Formas Idiotas Para Amar by Mabel at Inkitt
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Formas Idiotas Para Amar

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Summary

Una brevísima y ligera novela juvenil donde los chicos se enamoran, pelean y lloran mucho ¿No es la adolescencia siempre problemática? Así Angélica descubrirá que crecer es siempre doloroso aunque tenga su pequeña recompensa, los amigos de toda una vida.

Genre
Romance/Drama
Author
Mabel
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Formas idiotas para amar:

“La gran verdad es que no eliges ni la persona, ni el lugar, ni el momento para enamorarte”



Armonía

El

amor es un misterio. Todo en él son fenómenos a cual más inexplicable; todo en él es ilógico, todo en él es vaguedad y absurdo. Gustavo Adolfo Bécquer

¿Vale la pena contar esta historia? Pocas veces me he sentido más derrumbada. Pero he vivido demasiado tiempo ocultándome bajo un velo de indiferencia como para seguir callada. Quizá nadie lea estas palabras, quizá jamás te enteres de todo mi sentir hacia ti. A pesar de todo escribiré esta historia.

Tal vez no sea la mejor de todas... pero es nuestra y nunca la olvidaré.

***

Años atrás:

Distraídamente comencé a buscar una canción en mi mp3 mientras miraba por la ventaba de nuestro salón. Yo estaba sentada al frente, con los brazos cruzados sobre mi pecho y los ojos cerrados. A mi lado derecho estaba el tragaluz entreabierto por donde se colaba una reciente primavera. El aire tibio de esa estación me daba en la cara, relajándome al punto de que caería dormida sin casi notarlo.

Pero por supuesto esa tranquilidad no podía durar. Mi mejor amigo entró por la puerta del salón y yo le observé de reojo. Felipe usaba lentes, tenía los cabellos de color oscuro, sumado a su cara de siempre estar pensando. Era el típico alumno que siempre sacaba el primer lugar sin demostrar esfuerzo alguno. Se lanzó sobre su puesto, que estaba al lado del mío, gritándome en la oreja sin delicadeza alguna:

—¡Angélica! —chilló en mi oído sin respeto alguno—¡Despierta!

Enojadísima tomé el audífono encajándolo más en mi oído con gesto de fastidio. Él me lo quitó de las manos. Seguimos en este juego absurdo como dos niños pequeños que se pelean por un dulce. De un fuerte empellón lo dejé sentado sobre la silla.

—¡Bruta!

—Eso le pasa a todos los que me fastidian —le devolví.

Él se hundió más en su silla y yo me senté a su lado donde siempre. Nos desafiamos mutuamente con la mirada... no duró lo suficiente. A los pocos segundos ambos nos empezamos a reír. Por lo general solo con unos pocos gestos nos perdonábamos todo.

—Vale conseguiste despertarme... ¿Qué sucede?

Con algo de dramatismo, mi mejor amigo comenzó su rutina diaria. Contarme de sus problemas, de los chismes que se había enterado amplio etcétera. Ponía especial énfasis en los gestos con sus manos, en verdad en ellas estaba la mitad de lo que intentaba decirme. Adoraba esa faceta de él, aunque la gran mayoría de mis compañeros solo ve a Felipe como un perfecto estudiante, para mí es mucho más que eso. El es mi mejor amigo, mi protector, mi confidente... la persona que siempre me hace reír en las mañanas.

Y siendo honestos me sentía maravillada. Recordaba mis momentos pasados donde mis compañeras solían burlarse de mí, llegando incluso a la violencia física. Desde que me había cambiado de colegio jamás las había vuelto a ver y todo había mejorado de manera impactante en mi vida. Ahora tenía amigos, un promedio de notas decentes y un salón donde nadie se metería conmigo... porque ya no era la chica indefensa de antaño, ahora era capaz de defenderme y me sentía muy cómoda ante eso. Jamás me había sentido tan relajada en un lugar, experimentando este sentimiento de paz, ya no me sentía sola porque siempre estaba acompañada de mis amistades.

Hablando de otras cosas sobre mí puedo decirles lo siguiente. Soy una chica con un gusto exagerado por las letras, que no supo ni cómo y por qué llegó a un curso científico, donde todos hablan el lenguaje cifrado de las matemáticas. No tengo tacto y adoro usar el sarcasmo. Tampoco tengo un gran atractivo ni nada por el estilo. Y lo demás... podrán descubrirlo mientras lo leen.

