AFFIDAVIT

Summary

Harry es parte de un aquelarre de magia oscura. Residen en un pueblo buscando criaturas que sacrificar para sus rituales e incrementar su poder, y luego van al siguiente. Pero Harry se enamora del licántropo que será la próxima víctima del aquelarre, y que el infierno se apiade de los que se metan en su camino.

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n/a
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18+

affidavit

ˌæfəˈdeɪvət/ definida como una declaración escrita o una declaración que sea jurada o confirmada ante una persona que tenga autoridad para administrar un juramento.


Las escaleras de piedra estaban erosionadas por el paso del tiempo y la lluvia. El lodo hacia que las suelas de sus costosas botas fuese inútil, bien podría estar descalzo y con más oportunidades de superar la noche. Su urgencia por huir concibió un catastrófico cóctel junto a su torpeza, que le costó resbalones y cada vez menos metros de distancia entre él y el peligro. Quien le perseguía, lleno de soberbia, le concedió varios minutos de ventaja. Su risa fue el coro de fondo para los jadeos de Harry mientras corría a pesar del ardor en sus músculos y el clamor de sus pulmones.


El viejo castillo tras la montaña era su única esperanza. La delgada silueta de la luna le saludó cuando pasó junto al lago y cruzó las oxidadas rejas de la entrada.


Empujó con el hombro la puerta principal, la madera mohosa cedió al peso de su cuerpo y, lejos de tranquilizarlo, le hizo comprender que quien le pisaba los talones tendría el camino más sencillo. Sin embargo no se detuvo en ese pensamiento, sus pies patinaron cuando giró en un pasillo cuando intentó alcanzar las escaleras y sólo la baranda de las mismas detuvo su caída. Si le alcanzaba en las escaleras sería un desastre.


Escuchó un silbido en el exterior del castillo y la urgencia le incendió las venas. Subió las escaleras corriendo tan rápido cómo podía, superando los escalones de dos en dos, cometiendo el error de mirar un segundo hacia atrás por encima del hombro. Pudo distinguir la silueta de un hombre a los pies de la escalera. La luz de la luna recortaba su figura y como una maliciosa coincidencia, observó sin problemas el brillo de su sonrisa.


Aquella sonrisa envió un escalofrío por todo su cuerpo. Le instó a ir más rápido, a aferrarse a la esperanza que existia aún un gran tramo entre ambos. Podía lograrlo, solo tenía que llegar al último piso del castillo, ascender por la torre y refugiarse en el campanario.


El sudor le resbalaba por la espalda y el pecho, necesitaba descansar. Pero a su espalda escuchó los pasos ajenos, apresurados y cada vez más cerca. Soltó una maldición por lo bajo y empujó la puerta de una de las habitaciones buscando esconderse o encontrar un pasadizo que lograra confundir a su perseguidor.


Apenas entró estuvo condenado. Sintió el aliento ajeno en la nuca y pronto se vio atrapado contra una columna. La piedra, fría y áspera, fue la antítesis de un beso en su mejilla.


—Te atrapé. —Escuchó sobre su oreja. Echó una mano hacia atrás, con la intención de arañar o golpear, pero los dedos firmes se cerraron sobre su muñeca—. Te dije que no eras más rápido que yo.


—Sólo porque no hice trampa —Jadeó Harry, tratando de recuperar el aliento. El corazón le latía con violencia contra las costillas y ni siquiera la columna helada pudo calmar el calor en su cuerpo.


En un nuevo intento por liberarse intentó golpear con el talón la canilla ajena, pero su captor fue más rápido y fuerte. Le presionó contra la columna y empujó los tobillos de Harry hasta separarle las piernas, comprometiendo su equilibrio.


—Ríndete, pajarito —Rió contra su oreja—. Aprende a perder.


—Te regodeas demasiado por una tontería…


—Y tú eres demasiado orgulloso.


—Fue culpa de la lluvia. —Se excusó Harry, tragando saliva sin poder aliviar la sed en su garganta.


—Sólo tienes que admitir que perdiste la apuesta y te soltaré —condicionó, besando bajo la oreja de Harry—. De lo contrario te mantendré aquí y para mí eso no es problema.


Harry cerró los ojos y decidió que realmente necesitaba sentarse y descansar. Se tragó entonces su orgullo, como si fuese brea con hollín, y suspiró melodramáticamente.


—Tú ganas, Louis. ¿Estás feliz?


De nuevo escuchó aquella risa y un segundo después fue liberado. Harry se dio la vuelta para contemplar al hombre ante sí. Con su indumentaria de cazador, el arco colgando de su hombro y el carcaj en el otro. Le vio quitarse los guantes con tranquilidad, apenas una mínima capa de sudor le hacía brillar la piel.


—Más que feliz, estoy complacido.


—Idiota.


Harry se quitó el abrigo y fue hasta el sofá con mejor pinta que tenía aquella solitaria recámara. La luna apenas iluminaba el lugar, pero eso no era problema para Louis o él. Mientras se quitaba las botas observó a Louis descartar en una esquina su arco, las flechas y la pesada chaqueta de cuero. Luego volvió hacia Harry y también tomó asiento en el sofá. Echó las piernas sobre los muslos de Harry.


—Tengo algo para ti —susurró Louis, con una sonrisa traviesa en los labios. Tomó la cantimplora de la funda de su cinturón y se la ofreció a Harry.


Harry la recibió, abrió la rosca y enseguida llegó a su nariz el olor del vino que le gustaba. Una sonrisa tambaleó en sus labios y miró con cariño al arquero antes de tomar largos tragos y luego ofrecerle un poco a Louis.


—Sólo un sorbo. —Limitó, caprichoso—. Es mi regalo.


Louis, con total descaro, bebió dos sorbos y luego cerró la cantimplora, dejándola en el suelo. Se lamió los labios y sonrió.


—Me hubiese gustado más probarlo de tu boca.


Un agradable escalofrío le recorrió la espalda a Harry, enviando una ola de calor que le alivió saber que podía seguir experimentando.

Cerró los dedos en las hebras castañas del arquero y tiró de estas para hacer que le mostrase el rostro a una distancia más conveniente.


—Abre la boca, Louis —susurró, embelesado por la calidez de su cuerpo—. Quiero besarte.


Su mano libre volvió al muslo del más mayor, acariciando la cara interna de estos sin vergüenza. El repentino tirón sobre sus cabellos le obligó a Louis soltar la botella de vino que aún sostenía entre sus dedos, provocando que el líquido se derramara sobre la alfombra. Y, sin embargo, el castaño ni siquiera se inmutó, absorto por completo en el imperante tono de Harry y la orden que resonaba entre sus oídos, como un gruñido hipnótico que hacía vibrar sus neuronas.


Obediente, separó los labios con suavidad, la punta de su lengua asomándose como una invitación necesitada mientras sus muslos se separaban apenas lo suficiente para darle más acceso. Cada músculo de su cuerpo le llamaba con anhelo, y la forma en que sus falanges se aferraron a su camiseta únicamente resaltó la forma en que su anatomía ardía por él.


─Bésame, idiota.


