Un Ramillete de Malas Decisiones

Salió Louis de la ducha y se miró al espejo, dejó caer la toalla y recorrió con su mirada cada centímetro de su cuerpo. Según él, estaba envejeciendo, perdiendo atractivo, desaprovechando sus mejores años. Se empezaba a sentir como un decrépito ser, cansado, incluso hastiado, no solo de sí mismo, también de la vida, hasta de su matrimonio.
Más de la mitad de su existencia ha estado con Harry, y sería mal agradecido decir que han sido malos años. Al contrario, han sido maravillosos, llenos de bellos momentos, de aventuras, de crecer juntos, de cumplir metas. Tenía 18 años, dos más que Harry, cuando se hicieron novios después de un año de ser buenos amigos.
Miró hacia atrás, y pensó que era demasiado tiempo. A sus 40 años, llevaban 22 juntos, 20 viviendo bajo el mismo techo y 17 de casados. A su vida en conjunto, debía sumar el haber adoptado a sus dos hijos.
El problema, pensaba ahora, fue perderse de muchas cosas que hacen los jóvenes y que él no aprovechó, como las fiestas, los excesos o conocer otras personas. Reflexionaba de manera superficial, debido al malestar que le estaba provocando el hecho de haber desperdiciado experiencias importantes, fuera de la mano de Harry. No podía culpar a su esposo, que de hecho siempre lo incentivó a salir con sus amigos, a que aprovechara su juventud.
Pensar en Harry, sentía, ya no le provocaba lo mismo. El desgaste de los años le estaba pasando la cuenta, pero no sabía cuándo empezó a sentirse así. Quizás cuando su esposo privilegió cuidar a sus hijos y postergar su trabajo de médico en una de las mejores clínicas del país. Gracias a eso, perdió esa chispa de hombre independiente que a él le gustaba tanto. Si se miraba desde afuera, fue egoísta. Quería hijos, pero al momento de la verdad, no estaba dispuesto a posponer su ascenso como catedrático de la universidad de Londres.
El sexo se había vuelto rutinario, escaso, diferente. Aunque sus hijos ya eran adolescentes, Harry estaba muy cansado siempre, y no tenía ganas. La verdad, él tampoco insistía, y gracias a eso, se había enfriado la relación. Quizás, si hubiera intentado conversar, saber qué pasaba con su esposo, podría sentirse mejor, pero sólo dejó que el tiempo hiciera su trabajo. Estaba sumido en esos pensamientos, cuando sonó su celular. Sonrió al ver que era su amigo de infancia, Zayn.
—¡Hey! ¿A qué debo esta sorpresa?
—Ya está exagerando Señor Tomlinson, —contestó riendo. —No tengo tiempo, solo quería hacerte una invitación para ir esta noche a la bienvenida de Liam, en nuestro bar favorito, a las ocho, te espero. —Y colgó.
Louis sonrió, le vendría bien distraerse. Se vistió y preparó para irse a trabajar. En la cocina encontró a su esposo organizando las compras y cocinando, antes de también salir, rumbo a un centro médico, donde llevaba trabajando algunos años.
—Buenos días amor, —dijo Harry, dejando un suave beso en los labios de su esposo.
—Hola, te quería avisar que hoy llegaré tarde. Me llamó Zayn, vuelve Liam, y nos veremos en el bar.
—Qué bien, dales mis saludos. —Omitió decir que le dolió que una vez más, Louis no lo incluyó en sus planes. —Pásalo bien, —continuó, mientras revolvía la mezcla para wafles.
No hubo una despedida.
El corazón de Harry llevaba mucho tiempo acostumbrándose a ese tipo de desaires, aunque seguía desgarrándose. Amaba con su vida a su esposo, se postergó por su familia cuando entendió que Louis no lo haría. Estaba bien, pero tampoco quiso ayudar en el cuidado de sus hijos, ni siquiera a preparar un almuerzo, o llevarlos a la escuela, porque decía que su aporte monetario era suficiente, y que llegaba cansado de tanto trabajar. Lo entendió, también lo hizo cuando ya no lo abrazaba como antes, o no le daba un beso de buenas noches.
Sabía perfectamente qué estaba pasando, ese sentimiento de haber estado tantos años juntos y el agotamiento normal de su relación, pero, aunque intentó hablarlo, Louis nunca quiso. Y eso, terminó de convencerlo de que no valía la pena estirar más una cuerda que a su esposo no le interesaba mantener.
Claro que le dolía, fue su primer amor, su único amante, su compañero, su amigo más íntimo, su confidente, su todo. Pero no iba a ponerse a llorar como una víctima, o como un hombre desolado, él sabía lo que valía y nadie podría sacarlo de ahí. Sus hijos lo amaban tanto como él a ellos, tenía un buen trabajo, donde era reconocido, y podía compatibilizar los horarios con los de sus hijos. Su familia siempre apoyándolo, y uno que otro amigo, solo los necesarios. Si Louis no quería seguir con su matrimonio, él no lo iba a impedir, aunque se le fuera la vida en ello. Cuando llegara de su salida con Zayn, hablaría con él. Prefería terminar con la incertidumbre de una buena vez.
En el bar favorito de Louis y Zayn, se encontraron con Liam. Después de un largo abrazo se sentaron a conversar junto a unas cervezas heladas.
—¿Cómo están? —Preguntó Liam, que venía llegando después de vivir un par de años en Francia.
—Extrañándote, —contestó Zayn. Ellos habían tenido una hermosa relación de un año, pero Zayn no estuvo dispuesto a dejar su trabajo para acompañar a Liam y eso rompió la relación, aunque no el cariño.
—¿Y tú? ¿Cómo van las cosas con Harry? —dijo omitiendo el comentario de Zayn.
—Mal, la rutina nos está pasando la cuenta, estoy a punto de irme de la casa, —respondió muy seguro, hasta que vio la cara de sus amigos. —¿Qué?
—¿Estás seguro? ¿Lo has hablado con él? Louis, con Harry te sacaste la lotería, me parece que estás actuando de manera inmadura, —replicó Liam, mientras Zayn asentía.
—Estoy cansado, aburrido, ya no me provoca nada, no sé para qué seguir.
—Bueno, tú sabrás tu historia, pero solo espero que seas sincero con él y después no vuelvas arrastrando los pies, —confirmó Zayn.
—Voy al baño, —dijo molesto de que sus amigos no lo entendieran.
Se estaba lavando las manos, cuando una mirada le provocó un fuego intenso. A través del espejo, pudo ver a un chico, de quizás veinte años, con una sonrisa y que, además, le guiñó un ojo coquetamente.
—Hola, ¿andas solo? —Preguntó. —Soy Chris.
—Hola Chris, me llamo Louis y ando con unos amigos.
—¿Te gustaría que saliéramos a tomar un poco de aire? —Casi susurró.
—Claro, vamos.
La adrenalina estaba por todo su cuerpo. Hace tiempo no se sentía deseado, y ahora le parecía fácil y divertido tener estas aventuras. Era mejor de lo que había soñado.
Liam y Zayn lo vieron salir con este chico, pero no iban a entrometerse. Solo esperaban que Louis no fuera infiel, y esperara por lo menos a terminar su relación. Una vez fuera del bar, Chris se lanzó directo a los labios de Louis, que sorprendido lo besó también, hasta que reaccionó y lo alejó. Se sintió mal, extraño. Harry nunca fue así de arrojado, era más dulce y tierno.
—Lo siento, pero creo que te confundiste. —Explicó con su corazón a mil latidos por hora.
—Estoy seguro de que quieres lo mismo que yo, si no, no estarías aquí, —sonrió Chris, envolviéndolo con sus manos en el cuello.
—No, perdón, pero de verdad pensé que solo querías hablar, vas muy rápido, —se disculpó. —Voy a volver con mis amigos, —dijo caminando hacia la mesa. Liam y Zayn lo miraron con desaprobación, pero esperaron a escuchar a su amigo. —¿Son todos así de atrevidos? Parece que no tienen modales, mi esposo debería darles clases de respeto por ellos mismos, —continuó cada vez más molesto.
—No podría decirlo, hace mucho que no salgo con alguien, —respondió Zayn, esperando que Liam captara su indirecta, lo que no sucedió.
—Me voy a casa, creo que necesito dormir, —dijo levantándose. —Llámenme si vuelven a juntarse. —Dejó una par de billetes en la mesa y salió. Nunca esperó encontrar a Harry, sentado en la cocina, junto a una taza de té, mientras leía.
—¿Qué haces levantado? —Preguntó, sorprendido.
—Quiero hablar contigo, y antes que me pongas tu cara de hastío, no voy a esperar más.
—Está bien, ¿de qué quieres hablar?
—Lo nuestro está cada vez peor, a veces pareciera que me odias y no sé qué hice para que me trates así. Si ya no quieres estar conmigo, dímelo, pero no sigas estirando esta situación, por favor.
A Louis le impactó la tranquilidad de su esposo para hablar. No había ni un reclamo, ni una emoción, ¿acaso no le importaba?
—Tienes razón. Pensé que se me iba a pasar, pero creo que necesito tiempo para pensar, lejos de aquí.
—Bien, gracias por ser honesto. Mañana puedes irte con tus cosas y hablar con los chicos, así como yo lo hice.
—¿No me vas a pedir que me quede? —Preguntó pasmado.
—¿Debería? Mira Louis, intenté muchas veces acercarme y hablar, y siempre estabas ocupado. No te voy a perseguir, si quieres irte, la puerta es ancha. Me dejaste muy claro que ya no tienes ganas de arreglar esto. Voy a dormir, buenas noches.
Louis no pudo pegar un ojo. Mil y una preguntas estaban en su cabeza, al ver la reacción de su aún esposo, esperaba gritos, llanto, una escena, no la tranquilidad que recibió como un azote. Pese a todo, preparó su maleta con lo más importante para unos días, esperaba volver a su casa en algún momento, quizás en unos días, o meses si todo salía como había planeado. Estaba seguro que después de vivir nuevas experiencias, podría volver como si nada. Pero, su esposo lo volvió a sorprender.
—Espero que te lleves todas tus cosas antes del fin de semana. Ocupan espacio, juntan polvo y molestan, —dijo mientras caminaba por la habitación solo con un pequeño short, que dejaba a la vista su espléndido cuerpo, sus bellas piernas, su trabajado pecho, y sus fuertes brazos. —Los chicos están en la cocina esperando para que les hables.
Salió en silencio de esa habitación, que había sido suya por tantos años, y una sensación de nostalgia lo embargó.
—Hola mis niños, —dijo acercándose. —No sé si Harry ya habló con ustedes, pero si no, quiero que sepan que las cosas entre nosotros no andan del todo bien, por lo que me voy a ir un par de días para pensar y tener mi espacio.
—Está bien, —contestó Milly, de 14 años.
