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Aun cuando habíamos oído rumores sobre cuán poderosos son los jefes en los círculos superiores, verlos actuar es un espectáculo al cual las palabras no pueden hacerle justicia. Reconocemos que al principio nos desilusionamos mucho por su apariencia tan ordinaria; pero les ha bastado chasquear los dedos para iniciar la tormenta más impresionante que hemos presenciado, y eso tomando en consideración que estamos encargados de monitorear el clima en el reino terrestre. Por ello, no comprendemos la impasibilidad de este hombre ante semejante muestra de potencia, ni al revelarle su verdadera identidad (la cual todavía no aceptamos, aun sabiendo que es presuntuoso de nuestra parte poner en duda el dicho de entes cuasi supremos). O tal vez sea nuestro desagrado porque se ha negado a darnos la mano (un pecado encarnado no deja de ser un humano), con una soberbia que no debería pertenecerle. Máxime cuando ha tomado tanto tiempo explicarle lo que se requiere de él y la necesidad de nuestro testimonio. Razón por la cual hemos preferido bajar a la calle y esperar aquí a nuestro segundo objeto de observación.
Aunque esta torpeza nos resulta más entendible al ver que ningún humano se ha percatado de que la tormenta ya se prolongó por dos horas, obligándolos a permanecer en sus casas, oficinas o plazas comerciales. Por lo menos una persona debió acercarse a la ventana e intrigarse por la nube que se extiende más allá del horizonte. Pero tal vez no pueda pensarlo, pues la cortina de agua impide ver más allá de dos metros. Incluso sabiendo el origen del evento, nos es increíble que en esta ciudad, donde un centímetro de lluvia es suficiente para desbordar las alcantarillas e inutilizar la red eléctrica, el drenaje ha desalojado esta inmensidad de agua y la luz no se ha cortado ni un segundo. Aun así, se logró vaciar estas calles que estaban atestadas antes del diluvio y entretener a la gente doquiera se encontraba al momento.
Lo que de plano raya en lo inverosímil es que nadie haya protestado por la pésima programación televisiva de este domingo, llena de basura peor a la habitual: aburridos partidos de futbol en los que ambos equipos se han dedicado a pasear el balón alrededor de la media cancha sin intentar un pase al área rival; películas lacrimógenas que no duraron una semana en cartelera y no se han vendido desde su lanzamiento en DVD; burdas series de comedia que no produjeron una risa en los actores, los guionistas ni las maquillistas, y no hacen reír a los televidentes; paneles de expertos debatiendo sobre temas que ni ellos encuentran interesantes y cuyas argumentaciones nos hacen dudar de la legitimidad de sus grados académicos; programas de antaño, de por sí repetidos hasta el hartazgo, los cuales desmienten aquella frase manida de que todo tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, todos ven sin chistar esta bazofia o una similar en los cines, o soportan los malos modos de los vendedores, o aceptan un cuarto o quinto café para continuar la sobremesa con una familia a la que se sacó a pasear para no estar encerrado con ella en casa.
Si bien ya sabemos todo lo que es pertinente conocer de él, todavía nos intriga ese hombre parado en el borde del techo de la iglesia principal. La lluvia no nos permite ver las luces del semáforo donde estamos recargados, y aun así podemos verlo con claridad, incluso más cerca de lo que en realidad está, como si las leyes de la perspectiva se hubieran trastocado junto con las climáticas. Sobre todo, nos inquieta su inmovilidad, la cual nos parece imposible en un ser vivo, árboles incluidos. Tiene la cabeza agachada, y no podemos decir si mira el piso del atrio o sus pies, porque el agua le ha hecho escurrir el cabello de manera tal que su rostro se oculta por completo. Si a esto le sumamos la gabardina negra, su imagen nos hace pensar en los cuervos de las viejas leyendas británicas: al contrario de las gárgolas y demás decoraciones, su figura nos resulta ominosa de una forma anímica, cuasi espiritual, no porque sea grotesca en sí.
