El Ciervo Blanco

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Summary

Relato corto navideño. La abuela de Isabel tiene un ritual que hace todas las navidades. Sale al bosque a recoger bayas de acebo que pone en la mesa durante la cena, y que luego planta nuevamente en el bosque para que traiga buena suerte a su familia. Una mañana de Navidad Isabel sale a acompañar a su abuela para buscar las bayas y se encuentran con un impresionante ciervo blanco. Los años pasan y la Navidad va perdiendo la magia para Isabel. El peso de la vida va haciendo mella en ella, pero muy especialmente ese año en el que ve a alguien muy querido deteriorarse irremediablemente. Entonces decide hacer una locura, una locura que marcará un antes y un después en su vida. Este relato está escrito en honor a Eva, por esas Navidades que te prometí que pasaríamos juntas y que no pudo ser. Feliz Navidad mi niña. Te quiero.

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Un Encuentro Inesperado

El sol brillaba en lo alto del cielo azul, arrancando destellos de luz del manto blanco que cubría aquel bosque de castaños, robles y coníferas. En un claro del bosque un tímido rayo conseguía atravesar la tupida celosía para iluminar la lluvia de diminutos cristales de hielo que caía desde las alturas. En aquel paraje, lejos de cualquier atisbo de civilización, lejos de los coches, del ruido y de la contaminación, reinaba el silencio y la paz; un silencio roto por el crujir de la nieve aplastada por unos pasos.

Una mujer ya entrada en años y vestida con un grueso abrigo de invierno, guantes, gorro y botas, se abría paso pesadamente a través de la gruesa alfombra. De su hombro colgaba una bolsa que en aquellos momentos estaba vacía. A poca distancia de ella, una niña de unos diez años retozaba como un cervatillo entre los troncos de los árboles.

—Isabel, ten cuidado. La nieve resbala mucho y te podrías caer —advirtió la abuela.

—Ya lo sé, abuela, pero es que es tan divertida. ¡Mira cómo me hundo! —dijo la niña saltando con ambos pies sobre la nieve y adentrándose en ella hasta casi las rodillas.

La abuela sacudió la cabeza pero la sonrisa de sus labios delataba el cariño que sentía por la pequeña. Su entusiasmo era normal. Isabel vivía con sus padres en la ciudad y estaba acostumbrada al ruido de los coches, a los altísimos edificios de ladrillo y a las calles llenas de personas. El pueblo era aquella cosa exótica y extraña, un remanente de una vida que se estaba perdiendo poco a poco. Una vida dura, sin lugar a dudas, pero llena de tranquilidad, sosiego y del aire puro del bosque.

Para Isabel los árboles, el musgo, el canto de los pájaros y sobre todo la nieve eran algo que veía las pocas veces que venía de visita, y nunca dejaba de maravillarse. Sus grandes ojos claros lo observaban todo, como si tratase de grabar aquel recuerdo a fuego en su mente para poder volver a verlo una vez regresase a su hogar.

Mientras la niña jugaba, la abuela rebuscaba entre los prominentes montículos. La nieve lo enterraba todo a su paso y lo convertía en un océano de dunas algodonosas. Como todas las navidades la mujer salía a buscar acebo para poner en el centro de mesa durante la cena; una tradición que había heredado de su madre y que pretendía atraer la buena suerte al año entrante. Sin embargo buscar la planta bajo aquel grueso manto era una ardua tarea, y abrirse camino no era menos difícil.

A eso había que sumarle que los años empezaban a pesar sobre sus rodillas. Sin embargo tenía que hacerlo, y lo haría hasta que su cuerpo no diese más de sí. Con la mano enguantada despejó uno de los montículos y torció el gesto; sólo era carquesa. Probó con otro que encontraron más adelante, pero eran un puñado de rocas tapizadas de líquenes y musgo. El siguiente ocultaba un tomillo y un poco más allá había helechos.

—Abuela, mira. ¿Qué es esto?

La abuela se acercó a la niña, que señalaba un roble cuya corteza había sido arañada hasta mostrar la tierna carne blanca de su interior.

—Ah, esas marcas las hacen los ciervos cuando se afilan la cornamenta.

—¿En serio?

—Claro. A los ciervos se les caen los cuernos todos los años, y luego les vuelven a crecer. Entonces los afilan para prepararse para los combates que tendrán con otros machos.