—Creo que es lo mejor, —dijo Max, de 17. —No veo a mi papá feliz hace mucho, espero que ahora se sienta mejor. ¿Nos podemos retirar? Tenemos clases.
—Sí, por supuesto. Voy a venir a verlos, lo prometo.
Por toda respuesta, vio salir a sus hijos comiendo manzanas. ¿Por qué lo habían tomado con tanta naturalidad? ¿Había algo que no sabía? No estaba entendiendo, estaba confundido.
Rápidamente buscó un departamento, cerca de su casa, y llamó a un camión de mudanza para esa misma mañana, y se instaló. No se sintió como esperaba. Ese lugar era moderno, con buenas terminaciones, pero frío, lejano. No era un hogar, no tenía un sofá con migas que tanto odiaba, tampoco las fotos de su matrimonio, ni los primeros dibujos de sus hijos que Harry había insistido en enmarcar. No quiso pensar más en eso, y se fue a trabajar, obligándose a soñar con su libertad. Al llegar a su departamento en la noche, decidió que era buena idea ir a ver a sus hijos. Compró pizzas y jugo, y caminó ¿esperanzado? Tal vez sí, tal vez era normal sentirse así después de una separación.
Al llegar, sintió como una puñalada, ver a su esposo y a sus hijos riendo en la cocina, en medio de un juego de cartas. ¿No lo extrañaban?
—Hola, —saludó, esperando un buen recibimiento. Pero, al contrario, el aire se tensó. —Traje pizzas y jugo, para que veamos una película.
—Vayan, —les dijo Harry. —Yo voy a ordenar acá.
—El jugo es de frutilla, y las pizzas de pepperoni, —contó feliz, hasta que vio las caras de desagrado de sus hijos. —¿Qué pasa? ¿No les gustan?
—Ay papá, soy alérgica a las frutillas y Max es vegetariano hace dos años, —explicó Milly.
—No puede ser, yo lo sabría, —contestó incómodo. —Lo siento, para la próxima vez llamaré antes. Los dejo descansar, —dijo caminando hacia la puerta, entendiendo que no era bien recibido. Ahí estaba Harry, esperándolo. Esperaba un poco de afecto o una palabra que lo calmara, como solo lo hacía su esposo, pero no.
—Necesito que me entregues las llaves. Ya no vives aquí, y no puedes aparecer así, sin avisar.
Y eso le dolió, más que nada en su vida. ¿Por qué se sentía así, si esto había sido su decisión?
—Claro, perdón por eso, no quería incomodarlos.
—Cuando quieras ver a los chicos, llámalos a ellos. Son lo suficientemente grandes para organizarse contigo, que tengas buenas noches.
Louis caminó de vuelta, hacia la puerta, completamente desolado. Lo estaba matando el darse cuenta de que ni siquiera conocía a su hijos, que con ellos no tenía un vínculo, que no lo extrañaban. Se tiró en su nueva cama, que olía a nuevo, y no le gustó. Hace menos de un día que salió de su casa, y ya extrañaba el olor de sus sábanas, que eran acogedoras y suaves, que lo abrigaban de otra manera. Y también entendió, que no eran las sábanas ni la cama, era Harry el que le daba a todo ese toque de calor, de hermosura, de perfección.
Fue a la cocina, pero había olvidado comprar lo mínimo. Ni un poco de sal ni una taza, y suspiró frustrado. Intentó ver televisión, pero no había contratado el servicio de cable, donde pasaban su programa de misterios favorito. Se acostó a dormir y le costó casi dos horas, esa cama era demasiado grande y vacía. Cuando despertó, se sentía morir.
—Amor, ¿me traes algo para el dolor de cabeza?
Y el silencio más cruel le contestó. Y recordó que las paredes no hablan y que estaba solo. Se levantó de malas, se tuvo que duchar con agua fría, sin shampoo ni jabón, ni máquina de afeitar. Se vistió, y salió a su trabajo, mientras hacía una lista en su teléfono de todos los pendientes. Al paso compró un café y casi lo escupió. Estaba acostumbrado al que Harry le enviaba en un pequeño termo, con la temperatura y la dulzura perfectas. Tampoco tenía su sándwich, envuelto en una linda servilleta ni un mensaje que le deseaba un buen día. Mientras más minutos pasaban, su corazón más se aceleraba y la realidad lo aplastaba.
Hizo sus clases sin ningún problema, pensaba, hasta que se encontró con el rector de la universidad, que lo miró de arriba abajo con desaprobación.
—Señor Tomlinson, ¿qué le ha pasado a su traje? —Preguntó muy serio.
—¿No entiendo? —Contestó perplejo.
—Está completamente arrugado y su corbata mal puesta. Incluso su pelo se ve poco ordenado.
—Lo siento, no me di cuenta. Me cambié de casa y estoy recién organizándome, no volverá a suceder. —Se justificó.
—Eso espero, la próxima vez tendrá una anotación en su hoja de vida.
Era lo único que le faltaba. Salió de la universidad y se dirigió al supermercado, y un nuevo problema: ¿Qué necesitaba? No podía ser tan difícil, todo el mundo lo hacía. Compró cervezas, algunos artículos de aseo que, estaba seguro, eran todos iguales, no se iba a detener a pensar si era para piel seca, pelo graso ni esas estupideces. Algunas frutas y verduras, aceite, sal, café y azúcar. Luego pasó por la sección hogar, para comprar vasos, platos, cubiertos y algunas ollas. Se sentía estúpido, él no sabía cocinar, pero iba a tener que aprender. Al llegar a su departamento, sacó su ropa de la maleta, completamente arrugada y se dio cuenta de que no tenía cómo planchar, tampoco había comprado detergente ni suavizante. El dolor de cabeza reapareció y la vergüenza se apoderó de él, cuando llamó a Harry.
—Dime, ¿Qué pasa? —Preguntó con la misma seriedad del último día.
—Perdón que te moleste, pero necesito tu ayuda. No sé planchar y no tengo cómo, mis trajes están arrugados y no puedo presentarme otra vez así. ¿Puedes ayudarme? Yo lo hago si me dices como, pero por favor, ayúdame.
—Ven, trae todos los trajes.
—Gracias, voy volando. —Al llegar a la que fue su casa, fue extraño tener que tocar el timbre en vez de solo entrar. —Hola, gracias de nuevo, —dijo avergonzado.
—No hay problema, —contestó Harry, —pero la próxima vez llévalos a la tintorería, así los tendrás limpios y bien planchados. Te preparé un café y un sándwich, estoy seguro de que no has comido en todo el día.
Y escuchar eso, fue peor que el silencio. Se quedó callado, incapaz de comer, mientras veía a su aún esposo moverse con soltura mientras planchaba y cantaba al mismo tiempo. Poco a poco, una de las sillas se iba llenando de trajes en sus colgadores y sus bolsas. En apenas diez minutos tenía todo listo.
—¿Por qué no comiste? —Preguntó. —Ya terminé, puedes llevarte el café y el sándwich. —Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.
—Gracias, gracias de verdad Harry, yo... puedo preguntar ¿Cómo estás?
—Bien, con mucho que hacer como siempre, pero tranquilo. ¿Y tú?
—Yo, bien, sí, bien, gracias por preguntar. Ya me voy y gracias de nuevo.
Harry lo vio salir, y una pequeña punzada en su corazón le hizo ver que su amor no estaba bien. Y a pesar de su seguridad y templanza, lo extrañaba, debía confesarlo, pero no iba a dar el primer paso, su orgullo estaba herido y maltratado en un basurero maloliente.
A pesar de ser un día de semana, y luego de ordenar su ropa, Louis decidió salir por una cerveza. Necesitaba despejarse, se había ido por ese motivo y las cosas no estaban saliendo como esperaba. Se sentó en la barra, y pidió un whisky, que era mejor que una cerveza en ese momento. Estaba ido en sus pensamientos cuando alguien se sentó a su lado. No le puso atención hasta que una voz un poco ronca, le habló.
—Hola, soy Jim, ¿puedo invitarte un trago?
—Hola, soy Louis. No, gracias, estoy bien, —sonrió sin gracia.
—¿Problemas? Soy bueno escuchando, —insistió, logrando que Louis se sintiera cómodo.
—Sí, problemas.
—Tienes toda mi atención, —y sonrió mostrando sus dientes, que no eran tan bonitos como los de Harry, pero eso era un detalle.
En medio de whisky y cerveza, le contó todo lo que le quemaba, hasta llegar a su decisión de irse para tomar distancia. Fue lo que Jim necesitaba, para aventurarse un poco más. Puso una de sus manos en el muslo de Louis, sobresaltándolo.
—Creo que estás malinterpretando las cosas, —dijo en medio de un mareo.
—Dijiste que te habías perdido muchas experiencias. Puedo enseñarte algunas en el baño, ¿Qué dices?
Y en su cabeza llena de alcohol, pareció una buena idea, si al final, para eso estaba ahí. Lo siguió en silencio, mientras el piso se movía suavemente bajo sus pies. Una vez allí, sintió como era tomado por la cintura demasiado fuerte. ¿Desde cuándo Harry era tan vehemente en sus caricias? Pronto su boca fue saboreada por unos labios delgados y fríos, ¿Qué le pasó a los de su esposo, tan suaves y esponjosos? Alguien se estaba restregando contra él, pero no se sentía excitado, ¿por qué? Luego de unos minutos que no recuerda, sintió como su entrepierna estaba siendo tocada con demasiada fuerza mientras intentaban desabrochar sus pantalones. Un minuto después, su ropa estaba en sus tobillos y vio a Jim de rodillas frente a él. En un momento de lucidez y horrorizado, se dio cuenta de lo que pasaba. Intentó separarse, pero ese tipo horrible era demasiado fuerte. Logró hacerlo después de darle una patada, se arregló la ropa y luego corrió a pagar lo que debía, para largarse de ese lugar.
Llegó a su departamento completamente borracho y sintiéndose culpable, tanto, que lloraba del enojo que sentía con él mismo. No solo se sentía como el más mierda de los infieles, sino que también entendía que se había puesto en peligro. Como un balde de agua fría recordó las veces que Harry le había pedido a Max no excederse con los tragos cuando salía, porque era peligroso, y él pensaba que era una tontera.
Casi sin pensarlo, tomó su celular y marcó.
—¿Louis? ¿Pasa algo? —Le contestó una voz somnolienta.
—Yo te engañé, perdóname. —En medio de su ebriedad logró que se le entendiera.
—¿Tomaste de más? Pero Louis, mañana tienes que levantarte temprano, —dijo a modo de regaño, omitiendo lo demás y sentándose en la cama.
—Perdóname, no quería... Yo no quería... —y colgó sin querer, dejando a Harry preocupado.
