By Your Side, OS Omegaverse Larry Stylinson

Summary

Muchas veces las apariencias engañan. Otras, debemos ocultarnos. Una historia de un alfa y un omega enamorados, así de simple. OS, corto, muy corto. Sin smut.

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Tú, mi soporte



—¡Esto es inaceptable! —Gritó golpeando la mesa, y haciéndolos a todos temblar. —¿Cómo es posible, que aquí, en el mismo lugar donde ayudamos a los alumnos a estudiar tranquilos, ocurrieran dos casos de acoso a secretarias omegas? ¡Dos! Y lo peor, es que no les bastó humillarlas y quedarse callados, sino que, además, ¡las despidieron sin avisarme! —Estaba realmente enojado, los gritos se escuchaban hasta el primer piso. Menos mal que ocultaba su aroma con excelentes supresores, si no, estaba seguro que toda la ciudad olería a él. —Espero sus cartas de renuncia en máximo, 15 minutos.

Los diez integrantes del Consejo Directivo estaban pálidos, sudando frío y sus aromas avinagrados eran realmente apestosos.

—Pero señor... —Intentó el mayor de todos.

—Nada de peros, —interrumpió. —Son una vergüenza, han puesto toda nuestra reputación en juego, no solo en esta universidad, también en las otras dos. Además, dañaron a la señorita Price y a la señorita Foster, que siempre han sido excelentes profesionales”

Todos los presentes se levantaron apesadumbrados. Jamás imaginaron que un simple acoso sería motivo para tanto escándalo.

Una vez solo en su oficina, intentó calmarse mirando por la ventana el hermoso paisaje frente a sus ojos. Estaba en un cuarto piso, y al frente de un bellísimo parque, donde podía ver a los árboles meciéndose al compás del viento y a la gente que caminaba sin prisas, o simplemente se acostaba a leer.

Le había costado mucho llegar hasta donde estaba. Años de estudios, de preparación, de tener que dejar de lado momentos familiares, con amigos. Fue imposible pensar en una pareja, no hubiese tenido tiempo. Ahora sonreía; pese a los problemas, podía considerarse un hombre feliz.

Era el dueño y rector de tres universidades en distintas ciudades: Bristol, Exeter y donde se encuentra ahora, Portsmouth. Podría haber tenido una en Londres, o en otra de las ciudades más grandes, pero su objetivo era llegar a los lugares más lejanos, donde increíblemente el maltrato a los y las omegas era algo común. En sus universidades, había un control estricto y protocolos rigurosos, no se admitía ningún tipo de aprovechamiento entre los alumnos, y menos aún, con los profesores y administrativos. Fueron años de pelear por los derechos de los y las omegas, no iba a permitir que la gente que debía ser de su confianza, tuviera tales comportamientos. En cada universidad, había un consejo encargado de mantener todo en orden cuando él viajaba, necesitaba que sostuvieran las premisas del respeto, y con lo que había sucedido, empezó a dudar de si estaba con la gente correcta a su alrededor.

Lo más urgente era formar un nuevo equipo de trabajo. Llamó por la extensión a su asistente, que trabaja en una oficina al frente de la suya.

—¿Puedes venir, por favor?

—En un minuto estoy ahí señor Styles, ¿le llevo un té?

—Sí, gracias.

Se sentó en su cómoda silla, y comenzó a girar, despacio, casi como si fuera un columpio. Su cabeza había empezado a doler, le latía la sien, se sentía agotado, y apenas eran las diez de la mañana, de un día lunes. Se soltó el pelo, que llevaba en una pequeña coleta, y se quitó los lentes. Daría cualquier cosa por estar en su habitación, preferentemente desnudo, después de una ducha caliente con su novio enjabonándolo. Pero eso estaba muy lejos de suceder, necesitaba resolver todo ese mismo día, porque el miércoles debía estar en Bristol para revisar que todo estuviera en orden.

Estaba perdido, con los ojos cerrados, cuando sintió dos golpes suaves en la puerta.

—Adelante.

—Perdón por la demora señor Styles, le traje unas pastillas para el dolor de cabeza, agua, y su té con azúcar, —dijo el asistente, colocando una bandeja en el escritorio y sonriendo. Lo conocía demasiado bien, y solo por su voz, podía identificar su estado de ánimo.

