Chachachá : Bakudeku

Summary

Izuku y Katsuki fueron de todo: compañeros de clase, amigos, confidentes y amantes sinceros. Fueron parte de un hermoso romance durante sus días de preparatoria, todo empezó con un proyecto de inglés y culminó en un baile justo en el muelle de Dagobah. Nunca estimaron que su amorío adolescente llegaría a su fin por un accidente y la negligencia de la vida misma. Quizá, si fueran juntos una noche más a bailar un chachachá, se podrían enamorar. Inspirado en la canción Chachachá de Jósean Log. BKDK Fanfiction: Katsuki Bakugo x Izuku Midoriya. Historia original de Yoeli Moreno. Arte del animatic oficial hecho por @pichabel en Tiktok. Todos los derechos reservados. No se permiten copias ni adaptaciones. Los personajes son propiedad de Kohei Horikoshi.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

I

24 de Agosto de 2015, el día en que su historia comenzó a escribirse.


Katsuki Bakugo observó con desgano el cristal de la ventana, tenía su mejilla apretujada contra la palma de su mano. El ambiente en el salón de clases era el de todos los días.

Acarreaba consigo una situación que para muchos jóvenes desgraciadamente era de lo más común.


El divorcio de sus padres y las consecuencias del mismo.


Eso sí, el que fuera común no significaba que no doliera.


De ahí que su atención fuera dispersa y su cabeza estuviera enmarañada en unos noventa y nueve problemas, más o menos.


A partir de los seis años el ojirojo fue testigo del descontrol en primera fila. Porque Mitsuki y Masaru podían parecer un matrimonio perfecto, mas la apariencia siempre distaba mucho de la realidad.


La rubia engañó al castaño con uno de sus compañeros de trabajo durante más de tres años. Cuando el varón descubrió la infidelidad de su esposa, se derrumbó.


Una fatídica noche su corazón se rompió y decidió huir de casa, poco importándole abandonar a su pequeño hijo.


El niño presenció la escena desde detrás y subió a su cuarto muy lentamente, ya estaba cansado de escuchar a sus padres pelear en el marco de la puerta usando insultos, golpes y gritos.


Puso seguro en su habitación, se arrojó a su cama y abrazó a su osito de peluche, apretando los dientes para que sus llantos no se escucharan.


En cuestión de siete semanas, el acta de divorcio fue redactada y firmada por ambos, sellando así su separación y la ruptura de su lazo familiar.


El pequeño se formó en un hogar de inestabilidad, con una madre alcohólica y un padre ausente: combinación perfecta para el desastre, pensarían muchos.


En lugar de sus progenitores, en su infancia y adolescencia Katsuki fue acompañado por dos monstruos que veía detrás de las persianas de su cuarto: ansiedad y depresión.


Por más que intentó pelear contra ellos nunca pudo ganarles. El dolor se fue impregnado en su carne y las lágrimas salían de él contra su voluntad cada madrugada. Y a pesar de tener dieciocho años, seguía abrazando su osito al dormir para calmar sus ataques de pánico.


El cenizo creció y sus problemas con él: desarrolló comportamientos que muchos consideraban extraños.


Por ejemplo, vestir únicamente de negro, hacer arañazos en sus antebrazos usando sus largas uñas, insomnio, comer muy poco o darse atracones y vomitar en la madrugada hasta sentir la garganta arder.


Para rematar, un miedo irracional a la oscuridad: la misma que reinaba en el lado izquierdo de su pecho.


Sus ideas se establecieron dentro de su mente por la pesadilla que pasó durante niño: creyó que el amor no existía, no se esforzaba por hacer amigos y ni siquiera quería ver salir el sol.


Desde que su familia se desmoronó, una parte de él murió.


Se sentía muerto en vida, tortura suficiente como para tenerlo aturdido y abrumado.


Era el huésped por excelencia de ese limbo entre la vida y la muerte, no tenía lazos con nada ni nadie.


Su capacidad de amar estaba moribunda, poco a poco se iba extinguiendo.


Simplemente estaba existiendo, pero no tenía una razón para hacerlo.


Perdió el conocimiento, se quedó sin vida y sin aliento. Y para su desdicha no encontraba nada ni nadie que pudiera dárselos de regreso.


Bueno, no hasta que conoció a Izuku Midoriya.


La historia de origen del peliverde no era mejor: llegó a la academia U.A gracias a la influencia de su tío abuelo Toshinori Yagi, que fue prácticamente su padre y madre desde chiquillo.


Un tiempo atrás, la familia Midoriya se vio envuelta en un terrible incendio del que Inko y Hisashi no pudieron salir vivos. El pequeño peliverde se quedó huérfano teniendo sólo cuatro años de edad.


Además, por el incendio se le hicieron quemaduras a lo largo de todo el cuerpo, dejando cicatrices notorias en sus brazos y manos. Meses después, los médicos encontraron un problema en el pecho del ojiverde.


Un defectito ahí, en su corazón.


En términos más específicos, una malformación en el tejido del músculo que afectaba la forma, tamaño y capacidad de bombear sangre del órgano. Lo que en el mundo de la medicina era conocido como un defecto cardíaco congénito.


Si, Izuku tenía un marcapasos y problemas del corazón hasta para regalar. Irónicamente, la mayor lindeza en él era su capacidad de amar.


Cabe decir que a pesar de tener un corazón tan chiquito, daba todo el amor del mundo sin ni siquiera esperar algo a cambio.


Él era sencillo y sincero: tenía una voz dulce, una sonrisa multicolor que iluminaba hasta el día más negro, un par de ojos dignos de adorar, el alma de un genuino soñador y una mente privilegiada.


A Izuku le gustaba vivir, reír, gozar. Despertarse con una sonrisa, salir a caminar, hacer regalos aunque no fuera una fecha especial y reírse de los chistes de los demás sin importar que fueran muy malos.


Le gustaba compartir de lo suyo, ponerse un rato a bailar, escuchar su música preferida a todas horas, ver las estrellas y ponerse a soñar despierto con, algún día, ver el mar.


A Izuku le gustaba vivir porque no sabía si su corazón seguiría latiendo el día de mañana. Estaba lleno de vida y su lema era el típico “la vida es una, y está para vivirla”.


Sin embargo no todo era color de rosa con él, los latidos hechos por su marcapasos eran arrítmicos, aburridos y torpes.


Esperaba encontrar a alguien que pudiera hacer que su corazón bailara a un ritmo romántico y tranquilo: algo así como un chachachá.


Gracias al destino y al amor que con sus hilos une a los hombres en su nombre, los dos se encontraron para poder completarse y entenderse de la mejor manera.


—Disculpa— se acercó el pecoso, eso hizo reaccionar al cenizo que seguía viendo la ventana —¿Ese asiento detrás de ti está ocupado?—


Sonrió de forma sincera y encantadora mientras señalaba con los ojos y esperaba respuesta.


Su melodiosa voz se fue colando por los rincones más recónditos del mayor. Una parte del corazón del ojirojo se sacudió, empezando a disipar las tinieblas en su ser.


Acción tan simple como una sonrisa gentil fue suficiente como para que Bakugo volviera a replantearse el creer en el amor.


Podría parecer ilógico pero no lo era: el rubio estaba sediento de una que otra ilusión que alguien le pudiera regalar, estaba ansioso de recuperar su vida y aliento.


Parecía ser que enfrente tenía al candidato perfecto para saciar su sed.


Nadie se había tomado la molestia de sonreírle así. Sólo por ese detalle el pecoso le llamó la atención.


Cupido hizo de las suyas al encontrar a esos dos chicos, así de simple. Porque cuando las cosas están destinadas a suceder, simplemente pasan.


—¿Oh? No, no— devolvió la sonrisa —Está libre, pasa y siéntate—


Hizo un ademán y señaló con el pulgar la silla, el ojiverde masculló un diminuto “gracias” acompañado de una reverencia para asentir a la indicación del cenizo.


Retiró su mochila amarilla, la colocó en el suelo, dejó sus libros sobre el mesabanco y tomó asiento.


El suave torrente de mariposas en su estómago le advirtió que Izuku era la luz embriagante que podría poner fin a su oscuridad.


Con eso en mente, dio vuelta para indagar un poco más acerca de él.


Dicen que para enamorarse hay que empezar por acercarse, Katsuki lo hizo sin dudar.


—Así que..., eres nuevo acá— sacó plática.


—Si, así es— rió suavemente —Vengo de California. Mi tío Might y yo nos acabamos de mudar—


—A pesar de eso manejas bien el japonés— halagó el rubio.


Midoriya dejó salir otra risilla, ese chico cenizo parecía ser muy agradable, además de atento, carismático y apuesto.


Aunque eso último no lo iba a decir en voz alta.


—Nací aquí pero, tuve que irme desde que era niño— siguió.


—Eso lo explica— afirmó —Entonces, supongo que no conoces a nadie—


Acomodó su cuerpo sobre el respaldo de la silla, quedando cara a cara con el contrario. Sus ojos se paseaban por el lindo rostro espolvoreado en lunares del menor.


—Supones bien, ¿puedo empezar por conocerte a ti?—


Bakugo dio un respingo hacia atrás, no estimó esa respuesta.


Por un momento percibió dentro de los ojos esmeraldas de Midoriya ese milagro que lo obligó a renacer.


Sonrió sin miedo y sintió cómo algo se empezaba a ensanchar en sus entrañas: amor, casto y primerizo.


Amor casto y primerizo: el mejor tipo que existe, pues sólo llegaba una vez y era el único que daba vida y aliento a quienes lo sentían.


—Katsuki Bakugo, un placer— se presentó —Y tú, eres...—


Dirigió la vista a los cuadernos que el pecoso dejó sobre su pupitre y buscó en ellos su nombre, cuando encontró los caracteres, los recitó en voz alta.


—Deku Midoriya—


Por accidente, leyó mal los kanjis escritos en el exterior de una de sus libretas.


—Izuku, de hecho— corrigió.


Abrió los ojos un poco más de lo habitual dándose cuenta de su error, apenado, el cenizo se disculpó inmediatamente.


—¡Ah, perdón!— excusó, el sonrojo sobre sus cachetes apenas y era notorio —Creí que se leía como...— el peliverde interrumpió.


—No hay cuidado— sonrió.


Esas perlas asomándose de la boquita rosa del contrario eran un trago de agua fresca que atacó la sequía en el espíritu del ojirojo: la sonrisa del ojiverde era su oasis.


Para no dejar morir la charla, Bakugo vio la oportunidad de salvar su metida de pata de una forma gentil, refinada en coquetería.


—Aunque, ahora que lo pienso podría llamarte Deku— intervino el rubio.


Hizo una pausa para después, mirar directamente a esos dos jades incrustados en la linda carita del menor.


—Suena a Dekiru, el kanji de “tú puedes hacerlo”—


Ese comentario tan acertado y honesto a la vez tocó las fibras más sensibles del peliverde, ese “Deku” se sintió como un beso a su alma.


El chico cenizo estaba siendo muy amable, sensible. Lo suficiente como para hacer que los latidos del corazoncito de Izuku empezaran a marchar a su propio redoble.


La sensación de cosquillas en su pancita le advirtió que Katsuki era ese ritmo que podría hacer que su marcapasos al fin siguiera la melodía de un chachachá.


Gracias a ese pensamiento parpadeó velozmente y dejó salir una risita en señal de nerviosismo, misma que tapó con el dorso de su mano sin tocar sus labios.


Lentamente el amor juvenil se acomodó en su dañado corazón, que recibió el sentimiento de maravilla.


—Eso es muy dulce, entonces si soy Deku— admitió —¿Qué te parece si yo te llamo Kacchan?— propuso.


Los dos acercaron sus rostros, dando a entender que estaban cómodos con la charla compartida.


—Es como “Katsu-chan”, sólo que..., un poco más corto—


—Me gusta, suena lindo— ahora él sonrió —Llámame Kacchan—


Katsuki lo recordó: la actividad de inglés. Si su memoria no le fallaba los equipos ya estaban conformados y él había sido el único que se quedó sin compañero, para variar...


Inhaló profundamente para volver a tomar la palabra.


—Sabes, Deku— llamó su atención —Yamada-sensei nos pidió hacer algo de un proyecto, ¿ha-aces equipo conmigo?—


No mentiría, estaba aterrado por el rechazo del pecoso pero aún así se arriesgó. Desvió los ojos dos veces esperando respuesta.


—¡Solamente si tú quieres!— subió la voz por los nervios.


La actitud del cenizo le pareció adorable al peliverde, no dudó en aceptar.


—Me parece una gran idea, Kacchan— accedió —¡I-incluso podemos empezar ahora!—


Midoriya, con el sonrojo en las mejillas, también hizo la voz más aguda sin darse cuenta. Tal para cual.


—Si, seguro— asintió rápido.


—¿Podrías explicarme de qué trata el proyecto?—


—Con gusto—


Bakugo se volteó para tomar sus apuntes y el libro de la asignatura, luego retomó su posición inicial dispuesto a exponer ante Midoriya los pormenores del trabajo.


No era nada fuera de este mundo. A grandes rasgos, el proyecto consistía en la traducción al inglés de un compendio de veinte cuentos infantiles: La Cenicienta, La Sirenita, Alí Babá y los cuarenta ladrones y Caperucita roja destacaban en la recopilación.


Gracias a ello siguieron compartiendo una amena plática. Y a pesar de que era simple atracción física lo que sentían en ese momento, con el paso de los días, las semanas y los meses, esta misma se convirtió en un vínculo emocional infranqueable.


Ya que ese proyecto abarcaba la primera mitad del ciclo escolar, siempre encontraban una buena excusa para verse.


En la biblioteca, en el patio trasero de la escuela, en la cafetería o en la casa del peliverde, ya que en la del cenizo estudiar era prácticamente imposible.


Pero su lugar favorito para reunirse era el café de la quinta avenida. Quedaba en la calle Tsuki que hacía intersección con la calle Yoru, en medio de la gran manzana de Dansu.


1 de Octubre de 2015, la primera vez que Katsuki e Izuku fueron al café juntos.


Tuvieron una cita. Bueno..., no.


Una cita, cita, lo que se dice “cita” no era.


