❄️ Capítulo uno❄️
Recuerdo cuando era una niña y le decía a mamá que quería crecer rápido para hacer muchas cosas que en ese tiempo no podía, como por ejemplo: entrar a la universidad, tener amigas con las cuales salir de fiestas y hacer pi-jamadas, tener mi departamento, un trabajo estable y poder darle una mejor vida a para ambas, y como toda niña pensando en encontrar un buen hombre.
¿Les ha pasado? Que ingenuos fuimos de niños al querer crecer.
—Emily, no es momento de entretenerse en tu mundo —escucho la voz de mi jefa a mis espaldas.
Ruedo los ojos y le encaro fingiendo una sonrisa.
Y ahí está mi hermosa jefa, viéndome con desaprobación por estar aquí encerrada sin hacer mi labor. Aunque no es para tanto, solo vine a buscar un dulce que tenía guardado en mi bolso.
—Sí, señora .—Le esquivó y salgo del cuarto de empleados, dirigiéndome a donde están los demás atendiendo las mesas.
Tomo del perchero mi delantal y me lo colocó.
Esto no era lo que quería. Pienso.
—Esto no es lo que quería —susurro para mí viendo a mi alrededor. Siempre pensaba en lo que haría de mi vida, y sí, es cierto que entre ellos estaba trabajar, pero no en esto.
Mi sueño frustrado siempre fue la fotografía, es un escape a explorar un mundo diferente, sus lugares, su gente...
Suelto un suspiro mientras hago un pequeño nudo de mi delantal.
Después de tanto tiempo me siguen quedando horribles como la primera vez.
Chuecos.
Torcidos.
Bueno, seamos sinceras, ¿Quién obtiene lo que quiere? ¿Quién es lo que quería ser?
Todavía no conozco a ningún Super-Man, policía, bombero, Power Ranger rojo y todo a la vez.
Aunque, al menos me hubiera gustado que se cumpliera uno de esos.
¿Uno era mucho pedir?
Nunca obtenemos lo que queremos, linda. Me recuerda mi subconsciente.
—¡Emily! —exclama Lucía al verme. Se podría decir que ella ha sido la única amiga que he tenido, la única que no me juzga o se burla de mí. Sí, es mi mejor y única amiga —.¿Dónde estabas metida? —pregunta caminando rápidamente hacía mí.
—Donde siempre —respondo encogiéndome de hombros —.Pero ya volví, ¿Qué hay que hacer? —pregunto a lo que ella sólo suelta una risa sarcástica.
—¿Es broma? —responde borrando la sonrisa de sus labios al ver que mi pregunta fue en serio —.Mira todo a nuestro alrededor —le hago caso, y tiene razón al reír y burlarse por mi estúpida pregunta. El restaurante hoy ha estado más abarrotado de gente que lo habitual.
Hago una mueca de desagrado, aunque debería estar feliz por ello, ya que si hay más trabajo eso significa una mejor paga.
—Toma .—Me extiende unas bandejas que tomo del mesón y yo las tomo sin vacilar —.El pollo, va para la mesa nueve, y la de carne, va para la mesa cinco —me indica rápidamente leyendo su libreta de notas.
Asiento con la cabeza, y sin esperar respuesta empiezo a caminar hacia las mesas correspondientes. Sin poder evitarlo bajo la cabeza al sentir miradas en mí, o quien sabe a donde. Mis inseguridades me joden de una manera inimaginable.
—Buen día .—saludo con una sonrisa fingida a las personas que están en la mesa número nueve. Ellos me responden muy amablemente —.Aquí está su orden. Espero la disfruten .—Pongo la bandeja en el centro y me retiro del lugar, no sin antes desearles un buen provecho.
Al empezar a caminar a la mesa número cinco me detengo abruptamente al ver a las personas que están en ellas.
Suspiro intentando calmar los nervios que tengo en estos momentos, y pensando que Diosito se debe estar riendo de esto mientras lo escribía. Miro para ambos lados buscando alguno de mis compañeros de trabajo para que me auxilien en estos momentos, pero al verlos ocupados decido respirar profundamente y caminar hacia ellos con pasos pausados. Todos están hablando animadamente, sumergidos en su mundo, y un pensamiento fugaz pasa por mente, que yo estaría ahí con él, fuera yo la que robara su sonrisa.