—Gracias, —dijo sin mirarlo, le costaba abrir los ojos. —¿Tengo más reuniones ahora?

—Sí, en veinte minutos, con el director general de bachillerato, dijo que era urgente. A las doce, tiene que dar el discurso de motivación en el auditorio, y a las dos, un almuerzo con el señor Brown, quien lleva la auditoría de la universidad de Exeter.

Mientras hablaba su asistente, más se iba enterrando en su silla. Una profunda arruga apareció en su frente, y su cara parecía más tensa de lo normal.

—¿Pudiste comunicarte con la señorita Price y la señorita Foster?

—Sí señor, mañana se reintegran a su trabajo, estaban muy agradecidas con usted, —contó con la voz muy baja, casi susurrando. —Tome sus pastillas, se va a sentir mejor. ¿Quiere que le consiga un trozo de pastel? —Preguntó amorosamente.

Harry sonrió, pero negó con la cabeza.

—¿A qué hora debo estar en Bristol?

—A las tres de la tarde. El auto ya está preparado, solo falta recoger de la tintorería cuatro de sus trajes.

Asintió mientras pasaba las pastillas con agua, y luego bebía de una vez la azucarada bebida.

—El discurso, ¿lo tienes impreso? No quiero ver el teléfono.

—Por supuesto, está en la carpeta roja a su izquierda.

—No sé qué haría sin ti.

Una mirada difícil de explicar pasó por un par de segundos entre ellos, casi acariciándolos.

—¿Necesita algo más?

—No, gracias. Ah, sí, hay que enviarle un arreglo floral a mi hermana, por su cumpleaños.

—Lo recibió hace quince minutos, junto con una preciosa pulsera.

—Ya vete, me da vergüenza ser un inútil, pareciera que no sé ni donde estoy parado.

El asistente solo rió.

—Llámeme por cualquier cosa, estaré trabajando en los papeles de la universidad de Exeter. Permiso.

Harry lo vio salir, y cerró los ojos. Empezaba a sentirse mejor, y se arrepentía de no haber pedido algo dulce. Cuando empezó a buscar una de sus libretas, vio un perfecto pastel de cerezas mirándolo coquetamente, y se le hizo agua la boca. Nunca sabía cómo lograba su asistente hacer esos movimientos frente a sus ojos, parecía magia. Una pequeña cuchara, de su colección, estaba reluciente al lado del pastel. Lo devoró de cuatro mordidas y parecía que el día volvía a empezar.

La reunión con el director del bachillerato solo le trajo más malas noticias. Se había descubierto que tres profesores mantenían algún tipo de relación con omegas, que justamente tenían las calificaciones más bajas. Se había suspendido a todos los involucrados, que esperaban una cita para saber qué pasaría con ellos. Agradeció la confianza, y llamó a su asistente para que coordinara una reunión, ojalá para ese mismo día.

Abrió su mail y envió algunas indicaciones a su asistente. Luego pensó que lo estaba recargando demasiado de trabajo, y recordó todos las veces que intentó buscar una secretaria, para las cosas más sencillas, mientras le dejaba a él lo más privado, pero solo recibió amenazas y malas caras. Su asistente le repetía siempre que era capaz de eso y más, así que simplemente le cree.

Terminó de enviar lo necesario, y tomó la carpeta con el discurso. Lo repasó un par de veces, y se levantó. Buscó su chaqueta para colocársela y se dio cuenta de que se había sentado encima, por lo que estaba toda arrugada. Parecía que ese día no terminaría nunca. Suspiró pesadamente y caminó hasta un pequeño closet que tenía en el baño y donde tenía ropa de cambio, camisas, corbatas, chaquetas, zapatos. Incluso abrigos, paraguas, un maletín de repuesto y ropa interior. Todo organizado por su asistente. Literalmente, podría morir sin él.

Se cambió de ropa, se lavó la cara y volvió a acomodar su pelo, arregló su corbata frente al espejo, y salió hacia el auditorio. Además de dar su discurso, les dejó unas palabras sobre los últimos acontecimientos y les pidió, encarecidamente, reportar cualquier conducta irrespetuosa porque era para su propio bienestar. En el camino de vuelta a su oficina, recibió demasiados cumplidos de los estudiantes más jóvenes, que no sabían que él estaba completa y absolutamente enamorado de su novio desde hace tres años, siendo, además, muy felices.