—¡Angélica! —Alguien se arrojó sobre mí sin ningún tipo de tacto. —¡Tengo algo que contarte!

Era mi mejor amiga que había entrado y yo como estaba en las nubes no me había percatado de su entrada.

—Katte... me asfixias —gruñí liberándome de la presa de su abrazo.

—¡Gracias a Dios te encontré! Tengo tantas cosas que contarte.

—Esta bien. —Reprimí mis ganas de mandarla al carajo. —Cuéntamelo todo.

Katte mi mejor amiga de toda la vida: Es alegre, un poco paranoica, con claros signos de dependencia hacia mí. Es un verdadero misterio de cómo una chica tan “rosa” se convirtió en amiga de su servidora, la encarnación de la palabra arisca. Tal vez sea por esa misma característica porque ella es adorable, amable y tierna todo lo contrario a mí. Físicamente es una niña bajita, con unos preciosos ojos de color miel, cabello rizado que le llega a los hombros y tez muy pálida, suele quemarse con facilidad con el sol. A veces cuando la veo me recuerda a esas ilustraciones de princesas de los viejos cuentos... claro jamás se lo he dicho.

—¿Y qué opinas? —terminó su relato con gesto de intenso nerviosismo.

—Pues te daré el mejor consejo: debes darle un agarrón. —Felipe haciendo uno de sus grandes aportes. —Aparte es obvio él no quiere nada contigo.

Lo fulminé con la mirada de forma tan intensa, que solo atinó a esconderse en su silla. Claramente expresaba en su mirada el temor por el castigo que le llegaría más tarde. En cambio Katte estaba al borde de las lágrimas.

—No exageres tanto —expresé cortante... hasta que la vi a punto de llorar.

Hay muchas cosas que no me gustan pero no suelo hacer nada para cambiarlas. Pero ver llorar a mi mejor amiga me provoca un extraño sentimiento de querer matar a cualquiera que ose dañarla. A pesar de decirle usualmente: “cállate”, “me estorbas”, “¡No me abraces!” y mi favorito personal, “tan tontita”, nadie tiene derecho a molestarla... claro aparte de mí.

—Lo vez. —Lloró más. —Siempre es lo mismo.

Suspiré resignada a consolarla mientras sacaba un pañuelo de mi bolsillo. Debes tenerlos siempre a mano si ella es tu mejor amiga. Katte tenía la extraña costumbre de encontrar al amor de su vida cada una semana (o incluso en menos tiempo). Hay veces que siento un poco de envidia por su facilidad para querer a otras personas, para cambiar de gusto de forma tan rápida... en cambio yo. Desvié ese rumbo de pensamiento para responderle:

—Mira si quieres decirle lo que sientes por él, solo hazlo. —Deslicé mis dedos por su cabello rizado, de color caramelo. —Si te dice algo muy feo, dime y yo lo golpeo. —Terminé dándole una manotada al aire. Al ver este gesto una sonrisa discreta se formó en el rostro de Katte y recobrando el sentido de responsabilidad característico de ella miró el reloj.

—¡Mi clase esta por empezar! —chillando se largó de nuestra sala. Al verla con su acostumbrada alegría y ánimo, de nuevo me sentí más calmada.

—Eres demasiado buena con ella —replicó Felipe sin embargo su semblante parecía preocupado.

—Y tú demasiado cruel —lo fulminé con la mirada.

—Solo fui sincero —replicó defendiéndose.

Pegué un amplio suspiro. Era verdad, mi amiga se caracterizaba por exagerar un poco la realidad... bueno quizá demasiado pero a pesar de eso la quiero. Luego bostecé cosa que hago todo el tiempo, porque generalmente siempre tengo sueño. A veces pienso que podría hibernar igualito a los osos y aún tendría ganas de seguir acostada. Lamentablemente no era tiempo para una siesta porque en cualquier momento llegaría la profesora de química y no podía darme el lujo de dormir en su clase que con suerte entendía cuando estaba alerta.

Con cara de hastío me estiré sobre la silla y me acomodé. Al ver mi gesto de cansancio Felipe se apoyó en mí. Sentí su agradable compañía en silencio. También me acomodé en su espalda, entrecerrando los ojos y él paso su brazo por mi cintura, este gesto era tan familiar. Él es unas de las pocas personas de las cuales soporto el contacto.