Más bien era como una reunión de estudio para seguir avanzando en su proyecto. Además de estudiar un poco acerca de otras asignaturas como ciencias socioeconómicas y cálculo integral.


Caminaron a lo largo de la calle Tsuki, Bakugo insistió en que Midoriya fuera del lado izquierdo de la acera. Eso lo hizo sonreír, se sintió protegido y amado.


Dieron pasos hasta llegar a la puerta hecha de cristal del establecimiento. El rico aroma de moca y avellana llenó los pulmones de ambos chicos para aterrizarlos en una atmósfera romántica, típica de cualquier filme de amor.


Mientras tanto, la acústica del lugar estaba a cargo de Perfecta, una canción insignia en el repertorio de Miranda!


Luego le siguió Corro, vuelo, me acelero de Timbiriche y Las flores de Café Tacvba. Todas eran canciones de amor: ¡qué casualidad!


Cómo un auténtico caballero, el cenizo abrió la puerta y dejó pasar primero al peliverde, quien miró hacia el piso mientras elevaba las comisuras de sus labios en una perfecta sonrisa.


—Gracias, Kacchan, qué amable...— susurró.


El contraste de la luz en sus mejillas pecosas contra el negro de sus pestañas fue un deleite para el rubio. Lo observó mientras el ojiverde entraba al lugar.


—No es nada— dijo y soltó la puerta para que terminara de cerrarse por sí sola —Ven, hay una mesa junto a la ventana—


Hizo un gesto moviendo la cabeza indicándole al menor que lo siguiera, él asintió sin chistar.


Terminaron tomando asiento frente al enorme ventanal del café, decorado por fuera con letras marrones.


Una amable camarera apareció minutos después de que se instalarán para tomar la orden de ambos muchachos.


—Bienvenidos al café de la quinta avenida— saludó —Soy Himiko, ¿tomo su pedido?—


Les regaló una sonrisa mientras sostenía un bloc de notas y un bolígrafo. Ambos muchachos asintieron levemente mientras daban ojeadas a los menús en sus manos, divagando en que ordenar.


Ya que habían tardado unos segundos en responder, la señorita hizo un comentario para ayudarlos con su elección.


—¡Oh! Como sugerencia ¡hoy tenemos un especial para parejitas enamoradas!— ofreció con voz chillona —Malteada de vainilla con fresas y un popote doble—


Después de escuchar eso a los dos se les subió el sonrojo hasta las orejas.


Deku ni siquiera logró articular palabra y escondió sus cachetitos rojos detrás del menú. Kacchan no estaba en mejor estado, pero supo manejar las cosas para que su sentir no fuera tan obvio.


Solamente dejó escapar una risa y ya que no obtuvo respuesta, la ojidorada volvió a hablar haciendo uso de la intuición femenina.


—¿Ustedes no son...?— alcanzó a ver como el cenizo negaba haciendo la cabeza de lado a lado —¡Ay, lo siento, lo siento!—


Ella también rió por la pena pero remató con un comentario que intensificó el ambiente meloso.


—Pues serían una pareja hermosa, si me dejan opinar— dijo —¡Upsi, ya opiné!— volvió a reír.


Y los calurosos tonos escarlata hicieron nuevamente aparición en las caras de los dos. Se miraban y luego se dejaban, como si fuera un juego de infantes.


—¡En fin!, ¿decidieron qué ordenar?— insistió.


Katsuki hizo un ademán para decirle a Izuku implícitamente que él hiciera el pedido primero, un acto más de caballerosidad.


El peliverde optó por beber un frappé de caramelo con crema batida en la parte superior y una cereza para coronar. El cenizo se inclinó por un chai latte con matcha espolvoreado en la superficie. Por último ordenaron en conjunto una ronda de tartaletas de fresa, piña y coco.


La chica de dos moños en el pelo y ojos felinos trajo las bebidas y aperitivos en unos diez o quince minutos. Después de dar los primeros sorbos, se dispusieron a trabajar.


—Cierto, olvidé mencionártelo—


Katsuki abrió el cierre de su mochila y de ahí sacó una carpeta negra que extendió a Izuku. Él la recibió algo confundido.


Cuando separó las pestañas del folder pudo encontrarse con algo que lo dejó cautivado y le formó una sonrisa debajo de la nariz inconscientemente.


—Decidí hacer esos bocetos para el proyecto, los podemos usar como portadas para cada cuento por traducir— indicó.


El peliverde estaba embelesado con la habilidad del rubio para dibujar.


Paseó sus dedos finamente por cada trazo a lápiz y área coloreada por el ojirojo, sintiendo la textura de los lápices de colores y el grafito contra las hojas blancas.


Quedó absorto al notar que dentro de la carpeta había precisamente veinte imágenes preciosas, hechas por el cenizo con alto detalle y dedicación.


La primera, por ejemplo, mostraba a Caperucita con su canasta de pasteles y su típica capa roja. En la segunda, estaba plasmada la casa de ladrillos con los pequeños cerditos en la chimenea. Y en la tercera se veía a Alí Babá volando sobre su alfombra mágica.


Los ojos jade de Midoriya brillaron en todo su esplendor, una parte de él se sintió enternecida al ver como Bakugo se había comprometido tanto con el trabajo que se tomó la molestia de hacer un poco más de esfuerzo.


—¡Eres muy talentoso, Kacchan!— exclamó feliz.


Por ese halago, el mayor quedó flechado y la oscuridad de su corazón fue perdiendo intensidad, sólo quedaba luz en su lugar.


Se sonrojó notoriamente y al instante, rió apenado viendo hacia abajo y luego volvió a levantar los ojos sin perder su sonrisa, el brillo en sus iris carmesí no supo mentir.


—¿¡E-eso crees!?— cuestionó con alegría y notoria emoción —Solamente son dibujos...—


Rascó su nuca intentando minimizar las cosas, no estaba acostumbrado a recibir comentarios bonitos y por ende, no sabía tampoco cómo responder.


—¡No lo creo, estoy cien por ciento seguro!— continuó.


Lo miró a los ojos directamente, teniendo una sonrisa de oreja a oreja, ensanchando el destello en sus viridianas y dejando ver sus tiernas mejillas abultadas.


—Todos son hermosos, ¡y están muy bien hechos!—


Analizó nuevamente los trazos, paseando sus falanges con extremo cuidado para no maltratar las hojas.


Acomodó los papeles entre sus dedos, mientras que con sus palabras, le iba regalando vida y aliento al rubio.


—Apuesto a que te tomaron mucho tiempo y esfuerzo, eso merece un reconocimiento—


Izuku posó su mano algo temblorosa sobre la de Katsuki, dio una caricia en señal de recompensa.


Eso tomó por sorpresa al rubio, se sobresaltó en su lugar, abrió los ojos un poquito más de lo normal, sus labios quedaron levemente separados y luego formaron una sonrisa.


—Gran trabajo, Kacchan, eres increíble—


El corazón de Katsuki se iluminó por la luz bendita de Izuku: el cenizo nunca había recibido un cariño en la mano, mucho menos una felicitación por algo que había hecho.


El sonrojo subió aún más por los costados de su cara y sus ojos se pusieron vidriosos.


Para evitar derramar lágrimas enfrente de Deku, guió su mano libre rápidamente hasta sus lagrimales para secarlos con sus yemas.


Sin embargo, las lindas acciones por parte del peliverde no iban a frenar ahí.


Cuando acarició los nudillos de Kacchan, pudo darse cuenta de las muchas cicatrices en sus antebrazos.


No las vio con asco, Izuku también estaba cubierto de cicatrices en las manos por el fuego desbordado en aquel incendio.


Mientras que las marcas del pecoso eran toscas y estaban por todo su cuerpo, las del ojirojo eran..., particulares.


Eran finas, ordenadas y se veían blancas, no había ninguna reciente. Pero algunas líneas irritadas y con sangre coagulada si se veían frescas, quién sabe porqué.


El ojiverde sacó sus propias conclusiones al respecto.


—¿Tienes un gato, Kacchan?—


—¿Eh?—


El peliverde señaló discretamente sus propias muñecas para dar a entender su punto. Interpretó que esas heridas fueron obra de un revoltoso minino.


Ay, Midoriya y su inocencia.


Bakugo sudó frío cuando captó el mensaje: ¿cómo podría explicarle a Deku que, gracias a todos sus putos traumas de la niñez, se autolesionaba con rasguños y pellizcos?


Exacto, no podía explicarle.


Sintió más ganas de llorar todavía pero las disipó pensando en una excusa creíble.


Odiaba la idea de mentirle a Izuku, pero, no eran ni el lugar ni el contexto adecuados para hablar de ese tema.


No, no de ese en específico.


—Si, bueno...— se corrigió de inmediato —Algo así—


—Parece que es un poquito inquieto—


Río y Katsuki tartamudeó un “si, lo es, si”, intentando seguir el juego.


Pero las palabras a continuación lo cautivaron.


—Préstame tus manos, te quiero curar, creo que tengo algunas cosas por acá—


El pecoso se volteó para rebuscar entre su mochila amarilla un par de vendas. Una vez que las encontró, ofreció su mano invitando al ojirojo a extender sus brazos.


Con miedo, el rubio asintió a lo pedido en silencio y mostró sus antebrazos. Agachó la cabeza, se sintió avergonzado y asqueado de sí mismo.


Un detalle en especial cambió la forma de pensar de Katsuki: Izuku acariñó su piel lastimada, sobó delicadamente con una mirada tierna.


No juzgó las heridas del rubio, en su lugar, buscó como sanarlas.


Él también había tenido accidentes y poseía marcas de sus viejas glorias al vencer guerras. Conocía el sentimiento de estar herido, por ello, fue empático con su sufrir.


Colocó las vendas con la fuerza ideal, ni muy sueltas ni muy apretadas. Una vez que terminó su tarea se extendió por la mesa teniendo cuidado de no derramar las bebidas.


Alcanzó el rostro del rubio y lo acunó entre sus palmas, meditó sobre cuáles podrían ser las palabras correctas para dar consuelo a su amado.


—Estarás bien, Kacchan— lo obligó a levantar la vista.


Conectaron sus ojos: rojo y verde se mezclaron, y de pronto nada más importó.


—Sanarán en unas dos semanas, cambiaré las vendas cuantas veces sean necesarias— aseguró —¿Te sientes mejor?—


—Si, mejor que nunca— sonrió, pero una lágrima lo traicionó.


Iba a limpiarla, pero Midoriya tuvo exactamente la misma idea y se adelantó.


Con su pulgar delineó el pómulo del cenizo, usando la misma diligencia con la que cuidaría de un figurín de porcelana.


—No me gusta verte llorar, Kacchan— pidió —Estar herido es normal, y no tiene nada de malo—


—No lo entiendes, Deku...— un nudo se hizo en sus cuerdas vocales.


—Lo puedo entender si me lo explicas— consoló —¿Algo te agobia, Kacchan, además de tu gato?—


Katsuki dudó por un momento, no quería romper ese lindo momento que había formado con Izuku para hacer memoria de su patético pasado.


Negó con la cabeza y respiró profundo, buscando como hablar.


—Bastantes cosas— respondió cortante —Pero no quiero hablar de eso, no ahora—


Apartó la mirada y nuevamente Midoriya cobijó su mejilla, dirigió sus ojos de rubí hasta los de color jade.


—Comprendo, en ocasiones, expresar lo que sientes es difícil— comentó —Pero, cuando quieras hablar, te escucharé, ¿bien?—


—Bien...— hipó.


En ese momento las cosas en la cabeza de Katsuki se esclarecieron: estaba enamorado.


Y le encantaba estarlo, Izuku sacaba lo mejor de él. Hacía que la oscuridad en su interior se fuera. Le daba paz, vida y aliento.


Por eso y más, lo amaba.


Lo amaba por su risa, por su forma tan linda de hablar, su comprensión, su compasión, su sencillez y naturalidad. Lo amaba porque si y porque no. Lo amaba, por eso y más.


Izuku era tan feliz a pesar de tener tantas cosas en contra, sonreía como si nada más le importara, como si nadie le pudiera quitar el brillo único en su corazón.


Adoraba ser testigo de la curva en sus labios de terciopelo, amaba verlo vivir en su mundo, tan inmerso, tan inconsciente.


¿Acaso Izuku sabría que estaba salvando a Katsuki? ¿Sabría que, su destino reposaba pasivamente a su lado, por lo que dura la eternidad?


—Sigamos con el proyecto, para que te distraigas, ¿si?—


La voz del pecoso lo sacó de sus interrogantes, el menor volvió a su asiento intentando disipar la tensión en el ambiente.


Pero antes de que sus manos, también lastimadas, volvieran a la carpeta de dibujos, Bakugo las tomó.


Las envolvió usando las suyas y las llevó hasta su frente. Hizo una reverencia en señal de respeto y completa devoción.


Se sintió eternamente agradecido con Midoriya por sus atenciones, las palabras que pronunció resonaron en su alma, empaparon su mente, le alumbraron el corazón.


Sintió el dolor de su interior disminuir.


Por un momento, se sintió lleno de la vida y el aliento que el peliverde le regaló.


—Gracias, Izuku—


Lloró un poco más, encogido y asustado como un niño solo en la noche más oscura. El pecoso también soltó una lágrima, pues no soportaba ver al chico que amaba derrumbarse frente a sus ojos.


Lo dejó desahogarse y cuando Bakugo tuvo el valor de levantar los ojos, Deku acarició su mejilla y le obsequió una sonrisa radiante, lo suficientemente buena como para aplacar los demonios del mayor.


—No es nada, para ti siempre, Katsuki—


El ojirojo dirigió la vista hacia el vendaje: efectivamente, el pecoso lo estaba curando.


Y no sólo en lo que refería a la piel.


Sonrió, era la mejor sensación del mundo: tenía enfrente a un chico que se preocupaba por él, que sanaba su interior y exterior, y sobre todo que lo animaba a vivir.


Rompieron el contacto, después de carraspear las gargantas y quitar las gotas de sus lagrimales la tensión en el aire se desvaneció. Siguieron con su trabajo tal y como estaba planeado.