Pasaban de la una de la tarde, y sabía que su asistente estaba almorzando, seguramente en su oficina, aunque le había pedido mil veces que saliera como todos los demás, pero al parecer, estaba más cómodo en su lugar y así, decía, podía ayudarlo en caso necesario.

Volvió a su oficina, y revisó nuevamente algunos mails, reenviando la mayoría a su asistente. Una media hora después volvió a arreglarse para salir al almuerzo. Antes de irse, pasó por la oficina al frente de la suya. Golpeó dos veces suavemente, y se asomó.

—Ya me voy, ¿pudiste concretar la reunión con los profesores y estudiantes?

—Sí, a las cuatro con los estudiantes y a las cuatro y media con los profesores. ¿Lleva su celular? ¿Necesita que lo acompañe?

—Lo llevo, y no te preocupes. Estaré en el restaurant de la esquina, ¿recuerdas?

—Por supuesto, yo hice la reserva.

—Eso imaginé, —dijo riendo. —Te aviso apenas llegue, hay que revisar los estatutos y todos esos papeles.

—Sí señor, adelantaré algo por mientras.

Una vez más, Harry negó con la cabeza, a modo de despedida.

Por lo menos la reunión con el auditor fue sencilla, rápida y con noticias satisfactorias. Comió apenas un poco, porque no le gustaba almorzar fuera, no tenían la sazón de su novio, que era el mejor cocinero, el mejor amigo, el mejor amante, el mejor compañero, el mejor en todo. ¿Podría amarlo más? Sí, cada día lo amaba un poco más.

Volvió a su oficina, completamente cansado. No se dio cuenta de que había olvidado tomar su segundo supresor, y su aroma empezaba a aparecer. Su asistente, con cara de terror, lo detuvo en el pasillo y se lo recordó.

Casi tuvo que correr, no podía permitirlo. Se encerró en su oficina y lo tomó rápidamente. Su asistente, mientras tanto, rociaba un perfume ligero por fuera de las oficinas.

Apenas se sentó, encontró un sándwich y una botella de jugo natural de frambuesa. Su asistente otra vez. Era del único lugar donde aceptaba comer, podía ser muy quisquilloso con algunas cosas, pero en general era muy relajado fuera de la oficina, aunque debía reconocer, que era debido a su novio, que parecía tener magia para sacarlo de sus preocupaciones.

Decidió dejar de lado todo por una hora, y se acostó en el sofá que estaba al fondo de la oficina. Busco una manta en el closet, se sacó los zapatos, la corbata y se tapó. En apenas dos minutos estaba profundamente dormido, olvidando colocar la alarma y avisarle a su asistente. Estaba en un sueño paradisiaco, cuando la voz de su asistente llegó hasta él:

—Señor Styles, despierte... Por favor señor Styles, su reunión casi empieza. —Cinco minutos le costó al asistente despertarlo. —Por favor. —Lo remeció suavemente, hasta que lo vio abrir sus verdes ojos. —Lo están esperando...

Estaba en otro mundo aún, demasiado perdido. Pasó sus manos con pereza por su cara, obligándose a despertar.

—Tome, —habló su asistente, entregándole un vaso con agua. —Esto lo hará despertar.

—Gracias, —contestó bebiéndolo de una vez. Se levantó y se arregló la ropa, mientras su asistente guardaba la manta y ordenaba el sofá.

—Le preparé un oficio con preguntas para los omegas y otro para los profesores, —dijo ordenando rápidamente el escritorio.

—Voy a tener que subirte el sueldo.

—No señor Styles, solo hago mi trabajo, —respondió seriamente. —Lo que me paga es suficiente.

—¿Estás molesto? —Preguntó preocupado, endulzando la voz.

—No señor, solo me siento ligeramente extraño, puede ser que algo me cayó mal del almuerzo.

—Avísame cualquier cosa, ¿está bien?

—Sí señor. Voy a hacer pasar a los estudiantes, —dijo saliendo.