La niña escuchaba a su abuela con atención mientras que ella proseguía su camino en busca de acebo. Por un instante, maravillada por lo que la mujer le contaba, Isabel dejó de correr por el bosque para ayudarla a desenterrar arbustos y piedras y así poder disfrutar de su sabiduría.

—¿Por qué tienen esos combates?

—Las ciervas son damas caprichosas, y no aceptarán como marido a ningún ciervo que sea débil. Luchan entre ellos para decidir quién es más fuerte y así poder emparejarse con las ciervas.

—¿Con muchas? —exclamó Isabel con sus ojos azules grandes como platos.

La abuela soltó una pequeña risa.

—Sí, con muchas. Las ciervas no son celosas. ¡Ah, mira! ¡Acebo!

Con las manos enguantadas en gruesos guantes de cuero forrados de lana por dentro, la abuela despejó la nieve de una rama y cortó varios trozos que procedió a guardar en la bolsa de tela que colgaba de su hombro. Los ojos se le humedecieron un momento al recordar a su madre, que hacía ya algunos años que los acompañaba desde el Cielo. Cada vez recordaba menos de ella, como su olor o su voz, pero su sonrisa mientras montaba el centro de acebo seguía presente en su recuerdo.

A su madre solía gustarle mucho la Navidad. De hecho fue ella la que le inculcó el amor por aquellas fechas, y aunque la echaba tanto de menos que dolía quería mantener viva la tradición en su honor. Era por eso por lo que se había traído a su nieta al bosque, pese a las reticencias de su sobreprotectora nuera que temía que las atacase un lobo. Bueno, por eso y porque disfrutaba de su compañía, de su ilusión, de su inocencia y de sus interminables preguntas sobre cualquier cosa que le llamase la atención.

Del arbusto cogió algunas de las rojas semillas y las miró con una pequeña sonrisa mientras descansaban sobre su mano.

—Mira, Isabel, con estas semillas haré unas bolsitas de colores que pondremos junto a los platos para que nos traigan buena suerte. Mañana volveré al bosque y las enterraré para que crezcan y se conviertan en nuevos acebos, y así… ¿Isabel?

La niña permanecía a su lado, tan quieta que parecía estar intentando no respirar. Había dejado de prestar atención a su abuela para mirar, con aquellos grandes ojos claros, hacia las profundidades del bosque. Intrigada la mujer miró en aquella dirección y se llevó una mano a la boca para ahogar una exclamación.

Entre los árboles caminaba una criatura majestuosa, un magnífico ciervo con una enorme cornamenta y unos ojos tan azules que parecían pedazos de cielo atrapados en cristal. Su pelaje era de un blanco tan puro que la nieve a su alrededor parecía gris. El animal caminaba hacia ellas, pero sus patas parecían deslizarse sobre la algodonosa capa como si fuesen etéreas. No se hundían ni hacían crujir el suelo bajo su peso.

—Imposible… —susurró la mujer, que al igual que la niña estuvo a punto de dejar de respirar para no espantarlo.

El ciervo se acercó a la abuela y la nieta y se detuvo a tan sólo un metro de ellas. Inquisitivo las observó con sus ojos de cielo y olfateó el aire, queriendo asimilar su olor. Él no desprendía el fuerte almizcle de sus hermanos comunes sino que olía a nieve, a invierno, a acebo y a bosque. Tras olfatear a las dos bajó la cabeza hacia la mano de la abuela, todavía extendida, y con delicadeza cogió las bayas de acebo y empezó a masticar.

Acto seguido se dio la vuelta y caminó de regreso a las profundidades del bosque, su paso tranquilo y elegante. Sólo cuando su majestuosa silueta se desvaneció entre los troncos de los árboles la mujer se atrevió a respirar de nuevo, y con aquella bocanada de aire rompió a llorar.

—Abuela, ¿qué te pasa? —preguntó la niña, alarmada de repente.