El ojiverde, después de unos minutos regresó los dibujos a su dueño, quién hizo su mejor esfuerzo por sonreír. Él también mostró sus avances en la traducción de los textos desde su computadora.


—Bueno, ¡uno más terminado!— indicó victorioso.


Cuidó el volumen de su voz pues no quería llamar la atención de todos en la cafetería.


—¿Cuál es ese: el número once?— cuestionó el cenizo.


—Así es— asintió —Tal vez pueda comenzar con otro ahora mismo—


Se entusiasmó y ya que el ojirojo pudo notarlo le hizo un pequeño halago.


—¿Sabes, Deku?— llamó su atención, el contrario hizo un mhm —Me encanta la forma en que tus ojos se iluminan cuando haces algo que te gusta—


El pequeño corazón de Midoriya empezó a correr más y más rápido, su marcapasos fue montando una canción en base al ritmo de sus pulsaciones agitadas por ese bonito comentario: sonaba como un chachachá.


—¡Ouh!— exclamó con sorpresa sin mirarlo a los ojos, pues el sonrojo en sus mejillas con pecas se lo hacía más difícil —Esto, bueno, yo, eh...—


Balbuceó, esa era otra rara manía que Deku tenía, pero a Kacchan no dejaba de parecerle adorable. Rió por lo bajo al darse cuenta de ella.


—Además, también eres talentoso, inteligente, siento mucha tranquilidad al estar contigo...— siguió el ojirojo —Eso me gusta de ti—


Una risa nerviosa pero también conmovida burbujeó en la garganta del peliverde.


Estaba contento de saber que le agradaba a Katsuki, pues el peliverde nunca tuvo muchos amigos. Se la pasó de hospital en hospital y nunca podía escuchar cumplidos hacia su persona.


Esas simples palabras, combinadas con la sonrisa, las mejillas rosas y la mirada embelesada del cenizo hicieron florecer el enamoramiento en su corazoncito, parcialmente hecho de metal y tornillos diminutos.


—No digas esas cosas, no es para tanto y...— interrumpió.


—Es para tanto, para más, para todo— corrigió el ojirojo —En serio, eres sumamente comprensivo, paciente...— enumeró sin dejar de verlo a los ojos —Y lindo, también eso—


Izuku simplemente se puso colorado de los mofletes y cubrió su rostro con las palmas de sus manos.


—Por dentro y por fuera, lindo— remató.


—P-pues..., muchas gracias por pensar así— pronunció torpemente.


Descubrió su rostro de par en par y luego jugó con sus ojos, pues no podía ver al cenizo a los ojos gracias a los nervios.


—No me agradezcas, créemelo, es la verdad—


En ese momento las cosas en la cabeza de Izuku se esclarecieron: estaba enamorado.


Y le encantaba estarlo, Katsuki remarcaba todas sus virtudes, no lo juzgaba nunca. Hacía que su corazón tan pequeñito se sintiera vivo, más vivo de lo que ya estaba.


Además de que lo ponía bailar al ritmo de un chachachá, una tonada preciosa de la que cualquiera se podría enamorar.


Por eso y más, lo amaba.


Lo amaba por su mirada hechicera, por su forma de protegerlo, su fuerza de voluntad, su pasión al crear con un simple lápiz, sus claroscuros y capacidad de florecer incluso en la sequía. Lo amaba porque si y porque no. Lo amaba, por eso y más.


Deku solamente se quedó en silencio para disfrutar de esa sensación del romance subir por su torrente sanguíneo.


La sonrisa no se le quitaba del rostro, sus ojos se dirigieron hasta Kacchan. Él andaba con la mirada perdida en la ventana frente a ellos, inundado sus orbes con las tonalidades anaranjadas y amarillas del cielo ocasionadas por el atardecer.


Lo contempló completamente: su mandíbula marcada gracias a su delgadez, la marca de un hoyuelo que se hacía al sonreír, el color rosado en sus mejillas, el largo de sus pestañas y su cabello cenizo que, gracias al reflejo de la luz, casi parecía blanco.


Al sentir los ojos sobre él, Katsuki volteó para encarar a Izuku.


—¿Qué sucede?— río, enchinando sus ojos en el proceso.


—Nada— el peliverde sonrió embelesado y una carcajada efímera se le escapó.


A veces las palabras sobran cuando el silencio es romántico, cual terrón de azúcar que se derretía en el té verde.


Es por ello que Kacchan siguió contemplando el cielo, mientras Deku lo veía a él, grabando cada detalle.


Así, el pecoso también podría dibujar a su querido rubio entre recuerdos.


3 de Diciembre de 2015, ese día dejaron de ser simplemente “amigos”.


El peliverde vestía una camiseta blanca sencilla de mangas y unos jeans claros, su cuello estaba cubierto con una bufanda tricolor.


Con sus típicas botitas rojas de agujetas negras en sus pies fue buscando al cenizo en el parque donde lo citó.


Este, quedaba a unos cuantos minutos del café de la quinta avenida. Justamente enfrente la calle Kaiyo, ubicada en el vecindario Dokku.


Un lugar hermoso, perfecto para una declaración de amor.


Paseó por el caminito de piedras entre los fragmentos de verde césped mojado mirando en todas direcciones, dio algunos giros discretos hasta que divisó a Katsuki, sentado en una banca de madera con los ojos clavados en el suelo, las manos entrelazadas y los codos apoyados en sus rodillas.


Él portaba un suéter azul, si, azul. Ya que Izuku le vino a dar luz a su vida, el color negro en su ropa dejó de ser el protagonista. Y curiosamente, sus noches estaban libres de llantos.


También usaba jeans y se cobijaba con un abrigo gris, aunado a esto unos tenis blancos simples.


Cuando el rubio vio al costado y se encontró con Deku sonrió instantáneamente. Se levantó de su asiento para ir a recibirlo.


—Lamento llegar tarde, aún me pierdo entre las calles— se disculpó el pecoso.


Y en medio de sus palabras, se paró de puntitas para abrazar al ojirojo. El más alto tomó la espalda del peliverde, correspondiendo el contacto.


Deku cerró los ojos disfrutando del calor de Kacchan, el mayor aspiró el aroma del pecoso, ese mismo que siempre lo dejaba en un trance de embriaguez.


—No llevaba mucho esperando, no te disculpes— pidió hablando contra su cuello.


El aliento en su piel le erizó la piel al menor, ah, y también le hizo ruborizar. Con eso dio un último apretón antes de romper el agarre.


Puso sus manos detrás de su espalda, jugueteó con pies en un balanceo de punta y talón para intentar bajar el sonrojo. Ese movimiento, infantil hasta cierto punto, fue encantador a los ojos de Bakugo.


—¿Cómo estás, Kacchan?—


—Feliz de verte— declaró con honestidad y también con toda la intención de coquetear.


Eso hizo que Izuku sonriera viendo hacia el piso para evitar que su rubor fuera obvio. También rió conmovido, esa actitud del cenizo tan seductora sin llegar a ser vulgar, lo tenía atrapado.


—¿Cómo estás tú?— cuestionó de vuelta.


—Feliz porque tú estás feliz, me gusta verte sonreír— el ojiverde continuó la treta.


—¿Ah, si?— siguió divertido —¿Por qué?—


—Porque tu sonrisa es hermosa, y todo lo demás en ti igual lo es— declaró Midoriya —Pero tú sonrisa, más—


Enfatizó y a la par, se hizo hacia adelante para que sus labios casi chocaran con los ajenos sin soltar el agarre de sus manos por detrás.


Los huesos de sus hombros se marcaron al inclinarse, sus labios mostraban una sonrisa de dientes llenos, y gracias a ello sus ojos estaban entrecerrados.


Equilibrio entre seducción sutil y ternura abrasadora.


¡Uy, ese fue un knock out!


Katsuki se echó para atrás al sentir el calor en su cara, se tapó los ojos con la palma de la mano derecha y también sonrió mostrando la dentadura.


—Bien, bien, tú ganas esta vez— balbuceó abochornado, dos carcajadas vinieron después.


Una vez que se calmaron, volvieron a mirarse. Los dos se encontraban de pie a la sombra de un gran árbol que gozaba de copa frondosa y hojas nevadas.


—¿Qué es eso tan importante que me querías contar, Kacchan?—


El nombrado sintió una descarga en el estómago, era hora de sincerar su corazón.


Estaba listo: la oscuridad ya casi no existía en su interior.


Las ilusiones eran flores e Izuku le sembró un jardín en el alma.


Y eso, era motivo suficiente como para confesarle cuánto lo amaba.


—Bueno, verás...— buscó algo en su bolsillo.


De ahí sacó una hoja doblada en cuatro partes, no muy maltratada, pero tampoco pulcra.


Jugó con ella, poniéndola entre sus dedos para finalmente, colocarla en sus pulgares y ofrecerla ante el peliverde.


—Yo...— divagó —...Dios, esto me da mucha pena—


Rió para disimular, dio miradas rápidas hacia los lados para tomar valía del viento pero las palabras no salían de su boca, Izuku lo devolvió a la realidad.


—Simplemente di lo que piensas, Kacchan— animó.


—¿No te burlarás?—


—Nunca lo haría—


Bakugo volvió a sonreír, inhaló y exhaló. Confiaba en Midoriya, tal vez más de lo que era debido.


Efectivamente: vida no más hay una y está para vivirla, fue entonces que se armó de valor para enunciar sus emociones.


—No tenía dinero para comprarte un ramo de flores— sonrió de lado, muy apenado —Pero te quería dar un regalo, por eso te dibujé esto. Espero que te guste—


Entregó el papelito al pecoso, él jadeó de sorpresa y también llevó sus manos a sus labios, abrió los ojos con demasía. Tenía una genuina expresión de asombro.


Sonrió y lo tomó como si fuera un cachito de cielo. Deshizo los pliegues con cuidado de no arrugar el dibujo, cuando lo observó quedó fascinado.


La imagen mostraba un alto detalle realista: en la hoja estaban plasmados siete girasoles. Amarillo, café, verde y naranja orquestados en un trazo impecable, que reflejó sentimientos puros de amor primerizo.


Cuando pudo apreciarlo por completo acarició el grafito y sonrió, llevó su mano a su pecho, donde pensaba que estaba su corazón. Luego la elevó a sus labios y sus ojos empezaron a llorar de alegría.


—¡Oh, Dios! ¡Es muy hermoso, me encanta, me encanta, me encanta!—


Se abalanzó contra los brazos del contrario una vez más, rió mientras intentaba recuperar la respiración. Bakugo se mulló contra el cuerpo del ojiverde, refugiándose en su cuello.


El marcapasos de Izuku aceleró su capacidad de bombear para poder abarcar todo el éxtasis que recorrió sus venas. La canción generada por las pulsaciones de su interior era cada vez más amena, logrando un ritmo casi perfecto.


—¡Gracias, gracias, gracias! En verdad, es un detalle muy bonito de tu parte— se separó riendo.


Esta vez fue el cenizo quien limpió sus lágrimas y sobó su mejillas. Pensó que sería una buena idea algún día contar sus pecas, plantearle un beso en cada una.


—Lo hice de corazón— admitió.


Para no maltratarlo, Izuku repitió los dobleces con cuidado y guardó la hojita en su pantalón.


—No solamente te llamé por el dibujo: ¿recuerdas esa vez en el café?— hizo retrospectiva —¿la vez cuando me dijiste que..., me escucharías cuando quisiera hablar...?—


Entrelazó sus dedos, jugueteó con ellos como si fuera un niño asustado. No quería volver a rasguñarse.


—Claro que lo recuerdo— asintió —¿Quieres hablar ahora?—


Kacchan movió la cabeza de arriba a abajo, dándole una respuesta afirmativa a Deku.


—Mi padre y mi madre están divorciados— soltó con la cabeza gacha.


El pecoso solamente dejó salir un “lo siento mucho” mientras acomodaba un mechón de cabello rubio. Lo colocó detrás de la oreja del mayor y le sonrió.


También acarició su mejilla con el pulgar, para así, hacerlo levantar los ojos del piso. Los rubíes fueron a parar contra las esmeraldas.


—Nunca lo entendí..., porqué la gente se separa, porqué se deja de querer...y,...y— siguió, lágrimas se acumularon en sus párpados.


Comenzaba a hiperventilar, jalaba aire en bocanadas para no perder el control pero no le estaba resultando.


—Tranquilo, Katsuki— habló acercándose más —Estoy aquí contigo, respira, ¿si?— pidió —Yo te cuido, estoy aquí...—


Acarició su costado. Bakugo sintió su garganta anudarse, apretó los dientes y con un puchero, asintió con la cabeza.


Inhaló y exhaló, guiado de Midoriya, quién no lo soltó ni un momento.


Pasaron dos minutos y la respiración del rubio ya era casi normal gracias a ejercicios de moderación, el peliverde tomó la palabra.


—¿Quieres seguir hablando de eso? Mi intención no es hacerte sufrir—


A Izuku también se le escapó una gota, era empático con el dolor de su amado, tal y como la vez de las vendas. Limpió su rostro con el dorso de su mano.


—Si, quiero hacerlo— respiró profundo hinchando el pecho —La cosa es que yo no creía que el amor existiera, no sé porqué me acostumbré a no ser feliz, pero, te conocí..., y algo cambió esa idea—


Sonrió entre el llanto: luz nacida de la oscuridad.


Eso mismo sucedía en su corazón.


—Me viste a mi, te acercaste a hablarme— rió un poco al recordar —Me viste a mi, cuando nadie más lo había hecho...—


Empezó a relatar y retiró la mano del pecoso de su mejilla para guiar los nudillos de esta hasta sus labios. Besó la mano del ojiverde con total respeto y cariño.


—Me diste de tu tiempo, de tu conocimiento. Me diste vida y me diste aliento. Y nunca me voy a cansar de agradecerte por eso—


Ahora tomó su mano para acariciarla y al final, los dos entrelazaron sus dedos meñiques sin dejar de mirarse a los ojos. Sus pupilas ya eran espejos el uno del otro.


—Me gustas, Izuku Midoriya. Me gustas mucho— confesó al fin.


El peliverde, a la par iba sintiendo como sus latidos saltaban, bailaban algo así como un chachachá. Un ritmo romántico y equilibrado, ¡por fin era perfecto!