Debido a eso, lo esperó en la entrada de la universidad. Lo que vio, le hizo sentir pena: Louis caminaba casi arrastrando los pies. Parecía haber adelgazado unos tres kilos y se le notaba en sus pómulos, que si bien, siempre fueron definidos, ahora parecían cadavéricos. La luz que irradiaba había desaparecido, dejándolo con una piel opaca y sin brillo, pero lo peor era su actitud. Harry, que lo conocía a la perfección, sabía que eso, no era solo resaca, era decepción, desesperanza.
Tenía un conflicto gigante en su cabeza. No estaba seguro de estar haciendo lo correcto al preocuparse por Louis, su lado enamorado le gritaba que era su única opción y su lado herido le decía que no, que no era justo, porque Louis ni siquiera había hecho el intento de acercarse a hablar. Estaba consciente de que habían pasado pocos días, y quizás pasarían muchos más antes de que tuvieran un acercamiento real. ¿Tendría paciencia? O ¿terminaría con su historia? No podía saberlo, lo único que tenía claro, era que su amor estaba intacto, a pesar de todo. Tal vez, debería aferrarse a eso, mientras las cosas decantaban.
Cuando Louis vio a su esposo, sus mejillas se colorearon de encarnado. —Harry, lo siento. No debí llamarte.
—¿Por qué bebiste tanto? ¿Cómo te sientes?
—No lo sé, yo solo quería... conocer a alguien, pasar un buen rato, —contestó con la mirada en el suelo.
—Lo entiendo, pero para eso no es necesario que termines ebrio. Con tu encanto podrías llamar la atención de cualquier hombre, —dijo sin molestia. ¿Le dolió? Claro que sí, pero ya no estaban juntos, y sabía que era precisamente eso lo que Louis buscaba, a alguien con quien pasar un buen rato, olvidarse de todo. —Toma, te traje café, pastillas y un sándwich doble, y, por favor, intenta acercarte a los chicos. Cuídate, ¿sí?
Louis lo miró caminar, y sin querer, se quedó sin respiración. Se dio cuenta de cómo llamaba la atención, su manera de caminar, lo bien que le quedaban esos jeans y la chaqueta. Muchos se giraban para verlo, admirándolo. ¿Cómo se atrevían?
Pasó el resto de la semana a duras penas. Pensó ingenuamente que, con los días, se sentiría mejor en su departamento, pero no, conservaba su frialdad y vacío. Estaba harto de comer pan con algo, no tenía tiempo para cocinar, aunque la verdad era que no quería, ni siquiera un sándwich de los que había hecho, le había gustado. ¿Cómo era posible, que hasta para eso, Harry era maravilloso? Se decidió a llamar a sus hijos, y quedó de ir a verlos esa misma noche, pero ahora les preguntó qué querían comer. Se arregló como siempre, claro, y llegó a la que había sido su casa. Milly lo recibió, y Max ya estaba en el sofá, viendo televisión.
—Hola pequeños, ¿Cómo han estado?
—Bien papá, —contestó su hija. —¿Y tú? Te ves terrible.
—Solo estoy cansado. ¿Qué me dices tú, hijo?
—Estoy bien, ya sabes, estas últimas semanas antes de graduarme son espantosas y no sé qué estudiar, —contó.
—Ya veo, pero aún queda tiempo para que tomes esa decisión. ¿Y Harry? —Preguntó.
—Salió, —contestó Milly, comiendo una cantidad impresionante de papas fritas.
—¿Salió? ¿Con quién?
—Ni idea, —dijo Max. —Pero se veía muy bien, hace tiempo no lo notaba tan feliz.
Y la rabia y los celos ardían en el pecho de Louis. Esto no estaría pasando si él hubiese peleado por su matrimonio, en vez de pedir un estúpido espacio para pensar.
—¿Pasa algo papá? —Preguntó Milly. —¿Te sientes bien? Estás pálido.
—Sí, sí, claro, muy bien, excelente, mejor que nunca, —contestó como si fuera un robot.
Durante dos horas, estuvieron viendo una película y conversando. Descubrió que sus hijos eran increíbles, y todo lo que eran, lo hizo Harry. Aprendió muchas cosas, y su corazón se sintió más tranquilo. Cuando se acercaba la medianoche, llegó su esposo, muy sonriente, y viéndose demasiado llamativo, lindo, feliz. Mientras más lo miraba, más atractivo lo encontraba, mientras él se sentía más y más sin gracia.
Se levantó, intentando parecer tranquilo, y fracasando rotundamente. Lo supo cuando escuchó a sus hijos murmurar y riendo.
—Hola, —saludó. —¿Dónde andabas? ¿No es muy tarde? Puede ser peligroso, deberías llamarme para que te recoja.
Harry lo miró, y su sangre se congeló.
—¿Disculpa? Dónde estaba o con quien, no es tu problema, y no tengo porqué llamarte. Nuestro vínculo solo es por los chicos, nada más, —contestó molesto. —Espero que no malentiendas la preocupación que he tenido por ti, pero si es así, simplemente daré un paso al lado.
—Perdón, de verdad no pensé lo que dije, —se disculpó. —Me alegra verte tan bien, en serio.
Pero Harry ya no estaba ahí. Menos mal, así no pudo ver sus ojos cargados de lágrimas.
Una vez en su departamento, tomó una decisión. No había dejado tantos años de matrimonio atrás, para quedarse sufriendo por su esposo. Eso no formaba parte de sus deseos, así como tampoco los celos, la rabia, la nostalgia o la melancolía. Al día siguiente salió a almorzar, a un restaurante pequeño que había visto al pasar en la semana, y pidió algo sencillo, pasta a los cuatro quesos y una cerveza. Se acomodó y empezó a comer, pero parecía una jodida broma del destino. Eso tenía un sabor horrible, ¿Cómo podían comerlo los demás? ¿Acaso todo tenía que recordarle a Harry? Pero, no se iba a frustrar, quizás era cosa de acostumbrarse, por lo que terminó su solitario almuerzo obligado, con ganas de vomitarlo. Algo que sucedió apenas llegó a su departamento, no aguantaba más. Se tuvo que sentar en el piso, debido al malestar, pero se encontró con que el piso del baño estaba completamente mojado, y recordó que al bañarse no había tenido ningún cuidado, empapando todo. Un nuevo recuerdo apareció, que lo apenó, y que le provocó ganas de pegarse una buena patada: Harry siempre le pedía que fuera cuidadoso y le preparaba una toalla especial para salir de la ducha, pero siempre pensó que era ridícula tanta preocupación por un par de gotas en el suelo.
Se quedó sentado, derrotado, pero nada interrumpiría sus planes. Se levantó, se cambió de ropa, y preparó algunas clases. Cerca de las ocho de la noche, salió a un bar, donde por lo menos, pensaba, se sentiría menos solo. Cuando llegó, estaba bastante agradable el ambiente. Aún la música era suave y se podía conversar sin esfuerzo. Una vez más se sentó en la barra, y se dedicó a beber un par de cervezas. Cuando ya se iba, un guapo chico de lindos ojos verdes apareció a su lado, sonriéndole, causándole una bonita sensación.
—Hola, me llamo Andy, ¿Por qué tan solito? —Preguntó devorándolo con la mirada.
—Ya me iba, solo vine por un par de cervezas, —contestó nervioso.
—Puedo acompañarte con una más, ¿qué dices? Tal vez, así pueda conocer tu nombre.
—Soy Louis, —dijo riendo, parecía que su suerte estaba cambiando.
—Bueno, cuéntame, ¿a qué te dedicas?
—Soy catedrático de la universidad de Londres. Hago clases de especialización en Economía y algunas veces...
—Vaya, qué interesante, —interrumpió. —¿Estás soltero?
—Sí, hace poco terminé una relación...
—No es necesario hablar de eso, —volvió a interrumpir. —¿Qué tal si vamos a mi departamento y pasamos un buen rato?
—No, gracias, —contestó molesto. ¿Es que era tan aburrido que todos lo veían como alguien para pasar la noche? ¿Pero, no era lo que buscaba? ¿Por qué no eran como Harry? Con su esposo, tuvo que esperar un año de amistad, antes de siquiera pensar en besarlo en la mejilla. —Me voy, permiso.
—Hey, tranquilo, —insistió. —Piénsalo después de otra cerveza. —Sonrió cautivadoramente.
—No, recordé que tengo un compromiso, que estés bien, —dijo saliendo.
No iba a permitir que este pequeño tropiezo lo detuviera. Caminó hasta otro bar, que estaba bastante más lleno. No se había dado cuenta de que ya pasaban las diez de la noche. Acá la barra era mucho más larga, y se sentó en una esquina, donde había menos probabilidad de ser pasado a llevar por tanta gente entusiasta. Pidió un vodka y una tabla de quesos. No le gustó ninguno de las variedades que le sirvieron, extraño ¿no? Pronto apareció un hombre bastante atractivo, de unos 30 años tal vez, con una mirada lánguida, pero llamativa. Muy delgado, su pelo en una coleta, una barba incipiente.
—¿Buena noche? —Preguntó con una voz grave y lenta, apoyándose en la barra mientras bebía lentamente un vaso de whiskey en las rocas.
—Digamos que sí. ¿Qué tal la tuya?
—Ya sabes, bastante aburrida, hasta que te vi. ¿Quieres ir a mi mesa? Está al fondo, hay menos gente y se puede conversar mejor.
Aunque lo dudó, Louis lo siguió. Realmente estaba al fondo, y bastante oscuro, por lo que parecía normal escuchar ruidos extraños, pero conocidos y un olor desagradable que, pensó, era debido a lo mismo.
—Entonces, mi nombre es Edward, tengo 32.
Louis no sabía si era por el cambio de luz, pero la mirada antes sin vida, estaba ahora encendida. Se sintió cohibido.
—Soy Louis, tengo 40, —contestó, ya odiando las molestas y aburridas presentaciones. —¿A qué te dedicas? —Preguntó.
—Soy pintor, pero nadie entiende mi arte, aunque te aseguro que soy increíble, mejor que Dalí o Van Gogh.
—Oh, me gustaría ver eso, —dijo, mientras por dentro pensaba si era una broma o de verdad se creía sus propias palabras.
—Me inspira el día a día, una hoja, un ladrillo, la risa de un hombre viejo, y el azul de tus ojos, —continuó. —Te convertiría en mi musa, te convertiría en luz, aunque en realidad, no te necesito porque con el pincel en mi mano, soy sublime.
Y ahí sí que Louis no sabía dónde meterse ni cómo salir de ese incómodo lugar. Vaya charlatán que se encontró. —Interesante. —Fue lo único que pudo decir.
—Pero para que logres convertirte en mi inspiración, debo apreciar tu desnudez, y la calidez de tu cuerpo. ¿Te parece que adelantemos algo de eso aquí? —Preguntó acercándose.
