piedras puntiagudas y los hierbajos secos dejaban su firma en brazos y piernas. El camisón, desgastado a la piedra; el polvo, maquillando el semblante. Pudo distinguir las albarcas de su madre y sus hermanos. El bastón de la abuela.

Gritó sus nombres. Rogó que se detuvieran. Le chilló al cielo de estrellas apagadas, pero nadie contestó. Intentó patalear, pero no pudo. Tiraban de su cuerpo como si fuera un animal muerto, por las patas traseras. Con las delanteras trataba de agarrarse a la nada. Ahora sus manos, tiesas como garras, dejaban nuevos surcos, diminutos e insignificantes en comparación con las que los acompañaban.

Las de las escalofriantes criaturas paridas por la tierra. Acompañaban a sus familiares como si los escoltaran. No. Como si fueran fieles mascotas, justo antes de la comida.

«Soy yo…», pensó la amalgama apaleada y blandita en la que se convertía la hija, la hermana, la nieta.

La chuchería.

«Yo soy la comida». No en interrogativa de incomprensión, sino como afirmación absoluta.

La procesión nocturna se detuvo. Sus pies quedaron libres. Sabía que no podía huir. Utilizó las fuerzas que le quedaban para girar su cuerpo y clavar los ojos en la luna.

Y ya no los apartó del azulado resplandor hasta quedar ciega.

—La maldición que se cierne sobre nuestras tierras será curada con la sangre virgen de la primogénita. Que la carne dé paso a la lozanía.

La voz del padre bendijo con estas palabras el festín de las criaturas famélicas que crecían en sus terrenos. La hija no las escuchó. Su alma rezaba alto. Lo suficiente para no escucharlas llegar. Para no oírlas comer.

—Doce son los años de la sangre, doce lunas las que protegerán el fruto —corearon mientras dibujaban la señal de la cruz en sus frentes.

Las últimas lágrimas, azules como la luz de luna que los bañaba, se derramaron por las mejillas de la joven mientras era destripada y desmembrada.

Rodaron por el pedregoso suelo, al igual que lo hicieron las diminutas uvas. Acompañaron a los seres que ya habían llenado el buche, y como su propietaria deseó, humedecieron sus raíces.

Sus sentidos estaban embotados por el dolor y para cuando su sangre fue consumida, su alma ya sobrevolaba el campo manchego.

Los racimos se hicieron gordos vaticinando una recolección excelente.

«He aquí, el sacrificio de la cosecha».