Observó todo ese pecaminoso espectáculo que era Louis. Su boca tentadora, el brillo juguetón en sus ojos y la manera en que simplemente respondía con su cuerpo a la orden. Separó también los labios y atrapó los foráneos en un beso, lento pero demandante desde su inicio, con el regusto del vino y la dulzura del clavo entre las especias. Arrancó aquellas sensaciones de la suave textura de la lengua ajena, y se deleitó en la calidez húmeda de sus labios.


Sin contención o pudor, le acarició entre las piernas, gimiendo bajito contra su boca porque había pocas cosas que disfrutaba tanto como la intimidad con Louis.


Los labios de Louis se separaron con un poco más de insistencia, sintiendo el sabor de la boca de Harry, inundando la propia como un torrente abrumador y bienvenido. Sus movimientos carecían ahora de coherencia y parecían más el resultado de impulsos erráticos y primitivos, nacidos en la naturaleza más animal del mayor.


Y vaya, si le encantaba.


La cadera de Louis se empujó entonces en contra de la palma foránea, sobrepasando finalmente la barrera invisible que les separaba para frotar su creciente entrepierna contra él. Estaba extasiado, embriagado en la adrenalina y el peligro conforme su lengua se enfrentaba a la de Harry, en un intento de degustar cada uno de los matices que brillaban sobre su paladar.


Harry disfrutó del beso y la certidumbre que trajo consigo. Saber que Louis seguía siendo suyo, que él también le pertenecía; y por sobre todo, que aunque tuviera aquella maldición encima, Louis podía hacerlo sentir vivo sin esfuerzo alguno.


Y por eso se volcó a complacerlo, a frotar su palma de la manera que sabía el otro más disfrutaba, a pesar de la posición y los impedimentos de la ropa.


Lo sostuvo firme, abandonando todo su autocontrol al sabor de su boca, la tibieza de cada roce y cómo se sentían los labios de Louis entre los suyos cuando los tomaba para sí.


—Te extraño, Louis —confesó, presionando los dientes sobre su cuello, pero sin generar ninguna herida—. Te he extrañado tanto.


Un nuevo jadeo, ronco, resonó en la garganta del mayor. Era una caldera que había estado almacenando calor por demasiado tiempo, y era demasiado tarde como para prevenir el inevitable estallido.


Los dedos de Louis se clavaron sobre el cuello de Harry, sintiendo bajo sus yemas los cortos cabellos que nacían sobre su nuca y palpando la magnética calidez que parecía emanar de su piel. Incluso si reconocerlo en voz alta era algo que probablemente nunca fuese a hacer, la idea de perder a Louis le aterraba, como una sombra siniestra que le acechaba cada momento del día.


Así que, al menos mientras lo tuviese al alcance de sus labios, haría todo lo posible por impedir que se alejara de su cuerpo.


Louis balanceó el peso de su cuerpo para quedar encima, dejando a Harry en contra del sillón mientras separaba sus piernas para ubicarse entre estas y poder alzarse sobre su anatomía, desde donde pudiese apreciarlo en toda su salvaje gloria.


─Dilo otra vez —exigió Louis.


El movimiento de Louis lo tomó por sorpresa, y sin aliento, cuando se encontró en el sofá a merced de él. Tragó grueso, regulando su respiración y paseando la mirada por la figura que se alzaba sobre él. La cadera abrazada por el cinturón de, el fuerte torso definido por noches continuas de actividad y lucha. El pecho donde siempre deseaba acostarse; y sus brazos, que cuando le veía tensar el arco le arrebataba la cordura.


—Te extraño —jadeó, sinvergüenza, separando un poco más las piernas en un ofrecimiento mudo—. Te deseo, Louis. A ti, solo a ti.


Estaría mintiendo si osase afirmar que no disfrutaba verse a sí mismo en el reflejo de los orbes cerúleos del mayor, presenciando cómo sus pupilas se dilataban en medio de la creciente oscuridad que les envolvía.


Su cuerpo era una sinuosa invitación, pecaminosa en cada expresión de su cuerpo en movimiento, fluido como el agua y ardiente como las crepitantes llamas de una hoguera. Una que estaba dispuesto a aceptar.


─Eres mío, pajarito —susurró contra sus labios, permitiéndose abrumarlos en un beso profundo, demandante, a medida que sus palmas se situaban sobre los fuertes muslos de Harry.


Por la Diosa, Louis amaba sus piernas. Pilares de mármol que parecían ser capaces de sostener el peso mismo del mundo sin flaquear, a su criterio, y que hubiese besado con gusto hasta sentir sus labios adormecidos.


Hábiles, sus falanges desabrocharon el cinturón de Harry, liberando también el botón de su pantalón para poder deslizarlo a través de la cálida piel de sus piernas y arrojarlo lejos de ambos, donde no supusiera más un estorbo.


—Eres mío —repitió.


Si existía alguna verdad, era esa.


Le pertenecía a Louis de una manera que no podía ser descrita ni negada. Cada célula de su cuerpo clamaba por él, cada gesto tenía una respuesta inmediata de su parte.


Dejó que el arquero le quitara el pantalón y él se encargó de patear lejos su calzado y arrancarse la camiseta. Necesitaba el calor de Louis, aquella temperatura que ninguna prenda podía darle.


—Todo tuyo, Louis —aseguró, cerrando el puño en la camisa ajena para atraerlo y reclamar un beso de sus labios—. Y te necesito porque solo tú puedes decirme que este cuerpo sigue siendo mío y no una herramienta.


Su vida como un hijo de la noche se había llevado consigo el pasado en el cuerpo de Harry y su individualidad. Cada cicatriz, marca y hendidura que antes yacía en su cuerpo desapareció, dejando una piel nívea y carente del horror de una existencia mortal.


─Me temo que no puedo hacer eso, Hazz —confesó, absorbiendo con su mirada cada pequeño detalle de la anatomía foránea.


Louis recorrió con sus ojos de cazador la forma en que el relieve de su musculatura, perfectamente esculpida, se veía acariciada por la escasa iluminación que inundaba la habitación. Sus dedos hicieron lo mismo, ascendiendo desde sus rodillas, a través de la calidez que emanaba la cara interna de sus muslos, y moviéndose hasta sus inglés, donde presionó apenas con sus pulgares.


─Porque tu cuerpo, tu boca, y cada parte de ti me pertenece a mi. ─Con la lengua dividió los labios de Harry con orgullo, tomando aquel santuario como si fuese su derecho legítimo mientras buscaba la suya con desespero, necesidad; con más ansias de sentir el adictivo sabor de su boca inundando su paladar───. Sólo a mí.


Pronto, su boca se desvió de aquella húmeda caverna, descendiendo a través de los firmes tallos de su cuello y marcándose con sevicia en la forma de rojizas marcas sobre su piel. Sus pulgares, aún sobre las ingles de Harry, le obligaron a separar aún más las piernas, presionando ahora en contra de su perineo y moviéndose en la forma de suaves espirales que apenas alcanzaban a rozar el inicio de sus dídimos.