Louis lo pensó dos minutos, quizás podría sacar una buena experiencia sexual con este tipo medio extraño. Era lo único que buscaba, no ser la cursilería de alguien. Se dejó llevar, pero apenas lo besó, quiso vomitar. ¿Otra maldita broma? El aliento, ¡cuál aliento! El hedor de esa boca era repulsivo, espantoso. Se separó apenas lo sintió y corrió al baño a lavarse la boca, las manos, la cara, y si hubiera podido, el cuerpo entero. ¿Acaso no conocía el agua, el cepillo de dientes, la pasta, la seda dental o el enjuague bucal? Debería ver a Harry, siempre oliendo a cielo, incluso cuando despertaba en la mañana, con esa sonrisa hermosa que mostraba sus hoyuelos junto a unos espléndidos dientes que amaba sentir en su cuello. No, no está pensando en su esposo otra vez, no. Respira profundamente y sale, esperando no encontrarse al loco ese.
Una vez fuera, empezó a caminar de vuelta a su departamento. Al entrar, se encontró con uno de sus vecinos que nunca había visto, pero que vivía al lado suyo. Se sonrieron y se saludaron al pasar. Louis se quedó con esa sensación, de haber visto a alguien muy agradable. Su compañero de edificio, era un poco más alto, moreno, cuerpo definido que se marcaba en sus ajustados pantalones. Linda sonrisa, suaves ojos color miel. Se sorprendió cuando se dio cuenta de toda la atención que le puso.
Sin quitarse la ropa, se tiró a la cama de piedra, como le había puesto, para dormir de una vez. Pero una voz apareció en su cabeza: Amor, lávate los dientes y ponte el pijama. ¿Cómo no hacerle caso? Se levantó y lo hizo, debía confesar que se sintió mejor. También recordó, que Harry siempre tenía un lindo jarro con agua en el velador, y lo hacía beber después de tomar alcohol y así evitaba muchas molestias al día siguiente y bebió un gran vaso antes de acostarse.
Intentó dormir rápidamente, pero la imagen de su esposo no se iba de su cabeza. Muy despacio, una certeza aparecía en él. ¿Existiría alguien, que sencillamente, se acercara, aunque fuera solo un poco a su Harry?” Ya no era suyo, él lo alejó, no lo vio, no lo reconoció, nunca le agradeció. Y cómo dolía, pero no se iba a detener, tal vez podría invitar a su vecino a tomar un café. Le pareció buena idea, y así se durmió.
Despertó de mejor humor, y decidió salir a desayunar. Quizás, era mejor conocer a alguien bajo la luminosidad del sol, en vez de hacerlo durante la secreta noche. Cuando iba saliendo, se encontró de nuevo con su vecino, que ahora llevaba una hermosa rosa blanca en sus manos. Se volvieron a sonreír, y Louis se atrevió un poco más.
—Hola, ¿llegaste hace poco acá? No te había visto —Preguntó muy sutilmente.
—Hola, sí, llegué ayer en la mañana. A todo esto, soy Noah, mucho gusto, —contestó, dándole la mano.
—El gusto es mío, soy Louis, —respondió el saludo, —creo que llevas prisa, —dijo mirando la hermosa flor.
—Así es, espero que me vaya bien, estoy... ilusionado, —contó con unos bellos ojos enamorados.
—Oh, qué bien, —respondió genuinamente feliz. —¿La conoces hace poco?
—Lo conozco hace apenas dos días, —dijo empezando a caminar hacia las escaleras. —Fui al médico y resultó ser el hombre más... no lo sé, ¿perfecto? Es un buen partido en todo el sentido de la palabra.
—Ojalá te vaya bien entonces, buena suerte, —habló a modo de despedida, sintiéndose incómodo con las palabras de Noah. ¿Así era como se referían a alguien que les gustaba? ¿Un buen partido?
Quizás estaba un poco desactualizado con estos de las citas y conquistas, pero la pequeña conversación le dio esperanza, de que era posible encontrar a alguien que te hiciera sentir mariposas. Inmediatamente se entristeció, cuando una vez más, su corazón le gritaba que ya lo había tenido y lo había echado de su vida. Se sentó en la terraza de una hermosa cafetería, y pidió un jugo de frambuesas y unos huevos con tocino y pan casero. La mañana estaba agradable, y estaba disfrutando de su desayuno, cuando dos mesas más allá, vio a un apuesto hombre, leyendo algo en su celular, que apenas levantó los ojos, se encontró con la mirada de Louis. Guardó su teléfono, y mantuvo el juego de las miradas durante unos cinco minutos, momento en el que se levantó y llevó su café hasta la mesa de Louis. Sin preguntar y sin ningún tipo de vergüenza, tomó asiento.
—Es un lindo lugar, ¿no? —Comenzó la conversación.
—Así es, no lo conocía, —contestó bebiendo su jugo. —¿Vienes muy seguido?
—Casi todos los días. Me gusta que siempre hay espacio, la comida es buena, la gente amable y tiene esta especie de jardín tan primaveral. Lo recomiendo totalmente.
—Gracias por eso, lo tomaré en cuenta. —Y sonrió.
—Tienes una sonrisa hermosa, aunque tus ojos son impactantes. No creas que te estoy coqueteando, es la verdad, —dijo casi con una alegría conmovedora.
—Gracias. —Se sonrojó, pero sabía que no era una respuesta de sus mejillas al halago recibido, sino que era vergüenza pura de sentir que, otra vez, había llegado al mismo tipo de hombre que tanto le molestaba.
—Es en serio, no te pongas nervioso, no quise incomodarte. Tal vez podamos conocernos un poco, conversar, ¿ir a caminar?
—Me gustaría mucho, me encanta conversar y caminar. —Se ilusionó y su primera mala impresión, se desvaneció.
—Puedo tener tu número de teléfono? Y tal vez, ¿invitarte una copa? —Preguntó.
—Claro, esperaré tu llamada.
Se despidió y caminó hasta un parque y se sentó, más tranquilo. A su cabeza vino el recuerdo del día de su boda. Estaba tan ilusionado, enamorado en exceso, que no podía dejar de sonreír. Sus familias y sus amigos compartiendo ese momento tan especial, apoyándolos, creyendo en que su amor sería para siempre. Otra vez, el velo que tenía sobre sus ojos comenzaba a difuminarse. Ya no estaba seguro de haber hecho lo correcto, y a la vez que empezaba a aceptarlo, comprendía que no podía devolver el tiempo, y que pensar en volver con Harry, sería muy, muy difícil, porque no se lo merecía. Pero, tal vez, este nuevo proyecto de cita, daría un poco de luz sobre sus dudas.
Miraba las hojas de los árboles, cuando de pronto, una imagen lo congeló por completo, helando su sangre y su respiración. Su vecino, caminando por el parque con su esposo, su Harry, que llevaba la rosa blanca en sus manos. Su corazón se rompió, con esa imagen grabada en su piel. No les quitó los ojos de encima, siguió cada paso y cada reacción en el cuerpo de Harry, y se sintió traicionado, aunque tenía claro que no tenía derecho, su aflicción era tan real como el cielo.
Vio a su esposo reír y conversar a paso lento. ¿Siempre había sido así de atractivo? Sí. ¿Por qué dejó de verlo? ¿Cómo alguna vez pudo dormir sin acariciar esas largas piernas que le encantaba poner en sus hombros? ¿En qué momento sus manos no extrañaron su piel tan suave y prefirieron el vacío? Dios, era un estúpido, el mayor idiota que había pisado la tierra. Nunca necesitó más que a su esposo, era él quien le daba color a su vida, y por su inmadurez lo había perdido y lo peor, es que lo veía frente a sus ojos.
¿Y si intentaba hablar con Harry? Mejor no, porque, ¿qué podría decirle? Ninguna de sus palabras tenía validez, no tenía perdón, se merecía vivir sin su esposo, sin todo lo que significaba. Él no lo valoró, muchas noches se preguntó cómo lo hizo su esposo para tener siempre todo tan claro, y mantener su autoestima tan alta. Era una característica que admiraba, así como tantas otras. Ahora se daba cuenta de que no tiene que haber sido fácil dejar su trabajo en pos de una familia, que él insistió en tener, y que no cuidó.
Mientras veía a Harry caminar relajado, llamó a su hija.
—Hola papá, qué sorpresa, —dijo realmente asombrada.
—Hola preciosa, quería saber cómo estás.
—Bien papá, preparando mi fiesta de 15, vas a venir, ¿verdad?
—Claro que sí, pero no recuerdo los detalles, ¿me envías un texto con la información?
—Claro que sí papá. Puedo preguntar, ¿estás bien? Te escucho un poco triste.
—Lo estoy, pero no te preocupes, es solo que...
—¿Qué estás arrepentido de dejar a mi papá?
—Sí, lo estoy, pero eso no es problema tuyo ni de Max. Mmmm, ¿podrías decirme si Harry está saliendo con alguien? ¿Cómo está?
—Ay papá, primero me dices que no es mi problema y luego quieres que cuente... pero está bien, solo porque espero verlos de nuevo juntos. Mi papá cree que no nos damos cuenta, pero lo conozco tanto, porque siempre ha sido tan abierto con sus sentimientos, y lo veo triste. A veces se queda mirando algo, y sus ojos se llenan de lágrimas. Conoció a un tipo en la consulta médica, y lo ha invitado a salir. No quería ir, pero al final lo convencimos. Necesitaba tomar aire, y, aunque te duela, entender que hay más opciones, porque papá, qué tonto eres.
—Lo sé hija, lo sé. Dudo de que Harry me quiera dar otra oportunidad, yo, no tengo perdón. Pero, por favor, discúlpame, no debería hablar de esto contigo. Nos vemos el fin de semana, ¿sí?
—Prométeme que lo vas a intentar, no lo dejes papá, por favor.
—Tranquila pequeña, todo va a estar bien, un beso.
Colgó, suspirando, indeciso y confundido. Buscó con la mirada a su esposo, y lo que vio, no le gustó, es más, le provocó una furia espantosa, incontrolable. Se levantó y corrió, cuando vio a su vecino abrazando a su esposo e intentando besarlo, mientras Harry forcejeaba y gritaba que lo dejara en paz. Louis lo tomó del brazo con una fuerza desconocida, y ahí mismo lo golpeó en la cara, mientras le advertía que no volviera a acercarse, y se llevaba de la mano a Harry, que estaba pasmado y dolido. Lo llevó a su departamento, y le dio un vaso con agua. Se odiaba por no tener algo más que ofrecer, además de cerveza que su esposo no bebía.
—Harry, amor, háblame, por favor.
—Estoy bien, no puedo creer que salí con ese idiota, abusador. Gracias por defenderme, no sé qué hubiese hecho sin ti, —dijo con más tristeza que la que podía soportar Louis.
—Perdóname, por favor, por actuar como el más grande estúpido al...
—No, no sigas, no es necesario y no es el momento, —interrumpió.