La cita con los omegas, eran tres chicos, fue bastante tensa, estaban demasiado nerviosos y angustiados: de alguna manera se sentían culpables. Había un claro abuso de poder, además de amenazas, que les costó mucho trabajo denunciar. Harry les dio tranquilidad, asegurándoles que podrían seguir estudiando con su ayuda. En cambio, con los profesores, fue muy distinto. Ocupar tu puesto para aprovecharte de otros, era repugnante, y así se los hizo saber. No solo los despidió, también los denunció, además de advertirles que no volvieran a pisar ninguna de sus universidades.

Había terminado hace diez minutos con esas reuniones extraordinarias, cuando apareció su asistente, con una cara de preocupación que lo desconcertó.

—Señor Styles, tiene apartada las últimas dos horas del día de hoy, pero no me ha dicho qué va a hacer o dónde va a estar.

—Lo sé, pero es algo demasiado personal. Nada malo, ¿te sientes bien? Estás pálido, —dijo acercándose.

—Lo... est... —No alcanzó a terminar la frase y tuvo que salir corriendo al baño, con Harry detrás.

—Deberías ir al médico, puedo llevarte ahora, —habló ayudándolo a limpiarse. Se miraron por un minuto completo, casi tratando de leerse. —Todo va a estar bien.

—No, no es necesario, —protestó.

—Te voy a llevar y no acepto un no por respuesta, de todas maneras ya no teníamos más pendientes por hoy. Anda por tus cosas.

—No, me quedo a adelantar lo de mañana, tiene un día muy ocupado.

—Vaya que eres terco.

—Lamento incomodarlo. Entonces, lo veo mañana a primera hora, que le vaya bien. —Salió molesto de la oficina.

Harry suspiró. Parecía un día de 600 horas, estaba más que cansado y frustrado, solo agradecía que en un par de horas estaría en brazos de su amado novio. Salió misteriosamente y tomó un taxi, en vez de su auto. Se bajó cuando llegó a un centro médico. ¿Por qué?

Estuvo ahí cerca de una hora y salió nervioso, preocupado, incluso un poco afligido. Se sentía al borde de un colapso, que seguramente aumentó por el día tan pesado, y que lo tenía pensando en un millón de cosas, de problemas, de dudas, de no saber qué pasaría con él, con su novio, con sus universidades.

Caminó durante media hora, intentando poner todo en perspectiva, hasta que se sentó en una pequeña plaza y dejó salir todos sus miedos transformados en lágrimas. En ese momento, se sentía más que solo, como nunca antes. Después de mucho tiempo, sentía la necesidad de hablar y abrazar a su mamá. Tenían una hermosa relación, pero por todos sus compromisos, no la veía tanto como quería. Ansiaba envolverse con su olor a manzana, tan dulce como ella, como sus brazos, como su esencia. Tomó su celular y se dio cuenta de que lo tenía en silencio. Lo había hecho cuando entró a la consulta con el médico y había olvidado subir el volumen, diez llamadas perdidas de su novio y muchos mensajes de otras personas. Pero se sentía incapaz de hablar con alguien que no fuera su mamá, así que ignoró todo y marcó.

—Hijo, ¿cómo estás? ¿Dónde estás? —Preguntó preocupada.

—Mamá, yo... estoy en una plaza, te necesito tanto que me duele el pecho.

—Harry, amor, me estás asustando. ¿Fuiste al médico finalmente? ¿Es por eso que estás tan triste?

—Sí mamá, sé que lo habíamos hablado, pero tengo tanto miedo, no estoy seguro de qué hacer...

—¿Tu novio lo sabe?

—No mamá, esto cambia todo y me asusta su reacción. Sé que no me va a dejar solo, pero me estoy sintiendo inseguro, a veces me cuesta creer que sea tan maravilloso conmigo.

—Lo es porque te ama infinitamente, todos lo hemos visto. Son una hermosa pareja, confía en él, háblalo, no saques conclusiones antes de tiempo.

—No puedo mamá, me siento mal, quiero estar contigo...

—Sabes que si pudiera iría, pero no puedo faltar a mi trabajo. Prometo ir lo antes posible, pero hijo, por favor no estés solo en la calle, llama a tu novio para que te vaya a buscar, te lo ruego.