—Bu..en día —susurro hasta obtener su atención.
Se callan al ver quien habló. La primera persona que noto es a Alana, la cual me escudriña de pies a cabeza. Alicia, su mejor amiga tambien tiene sus ojos puestos en mí .Y entre medio de ellas está ese ser que pensé que no volvería a ver en mi vida, Leo. Ese que jugó con mis sentimientos, haciéndome sentir especial y que realmente valía la pena.
Ellos fueron mi infierno en la universidad, ellos fueron las peores personas con las que me pude topar en esos momentos, ellos fueron los causantes de mis inseguridades.
—Pero mira nada mas —Alana rompe el silencio incomodo.
—Si es la gorda de Emily —continúa Alicia.
—Aquí está su orden .—Intento colocar la bandeja en el centro de la mesa, pero al hacerlo alguien me empuja haciendo que la comida caiga sobre Leo.
—¿QUE TE PASA? .—Grita levantándose de golpe.
Llevo mis manos a la boca, amortiguando el grito de miedo ante la situación.
—¡Oh Dios!, lo siento, lo siento .—Intento limpiarlo con una servilleta, pero él golpea mi mano alejándola.
—NO ME TOQUES.
me fijo en nuestro alrededor, y algunas miradas están sobre nosotros, mientras otras están ignorando la situación.
—Nunca haces nada bien —recrimina Alana —.Necesito hablar con tu jefe, porqué personas tan inútiles no deberían trabajar aquí.
Me lleno de terror al escuchar aquello, ya que mi trabajo está en juego y no puedo permitir quedarme sin el.
—Por favor, no. Necesito el...
—No me importa —interrumpe de manera tosca ayudando a su novio a quitar la comida.
—Chica, ella lo hizo sin querer. Hemos visto que la han empujado sin querer —interviene un cliente.
—No se meta en lo que no le importa —le responde esta de mala gana.
—¿Qué está pasando? —escucho la voz de mi jefa a mis espaldas.
Cierro los ojos fuertemente intentando calmar las lágrimas que amenazan con salir. No puedo llorar aquí, no puedo mostrarme débil otra vez.
—Pasa que esta .—Me señala como si fuera un objeto —.Le ha echado toda la comida encima a mi novio.
Mi jefa cierra los ojos para tomar una respiración profunda, y dirigir su mirada acusadora en mí.
—Emily, a mi oficina —me ordena con voz dura.
Yo sólo asiento y camino con la cabeza gacha. A lo lejos escucho algunas personas estar de acuerdo con Alana, mientras otros intentan defenderme.
—Emily —Lucía me saca de mis pensamientos. Ella intenta acercarse, pero le detengo.
—Estaré bien —le respondo en un susurro. Ella no responde y yo sigo mi camino.
Al entrar a la oficina, no aguanto más y estalló en llanto. Ya sé lo que me espera.
Minutos pasaron para que mi jefa entrara a la oficina, así que los aproveché al máximo en llorar, para que al momento de escuchar la puerta abrirse tras de mí y ser azotada con fuerza, ya yo me haya detenido en llorar, no le iba a demostrar nada.
Mi jefa pasa por mi lado hasta posicionarse en el escritorio y rodar los ojos al ver mis ojos enrojecidos.
—Seré rápida —rompe el silencio —.Está despedida.
—Lo siento, por favor. No fue...
—Sólo lo diré una vez más —me interrumpe —.Está despedida.
La ultima lagrima rueda por mejilla, hasta llegar a mis labios y sentir ese sabor salado. No respondo nada, no agradezco la poca estadía en ese lugar, no pido mi ultima paga, solo me giro con la poca dignidad que me queda, para abrir la puerta y azotarla tras de mí.
Empiezo a caminar con paso lento hasta el cuarto de empleados para buscar mi bolso e irme lo más pronto posible. Algunos compañeros me miran con tristeza, algunos susurran un "lo siento" ¿Pero que sienten? ninguno me defendió, pero los entiendo, no quiero ser egoísta, ellos también necesitan el trabajo.