—Nada, Isabel. Recuerdos de una vieja nostálgica —dijo, enjugándose las lágrimas con el guante—. En el pueblo se cuentan historias transmitidas de padres a hijos desde hace tanto tiempo que ya nadie recuerda quién fue el primero en contarlas. Algunas de esas historias hablan de un ciervo blanco que sólo aparece en Navidad. Unos dicen que es un guía espiritual que salva a los que se pierden en el bosque, otros que sus cuernos son mágicos y son capaces de curar cualquier enfermedad, y otros que su aparición es un anuncio de cosas buenas que están por venir. Todos coinciden en que sólo se aparece a aquellos de corazón noble. Es una leyenda tonta y seguramente ese ciervo sea simplemente un ciervo albino que ha tenido la suerte de llegar a hacerse adulto, pero…

Pero en su corazón albergaba la esperanza de que la leyenda fuese cierta porque su madre le contó que lo había visto una vez, siendo niña. Deseaba con todas sus fuerzas que aquel ciervo fuese el mismo que vio ella porque eso la hacía sentirla más cerca, como si hubiese sido un prematuro regalo de Navidad.

***

Isabel se acercó al perchero de la entrada y cogió el grueso abrigo forrado de lana, el mismo que había usado su abuela aquella mañana hacía más de veinte años. La Navidad se había ido desprendiendo de su magia con el paso del tiempo, a medida que la vida arremetía contra ella como un toro furioso. La inocencia de la infancia desapareció a golpe de burla y ostracismo, y a ese episodio se sumaron una mudanza por cambio de trabajo de su madre y varias dolorosas pérdidas, entre ellas la de su abuelo.

Sin embargo en la casa se intentaba mantener viva aquella magia a través de la decoración. Una guirnalda de luces cálidas parpadeaba en un abeto de plástico decorado con bolas de colores y espumillón. Junto a este había un belén que representaba la llegada de los Reyes Magos a recibir al recién nacido niño Jesús. Sus majestades estaban arrodillados ante el pesebre donde descansaba el bebé, y a ambos lados estaban la Virgen María, San José, el buey y la mula. El ángel de la enunciación colgaba del techo cubierto de musgo y harina del portal, justo debajo de la estrella que sirvió de guía a los tres sabios.

Completaban la decoración de la casita algunos candelabros con velas encendidas. La palpitante y cálida luz era agradable, como algo familiar y cercano que le evocaba el recuerdo de tiempos más felices, aunque siendo sincera consigo misma, sólo se esforzaba en la decoración porque era algo que hacía ilusión a su abuela.

Lamentablemente los años nunca pasaban en balde y su abuela había llegado a una edad en la que no podía valerse por sí misma. Ese era el motivo por el cual habían decidido llevársela a casa, para poder cuidarla en condiciones. Para su abuela aquello había sido como enjaular a un pájaro salvaje. La ciudad, con sus árboles ordenados y podados, sus carreteras, sus ruidos y su cemento, eran como un mundo distópico y gris para ella. Anhelaba la vida del campo, los bosques, los arroyos y la vegetación, y no podía culparla porque para Isabel ese lugar había sido el único capaz de traerle algo de paz. Por eso todas las Navidades regresaban a la pequeña casita de piedra, y todos los años repetían el ritual del acebo, porque le evocaba días mucho más felices y una parte de ella deseaba volver a sentir la inocencia y la ilusión de la infancia.

—¿Vas a buscar el acebo? —dijo una voz achacosa, seguida por unos pasos torpes y arrastrados que salían de la cocina.

—Sí, abuela —dijo Isabel, acercándose a su abuela, tan menuda, tan arrugada y con el pelo tan blanco, para darle un beso en la frente.

Acto seguido sus ojos fueron hacia el viejo sillón que había frente a la chimenea, y a Isabel se le hizo un nudo en la garganta. Hubo un breve cruce de miradas con su abuela, un cruce que decía lo que las palabras no eran capaces, y entonces Isabel se acercó al sillón. Sobre él había una perra que por su aspecto podría parecer extremadamente anciana, pese a tener sólo tres años. Su pelaje había sido lustroso, brillante, de un negro tan oscuro que hacía palidecer a la noche y con unas patas rojas como el fuego de la lumbre. Ahora ya no había pelo, sólo un pellejo gris sobre un puñado de costillas y huesos. Con una mano temblorosa Isabel le acarició la cara. La perra abrió sus ojos pero su mirada, antaño brillante, estaba apagada y ya no tenía fuerzas, o quizás eran ganas, de levantar la cabeza ni de mover el rabo.

—Pronto estaré de vuelta —le dijo en un susurro tan débil y tembloroso que dudaba que la hubiese escuchado.