Con mucho de retraso, vemos acercarse al segundo hombre que nos ordenaron seguir. Atraviesa la plaza central, aferrando con ambas manos un paraguas que, por lo menos desde dos cuadras atrás, ya no sirve para maldita cosa (dicho sea con perdón de la expresión). Se detiene en la esquina a mirar a ambos lados de la avenida. Precaución inútil: hace más de hora y media que no pasa un automóvil por aquí, y tampoco pudo cruzarse con alguno en su trayecto. No sabe disfrazar la desesperación que siente, más notoria cuando pasa junto a nosotros sin notar nuestra presencia, tal como se nos dijo que sucedería. Al llegar a la entrada del atrio, se detiene para mirar en todas las direcciones, hasta que algo le hace voltear hacia arriba. Habría sido bueno que nos concedieran poderes telepáticos, para leer su pensamiento al descubrir al hombre en el techo. Parece que a este también le intriga el hombre en la acera. Se observan por un par de minutos, hasta que un trueno muy cercano hace estremecer al del paraguas; al parecer, le recordó que tiene un encargo, pues retoma su paso apurado. Cruza la calle y entra en la farmacia de esa esquina. Cuando buscamos de nuevo al hombre en la iglesia, ya no está en su sitio.
El del paraguas sale del local cargando lo mejor que puede una bolsa de lona. Es voluminosa aunque no demasiado, y aun así no entendemos por qué le llevó tanto tiempo hacer la compra: incluso un medicamento muy raro, de esos que se tienen en bodega y no en los anaqueles a la vista, no justifica la tardanza. El del techo se topa con él justo en la entrada del atrio, y por segunda vez se observan con incredulidad, como si no fuera posible que hubiera alguien igual de loco que ellos para atreverse a salir bajo semejante diluvio. No cruzan palabra, pero cuando los dos dan un paso en la misma dirección, el del paraguas se vuelve a mirar al otro y da un brinco receloso a su izquierda. El del techo nos mira de soslayo, y le hacemos una seña para indicarle que debemos seguir a ambos. El segundo hombre tarda alrededor de medio minuto en recuperar la compostura, y cuando determina que van por el mismo rumbo, lo alcanza y le ofrece compartir el paraguas. El del techo mira en qué condición está el objeto y suelta una carcajada. Lo rechaza diciendo que no le molesta mojarse. A su reciente acompañante le basta una mirada rápida para convencerse de que no miente.
Atraviesan la plaza en silencio, y en las dos cuadras siguientes, el hombre del paraguas intenta varias veces de hacer plática, pero el del techo al parecer piensa que esa cháchara no amerita más que respuestas cortas de tres monosílabos. Es evidente que el del paraguas se muere porque le pregunten qué lleva en la bolsa, mientras que el del techo preferiría pensar en absoluto silencio.
Se detienen al mismo tiempo en la puerta de un edificio. El del paraguas pone su cara de sorprendido más graciosa hasta ahora, como si su razón se hubiera cansado de tratar de hallarle sentido a todo esto. Al verlo, el del techo saca un llavero y abre la puerta, sosteniéndosela al otro.
—Permítame, vecino, usted viene cargado.
El del paraguas entra sin mirar al del techo, y le agradece apenas cuando los dos ya entraron. (Hemos tenido que pegar un brinco, pues el del techo no nos extendió la misma cortesía.) Cosa curiosa, ninguno de los dos se percata de que la tormenta acaba de cesar de improviso.
—Hace años que vivo en este edificio y nunca lo había visto —dice el del paraguas, cuando su mente se espabila mientras suben la escalera.
—Me mudé hace poco. No salgo mucho; tal vez por eso no nos hemos topado.
—¡Qué raro! El único departamento desocupado era el que está frente al mío.
El hombre del paraguas deja de ascender. (Si hubiéramos aguzado el oído, habríamos oído el momento exacto en que su cerebro de plano estalló.) El del techo se percata de esto, y se vuelve para decirle al otro, con un tono seco pero cortés:
—¿Le parece bien si dejamos las presentaciones para otro día? Me urge darme un baño caliente, y me imagino que a usted también. Pero podemos tomar una taza de té, en su departamento o el mío, no tengo inconveniente. Mañana, tal vez, o cualquier día que nos topemos en el rellano.