—Que conmovedor, detesto no traer la cámara cuando están así de juntos —una fastidiosa voz me sacó de mi estado de tranquilidad.

Fruncí el ceño al abrir los ojos y encontrarlo a él, instalado en el puesto del profesor con ganas de fastidiarme como siempre.

—Esfúmate Antonio... ¿o prefieres que te acuse con Alejandra?

Y ese es el tipo que siempre quiere fastidiarme. El que me gana a las cartas sin esforzarse, canta mejor que yo sin practicar y sobre todo siempre tiene la razón en todos los debates. Antonio de cabellos claros, ojos azules, piel clara y sonrisa torcida. Por supuesto que ignoró mi comentario intentando buscar pelear:

—¿Y para cuando es el casamiento? —siguió tratando de sacarme de mis casillas.

—De seguro que después que tuyo —repliqué ácidamente.

Él se rió de esa manera que a mí me crispaba los nervios.

—Eres tan idiota cuando te lo propones.

—No me lo propongo...

—Exacto, te nace que es peor —irrumpí riendo ahora— y la profesora y tu novia llegaron. —Las señalé sin disimulo con un gesto de mi mano.

El rostro de Alejandra no era nada conciliador. La chica de cabellos negros, ojos verdes y piel clara, se acomodaba los lentes intentando que no se evidenciara su enfado. Por un momento pude sentir el aura maligna de ella. Sonreí abiertamente aunque la cara de la profesora no vaticinaba nada bueno.

Antonio tan solo atinó a sentarse en su puesto con rapidez.

***

Luego de una aburridísima y lenta clase de química el timbre sonó y recordé que “él” salía a esta misma hora, “hoy tengo que verlo”, pensé mientras arreglaba las cosas sin cuidado alguno, casi reventando la maleta debido al desorden de como arrojaba mis útiles.

—¿Tienes que ver a alguien que estas tan agitada?. —Nuevamente Antonio intentaba fastidiarme, ignorando la cara de pocos amigos de su novia.

—Preocúpate de tus propios asuntos. —Seguí guardando mis cuadernos, sin prestarle atención.

Él se acercó de nuevo a mí puesto mirándome insistentemente.

—Estas roja —tarareó en modo de burla.

—¡Demonios! —Estallé. —¡Vete a joder a otro lado!

Antonio seguía riéndose... ese gesto tan detestable que se forma en su rostro. Sino fuera porque su novia es amiga mía, hace tiempo le hubiese roto la cara de un puñetazo.

—¡Alejandra dile que se largue o no respondo! —señalé pasando mis dedos por las sienes de mi rostro.

—Antonio déjala tranquila —dijo ella en tono conciliador —tenemos cosas que hacer.

Èl sin prestarle mucha atención asiente con la cabeza, toma sus cosas y sale del salón de clases. Yo en cambio reviso la hora... es demasiado tarde aunque aún así puedo observarlo por la ventana. Armando recorre el patio con su andar de hombre seguro, sus ojos verdes más la guitarra a cuesta. De tez clara y voz grave al parecer saldrá con unos amigos antes de ir a casa. Y un enorme suspiro me sale por los labios mientras me aferro a la cortina, siendo invadida por las extrañas emociones que siempre me asaltan cuando lo veo.

Soy una cobarde. Y es que él me exaspera en demasía. Las reacciones que mi cuerpo realiza con solo mirarlo me tienen tan enfadada como intrigada. Pero me es imposible sostener conversación con él. Tan solo al mirar sus ojos verdes siento que caeré víctima de un colapso nervioso. Y no es que no lo haya intentado pero cada vez que digo, “hoy sí que le hablaré“, siento que me desmayaré y no estoy dispuesta a realizar tal ridículo enfrente de sus ojos

—¿Es ese de la guitarra?. —Felipe se asomó a mí lado observando por la ventana curiosamente.

Estaba tan distraída mirándolo como una boba, que ni siquiera contesté.

—¡Angélica!. —chasqueó los dedos delante de mi rostro logrando que despierte. Volví al mundo gracias a este gesto. Despegué la mirada del vidrio y pude observar su cara de fastidio.

—No eras necesario que hicieras eso —bufé despegandome de la ventana.