La perra soltó un pequeño suspiro cansado y volvió a cerrar los ojos. Mordiéndose el labio, Isabel salió apresuradamente de la casa sin atreverse tan siquiera a mirar a su abuela. La anciana lo entendió y no trató de detenerla. Una vez en el exterior, cuando sus pies tocaron el empedrado cubierto de nieve de la calle, rompió a llorar desconsoladamente. Con la mirada borrosa emprendió el camino hacia el bosque, casi sin ver por dónde iba. En su mente se mezclaron mil ideas y sentimientos que se revolvían como un torbellino. Lo había intentado todo por salvarle la vida, y se había dejado una cantidad de dinero escandalosa, pero los veterinarios habían sido incapaces de curarla.

Sencillamente su sistema inmunitario no funcionaba correctamente, y aunque le aplicaban los medicamentos, en cuanto se los retiraban volvía a empeorar. Lo más grave del asunto era que el medicamento en sí era tremendamente tóxico y no se podía mantener de manera indefinida. Al final tanto la infección como el medicamento habían terminado por desencadenar una insuficiencia renal fulminante que la estaba matando. Se moría y ella ya no sabía qué más hacer para ayudarla.

Salvo una cosa.

—Perdóname por lo que voy a hacer, abuela. Perdóname…

Aquella era su última oportunidad. Si no lo conseguía se moriría. Fue eso lo que le dio las fuerzas que necesitaba para dejar atrás la casita de madera y piedra, adentrarse en el bosque y abrirse camino entre la nieve y la vegetación. Años atrás se había sentido maravillada por aquel paraje mágico, donde el sol se filtraba entre las ramas y arrancaba destellos de purpurina del blanco manto. Aquel día no era más que un estorbo que frenaba su avance, algo que ocultaba las raíces y las piedras con las que tropezaba mientras buscaba desesperadamente acebo entre los montículos.

Con un frenesí impulsado por la desesperación que sentía, Isabel apartó la nieve a manotazos, llegando a hacerse daño cuando sus dedos golpeaban una roca en vez de la rama de algún arbusto. Tan pronto se daba cuenta de que aquello era un fresno o un pedrusco, proseguía su camino sin perder el ritmo. El frío y el cansancio comenzaron a hacer mella en ella, pero aunque sentía la garganta congelada no flaqueó.

Los minutos se tradujeron en una hora, y luego en dos horas. Isabel siguió buscando por todo el bosque, pero le empezaban a pesar las piernas y notaba el corazón latir con fuerza en su pecho. Sus pensamientos iban constantemente a su perra, tumbada en el sillón y tan débil que apenas podía levantarse. Sólo un tonto no se daría cuenta de que le quedaba poco tiempo. Se mordió el labio de nuevo y, dejándose caer de rodillas sobre la nieve, notó las lágrimas correr por sus mejillas.

—No te vayas, por favor, no te vayas… —gimió con la voz entrecortada.

No lo podía soportar. Era su pequeña, su niña, y la iba a perder. Aquel pensamiento le dio las fuerzas necesarias para volver a levantarse. No podía flaquear ahora. Con un gesto furioso se enjugó las lágrimas y se preparó para proseguir su camino. Fue entonces cuando se fijó en algo rojo que había aparecido cerca del lugar donde se había dejado caer. Acebo, una planta pequeña, quizás una de las que había plantado su abuela tiempo atrás, pero lo suficientemente grande como para tener bayas y una buena cantidad de ramas que podría usar para el centro de mesa.

De la bolsa que llevaba consigo sacó una cuerda anudada con un nudo corredizo y la colocó en el suelo, asegurándose de ocultarla con nieve para que no se notase. Acto seguido cortó algunas ramitas del acebo y las metió en la bolsa. Finalmente cogió varias bayas y las puso sobre su palma al igual que había hecho su abuela tantos años atrás. Los recuerdos de años más felices la golpearon con fuerza. Isabel cerró los ojos y se sumergió en las imágenes y los sentimientos de un pasado tan lejano que era inalcanzable. Deseó poder volver a aquellos días, poder volver a sentir la felicidad y la ilusión que de niña había experimentado, cuando el tiempo parecía eterno, cuando los Reyes Magos eran reales y la cena de Navidad era el momento que esperaba con más ganas.

—Por favor… —susurró.

