Gatita y lobito VII. Segunda parte: sobre el éxito, la ganancia y el poder

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Indudablemente hay un momento en la vida que nos preguntamos: ¿quién soy?, ¿cuál es el significado de la vida? La gatita llega a esta reflexión. El lobito le cuenta su historia, dé como él contestó estas preguntas.

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1
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n/a
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16+

Gatita y lobito VII. Segunda parte: el éxito, la ganancia y el poder.

Como si de algún cuadro naturalista se tratase, los árboles otoñales, las hojas de color café cayendo, la delicadeza en los trazos del cielo, las nubes llenas de grises, todo parecía en la ciudad estar pintado con la intención de reflejar una típica tarde de noviembre. Sin embargo, algo aparentemente no encajaba. Visto desde lejos un pequeño punto rompía la armonía de la escena. Y posiblemente, el encargado de la obra lo hacía con todo propósito. Ya que ese punto le agregaba algo, que la naturaleza por sí misma no puede crear: humanidad. Era un punto que engañosamente era uno. Porque, agudizando la vista, la conclusión a la que se llegaba es que en realidad eran dos. Una gatita y un lobito que se resguardaban del intenso frio con una manta.

Abrazados, el lobito le hablaba de una forma muy tierna a la gatita. “Mi historia comienza el día en el que perdí algo muy importante. Algo que sentía, definía mi vida tanto en su pasado como en su futuro. Perdido, mi mundo se hizo pedazos. Andar, caminar, leer, escribir, actividades que realizaba, de un día al otro me resultaron pesadísimas, incluso hasta insoportables. Mis pensamientos, mi cuerpo, todo en mí pensaba que se desvanecía. Sin embargo, tratando de aferrarme a la existencia llegue a las preguntas: ¿quién soy?, ¿qué hago con mi vida?, ¿cuál es su significado; su sentido? Todas esas nobles preguntas que me has planteado, gatita linda”, decía el lobito.

Un fuerte aire provocó que la gatita se estremeciera. El lobito, al notar esto, estiró la manta para que ésta cubriera cualquier lugar donde se filtrara el viento. Luego, la abrazó, recostando la cabeza de ella en su pecho. Sintiendo que estaban mejor, continúo su historia: “Teniendo estas preguntas en mi mente, recordé que alguien me había dicho que era en el éxito en donde se encontraba el significado de la vida. Que incluso ahí se podría hallar la felicidad.” “¿Y encontraste ahí la felicidad, mi lobito?”, preguntó la gatita, levantando su carita, y mostrando una mirada con mucho asombro. “Bueno para encontrar, antes hay que buscar”, le contestó el lobito, devolviéndole la mirada e inmediatamente colocando su cabeza encima de la de ella. “Así que me dispuse a buscar”, le dijo, retomando su historia.

Preguntando, me dijeron que el lugar en donde se encontraban las personas de mayor éxito era en lo que se hacía llamar un centro financiero. Competitividad, ganancia, eficacia y eficiencia, contaban, eran los pilares que perseguían los “exitosos”. Y que si deseaba una vida llena de logros, debía emular su forma de ser y de pensar.

Así que con mucha curiosidad, decidí visitar ese lugar. Por la descripción que me dieron, no fue difícil hallarlo. Desde lejos noté su gran brillantez, era un edificio que se encontraba rodeado de otros igual o quizás aún más brillantes. Lo que más llamó mi atención es que dé el entraban y salían varios hombrecillos en traje. Con mucho interés, me acerque a uno de ellos. Quería preguntarles sobre el significado de la vida. Quería saber si ser una persona exitosa, competitiva, eficiente y eficaz dotaba de sentido a la existencia. Sin embargo, todos parecían tener mucha prisa. Entraban y salían del edificio con mucha premura, en un estado de constante preocupación, que se les podía ver dibujada claramente en el rostro. “¡Necesitamos más ganancia, más utilidad!”, les escuchaba decir. De un momento a otro sonreían, cuando veían en pantallas que los números crecían en positivo. No obstante, pronto les regresaba la angustia cuando esos mismos números se mostraban en negativo. “¡Hay muchas probabilidades de estancamiento y recesión!; ¡Hay que sacar el dinero!; ¡hay que presionar!; ¡no podemos perder dinero!; ¡necesitamos ser más competitivos!”, eran frases que frecuentemente gritaban por altavoces y a través de pantallas.

Frases que alteraban a todos esos hombrecillos de negocios. Los angustiaban y hacían que corrieran de un lado para el otro del edificio. “Lo he apostado y perdido todo”, decía uno de ellos agarrándose el rostro. Otros en cambio, preferían huir del lugar. Aun así, podía ver a nuevos hombrecillos entrar diciendo: “lo que falta es que seamos más competitivos, eficaces y eficientes”.