Su boca se mantuvo abierta, anhelante, cuando Louis rompió aquel efímero beso y pasó a su cuello. Sin ningún tipo de esfuerzo, Louis lo había conducido a ese sitio donde sólo tenían entrada ellos dos, y donde Harry se abandonaba a lo que fuese que Louis viese conveniente para ambos.


—Marca mi cuello —jadeó, echando la cabeza hacia atrás para darle más acceso—. Borra el rastro de Silas, de Minerva, de todos... solo puedes estar tú.


Sus manos se sujetaron de los brazos de Louis buscando soporte mientras obedecía a la presión ejercida a su cuerpo, exponiéndose aún más, mostrándose listo para él. Gimió su nombre, sintiendo su propia excitación, dura y demandante, presionar contra su pelvis. Serpenteó la cadera en busca de más fricción, buscando que los dedos ajenos se movieran un poco más, norte o sur le servía por igual, y lo tocara hasta desarmarlo.


—Vamos, Louis —demandó, derramando caricias por la amplia espalda del arquero—. Sé que quieres marcar tu lugar.


El arquero aún recordaba la imagen como si hubiese sido grabada a fuego en su memoria; la piel de Harry, más pálida de lo que la había visto alguna vez, contrastando en contra del borgoña intenso y profundo de la sangre seca que teñía su cuello, donde Minerva y Silas habían osado dañar lo que era suyo. Con el recuerdo inundando aún sus pensamientos, su mordida hincó con un poco más de brusquedad sobre la piel de Harry , buscando que cada tramo sobre el cual sus labios pasaban quedase tatuado con la imprenta de su dentadura, como un lobo posesivo que ha encontrado ya una presa para sí.


─Nunca más ─masculló, sus palabras viéndose ahogadas al estrellarse en contra de la impoluta piel─. Nunca más.


Louis le había jurado que nunca más permitiría que Harry estuviese en peligro sin que él estuviese allí para salvarle. Nunca más permitiría que Minerva, o Silas, o cualquier otro imbécil del aquelarre que se creyese con derecho sobre Harry le tocase. Nunca más permitiría que ese cuello, perfecto y sagrado, fuese tocado por otros labios que no fuesen los suyos.


Sus pulgares descendieron un poco más, clavándose sobre la tela de su ropa interior para hacer una rasgadura en la separación de sus glúteos, de modo que sus yemas pudieran acariciar la rugosa zona que daba acceso al delicado santuario de su entrada.


─Abre más, pajarito. ─Le ordenó, trazando caricias circulares sobre los confines de su intimidad a medida que sus dientes alcanzaban la musculatura de su pecho, donde le mordió también─. Demuéstrame qué tan mío puedes ser.


Cada mordida resonaba en su cuerpo y se replicaba como una campanada de deseo en su entrepierna y en cada sitio donde las manos de Louis lo sostenían.


Los avances de Louis sobre su piel combatían en una lucha campal los recuerdos que tenía de aquella fatídica noche. Y el infierno sabía que el único recuerdo que quería y necesitaba era ese: la boca de Louis marcando y tomando todo lo que quería de su cuerpo.


—Cómo te gusta ordenar... —se quejó, arqueando el cuerpo cuando los dedos se presionaron contra su entrada.


Incluso sin la orden explícita habría hecho exactamente eso, era la manera de responder que tenía su cuerpo ya grabado en lo más profundo de su cerebro. Y comando que existía por y para Louis.


Separó las piernas cuanto pudo, y luego empujó las rodillas lo más cerca que fue capaz a su pecho, exponiéndose totalmente a las manos y los ojos del arquero; con cada músculo tenso pero expectante de cuál sería la siguiente orden.


─Como te gusta obedecer. ─Respondió, apreciando con voraces fanales la forma en que las piernas de Harry se flexionaban; la musculatura de sus glúteos expandiéndose, estirando la tela de su ropa interior y provocando que la rasgadura se hiciese más pronunciada todavía alrededor de su perineo.


Sus manos tiraron de la tela sobre los hombros de Louis, reclamando tener a su disposición la piel que él también merecía besar y marcar.


—Déjame verte —gruñó—. Ahora.


Louis acomodó las pantorrillas de Harry sobre sus hombros, asegurándose de flexionarlas poco a poco conforme se inclinaba sobre su cuerpo para atrapar el rosáceo botón que relucía en su pectoral derecho. Su lengua presionó en contra de su pezón, palpando el relieve con una húmeda pincelada ascendente, parsimoniosa, mientras introducía los primeros tramos de su índice en el interior de Harry.


─Arráncame la ropa entonces.


Por qué alguien como Louis conservaría a alguien como Harry a su lado, era un cuestionamiento que cruzaba la mente del brujo cuando dormían juntos tras una noche de violencia en las calles; o tras una dura pelea entre las sábanas.


Pero a veces la duda volvía incluso cuando el deseo y la necesidad intentaban nublar todo en su mente, llevándolo en una nube de lujuria que buscaba apartarlo de la lógica. Era la voz de Louis, sus manos ávidas y su boca aún más feroz.


Sin restricciones fue demasiado fácil arremeter contra la ropa del arquero. Las hombreras se desgarraron en sus manos, y pronto le siguió el cuello, hasta que la ropa colgó hecha jirones de la cintura del mayor.


Sus uñas cruzaron el pecho de Louis, emulando el ardor que sintió por la intromisión, pero del que se recuperó tras unos instantes. Su cuerpo se adaptó sin renuncias, y Harry no se contuvo de usar sus piernas en los hombros ajenos como soporte para mecer la cadera y conseguir fricción del falange en su interior.


—Me estás matando, Lou —gimió cuando un espasmo viajó desde su pecho y directo a su entrepierna.


El ardor fue bienvenido también por el arquero, jadeando a medida que se adentraba más profundo en su interior, profanando la estrechez de su intimidad y hundiéndose en él hasta que sus nudillos le impidieron avanzar mucho más.


─Paciencia. ─Le pidió, dando una nueva pincelada con la lengua sobre su pezón con parsimonia y absoluta lentitud, atrapándolo después con sus dientes, tirando de él en un juego cuyo único objetivo parecía ser el de desesperarle por completo───. Voy a encargarme de ti como te lo mereces, pajarito.


Pronto, una segunda falange se deslizó junto a la primera, sintiendo la resistencia de su esfínter ante la intromisión conforme sus labios se movían hacia su otro pectoral para repetir el proceso allí, donde se dio el lujo de saborear su piel, con el deseo oscureciendo sus iris.


El aliento cálido del arquero sobre su pecho, sobre los pezones que ya estaban sensibles y torturados por sus atenciones, lo estaba enloqueciendo. Sus sentidos se dividían entre el placentero dolor punzante en su pecho, su erección que buscaba con desesperación cualquier fricción por el torso ajeno y la ardiente intromisión a su cuerpo.


—No necesito paciencia —aseguró, mientras una de sus piernas resbalaba, por el sudor que comenzaba a perlar sus cuerpos, del hombro del mayor—. Te necesito a ti.