Me quito el delantal y lo tiro al suelo con rabia. Tomo mi bolso y lo cuelgo sobre mi espalda.
—Em —la voz de Lucía se hace presente a mis espaldas, así que volteó y hago lo único que puedo hacer, abrazarla. Ella me acepta —.Algo haremos.
—Yo...o ne...cesito el dinero —mi voz se quiebra al recordar el motivo por el cual estoy trabajando.
—Lo sé, sabes que lo sé perfectamente. Por eso te digo, algo haremos, así que .—Se aleja de mí y seca mis lágrimas con sus manos, mientras una sonrisa cálida se dibuja en sus labios —.Ve a donde tú mamá.
Lucía Gómez, mi mejor amiga desde que empecé a trabajar aquí. Si les cuento nuestra historia de cómo empezó nuestra amistad, no terminaría en estos momentos de contarles.
Ella es esa amiga que ha pesar del poco tiempo, conoce mi situación, y ha estado conmigo en mis peores y mejores momentos últimamente. Esa que nunca me ha abandona, que me saca una sonrisa en los días más tristes, esa que me escucha toda una noche hasta que te sientas mejor, esa que te dice que todo está bien aunque el mundo se esté cayendo a pedazos.
Me alejo de ella y empiezo a caminar a la puerta trasera del local.
—Te amo —me recuerda antes de terminar de salir.
—Yo también.
Cierro la puerta tras de mí, y empiezo a caminar por el sucio callejón hasta llegar a la avenida.
El frío empieza a calar mis huesos, pero abrazo mis brazos desnudos intentando apaciguar un poco, pero sin resultado alguno.
Al llegar a la avenida, lo primero que hago es sacarle la mano a un taxi que va pasando, se detiene y yo ingreso en el, no sin antes saludar y llevarme una mueca de desagrado por su parte.
Los días malos parecen estar hechos para mí y para las demás personas también. Nunca sabemos por lo que una persona esté pasando para estar de mal humor, triste o decaído, siempre debemos tener un poco de empatía.
Le indico hacía donde nos dirigimos. Él solo asiente y arranca el coche.
Y ahí van mis pensamientos turbios al fijar mi mirada en las calles; Desde niña he sufrido de burlas por mi aspecto, por mi sobre peso, y aunque no es mucho ya que es algo con solución, nunca faltan aquellas personas que tienden a decir que la mujer perfecta es aquella delgada, con cintura de avispa, caderas anchas y sin alguna imperfección en su piel; no digo que este mal, ambas contexturas somos perfectas, aunque nos hayan metido un chip programado para recordarnos cada que vez que nos miramos al espejo de que somos horribles e imperfectas.
Alana y su grupo hicieron mi primer y único semestre en la universidad, un infierno total. Siempre era lo mismo, burlas tras burlas, hasta hacerme sentir que no valgo nada. Hacerme sentir que personas como yo no merecemos respeto, que no merecemos amor y hasta que no merecemos vivir.
Leo... él jugó con mis sentimientos, todo siempre fue un juego y yo de estúpida pensando que en verdad me quería, que al fin alguien se habia fijado en "la gorda". En su momento le amé, puedo decirlo libremente, amé a la persona incorrecta en el momento incorrecto.
Que ingenua fui.
El taxista indica que ya hemos llegado a mi destino. Saco dinero de mi bolso y se lo entrego, no sin antes regalarle una sonrisa de boca cerrada y agregar:
—Mejores días vendrán — salgo del coche sin esperar una respuesta.
Por más difícil que te trate la vida, trata de sonreír y depositar un poco de positivismo en las demás personas. Que nunca falte en ti la empatía.
Entro al gran edificio que tengo al frente, cierro los ojos y tomo una respiración profunda antes de ingresar. Las enfermeras que en ocasiones están de guardia me saludan animadamente, preguntándome como estoy, o como fue mi día. Les respondo amablemente mientras camino hacia el elevador y entro en el saludando a las personas que van dentro.