Pero Louis no soportaba tenerlo ahí, tan cerca y no poder tocarlo. En un impulso lo besó, se fundió en su boca, se perdió en la suavidad de sus labios, mordió su lengua y respiró su aliento, mientras sus manos buscaban su lugar en las caderas perfectas de Harry. Harry que respondió con ansias, con vehemencia, con intensidad y reclamó la espalda de su esposo, rasguñándolo suavemente. Por largos minutos se sintieron de vuelta a sus mejores años, cuando solo una caricia los encendía, cuando los problemas no existían, cuando solo eran ellos amándose. Lentamente Louis comenzó a quitar la ropa que les estorbaba, hasta que Harry lo detuvo.
—No, no Lou, no.
—¿Porqué? ¿Qué pasa? ¿Ya no me amas? —Preguntó.
—Lo hago, —contestó casi con vergüenza. —Pero nosotros no estamos juntos, no puedes pretender que haga que aquí nada pasó. Una cosa es que te agradezca lo que hiciste, pero no era justo que te aprovecharas de esa situación, —contestó con una actitud que le desgarró más que sus palabras. Se le notaba la falta de fuerza, la indignación, y un poco de decepción.
—Lo siento, lo siento, yo... No pensé, solo te vi aquí, y no pude evitarlo, porque eres tan bonito, y hueles tan bien, y yo te amo tanto, y no entiendo cómo fui tan tonto, idiota, estúpido, bestia, cretino, necio... Yo no puedo creer que te dejé ir, lo siento...
Y Harry sabía que era verdad, porque esos ojos azules que durante tantos años vio amanecer a su lado, le contaban una verdad que conocía muy bien, porque era la suya propia, porque, aunque los últimos años estaban nublados en una confusión que entendía, en el fondo estaba el amor que siempre se tuvieron, que era su mayor orgullo, por el que apostaron tantas veces.
—Eres todo eso y más, y sé que me amas como yo a ti, pero no Louis, no es llegar y decir no me resultó y ahora vuelvo como si nada. No es justo, no me lo merezco, no tienes derecho a hacerme esto, porque me duele, porque me hiere, porque simplemente no puedo perdonarte.
—Te lo juro, estoy arrepentido, por favor, dame otra oportunidad, déjame intentarlo. —Y la mirada de Harry le hizo entender que no, que no merecía tenerlo ahí, que había echado a perder lo que construyeron. —Entiendo, no es necesario que contestes.
—Mejor me voy, —dijo Harry, que por primera vez miraba el departamento y se le erizó la piel. Era tan frío, incluso feo, podría hacer mucho para que Louis se sienta mejor, pero no, no lo haría. Caminó hacia la puerta y antes de tomar la manija, sintió el brazo de Louis en el suyo.
—Lo siento, te lo juro, aunque no quieras volver a intentarlo, aunque no vuelva a verte, por favor, perdóname.
Harry salió del departamento con la incertidumbre de si estaba haciendo lo correcto o no, pero se fue. ¿Qué pasaba si Louis volvía a hacer lo mismo? ¿Podría volver a confiar? ¿Estaba realmente seguro de que su amor era profundo? Si lo era, si lo amaba, ¿por qué prefirió alejarse antes que intentar arreglar su matrimonio? ¿Por qué no se le ocurrió pensar en que él también estaba cansado?
Porque sí, Harry también se sentía agotado, pero no bajó los brazos. Siguió buscando los labios de Louis en la mañana y en la noche, recibiendo a veces, un frío saludo de vuelta. Continuó dejando una nota en su sándwich deseándole un buen día, preparando sus platos favoritos, intentando no molestar ni quejarse, organizándose para hacer malabares entre la casa, las actividades de sus hijos y el trabajo. Y entonces, en esa reflexión que pasó en un par de minutos por su mente, entendió que él también había fallado, que nunca habló de lo que necesitaba o molestaba. El matrimonio era de a dos y él había asumido voluntariamente hacerse cargo de todo, sin pedir la opinión de su esposo.
Aun así, lo que había hecho Louis era, por mucho, más grave. Había buscado intencionalmente a otros hombres, y no sabía hasta dónde había llegado con ellos, y ardía en celos de solo pensarlo en los brazos de alguien más. Se devolvió y tocó el timbre. Louis le abrió, sorprendiéndose de verlo.
—Tal vez, deberíamos hablar. ¿Puedes venir a cenar el viernes? —Preguntó nervioso. Se sentía como una cita.
—Sí, por supuesto, ahí estaré, —contestó sonriendo, con esas arruguitas al lado de sus ojos, que enamoraban cada vez más a su esposo.
Esa tarde, recibió la llamada de Adam, a quien conoció en la cafetería. No estaba seguro de volver a verlo, pero en un acto de estupidez, lo invitó a su departamento. Conversaron, tomaron cerveza, se rieron, pero Louis no dejaba de pensar en Harry. Después de dos cervezas, se sintió extraño y un par de horas después, despertó en el sofá. No recordaba en qué momento se durmió, y muy lentamente se dio cuenta de que algo no andaba bien. Estaba vestido, pero Adam no estaba, al igual que su billetera y unos adornos de plata que eran de Harry, pero que se había llevado sin querer de su casa. Se sentó en el piso y se odió mentalmente por ser tan estúpido, tonto, sin cerebro. Llamó de inmediato a su banco para bloquear las tarjetas, y su cédula. Tenía bastante efectivo, pero lo único que le dolía, era la primera carta de amor que le escribió su esposo, cuando apenas era un chico de 17 años y que estaba siempre con él. Derrotado, fue a acostarse, maldiciendo el momento en que mandó todo a la mierda por su necedad de querer probar cosas nuevas lejos de su esposo.
Lunes y martes pasaron sin contratiempos. El día miércoles, cuando Louis salía de la universidad, se encontró con uno de sus alumnos, que siempre le había parecido atractivo y el verdadero motivo del alejamiento de Harry. Pensaba, en esos días, que le gustaría pasar unas horas con ese chico, solos, ojalá en su cama. Pero en ese momento le pareció común y sin gracia, comparado con el porte y la belleza de su esposo. Saludó formalmente, como si fuera cualquier persona, pero el alumno lo siguió hasta el estacionamiento.
—¿Necesita algo señor Jones? —Preguntó ligeramente molesto.
—Sí profesor, me gustaría hablar con usted, pero en un lugar más... privado.
—No veo de qué podríamos conversar fuera de la sala de clases.
—¿Cree que no me he dado cuenta de cómo me mira? Es mutuo, sobre todo ahora que es un hombre soltero, —dijo acercándose.
—Creo que está equivocado. Mi situación sentimental no es de su incumbencia, y le rogaría que mantenga la distancia.
—Nunca me equivoco señor Tomlinson, podemos ser muy discretos. —Y sin más, se lanzó a besarlo, justo en el mismo momento en que llegaba Max a buscarlo. No lo podía creer, su papá con otro hombre, así, como si fuera lo más normal. Pero, Harry le había enseñado a no quedarse con la primera impresión, y se dio cuenta de que Louis no estaba tocando a este chico apenas unos años mayor que él, y sonrió cuando lo vio empujarlo y gritarle.
—¡Basta! ¿Qué clase de comportamiento es este? —Preguntó furioso.
—No diga que no le gustó, —contestó sonriendo.
Lo que más le daba rabia, era pensar que, por ese tipo, había puesto su matrimonio en riesgo, un chico que era tan desagradable como el montón de estúpidos con los que se había cruzado. Sin decir más, se devolvió a la universidad y sin perder tiempo, puso un reporte con el rector, quien no se sorprendió, porque había recibido dos notificaciones más sobre el mismo estudiante. Cuando llegó nuevamente a su auto, vio a su hijo esperándolo.
—Max, ¿qué haces aquí? ¿Está todo bien?
—Sí papá, venía a dejarte la invitación para mi graduación.
—Gracias pequeño, ¿te pasa algo?
—Te vi besando a ese chico, —contestó, viendo palidecer a Louis. —Sé que no debo meterme, pero papá, ¿por qué?
—Lamento que vieras eso, no fue mi intención, no sé por qué actuó de esa manera, yo... no sé qué decir.
—Vi que lo detuviste, pero verte besándolo me decepcionó. Mejor me voy, y la graduación es en un mes, ojalá puedas ir.
Se fue, dejando a su padre angustiado. Podía hacer una sola cosa, y era llamar a Harry y contarle. —Hola amor, perdón, Harry, —dijo nervioso.
—Hola, ¿cómo estás?
—No muy bien, necesito contarte algo.
—Te escucho, —contestó presintiendo algo malo.
—Max me vio besando a un alumno, y yo necesito explicar...
—No, no, no Louis. ¿Es en serio? ¿Ahora me vas a contar sobre tus conquistas? ¡No lo puedo creer! No quiero volver a verte. —Y colgó, dejando a su esposo al borde del llanto. ¿Tenía que ser tan tonto de ni siquiera saber explicarse?
Subió a su auto y pasó a comprar un ramo de rosas. Llegó en quince minutos al que era su hogar, y le pidió a todos los dioses y santos, que Harry lo escuchara. Max abrió la puerta y le sonrió.
—Qué bueno que viniste papá, —saludó. —Pasa.
—¿Dónde está Harry?
—En el dormitorio. —Le guiñó un ojo, poniéndolo más nervioso aún. —Tranquilo, ojalá puedan empezar a arreglar las cosas.
—Gracias hijo.
Caminó por el pasillo, hasta la habitación del fondo, y tocó suavemente antes de entrar.
—Pasa, —contestó desde adentro.
—Hola.
—¿Qué haces aquí? Pensé que era Max.
—Harry, necesito explicarte lo que pasó.
—No es necesario, Max ya lo hizo.
—Igual quiero que lo sepas por mí. Hay cosas que no sabes. —Pidió inseguro, porque iba a confesar todo en ese momento. Tomó el silencio de Harry como una invitación a hablar. —La primera vez que vi a Isaac, fue en una clase de especialización. Me llamó la atención, primero, porque es extraño ver alumnos tan jóvenes, y segundo, porque parecía siempre necesitar atención. Lo miraba ser divertido, alegre, popular. Y lentamente fui imaginando cómo sería volver a esa edad y no tener preocupaciones, más que estudiar, sin ataduras, siendo libre” Hizo una pausa para respirar y ver las lágrimas de su esposo caer lentamente. —Intercambiamos miradas por meses, pero nunca me atreví a dar otro paso, porque mancharía mi hoja de catedrático, que sabes ha sido intachable. Él me despertó ese frenesí de vivir, de desordenarme, de ser un poco loco. Si lo pienso fríamente, nunca pensé en ti... Me nublé, fui egoísta, no existía nadie más que yo y ese alumno, quería sacarme las ganas de sentirme de nuevo deseado por alguien menor”
Terminó de hablar y se dio cuenta, ahora más claro que nunca, que era un estúpido. Vio a Harry secar sus lágrimas, con tanta pena, tan decepcionado, que supo que lo que había pasado marcaría un cambio en él, en Harry y en su matrimonio. El silencio era horriblemente incómodo, pero ninguno podía ni quería ni sabía qué decir.