Dicho esto, continúa subiendo. El del paraguas tarda de nuevo medio minuto en reaccionar, pero lo sigue apurado, para aceptarle la invitación. Solo alcanzamos a ver la espalda del hombre del techo cuando entra en su hogar, sin molestarse en despedirse. El del paraguas se queda un rato viendo la puerta del apartamento de enfrente, y como deja abierta la del suyo, aprovechamos para escabullirnos, pues no estamos seguros de que le seamos intangibles en la misma medida que invisibles.
Adentro, conectamos nuestra tablet con las cámaras instaladas en el hogar del hombre del techo. Tal como se lo dijo al otro, acaba de entrar en su baño y se da una ducha de cinco minutos. Después de secarse, toma la gabardina que está en el suelo, la cuelga del tubo de la cortina y saca de ella una bolsa de plástico con cierre hermético.
El hombre del paraguas aún decide si vale la pena sacudir un objeto en tan mal estado, cuando su esposa le pregunta a gritos desde la recámara por qué ha demorado tanto. Por su gesto, entendemos que es la pregunta más estúpida que le pudieron hacer. Se acerca a la mesa de la cocina y saca el contenido de la bolsa de lona: dos paquetes de pañales y un bote de fórmula láctea. (Si bien sabíamos que lo encontraríamos en la calle, es inconcebible que haya salido por esa bobada.) Su mujer no ha dado un paso dentro de la cocina cuando le ordena que se dé un baño, y también que no deje charcos por toda la casa. (“Apartamento, señora, apartamento”, pensamos.)
El hombre del techo se prepara una taza de té y se sienta en la sala a revisar el contenido de la bolsa de plástico. No podemos distinguirlas con claridad, pero se trata de seis fotografías, cada una acompañada por dos hojas de papel. Analiza cada una de las imágenes y documentos. Se levanta para servirse una segunda taza de té y, todavía en la cocina, se acerca a una de las cámaras y nos dice, sacudiendo las fotos y papeles:
—¿Es en serio? Armaron todo ese relajo para entregarme esto, ¿y no pudieron hacerlo en una USB? Se nota que la tecnología humana no es lo suyo, o si no sabrían que así no se oculta una cámara.
(Aceptamos nuestra culpa por lo segundo, pero ¿por qué achacarnos lo primero? No tuvimos nada que ver con eso. Aunque sí le concedemos la razón: la USB era más práctica. Si se nos permite, esto es el problema de que los superiores dependan tanto de su omnipotencia, como habremos de explicarlo en un análisis anexo, llegado el momento.)
El hombre del paraguas se desnuda con lentitud, como si la ropa empapada fuese piel muerta que le doliera arrancarse. Se mete en la ducha y abre el agua caliente; da un brinco hacia atrás y suelta un chillido; evita el chorro de agua y tarda un minuto en regular la temperatura. Se enjabona con tranquilidad, cuando oímos a su esposa gritarle que se bañe bien. (Nos preguntamos si habremos cometido un error y, en vez de su pareja, se trata de su madre.) Él disfruta del agua tibia, y parece que quiere alargar su ducha el mayor tiempo posible. De nuevo, le ordenan que no desperdicie el gas. Suspira de resignación y, mientras cierra las llaves, nos da la impresión de que quiere darse de topes contra la pared. Se seca con calma, primero la cabeza, luego los brazos, las axilas, el torso por el frente, también por la... y otra vez la voz del otro lado de la puerta, apurándolo para que se tome el chocolate que le acaban de preparar antes de que haga nata.
—Chocolate... Claro, como no soy intolerante a la lactosa. Pero juro que uno de estos días, uno de estos días...
Y hace un ademán que no deja lugar a dudas de lo que le gustaría hacer uno de estos días.