Felices no los vi, gatita linda. Mucho menos que hubiera algo de significado. Al parecer solo importaba algo en ese lugar: el gran número. Que se traduce para ellos en dinero. En posibles ganancias y pérdidas. Con eso constate, que esos hombrecillos más bien viven atormentados. Sintiéndose bien cuando hay ganancia; atemorizados constantemente porque saben que siempre existe la posibilidad de que la pierdan. Inmersos en una competencia por el dinero sin fin.

“¿Y qué hiciste, mi lobito?, preguntó la gatita, tomando la sandía que aún tenía en sus manos y dándole el último mordisco. “Pues concluí que ahí no se podría encontrar el significado de la vida. Menos el sentido y la felicidad. Lo único que puede haber en ese lugar es frustración, miedo, incertidumbre. Así que me fui”, le contestó el lobito. Acomodando la manta, y tras darle un dulce beso en la frente a la gatita, él continúo su historia.

Decepcionado, caminé sin rumbo por la ciudad un largo rato. “¿Qué necesito para encontrar el sentido de la vida?”, recuerdo que exclame de forma muy exagerada al aire, gatita linda. “La verdad, sí me lo imagino, a veces eres muy dramático”, le dijo la gatita con un tono de burla. El lobito soltó una pequeña sonrisa y le dijo: “me conoces muy bien”. Bueno, continúo.

Al realizar esa expresión, con un leve toque de drama, un hombre con una corona en la cabeza que pasaba a mi lado se acercó a mí, y me dijo: “lo que necesitas es poder.” Por un momento quede paralizado. Más que la declaración que dio, el sujeto en sí mismo me sorprendió. Lo primero que pude notar fue su evidente mirada aguda. Como si tratará de leer constantemente el mundo con ellos. Lo segundo que llamó mi atención fue su rostro. Lleno de arrugas y marcas, no parecía concordar con la edad que reflejaba su cuerpo. A mi entender, era debido a un cansancio enorme. Seguramente, pensé en ese momento, gatita linda, ha cargado con una responsabilidad enorme. Una de la que difícilmente podrá escapar.

Sin embargo, mis pensamientos fueron interrumpidos por las palabras de este hombre con corona. “El poder impregna prácticamente todas las actividades sociales, incluso hasta la conciencia mundial. De hecho, la única medida de valor que queda es el poder. Y su voluntad, en el mundo, es la que atraviesa el pensamiento, el lenguaje y la existencia misma”, me dijo con una leve sonrisa dibujada en su rostro.

Su declaración me sorprendió mucho, gatita linda. Y fue aún más impactante porque en el momento en el que lo decía, acariciaba cuidadosamente su corona. “¡Más democracia!; ¡más libertad!; ¡más bienestar!; ¡más seguridad!; ¡más crecimiento económico!”, decía el hombre mirándome fijamente. “La única verdad en este mundo es que todos quieren poder, y si lo obtienen, querrán más y más. Porque saben que el poder les dará todo lo que quieran, incluso el mundo entero”, finalizó su discurso con un tono de enorme satisfacción; como si con el hubiese revelado el significado de la vida misma.

Yo me quede en total silencio, gatita linda. No podía creer que un hombre con tal agudeza, hubiera llegado a esa conclusión tan tonta y mentirosa sobre la vida. Sin embargo, no tuve el tiempo de articular una respuesta. El hombre me dio la mano, me mostró una vez más su corona y se marchó. Al ver que se alejaba un pensamiento rondó mi mente, uno que nunca podré decirle, pero que tenía muy claro. El poder es algo vacío. Algo completamente carente de valor. Quién dedica su existencia a buscarlo, debe saber que si no está cubierto con alguna convicción, inminentemente será devorado por el. Si algo tengo claro, gatita linda, es que el significado de la vida no puede encontrarse en un agujero que devora personas.

La gatita miró fijamente al lobito. Tenía un hermoso brillo en sus ojitos. “Y si no encontraste el significado de la vida en el éxito, la ganancia o el poder, ¿en dónde?”, le preguntó la gatita al lobito, abriendo de forma muy graciosa sus patitas al cielo. “Mira quién es ahora la dramática”, le dijo el lobito, soltando una ligera sonrisa. “Mañana te lo diré, que ahora debemos dormir”, continuo él. “¡No es justo!, ¡yo quiero saber!”, le dijo la gatita poniendo una carita de berrinche. Carita que sabía ella, le encantaba al lobito.

La noche comenzaba a cubrir poco a poco el cielo. Las estrellas salpicaban de una en una la bóveda celestial. Una gatita, sentadita en la oscuridad nocturna, observaba esa noche estrellada. A su lado, un lobito resoplaba en profundo sueño. “Mañana, mañana, será mañana”, repetía la gatita en silenciosa plegaria.

Alberto Pascual