La culpa que sentía era asfixiante y por un instante, al volver a recordar aquel mágico día, estuvo a punto de darse la vuelta y regresar a casa. Las preguntas se agolpaban en su mente. ¿Salvar a su perra justificaba lo que iba a hacer? No tenía la respuesta, y quizás otro le habría dicho que no, que aquella criatura era mucho más sagrada que todos ellos, pero era su perra y se estaba muriendo.

De nuevo abrió los ojos, la mano todavía extendida con las bayas sobre su palma, y miró a su alrededor. Nada. Se empezó a preocupar, recordando las palabras de su abuela. Quizás ya no aparecería más, quizás era una de aquellas cosas que pasaban una vez en la vida, o quizás era capaz de intuir sus intenciones y por eso no se acercaría a ella. Pese a sus temores no se movió de allí. Una mano sujetaba la cuerda, la otra las semillas de acebo. Era su última oportunidad, la única que le quedaba, por absurda que fuese.

El tiempo siguió pasando. La mañana dio paso al mediodía y este fue cediendo poco a poco a la tarde. A través de las ramas de los árboles los rayos de sol fueron dibujando luces sobre la nieve. Isabel empezaba a sentir los músculos agarrotados y los labios le temblaban por un frío que se había adentrado en sus estáticos huesos. Sin embargo siguió sin moverse, sus ojos siempre mirando a su alrededor esperando ver algún atisbo del ciervo blanco, pero este no apareció. Cuando la luz se apagó del todo Isabel agachó los brazos y la cabeza. De nuevo las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, entumecidas por el frío. El hambre sacudía su estómago, pero sentía un nudo que se lo cerraba.

—Lo siento, mi niña… — susurró, su voz apenas un débil hilo.

El dolor dio paso a la rabia, a la frustración nacida de la impotencia de no poder hacer nada para salvarla.

—Soy una imbécil. Mi abuela tenía razón, sólo fue un ciervo albino. No era nada mágico. ¡La magia no existe!

El corazón le dio un vuelco cuando vio algo moverse entre los árboles, un fantasma de extrema blancura cuyo cuerpo destacaba sobre una nieve teñida de plata por la luz de la luna. Isabel cesó en su retahíla y se quedó súbitamente muy quieta. El ciervo blanco regresó, y era tal y como lo recordaba; elegante, altivo, con ojos de cielo y una cornamenta tan impresionante que parecía un arbusto. De nuevo la embargó la culpa pero la esperanza la acalló y alimentó su determinación. No iba a echarse atrás ahora, no cuando llevaba todo el día allí esperándolo.

El animal caminó hacia ella, deslizándose por la nieve como si esta no fuese ningún impedimento para él. Isabel agarró la cuerda con fuerza, esperando que no se diese cuenta. El tiempo pareció ralentizarse, como si cada paso que el ciervo daba fuese a cámara lenta. La tensión y el frío hicieron mella en ella y sus músculos comenzaron a temblar. En su mente se repetían las palabras de su abuela; que el ciervo blanco sólo se aparece a aquellos que son nobles de corazón. En esos momentos Isabel no sentía ninguna nobleza, pero no sabía qué otra cosa hacer.

Finalmente llegó a su altura y se detuvo. Los cristalinos ojos de cielo se cruzaron con los suyos. De su cuerpo emanaba aquel familiar olor a bosque, a nieve, a viento frío y a invierno. Con cada respiración Isabel exhalaba una bocanada de vaho blanco, pero el ciervo no; el ciervo expulsaba una suave brisa invernal. Por un instante la mujer temió que descubriese la oscuridad, la rabia y el dolor que habitaban en ella y se marchase para siempre, llevándose consigo la última esperanza de poder salvar a su perra.

No lo hizo. Como satisfecho por lo que había visto en su mirada bajó la cabeza hacia su mano. Isabel abrió los dedos y le ofreció las bayas rojas, las que iban a ser bayas de la suerte para su familia. El animal las olfateó. Mientras tanto Isabel observó que sus patas estaban dentro del radio de la cuerda escondida. Apretó los dedos. El corazón retumbaba dentro de su pecho, latiendo a toda velocidad. Sus párpados se cerraron un momento a la vez que inhalaba una profunda bocanada de aire para apartar sus dudas, sus temores, su arrepentimiento y sacar fuerzas.