—Lo haré en unos minutos, te lo prometo.

—Dime, ¿dónde estás?

—No es necesario, hablamos más tarde, gracias por escucharme mamá. —Y colgó.

No se movió de su asiento, intentando tranquilizarse. Estaba sensible, más de lo normal, y no sabía muy bien cómo lidiar con sus sentimientos tan intensos. Decidió ir a su casa, su hermosa casa con el jardín más lindo del mundo, con sus columpios, sus flores, sus árboles, al que le han dedicado mucho tiempo, aunque la mayoría de las veces, con su novio, dejaron de trabajar para perderse en medio de sus besos y caricias, tendidos sobre una manta, amándose hasta el atardecer...

Su novio, tan distinto y especial a todos los hombres que conoció, que no fueron muchos por el poco tiempo que tenía, pero con los que intentó algo más, apenas pasaba de una o dos citas y se daba cuenta de que no aceptaban que fuera independiente y profesional. Además, tenían aromas desagradables para él, hasta que conoció a su novio, y su delicioso olor a limón, que quedaba tan bien con el suyo, a naranjas. Desde el primer momento supo que era él, con quien caminaría para siempre, a quién amaría con locura, con felicidad, porque eso era de ellos, ser felices, compartir los buenos y malos momentos. Entonces, ¿Por qué sentía miedo de hablar con él? ¿Por qué estaba inseguro? Fácil, porque era demasiado perfecto, porque sus planes iban a cambiar, porque la gente también cambia, porque los cambios no siempre son para mejor.

Respiró profundamente, y empezó a caminar, con rumbo desconocido. O eso pensaba. Hasta que un aroma conocido llegó a su nariz, limón, suave e intenso al mismo tiempo. Su novio, corriendo hasta él, completamente asustado y angustiado.

—Por Dios amor, pensé que no te encontraría nunca, ¿estás bien? ¿Qué pasa? ¿Porqué no me llamaste? —Preguntó abrazándolo, conteniéndolo, cobijándolo. No tuvo respuesta, solo lágrimas. —Tranquilo amor, todo tiene solución, lo resolveremos juntos, como siempre, juntos.

Lo tomó de la mano y paró un taxi, en el que se fueron a casa, en silencio. No conversaron, Harry estaba mudo. Sólo se quitó la ropa, y se acurrucó al lado de su novio, sobraban las palabras. Apenas el sol salió, encontró a Harry cansado, con ligeras orejas, con su corazón adolorido. Su novio lo miraba sin entender, a punto de enloquecer, presintiendo algo malo.

—Amor, por favor háblame, te juro que estará todo bien, sólo cuéntame, por favor.

—No, no estará todo bien. —Lo miró con sus ojos ya secos de tanto llorar, sentado en la cama y su novio de pie.

—¿Porqué dices... —No alcanzó a terminar, cuando se mareó, y cayó al piso, mientras escuchaba un grito de Harry, que en dos segundos ya estaba a su lado.

—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal? —Preguntó con los ojos casi fuera de sus órbitas. Lo ayudó a sentarse y voló por un vaso de agua. —Bebe despacio.

—Estoy bien, fue solo un mareo, pero estábamos hablando de ti. Siéntate aquí, a mi lado, dime qué está pasando. —Fue casi una súplica. —¿Por favor? ¿Porqué van a cambiar las cosas? Me... tú, ¿hay alguien más?

—Sí, no, no sé. —contestó, confundiéndose con sus propias palabras. Fue peor cuando vio los ojitos hermosos de su novio llenos de lágrimas.

—¿Ya no me amas? —Preguntó en un hilo de voz.

—Jamás podría dejar de amarte, es solo que... —Puso sus manos en su vientre. —Estamos esperando un cachorro, —respondió sollozando, con tanta pena que dolía. Miró a su novio, que estaba totalmente sorprendido, siendo incapaz de articular palabra.

—Amor, ¿es verdad? —Logró decir. —¿Un cachorro? ¿Nuestro? —Miró a Harry asentir en silencio, con el miedo pintado en su cara. —¿Me explicas porqué con esta noticia no estará todo bien? —Preguntó con mucha delicadeza, porque entendía lo que significaba, pero quería escuchar a Harry, eso lo haría sentir mejor, lo sabía.