—¿Cuándo serás capaz de hablarle? Estoy aburrido de verte siguiéndolo como una psicópata.

Casi pego un salto de la impresión, mi cara adquiere el color vivo de un tomate. De inmediato el nerviosismo se apodera de mí.

—¡Quién... es qué...! —balbuceó como una idiota —¡eso no es verdad!

—Como digas —suspira sin ponerme mucha atención —¿vamos a almorzar? —toma su mochila y camina rumbo a la cafetería.

Aunque estoy muy enfada decidí seguirlo, porque tenía un hambre atroz. Tomé mi maleta con el enojo atragantado en mi garganta, me dí la vuelta... y allí estaba. De pie en el marco de la puerta Antonio sonríe satisfactoriamente. Un terrible pensamiento cruza por mi cabeza... tal vez escuchó mi conversación con Felipe. Intenté intimidarlo dándole una mirada escalofriante pero él como siempre me ignora por completo.

—¿Qué demonios haces aquí? —exclamé enfadada.

—Se me quedó la chaqueta —señala su lugar con la mano totalmente despreocupado.

—Eso es mentira... no hay nada en tu asiento.

—O es verdad —el sarcasmo brota en cada una de sus palabras

—Entonces puedes marcharte... quiero ir a comer, y me estorbas aunque eso no es nada nuevo.

Antonio haciendo una reverencia absurda, me deja el espacio suficiente para pasar. En mi mente sentí un enorme alivio, al parecer él no escuchó nada... estaba siendo demasiado paranoica.

—Así que toca guitarra —susurra en mi oído mientras pasaba.

Me quedé congelada de la sorpresa. Nuevamente lo miró y un recuerdo asalta mi mente. La ira me invade por completo pero no puedo reaccionar, al igual que aquella vez. Él con un gesto de suficiencia se retira sonriendo abiertamente.

—Eres un completo... ¡Idiota! —grité mientras se marcha.

***

En la cafetería el mal humor dominaba cada uno de mis poros. El aura maligna se podía oler a kilómetros de distancia.

—Angélica... comienzas a asustarme— Victoria dijo estas palabras, intentando calmarme en vano. La chica de cabellos rubio ceniza, ojos miel y piel rosácea intentaba distraerme pero no lo conseguía.

Apreté la caja de mi jugo con todas mis fuerzas. El solo hecho de acordarme de la cara del pelmazo ese hacía que mis ansias asesinas crecieran de manera incontrolable.

—¡Idiota, lo mataré, lo haré pedacitos! ¡Luego clonaré los pedacitos para seguir matándolo por el fin de los tiempos! —Mis manos se movían incontrolables, haciendo picadillo a la pobre caja de jugo.

—Hola a todos. —Escuché la voz calmada de Katte quién se sentó a mi lado, y de inmediato se percató de mi cara de “odio a todos los hombres”.— ¿Qué le pasó?

Todos se mantuvieron en silencio. Yo seguía con la caja de jugo entre mis dedos, ignorando la pregunta. Entonces ella señaló a Felipe quien responde:

—Antonio —contestó él con toda la tranquilidad del mundo.

Rechino los dientes con todas mis fuerzas, el solo escuchar ese nombre hace que se me crispen los nervios. Estúpido, idiota, mal nacido. Toda la rabia nace no por lo ocurrido, sino por el recuerdo... eso era lo que me tenía en este desagradable estado.

—Vamos Ange. —Me calmó mi amiga.— ¿Por qué no cuentas que pasó?

—Realmente no es importante —decidí callar y restarle atención a tan desagradable sujeto... pero por sobre todo a ese espantoso recuerdo —¿a ti como te fue?

—Hablemos después... ¿vale?—sonrío dulcemente.

La conversación del almuerzo después varío. Felipe nos mantuvo a las tres totalmente muertas de la risa, contando una de sus tantas travesías. Sonreí de nuevo, mis amigos me brindaban apoyo de la única manera en que era capaz de recibirlo... y yo se los agradecía en el alma. Esa era mi armonía. Ese era mi grupo de amigos. El lazo más extraño las personas menos imposibles de imaginar eran amigas. Rompíamos todos los cánones, habidos y por haber, pero nos importaba muy poco.

Siempre recordaré esa época como una de las mejores de mi vida.

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