Delineó el contorno del hombro a su disposición, el relieve de cada fuerte músculo y las venas que pulsaban entrelazadas a lo largo hasta el cuello, como un río que lo llamaba.


Paseó los dedos entre los mechones cenizos a la luz de la luna y tiró con suficiente insistencia para conseguir que los labios de Louis ahora estuvieran sobre los suyos. Lo sostuvo con firmeza, una mano en sus cabellos y la otra en el cuello del arquero, apretando apenas para sentir su pulso.


—Lo que necesito es que me tomes aquí —exigió, con voz ronca y un tono suave que reservaba sólo para Louis—. O en el piso, donde sea. Hasta que sea demasiado, hasta que te pida que te detengas, hasta que tú estés satisfecho.


─¿Hasta estar satisfecho? Eso puede tomarme más tiempo de lo que tienes pensado.


Sonrió, embelesado ante la exquisita fricción entre sus pieles; la forma en que la pierna del Harry resbalaba sobre la piel de su hombro; la forma en que sus torsos se encontraban una y otra vez en roces imprudentes y sugerentes; las hábiles manos del brujo sobre sus cabellos y su cuello, atrapándole como una trampa magnética e ineludible mientras se fundía con sus labios en un beso feroz.


Sus falanges marcaron un gentil movimiento concéntrico al interior de Harry, sintiendo cómo poco a poco su esfínter comenzaba a ceder mientras las curvaba ligeramente, en dirección hacia su vientre para tocar el punto más sensible y vulnerable en su interior. Y, sin embargo, no tenía la paciencia necesaria para prolongar mucho más lo inevitable, no cuando su virilidad se encontraba completamente erecta entre su pantalón, clamando por el celestial refugio que era el santuario entre sus piernas.


Así, finalmente removió sus dígitos para poder despojarse de su pantalón, luchando en contra del botón con movimientos erráticos, descoordinados, hasta que su miembro se vio liberado de la textil prisión y se pudo presionar en su contra, deslizándose a través del agujero en su ropa interior y frotándose con lentitud contra la suave piel de su perineo.


—Eso es lo que te ocurre cuando no me dejas arrancar eso por ti... —rió, dejando que sus piernas nuevamente descansaran sobre los hombros del arquero.


─Pídelo por favor, Harry, y voy a estar dentro de ti hasta que amanezca.


Los dedos de Louis enviaron una corriente de ardiente deseo a través de sus nervios, sobrecogiendo todo su cuerpo. Tan rápido como ocurrió, el estímulo se perdió y con un gruñido de protesta, descansó sobre el mueble, con la respiración agitada.


Ver su erección expuesta le apretó el estómago en anticipación, le hizo agua la boca y en sus ojos debía estar plasmado con claridad cada sucio pensamiento que le cruzó la mente.


—Maldita sea, Louis —jadeó encontrando los muslos ajenos para aferrarse. Los apretó, sintiendo los fuertes músculos y usándolos de soporte para generar apenas un poco más de fricción entre la virilidad que tanto deseaba para sí.


Louis.


Su Louis.


Tan suyo como Harry era de él.


—Hazlo porque te conozco mejor que nadie, Louis —aseguró, mirándolo a través de ojos empañados por la lujuria—. Porque nadie te va a complacer hasta el límite como yo —insistió, y se humedeció los labios nuevamente—. Cógeme, Louis, porque voy a morir si no lo haces.... Por favor.


Los movimientos de la cadera de Louis fueron instintivos, meciéndose hacia adelante para poder continuar deslizando la rigidez de su extensión con total descaro en contra del perineo de Harry; entre la firmeza de sus glúteos, en contra de la sensible piel de aquella zona intermedia y, desde luego, rozando también sus dídimos. Cómo hubiese deseado Louis tener el tiempo de prepararlo, de saborear cada centímetro de su piel y permitir que los oscuros matices de su intimidad inundasen su paladar con su masculina esencia, pero la premura de ambos cuerpos parecía no dar más espera, no cuando el desespero era tangible, tortuoso.


─Si me lo pides así. . . ─Susurró, permitiéndose sonreír en cuanto las dulces palabras de Harry alcanzaron sus oídos, provocando que cada fibra de su ser se estremeciese como si hubiese sido acariciada por terciopelo─. No tengo forma de negarme, ¿o sí?


Sus muslos se tensaron bajo la caricia de Harry, tomando la distancia suficiente para escupir una generosa cantidad de saliva sobre su palma que posteriormente utilizó para lubricar la entrada del menor y su propia virilidad. Apenas la suficiente para poder deslizarse en su interior con un leve empujón, sintiendo las paredes de su interior resistirse en un principio a la intromisión a medida que se hundía dentro de sí, hasta que su pelvis encajó a la perfección con los glúteos de su amante.


Y vaya si era celestial; un paraíso al alcance de sus dedos, intoxicante para su mente como un aromático jardín de rosas. Uno en el que se abandonó con gusto; uno que exploró con sus dedos, clavándolos sobre los firmes muslos de Harry para empujar aún más profundo en su interior; uno que saboreó con su boca, estampándola contra la de Harry para sentir el regusto de sus besos cosquilleando sobre la punta de su lengua; uno que aceptó en lo más profundo de su pecho, por debajo del punto en que sus pieles se rozaban.


El gruñido de protesta por la intrusión zumbó en la garganta de Harry, y sin embargo no hizo otra cosa mas que respirar profundo y ordenarle a su cuerpo a aceptar lo que Louis imponía sobre él. Porque era lo que necesitaba y anhelaba.


Sin embargo, fue cuando Louis se enterró aún más en su interior, en aquel apretón posesivo y mancillante sobre sus muslos, que toda su resistencia y control se evaporaron. .


El gemido, quebrado y sincero, era toda una declaración de entrega que fue derramada sobre los labios de Louis. Arqueó la espalda hasta que su pecho se presionó contra el de Louis. Jadeó contra la boca que era su delirio y consuelo, arañando con sus dedos la superficie del sofá mientras sentía a su querido arquero en lo bajo del vientre.


—Louis —respiró, agitado, llevando sus temblorosos dedos a su descuidada erección, tocándose lentamente—. Lo-Louis.


Echó la cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello y todo de sí.


Las súplicas de Louis eran dulces caricias para sus oídos; sus gemidos, inundaban su mente; su nombre, pronunciado una y otra vez con voz ronca; su interior, estrecho, resistiendo en menor medida su intromisión entre más se empujaba en su contra.


Estaba en un jodido paraíso.


Las palmas de Louis ascendieron una vez más por la cintura de Harry, clavándose sobre su piel y dejando rojizas estelas como testimonio de su paso sobre la perfecta estructura de los músculos que construían su abdomen. Subió por su plexo solar, hasta su pecho, y posteriormente hasta la desnuda y tentadora piel de su cuello, donde sus dedos apretaron y se ajustaron alrededor de la fibrosa y firme musculatura del mismo.