—Solo tú sabes lo difícil que han sido todos estos años, lo que hemos luchado por mantenernos a flote pese a todo y todos, —comenzó. —También sabes que casi he terminado en el hospital por tomar tantos supresores para ocultar mi aroma, para evitar que sepan que soy un omega y no un alfa y que por eso peleo tanto por nuestros derechos, aunque todos piensen que lo hago por ti, —sonrió. —Jamás imaginarían que eres un maravilloso alfa, y un más increíble asistente, que hemos tenido que aparentar estos últimos dos años, por las presiones del Consejo Superior de Educación, que no permite que omegas puedan ser dueños de universidades. Sé que ahora tendré que dejar todo lo que he logrado atrás, y es tan injusto, que por un momento pensé en no tenerlo... —Se aferró al cuerpo de su novio con fuerza.

Y a su novio le lastimaba el alma verlo y escucharlo así, porque Harry tenía razón, han sido años difíciles y muy duros, en que incluso, y gracias a los rumores, habían instalado cámaras en los pasillos y las oficinas, no pudiendo demostrarse su amor, ni siquiera con una caricia en las manos, o un abrazo cuando estaban teniendo un mal día. Fue una decisión muy consciente querer transformarse en el asistente de Harry, era la única manera de apoyarlo y cuidarlo en proporciones iguales, a pesar de que eso significara dejar atrás su trabajo como informático principal de la mejor empresa de redes y software de Londres. Lo hubiese seguido hasta el mismísimo infierno, a otro país, a la luna o a otra galaxia. Era su amor, su todo, su complemento, quien le costó tantas noches de soledad encontrar, hasta ese día en que se vieron en el supermercado por apenas unos segundos, y luego se encontraron en el estacionamiento, pensando Harry que era una casualidad, y no, fue él que lo esperó para hablarle. Esa misma noche la pasaron juntos, así de sencillo, así de natural, así de rápido supieron que no volverían a separarse.

—Te entiendo amor, te entiendo de verdad, pero sabíamos que este momento iba a llegar. Es hora de buscar otras opciones para ayudar a los omegas, podemos hacerlo, estamos juntos en esto, te voy a apoyar en cualquiera de tus locuras.

—Lo sé, lo sé, pero este cachorro...

—Este cachorro, nuestro cachorro, solo viene a hacernos más felices. Si no quieres tenerlo, si no te sientes preparado, también te voy a apoyar, lo sabes amor.

—¿No crees que nuestra vida va a cambiar demasiado? ¿No te asusta?

—Va a cambiar, claro que sí, pero ¿sabes cuánto he esperado para poder llamarte mi omega? ¿Para de una vez marcarte? ¿Para que me llames alfa en cualquier lugar? ¿Las ganas de besarte y abrazarte y presumir que eres el omega más bello del mundo? ¿Qué tendremos un precioso cachorro, la combinación de nosotros, haciendo travesuras? Solo veo felicidad en nuestro futuro amor. —Estaba emocionado, feliz. —Fuiste al médico y no quisiste decirme, ¿por qué? —Preguntó acariciando su pelo.

—Pensé que era otra cosa, no quería que en caso de haber sido una enfermedad lo supieras... Lo siento.

—Harry, eso no puede ser así. Si tuvieras cualquier enfermedad, lo que sea, quiero que confíes en mí. Pensé que lo sabías, que te lo había demostrado amor, —dijo buscando sus ojos.

—Lo haces, te juro que sí, pero me siento tan distinto, vulnerable, y no sé cómo hacer esto. Estaba asustado, confío en ti por sobre todas las cosas, —contestó arrepentido.

—¿Qué te dijo el médico?

—Que puedes tener tú la mayoría de los síntomas. Pensé que no era posible, pero tus vómitos ayer y tu mareo hoy, me lo confirman, —contó sonriendo por primera vez en muchas horas. —Hoy mismo voy a entregar mi renuncia, me duele hacerlo, pero tienes razón. Hay muchas maneras de ayudar, y ya no soportaba tantas exigencias, iba a terminar enfermándome de las ganas de no poder besarte. —Le dio un beso suave. —Mi alfa, mi amor, mi asistente favorito, mi hermoso Lou.