Asentía con la cabeza mientras dejaba escapar lágrimas de alegría por cada palabra en la boca de Katsuki.


—Me gustas como para envejecer a tu lado, para escuchar todos tus sueños, para ver tus ojos como si fueran los últimos de este país—


La oscuridad se volvió débil, con palabras tan dulces en su boca provocadas por Deku, Kacchan obtuvo remedio a su martirio. Por fin, había encontrado esa razón para existir.


Por fin se sentía pleno: se sentía vivo.


—Te quiero conocer, quiero saber cada cosa de ti y si me permites, amarte por lo que dura la eternidad con todo lo que soy— dijo —No tengo mucho que ofrecerte, lo sé...— frunció los labios, frustrado —¡Pero quiero ir a la universidad!—


Anunció feliz, un destello apareció en sus ojos: obra de la luz en su corazón.


—Desde que me dijiste que te gustaban mis dibujos, investigué la oferta en la universidad de artes en Osaka. El profesor Aizawa me dijo que podría conseguirme una beca si mantenía buenas notas estos últimos meses—


Izuku no se contuvo y de la emoción dio otro gran abrazo a Katsuki. Los dos entre lágrimas y risas se fundieron en el contacto.


—¡Estoy muy orgulloso de ti...!— susurró el menor, recibió una caricia en sus cabellos como respuesta.


Se separaron otra vez, las cosas no terminaron ahí.


—Ya que sé que a ti te gusta escribir y traducir cosas, pensé que podríamos trabajar juntos en un futuro. Algo como un manga...—


Ahora tomaron sus manos completamente, palma contra palma pero sin entrelazar los dedos. Se aproximaron todavía más, obligando a la distancia a decir adiós.


—Si tú quieres te convido de mis días, te regalo mi corazón, y si tú quieres podríamos ser como un..., dúo asombroso— lo pensó por un minuto.


—¿Un wonder duo?— habló en inglés, sonriendo.


—Exacto: un wonder duo— devolvió la sonrisa —Pero, antes de eso, tengo que hacerte una pregunta—


Deku sintió su corazón latir como una canción hecha en pura alegría, llena de amor y claridad. Como por enésima vez, asintió con la cabeza y contuvo las gotas en sus ojos.


Kacchan se arrodilló ante él y sostuvo sus dos manos, no dejaron de mirarse a los ojos. El cenizo sonrió de dientes llenos y, con el discreto rubor en sus mejillas, habló.


—Aunque no puedo darte mucho, algún día te brindaré todo lo que te mereces. Yo quiero besarte, quiero abrazarte, quiero tomar tu mano, y quiero ser tu novio: Izuku, ¿me permites hacer eso?—


Katsuki esperaba la respuesta con las manos sudando e Izuku falló en el intento de no llorar.


Curvó sus cejas e hizo pucheros, luego enseñó los dientes. También se puso de rodillas y abrazó con fuerza al contrario. Gracias al impulso que el ojiverde tomó, los dos muchachos cayeron al césped.


Midoriya quedó encima de Bakugo, por la pose tan comprometedora se sonrojaron y apartaron las miradas.


—Katsuki, yo nunca te pediría que me bajaras la luna— confesó —En su lugar: ¡te propongo que la alcancemos juntos!—


El cenizo posó sus manos en la cintura del peliverde, mientras que el pecoso acarició suavemente la piel del cuello del ojirojo.


—Te permito hacerlo, ¡te acepto!— dio el sí —Y quiero corresponderte—


Inhaló profundamente y cerró los ojos, volvió a hablar.


—Katsuki Bakugo, también me gustas, me gustas muchísimo: ¿tú me aceptas a mi?—


—¿¡Qué clase de pregunta es esa?!— cuestionó retóricamente y vinieron más risillas —¡Por Dios, si! ¡Mil veces si!—


En respuesta, y tomando coraje del aire, de sus ojos rojos, o de quien sabe qué rincón en su alma, Izuku jaló a Katsuki por el cuello del abrigo para plantearle un beso en los labios.


El tirón no fue brusco pero sí tomó por sorpresa a Kacchan. Deku cerró los ojos y otorgó el mando del beso al cenizo, quién también juntó sus párpados para disfrutarlo un poquito más.


Acomodaron sus manos en donde creyeron prudente y el beso transcurrió entre contactos de labios rápidos y no tan profundos. Solamente pequeños crujidos y pestañas bailando por la emoción.


Bakugo adoró el delicioso elixir desprendido de los celestiales labios de Midoriya. Gozó como nunca el calor y sabor de su boca. Aunado a esto, su corazón se derritió ante el tacto de sus finos dedos haciéndole “piojitos” en los cabellos de la nuca.


El peliverde se dejó hacer, su corazón brincaba de alegría al sentir como los labios del cenizo hacían maravillas. La calidez y suavidad de su boca eran un deleite. Ni hablar de las tenues caricias que daba en sus caderas, obviamente sin propasarse. Esos toques eran el mismo cielo.


Cuando separaron sus labios solamente sonrieron mutuamente y juntaron sus frentes.


Tenían un porvenir espectacular aguardando por ellos: el sueño universitario, una vida juntos y por sobre todas las cosas, ser un wonder duo.


Ahora sus auras, unidas por los hilos del amor, habían abandonado la oscuridad y el ritmo aburrido del marcapasos. Estaban vivos, y eso era más que suficiente.


Su futuro resplandeciente estaba a punto de comenzar.


17 de Diciembre de 2015, el día en que Izuku le mostró su canción favorita a Katsuki.


Ambos iban hasta la academia U.A a bordo del autobús. Desde que formalizaron su relación como pareja, el ojirojo pasaba a recoger al pecoso hasta su casa.


No le importaba tener que caminar durante cuarenta y cinco minutos hasta llegar al domicilio del peliverde: nada más con pensar en él, el cansancio por la larga caminata se le iba.


Lo esperaba en el marco de la puerta, tomaba su mano para bajar por el vecindario y caminar un poco más hasta la estación.


Ambos se sentaban juntos a bordo del camión sin soltar sus manos entrelazadas por los dedos. Katsuki, como siempre, iba del lado de la ventana para perder su mirada ahí, pero el llamado de Izuku lo hizo reaccionar.


—Mi amor— llamó, Bakugo volteó al escuchar la suave voz de Midoriya —¿Puedo mostrarte una canción?—


—Claro— sonrió, luego rebuscó en el bolsillo frontal de su mochila —Toma, pon lo que tú quieras. Si te gusta a ti, me gustará a mi también—


Entregó unos audífonos manos libres de color negro al menor, él rió con y con un “está bien”, asintió. Conectó los auriculares a la entrada en su celular y accedió a su biblioteca de música.


Se colocó uno y ofreció el otro al rubio, quién lo tomó y puso en su oído a la par.


Dio clic en la lupa pequeñita del buscador y tecleó el nombre de la canción que quería mostrarle al cenizo. Antes de darle play, pronunció algunas palabras para darle sentido a su acción.


—Esta es mi canción favorita, Kacchan— comentó.


Los dos se miraron a los ojos, el ojirojo escuchó con atención cada palabra dicha por el peliverde. Si significaba algo importante para Izuku, no perdería detalle.


—Es la versión acústica, me gusta porque siento que se oye mucho más bonita—


Rió y dio un vistazo, al notar la manera en la que su novio lo miraba embelesado, se sintió el chico más afortunado del mundo.


—Cuando llegué a casa después de la primera semana de clases y la escuché por primera vez— hizo una pausa —pensé en ti—


Bakugo se acercó y pidió permiso con la mirada para dar un beso, Midoriya asintió usando sus ojos y levantó el flequillo de su pelo, dejando su frente libre para que el rubio le diera un tierno ósculo.


—Quiero que la escuches, y me gustaría que un día la bailáramos juntos. Esa es la única actividad física que puedo hacer sin correr riesgo por lo del marcapasos...— explicó apenado —Así que, quiero compartirla contigo, es como un regalo—


El rubio asintió con la cabeza y escabulló su brazo por el hombro del contrario, el pecoso recargó su cabeza en el hombro del ojirojo, aspiró la fragancia de su piel y luego, dio un beso en su mejilla.


—Bailaré contigo todas las veces que quieras— respondió Bakugo —Y nuestro baile más importante será cuando nos casemos—


Plantó otro beso en su coronilla y acomodó los rizos verdes del contrario con cariños suaves dados por sus falanges.


—¡Kacchan!— regañó sutil mientras reía —Apenas tenemos dieciocho...—


—Obviamente ahora no, Deku— rió igual —Pero algún día me voy a casar contigo—


Relató su ensoñación con lujo de detalle y una gran sonrisa.


—Tendremos una casa y un trabajo juntos. También hijos, si tú estás de acuerdo. Y seremos una familia: una familia feliz que nunca se va a separar—


Inconscientemente entristeció: “una familia feliz que nunca se va a separar” fue el sueño de Katsuki desde chiquillo.


Y ahora, gracias a la vida, tenía una segunda oportunidad para alcanzarlo. El peliverde notó la expresión en la cara del contrario. Reaccionó inmediatamente.


—Te prometo que siempre estaré para ti— acariñó sus mejillas con delicadeza —Esperaré ese baile con ansias— sonrió el pecoso y regresó a su posición inicial.


—¿Es una promesa de dos, entonces? — cuestionó el rubio.


—Es una promesa de dos— afirmó el peliverde.


Después de eso, risas pequeñas se escucharon y el abrazo se hizo más fuerte.


Izuku dio play a la canción: Chachachá de Jósean Log.


Katsuki nunca había escuchado una melodía parecida por lo que prestó completa atención al tono del ukulele y la particular voz del artista.


Aquella pieza musical le pareció preciosa, y sólo la mitad de la tonada bastó para que se colocara como una de sus favoritas también.


Ya que era su primera vez escuchando esa canción no prestó atención a la letra. Pero era un ritmo hecho a la medida para ellos, el ojirojo lo interpretó así.


Solamente se enfocó en el sonido agradable y en la promesa que tenía por cumplir: bailar al lado de Izuku para poder enamorarse un poco más.


Dejó de ver a la ventana por un momento y observó las finas facciones del peliverde.


Sus pestañas resaltaban por sus ojos cerrados, el color de sus mejillas era adorable, esos lunares espolvoreados por su cara eran fragmentos de universo.


El aroma de su cabello era exquisito, la suavidad de su piel beige era una delicia. Sus labios no hacían más que causarle delirio, se asimilaban a un rico postre que se moría por devorar.


Comprendió que era muy afortunado de tener a Midoriya justo a su lado. Sintió como el sonido de la canción terminaba y en el oído libre del ojiverde, susurró la verdad más real de su existencia.


—Izuku, mi vida—


Llamó con voz delicada. Si, literalmente el peliverde significaba “vida” para el rubio.


—Dime, Katsuki—


Miró hacia arriba buscando ese par de rubíes que lo hacían suspirar.


—Te amo, de aquí a la luna mil veces—


—Te amo también, de aquí al cielo mil y un veces, mi amor—


El corazón del peliverde ya estaba en total sincronía con el ritmo del chachachá. El corazón del rubio solamente emanaba luz. Recuperaron la vida y el aliento gracias al contrario.


Y en ese momento, solamente existieron ellos dos y la promesa de, algún día, ir a bailar un chachachá.


3 de Abril de 2016, el día en el que Katsuki cumplió su promesa, e hizo una nueva.


La leña empezaba a producir crujidos. El calor emanado de la fogata era agradable pero más agradable era la compañía que compartían al lado de sus compañeros de clase.


Ya que se organizó un campamento para festejar la graduación, todos los alumnos decidieron ir a la playa y quedarse ahí por una semana entera.


Ellos no eran la única pareja formada en la clase 3-A de la academia U.A en el curso de estudios generales, cabe aclarar.


Momo y Kyoka observaban las estrellas recostadas en la arena, Denki y Hanta jugaban con una baraja española. Tsuyu y Sato disfrutaban de hacer smores con chocolate amargo y malvaviscos.


Mina y Ochako estaban recargadas en la orilla del mar, la castaña tocaba un ukulele tranquilamente mientras la pelirosa estaba recostada en sus piernas.


Y por último, Shoto y Eijiro estaban caminando por la arena tomados de la mano, recolectando conchas y caracolas en una pequeña cubeta.


Katsuki observaba el fuego consumir la madera sin perder detalle, sus brazos tomaban firmemente las caderas de Izuku, quién se encontraba sentado delante de él. Ambos pecho contra espalda.


A Bakugo le pareció un momento perfecto para cumplir su promesa: la de bailar un chachachá.


Según recordaba, a no más de unos metros estaba el muelle de la playa Dagobah, un lugar lo suficientemente privado como para cumplirle a su amado peliverde el deseo que le pidió ese día en el autobús. Además de darle un regalo adicional.


Con determinación, dio un cálido beso en la nuca revuelta en lunares del ojiverde, él rió por su acción. Los besos sorpresa nunca dejaban de parecerle tiernos.


—Ven conmigo, quiero mostrarte algo— susurró contra su oído.


El peliverde volteó para encontrarse con los ojos carmesí del rubio, asintió con la cabeza y se levantó de donde estaba sentado.


Deku ofreció su mano a Kacchan para ayudarlo a levantarse, él la tomó sin decir palabras y cuando estuvo de pie, la llevó a sus labios para, con estos mismos, acariciar los nudillos del pecoso.


No soltó su mano, de hecho, el agarre entre ambos se fortaleció al entrelazar sus dedos y avanzaron por el sendero iluminado de luciérnagas y el débil color naranja del atardecer.


Dieron algunos pasos y su camino dejado atrás no eran más que las huellas de sus pies marcadas en la arena blanquecina.


Cuando Izuku pudo ver el puente de madera se emocionó y caminó por delante de Katsuki, jalando su mano sin ser brusco pero lo suficientemente fuerte como para dar a entender su emoción. Dio pasitos rápidos y entusiasmados mientras guiaba al cenizo con él.


—¡Mira Kacchan: las olas del mar!—


Estaba maravillado con la vista de aquella costa. Sus pies tocaron la madera lisa y desde lo alto del muelle todo era todavía más sublime.