─Harry ─Susurró, ronco, mientras hacía que su espalda retrocediera antes de volver a clavarse del todo en una estocada más brusca, menos delicada, que le hizo sentir la tenue rigidez del punto sensible al interior de Harry─. Te sientes tan bien…


Su cuerpo reaccionó como un recluso, adiestrado y permisivo, al proceder ajeno; los músculos de su abdomen se contrajeron en una reacción cadena, dándole la bienvenida al ardor y presión que las uñas del arquero imponían sobre su piel.


Un jadeo quedó atrapado en su garganta cuando las manos ajenas se cerraron en torno a su cuello. Familiares, con una calculada brusquedad; cálidas, sofocando cada intento por un largo respiro; inofensivas, pero provocando que todo su cuerpo se tensara en alerta; suaves, apretando en los lugares indicados para invocar las lágrimas en los ojos de Harry.


Sintió el calor de la sangre acumularse en su rostro, pero también lo más bajo de su vientre.


Había una sensación suprema y elevada de todo aquel plano mundano, la letal certidumbre de su vida siendo sostenida por las manos de Louis.


Alzó los ojos hacia él cuando fue llamado, con la súplica y lujuria peleando en su iris. Separó los labios para pronunciar su nombre, pero aquella afilada estocada sacudió todo dentro de sí. En cambio, un vergonzoso gemido escapó de su garganta, ronco y desesperado, empujándose a través de la prisión en torno a su cuello.


Trémulas, sus manos se aferraron a las muñecas del mayor, mientras todo su cuerpo se sobreponía al espasmo provocado por aquel intenso estímulo.


Su pecho subió y bajó agitadamente, sintiendo el calor ajeno sobre piel sudada y marcada con ardor. Sus piernas resbalaron un poco de los hombros contrarios, pero hizo el esfuerzo de mantener su posición.


—Quiero hacerte... sentir bien —susurró con voz ahogada—. Hazlo como quieras, puedo tomarlo.


─Yo sé que puedes. Eso no me preocupa. ─Tras sus labios, el brillo de su sonrisa se hizo presente una vez más; orgulloso, socarrón, incluso si ligeramente tembloroso. Su rostro ladeó apenas, sintiendo todavía el peso de las piernas sobre sus hombros y plantando un camino de besos suaves que se movieron desde su pantorrilla hasta su tobillo, donde lo coronó con una mordida─. Sólo me encanta oírte pedírmelo así.


Sus dígitos ajustó con un poco más de firmeza a los costados de su cuello, sintiendo la musculatura que le daba estructura y siendo consciente de la forma en que comenzaba a obstruir su respiración poco a poco. Y, sin embargo, eso no bastó para que aflojase su agarre, no cuando verle de esa forma debajo de sí era un espectáculo digno de guardar siempre en su memoria, como el momento en que Harry reafirmaba que era suyo.


Las embestidas poco a poco cambiaron de ritmo, dejando de lado el ritmo más lento, cadente, para tornarse menos coherentes, más erráticas, en un reflejo directo de la lujuria tomando el control y decidiendo reclamarle de todas las formas en que le fuese posible. Una vez más sus labios buscó, presionando su lengua con la ajena y permitiendo que se viesen enzarzadas en una danza íntima y lasciva.


En ese punto Harry ya no era dueño de sí mismo, sus acciones, o los sonidos que escapaban de su boca. Solo tenía presente cuánto disfrutaba sentir el cuerpo de Louis moviéndose sobre él, reclamando en cada poderoso embiste; en las manos que le rodeaban el cuello, juramentadas a protegerlo, y que también eran capaces de llevarlo al cielo; en los ojos azules que le devolvían aquella mirada cargada de lujuria y entrega.

Louis no solo lo estaba reclamando, también se estaba entregando a él.

Y Harry podría ser indulgente consigo mismo y decir en su mente que, con la intención de recompensar al arquero, le regaló cada una de sus reacciones. Podría ignorar completamente el factor que implicaba cuán perdido y devastado se encontraba por cada golpe de la cadera ajena.

El cómo su boca, en los interludios de aquel húmedo y posesivo beso, dejó de simplemente proferir quejidos para en cambio entonar gemidos espontáneos e indignos. Cada golpe en su interior, cada empuje de su cuerpo contra la superficie del sofá lo hacía curvar los dedos de los pies y tener menos control sobre el temblor de sus muslos.


Sus manos encontraron lugar en la perfecta curva del trasero de su amante, asiéndose con desesperación, aún cuando sus dedos resbalaban por la superficie de la piel perlada de sudor y dejaban un camino rojizo hasta la espalda del arquero.


—Sí, sí… Louis —profirió, entre jadeos. Movió un poco la cadera y, en ese ángulo, la siguiente embestida le hizo gritar, todo su cuerpo moviéndose—. J-Justo allí, por favor.


Con el paso de los minutos Louis perdió la noción de los límites entre sus cuerpos; se habían fundido, a la perfección, en un desorden de extremidades y músculos cuyo inicio y fin el arquero había dejado de percibir.


Sus dígitos se ajustaron con un poco más de brusquedad sobre el cuello del contrario, haciendo mella justo por debajo de la angulosa y afilada estructura de su mandíbula conforme se clavaba una vez más en su interior. Su cadera le hizo entrar en el mismo ángulo que provocó que su voz se quebrase y sus muslos comenzaran a temblar; aquel que le hizo sentir lo estrecho y cálido que estaba por dentro realmente, y al final del cual podía adivinar su punto más sensible.


Empero, no tenía prisa por abandonar el paraíso tan pronto; no cuando tan sólo había probado un atisbo de la gloria contenida en sus jardines, pero había sido suficiente para que el persistente cosquilleo sobre su paladar le hiciese codiciar la totalidad de sus frutos.


El sutil revoloteo sobre la boca de su estómago le hizo saber que era momento de deslizarse fuera de Harry, tomándose un par de segundos para terminar de remover las prendas de ambos de su camino y tomarle por la cintura para obligarle a encarar el sillón. Los segundos se sintieron eternos, tortuosos, pero le sirvieron para alejarse lo suficiente del peligroso abismo del orgasmo y volver a hundirse entre sus glúteos con lentitud, con sus rodillas distanciando los muslos de Harry y su diestra tomándole por el cuello, obligándola a arquear su espalda para poder susurrar en contra de su oído.


─Quizá debimos pensar en hacer esto mucho antes, pajarito ─apuntó, socarrón, mientras clavaba sus dientes sobre el inicio de su hombro─. Lo bien que la hubiéramos pasado durante tus patrullas de saber que te sentías así de bien.


Estaba tan cerca, Louis lo había empujado tan cerca del borde del precipicio, que solo necesitaba un empujón más para dejarse caer a las profundidades del clímax.


Pero el aire llenó sus pulmones, a la vez que el incómodo vacío se volvía presente en sus entrañas. Las mismas manos que lo llevaron al precipicio, lo tomaron de la cintura y arrastraron lejos.


—¿Qué demonios, Louis...? —preguntó, aunque su interrogante se vio estrangulada por un gruñido. Louis lo llenó nuevamente con su calor, empujando contra las paredes resentidas, mezclando el placer con la agonía.


─Shhhhh ─Intentó aplacar su queja con suavidad, prolongando aquel siseo en contra de su oreja, provocador y condescendiente a partes iguales─. No preguntes. Hoy el control lo tengo yo.