Sólo entonces, cuando se sintió preparada, se echó hacia atrás dejando caer las bayas y tiró de la cuerda. Con un suave estallido de polvo de nieve esta se alzó hasta la altura de las rodillas del animal. Sin embargo el ciervo se apartó con gracia casi etérea, como si el mundo físico no fuese con él, y volvió grupas.

—¡No! —El desgarrador grito nació de las mismísimas entrañas de Isabel.

La desesperación que brotó dentro de ella la impulsó a correr tras el animal, pese al frío que agarrotaba sus músculos. Como si se estuviese mofando de ella, el cérvido se deslizo a través de la nieve con un trote ligero, como si sus pezuñas ni siquiera la rozasen. Sin embargo ella se abría paso con dificultad, apartándola a patadas, tropezando, cayendo, y volviéndose a levantar para perseguirlo. No podía rendirse, no cuando estaba tan cerca. Tenía que hacerlo por ella. Era la única oportunidad que le quedaba.

Tan enfocada estaba en el ciervo que no vio el resplandor rojizo que tenía delante hasta que tropezó y cayó de bruces sobre la nieve, sintiendo el frío contra su rostro. Cuando se levantó se dio cuenta de que se encontraba delante de una fogata, alrededor de la cual había tres hombres vestidos con los ropajes más extraños que había visto nunca.

Uno era un anciano de barba blanca y ojos rasgados, y vestía una especie de kimono rojo de amplias mangas decorado con motivos algodonosos. El otro, de barba castaña, era más joven y llevaba unas calzas oscuras, una camisa blanca que le llegaba hasta las rodillas y una capa verde que le abrigaba el pecho . El último vestía una túnica azul sobre una piel tan oscura como la noche, y sobre su cabeza lucía un decorativo turbante. Tras ellos se encontraban tres camellos junto a los cuales se había parado el ciervo blanco. Para su sorpresa el animal la estaba mirando.

—Pareces tener frío, jovencita. Ven, caliéntate junto al fuego —dijo el más anciano de los tres.

Las emociones se desbordaron de golpe y, como si volviese a ser una niña, rompió a llorar desconsoladamente.

—Oh, niña… —El anciano se levantó del tronco donde estaba sentado y se aproximó a Isabel para arroparla en un abrazo —Cuéntame, ¿qué te pasa?

—No quiero hacerle daño. Yo… no quiero hacerle daño —dijo con la voz entrecortada—. Mi abuela me contó que sus cuernos son curativos. Sólo quería un trozo de su cornamenta, nada más.

—Alguien muy querido está enfermo y quieres salvarla. Tu perrita, esa con la que soñaste durante años y que llegó un buen día casi por sorpresa —dijo el hombre de tez oscura a la vez que se tocaba la barbilla.

—¿Cómo…?

—Aaah... —una encantadora sonrisa se abrió paso en los labios del hombre—. Somos magos. Sabemos muchas cosas.

—La muerte forma parte de la vida, pequeña. Desde niños tenemos que aprender a decir adiós a las cosas que una vez dábamos por hechas. Con el tiempo el dolor irá a menos, aunque nunca te abandone del todo, pero encontrarás luz en otros lugares —dijo el anciano mientras la ayudaba a ponerse en pie y la guiaba hacia la fogata para que se calentase.

—Pero… —Las lágrimas comenzaron a rodar de nuevo por sus mejillas y la voz se le quebró—. Es mi niña, y todo lo que he intentado… todo lo que he hecho… ¿por qué no funciona?

Los tres hombres cruzaron las miradas, pero Isabel, cuyos ojos empañados en lágrimas permanecían fijos en el fuego, no se percató.

—A veces ocurren milagros, como los que hizo nuestro señor Jesucristo por obra y gracia de Nuestro Padre —comentó el segundo de los hombres atusándose la tupida barba rojiza.

—No es protocolario, y el día cinco de Enero todavía no ha llegado —dijo el anciano.

—Sabes tan bien como yo que no llegará a ese día. El milagro será hoy o no será.

Isabel lloró con más fuerza al escuchar aquellas palabras. Eran tres chiflados, pero lo que decían sonaba tan convincente, tan cercano a la realidad que no era capaz de dudar de su veracidad.

—Venga, Melchor. ¿Qué es un milagrillo de Navidad? El viejo panzón no tiene por qué ser el único que haga regalos esta noche —dijo el hombre de tez oscura, el más joven de los tres.