Arrastró al rubio consigo, así ambos quedaron sobre el mar, ver ese brillito inocente en las esmeraldas de Midoriya no tuvo precio para Bakugo.


La luz tenue rozaba con la espuma producida por el choque del agua elevada por la marea. El sonido era relajante y por si eso fuera poco, la frescura del ambiente era para disfrutarse.


Jadeó de sorpresa con los ojos bien abiertos.


—¡¿Esto es lo que querías mostrarme?!—


—Lo es, ¿bonito, no?— pronunció.


Deku empezó a lagrimear, no de tristeza, sino de felicidad. Se aireó la cara para tranquilizarse y apretó la mano del mayor.


—Siempre quise ver el mar...— confesó —Es más que bonito, ¡e-es enteramente hermoso!, Katsuki, ¡me encanta!—


Saltó para darle un abrazo, como reflejo enredó sus piernas en la cintura del rubio, él tomó su cintura de la manera más respetuosa que podía existir.


Izuku paseó sus manos por las mejillas de Katsuki y le plantó un beso en señal de agradecimiento, él correspondió y encerró aún más al peliverde entre sus brazos. Ni un milímetro de distancia quedó entre ellos dos.


Cuando se separaron del beso y los pies del peliverde volvieron a sentir la madera del muelle, Bakugo se dispuso a hablar.


—Aunque es linda, claro...— intervino —no solamente te traje acá por la vista, quiero cumplir mi palabra, mi vida—


Se acercó para hablar bajito, como si no quisiera que nadie más se enterara de ello.


Luego, al igual que un príncipe, se inclinó un poco con una mano empuñada detrás y la otra entreabierta, ofreciéndola a su amado.


—¿Quieres bailar conmigo un chachachá?—


El peliverde era un desastre entre diminutas lágrimas de alegría, el rubio quitó su postura y usó sus dedos para limpiarlas. Una vez que terminó, devolvió su cuerpo a la pose previa.


—Contigo, siempre— cedió su diestra para que se encontrara con la zurda el rubio —Pero, ¿bailar sin música...?—


—Tengo eso cubierto— aseguró —Si sabes que nada se me escapa, ¿no?—


Cuestionó retóricamente y el pecoso simplemente rió agachando la cabeza. El cenizo sacó de su bolsillo izquierdo su celular y seleccionó la misma canción que Izuku le mostró en el autobús.


Dejó el teléfono en una diminuta base de madera al inicio del muelle, el sonido del ukelele los envolvió. Empezó a anochecer y sus corazones iban al descubierto.


Ambos pusieron sus manos juntas a una altura cómoda. Deku paseó su mano por el pecho de Kacchan para que al final, se colocara en el hombro del más alto.


—¿Puedo tomar tu cadera, mi vida?—


No, la caballerosidad nunca se le iba a quitar al rubio. Midoriya adoró esa acción y su corazón se sincronizó con la melodía.


—Puedes, mi amor—


Bakugo tentó suavemente la cintura del menor, fue navegando su espalda como si su diestra fuera un navío.


Quedaron unidos y sobre el muelle fueron balanceándose impulsados por el moribundo aire del lugar.


—La luna apenas está saliendo, se ve hermosa— comentó Izuku.


—Ayer, hoy y siempre se ve hermosa— respondió Katsuki.


Esa era su forma de decir “te amo” sin la necesidad de usar esas dos palabras.


Los pasos en sus pies eran cortos, minúsculos, pero cada movimiento por más pequeño que fuera, se podía sentir gracias a su proximidad.


Iban hacia adelante y hacia atrás, fueron construyendo su danza y en el atardecer; en el color del final del día, los instintos gobernaron sus entes.


Se dejaron llevar por todo: sus caricias entrecortadas, sus arrebatos de pasión, sus coplas en forma de sonrisas y la rima de sus almas unidas.


Katsuki no dudó en cantar al oído de Izuku para hacer el momento mucho más íntimo.


—Dame de tu vida y de tu tiempo


Suficientes para ver—


Entonó con una voz suave, la letra de la canción comenzaba a cobrar sentido.


Si, Katsuki lo entendió: definitivamente Izuku le dio la vida que le fue arrancada desde niño, lo sacó de una oscuridad que parecía no cesar nunca.


Y él siempre sería su fuente de vida, su razón para sonreír, la luz de su sendero.


El sonido de la voz de Kacchan fue suficiente como para que el peliverde quedara embelesado. Decidió cantar a su lado.


—Dentro de tus ojos el momento


Que me obligue a renacer—


Sostenían miradas al ir creando ese vaivén lento, daban pasos usando sus puntas y talones girando sobre su mismo eje, no tenían miedo a pisarse pues se conocían tan bien que la danza fluyó sin dificultad.


No era un baile llamativo ni extravagante, pero era suyo.


Era esa oportunidad única de entregarse mutuamente y volverse uno solo. De unir sus auras en la inmensidad y en la eternidad también.


De vivir, y disfrutar haciéndolo.


Una de las cosas que más le gustaban a Izuku eran los ojos de Katsuki, su simple color rojo tan intenso se asemejaba al terciopelo.


Solamente esos ojos eran capaces de acariciarle el alma. Y por eso los adoraba tanto.


—Dame vida y dame aliento


Que yo ya perdí el conocimiento


Sólo quédate un momento—


En ese momento Kacchan abrió los brazos para darle una vuelta a Deku, él rió por ello y se dejó guiar para hacer fluir el giro. Los dos quedaron laterales y el peliverde se enroló levemente en el brazo del cenizo.


Quedaron lado a lado, el ojirojo apoyó todo el peso del menor en su pierna para que ambos hicieran un choque de caderas y se inclinaran hacia la derecha. Después de otras pequeñas risas se enderezaron, quedando frente a frente otra vez.


—Hasta evaporarnos en el viento—


La dulce voz de Midoriya salió como un suspiro adorador, su respiración chocó contra la boca de Bakugo. Quedaron agarrados de una mano y por ello, el rubio paseó al ojiverde a su alrededor en otro giró.


Guió su mano hasta su propio hombro y una vez que Izuku pudo sentir la piel de Katsuki, descubierta por una camiseta de tirantes que llevaba, dejó vagar las yemas de sus deditos por su nuca y la parte alta de su espalda.


El cenizo tomó la mano libre del pecoso cuando terminó el giro, jalándole un poco para repegarlo a su cuerpo nuevamente.


—No hay motivos para decirnos adiós tan pronto


Sigo vivo, créemelo, mi amor


No soy tan tonto—


Quedaron en la misma posición del inicio, manos unidas, la del más pequeño en el hombro y la del más alto en la cadera del contrario. Sus narices rozaron y por la cercanía, sus rodillas se entrelazaron.


—Si tú quisieras esta noche


Ir a bailar un chachachá


Yo te puedo enamorar—


Los dos cantaron simultáneamente, mirándose a los ojos y asegurando implícitamente que, mientras estuvieran bailando un chachachá, nada más les podría faltar.


El ojiverde acarició los costados de la cara del rubio y él arropó su cintura con sus palmas. Juntaron sus frentes y cerraron los ojos.


No pusieron mucha atención en los movimientos pues estos apenas y eran perceptibles.


Solamente se trataba de ese balanceo lado a lado muy romántico y cliché, decorado con el tacto de las pieles que ya se reconocían mutuamente.


—Dame de tu vida y de tu tiempo,


Que te quiero conocer


Déjame sentir el movimiento—


Esta vez se separaron y solamente juntaron sus palmas de las manos: Izuku la derecha y Katsuki la izquierda.


El cenizo dio caricias a los dedos del ojiverde usando los suyos para abrir completamente su mano, fue sobando su piel con mucho cuidado, usando la misma devoción que dedicaría a una deidad o ser celestial.


Así, ambos extendieron sus manos completamente y con las que estaban libres, hicieron puños para ponerlos detrás de sus espaldas e ir caminando unidos dibujando con sus pies un círculo en la madera del muelle.


Las puntas que Midoriya hacía para quedar un poco más a la altura de Bakugo hacían ver a sus pies mucho más estilizados, ni hablar de sus piernas. Sus pasitos tiernos le provocaban satisfacción y deleite al cenizo.


Iban alternando las manos, ahora Kacchan iniciaba con la diestra y Deku con la zurda.


Era algo así como un baile real al final de un cuento de hadas.


—Oh-oh-oh—


Coreó el peliverde, dos risillas se escucharon luego de eso.


El rubio dio un giró despacio al peliverde admirando su cuerpo por todas partes: el viento sobaba su cabello, las pecas de sus mejillas eran lucecitas entre la noche, sus ojos brillando, la forma de su espalda, la curva de su cintura y piernas, y para rematar, la suavidad de su piel que desprendía un aroma a vainilla.


Él le regaló una risa. Izuku se sentía en una discreta euforia, su petición fue cumplida por Katsuki. Y ese baile se sintió tan íntimo que se alegró de que fuera solamente con el ojirojo. Pues era a la única persona que amaría por todo lo que dura el tiempo y su eternidad.


No siempre hacer el amor se trata de sexo, y eso los dos lo sabían. Se amaron a su manera, bailando y dejándose llevar por el ritmo de la marea.


—De tu cuerpo al florecer—


Completó para, ahora él, dar un giro a Katsuki parándose de puntitas. Entre tantas partes preciosas del cuerpo y espíritu del cenizo, se le hacía difícil elegir una que fuera su favorita.


El color de su piel, la calidez de sus manos, la forma de su cuello, la solidez de su pecho y también su energía tan única eran algunas de las cosas que adoraba de su querido novio.


—Dame vida y dame aliento


Que yo ya perdí el conocimiento


Sólo quédate un momento


Hasta evaporarnos en el viento—


Terminaron por abrazarse para igualar los movimientos de sus cuerpos a un mismo compás. Izuku enterró su rostro en el pecho de Katsuki mientras él se refugió en el cuello del más pequeño.


—Si tú quisieras esta noche


Ir a bailar un chachachá


Yo te puedo enamorar—


Musitaron en sus oídos respectivamente y no se separaron, pues no querían estar apartados el uno del otro por nada del mundo.


Como si se tratara de una película romántica, Katsuki giró un poco la cadera de Izuku para que sus piernas quedaran casi a la par y de esa forma, recostarlo entre sus brazos. El ojirojo se inclinó sobre él y por mero reflejo, el peliverde flexionó un poco su pierna que quedaba al aire.


Se afianzó firme de los hombros del mayor y con su mano, acercó su rostro al ajeno para finalmente, besarse al estilo hollywoodense.


Kacchan estaba embriagado de la belleza divina de su novio, perdido entre sus lunares, sentía su voz en cada rincón de su cuerpo y ser.


Deku se sentía pleno, amado por completo; porque en el arrullo de los brazos de su amado, se volvía inútil la razón.


Un beso se convirtió en dos, dos en tres y tres en cuatro. Se enderezaron sin dejar de besarse entre piquitos. Cuando menos lo supieron, los rasgueos del ukulele anunciaron el término de la canción.


—Gracias, Katsuki—


Volvió a buscar un abrazo, petición que no fue negada.


—No es nada, para ti, siempre, Izuku—


Lo cargó y dio vueltas en su lugar, ambos rieron por el movimiento y las mariposas en sus estómagos bailaban también.


Quién sabe qué fue. Si fue la noche o fueron las estrellas. Porque cada constelación era un ramo y cada estrella una flor, en lo alto había racimos de estrellas por doquier.


Quién sabe si fue la atmósfera romántica o simplemente el amor juvenil.


No, no. Fue la luna en su fase de llenura apoyada en el hombro del sol. Fue la luna, la única responsable de sellar su querer.


La luna, se rió de sus fantasías y sonrisas inocentes, siendo empática con ambos muchachos.


La luna, se vistió con esas lindas melodías entonadas por sus labios, retozadas en juego y sensatez.


La luna salió muy guapa y presumida para brindar sus rayos a Katsuki e Izuku, apareciendo como la diosa del firmamento nocturno.


La luna fue la que se coronó justo arriba del muelle, reflejando su luz en el agua para dejar grabada la figura de un chachachá, que logró unir dos corazones muy particulares: uno luminoso salido de la oscuridad y otro yendo a un ritmo perfecto a pesar de tener un marcapasos.


—Hay algo que quiero regalarte, mi vida— mencionó el cenizo.


—Con esta experiencia tan bonita me basta y me sobra— le sonrió —pero sé que no te voy a hacer cambiar de opinión—


—Estás en lo correcto— intercambiaron risas —Cierra tus ojos, por favor—


Deku asintió juntando sus párpados y en eso, Kacchan se arrodilló ante él nuevamente. De su otro bolsillo sacó un diminuto anillo.


Obviamente el muchacho no tenía el recurso económico para comprar una sortija de plata, pero el acero inoxidable medio se le parecía. El aro solamente tenía un corazón en su parte más alta, era sencillo y sincero, así como Izuku.


—Ábrelos ahora— pidió.


Midoriya, al ver de rodillas a Bakugo mientras sostenía el anillo tapó su boca de la impresión, apenas iba a hablar cuando el rubio lo interrumpió.


—¡Antes de que me digas que es demasiado pronto!— detuvo —Quiero explicarte que este no es para lo que tú estás pensando: es un anillo de promesa—


Explicó y Deku volvió a derramar lágrimas por el sentimiento. Asintió con la cabeza mientras quitaba sus manos de sus labios.


—Mira, Deku: no sé cuántas noches le pedí a la luna un remedio a mi dolor, perdí la cuenta. Pero hoy, puedo confirmar que me escuchó—


Comenzó a relatar, sintiendo solamente luz en su interior.


—No sabes cuánto tiempo esperé este momento, mi vida. Cuanto deseaba sentirme vivo y, cómo tú estás aquí, me has hecho una mejor persona—


Pidió su mano, el peliverde la concedió.


—Eres mi la luz de mis días, mi cielo, eres la mejor cosa que me ha pasado. Eres todo para mi, eres todo y eres más—


Lo miró a los ojos contundentemente, Izuku no quería interrumpir la declaración, pero, sentía exactamente lo mismo hacia Katsuki.