Su espalda protestó con un latigazo de dolor cuando se vio forzada en aquella nueva posición, pero como el masoquista que era, ese estímulo envió un ramalazo de deseo a su entrepierna.


—Nunca... Nunca hiciste caso a mis señales —jadeó, descansando la cabeza sobre el hombro de Louis—. ¿Querías algo más explícito?


Louis se hundió en él, logrando presionar con tortuosa precisión aquel punto que le tensaba todo el cuerpo y hacía líquidos sus pensamientos.


Intentó contenerlo, pero finalmente el gemido cruzó la barrera de los dedos sobre su cuello y se materializó en un sonido impuro.


Clavó los dedos, errantes y desesperados, en la cadera ajena de un manotazo, buscando el equilibrio que el sofá -aparentemente- no podía darle.


Ladeó el rostro hasta que sus labios rozaron el lóbulo de la oreja del arquero.


—Soy un jodido puto por ti, Louis —susurró, empujando la cadera contra la pelvis contraria, su respiración un ritmo errático —. Todo este tiempo, no sabes cuánto deseaba que me cogieras justo como luchas.


Las falanges del arquero obligaron a Harry a arquear un poco más su cuello, tensando la musculatura del mismo como si se tratase de la cuerda de su arco, con la misma experticia y firmeza que, sin falla, conseguía que se doblase a su voluntad.


Sabía que su brusquedad dejaría marca sobre la pálida piel. Dioses, no solamente lo sabía; lo deseaba.


Habiéndose despojado del cuidado excesivo que había usado al comienzo, permitió que las yemas de su zurda trazaran el relieve de la musculatura de su torso; sus costados, firmes como un robusto entramado de pilares que le daban sostén a todo su cuerpo; su abdomen, marcado por el entrenamiento y finalmente su erección rígida, firme, cálida entre sus dedos cuando descendió un poco más para poder sostener sus dídimos y apretarlos entre su palma.


─Quería que te sirvieras en bandeja de plata para mí. ─Susurró en respuesta, su rostro ladeandose lo suficiente para que ambos se vieran enfrentados, con sus labios a centímetros de distancia y sus alientos confundiéndose ya en una nebulosa cálida y embriagante, como el vino caliente en una noche de invierno─. Quería verte como te tengo ahora, dispuesto a ser mío de todas las formas posibles.


El arquero aplicó un poco más de fuerza sobre su agarre, asegurándose de infligir apenas una sutil dosis de dolor sobre Harry mientras su cadera tomaba un poco de impulso para volver a hundirse por completo en su interior, en contra de aquel punto que parecía infalible a la hora de hacerle temblar. Había encontrado su paraíso; ese momento en el tiempo que nunca querría abandonar y en el que planeaba atrincherarse si era necesario; ese momento en el que sus cuerpos habían pasado a ser uno sólo, en el que sus almas parecían haberse mezclado también y en el que podía llamar los labios, y cada parte del cuerpo del menor, suyos.


La mente y el cuerpo de Harry estaban al límite. P endiendo del abismo pero sin llegar a desplomarse en el mismo.


Su mente buscaba desconectarse, y de la misma forma, enfocarse en cada detalle que hacía ese momento único. La voz de Louis; el calor de su aliento, mezclado con los caramelos que consumía todo el día; la temperatura de su cuerpo desnudo, fuerte y perlado de sudor, a su espalda; la manera en que sus manos lo manipulaban y reclamaban con posesión.


Jadeó, lleno de anticipación. La nueva estocada, afilada y certera, saturó sus nervios antes que pudiera superar el estímulo anterior, y esta vez un gemido chocó contra la boca del arquero mientras el cuerpo de Harry se retorcía.


Afianzó su agarre sobre el muslo del arquero, manteniéndolo firmemente enterrado en él, allí donde podía sentirlo en lo más bajo de su vientre y, a la vez, en todas partes.


—Vas a arruinarme, Louis —gimoteó, sin aliento, buscando a tientas con su mano libre hasta dar con las hebras cobrizas, tirando de estas para salvar la distancia entre sus bocas—. Róbame de todos los demás.


Sus palabras acariciaron los labios de Louis, justo antes de tomarlo en un beso húmedo, lento, con su boca abierta para saborear todo lo que el otro quisiera darle.


Balanceó suavemente su cuerpo, produciendo una corta pero constante fricción en el sitio donde estaban unidos, martillando en el punto sensible de Jason, haciendo que cada sonido desesperado se derramara sobre la boca de Louis.


—Joder, Harry ... Estoy a pun ... ─Sus palabras no consiguieron terminar de materializarse, interrumpidas por un ronco y quebradizo jadeo que anunció el cálido estallido del orgasmo derramándose finalmente dentro de Harry─. Joder ... Joder, joder, joder.


Repitió una y otra vez, manteniéndose profundamente clavado en el santuario que era su entrada mientras sus labios volvían a besarle en un frenesí que era dulce y posesivo a partes iguales. Soltando finalmente su escroto, sus dedos se envolvieron alrededor de la virilidad de Harry, sintiéndole cálido bajo su tacto mientras comenzaba a acariciarle con rítmicos movimientos de su muñeca; estaba lejos de ser el final de su noche, pero quería escucharlo, sentirlo, saber que era, de alguna manera, digno de complacer de la misma forma.


—Vamos, Haz ─ordenó, como un susurro gentil en contra de sus labios mientras su pelvis se movía lentamente, aún sin detenerse del todo, pero cuidadosa con la hipersensibilidad de su propio miembro─, córrete para mí.


Sentir a Louis correrse en su interior fue sublime. Percibir la tensión de sus músculos tras él, el quiebre de su voz y la certidumbre de haber sido él quien lo ayudó a llegar a la cumbre de la satisfacción, la gloria misma.


Recibió de nueva cuenta su beso, reclamando para sí sus jadeos de placer, y ahogando los propios cuando la mano de Roy comenzó a bombear su virilidad. Tomó la mano que había marcado surcos en su cuello, y entrelazó sus dedos juntos sobre su pecho mientras sentía el nudo en su vientre volverse líquido y luego estallar en la liberación que tanto había anhelado.


Su visión se perdió unos segundos, segundos agónicos donde el placer saturó sus sentidos, removiendo su cuerpo en espasmos que únicamente eran retenidos por el sostén que le proporcionaba Louis. Se sintió demasiado estrecho a su alrededor, incapaz de percibir cualquier otra cosa, incluso la manera en que el nombre del arquero había surgido en un desesperado gemido.


Apoyó su palma libre en el respaldo del sofá, tembloroso, aún con la mano de Louis entrelazada con la suya en su abdomen. Su aliento era errático, su orgasmo ahora manchaba la fábrica del respaldo y se sentía demasiado sensible en cada sitio donde Louis lo tocaba.


—Joder, Louis… —exhaló, buscando los ojos ajenos, dejando un beso desordenado y perezoso sobre la mandíbula del arquero—. Eso fue tan bueno —admitió, incapaz de usar su sarcasmo usual, demasiado embelesado en aquella nube de satisfacción que aún colgaba alrededor de ellos.