—Baltasar, siempre has sido demasiado impulsivo y los años no te han brindado el sosiego reflexivo de la vejez. Sin embargo... —El anciano miró al ciervo blanco y suspiró—. En esta ocasión creo que hay sabiduría en tus palabras.

Melchor se levantó del tronco que había estado usando como asiento y se aproximó a la fogata. De un saquito que colgaba de su cinto sacó un polvillo dorado que lanzó sobre la fogata. Los otros dos hicieron lo mismo mientras Isabel se enjugaba las lágrimas deseando con fuerza que aquella súbita esperanza fuese real, y no los delirios de tres chiflados. Las llamas ardieron con fuerza y aquel trozo de bosque se llenó con un agradable aroma a incienso. Acto seguido el anciano se giró hacia Isabel, la tomó de la mano y puso algo sobre su palma; unas bayas de acebo.

—Necesitarás esto para el ritual de tu abuela. Ahora regresa a casa, niña. Tu familia está muy preocupada —le dijo con una afable sonrisa.

—No sé qué responder... —confesó Isabel, un poco avergonzada.

—No es necesario que respondas nada. Portate bien y no persigas a espíritus del bosque para robarle sus cornamentas. Con eso nos damos por satisfechos —dijo el hombre de barba rojiza.

—Muchísimas gracias —dijo Isabel mirando a los tres, pero especialmente a Baltasar.

Como toda respuesta el hombre guiñó un ojo y se tocó la sien con dos dedos a modo de saludo y despedida. Para sorpresa de Isabel el ciervo se acercó a ella y Melchor la ayudó a sentarse sobre su lomo. Entonces rompió a correr a través del bosque nevado. Aunque había montado a caballo algunas veces, no se podía decir que supiese realmente montar. Lo que sí podía decir era que aquello no se parecía en nada a un caballo. Fluía a través de la nieve como una brisa de invierno, como si sus patas apenas rozasen el suelo algodonoso. Cuando quiso darse cuenta estaba delante de la casa de su abuela. Isabel desmontó y corrió hacia la puerta, pero antes de entrar se giró nuevamente al ciervo blanco y sonrió.

—Gracias.

El animal bajó suavemente su astada cabeza y volvió grupas para regresar al bosque. Isabel, con el corazón en un puño, entró en la casa. Un millar de pensamientos y temores la sacudieron cuando el calor del umbral la arropó. ¿Y si sólo eran tres chiflados y aquello había sido una pantomima? ¿Y si algo terrible había pasado mientras estaba fuera?

—¡Isabel! ¿Dónde has estado?

Fue su padre el que interrumpió sus pensamientos cuando la envolvió en un desesperado abrazo de alivio. Detrás de él se encontraban su madre y su abuela, ambas con los ojos enrojecidos por las lágrimas. Una mesa preciosa con canapés, embutido, marisco y paté esperaba a su regreso. A Isabel se le hizo un nudo en la garganta al pensar en lo preocupados que tenían que haber estado, sin saber si le había pasado algo en aquel bosque gélido y cubierto de nieve. Quizás tendría que haber dicho lo que pretendía hacer, pero no pudo por la vergüenza de saber que estaba traicionando a su abuela.

—Me perdí, pero conseguí encontrar el camino…

Las palabras se desvanecieron de sus labios cuando vio a su perra bajarse del sofá y correr hacia ella. Su pequeño rabito se movía de un lado a otro, celebrando su llegada. Casi sin aliento Isabel se dejó caer al suelo y la abrazó con fuerza. No se podía decir que estuviese totalmente recuperada; su piel todavía carecía de pelo salvo en algunos parches y a su cuerpecillo le faltaban unos cuantos kilos, pero la vitalidad había vuelto a sus ojos marrones.

Isabel, con las bayas todavía en su mano, cruzó la mirada con su abuela y sonrió como no lo había hecho en meses. Quizás aquellos tres hombres eran tres chiflados, y quizás el espíritu del bosque era un simple ciervo albino, pero lo que sí era real era aquel milagro de Navidad.


Querido lector; Esta historia significa mucho para mí. Fue una historia que hice en honor de mi perrita, a la que perdí después de meses luchando contra la lehismania. Para mi familia, la Navidad siempre ha sido importante, y quería hacer algo especial para ella. Si has llegado hasta aquí, mil gracias por leer esta historia, y espero que te haya gustado.