—Harry, ¿puedes hablarme? —Susurró.
—Vete, —dijo en apenas un susurro. —No quiero verte, ni hablarte.
Louis salió con la cabeza gacha, le dolía, claro que sí, pero lo esperaba, estaba consciente de que era un riesgo hablar, pero no podía ser de otra forma. Se encontró con Max en la cocina, que de inmediato supo que las cosas no habían salido bien.
—Ten paciencia, yo ni siquiera te habría vuelto a mirar, —dijo comiendo una jugosa naranja. —Necesito que me hagas un favor. El viernes en la noche voy a ir a una celebración formal, en la casa de Arthur, pero no alcanzo a comprar lo necesario. Vendré a cambiarme de ropa y a recoger los regalos, si es que me haces el favor de traerlos. ¿Crees que puedas? —Preguntó pelando otra naranja.
—Claro, ¿qué necesitas?
—Tres botellas de vino, una caja de bombones con relleno de coñac y un ramo de flores, de rosas de cualquier color.
—¿A qué hora los necesitas? —Preguntó una vez más, sin prestar real atención.
—A las ocho, y por favor, no te demores.
—No te preocupes hijo, aquí estaré.
—Gracias papá, te quiero, —dijo abrazándolo, reconfortándolo, abrigándolo.
—Te amo pequeño, nos vemos.
Llegó a su departamento, que cada día detestaba más, a solo sentarse en su cama. No podía describir lo que sentía, todo era confusión, amargura, vacío. Por un instante pensó en irse de la ciudad, pero sería mucho más estúpido. Su trabajo era maravilloso y sus hijos lo eran más, no podía solo dejarlos después de tantos años de no estar con ellos, a pesar de vivir juntos. Quizás lo mejor era darle un poco de espacio a Harry, mal que mal, no habían dejado de verse y eso igual debía ser difícil, no tenía sentido separarse si las cosas no iban a cambiar. Esa noche se acostó a dormir antes de las diez, después de mucho tiempo y nunca le había parecido tan fría su cama. Gracias a eso, pudo levantarse muy temprano, y aprovechó de juntar sus trajes para llevarlos a la tintorería, e hizo una nueva lista con lo que necesitaba para la semana. Juntó la ropa sucia para lavarla en la noche, sacudió un poco, y luego se bañó tranquilo. Se vistió con el penúltimo de sus trajes limpios y arregló con esmero su corbata y su pelo. Pese a todo eso, no pudo cambiar la tristeza en su mirada y sintió pena, simple y pura pena.
Al llegar a la universidad, se encontró con murmullos tras su paso, no esperaba la noticia que le estaba esperando. Fue llamado a la oficina del rector, y aunque le sorprendió, fue tranquilamente.
—Buenos días Señor Tomlinson, —saludó grave y seriamente el señor Williams. —Lo he citado, porque puso un reporte en contra del estudiante Isaac Jones, pero él, alega hostigamiento de su parte y acoso. ¿Qué puede decir al respecto?
—¿Qué? —Preguntó palideciendo. Jamás pasó por su cabeza lo que estaba pasando. —Mi conducta siempre ha sido intachable, nunca sobrepasó los límites de profesor a alumno, estoy impactado.
—Bueno, debo informarle que hasta que no termine la investigación, está suspendido de sus funciones. Tiene todo mi apoyo, pero se me escapa de las manos. Le informaré la decisión del consejo.
—Gracias, con permiso, —dijo saliendo, sintiendo el peso del mundo en sus hombros. ¿Es que acaso esto no iba a parar jamás? Fijarse en ese chico fue definitivamente, la peor decisión de su vida. Tanto que se había esmerado en vestirse bien, y ahora tendría que guardar sus trajes hasta nuevo aviso.
Al llegar a su departamento, se cambió por una camiseta y un buzo, y se quedó en calcetines. Intentó llamar a Harry, pero no le contestó ninguno de los cinco intentos, tal vez estaba ocupado. Decidió ponerse zapatillas y seguir con sus planes, de ir a la tintorería, lavar la ropa, y pasar al supermercado. Aprovechó de comprar lo que Max le había pedido, excepto las flores, pero era difícil elegir un buen vino. La verdad no. Buscó la marca y la cepa que siempre elegía Harry, y que era realmente delicioso, un Chateux Margaux, un clásico francés que hasta él disfrutaba de vez en cuando. Llevó dos botellas y un espumante que, según Harry, era para toda ocasión. Luego buscó los chocolates, y le pareció divertido que fueran los mismos que amaba su esposo. Tomó dos cajas, por si acaso Harry se antojaba, se dijo ilusionado por dos segundos. Al llegar, se dedicó a organizar la despensa y buscó una receta en internet para preparar algo decente, se volvería loco si comía otro sándwich. Preparó unas papas cocidas, una hamburguesa a la plancha, y una sencilla ensalada de tomates, no era genial, pero era su primer intento con la cocina, y se sintió bien. Comió mientras revisaba sus redes sociales, y sin querer, vio una publicación de Harry, donde estaba en la ventana de su habitación, mirando al cielo. Dios, era demasiado hermoso para este mundo, su corazón saltó al mirarlo, quiso haber sido quien tomara la foto, quien estuviera con él. Pocas palabras acompañaban la imagen: ¿qué hacer cuando todo es confusión?
Podría haberle contestado que le preguntara a su corazón, pero no podía hacerlo, porque él mismo no se había perdonado, porque de solo pensar en que Harry hubiese actuado como él, jamás volvería a mirarlo, se hubiese muerto en ese instante.
El día viernes llegó sin demora. Louis retiró sus trajes de la tintorería, guardó la ropa limpia, limpió el baño, cambió las sábanas. Preparó un arroz, que le quedó un poco crudo, con una tortilla de verduras, que se le desarmó, pero estaba rica. A este paso sería un gran chef, se decía para darse ánimos. Después se durmió viendo una película y cuando despertó, ya eran las siete y media. Se tuvo que bañar en dos segundos, y se vistió con un buzo suelto y un suéter verde, tomó el encargo de su hijo y salió. Alcanzó a llegar tres minutos antes de las ocho, y tocó el timbre de la casa. Le llamó la atención que estaba casi todo apagado, pero iba a esperar un poco sentado en el escalón de la entrada, cuando Harry le abrió la puerta y lo miró extrañado.
—¿Qué haces aquí? —Preguntó abrazándose, hacía frío.
—Max me pidió que trajera esto, —contestó mostrando las bolsas.
—Pasa, déjalas en la cocina, —dijo, haciéndose a un lado. —Me extraña que te haya pedido eso, si no va a llegar hasta el domingo.
—No puede ser. Me dijo que a las ocho en punto le trajera estas cosas, porque las pasaría a buscar rápido para una cena elegante, —afirmó con seguridad.
—¿Una cena elegante? ¿Y qué le trajiste?
—Vino, chocolates y estas flores.
—La verdad me sorprende, se fue a la playa con la familia de Arthur, ya sabes que son novios, ¿no?
—No, no lo sabía. Pensé que eran amigos, aunque últimamente me he dado cuenta de que apenas los conozco. ¿Milly también tiene novio?
—No, está muy pequeña y lo único que le interesa, por ahora, es hacer pijamadas con sus amigas, aunque hay un chico por ahí que la anda persiguiendo, —contestó sonriendo. ¿Qué haremos con esto? —Preguntó.
—Ni idea, las flores se van a marchitar sin agua, y los chocolates son tus favoritos, igual que los vinos. Podrías quedártelos, y si los necesita después, los reponemos, —respondió aún tímido.
—Bien, —habló Harry, sin estar seguro de lo que iba a preguntar. —¿Quieres una copa?
—Me encantaría, yo abro una botella.
—Acuérdate del decantador, traigo las copas, —dijo, demorándose.
Louis ya estaba en el sillón, agitando el vino suavemente.
—Este vino es realmente excelente, leí una crítica el otro día y está considerado entre los mejores. Solo tú podrías haberlo sabido, —contó, esperando no incomodarlo.
—Siempre te lo dije, —sonrió. —Traje una tabla, tiene el queso que te gusta, —dijo, mientras la dejaba en la pequeña mesa de madera.
—No tengo idea de qué queso es. El otro día fui a un bar, y los que me dieron eran horribles. —Se arrepintió de lo que dijo, cuando el aire se puso tenso. —Lo siento...
—No te preocupes. El queso se llama Grosse Tomme, es francés, y dudo que lo compren en los bares. Es costoso y lo venden muy pocos lugares, —informó, con otra de sus hermosas sonrisas.
—Con razón, gracias. Después podrías decirme dónde conseguirlo.
—Puedo comprarlo y que pases a buscarlo. —Le estaba costando la vida tener a Louis tan cerca, sobre todo cuando sus últimas interacciones fueron tensas y él se sentía vulnerable como nunca antes.
La primera copa la tomaron al seco, sonrojándose los dos. La segunda y la tercera estuvieron mejor, mientras hablaban de sus hijos, y el queso, las aceitunas y las uvas desaparecían. La cuarta fue mágica, parecía todo fácil y tuvieron que abrir otra botella.
—Creo que voy a preparar algo más, —dijo Harry, levantándose y mareándose. Había tomado más vino de lo que acostumbraba, que no eran más de dos copas. —Ups, —se río al ver cómo todo se movía, pero se le quitó cuando se tropezó y cayó al piso.
Un minuto pasó en que había solo silencio. Después, las risas, las carcajadas de los dos. Louis quiso ayudar a Harry, pero también terminó en el piso, lo que solo les provocó más y más risas.
—Voy a servir otra copa... —Dijo intentando que se le entendiera.
Harry llegó arrastrándose a la cocina, y con esfuerzo, afirmándose de una silla, logró ponerse de pie. Tomó una hogaza de pan, e intentó cortarla de forma pareja, pero el pan insistía en moverse y así no se podía. Buscó una de sus pastas para untar favoritas e intentó ponerla en un bonito pocillo, pero se le cayó la mitad. Solo pudo reír, hasta que le dio pena. Volvió al sofá, donde se dio cuenta de que la mitad del vino estaba encima de la mesa, derramado, mientras Louis lloraba lamentándose. Verlo así le dio mucha ternura, y se sentó a su lado, tratando de mantenerse tranquilo. Ninguno sabía por qué estaban sentados en el piso, pero daba igual.
—El pan está bailando, —dijo Harry, tratando de mantener los ojos abiertos.
—Baila salsa, —contestó Louis en medio de su llanto. —Deberíamos aprender a bailar, —continuó moviendo la cabeza, en un errático vaivén.
—Sip, —respondió Harry, hipando muy fuerte y haciendo que se tapara la boca de la vergüenza. Pero logró que los dos volvieran a reír.
—Quiero cho... colates... —Habló Louis, gateando por el suelo hasta llegar a la bolsa que había dejado en la cocina. Logró llegar de vuelta, con las dos cajas.
