Demasiado Distintos

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Summary

Lo que menos esperaba Jorge era enamorarse de su vecina, la chica más popular del instituto, pero ya no tiene remedio: su vida se va a complicar y mucho. Para empezar, Soraya no es una chica como las demás. Ella esconde un secreto que los empujará a vivir una increíble aventura. Con la ayuda de sus mejores amigos, tendrán que impedir que una banda de ladrones robe una valiosa fórmula química, demasiado peligrosa para caer en malas manos.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 - Se acabó el verano

¡No me lo puedo creer! Mi madre lo ha hecho de nuevo: acaba de entrar en mi habitación y ha subido la persiana de golpe. Me pone de los nervios que haga tanto ruido cuando todavía estoy dormido.

—¡Despierta, Jorge! Son más de las ocho y, si no te das prisa, llegarás tarde al instituto.

—¡Mamá!

No sé para qué protesto, total nunca me sirve de nada. Ahora toca que se ponga a reñirme, mientras recoge la ropa que tengo tirada por el suelo.

—Ni mamá ni gaitas. Y a ver si ordenas un poco esta habitación, que parece una auténtica leonera.

Bufo y me hago un ovillo debajo del edredón. Me molesta tanto la luz que entra por la ventana que me tapo hasta los ojos. Según se vaya, intentaré dormir unos minutos más. Anoche jugué hasta las tantas al Minecraft y estoy muerto de sueño.

Pero demuestra que me conoce bien y, en lugar de irse, empieza a abrir y a cerrar los cajones del armario como si buscara algo. Eso me desespera, porque no soporto que anden en mis cosas. El dibujo con una calavera pirata que tengo pegado en la puerta de mi habitación está ahí por un motivo.

—Ya voy… —me resigno a regañadientes—. Mira que eres pesada.

—A tu madre no le llames pesada. —Se acerca a mi cama y me revuelve el pelo. Esa es la segunda cosa que más me molesta—. Anda, levántate. Te quiero ver abajo en cinco minutos.

Se va protestando por el desorden. Sabe a conciencia que ha arruinado mi último sueño. Según sale, me siento en la cama, bostezo varias veces y tengo que entornar los ojos porque el sol no me deja ver. Hoy es el primer día de clases después de un verano en el que no hice más que el vago y, por supuesto, no he tenido tiempo para los libros, ni siquiera para el de matemáticas. El curso pasado las aprobé por los pelos y voy a tener muy difícil repetir la proeza. Sin embargo, no me importa demasiado; ya se me ocurrirá cómo solucionar ese problema.

Me visto a todo meter; menos mal que tomé la precaución de ducharme ayer por la noche. Al salir de mi habitación, me quedo mirando el dibujo de la calavera pirata, y decido que tengo que sustituirlo por otro con más poder disuasorio, que deje bien claro que no quiero que husmeen entre mis cosas. A mis dieciséis años, necesito intimidad y que sepan respetar mi guarida.

Bajo las escaleras que llevan al piso inferior; todavía no me acostumbro a vivir en un dúplex, a pesar de que nos mudamos aquí hace ya más de un año. Antes teníamos un piso en pleno centro de Madrid, pero mamá quiso que nos viniéramos a la sierra; dice que entre árboles se respira mucho mejor. Yo no creo que sea para tanto, aunque le sigo la corriente.

Desde la cocina, me viene un delicioso olor a tostadas recién hechas y eso provoca que mis tripas rujan de forma escandalosa. No pienso perdonar el desayuno, por muy tarde que se me haga.

—Buenos días.

He saludado al entrar en la cocina porque mi madre insiste en que lo haga, si bien es la tercera cosa que más me repatea: no me gusta hablar sin haberme tomado primero un humeante tazón de Cola Cao. Todos están sentados alrededor de la mesa y desayunando: mi madre al lado de John y, enfrente de ellos, Lisa, mi hermanastra. Tiene veintidós años y está más loca que un cencerro; se pasa el día mirando el móvil y diciendo que ha nacido para ser actriz. Desde luego, el único papel que yo le daría sería el de zombi en una película de terror. No tengo más remedio que sentarme a su lado en la silla que queda libre.