—No sé qué va a ser de mi en el futuro, lo que sí sé es que quiero que estés ahí—


—Yo también quiero que estés ahí, mi amor— hipó el ojiverde —Quiero soñar contigo, quiero verte todas las mañanas, quiero escucharte, saber quién eres, conocer tus miedos. Quiero ser tuyo—


Después de todo, Midoriya no pudo aguantar las ganas de dar voz a sus emociones también.


Bakugo bajó la mirada apenado, no, ese chico nunca dejaría de ruborizarlo con palabras tan bonitas adornadas de su voz caramelizada. Sonrió viendo directamente a sus ojos.


—Cómo te lo dije en el autobús, quiero casarme contigo algún día— declaró —Te prometo hacerte feliz, todos los días de mi vida, protegerte, entenderte, enamorarme más y más de ti. Te prometo, ante la luna, amarte ayer, hoy, y siempre, Por lo que dura la eternidad—


Izuku se limitó a reír y a asentir con la cabeza, estiró sus dedos, invitando a Katsuki a colocar el anillo a lo largo del dedo anular. Él entendió y de inmediato lo hizo.


Ambos se abrazaron una vez que el rubio estuvo de pie, Deku era eternamente de Kacchan y viceversa. Cuando estuvieron unidos por el contacto, el ojiverde apreció con ternura el pequeño accesorio puesto en su diestra.


Le encantó no sólo por su detalle sencillo del corazón pequeño o el color brillante del metal, sino también por su significado: un pacto irrompible, una unión bendita que ninguna circunstancia podría quebrar.


—Eres un romántico incurable— reclamó el pecoso —Pero esto es hermoso, Kacchan. Te amo, ¡te amo, te amo, te amo!—


Sollozó contra su pecho, sintió los brazos firmes del ojirojo cobijar su espalda para luego subir hasta su cabello para brindar cariñitos ahí.


Sin embargo, había algo más que Midoriya debía comprobar. Estaba dispuesto a hacerlo, solamente tendría que pedirlo.


—Mi amor, quédate quieto un momento— imploró —Quiero escuchar tu corazón—


—De acuerdo...—


Al prestar atención a las pulsaciones de Kacchan, Deku estuvo finalmente convencido: sus corazones y el ritmo vívido de los mismos tocaban un chachachá para que los dos fueran bailando, tomados de la mano y amandose, soñando juntos sin importar ni la vida ni la muerte, ni el marcapasos ni la oscuridad.


Con eso en mente, el pecoso se paró de puntitas nuevamente para besar al ojirojo, a quién, a pesar de haber entablado un noviazgo con él hacía cuatro meses, seguía emocionado por el tacto de sus labios como si fuera la primera vez.


Sus almas se elevaron con el viento, remolineando entre la noche. Haciéndose una gracias al sentimiento compartido en medio de sus pechos.


Las cosas transcurrieron normalmente los siguientes tres meses. Durante el verano, se escapaban de vez en cuando al muelle de Dagobah durante las noches para bailar exactamente la misma canción, y aunque el acto fuera repetitivo, nunca se volvió aburrido.


Lograron entrar a la universidad y también, ir haciendo algunas páginas de su primer manga como colaboradores. Ya hasta contaban con un pequeño vlog en la web donde habían formado una pequeña comunidad de seguidores.


Todo estaba bien y de acuerdo al plan. Hasta que ya no lo estuvo.


20 de Noviembre de 2016, el día en que el destino los separó.


Izuku Midoriya, un joven de tan sólo diecinueve años fue asesinado con brutalidad por un grupo de asaltantes mientras volvía a casa.


Cuando cruzaba por el callejón Kutzu en el que las farolas públicas recién se habían descompuesto, los delincuentes dispararon al muchacho.


¿La razón? Midoriya se rehusó a entregarles el anillo que llevaba en su diestra.


El pequeño corazón de Deku no pudo soportar el estrés, su marcapasos sufrió una falla, dando una descarga eléctrica equivocada y provocándole una muerte instantánea.


Aunado a esto, tres heridas de bala fueron a parar en su cuerpo: dos en el pecho y otra en la frente.


La vida dentro de él en tan sólo un momento, se desvaneció. Cayó al piso mientras sentía su sangre subir y bajar de golpe.


Al ver esto, los ladrones lo patearon y despojaron de todas sus pertenencias, excepto de la pequeña sortija.


Era extraño, pues incluso estando muerto, el cuerpo de Izuku se negaba a soltar ese anillo.


Un coágulo de sangre se colocó en su dedo, hinchando el mismo para evitar que el aro plateado fuera arrancado de su mano.


Y más allá de todo, se negaba a soltar lo que significaba: no iba a perder su unión con Kacchan por nada del mundo.


En vida o muerte, no lo iba a perder.


Su cadáver fue abandonado en la oscuridad cual desperdicio: fue una muerte absurdamente grotesca y patética para un ser tan angelical como lo era él.


Dos señoritas se dieron cuenta del suceso digno de una película de terror y aún estando aturdidas, llamaron al servicio médico y a la policía.


Los ladrones huyeron apenas escucharon los gritos de las chicas y las sirenas de las patrullas acercándose al callejón.


Ambas féminas y tres paramédicos de la ambulancia pudieron testificar que las últimas palabras del peliverde fueron una dedicatoria especial.


—Katsuki Bakugo..., te amo..., lo siento...—


Con eso, Izuku Midoriya le regaló a su amado el último latido de su dañado corazón y el último aliento cálido que su boca emitió.


Cuando el rubio vio la noticia plagada por todas las redes sociales palideció.


Sintió de todo al ver las imágenes tan espantosas del cuerpo de su amado: hilos de sangre cubriendo su lindo rostro, ahora blanco cual nieve.


Sus ojos cerrados y su color verde que nunca volvería a ver, sus labios ya morados por la falta de oxígeno, que nunca volvería a besar.


Su teléfono se resbaló de sus manos cuando la realidad lo golpeó en la cara como si habláramos de un tren. Las lágrimas salieron inconscientemente de él desbordadas por sus costados, cada lado empapado en caudales provocados por un corazón abandonado.


Gritó de desesperación mientras el llanto fluía, sus piernas fallaron y cayó de rodillas en el piso. Sollozó sonoramente y jaló aire, pero eso de nada le servía.


Su sufrimiento era dramático sin que lo quisiera, pero su cuerpo no pudo soportar el dolor de una forma menos expresiva. El llanto no cesó en unos minutos, fue tanta la intensidad del mismo que acabó por hacer su cabeza punzar.


Cómo siempre, estaba solo en casa, es por ello que nadie acudió a su auxilio, siguió desahogándose hasta que la falta de aire lo obligó a levantarse.


Entre jadeos e hipidos abrió los ojos y apretó los labios, tensó su dentadura para evitar que más berreos se le escaparan de la boca.


A su alrededor todo era borroso, el sentimiento de mareo lo invadió, también una presión en el pecho y náuseas inhumanas.


Todo era oscuro y aterrador, los horribles monstruos detrás de sus persianas lo volvieron a llamar. Cerró los ojos para que se fueran mientras intentaba respirar.


Inconscientemente llevó sus manos a sus rubios cabellos y los jaló con coraje, desgraciadamente, rasguñó nuevamente sus antebrazos por el terror abrumador que la oscuridad colocó en su aura.


Mientras seguía llorando sin compasión, gritos desolados salían desde el fondo de su pecho. Toda su piel estaba fría, erizada por la tensión y sus músculos estaban tensos, tan rígidos que pesaban el triple de lo normal.


Se recargó en una pared cercana y azotó su cuerpo en la misma, quizá el dolor físico lo podía distraer del emocional. Se deslizó por el muro hasta quedar en el frío suelo hecho un ovillo, dejando su dolor escurrir por medio de sus ojos.


En un arrebato de todas las emociones en su mente salió corriendo de su casa hasta el muelle de Dagobah. Corrió y corrió como si estuviera intentando huir de sus pesadillas.


Pasó por todos los lugares significativos de su historia al lado del peliverde: la academia, el café de la quinta avenida, el parque, la parada del autobús y la playa.


Había detalles muy extraños: la academia U.A estaba desmantelada, el café con un letrero de “clausurado” en sus puertas, el parque con flores y árboles moribundos, la parada del autobús en pésimo estado por graffitis callejeros ilegales y la playa, bañada en oscuridad.


Todos los lugares estaban envueltos en penumbras no sólo por la noche, sino también por la pérdida de un precioso ángel con el corazón de metal, que nunca hizo nada malo como para merecer un final tan ruin.


Llegó exhausto hasta el inicio de la playa, arrastró sus pies descalzos entre la tierra dorada, llevaba sus zapatos en la mano y los arrojó por algún lugar, se detuvo en el inicio del muelle.


Ni siquiera la sensación pegajosa de la arena en sus pies logró molestarlo, solamente podía sentir pena en ese momento.


Miró hacia el cielo buscando un consuelo, una señal, algo que pudiera ser de ayuda para su sufrir pero no encontró ninguna respuesta: no había estrellas y la luna apenas se podía percibir. Era como la uña de un gato.


Todo estaba en oscuridad, no sólo en el firmamento, sino también dentro de Katsuki.


Se sintió asustado de todo lo que era. Se sintió como un asesino de espejos, un pobre diablo al cual le fue quitada toda esperanza.


Un tripulante de sueños rotos, un completo pesimista con terrible suerte atrapado en un dilema fatal.


Un chico perdido al cual se le escondía el propósito de la vida detrás de una promesa sin cumplir.


Se sintió muerto en vida nuevamente. Pues una parte de Katsuki murió cuando Izuku abandonó este mundo.


Tristemente la muerte no tiene solución. La vida te explica que su final, no tiene explicación. Pero ahora “su vida”, cómo solía llamarlo, se escapó al cielo sin decirle adiós.


Si bien, Deku le dejó muchas enseñanzas a Kacchan: qué el estar herido era normal, qué podía hacer lo que se proponga si explotaba su talento, que la sonrisa que poseía era la más bonita, qué al miedo hay que vencerlo de frente.


Qué, de vez en cuando, hay que ir a bailar un chachachá.


Pero la única lección que el peliverde no le enseñó fue como vivir sin él.


Se negaba a aceptar su realidad. No podía aceptar que el cruel destino los separó. No era capaz de creer que nunca más lo abrazaría de nuevo, que jamás podría besar sus mejillas otra vez, que no volvería a ver y escuchar su risa.


No, se rehusaba a creer que no podría casarse con él tal y como lo había planeado. Que no podrían ser un wonder duo y que no podrían bailar un último chachachá.


Se sentó a la orilla de la madera y sintió el agua helada y salina meterse entre sus pies. Colocó sus palmas en el piso del puente, estiró sus brazos para que su cabeza quedara echada hacia atrás, como si mantener la cara en alto le sirviera de algo.


El recuerdo evocó y con él la nostalgia se manifestó. Esa experiencia tan linda que tuvieron al bailar por primera vez en el muelle era de sus recuerdos favoritos al lado del pecoso, siempre lo tenía presente.


Pero ahora, no pasaría de ser eso: un recuerdo.


Entre sus memorias apareció la canción que compartieron, esa misma que Katsuki aseguró estaba hecha a la medida para ambos. Quizá podría mantener vivo a Izuku si la cantaba una vez más.


Inhaló bien profundo y se dispuso a entonar la letra.


—Dame vida y dame aliento


Que yo ya perdí en conocimiento...—


La acústica era la apagada y rota voz del rubio contrastada con el choque de la marea frente a sus ojos.


Era una súplica, un ruego en toda la extensión de la palabra. Su corazón estaba a punto de apagar la luz nacida por el ojiverde y en consecuencia, pedía a gritos que él bajara desde el cielo a devolverle la vida.


—Sólo quédate un momento


Hasta evaporarnos en el viento—


Dicen los que saben que las manifestaciones de ángeles guardianes después de la muerte si existen. Solamente en casos extraordinarios entre, lo que llamamos comúnmente “espíritus fraternos” o “almas gemelas”.


Estos mismos están conectados por uniones tan sólidas que ni la muerte llega a romper. Promesas, en su mayoría.


Detrás de Katsuki una luz comenzaba a centellar. La lumina hizo contraste con el color de la noche y adoptó la forma que el peliverde tenía en vida, con algunas modificaciones.


En su espalda había dos enormes alas, frondosas, claras y suaves que tentaban a tocarlas.


Las pecas en sus cachetes se hicieron racimos de estrellas, y el brillo de sus ojos y sonrisa, ahora era deslumbrante, casi con la intensidad de una aurora boreal.


Al ver a su amado frente a él, completamente destrozado, supo lo que tenía que hacer.


Su dulce voz siguió con la canción.


—No hay motivos...,


Para decirnos adiós tan pronto—


Al escuchar eso, Bakugo levantó la cara y jadeó de sorpresa.


Creyó estar alucinando de primera pero no perdió las esperanzas, buscó algo, una respuesta dirigiendo sus ojos al cielo. No encontró nada en la oscuridad del firmamento.


—Sigo vivo— rió el peliverde.


Si, Izuku nunca moriría mientras Katsuki no lo olvidara.


El ojirojo estaba ansioso, era como si la voz del pecoso lo siguiera a todos lados, resonando en cada rincón de su cuerpo y ser, de su corazón.


Se levantó con urgencia y volvió a asomarse al cielo, luego miró su reflejo en el agua y tampoco encontró la fuente de ese sonido.


—Créemelo, mi amor,


No soy tan tonto—


Fue entonces que el ojirojo volteó su cara y se encontró con la estela blanquecina que alumbró su corazón.


Le devolvió la vida y el aliento aunque fue sólo por un momento.


El menor extendió sus brazos hacia el frente invitándolo a darle un abrazo, mientras tanto, el mayor corrió hasta él con las lágrimas a flor de piel, botaron por ahí mientras emprendió su carrera.


Corrió hacia su Izuku, su fuente de vida. Lo tomó entre sus brazos y pecho para aprisionarlo y sentir su aura.


Se fundieron en el contacto, que era sumamente real a pesar de que Midoriya sólo era un espíritu.


Bakugo no paraba de llorar: tenía sentimientos encontrados. Después de todo, su deseo de una despedida si se cumplió, pero una parte de él en realidad no quería decir adiós.