—Hey, eso es mío, —dijo Harry tomándose otra copa de vino al seco e intentando quitarle los bombones a su esposo.
—Naaa, no seas así, yo, yo, yo te invito...
—Está bien, pero yo, quiero, quiero, que quiero el... ¿Qué era? Ah, sip, quiero el primero...
Louis intentó con esfuerzo tomar uno, pero se le derritió un poco entre los dedos. Prácticamente lo aplastó en la cara de Harry, que hizo lo mismo, pero en el pelo de su esposo.
—Te queda bien... bien, bien, bien... me dan ganas de comerte, —dijo Louis, intentando sonreír, en medio de su borrachera.
—Nop, no puedes, porque... porque para eso, tendrías que meterme en el horno, como a un pollo... —Comenzó a llorar. —Y yo no alcanzó a entrar al horno...
Louis lo miró y no sabía si reír o llorar, porque se veía tan bonito y tierno. Simplemente se acercó y lo abrazó. —Voy a buscar, em, un horno muy grande, muuuuuy grande... —Pensó, en medio de su borrachera que lo haría sentir mejor. Pero fue peor.
—¡Quieres matarme! ¿No te bastó matar a mi corazón? —Dijo golpeando el piso con un cojín.
—¿Lo maté? ¿Cuándo? No me acuerdo... —Se perdió mirando girar el techo.
No supieron cuándo terminaron la tercera botella y no eran capaces de levantarse. Se durmieron así, en el piso, en medio del vino que caía por la mesa, de sus ropas sucias de chocolate al igual que el sillón, con los cordones que tenían sus zapatillas unidas, el pan aplastado, y galletas que quien sabe fue a buscar, junto a la foto de sus hijos.
Nunca les había dolido tanto una mañana. La luz entraba fuerte por las ventanas, y sus pobres cabezas estaban a punto de explotar. Louis fue el primero en despertar y estaba confundido, miró el reloj y ya era mediodía. Pronto descubrió a Harry con la cara aplastada y llena de chocolate, y dentro de todo, se sintió feliz. Hace tiempo no se divertía tanto, ni de una manera tan simple, tan hogareña, tan fácil. Intentó levantarse, pero descubrió la trampa que ellos mismos se dejaron en algún momento. ¿Por qué lo hicieron? ¿Tenían miedo de que el otro no estuviera ahí al despertar?
Harry abrió los ojos, y maldijo cada respiración que dio. Jamás había tomado tanto, el malestar era demasiado para él, y el asco lo iba a enloquecer. ¿Cómo sucedió eso? Recordaba muy poco. Intentó levantarse y se dio cuenta de que no estaba solo.
—Buenos días, —saludó feliz Louis. —No puedes levantarte, porque al parecer hicimos esto en algún momento. —Mostró los cordones en un nudo imposible de sacar.
Harry pasó su mano por la cara, y la sintió pegajosa., más asco sintió.
—No lo puedo creer, —dijo moviendo la cabeza. —¿Me puedes explicar qué hicimos?
—Mmm, no estoy seguro. Sólo sé que el vino estaba muy rico, y en medio de la conversación ya estábamos bebidos y no nos detuvimos. Al parecer acabamos las tres botellas. —Las señaló, vacías en el piso.
—Santo Dios, —suspiró. —Nos va a tocar comprar cordones, intentemos llegar a la cocina donde están las tijeras.
Con un poco de dificultad, pudieron ponerse de pie, pero en esa posición, sus pechos se tocaban, provocando que Louis se sintiera nervioso, sobre todo al ver el sonrojo de Harry tan cerca. Lograron cortar los cordones y separarse, pero la verdad es que ninguno quería eso.
—Puedes bañarte, si quieres. Creo que hay una muda de ropa aún en el tercer cajón y las toallas ya sabes.
—Gracias, lo necesito.
—Pero antes, toma, —dijo entregándole un gran vaso de agua y unas pastillas.
Louis solo lo miró. Entró a la que fue su habitación, y pudo notar la diferencia entre ese espacio y su departamento. Buscó su ropa, que estaba impecablemente doblada, pero que, cosa extraña, olía a Harry. Dio el agua mientras se desnudaba y entró, sintiéndose mejor casi al instante, con el agua caliente en su cuerpo. Estaba terminando de lavarse el pelo, algo que le costó mucho, cuando sintió la puerta abrirse. Pudo ver a través de la mampara que era Harry. Lo vio desnudarse y entrar con total propiedad a compartir la ducha.
“Te estás demorando mucho y no puedo esperar” Dijo a modo de explicación.
Louis no podía cerrar la boca. Conocía ese cuerpo al detalle, cada uno de esos lunares, la pequeña cicatriz en su dedo índice derecho, cada ondulación de su columna que devoraba siempre porque su esposo era muy sensible en ese lugar. Intentó terminar de ducharse rápido, cuando se dio cuenta de que su erección era notoria, no sabía dónde meterse. Estaba avergonzado de sentirse así solo de ver a Harry desnudo, pero se sintió menos mal cuando vio que su esposo estaba igual.
—¿Pasa algo? —Preguntó Harry, mientras enjabonaba lentamente su abdomen.
—A, a, a, a... —Intentó hablar, pero no era capaz. No podía despegar los ojos del cuerpo de su esposo, era demasiado, algo, no podía explicarlo, solo veía el cuerpo de Harry, el resto del mundo desapareció. Hasta que vio algo que no le gustó. En el cuello frente a él, ¿una mordida? No estaba seguro.
—Quién te hizo esa marca? —Preguntó molesto, muy molesto.
—No creo que importe, y no te debo explicaciones. ¿Acaso te pregunté con cuántos te has enredado?” Contestó muy despacio, casi disfrutando sus palabras.
—Pero, pero, necesito saber... ¿Has estado viendo a alguien?
—A más de uno tal vez, ¿te molesta? —Preguntó cerrando el agua y envolviéndose en una suave toalla.
—¿Más de uno? ¿Me estás bromeando? —Exclamó Louis, al borde de un colapso. No lo podía creer, su esposo, ¿había salido con otros hombres? —Exijo una explicación.
Mientras se enojaba Louis, más se reía Harry.
—Mmm, creo que no te la mereces, al final de cuentas tú te fuiste y tiraste todos nuestros años juntos a la basura por un pendejo.
—Harry, lo siento, he intentado pedirte perdón, y sí, entiendo que no lo hagas, pero tú eres mío, nadie te puede tocar, nadie excepto yo. —Dijo Louis caminando por la habitación, apretando la toalla con rabia.
—Interesante tu punto de vista, pero no estoy de acuerdo. Dejé de ser tuyo hace mucho tiempo, cuando empezaste a mirar a alguien más. Y no contento con eso, has buscado tener estas aventuras con cada fulano que has conocido. Vístete luego, para que te vayas, supongo que tienes planificaciones que hacer. —Impactaba su serenidad, parecía que estaba leyendo un receta de cocina.
—Emm, tengo que contarte algo. Estoy suspendido...
—¿Qué? ¿Porqué? ¿Qué hiciste? —Y su cara tan tranquila comenzó a enrojecer de la rabia.
—Bueno, yo puse un reporte cuando pasó lo de Isaac, pero él me acusa de acoso, y mientras se investiga no puedo volver. —Contó más que avergonzado. Hace un segundo estaba ofendido y ahora, humillado.
—Vaya, estoy segura de que ése... chico, no está tan equivocado, ¿verdad?
—Nunca lo acosé, te lo juro, nunca te fallé. Solo fueron miradas, nada más.
—¿No me fallaste? Y en tu mente ¿qué? ¿Acaso no soñabas con estar con él? ¿No te pareció mejor que yo? Joven, divertido, ideal para una aventura. —Dejó caer su toalla, y caminó desnudo por el lugar, buscando su ropa.
—¿Me quieres matar? ¿Por qué me provocas? —Preguntó con tanta frustración, que dolía.
—¿Yo? ¿Cómo podría hacer eso? Hace tiempo que no te provoco ganas de sexo, soy aburrido, tan poca cosa que preferiste irte. ¿O cambiaste de opinión? —Dijo mientras dejaba sus jeans y una polera en la cama. Luego se estiró, y cada uno de los músculos de su espalda se marcaron.
Louis al borde del desmayo se acercó y acarició su pecho, sin dejar de mirar esa mordida en el cuello de su esposo, suyo, solo suyo.
—Perdóname, por favor. —Intercalaba las palabras con besos.
—No puedo... Aun me duele... —Pero no se alejó, se dejó querer, aunque fueran un par de minutos, necesitaba sentirlo.
—Amor, lo siento tanto, te lo juro... —Dijo comenzando a acariciarlo, tocando todo a su paso, con confianza, como el dueño de esa pálida piel y de sus suspiros, de esos ojos que lo miraban con dudas, con miedos, con rabia, de esos labios húmedos que amaba morder.
Busco su boca, pero no la encontró. Entendió que lo que los separaba era aún muy grande, y él no había intentado un real acercamiento. Solo había esperado que las cosas pasaran o se arreglaran solas.
—Perdóname por mi estupidez de buscar afuera lo que tenía a mi lado, perdón por no ver todo tu esfuerzo, por no agradecerte, por ser tan tonto de perderme a nuestros hijos, por no amarte ni la mitad de lo que tú lo haces. Eres maravilloso, jamás podría disculparme lo necesario, solo dame una oportunidad, por favor, por favor piénsalo...
Despacio lo arrinconó, y suavemente lo besó en su mejilla y luego en esa horrible marca que no era suya, pero que borraría con su amor, confirmando que los ángeles existían cuando empezó a escuchar los tímidos gemidos de Harry, que crecieron cuando su propia toalla quedó en el suelo y comenzaron a frotar sus cuerpos húmedos.
Se extrañaban, habían olvidado el calor del otro, su ternura y su pasión, todas las noches que no durmieron por estar perdidos en el vaivén del otro, la lluvia de caricias que envolvieron su día a día. Todo eso terminó cuando Louis escuchó el pequeño sollozo de Harry.
—¿Qué pasa? —Preguntó con toda su dulzura.
—No puedo, no puedo, déjame, ándate, por favor.
—Lo siento, jamás dejaré de pedirte perdón... Me visto y me voy, —dijo separándose nervioso, tropezando con sus pies, errando cuando intentó ponerse la polera y cayó al suelo cuando se enredó con sus pantalones.
Harry hizo lo propio, vistiéndose en un par de segundos y saliendo hacia la cocina. Puso el agua a calentar, y se sentó. Necesitaba tiempo, más tiempo. A ratos podía jugar con la situación, pero inevitablemente volvía a quemar su pecho el dolor, el desencanto, el peso del fracaso que cargaba en sus hombros. Estaba triste. Su pena no se calmaba con el arrepentimiento de Louis, que sabía y estaba seguro, era real y verdadero. No era tan fácil como pensaba, necesitaba respuestas, necesitaba abrazos, cercanía, volver a admirar a quien amaba.