─Joder. Tú lo dijiste. ─Susurró Louis, cuyos movimientos habían decaído a un ritmo más sutil, casi imperceptible; y sus piernas rígidas, enredadas con las propias en aquella posición sugerente que hacía la sangre de Louis hervir como si se tratase de oro líquido en una caldera.


Su voz, generalmente suave como la seda, había sido teñida por los oscuros y roncos matices que no eran más que secuelas de su propio orgasmo; su mente ofuscada por su esencia y el placer, embriagada en la idea de pertenencia que surgía de tenerle de esa forma, completamente clavado en su interior y con sus respiraciones a centímetros de fundirse en una sóla.


─ ¿Puedo quedarme aquí? —preguntó, moviendo su pelvis apenas un poco, aún sensible por el clímax, pero sin intención alguna de salir de su interior. Por el contrario, sus labios pronto se movieron hacia sus escápulas, trazando un húmedo camino de besos que ascendió hasta su nuca y se hundió entre sus cabellos, perdiéndose entre los pardos y desordenados mechones que poblaban su cabeza─. Me encanta como te sientes.


Se había mantenido unos instantes en silencio, tan sólo respirando y sobrellevando la carga de sensaciones que sometía a su cuerpo.


Pero los labios de Louis lo devolvieron a la realidad, arrancando sus pensamientos de aquella nebulosa.


—No puedes irte —decidió, inclinando la cabeza para darle espacio a su boca, con un suave gemido producido por el movimiento de su cadera—. No hasta que te asegures que voy a sentirte luego cada vez que camine, corra y salte.


Tomó una de las manos de Louis y la llevó a sus labios. Besó las yemas de sus dedos, las humedeció con la punta de su lengua, y succionó cuando atrapó los dedos entre sus labios.


Luego dejó que se deslizaran fuera, resbalando por su barbilla, haciendo que se envolvieran nuevamente en torno a su cuello.


—Y sobre todo, quiero sentirte cada vez que tome asiento —añadió, moviendose hasta encontrar la mirada ajena—. La habitación está muy lejos, Lou. Pero puedes hundirme el rostro sobre la alfombra, arqueando la espalda para ti. Claro... si tus rodillas pueden soportar algo de ardor.


─Eso puede tomar un par de horas, pajarito. ¿No será demasiado para ti?


Incluso con la pregunta pendiendo en el aire, el arquero se removió para poder deslizarse fuera del interior de Harry y empujarlo fuera del sillón.


Se habían conocido en una noche igual de solitaria y oscura.


No tenía mucho tiempo de haberse asentado en ese pueblo con su aquelarre y parecía que pronto marcharía a otro sitio junto a los demás. Los rumores de ciertas apariciones de una criatura extraña llevaron al aquelarre hasta ese aburrido pueblucho donde apenas ocurría algo y sólo se podía acudir a un mercado en la plaza principal para tener algo de vida social. Algunos pueblerinos vendían pescado, otros vendían verduras de sus huertas. Los granjeros llevaban a sus gallinas sucias y vendían los productos de sus animales domésticos. Un par de hombres vendían piezas de carne o animales completos que seguramente habían cazado hacía pocas horas. El aquelarre supo integrarse rápidamente, vendiendo brebajes, hierbas y piezas de artesanía.


Harry era un maestro orfebre, pero no tenía la paciencia para vender nada, prefería pasear. Así que dejaba sus joyas a Tabitha o Leo y se perdía entre las calles del pueblo por el resto del día.


Por la noche, iba al espeso bosque que rodeaba el pueblo. Seguía el camino del río y fingía que cumplía con su labor de conseguir la búsqueda del aquelarre.


Una de aquellas solitarias noches encontró a Louis. Cerca del castillo abandonado que todos en el pueblo evitaban, incluso maldecían, porque cuchicheaban que sus antiguos ocupantes invocaron al diablo dentro de esas paredes de piedra. Le escuchó a pesar de la lluvia torrencial que azotaba el bosque. Le escuchó sufrir y quejarse, con alaridos animales y gritos humanos. Le vio convertirse en humano desde la figura de un gigantesco lobo.


Sus ojos lo reconocieron como el cazador que vendía animales en la plaza.


Peor aún, lo reconoció como la presa de su aquelarre.


Harry podía tener la marca del aquelarre en su piel. Podía estar condenado a considerarlos su nueva familia. Pero sabía dónde estaba su lealtad. Sabía a quién prefería dársela y, cuando los ojos azules de Louis lo observaron con aprensión y ausentes de violencia, supo que deseaba dársela a él.


Desde esa noche se convirtió en un traidor encubierto.


Las décadas de experiencia le dieron suficiente conocimiento de los mortales al aquelarre para saber todo lo que necesitaban hacer para evitar una cacería de brujas.


Nunca llegaban juntos a sus objetivos, sino que paulatinamente acudían en grupos pequeños como viajeros o nuevos integrantes que se veían atraídos a adquirir una propiedad cuando el clima era agradable o las cosechas estaban en su mejor momento.


Permanecían una estación o dos, infiltrándose hasta los cimientos, hasta dar con más miembros potenciales para su aquelarre o encontrando a la criatura mágica que sacrificaría la líder para asegurar la inmortalidad del grupo.


Dos estaciones habían transcurrido. El otoño estaba tiñendo todo a su paso y con ello no se marchitaban sólo las hojas, sino la paciencia de Minerva. La suprema no estaba acostumbrada a trabajar fuera de sus planes. Que el licántropo que buscaban se estuviera escondiendo en sus narices ya la tenía furiosa, tanto que ya no era posible disimularlo.


Harry tenía que escucharla discutir con Silas, su amante, exigiendo una y otra vez que tenía que organizar mejores rondas de búsqueda. Que debía exigirle más al aquelarre. De lo contrario estarían perdidos. El demonio que pactó con la suprema quería un licántropo. Quería la esencia que los llevó hasta ese lugar.


Las quejas también iban hacia él, normalmente cuando Silas estaba fuera. Después de todo para el pueblo era el hijo de ambos. Tenía que vivir junto a los malditos que le arrebataron su vida y dignidad.


Harry hubiera preferido jamás saber sobre su poder como brujo. Pero era innegablemente talentoso y, junto a sus conocimientos de orfebrería, era un maestro en crear cualquier tipo de amuleto. Era una de sus joyas las que protegía la identidad de Louis de las constantes búsquedas de Minerva y Silas.


Cada cierto tiempo debía alimentar el poder de la joya con su propia sangre. Era un proceso agotador y le hacía sentir enfermo por días.


Pero valía la pena por cada noche que estaba en los brazos del arquero.


Por cada confesión de amor que le susurraba.


Por cada promesa que se hacían de escapar juntos.



Una tarde regresó de sus paseos más temprano. Con las manos ocultas en los bolsillos de su abrigo, anduvo sin prisa por las aceras hasta ver a lo lejos la plaza del pueblo. El frío le quemaba las mejillas en cada silbante ventisca y decidió que a pesar de su constante anhelo por estar cerca de Louis, ese día no saldría al bosque por la noche.