Apretó con fuerza la ilusión que parecía ser el cuerpo del pecoso, eso sí, su tacto era tan real que dio una delicada caricia en sus mechones cenizos para tranquilizarlo.


—Lo siento tanto, Katsuki, mi amor, en serio lo siento...— susurró en su oído —...pero me tengo que ir—


El ojirojo no dijo nada, solamente supo aferrar sus uñas a la camiseta blanca que llevaba el fantasma del pecoso.


—No quiero, ¡no puedo perderte...!— sollozó —Eres lo mejor que me ha pasado. No sé qué hice bien en toda mi vida de mierda como para encontrarte pero, ¡sí sé que te necesito!—


Llanto siguió saliendo de él, entre jadeos, escondió la cara en el cuello del espíritu. Izuku acarició sus cabellos con ternura, cómo queriendo decirle que todo estaría bien.


—No me hagas esto, no puedo vivir sin ti— su garganta se anudó.


—Y yo no podré descansar si te veo así—


Al momento en el que Midoriya volvió a hablar el corazón de Bakugo se volvió loco.


La oscuridad y la luz peleaban, ambas querían el liderato, pero, parecía que la lumina estaba ganando.


—A veces la vida nos trata muy mal y no nos deja ser completamente felices— declaró —Pero eso no significa que dejarás de vivirla—


Al hacer esa diferencia, acunó el rostro ajeno entre sus palmas, ahora mucho más ligeras gracias a su forma fantasmagórica y forzó al cenizo a levantar la vista.


—Te pido que seas fuerte, mi amor, tan fuerte como lo has sido siempre— le sonrío.


Katsuki guardó ese momento, esa sonrisa. Que agradeció a todo el universo por poder verla una última vez.


—Tienes que seguir adelante, eres la única persona a la que amé, a la que amo y amaré: ayer, hoy y siempre. En vida o en muerte, es así— dijo —Y te prometo que vamos a estar juntos nuevamente algún día, esperaré por ti, y luego, te adoraré lo que dura la eternidad, Katsuki—


Se paró de puntillas depositando su beso en la frente del rubio y con sus manos, el espíritu curó todas las heridas nuevas en los antebrazos del muchacho vivo.


—¿Es una promesa de dos, entonces?— cuestionó Bakugo.


—Es una promesa de dos— aseguró Midoriya hablando contra su piel.


El ojirojo volvió a aprisionar al ojiverde en sus brazos, apretó el agarre tanto como pudo pero, por más que lo buscara, no podía sentir el latido de su corazón.


—Sabes que no me puedo quedar, Kacchan. Tienes que dejarme ir—


—No puedo, no quiero, no, no me hagas esto, Deku...—


Hablaban fundidos en el abrazo. El peliverde se dispuso a hacer una pregunta más.


—¿No me olvidarás?—


—Nunca lo haría—


—Entonces, viviré para siempre en tu corazón, Katsuki. Eso es el amor— consoló.


—¿Yo viví en tu corazón, Izuku?—


—Desde el primer día: te metiste en él como si fuera tu casa—


Dos risas vinieron y afianzaron su abrazo, el sonido de las olas de la marea y la atmósfera azul era todo a su alrededor.


—El tiempo se me agota, mi amor. Necesito hacerte una última promesa—


Se separaron para verse, en sus ojos llorosos, Izuku dejó caer estrellas fugaces por su nueva forma angelical.


—Te prometo que bailaremos otra vez un chachachá. Así te puedo enamorar un poquito más. Y ni la muerte, ni nada más, nos va a separar jamás— pronunció.


Entonces, recitó la verdad más real de su vida, y también, de su muerte.


—Te amo con toda la fuerza en mi corazón, y estaré esperando por ti, Kacchan. Hasta luego—


Estelas blancas empezaron a cegar al rubio, la luz que Deku desprendió fue tan radiante que le impidió al mayor ver con claridad. Cuando pudo entreabrir los ojos, gritó con desesperación desde el fondo de sus entrañas.


—¡IZUKU, NO! ¡¡NO!!—


El espíritu empezó a elevar su vuelo hasta el cielo azul ultramar, en eso, el rubio siguió corriendo queriendo alcanzarlo. Se negaba a dejarlo ir otra vez.


Quiso abrazarlo para retenerlo, pero cuando menos lo supo, el fantasma de su amado Izuku ya había desaparecido. Se evaporó con el viento.


Gracias al movimiento en falso el ojirojo cayó de rodillas contra la madera del muelle, y cuando el pecoso penetró el cielo, este mismo explotó en estrellas, consecuencia de su luz bendita.


Bakugo ni siquiera tuvo el valor de levantar la vista y siguió llorando su pena, no sin antes decir unas últimas palabras.


—Deku, no puedo hacerlo sin ti...—


Cuando menos lo supo se quedó dormido en medio del muelle, deseaba en el fondo de su alma que la marea subiera y lo ahogara. Podría ser que así cesara su dolor.


Desgraciadamente no pasó, despertó cubierto de arena y unas cuantas algas verdes. Se talló los ojos y tomó sus zapatos. Quizá le ayudarían a continuar su camino.


11 de Marzo de 2017, el día en el que Katsuki le hizo un regalo especial a su difunto novio.


Llegó al cementerio donde se encontraba la tumba del peliverde. En su mano derecha el cenizo llevaba un hermoso ramo de siete girasoles.


Después de la muerte de Izuku, Katsuki adoptó el pensamiento de que al pecoso le gustaría verlo tranquilo. Por eso, intentó vivir de la forma más normal que pudo.


Siguió con el manga y el vlog que ambos habían comenzado, no dejó de ir a la universidad y cambió las vendas de sus antebrazos todos los días.


Comenzaba a ver las persianas de su cuarto sin miedo, a comer tres veces al día raciones apropiadas y por si eso fuera poco, consiguió un trabajo en el nuevo café de la quinta avenida, el establecimiento ahora estaba en la calle Shinzō.


Y gracias a las propinas que juntó durante sus dos primeros meses de trabajo en el lugar, compró el ramo de girasoles más lindo de la floristería para su único y eterno amor.


Se arrodilló para dejar las flores al lado de la lápida del pecoso, en ellas estaban escondidos dos papelitos.


El primero mostraba un lindo retrato de Midoriya, obra diligente de las manos de Bakugo. Y el segundo era una cartita de amor.


Izuku, mi vida:


Te regalo estas flores, son bonitas, alegres. Pensé en ti al verlas.


Te regalo estas flores con la ilusión de escuchar tu dulce voz cantar la canción que una noche nos unió, una vez más.


Eres mi cielo, dulce deseo. Eres todo para mi, eres todo y eres más.


Le he estado contando a la luna de ti, espero que pronto me permita tener tus besos, tu calor junto a mi, y abrazar tu piel, y tocar tu ser.


Espero verte en otra vida para hacerte muy feliz, te amo, ayer, hoy y siempre.


Con todo el corazón: Kacchan, como Katsu-chan, sólo que más corto.


Sin pronunciar palabras, dio la media vuelta para salir del camposanto.


Se dispuso a caminar hasta la parada del autobús e ir a casa, quizá podría tomar un baño y luego dormir un poco.


El transporte se detuvo ante él, Bakugo subió sin decir nada ni hacer contacto visual con nadie. Buscó un lugar hasta el fondo del camión y se recorrió hasta el asiento del interior.


Cómo era su costumbre perdió la vista en el cristal, pero no estimó que pasaría con él después.


Esa fue la última vez que los ojos rojos del cenizo se colgaron de la ventana.


Katsuki Bakugo, un joven de diecinueve años, murió en un accidente automovilístico al lado de otros treinta pasajeros que tomaban la ruta del autobús hasta Hosu.


El impacto fue exagerado y en un sólo instante, nadie lo vio venir.


El colectivo se volcó del camino intentando esquivar un choque al frente y en un desliz, terminó cayendo de un puente y acabando con la vida de personas inocentes.


Sin embargo, los enfermeros que trasladaron el cuerpo moribundo de Katsuki hasta la ambulancia pudieron testificar sus últimas palabras, con una dedicatoria especial.


—Izuku Midoriya..., te amo también..., allá voy, mi vida...—


Con eso, Katsuki Bakugo le regaló a su amado el último latido de su claroscuro corazón y el último aliento cálido que su boca emitió.


Tristemente el muchacho estaba solo en vida, al morir, ni una sola lágrima fue derramada en su memoria.


Despertó en una nube igual de suave y blanca que el algodón, la misma flotaba sobre una ciudad con castillos de oro y ríos hechos del cristal más precioso alguna vez creado.


Se escuchaban risas y cánticos alegres por todos los rincones, acompañados de címbalos, trompetas y panderos.


Al abrir sus ojos, todo su cuerpo se sintió muchísimo más ligero que de costumbre. Lo único que pesaba era su espalda, de la que ahora salían dos grandes alas caídas como cascadas. A la vista eran delicadas, al tacto lo eran más.


Estaba vestido sólo con una camiseta y pantalón en color lino, iba descalzo, curiosamente su piel se volvió más blanca y todas las cicatrices de sus antebrazos se desvanecieron.


Un ligero golpecito fue lo que sintió después.


—¡Mi amor, ya estás aquí!—


Izuku se arrojó a los brazos de Katsuki y le dio un enorme abrazo, como si no lo hubiese visto en milenios.


El rubio respondió al contacto casi de inmediato, ambos pasaron unos tres minutos unidos sin decir ni una sola palabra, pequeñas lágrimas de gozo caían de los rubíes del mayor, mismas que el ojiverde fue limpiando.


Midoriya sostuvo el rostro del contrario por los costados y Bakugo acomodó sus manos en la cintura del contrario, justo como lo habían hecho en aquel parque, donde compartieron su primer beso.


Se besaron como si no lo hubieran hecho en siglos.


Se separaban de a ratos y volvían a besarse, a sentir el contacto de sus cuerpos y también, el latido de sus corazones exactamente en la misma frecuencia.


Chocaron sus frentes sonriendo con los ojos cerrados y riendo en voz bajita, cómo si no quisieran que nadie más se enterara de sus secretos.


Se veían a los ojos. Rojo y verde ahora podrían combinarse durante todo el tiempo del mundo, y contemplarse para dibujarse entre recuerdos.


—No sabes cuánto esperé este momento, mi vida. No me rendí por ti, pero, me siento mucho mejor estando aquí— susurró en su oído —¿Lo ves? No te olvidé—


Izuku sonrió y volvió a besarle, esta vez de piquito. Dejó escapar una risita diminuta, extrañaba demasiado la voz de Katsuki, oírla nuevamente sólo le produjo alegría.


—Y yo no he olvidado mi promesa, mi amor— rió divertido —Si tú quisieras ir conmigo esta noche a bailar un chachachá, yo te puedo enamorar, y compensar por todo el tiempo perdido—


Al cenizo se le aguaron los ojos y ahora por ser un ángel, se le escurrió una estrella fugaz por la mejilla. Luego sonrió, no era una lágrima de tristeza, todo lo contrario.


Significó tanto que Izuku recordara la promesa que el corazón de Katsuki se iluminó totalmente.


—¿Qué dices, Kacchan?—


—¡Si, Deku!, ¡mil veces si!—


En un ataque de emoción el peliverde tomó firmemente la mano del ojirojo. Aleteó seguro de sí mismo y ambos se elevaron por el aire tan puro del jardín del creador.


Katsuki soltó una carcajada al sentir la descarga de adrenalina en su estómago, también agitó sus alas, algo más torpe que Izuku y fue siguiendo al pecoso.


El cenizo fue persiguiendo al ojiverde y viceversa. Eran ellos dos solamente y la eternidad para compartir.


Fueron jugando entre las nubes, el color celeste del cielo y también, la dulce sensación del amor casto, primerizo y ahora, eterno.


3 de Abril de 2017, el día en el que Izuku cumplió su promesa y unió su vida definitivamente con Katsuki.


Cuando el astro rey se escondió en el horizonte y la noche cayó, la gran diosa del cielo nocturno se coronó en medio del firmamento.


La luna se vistió de dulces melodías hechas a la medida para aquellos ángeles enamorados, específicamente el sonido de un ukulele y el susurro de la marea en paz.


Ambos volaron hasta quedar enfrente del cuerpo celeste, siendo empapados de su luz graciosa y particular, Izuku sostuvo en meñique de su novio y fue caminando por la orilla del color del final del día. Ahí, donde los instintos gobernaban sus entes.


Se miraron a los ojos durante un buen rato, Bakugo acarició la mano de Midoriya por su dorso, pidiéndola para tomarla.


Él cedió su diestra y le sonrió. El brillo de su anillo era posible gracias a la lumina de la luna.


Luego el cenizo dirigió la mano del menor hasta sus labios y la besó aspirando cuidadosamente el aroma de su piel, el pecoso volvió a sonreírle.


Y entonces giró sus ojos para que vieran fijamente a la enorme esfera delante de ellos, colocada en toda su majestuosidad, su fase de llenura y su relieve de cráteres únicos.


Katsuki soltó la mano de Izuku y también se quedó viendo a la luna y su embriagante belleza pálida. Lo supo, ella escuchó todas sus súplicas.


Por inercia Deku rodeó el tronco del cuerpo de Kacchan, escabullendo su mano y brazo derecho debajo de sus frondosas alas hechas con plumaje blanco, recargó su cabeza sobre el hombro de su amado y se paró de puntillas para plantar un beso gentil en la comisura de su labio, justo en donde se le formaba un hoyuelo.


Volvió a su posición contra el hombro del más alto y se dispuso a hablar. Fue la noche o fueron las estrellas, quizá las supernovas o el latir de sus corazones.


Sabrá Dios, pero ese momento, era perfecto para cumplir su promesa.


—La luna está hermosa— dijo Kacchan.


Al ser espíritus fraternos, podían casi leer sus mentes.


Y definitivamente el ojirojo estaba de acuerdo con la idea de pagar el trato hecho esa trágica noche en el muelle.


—Ayer, hoy y siempre lo está— respondió Izuku.


Sobre recalcar que esa seguía siendo su forma de decir “te amo” sin usar esas dos palabras.


Como siguiente acción, Deku tomó la iniciativa usando sólo una simple pregunta.