Vio aparecer a su esposo, aún nervioso. Podría mirarlo sin aburrirse, a pesar de los años, seguía pensando que era demasiado hermoso, con una vibra especial, atrayente, tierno e intenso al mismo tiempo.
—Ya me voy, —dijo sin saber cómo despedirse.
—¿Quieres tomar un té conmigo? —Otra vez las dudas de estar haciendo lo correcto, no se entendía.
—Me encantaría, pero, ¿puedo prepararlo yo?
—¿Tú? ¿Desde cuando sabes preparar el té? —Estaba asombrado.
—Debo decir, que he tenido que aprender muchas cosas, —contestó con sus mejillas sonrojadas.
—Bien, sorpréndeme. —Solo esperaba no morir envenenado.
Le costó un poco, porque increíblemente, ni siquiera sabía dónde estaban las cosas, pero cuando tuvo todo a mano, logró algo simplemente mágico, que tenía un aroma maravilloso.
—Listo, a ver qué tal, —dijo colocando dos tazas en la mesa.
—¿Cómo lo hiciste? No puedo creerlo, esto es... perfecto.
—Me alegro de que te guste, que algo de lo que haga esté bien.
—Louis, quiero saber qué has hecho estos días, necesito saber con cuántos... tu entiendes. —Habló mordiéndose los labios, no quería saber, pero quería saber. Escuchó con atención el relato de su esposo, sintiendo desangrar sus venas imaginando a alguien más besando, tocando, o tan solo intentando algo con su amor. Era una tortura, un tormento cruel que le dolía, pero que era sanador al mismo tiempo. —¿Qué hubiese pasado si con alguno decidías seguir? ¿Sexo? ¿Compañía? ¿Qué buscabas realmente? —Preguntó, finalmente.
—Créeme que me lo he preguntado cada día desde que salí de esta casa. Y no sé. Cuando me fui, iba muy seguro de querer conocer a alguien, algo sin compromiso, un par de horas, una noche a lo más. Alguien con quien compartir una copa, que fuera divertido, que quisiera probar cosas nuevas... Alguien que te superara, y sí, sé que suena como la mayor estupidez, pero es la realidad. Cada uno de los tipos que conocí me demostraron que siempre fuiste solo tú, pero yo dejé de verte. Tomé la peor decisión, que fue largarme sin mirar atrás, cuando debí escucharte aquellas veces que me pediste hablar. No sabes cómo me arrepiento.
—Lo sé, claro que lo sé, y hasta cierto punto lo entiendo. La rutina pasa la cuenta, pero pensé que teníamos la confianza de decirnos todo. Sé que he fallado también, tomé muchas decisiones sin preguntarte, quizás debí insistir más, incluirte más, no sé.
Ver y escuchar así a Harry, fue más de lo que Louis podía soportar. Se dio cuenta de que había dañado hasta un punto de difícil retorno, su autoestima.
—No te culpes, por favor no. Yo nunca estuve a tu altura, me desilusioné tontamente cuando decidiste dejar tu puesto en la clínica, porque te había costado mucho, disfrutabas tanto estar ahí, en vez de pensar que estabas siendo totalmente generoso conmigo, con nuestra familia. No entendí porqué ya no tenías ganas de estar conmigo, no me pregunté porqué estabas tan cansado ni porqué ya no querías salir. Fui un horrible esposo, un espantoso compañero, no sé cómo aguantaste tanto. —Estaba intentando mantenerse sereno, pero cada una de sus palabras hería más a su propio corazón.
—Gracias por el té, —dijo Harry a modo de despedida, y caminó hacia la habitación a ordenar. ¡Estaba tan confundido!
Louis lo vio caminar, y decidió no irse. Por el contrario, lavó las tazas y se dedicó a preparar un almuerzo decente, con postre incluido. Se le cayeron las ollas, rompió tres vasos, un plato y se le quemó el postre en el horno que nunca había usado. Intentó hacer arroz y por alguna extraña razón, le quedó pegoteado, casi como un puré, y el pescado lo cocinó por media hora, cuando debió hacerlo por solo siete minutos. Sus ganas de demostrarle a su esposo que podía hacerlo mejor se diluyeron con sus lágrimas, mientras caía de rodillas junto a la isla de la cocina. No sabía que Harry lo estaba mirando desde que el primer vaso se quebró, y que a ratos no aguantaba la risa, pero no era burla, era de ternura, de esa sensación bonita que nace en tu corazón. Cuando lo vio caer, no pudo evitar acercarse.
—Hey, tranquilo. —Lo consoló acariciando su espalda. —Podemos hacerlo entre los dos.
—Soy un inútil, tan poca cosa, no te merezco, —dijo echando su cabeza hacia atrás, hasta golpearla con el frío granito. —Lo siento...
—Ya basta, no te sigas disculpando —Interrumpió. —Las disculpas no cambian nuestras acciones ni nuestras malas decisiones, ahora tienes que mirar hacia adelante, preguntarte qué quieres hacer, qué camino vas a seguir.
—No tengo respuestas para nada de eso, sólo sé que quiero estar con los chicos, y aceptar que rompí nuestro matrimonio. ¿Hay algo que pueda hacer para que me des una oportunidad?
—A veces siento que sí, a veces que no, estoy confundido, creo que lo más difícil es poder volver a confiar, —contestó sentándose a su lado. —Siempre fuiste mi mejor amigo, a quien le contaba todos mis miedos, mis esperanzas, y ahora siento que no te importó y me duele. No puedo dejar de pensar qué pasará si vuelves a sentirte así... Jamás imaginé vernos en esta situación, y ahora creo que no hay manera de reparar esto.
—Lo sé, también lo pienso.
Se quedaron así, sentados mirando a la nada, sin darse cuenta de que la cabeza de Louis estaba en el hombro de Harry y que sus manos estaban tomadas. Salieron de su burbuja cuando sonó el celular de Louis.
—Hola, sí, está bien, nos vemos. Guardó el teléfono en su bolsillo. —Era Zayn. ¿Quieres ir a tomar algo con él y Liam?
—Sí, quiero. Hace mucho que no salgo, ya ni me acuerdo del bar, debe estar cambiado.
—Lo está, pero sé que te va a gustar. ¿Quieres que pidamos algo para almorzar?
—No, tal vez pueda aprovechar de darte una lección de cocina, —y sonrió. —Levántate, hay que limpiar este desastre.
Dejaron impecable antes de empezar de nuevo. Harry tomó la mano de Louis para enseñarle a usar el cuchillo, le mostró un temporizador, lo ayudó a mezclar aliños, a usar el horno. Parecían cosas simples, y lo eran, pero fue un momento íntimo para los dos. Se acercaron, se miraron, hablaron, se rieron en ese pequeño espacio. Almorzaron como en los viejos tiempos, con música de fondo, solos, recordando cuando adoptaron a sus hijos, como fue el verlos crecer, lo grandes que estaban, lo que esperaban para ellos. Entre los dos limpiaron, y luego llegó el momento de la despedida. Harry acompañó a su esposo hasta la puerta.
—¿Te paso a buscar a las nueve? —Preguntó Louis.
—Me encantaría, nos vemos.
Estaban los dos nerviosos, pensaban que tenían una cita, y se iban a arreglar como si fuera la más importante. Se vistieron con esmero, se perfumaron, se prepararon pensando en el final de la noche. Cuando llegó la hora indicada, Harry apenas pudo abrir la puerta, de tantas ansias que tenía de ver a su esposo. Louis estaba deslumbrante, con una hermosa rosa en sus manos, a punto de desmayarse al ver a Harry.
—Hola, —suspiró Louis. —Te ves maravilloso, —dijo entregándole la flor, que su esposo acarició durante unos segundos.
—Gracias, tú también te ves muy bien.
Unos minutos después estaban en el auto de Louis, camino al bar, que estaba a unos quince minutos. Pronto se encontraron con sus amigos y ubicaron una mesa, después de los saludos correspondientes.
—Qué gusto verlos juntos de nuevo, —habló primero Liam, provocando un silencio incómodo.
—No estamos juntos, —explicó Harry, no permitiendo que se notara la pena en su voz, al decirlo así, frente a alguien más.
—Lo siento, no quise ser indiscreto. —Se disculpó Liam, mirando a Zayn que estaba mudo.
—Pero vinimos a pasarlo bien, —dijo Louis, logrando cambiar el ambiente. —¿Qué tal ustedes?
—Estamos intentándolo, dándonos una segunda oportunidad, —contó Zayn, a quien le brillaban los ojos al mirar a Liam.
—Esa es una excelente noticia, un brindis porque sean muy felices. —Levantó su copa Harry, y los demás, sus vasos de cerveza.
Bebieron y conversaron animadamente, y Louis no podía dejar de admirar lo divertido que era su esposo, todo lo que sabía, como acariciaba las palabras con su voz, como todos lo escuchaban, ¿Algún día tendría perdón?
A esa hora comenzó a sonar música, y el bar se transformaba, con una pequeña pista de baile, que pronto se vio inundada de ansiosos bailarines. Zayn y Liam rápidamente se levantaron a mover sus cuerpos, y Louis fue al baño, dejando solo a Harry que se divertía mirando los extraños pasos de baile y sonriendo.
Como en un desfile, fueron apareciendo las invitaciones para bailar o para un trago, o una conversación en un lugar más tranquilo, desfile que Louis se vio tentado a interrumpir, pero que sabía, no tenía derecho. Se acercó despacio, y pudo escuchar al último interesado, recibir una respuesta que lo desconcertó:
—Puedo invitarte una copa o bailar si lo prefieres, —dijo coqueteando.
—Gracias, pero no. Estoy esperando a mi esposo.
—Es un mal esposo si te deja solito, —intentó nuevamente.
—Es el mejor, confía en mí. —Y sonrió como solo él sabía. Se mantuvo así mientras Louis ocupaba su lugar a su lado.
—¿Todo bien? —Preguntó, sin saber si agradecer esas palabras o hacer una escena de celos.
—Sí, todo bien, lo estoy pasando muy bien.
—Me lo imagino, con todos esos... idiotas, tratando de acercarse, —dijo entre dientes, completamente furioso.
—Sí, pensé que se estaban burlando, pero parece que aún llamo la atención, —contestó divertido.
—¿Es broma? Por supuesto que sí, ¿acaso no te ves todos los días? —Preguntó indignado.
“Yo sí... ah, verdad que tú no. —Le guiñó un ojo, haciendo que su esposo casi explotara de la rabia.
—¿Es necesario que me lo repitas y me lo restriegues en la cara? —habló despacio. —¡Sé que soy un estúpido! —Se levantó decidido a irse, pero Harry lo detuvo, tomando su mano.
De pie, con las luces de colores, la música estridente, Harry lo besó.
¿Sería un nuevo comienzo? ¿Tal vez solo una aventura de una noche? ¿El final de su historia?