Era preferible aprovechar la nube de esa noche para reforzar la protección de Louis.


Observó hasta el puesto de ventas de joyas y artesanías, encontrando que sólo Tabitha se encontraba ese día recogiendo la mercancía. Saludó a la muchacha desde la distancia, alzando su mano y sacudiendo apenas la palma. Por un momento consideró acercarse y preguntarle por Leo, pero lo descartó y prefirió volver a casa. Minerva y Silas salieron temprano en su propia operación de cacería, así que tenía la casona para él.


Entró a la vivienda sin inmutarse por el sitio donde cayó el abrigo. Chasqueó los dedos para encender la chimenea del lugar y entrar en calor. Subió las escaleras con pereza y giró hasta su habitación. De manera automática buscó el cofre que guardaba bajo una de las tablas sueltas del piso y rebuscó entre su colección de joyas.


La tranquilidad que había tenido hasta ese momento se drenó rápidamente de su cuerpo a medida que comprendía la joya que le hacía falta. Tiró el cofre sobre la alfombra y examinó con desesperación cada anillo, arete y collar que tenía en su posesión, sin encontrar…


—¿Perdiste algo, Harry?


Leo estaba de pie en el umbral de su habitación. Entre sus dedos se balanceaba el collar gemelo del amuleto que Louis llevaba consigo.


—Ese es mi colgante —susurró Harry, enderezándose lentamente bajo la mirada inquisidora de Leo—. ¿Entraste a mi habitación? Te entrego joyas todos los días y decides robar justo una de mi cofre personal…


—No robé nada. Debió ser un descuido, este talismán apareció en la bolsa de cuero que nos entregaste.

¿Cómo pudo ser tan estúpido? De todos los brujos con los que podía descuidarse, justo tuvo que hacerlo con Leo, el espía. Debió ser por la mañana, cuando estaba demasiado cansado para conectar dos pensamientos.


—No es un talismán, es una baratija.


—Una baratija valiosa. Tiene tu magia impregnada.


—Es un experimento —Encogió los hombros Harry, pero seguía sin perder de vista la joya y la manera en que Leo jugueteaba con ella—. Dámela.


—Un experimento exitoso —dijo Leo, bufando con cierta molestia—. Lo lograste.


La sangre en las venas de Harry se heló, sintió que el corazón se le estrujaba en el pecho.


—¿Logré qué?


—Encontrar al licántropo. Te lo tenías bien guardado, lo rastreamos con esto… Querías toda la gloria para ti, ¿no?


Harry se levantó rápidamente, Le arrebató la joya a Leo de un manotazo y lo empujó fuera de su camino. Apretó el collar entre sus dedos buscando una señal del estado de Louis y el silencio le hizo jadear.


—Yo no quería…


Leo rió tras de él, no lo dejó terminar y en cambio abrazó a Harry desde atrás.


—Tranquilo —Susurró, besándole la mejilla—. Le dije a Minerva que era cosa de ambos.


Desesperado, corrió hasta el lindero del bosque a pesar del dolor en sus muñecas, la viscosidad en su piel y la suciedad de sus ropas. Temió que fuese demasiado tarde cuando se percató que el hechizo de Minerva había puesto a todo el pueblo a dormir. Nadie habría escuchado la lucha de Louis mientras lo arrastraban fuera de su hogar.


Un relámpago cruzó el cielo iluminando todo con una luz siniestra y aterrizó en la fogata donde pretendían quemar a Louis. Todos estaban reunidos allí con sus vestimentas ceremoniales, rodeando a Louis que se encontraba atado por cadenas de plata que le consumían la piel.


—¡Harry! —Minerva estaba borracha de euforia y satisfacción, en aquella etapa previa a la invocación del demonio que servía—. Ven… ¡Ven a celebrar con nosotros!


Algunos imitaron el gesto de Minerva, con sus palmas abiertas hacia Harry, pero otros lo miraron con recelo, tal como Silas, que se acercó con hostilidad a él.


—¿Qué hiciste, mocoso? —gruñó Silas, tomando a Harry del brazo—. ¿De quién es la sangre?


Harry observó la mano enguantada de aquel hombre. Recordó lo que le hizo junto a Minerva la noche que lo reclamaron para el aquelarre. Odió saber que aún era capaz de ver a través de él. Y ese resentimiento avivó el veneno en sus venas.


—De Leo —respondió Harry, sonriendo ampliamente al otro brujo—. La sangre es de Leo. Yo también hice un ritual hoy, y no te imaginas quién respondió a mí.


Minerva jadeó al mismo tiempo que Tabitha sollozó, el resto del aquelarre se puso a la defensiva cuando Silas se apartó de Harry de un empujón, pero aún así Harry continuó sonriendo cuando mostró sus manos, por las que aún corría sangre entre sus dedos.


—Firmé el libro de Belial.


Apenas mencionó aquel nombre las criaturas infernales surgieron de la tierra. Sabuesos, coyotes, arpías. Fieras que sólo habían oído en cuentos y leído en algunos libros de la sombra.


Atacaron a todos en medio de una sinfonía de gritos, maldiciones y llanto. El aquelarre dio batalla, la tierra se estaba alimentando esa noche por carne infernal y la sangre de los hijos de circe. Pero las criaturas infernales eran más y no desaparecían o menguaban a diferencia de los brujos y brujas del aquelarre.


Mientras avanzaba hacia Louis, inmune a la lucha y la carnicería, vio a una arpía alimentarse de los pulmones de Ezra, el botánico. También desvió la mirada cuando escuchó la columna de Finn romperse cuando dos sabuesos lo destrozaron en busca de sus órganos blandos. Mila gritó mientras los coyotes la perseguían. Asher prefirió lanzarse al fuego que caer en las fauces de las bestias. Minerva y Silas luchaban ferozmente, pero no fue suficiente, especialmente porque no lograron completar el ritual.


Porque Louis estaba vivo.


Louis lo observó desde el suelo, de rodillas, jadeando por el dolor, temblando por el frío y las quemaduras en su piel. En sus ojos había una combinación de horror y alivio. Reconociendo que Harry lo había salvado pero a un costo demasiado alto.


—Harry…. —sollozó, justo cuando el brujo comenzó a desprender las cadenas de su piel chamuscada.


—Shhh… Aquí estoy —Le alivió por encima de los gritos de agonía de Minerva—. Pronto todo acabará. Te llevaré al castillo, te curaré.


Louis se desplomó sobre él, y Harry lo acunó en su regazo, acariciándole el cabello.


—Aparecerá de nuevo —gimoteó Louis, delirante de fiebre—. Otro aquelarre, otro sacrificio.


—Deja que aparezcan, mi amor —canturreó Harry, besando los nudillos despellejados de Louis. Luego presionó la mano del licántropo contra su mejilla—. Y se los entregaré a Belial como hice con estos. Lo haré una y otra vez por ti. Todas las veces que sean necesarias. Porque nunca dejaremos de ser las presas hasta que matemos al último cazador.