—¿Quieres bailar conmigo un chachachá?—


—Esperaba que me lo preguntaras— admitió el cenizo y luego los dos rieron por lo bajo —Por supuesto, mi vida—


Los dos volvieron a tomar sus manos palma contra palma y seguido de esto, las colocaron en una altura que les pareció cómoda.


—¿Puedes tomar mi cadera, mi amor?—


—Puedo y lo haré, gracias por el permiso— sonrió —Pon la tuya en mi hombro— justo así lo hizo el peliverde.


Ambos acariciaron con delicadeza sus auras que ahora conformaban sus cuerpos. Y una vez unidos, se dispusieron a cantar juntos la canción que aquella noche los unió.


—Dame de tu vida y de tu tiempo


Suficientes para ver


Dentro de tus ojos el momento


Que me obligue a renacer—


Katsuki entonó con toda la tranquilidad del mundo haciendo uso de una voz alegre: ahora creía todavía más que la canción fue hecha a la medida para ellos.


Al reencontrarse con Izuku, encontró el paraíso, no sólo en el jardín del Edén, sino también en los labios de su amado.


Le dio toda su vida y también le dedicó su último aliento, Kacchan no podía y tampoco quería pedir nada más de Deku.


El cenizo fue liderando el baile, se elevó con el peliverde en brazos utilizando sus alas para que ambos se posicionaran en medio de la luna.


Su danza compartida era ese típico balanceo sutil de lado a lado, en el que la distancia era nula. Se sentían tan íntimos como la primera vez.


Nuevamente estaban haciendo el amor a través del chachachá, secuestrando la luz de la luna para ellos dos únicamente.


Ahora, fue el peliverde quien tomó la palabra para seguir con su dulce voz la letra de la tonada.


—Dame vida y dame aliento,


Que yo ya perdí el conocimiento


Sólo quédate un momento


Hasta evaporarnos en el viento—


El pecoso buscó los ojos carmín de su amado, ahí estaba ese delicioso terciopelo rojo que lograba acariciar su alma de una forma celestial.


Midoriya cambió la posición de las manos: pasaron de estar palma contra palma a quedar con los dedos entrelazados, reforzando su conjunción en más de un sentido.


Ahora no tendría que pedirle a Bakugo que se quedara sólo un momento, tenía toda la eternidad para adorarlo. Él lo haría encantado, pues siempre consideraría al rubio como su salvación.


—No hay motivos para decirnos adiós tan pronto—


El cenizo tomó el mando de la canción.


No los hay, nunca los habrá y desde un inicio no los hubo.


A veces el destino separa a las personas y la vida las trata muy mal, pero eso no significa nada cuando una promesa se queda pendiente.


Katsuki sonrió mientras daba una vuelta a Izuku. Acto siguiente, lo atrapó entre sus brazos para dar un giro los dos completamente pegados, y luego otro y otro, así hasta formar ráfagas de viento por el fuerte aleteo de ambos, carcajadas sonaron.


—Sigo vivo, créemelo, mi amor


No soy tan tonto


Si tú quisieras esta noche ir a bailar un chachachá


Yo te puedo enamorar—


Deku si pudo cumplir su promesa, él cantó esa estrofa de la pieza musical.


Entre risas echaron sus cabezas ligeramente hacia atrás y sus mejillas se abultaron ligeramente: eran muecas genuinas de felicidad.


Esta vez fue el peliverde quien tomó la iniciativa y dio un giro al mayor, Kacchan entendió su treta y se dejó guiar por el contacto del más alto.


Una vez terminada la sesión de vueltas para decorar la danza volvieron a dirigir sus manos a la posición inicial.


Dedos entrelazados, el pecoso acariciando la nuca de su compañero y el cenizo tocando finamente la cintura y espalda de su amado, repegándolo a su cuerpo sin ser violento.


—Dame de tu vida y de tu tiempo


Oh-oh-oh


Que te quiero conocer


Déjame sentir el movimiento


Oh-oh-oh


De tu cuerpo al florecer—


Ahora Kacchan podía sentirlo para siempre, podía contar cada peca en su cara, equivalente a una estrella y plantarle un beso.


Las estrellitas, hijas de la luna, eran como flores, casi girasoles por su brillo amarillento, y cada una era una ilusión, de las mismas que el ojiverde provocó en su interior.


Cada estrella era una flor, y todos los lunares en el rostro del peliverde eran racimos de estrellas.


Dio gracias a todo poder superior porque pudo encontrarse con Izuku, porque aprendió a ser feliz y a vivir. E irónicamente, a sentirse vivo incluso estando muerto.


—Dame vida y dame aliento,


Que yo ya perdí el conocimiento


Sólo quédate un momento


Hasta evaporarnos en el viento—


Midoriya decidió entonar ese verso con su voz.


El tono del ukulele emitido por la reina blanquecina fue mucho más alegre y rápido. Por ello, cambiaron al típico baile de final de cuento de hadas.


Era exactamente el mismo que hicieron en el muelle, Katsuki acariñó la mano de Izuku para extenderla y colocarla contra la suya sin unir sus dedos, los brazos que a ambos les quedaban libres fueron a parar a sus respectivas espaldas con las manos en forma de puño.


Iban cambiando de posiciones, se turnaban el mando de la danza y disfrutaban de ir dibujando un círculo nuevamente, pero esta vez, haciendo uso de sus alas y como los hacían flotar en el aire puro de la noche.


—No hay motivos para decirnos adiós tan pronto


Sigo vivo, créemelo, mi amor


No soy tan tonto


Si tú quisieras esta noche ir a bailar un chachachá


Yo te puedo enamorar—


Los dos cantaron simultáneamente, mirándose a los ojos y asegurando implícitamente que, mientras estuvieran bailando un chachachá, nada más les podría faltar.


Algunos cuentan leyendas que dicen que en la silueta de la luna se ve a un conejo brincar, otros dicen que es una diosa cepillando sus cabellos, y otros más, afirman que es la serpiente emplumada resguardando a su pueblo desde las alturas.


Bueno, la imagen que tendría la gente de Japón, específicamente la que visitara la playa, sería la de Katsuki e Izuku besándose.


Cerraron sus ojos para disfrutar el contacto de los labios, e intercambiaron algunas palabras más.


—Te amo, Izuku. De aquí a la eternidad, sin regreso y sin final—


—Te amo también Katsuki, nunca te dejaré de amar—


Gracias a la luz que la luna muy guapa y presumida les prestó, sus almas subieron reflejos se marcaron entre el agua salina de la playa Dagobah, se evaporaron en el viento.


Y por si eso fuera poco, sus sombras fueron bailando a su mismo compás cobre la madera del muelle.


Sus dos corazones estaban unidos, Izuku era todo lo que Katsuki necesitaba para sentirse vivo, Katsuki era el único hombre en su vida.


El corazón de Bakugo era luz completamente, ni un poco de oscuridad quedó en él, mientras tanto, el de Midoriya ya era libre del marcapasos que entorpecía sus pulsaciones, marchaba a su propio redoble.


Vivían, incluso estando muertos, en el corazón del otro, porque eso era el amor. Y este, no conoce de límites, ni de razas, ni de géneros, ni de dinero, ni de distancia, ni de muerte, mucho menos la palabra “adiós”.


Después de tantos altibajos si pudieron ser un wonder duo, si pudieron cumplir sus promesas y disfrutar una vez más de su canción.


Porque se amaban, ayer, hoy y siempre, en vida y en muerte: era así, nada ni nadie los habría de separar jamás.


Y también, gracias a la luna y su chachachá, se pudieron enamorar una noche más, de aquí a lo que dura la eternidad.


Fin.


Saludos, ¡soy Yoi! Es un placer estar aquí con ustedes.


Soy la autora del one shot que acaban de leer y antes de despedirme, me gustaría mucho dar algunos fun facts para que puedan disfrutar más del fic conociendo como se produjo.

Katsuki tiene tendencias depresivas y no irascibles, es por eso que su personalidad canon queda desplazada aquí.


La frase “99 problemas” hacer referencia a la canción 2002 de Anne Marie.


La actitud de Katsuki hacia Izuku en frases como “¿acaso sabría que lo estaba salvando?” viene de la rola Sarah Smiles de Panic! At The Disco.


La actitud de Izuku, tan alegre y tan viva está basada en la rola “La vida, la vida” de Josean Log.


El simbolismo del marcapasos de Izuku viene de la rola “Marta tiene un marcapasos” de Hombres G.


La frase “racimo de estrellas” viene de la rola Las flores de Cafe Tacvba. Y “lo que dura la eternidad” viene de Perfecta de Miranda!


Ambas rolitas están implícitas en el fic, pues son las que están sonando en el café.


El café de la quinta avenida en la vida real no existe. El nombre es una referencia a la banda La quinta estación.


La frase “te regalo la flor qué corté con la ilusión de escuchar tu dulce voz cantar la canción que una noche nos unió” viene de la canción Bésame de Tren a Marte.


Por último, gran parte del simbolismo de la luna viene de la canción, también llamada La Luna, hecha por Josean Log.


Izu nunca pudo acercarse al mar debido a su condición cardíaca y su descontrol. La presión en la playa llega a ser muy mala para las personas con problemas del corazón, pero ya que Katsuki disminuyó su estrés, pudo hacerlo.


Katsuki tiene el talento de dibujar ya que es una actividad frecuente en personas con ansiedad. Misma que se usa como terapia humanista en algunos pacientes.


Gente, cómo siempre lo digo, esto es Wattpad pero la vida real dista mucho de lo visto aquí: autolecionarse no es sano. Si ustedes, o alguien que conocen, lo hace, busquen ayuda profesional.


Todxs son muy fuertes y su piel es hermosa, no la maltraten, por favor.


Ya que Kacchan prefiere los sabores picantes, se inclina por el matcha. El caramelo es un claro guiño a él en el frappé de Deku.


Sobre Toga, es de mis reinas y obvio iba a estar aquí, si.


Y acerca de los ships, puedo decir que el Kiritodo y el Momojiro son mis dos OTP’s siguientes de nuestro Wonder Duo, es por eso que incluí pequeños guiños en este fic.


La fecha y la forma en la que muere Katsuki es una referencia al 11 de Marzo y lo que representa en España.


Soy mexicana, pero, la neta hasta a mi me duele, es un detalle solemne que agregué, tómenlo con total respeto.


Ya sé que lxs hice chillar, vengan, les doy galletas, panuelos y un abrazo. Todxs formados por favor.


En cuanto a los nombres de las locaciones, son literalmente los kanjis para una u otra palabra, les explico.


Dansu es baile.

Shinzō es corazón.

Yoru es noche.

Tsuki es luna.

Dokku es muelle.


¿La cachan, verdad?


Cosas como “vivir en tu corazón”, “atmósfera romántica” y “entraste en él como si fuera tu casa” vienen del anime Shigatsu wa kimi no uso, o bien, Your lie in April.


El hecho de que ambos bailen en Abril tiene un doble significado: alusión al anime de arriba y al cumpleaños de Katsuki.


Los colores tienen una gran importancia: Katsuki inicia el fic vistiendose de negro, haciendo referencia a una depresión total. A medio fic, viste de azul, dando a entender que va saliendo de la misma.


Al último se viste de blanco, si, solamente con su muerte puede salir de su prisión emcional.


Las frases “acariciar/besar el alma” hacen referencia al significado en nahuatl de la palabra apapachar.


Katsuki se refugia en el cuello de Izuku tantas veces pues en él encuentra seguridad. Esta acción también es común en pacientes con ansiedad.


La frase “no puedo hacerlo sin ti” en una referencia al Spiderman de Andrew Garfield cuando Gwen muere.


La luna llena en su baile representa la felicidad y plenitud, mientras que la luna nueva en la muerte de Izu representa desesperanza.


El anillo de promesa es un símbolo que usan parejas muy jóvenes para, obviamente prometer algo. En este caso, ellos prometieron bailar un chachachá y al final, lo lograron.


Pido perdón, les arruiné la boda.


En el concepto original del one shot Katsuki no moría por el accidente, sino de viejo. Les platico:


La escena estaba planeada en que Izu y Katsuki bailaran por última vez, uno vivo y uno muerto. Entonces se separaban durante cuarenta años. Y Katsuki moría por tristeza en la playa.


Ahí se hacía una referencia a la rola del Muelle de San Blas. Al final si podían reencontrarse pero ya que Izu murió de joven, no podían estar juntos.


Me pareció un concepto muy triste, es por eso que lo cambié y terminó en el final que acaban de leer.


Originalmente esta historia era un Kiritodo, si Kiri activo, Todoroki pasivo. En la que Shoto era un fotógrafo y Eijiro un modelo. Se enamoraban pero por el reciente terremoto de 2011 en Japón, ambos morían y estaban condenados a buscarse para bailar un chachachá.


Me gustó más hacerlo con Katsudeku, es por eso que esa idea la estoy usando para otro fic.


Y ya por último, agregué esta temporalidad pues es donde el manga de BNHA tuvo mayor auge en Japón, entre 2015 y 2017.


¡3 de Abril no se olvida! Y 2 de Octubre tampoco.


Sobre las rolitas usadas para este fanfic, las pueden encontrar en Youtube.


En fin, ¡espero que les haya gustado mucho mucho!


Díganme: ¿qué les pareció?


Valoro muchísimo sus comentarios y voy a intentar publicar mucho más seguido, ya sea Katsudeku o de los otros dos ships que les mencioné arriba.


Últimas aclaraciones por aquello de cuestiones legales.


Las canciones y fanarts usados para la realización de este fanfic no me pertenecen, crédito total a sus creadores.


Los personajes de Izuku “Deku” Midoriya y Katsuki “Kacchan” Bakugo no me pertenecen. Forman parte del manga/anime Boku no hero academia, crédito total a Horikoshi-sensei.


Este fanfic se realizó únicamente fines de entretenimiento, ninguno de lucro.


Esta es una historia original, cualquier plagio total o parcial de la misma, será denunciado.


Chachachá se publicó el 29 de Septiembre de 2021 y terminó de editar el 27 de Noviembre de 2021.


Los amo, no se rindan.


Cuídense muchísimo y sigan sonriendo.