—Desayuna rápido, hijo —me pide mi madre, mientras me llena el tazón de leche—. Se te ha hecho tardísimo y vas a perder el bus. —Me observa con cara de espanto—. ¿Esa ropa que llevas puesta no es la de ayer?

«Sí, mamá, la misma», respondo mentalmente.

—No sé, puede —miento—. He pillado lo primero que tenía a mano.

En realidad, repito ropa de forma premeditada, ya que me encantan estos vaqueros llenos de agujeros y la sudadera de Scorpions que no me quito ni para dormir. En momento de inspiración, mi padre tuvo el detalle de regalármela; la misma tarde en la que sacó dos entradas para que lo acompañara a ver un concierto. Aquel día descubrí dos cosas: mi pasión por la música heavy y que mis padres habían decidido divorciarse.

—Se te da fatal mentir. —Una vez más, Lisa se mete en donde no la llaman. Precisamente ella, que siempre va vestida de negro—. Creo que esa sudadera no ha pisado la lavadora desde hace meses.

—Chicos, tengamos la fiesta en paz.

Mi hermanastra yo no nos damos por aludidos, es como si John hablara con la pared. En mi caso, hacerme el despistado tiene un pase, pero Lisa debería disimular un poco; al fin y al cabo es su hija. Tras un cruce de miradas asesinas, prefiero ignorarla y centrarme en las dos tostadas con mermelada y mantequilla que acaban de ponerme delante. Me como la primera en menos de un minuto y, a continuación, le doy un gran sorbo a mi tazón de leche.

—Dime, cielo, ¿sigues nerviosa por el juicio?

Se me forma un nudo en el estómago cada vez que John llama «cielo» a mi madre. Podría cortarse algo, por lo menos cuando estoy presente. A Lisa tampoco le va demasiado ese rollo cariñoso, lo demuestra poniendo los ojos en blanco y simulando una arcada.

—Estoy preocupada —contesta mi madre—. Ese pobre chico puede ir a la cárcel si no hago bien mi trabajo. Ha tenido una vida muy dura, y no quiero que pase los próximos dos años rodeado de malas compañías.

Vale, conviene que os aclare que mi madre es abogada, y de las buenas. No hace más que defender a delincuentes que, según ella, no lo son. A este último lo pillaron atracando una farmacia. Creo que era su tercer robo, pero mi madre dice que existen atenuantes y que merece otra oportunidad. Cuando la oigo hablar así, me siento muy orgulloso de ella, aunque prefiero que no lo haga en público para que no la tomen por tonta.

—Lo harás genial, ya lo verás —la tranquiliza John—. Ha tenido la gran suerte de contar contigo y estoy seguro de que sabrás convencer al juez para que sea indulgente con él.

Sigue una conversación cargada de cumplidos y empalagosa; termino poniéndome de pie, ya he tenido suficiente ración de pasteleo. Si me quedo un segundo más de la cuenta, acabarán besándose y eso sí que me supera.

—Me voy, Guiller me espera —improviso.

—¿Y no terminas tu desayuno?

Mi madre acaba de recordarme que no me he comido la otra tostada, pero a veces conviene hacer un sacrificio si no quieres males mayores. De todas formas, ya es tarde para dar marcha atrás: Lisa se ha adueñado de ella sin apartar la vista del móvil. Con mi hermanastra sí que no habría que tener la más mínima indulgencia.

—No tengo hambre —vuelvo a mentir—. Ya pillaré un bocata en la cafetería del instituto.

Me voy de la cocina sin dar tiempo a que reaccionen. Desde el pasillo, oigo cómo murmuran lo muy delgado que estoy y que me convendría comer más. Cuando salgo de casa miro hacia el chalet que hay frente al nuestro; los nuevos vecinos se instalaron allí la semana pasada. Son un hombre y su hija. Ella es de mi edad y no está nada mal, si exceptuamos que parece un tanto presumida.

Un día de estos me armaré de valor y llamaré a su puerta para presentarme.Empieza a escribir aquí...