Mientras esperamos llegar, noto a una enfermera que va a mi lado, llevar a una niña en sillas de ruedas, esta tiene su mirada perdida en un pequeño oso de peluche que lleva entre sus manos, apretándolo para pasar los nervios. La delgadez de su cuerpo, aquél gorrito rosado de lana tapando su cabeza.
En ocasiones me siento idiota al quejarme de mi vida, cuando hay personas peor que yo. Pero, la vida en ocasiones no es como queremos.
Al abrirse el elevador en el quinto piso, camino hacia la habitación número diez, el número de la suerte de mamá.
—¡Hola! —saludo animadamente cerrando la puerta tras de mí. Dejo mi bolso en el pequeño sofá que hay en la habitación, y corro a los brazos de aquella mujer que a pesar de todo, siempre me espera con una sonrisa en sus labios.
—Cielo —susurra en mi oído con dificultad.
—Te extrañé —susurró aferrándome más a ella.
—Pero si sólo te fuiste hace unas horas.
—¿Y para mí no hay abrazo?—escucho a Margaret detrás de mí.
Ruedo los ojos divertida soltando a mamá y dándome vuelta para verle. Mi segunda madre, la segunda mujer especial en mi vida.
Sus brazos cruzados me indicaran que está molesta, pero su sonrisa divertida la delata.
—Sabes que siempre tengo un enorme abrazo para ti. —La envuelvo en un gran abrazo que no tarda en ser correspondido.
—Cuídala mucho, está delicada —me susurra bajito, y en ese momento mi corazón se quiebra, pero no lo demuestro.
Nos soltamos y ella sale de la habitación, no sin antes dejarle a mamá pasar su tratamiento.
Al vernos solas tomo una silla que estaba en el rincón y me hago a su lado.
—¿Cómo te sientes hoy? .—Pregunto tomando su mano.
Ella la aprieta y me sonríe.
—Mucho mejor —una mueca de dolor se cruza en sus labios al tratar de hablar —.Amor, tú y yo sabemos que pasará.
Yo sólo cierro mis ojos, intentando no llorar nuevamente, y menos frente a ella.
—Te amo inmensamente .—Le regalo un beso en la frente sin soltar su mano.
—Yo también, cielo —una sonrisa cruza sus labios.
Mamá recayó con cáncer cuando yo estaba adolescente, papá estaba con ella cuando realizaron la primera operación al tumor de ovario que le habían diagnosticado a mamá. Una operación exitosa que duró años. La segunda recaída fue hace un año, un poco complicada pero exitosa también.
Pero en esta ocasión sin esperanzas de nada, y fue hace tres meses de esta tercera recaída, en ese momento donde papá nos abandonó, dejándome responsable de todo. Él no soportó la lucha y huyó como el cobarde que es.
Ver a tu madre recaer día a día, no es fácil.
El Cáncer es de las enfermedades más duras, y no porque no tenga cura, como muchas. Sino porque su cura también es un veneno.
La primera vez que mi mamá enfermo de cáncer, era una adolescente, y a pesar de eso no entendía muy bien las ausencias, las mangueras con líquido entrando y sangre saliendo, las veces en que mamá se quedaba dormida antes de terminar de hablar, el cómo su almohada amanecía cada vez más llena de cabello. Pero Margaret y mi padre estaban siempre conmigo y me explicaban todo.
Lo peor vino cuando comenzó a tratarse por segunda vez, porque las quimioterapias se la llevan más rápido aunque decían ayudar. Porque cada vez que la inyectan, para matar el tumor, también la matan a ella.
A veces mamá ya no puede sostener una taza de té por mucho tiempo. Esta vez no fue tan confuso, pero dolía mucho más. Era una recaída y ya era consciente de lo que venía. Además la primera vez se lo detectaron a tiempo, papá estaba con nosotras, demostrando su "amor", pero en esta ocasión no tenemos tanta suerte...
Ver como algunos exámenes la lastiman, duele. Ver como día a día su cuerpo cambia, duele. Ver que ya no tiene la misma fuerza de antes, duele.
Me fijo y veo que poco a poco cierra sus ojos, para dormir. Y yo, poco a poco voy quedando dormida junto con ella, nuevamente esperando que un milagro pase.