Capítulo 1
Mariana caminaba a paso acelerado, sentía miedo. Eran las tres de la mañana, y la calle se encontraba solitaria y oscura. «Son solo tres cuadras —pensó—, no puede suceder nada». Minutos atrás, se encontraba con sus amigos tomando unos tragos de bebidas alcohólicas, escuchando música, bailando y sonriendo. Poco después, estaba caminando sola (no había querido que la acompañaran, pues el camino era corto). Se sentía asustada.
Llegó a la esquina. Cruzó la calle. Observó a un gato que dormía en el marco de la ventana de una casa y, una vez en la vereda, escuchó cuatro chasquidos:
«Chic-chic-chic-chic».
Dio media vuelta: no había nadie. Miró para todos lados, solo la rodeaban el silencio y las fachadas de las casas con ventanas cerradas. Intentó no darle importancia pero, a los pocos segundos, volvió a escuchar el mismo sonido:
«Chic-chic-chic-chic».
Eran chasquidos de dedos. Frenó su andar, y sintió que alguien estaba detrás de un árbol.
No lo dudó, empezó a correr las dos cuadras que le faltaban para llegar a su casa. No era buena atleta ni estaba acostumbrada a hacer ejercicios; sin embargo, el susto la impulsó a escapar. Corrió una cuadra, y decidió seguir caminando: se encontraba agitada y agotada. «Desde mañana empiezo a trotar», pensó.
Continuó caminando y tocando su lado derecho (le dolía por correr). Solo quedaban tres veredas para llegar a su hogar. Ya se sentía tranquila. Miró para todos lados: la zona continuaba en silencio y sin gente. Sacó la llave de su bolsillo, la colocó en la puerta de entrada e, inesperadamente, al lado de su oído, sonaron nuevamente los cuatro chasquidos de dedos:
«Chic-chic-chic-chic».
Aterrorizada, giró su cara, y una mano cubierta con un guante le tapó la boca mientras la otra —también cubierta— le clavó un cuchillo en su abdomen.
La madrugada continuó de la misma forma: solitaria y silenciosa; pasó una hora, y nadie se enteró del crimen de Mariana.
A las seis de la mañana, la vecina de al lado (una mujer de sesenta años que vivía sola) salió, como todos los días a la misma hora, a barrer la vereda. Cuando vio a la joven en el suelo y sangrando, se tapó la boca y dejó caer la escoba; quedó muda por unos minutos, y luego comenzó a gritar. Otro vecino —un hombre de cuarenta años— que vivía enfrente se acercó corriendo, y llamó a la policía.
Salieron más vecinos, y llamaron a la puerta de la casa de Mariana. Era evidente que la joven había querido entrar y alguien la había asesinado antes de que pudiera hacerlo. De su casa, salió Beatriz, la amiga con la cual vivía la víctima:
—¡Aaahhh! —gritó su compañera—. No, no puede ser… La puta madre… No, no…
La vecina de al lado la abrazó e intentó calmarla. Todos los presentes, tratando de sacar conclusiones sobre lo ocurrido, creyeron que había sido un robo violento y trágico, como los que suceden a diario en Buenos Aires.
Cuando la policía llegó, la teoría del robo se descartó, pues la víctima seguía con su billetera y con su celular en sus bolsillos. Alguien había planeado asesinar a Mariana.